Hansel y Gretel

Basado en el cuento de los Hermanos Grimm
Semiadaptación de Ethan J. Connery (E.S.H.)


Hansel y Gretel eran dos niños muy buenos, hijos de un pobre leñador. Una noche, cuando ya estaban acostados, oyeron a su madrastra decir: “Tenemos que deshacernos de estos niños, porque no tenemos qué comer. Mañana los llevaremos a lo más profundo del bosque y allí los dejaremos”. “Es demasiado cruel”, le respondió el leñador. Pero su mujer insistió: “¿No es eso mejor a que todos muramos de hambre?. Además es posible que ellos por su cuenta lleguen a alguna parte y si encuentran a alguien que les dé de comer y trabajan para él, tal vez logren sobrevivir”.

Hansel oyó lo que decían sus padres. Salió de la casa y llenó sus bolsillos de piedrecitas que brillaban a la luz de la luna. Al día siguiente en la mañana, muy temprano, los llevaron al bosque, con la excusa de cortar madera. Hansel disimuladamente iba botando piedrecita por piedrecita mientras caminaban. Cuando llegaron a un lugar para descansar, y en un momento en que los niños se encontraban distraídos, los dejaron.

Gretel, al percatarse que estaban de noche, solos y perdidos en el bosque, comenzó a llorar, pero Hansel la consoló diciendo: “No te preocupes hermanita, las estrellas que mis amigos, los duendecillos plantan en el bosque nos llevarán de vuelta a casa”. Hansel esperó a que saliera la luna y ante el asombro de Gretel, un sendero marcado por decenas de estrellitas que brillaban en la oscuridad, apareció lentamente ante ellos. Y mientras caminaban por el sendero marcado por las piedrecitas, Hansel le contaba a Gretel historias divertidas de sus amigos, los duendecillos del bosque. Así sin ningún miedo a toda la oscuridad que les rodeaba, Hansel y Gretel llegaron salvos y sanos a su casa.

El primero en encontrarlos fue su padre, quién muy feliz al verlos de regreso, abrazó a los niños, pero la mala madrastra dijo: “Esta vez los tendremos que llevar mucho más lejos en el bosque”. Cerró la puerta con llave para que Hansel no pudiera recoger más piedrecitas. A la mañana siguiente, la madrastra les dio una rebanada de pan y los condujo al bosque. A lo largo del trayecto, Hansel dejó caer unos pedacitos de pan para marcar nuevamente el camino.

A lo lejos, en el bosque, los niños creían oír el ruido que hacían sus padres al cortar la madera. Pero era el ruido de una rama que, movida por el viento, rozaba contra un árbol. Cuando Hansel descubrió que los pájaros se habían comido los pedacitos de pan y que ya no podrían encontrar el camino para regresar, se puso a llorar. Gretel, que había creído en la historia de los duendecillos le preguntó tranquilamente: “¿Por qué lloras, hermanito?”, a lo que Hansel, para no asustarla, contestó: “Mis amigos, los duendecillos, cosecharon sus estrellitas del bosque esta mañana, así que no podrán guiarnos de regreso a casa”. Gretel, creyendo que los duendecillos podrían ayudarles ahora, le preguntó: “¿Y por qué no buscamos a tus amigos, los duendecillos del bosque?”. Hansel, que no quería que su hermanita perdiese las esperanzas, aceptó. Además pensó que si caminaban lo suficiente, tal vez encontrarían el sendero de las piedrecillas, o mejor aún, su propia casa.

Comenzaron a caminar, sin embargo, todo estaba tan oscuro que apenas si sabían donde estaban uno del otro. Decidieron, entonces, tomarse de la mano para no perderse y buscar algún sendero palpando a su alrededor. Así caminaban lentamente, buscando lo que les parecía una salida.

En un momento llegaron a un claro, y en lo alto, brillaban miles de estrellas de colores. Gretel se detuvo y dijo: “Mira, hermanito. Los duendecillos subieron las estrellas que anoche seguimos en el cielo. Hansel, quién siempre había admirando el bello resplandor de las estrellas, se cobró de ánimos y, reconociendo la constelación de Los Gemelos que su padre alguna vez le había enseñado, recordó cómo ésta se veía, en esas fechas, desde la ventana de su habitación. Así intentó imaginarse dónde podría encontrarse su casa.

En ese momento escucharon sobre ellos una vocecita que les decía: “¡por aquí! ¡por aquí!”. La voz pertenecía a un lorito blanco del bosque, pero Gretel, que creía en la existencia de los duendecillos creyó que se trataba de los amiguitos de Hansel. Hansel sabía que no eran duendecillos, pero como no tenía otra forma de salir del bosque, decidió confiar en la vocecita. Así lo hicieron y pronto llegaron a una extraña y maravillosa casa, hecha de dulces, galletas y jengibre. Estaban comiendo cuando una viejita salió de la casa y les dijo: “Vengan adentro, y tendrán más dulces que comer y una cama suave para dormir”. Pero la dama amable era en realidad una bruja malvada que transformaba a los niñitos en galleta, para luego comérselos.

La bruja obligó a Gretel a trabajar sin descanso, y encerró a Hansel en una jaula para que engordara y, de esta forma, hacer una gran galleta de él. Cada día la bruja examinaba los dedos de Hansel para saber si estaban lo suficientemente gordos, y cada día Hansel, sabiendo que la bruja tenía muy mala vista, le mostraba un hueso de pollo en vez de su dedo. Pero un día, la bruja no quiso esperar más. “Pon a calentar la masa mágica”, dijo a Gretel. “Hoy convertiré a tu hermano en galleta y me lo comeré”.

Gretel se enojó tanto, y gritó tan fuerte, que la bruja decidió transformarla en galleta a ella también. “Voy a hacerte un dulce especial para tu comida de hoy; mete tu cabeza en el horno mágico para ver si está bien caliente”, le ordenó la bruja. Pero Gretel adivinó que trataba de engañarla y le contestó: “¿Cómo lo hago?”. “¡Niña tonta!”, dijo la bruja, y abrió la puerta del horno mágico para mostrarle cómo. En ese preciso momento, Gretel la empujó dentro del horno mágico y cerró la puerta; luego se apresuró a liberar a Hansel.

En el momento en que los niños salieron de la casa de dulces, el hechizo que la bruja había mandado contra todos los que se acercaban a la casa desapareció: los bizcochos y golosinas que formaban los ladrillos de la casa se transformaron en caballeros, los caramelos y bombones que formaban las tejuelas de la casa se convirtieron en señoras, las tortas y las rosquillas que formaban los escalones de la casa se transformaron en viejitos, las galletas y las obleas que formaban la cerca de la casa se transformaron en niñitos, y los dulces que formaban las flores del jardín se convirtieron en duendecillos.

Cuando todos se dieron cuenta de lo que había ocurrido, tomaron a Hansel y a Gretel y los abrazaron, agradeciéndoles por haberlos liberados del hechizo de la malvada bruja. En recompensa a su valor, todos decidieron darle algo a los niños. Así que, entre recompensa y recompensa, Hansel y Gretel llenaron un cofre de monedas de oro. Los que estaban reunidos se asombraron de ver a los duendecillos, pues nadie creía que ellos existiesen.

Los duendecillos, por su parte, se acercaron a los niños para darles su monedita de oro y, en ese momento, Gretel los saludó muy amablemente y les dijo: “Estábamos preocupados por ustedes, los estuvimos buscando antes de llegar aquí”. Los duendecillos, que conocen el corazón humano y saben cuando alguien dice la verdad, se sorprendieron de que la niña supiese de su existencia. Llegaron a la conclusión de que la niña debía ser una hija de las hadas, de otro modo no se explicaban tanta convicción y bondad en un corazón humano. Si la niña era hija de las hadas, quizá su hermano también lo era. Decidieron entonces otorgarles, además de una monedita de oro por cada duende, un deseo para Hansel y otro para Gretel.

Gretel, que echaba mucho de menos a su padre les pidió: “Quisiera que volviéramos a casa con nuestro padre”. Los duendecillos dijeron: “¡Pedido, y hecho!”, y, al momento, se encontraban a las afueras del bosque, justo al lado de su casa. Entretanto los niñitos que quedaron libres en el bosque se fueron a sus casas a encontrarse con sus padres, los viejitos se fueron a sus aldeas a encontrarse con sus hijos y nietos, las señoras se fueron a comadrear al pueblo y los caballeros se fueron a perseguir dragones y rescatar princesas.

Ahora le tocaba el turno a Hansel, quién, cortés e ingenioso como siempre les dijo a los duendecillos: “No hay mayor deseo que estar con los que uno ama. Este era el mismo deseo que yo quería, y puesto que ya lo habéis cumplido os libero de todo compromiso”. Los duendecillos, al oír estas palabras, se asombraron más aún de la modestia de corazón de los niños y les respondieron: “Hansel y Gretel: siempre seremos sus amigos. Si alguna vez llegan a necesitar algo, nosotros apareceremos en el momento oportuno, ése será un regalo especial para ustedes. Y si en alguna ocasión, vuelven a perderse de noche en el bosque les contaremos un secreto: caminen tomados de las manos guiándose por las estrellas. Si hacen esto un lorito blanco, que es el lorito de la buena suerte, aparecerá y les señalará el camino”.

Los niños y sus nuevos amigos duendecillos se despidieron, y nuevamente en casa, apareció su padre. ¡Qué feliz estaba el leñador cuando volvió a ver a sus hijos! Los había estado buscando y temía que hubieran muerto en el bosque. Los niños le contaron la ventura y su padre les explicó que la mala madrastra había decidido irse para siempre. Así felices y contentos entraron a su casa, su padre les cocinó una rica sopa de pollo y fueron muy felices.

Hansel y Gretel a veces jugaban con los duendecillos en el bosque y otras veces hacían el bien a otros, ya que habían amaestrado al lorito blanco de la buena suerte y éste los ayudaba constantemente. Nunca más pasaron hambre ni frío puesto que el cofre en el que habían guardado las moneditas de oro era un cofre mágico que había pertenecido a la bruja, y todo lo que uno guardaba adentro se multiplicaba, de modo que el cofre nunca estaba vacío, pero Hansel y Gretel no lo sabían.


F I N

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