El Sultán y la Palmera

Cuento Clásico de la Literatura Universal
Adaptación de Ethan J. Connery
Ilustración del artista Fernando Sáez (España)

Hace mucho tiempo, en lejanas tierras de Oriente, existió un Sultán muy querido y admirado por su pueblo. Bien sabido era, que no había día que pasase sin que hiciera algo bueno por sus fieles vasallos. Solía vérsele fuera del palacio, conversando con sus consejeros acerca de sabiduría y gobierno, o por algún rincón de su reino, conociendo los problemas de sus habitantes, y ayudándoles en la medida de lo posible.

Su lema era:
— "¡Sembrad el bien y cosecharéis lo bueno!"
Cuando no estaba otorgando un premio a algún ciudadano destacado, se encontraba regalando bolsas con monedas de oro a los desafortunados, procurando ordenar a sus ministros que asesoraran a los humildes para que la vida les sonriera de nuevo. Así era como todo el mundo le admiraba y quería profundamente, por sus cualidades de hombre consciente del dolor ajeno.

Pero decir sólo eso de aquel rey, tan bueno, sería menospreciar su grandeza. Lo cierto es que era de tan notable fama, que cuando le reconocían en público, la gente se apresuraba a vitorearle, sembrando de helechos y flores, su camino.

Es así como un día, el amado Sultán enfermó... si bien no de gravedad. Los jardines del palacio se llenaron de gentes venidos de todos los rincones del reino, preocupados genuínamente por la salud de aquel hombre tan respetable. Durante noches y días completos, multitudes aguardaban a las afueras de la residencia real, esperando alguna buena nueva que anunciara un avance en la salud del excelentísimo.

A ciertas horas, un servidor de la corte real salía al balcón para leer a grandes voces el parte médico. Y cuando el servidor pronunciaba:
— "A nuestro amado Sultán le duele la cabeza."
Rápidamente se elevaban voces de entre los ciudadanos, aconsejando algún remedio tradicional para frenar el mal que le quejaba, tales como:
—"¡Cerrad sus cortinas y dejadle dormir!"
— "¡Dadle masajes en la sien!"
— "¡Aplicadle una bolsa de hielo en la frente!"
Y recomendaciones de ese estilo...

Al cabo de unos días, el servidor anunció, por fin, que el Sultán ya se había recuperado de su enfermedad, y tanto ciudadanos como viajeros llegados de otras tierras, atraídos por su fama, se pusieron muy contentos y armaron una enorme fiesta para celebrar con alegría en su corazones. Terminado el festejo, todo el mundo regresó a sus casas, satisfechos de haber podido ofrecer su ayuda al distinguido Sultán.

Ocurrió entonces que cierto día, el Sultán decidió salir a dar un paseo por la playa, rodeado de su corte. La comitiva llevaba algunos kilómetros caminando, junto a las bellas olas que rompían en los roqueríos, cuando el Sultán vió entre las dunas de arena a un anciano campesino que plantaba trabajósamente una palmera. Ordenó descansar a todo su séquito, y mientras sus consejeros y ministros se relajaban al aire tibio y al sonido de las olas, el Sultán se dirigió a donde estaba el campesino.
— ¿Qué haces, buen cheikk? —Preguntó el Sultán.
El campesino, con mirada humilde pero despierta, saludo con gran respeto al Sultán y le respondió:
— Estoy plantando, ¡Oh, gran Sultán!, esta pequeña palmera.
El Sultán observó la palmerita que plantaba y, pensativo unos instantes, preguntó de nuevo:
— ¿Cómo es que plantas una palmera? No conocerás a quiénes comeran el fruto de tu trabajo... ¿No sabes que una palmera necesitará de muchísimos años para que pueda dar frutos y que al ser ya un anciano, no alcanzarás a comer de ella?
— ¡Oh, por supuesto!, querido Sultán —dijo el anciano— No lo ignoro. Pero alguien ya plantó otras palmeras de las que nosotros mismos hemos podido comer, pues justo es entonces que plantemos nosotros para que otros más puedan comer en el futuro... ¿no opina lo mismo el Sultán?
La respuesta tenía mucho sentido, lo que llenó de admiración al soberano. Un hombre viejo le daba  una pequeña lección de sabiduría.
— ¡Muy cierto es! —se apresuró a responder el Sultán, y sacando de su cinto una bolsa con cien monedas de plata, se las obsequió al viejo, por su tan noble y generosa respuesta.
El campesino se lo agradeció, visiblemente emocionado.
— Oh, Sultán. No debería aceptar tan generoso regalo de tu parte, pero temo ofenderte si acaso me negara, de modo que lo acepto humildemente.
El soberano asintió, y se disponía a marcharse, cuando oyó al campesino murmurar:
— ¡Que rápido ha dado fruto mi palmera!
El Sultán, sorprendido de tan sabia observación, sacó de su bolsillo otra bolsa con cien monedas de plata y se la obsequió al campesino, diciéndole:
— ¡Ese comentario ha sido brillante! Ten, te lo mereces.
El viejo, saltando de alegría, no daba crédito a su suerte. Se arrodilló luego ante el Sultán, y, besando el anillo real de su mano, le dijo nuevamente:
— ¡Oh, poderoso y gran Sultán! Lo más maravilloso de todo esto es que una palmera grande da generalmente un sólo fruto al año, y la mía, que es aun pequeña, ya me ha dado dos frutos en sólo unos cuántos minutos.
La nueva respuesta tomó por sorpresa al Sultán, quién sonriendo y desconcertado ante la ingeniosa tozudez del viejo, resolvió recompensarle nuevamente. Buscando entre sus bolsillos encontró una bolsa con cien monedas de oro... eso ya era muchísimo, pero reconoció que el hombre era sabio y no podía dejar de recompensar tamaña inteligencia.

Miró la bolsa un momento más, pensando en la respuesta del anciano, pero terminó extendiéndosela finalmente:
— Toma, buen cheikk. Has resultado ser un vasallo inteligente y de buenas intenciones. Justo es que te recompense también por esa última respuesta que acabas de dar.
Llorando de sincera alegría, el viejo campesino agradeció nuevamente y de todo corazón al buen Sultán. Y como se sentía ansioso de agradecerle se atrevió a responder una vez más, aunque con cierta pícara simpatía:
— ¡Oh, gran señor, Sultán de los Sultanes! ¿Has notado cómo es que las palmeras comunes y corrientes pueden dar un sólo tipo de fruto en toda su vida, y mi palmera ya ha dado dos tipos de frutos cuando aun no termino de plantarla?
El Sultán abrió los ojos como platos, pues no podía creer que el viejo le saliera con respuesta semejante...
— "Efectívamente: la plata y el oro son frutos diferentes." —pensó el Sultán para sí.
El soberano comenzó a reir a carcajadas, llamando la atención de su corte, quiénes se acercaron para ver quién era merecedor de tantas regalías. El Sultán se quedó apreciando al anciano, totalmente admirado de su enorme gracia y talento, y, dándole unas palmaditas en el hombro, le dijo con profundo respeto:
— ¡Ya debo partir, mi buen cheikk, que tus palmeras maduran con demasiada prontitud, y a este paso me quedaré sin reino a fuerza de tu ingenio! —el Sultán le cerró un ojo al viejo, que se sintió mucho más recompensado por el comentario que por la plata o el oro recibido.
El campesino se despidió con un honorabilísimo ademán, y el Sultán volvió a la playa con su séquito:
— ¡Oh, Sultán! Hemos visto cómo has dado una enorme fortuna a ese campesino... ¿tan necesitado estaba el pobre? —preguntaron sus ministros y consejeros.
— ¡Se lo ha ganado! —respondió el Sultán— A fuerza de experiencia un hombre corriente se vuelve admirable...
Y el buen Sultán regresó al palacio, siempre rodeado de su noble corte. Durante el trayecto, estudió las ingeniosas respuestas del viejo, y decidió que de ahí en más, valoraría en profundidad la cordialidad, el coraje y la experiencia de los hombres sabios.

FIN

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