Cuentos Clásicos
El Reino de los Cuentos Perdidos

El Soldadito de Plomo

Hans Christian Andersen
Soldadito de “GDJ" & Bailarina de Alexey Marcov

Parte 1
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue:
— ¡Soldaditos de plomo!
Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.
— Ésta es la mujer que me conviene para esposa —se dijo— ¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.
Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— se abrió la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.
— ¡Soldadito de plomo! —gritó el duende— ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?
Pero el soldadito se hizo el sordo.
— Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.
Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: “¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.
— ¡Qué suerte! —exclamó uno— ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.
Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

Parte 2
De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.
— Me gustaría saber adónde iré a parar —pensó— Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro.
Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.
— ¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata— ¡A ver, enséñame tu pasaporte!
Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
— ¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!
La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo... Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:
— ¡Adelante, guerrero valiente! ♪
— ¡Adelante, te aguarda la muerte! ♫
En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:
— ¡Un soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.

Fin

Nota para los papás
Actualmente se sabe que el contacto con el plomo genera daños irreparables a la salud, por lo que NO se recomienda regalar soldaditos de plomo a los niños. El empleo de dichas figuritas se ha ido vinculando preferentemente a los coleccionistas de mayor edad que gustan de pintarlos para el armado de dioramas. En su lugar prefiera soldaditos de otro material menos nocivo; por ejemplo madera, aluminio o plástico reciclado. Este tipo de juguetes es para niños mayores de 8 años.

La niña de nieve

Basada en la versión de Louis Leger
del relato tradicional de Snegúrochka

Una vez, en plena Navidad, eran dos viejecitos que vivían solos, junto a la nieve de la montaña. Esa tarde, mientras la abuela Marousia rodeaba de brasas la marmita dónde hervía la sopa, entró el viejo Yuchko con un haz de leña y dijo a la abuela, que estaba muy triste:

-Ven, Marousia, y verás qué muñeco de nieve han hecho los niños.

Los dos viejos se asomaron a la ventana para ver el muñeco de nieve que habían hecho los chiquillos. Al verle tan barrigudo y gordinflón los dos viejecitos se rieron mucho y dijeron que los chiquillos eran el mismísimo diablo. Marousia tomó la mano al viejo Yuchko y le dijo:

-Ven, vamos nosotros a hacer otro muñequito de nieve.
-¡Qué cosas tienes! ¿No ves que ya somos viejos para jugar como chiquillos?
-Y eso qué importa -dijo la viejecita

Los dos viejecitos salieron de la casa, y a la entrada del bosque empezaron a amontonar nieve sobre nieve hasta que tuvieron una masa amorfa.

-Bueno, esto es el cuerpo -dijo el viejo.
-La cabeza déjamela a mí -rogó la vieja.

Y haciendo una bola la colocó encima del cuerpo.

-Ahora dos puñaditos para las mejillas y una pizquita para la nariz, y dos grandes huecos para los ojos -terminó la vieja.

Y el viejo, al verlo surgir como del ensueño, se puso a bailar con la vieja junto al muñeco que acababan de hacer. De pronto, los dos viejecitos se detuvieron y miraron con asombro a su muñequito. Los dos huecos de los ojos se pusieron azules y de ellos nacieron dos pupilas. La cara ya no estaba blanca, sino rosada y en la boca apareció una deliciosa sonrisa. Un soplo de aire hizo estremecer la nieve, que se deshizo en una larga y bella cabellera bajo un gorrito de piel, y el vestido blanco cayó en suaves pliegues hacia el suelo. El tosco muñeco se había convertido en una graciosa chiquilla.

Los viejecitos creyeron que estaban soñando; pero no, la niña se movía y les tendía lo brazos para besarlos. Y ellos se acercaron a ella y la cogieron en sus brazos y sintieron el tibio calor de su cuerpecillo y la besaron como se besa a un hijo y la llevaron a casa. Marousia empezó a dormir a la niña con una canción, puso a secar su gorrita en la campana de la chimenea y sus lindos zapatos blancos los dejó junto al fuego. Y así se fueron a acostar los dos viejos aquella noche. Y en silencio dijo el viejo a la vieja:

-¡Ya tenemos una niña, Marousia! Hay que cuidarla muy bién. La llamaremos Nieves, pues de la nieve ha nacido.

Al día siguiente se despertaron con cierto temor, pensando que todo no hubiera sido más que un sueño, pero no, la niña estaba allí, sonriente y cariñosa como un angel. Y los viejos la vieron ir a jugar con otros niños y eran muy felices.

Pasó algún tiempo. El invierno ya se iba y la tierra se tornaba verde. Una mañana Yuchko, que estaba pendiente siempre de la niña, observó que ésta se levantó muy pálida.

-¿Te encuentras mal, hijita? -le preguntó con cierta inquietud.
-No -contestó la niña muy triste-, pero me falta la nieve y yo no puedo vivir sin ella.

Y el rudo Yuchko prometió a la niña llevarla al día siguiente a lo alto de la montaña para que jugara con la nieve que quedaba entre los picos. Pero al día siguiente Nieves dijo a los dos viejecitos:

-¡Ay, padrecitos! Siento aquí dentro como si al respirar este aire tan tibio se me deshiciera el corazón. ¡Quiero estar entre la nieve!
-No te preocupes -dijo Yuchko-, yo te llevaré a la nieve.

Y tomándola en sus brazos salieron los tres hacia la montaña. En el camino se sentaron a descansar en un claro del bosque, y el viejo preguntó a al niña:

-¿Cómo te encuentras, hijita? ¿Quieres jugar con las flores?

Nieves no contestó. Estaba desfallecida. Un rayo de sol penetró entre los árboles e hirió el cuerpecillo de la niña como si fuera una espada. La niña cerró los ojos y su cuerpo empezó a gotear como si sudara, y el viejecito, que la tenía en brazos, se dio cuenta de que la niña se estaba deshaciendo como una bola de nieve. Al poco tiempo el viejecito se encontró con los brazos empapados y ya no vio a la niña. Sólo había un charquito de agua sobre la fresca hierba. Los viejitos se santiguaron y sin hablar una palabra volvieron a casa. Se habían quedado sin niña.

Esta historia pudo terminar trístemente aquí, pero según cuentan algunas gentes del pueblo, han visto a los viejecitos subir las altas montañas cuando las nieves faltan después de cada invierno.

La vendedora de fósforos

Cuento de Hans Christian Andersen
Adaptación de Ethan J. Connery


Era víspera de Navidad y en el pueblo, todo el mundo transitaba con prisa sobre la nieve para refugiarse al calor de sus hogares. Sólo una pequeña niña, vendedora de fósforos, no tenía dónde ir, y desde su pequeño rincón en la calle pregonaba incansable su modesta mercancía. La niña no podía volver a su casa porque su madrastra le había advertido que antes debía haber vendido todos los fósforos que quedaban en la caja.

Entumida de frío, la niña miró a través de la ventana iluminada de una casa y vio a unos pequeños niños jugando, junto a una chimenea, con sus nuevos juguetes de Navidad. Imaginó que sería maravilloso estar con esos niños, al calor de un hogar. Se divirtió al ver que los niños habían adornado con galletas de chocolate un abeto navideño.

De pronto llegó una helada brisa y la niña recordó que aun le quedaban fósforos por vender. En ese momento pasaba un señor de sombrero de copa y abrigo de chiporro. El hombre parecía tener prisa, pero la niña le preguntó:
— Perdone señor, ¿quiere usted fósforos?
— No, gracias. Hace mucho frío para sacar las manos de los bolsillos —respondió el hombre, y se marchó a toda prisa.
La niña vio al hombre marcharse y se sintió sóla. Se acurrucó junto a un farol esperando sentirse acompañada. Al rato pasó una señora que llevaba canasta, de la que salía un agradable aroma a pan caliente.
— Disculpe señora —preguntó la niña— ¿necesita usted fósforos?
— No niña, ¿que no ves que tengo prisa? Debo llevar el pan a casa antes que se enfríe.
— Perdone Ud., señora. — respondió apenada la niña.
La mujer se fué casi corriendo porque el frío era demasiado; el viento comenzó a soplar y la nieve era cada vez más intensa. El frío metal del farol no parecía una gran compañía y la pequeña vendedora se refugió en el portal de la casa más cercana. Se acurrucó bajo el alero de la puerta y como aun sentía mucho frío, sacó un fósforo de la caja.
— No creo que mi madrastra se enoje si enciendo sólo uno para calentarme las manos —se dijo.
La niña encendió el fósforo y de pronto, a través de la luz le pareció ver un bello árbol de Navidad que resplandecía en llamativos colores. Estaba maravillada viendo esa aparición cuando el fósforo se apagó. Al cabo de un minuto quizo ver de nuevo el árbol, no estaba segura si lo que había visto era real, de modo que tomó otro fósforo y lo encendió.

Esta vez la niña vió a su abuela a quién apenas recordaba, pues la alcanzó a conocer cuando era muy chiquita.
— ¡Abuelita! —se dijo, sorprendida. Pero antes que pudiera decir algo más, el fósforo se apagó.
De pronto se dio cuenta que sólo quedaba un fósforo en la caja. Se apenó pensando que la regañarían, pero como tenía mucho frío y quería volver a ver a su abuela, sacó el último palito y lo encendió.

Esta vez la llama era más grande y a través de la luz vió una figura blanca que se acercaba... era su madre, quién había muerto hace muy poco y a quién tanto echaba de menos. Su madre se veía alegre y estiraba sus manos para abrazarla.
— ¡Mamita, mamita... llévame contigo, que aquí me estoy muriendo de frío! —gritó la pequeña, sollozando de felicidad, mientras se abrazaba con su madre.
Ya no sentía frío, sinó un calor agradable. El calor del amor maternal. Su madre la tomó en brazos y se llevó junto con el resplandor del último fósforo que caía sobre la fría nieve. A la mañana siguiente las gentes del pueblo descubrieron, junto a la entrada de una casa, el pequeño cuerpecito de la vendedora de fósforos que yacía helada, acurrucada en la nieve.


FIN