El corte perfecto



Los discípulos de Kenkichi Sakakibara, que enseñaba el arte del sable, comenzaban a preguntarse seriamente si su Maestro no se había vuelto loco. Desde hacía un mes se entregaba regularmente a la siguiente ocupación: intentaba romper un casco de acero de un sablazo. En vano, ya que a cada tentativa, la hoja rebotaba, se torcía o se rompía sobre el casco cuyo acero permanecía intacto.

¿No sabía Sakakibara que nadie era capaz de tal proeza? En efecto, el casco del samurai estaba hecho con un acero de una calidad superior y de tal manera que ningún arma pudiera atravesarlo. Incluso las balas de mosquetón rebotaban en él haciendo saltar chispas...

Pero es verdad que las epopeyas de los guerreros cuentan que algunos héroes de antaño habían sido capaces de hendir su sable en el casco. En honor de estos héroes, cada año tenía lugar delante del emperador una ceremonia de kabuto wari (corte de casco). Los discípulos de Sakakibara ignoraban que su Maestro había sido invitado a participar en ella. En la víspera del campeonato, Sakakibara no había conseguido aún cortar el casco. Su desesperación era ilimitada ya que consideraba que si fracasaba en esta prueba se le reprocharía haber traicionado la confianza del emperador. Con la muerte en el alma se dirigió al palacio imperial para la ceremonia de kabuto wari. Los mejores expertos habían sido invitados. Cada uno a su turno intentaron su suerte, pero el casco permaneció intacto, sin la menor señal de haber sido cortado. Por el contrario, las hojas rotas fueron numerosas. Sólo quedaba Sakakibara.

Cuando llegó su turno, se arrodilló frente al emperador esforzándose en ocultar su derrota y saludó respetuosamente. A continuación se acercó al casco y, con el sable en la mano, se quedó inmóvil. A partir de ese momento, todo reposaba en él, el último, el único que podía ofrecer al emperador algo más que un fracaso. Sabiendo que sus fuerzas habituales eran insuficientes, intentó concentrarse al máximo de sus posibilidades. No había nada que hacer. Se sentía completamente deshecho, vacío. En ese momento algo cedió, algo se abrió en él. Una energía misteriosa, un ki irresistible se extendió por todo su ser.

Todo sucedió a continuación como por arte de magia. Su sable se levantó lentamente por encima de su cabeza para descender con la velocidad del rayo. En ese mismo momento, un kiai surgió de las profundidades de su ser, un grito que resonó como un trueno. El casco no se había movido, pero el sable estaba intacto. Cuando el juez examinó el casco, constató que había sido hendido unos doce centímetros. ¿Por qué Sakakibara triunfó allí donde tantos habían fracasado? Tal vez, dicen algunos, porque había tomado la determinación de realizar el seppuku (suicidio ritual por el hara kiri) si fracasaba.

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