Aquella noche lluviosa la alarma resonó en todo el país. Fue una oleada de sirenas que despertaron a todo Chile a eso de la medianoche, y es que —extrañamente— justo ese día todo el mundo se había ido a dormir temprano, lo cual ya era raro. Por lo general, la gente se iba a dormir después de hacer la tarea o el trabajo atrasado que debían presentar al día siguiente... después de la fiesta, claro. Pero no era el caso esa noche, donde todos los canales de televisión transmitían la misma señal con una alarma persistente. Era casi como si algo o alguien hubiera preparado todo para que sucediera lo que estaba a punto de suceder y en la forma en que sucedió.
Al principio creyeron que se avecinaba un temblor, ya que en las noticias entrevistaban a un personaje de grandes lentes y barba descuidada en tenida oscura. Otros pensaron que era producto del cambio climático, y muchos comenzaron a guardar agua en sus teteras. Como era de esperar, saltaron los que dijeron que era una crisis energética, así que empezaron a encender las luces de sus casas para asegurarse de que les llegara suficiente corriente. Otros hablaban del colapso del sistema agrícola, así que los mercados se inundaron, a pesar de la hora.
Por ahí uno habló de una pandemia global, y las redes sociales se llenaron de expertos en fabricación de mascarillas caseras. Pero luego otro mencionó un ciberataque masivo, y todos se conectaron al unísono a sus cuentas bancarias y eso las colapsó. Y como colapsaron, un locutor de radio dijo que era un colapso económico mundial. Naturalmente que eso llevó a otros a hablar de un patatús institucional, y nadie entiende bien cómo es que saltaron de eso a la teoría de un deshielo polar inminente. El caso es que corrió el miedo a conectarse a Internet cuando alguien mencionó, por error, que una inteligencia artificial estaba fuera de control, y que cualquier interacción con ella podía desencadenar una guerra nuclear. Se hablaba pues del desplome global de Internet, pero entonces el experto barbudo mencionó un supervolcán, y todos miraron hacia la cordillera. Luego dijo que estaba sumergido, así que todos miraron al mar. Eso los tranquilizó un poco, ya que algunos hablaban de un océano “pacífico”.
Total que para cuando el mundo ya no daba más de la tensión y la curiosidad, surgió la revelación final... el experto hizo pasar a otro experto que era quién informaría al país del grave acontecimiento que se veía venir.
—Tenemos confirmación —dijo el nuevo experto frente a las cámaras, y mientras ajustaba sus lentes de lectura para ver un documento— de un inminente impacto extraterrestre... ¡ejem! —carraspeó.Se alzaron en tropel las voces de los periodistas. La gente estaba pasmada.
—¡Extraterrestres! —se oía en todos lados.La confusión envalentonó a los teóricos de la conspiración que habían advertido contra los reptiloides que estaban “entre nosotros”. No obstante, el experto se despejó la garganta con un vaso de agua y continuó:
—Hablamos de una colisión cósmica. Un evento exógeno por intrusión orbital de una amenaza astronómica.El científico le asintió con una sonrisa forzada y prosiguió:
—¡En español, por favor! —suplicó una bella periodista de piernas interminables.
—Se nos viene —respondió con voz temblorosa— un asteroide. Un cuerpo rocoso de níquel y fierro, de unos cincuenta metros de diámetro y velocidad cercana a los doscientos mil kilómetros por hora. Caerá directo en algún lugar de Chile... ¡esta misma noche! El observatorio de Cerro Tololo lo ha confirmado. La NASA no alcanzó a detectarlo a tiempo, y no hay mecanismos disponibles para frenarlo antes del impacto. ¡Lo siento!Y el experto se puso a llorar.
Como era de esperar, el país entero sintió un frío glacial recorriendo cada espina dorsal de pies a cabeza. O quizá, de la cabeza a los pies; nadie sabe exactamente qué parte del cuerpo se enfrió primero, pero una cosa era clara: chilito estaba condenado.
Entonces comenzaron a mostrar en televisión los gráficos del informe científico. “Evento inminente de impacto asteroidal”, se leía en titulares. Todo el mundo guardó silencio cuando, reponiéndose de la emoción, el científico continuó:
—No estamos seguros donde caerá exactamente, pero sabemos que será en Chile porque la trayectoria de entrada será norte-sur, coincidiendo con nuestra larga geografía chilena. Podría caer, básicamente, en cualquier parte: Arica, Iquique, Antofagasta, Copiapó, La Serena, Valparaíso, Rancagua, Talca, Chillán, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt, Coyhaique o Punta Arenas. Sólo el sur de Tierra del Fuego y la Antártica están descartados, pero aún así se verán afectados por las repercusiones geológicas y atmosféricas. Naturalmente que esto afectará a Argentina, también, pero debido a la cordillera, el impacto podría ser menos catastrófico para ellos. A no ser que caiga en Coyhaique, claro.Por primera vez en la historia, el país completo escuchaba atónito y en total silencio las palabras de un científico.
—Eso... —continuó el experto— puede darles una idea de lo que podemos esperar. —y rompió en llanto otra vez.El otro experto, mirando inmutable a su colega, acarició su propia barba, resignado.
—Tenemos menos de una hora. —advirtió finalmente.Para entonces, el clima social en Chile ya era de ensueño. En todas las ciudades, de Arica a Punta Arenas (y sí, también Puerto Williams), las calles se habían llenado de gente. No solo de chilenos y pueblos originarios, sino también de extranjeros, de todas las razas, nacionalidades, lenguas y creencias.
Nadie quería estar solo. Nadie quería pasar sus últimos minutos sin contacto humano. Todo el mundo quería conocer a su vecino. Así, compatriotas que nunca se habían visto en su vida, se encontraban en las plazas y alamedas...
Los transportistas saludaban a los ciclistas. Los sindicalistas fraternizaban con los empresarios. Los estudiantes congeniaban con las autoridades del gobierno. Los ambientalistas cantaban con los mineros. Los cazadores intimaban con los animalistas. Los de derecha socializaban con los de izquierda. Las iglesias rezaban con los feministas. Los antivacunas lloraban con los enfermeros. Y los encapuchados se abrazaban con los carabineros. Si ese iba a ser el final de chilito, tenía que valer la pena.
Los argentinos, por su parte, también estaban asustados; especialmente en la Patagonia, dado el aviso. Así que hicieron sus propias reuniones de despedida, celebrando el fin de sus humanidades con mate amargo y cerveza sin alcohol. Así, el tiempo transcurrió en ese ambiente, y eran muy pocos los incrédulos dispuestos a negar la realidad. Si alguno menos informado se distanciaba, era inmediatamente invitado a recapacitar para compartir el fin de los tiempos con la gran familia chilena.
Estaban en eso cuando unos destellos en el cielo comenzaron a aparecer. Unas hermosas estelas doradas comenzaron a pintar los cielos, de norte a sur. Eran pequeños meteoritos que presagiaban la llegada del asteroide del fin de la era.
Por supuesto que el resto del mundo también estaba pasmado. La información ya había circulado a través de las redes sociales, copando titulares en todo el planeta:
¡Impacto mundial! Chile resignado
¡Chile se despide de Chile!
Fraternidad chilena: ¡el último adiós!
Asteroide arrasará Chile en menos de una hora
NASA informa: ¡Es demasiado tarde para Chile!
Chile y el sur de Argentina se preparan para el impacto
El peso chileno se derrumba ante el dólar
Chile en la mira de la Humanidad
Tal era el tinte de los medios de comunicación masivos. El planeta en su conjunto clamaba por un eventual milagro que desviara a Chile de su fatal destino. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, el mundo se unía ante el desamparo de nuestro país.
Entonces... sucedió.
Un resplandor deslumbrante incendió la alta atmósfera a la altura de Arica, seguido de un velo naranjo aterciopelado que habría sido hermoso de no ser por su fatal motivo. Fue atravesando el cielo de las regiones, una por una. Sobrevoló Santiago, y en su paso se llevó todo el esmog hasta Concepción. Finalmente eligió lo que los argentinos tanto temían: caería cerca de Coyhaique. Así que los coyhaiquinos, abrigados en sus parcas de chiporro y gorros de lana, se tomaron de las manos, elevando sus voces al cielo.
Casi parecía que el asteroide hubiera calculado la trayectoria directa a la plaza pentagonal de su ciudad, donde grandes rondas de personas se habían reunido para despedirse. El resto del país y el mundo entero miraban expectantes el desarrollo de estos acontecimientos por televisión. De vez en cuando habían estado mostrando la cara estupefacta del presidente, que observaba espantado desde Santiago, pero había dejado de ser noticia. Ahora todo el planeta veía en vivo el despacho de un periodista en el centro de la plaza de Coyhaique, junto a una pileta.
El asteroide avanzó a toda velocidad y justo antes del impacto... se detuvo. Miró alrededor, vio que toda la gente cantaba y lloraba con penita, así que también le dio penita; se dio media vuelta y escapó piola de vuelta al espacio profundo.
Nota aclaratoria:
Este relato, inspirado en el acontecer nacional cotidiano chileno, obtuvo una mención de honor en la categoría de cuentos infantiles de “Cuenta tu Cuento” 2026, IIª edición del Concurso Literario Viva Leer Copec. Presentado a concurso el jueves 18 de junio de 2026. Su contenido responde estrictamente al contexto y la fecha de su redacción original. Reconocido el 21 de Octubre de 2026.

