En aquellos lejanos tiempos, cuando los deseos aún se cumplían por voluntad de la magia, vivía un rey con varias hijas, todas muy hermosas. La más pequeña, sin embargo, era tan bella que parecía brillar más que el sol a mediodía.
Cerca del palacio había un bosque espeso, y en él, una fuente de agua... o más exactamente, un pozo. En los días calurosos, la princesa solía ir allí, sentarse junto al pozo y jugar con su pelota de oro, lanzándola al aire y atrapándola de nuevo. Ese era su pasatiempo favorito.
Un día, la pelota no cayó en sus manos, sino que sobre un haya, rodo a lo largo de una de sus ramas, y terminó desapareciendo en las profundidades del pozo. La princesa, incapaz de recuperar su pelota dado el peligroso agujero, comenzó a llorar desconsoladamente. Entonces escuchó una voz que le preguntó:
—¿Por qué lloras, hija del rey?
Al mirar alrededor, vio una rana que asomaba la cabeza desde el agua.
—Lloro porque mi pelota de oro cayó en el pozo —respondió ella.—No llores —dijo la rana—. Puedo devolvértela, pero... ¿Qué me darás a cambio?—Lo que quieras: mis vestidos, perlas y piedras preciosas, incluso mi corona de oro.
La rana replicó:
—Nada de eso me sirve. Pero si prometes ser mi amiga, dejarme sentar contigo a la mesa, beber de tu vaso, comer de tu plato y dormir en tu cama, entonces bajaré al fondo y traeré tu pelota.
La princesa aceptó, aunque pensó para sí:
*¡Pero qué rana más tonta, creer que puede vivir como persona!*
La rana se sumergió y al poco tiempo regresó con la pelota en la boca. La arrojó a tierra y la princesa, feliz, la recogió y corrió hacia el palacio, olvidándose del animalito que la había ayudado.
—¡Espera! ¡Llévame contigo! —gritó la rana, pero ella hizo caso omiso a sus súplicas.
Al día siguiente, mientras comía en su plato de oro junto al rey y los cortesanos, escuchó un ruido en la escalera de mármol. Alguien llamó a la puerta y dijo:
—Princesa, ábreme.
Ella abrió y vio a la rana. Horrorizada, cerró la puerta de golpe y volvió contrariada a la mesa. El rey, al notar su expresión, preguntó:
—¿Qué ocurre, hija mía? ¿Hay algún gigante molestando en la puerta?—No, padre, es un rana. Ayer me devolvió mi pelota cuando cayó al pozo, pero me hizo prometer que sería su amiga. Nunca pensé que pudiera salir del agua, y ahora quiere entrar.
El rey le respondió con firmeza:
—¡Pero debes cumplir tu promesa, entonces! Ve y ábrele.
Entristecida, la princesa obedeció. La rana entró y pidió:
—Súbeme a tu silla, por favor.
Ella dudó y miró de reojo a su padre, pero el rey la miró con seriedad e insistió con un gesto para que ella respetara a la rana. Luego la rana dijo:
—Ponme sobre la mesa y acércame tu plato y vaso, por favor.
La rana, que estaba hambrienta, comió y bebió con ella, y una vez terminado el almuerzo, añadió:
—Ahora llévame a tu cuarto y déjame tomar una siesta en tu cama, por favor.
La princesa lloró al imaginar la rana en su lecho, pero el rey fue firme:
—No debes despreciar a quien te ayudó en tu necesidad.
Ella llevó a la rana a su habitación y la dejó en un rincón. Sin embargo, la rana saltó hasta la cama y exigió:
—Estoy cansado... ¡Súbeme contigo o se lo diré a tu padre!
Furiosa la princesa, tomó a la rana y la arrojó contra la pared con todas sus fuerzas:
—¡Descansa ahí, rana asquerosa! —¡PLAFFF!
Pero al chocar la rana contra la pared, se transformó en un apuesto príncipe. Explicó que una bruja lo había maldecido y que solo podía romper el hechizo si una princesa lo aceptaba como compañero en su mesa y en su cama.
La princesa, arrepentida, le pidió perdón y pronto se enamoró de él. Rogó a su padre que los casara, y así vivieron felices para siempre.
Fin
¡Un momento! ¿No que la princesa besaba al sapo para que se convirtiera en príncipe? 🤔 Pues no: ese es un mito. 😘 Como que también es mito que se tratara de un sapo... ¡era una rana! 🐸 — croac, croac.

