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Gardarolinclasfigundarinorry

Dedicado a la tía Mabel · Por Ethan J. Connery
Hace algunos años, en lo profundo de un hermoso y verde bosque que crecía a los píes de una gran montaña blanca, vivía un simpático sapito llamado Gardarolinclasfigundarinorry, pero como era medio curioso y su nombre era tan difícil de pronunciar, todos le llamaban simplemente "Sapito" º-º

Sucedió un buen día, que Sapito quiso salir a dar un paseo por el bosque para celebrar el cumpleaños de una amiga que no veía hace mucho tiempo, aunque ella ya no vivía cerca de ahí y Sapito no sabía a dónde se había ido. Pero Sapito era un "recordador", y como todo recordador, siempre se acordaba de los buenos recuerdos. Por eso, cuando era el cumpleaños de alguien muy querido, salía a pasear, sólo para recordar y celebrar.

Así que se puso su mejor traje, se calzó sus botas distinguidas, se puso su sombrero favorito, y de un salto salió afuera de su casa, que era un huequito de hojarascas entremedio de las raices de un roble.

Ahí iba Sapito, feliz, saltando y croando en dirección al arroyo, dónde muchos animalitos del bosque suelen reunirse para conversar sobre cosas importantes e interesantes. Generalmente cosas que a todo el mundo interesaba. A esa hora tan temprana el ambiente se veía luminoso y tivio a causa del Sol que se eleva en la madrugada.

─¡Que hermosa mañana para pasear! ─dijo Sapito─ ¡Y es un bello día para celebrar... croooaaak ♪♫!

Los rayos dorados se mezclaban con el verdor de aquel aromático horizonte de hierbas y matorrales que cubrían la distancia.

Asi estaba Sapito, croando de lo mejor, cuando de pronto una sombra le tapó la luz del Sol. Sapito, que era valiente pero precabido, salto directo a unas matitas de musgo verde que creacían en las raíces de un roble cercano.

La sombra era grande y parecía desconocida, así que de pura impresión, se quedó quietecito y con los ojos como platos ─como quién no quiere la cosa─ esperando a ver qué era esa sombra grande y aparentemente siniestra.

La sombra de pronto notó su presencia y se inclinó ante él, se arrodilló y se acercó lentamente para verle de cerca.

─¡¡Gardarolinclasfigundarinorry!! ─exclamó la sombra.

Sapito abrió los ojos aun más al darse cuenta que dicha sombra conocía su nombre, y que además: lo pronunciaba perfectamente.

─Croac, crooaaac ♪♫

Sapito se hizo el leso e hizo como que no sabía hablar, porque le daba cuco hablar con una sombra tan grande y "conocedora", ya que era claro que conocía su nombre º-º

─¡Siii, tu eres Gardarolinclasfigundarinorry! ─repitió la sombra─ ¡Reconocería en cualquier lugar ese "croac"!

Esto ya era demasiado para Sapito, así que decidió descubrirse ante la evidente evidencia de que la sombra le conocía. Se armó de valor y dió un saltito adelante.

─¡Está bien, está claro que sabes quién soy! Pero te digo de inmediato que tengo muchos amigos en este bosque y si pretendes comerme... ¡mis amigos me defenderán!
─¿Cómerte? ¡¡Guácala!! Claro que no se me ocurriría comerte. No soy una comesapitos, ¡y menos si el sapito es mi amigo!

Al decir esto, la sombra se sentó en el suelo, y al cambiar de posición, le llegó toda la luz del Sol en la cara. De ese modo Sapito pudo ver con claridad de quién se trataba. El rostro de Sapito cambió y esbozó una gran sonrisa, de oreja a oreja.

─¡¡Tía Mameeeeel!! ─gritó sapito entusiasmado─ ¡No puedo creer que seas tu, pero si ha pasado tanto, taaaaanto tiempo!

Sapito estaba muy feliz, y en sus ojos se notaba. Habían pasado muchos años desde que no veía a su gran amiga, "la tía Mamel".

─¡Y yo justo que salí a pasear para recordar tu cumpleaños! ─exclamó Sapito

A diferencia de los animalitos del bosque, Tía Mamel era un ser humano... ¡asi es! El único ser humano que conocía el lenguaje de los animalitos, y por eso, y porque era muy buena y le gustaba contar historias, es que todos en el bosque la querían. Pero hace varios años que se había ído para conocer otros lugares, y por eso muchos habían llegado a pensar ─con pena─ que quizá no volverían a verla.

Pero ahora estaba ahí, de vuelta en el viejo bosque y frente a Sapito que la miraba encantado.

─¡Tía Mamel, no te imaginas lo feliz que me hace verte otra vez! ¡Te hemos echado mucho de menos por aquí!
─¡Gracias, Gardarolinclasfigundarinorry! Que bueno que me hayas reconocido, a mi también me alegra mucho estar de vuelta, y también te echaba de menitos :)
─Tía Mamel, tu eres la única que me llama por mi nombre real. Aquí en el bosque todos me llaman "Sapito". Gracias por acordarte de eso... ¿cuando regresaste?
─Esta misma mañana ─le respondió Tía Mamel, con evidente ganas de contar alguna de sus aventuras en tierras lejanas─ y quise venir a tu casa para saludarte.
─¡¡Gracias, tía Mamel!! ─exclamó Sapito, y salto a las manos de su querida amiga para abrazar su dedo meñique, ya que Sapito era un sapito muy... muy pequeño.

Tía Mamel le hizo nanay en su cabecita y le dijo:

─Como llegué recién, no alcanzaré a celebrar mi cumpleaños ya que no he preparado nada, pero si vienes en la tarde a mi casa, te contaré mi viaje y recordaremos viejos tiempos, como buenos recordadores que somos.
─Claro tía Mamel, ahí estaré. ─le respondió Sapito.
─Ya, pero es un secreto: no le cuentes a nadie aun que regresé, ya que tengo toda mi casa desordenada y debo ordenar antes de recibir visitas.
─Sí, tía Mamel. ¡No le contaré a nadie, lo prometo! ─dijo Sapito.

Tía Mamel le dió un besito en su cabeza y sapito de despidió con un "crooooakkk ♪♫". Sapito vió alejarse a tía Mamel en la distancia y prosiguió su camino, saltando feliz de haber conversado nuevamente con la famosa y muy querida tía Mamel.

Iba en eso, cuando un gorrioncito se le acercó, y curioso, le preguntó:

─Hola Sapito, ¿quién era esa sombra con la que hablabas?
─¡Ajajá! Era tía Mamel que ha regresado de su largo viaje.
─¿Que regresó tía Mamel?

Sapito se dió cuenta que por hablador había faltado a su promesa y trató de arreglarla.

─Si, ¡pero es un secreto! No se lo cuentes a nadie, ¿ya?
─¿Porqué no puedo? ─preguntó el gorrión.
─Porque tía Mamel tiene su casa desordenada y además es su cumpleaños, y como llegó recién no ha preparado nada, y le daría mucha vergüenza que llegara algún amigo a su casa y encontrara todo ese desorden.
─¡Aaaah, entiendo! ─exclamó el gorrión─ Está bien, no diré nada a nadie, será nuestro secreto :)
─Gracias gorrioncito ─le respondió Sapito, y cada cual siguió su camino.

Pero pasó que conforme caminaba al arroyo, Sapito se fue encontrando con varios animalitos del bosque, y cada vez que alguno le preguntaba algo, a Sapito se le salía de que había hablado con tía Mamel y que su casa era un desorden.

─¡Pero es un secreto! No se lo cuentes a nadie, ¿ya? ─seguía diciendo Sapito, confiado en que todos los animalitos guardarían el secreto.

Y así pasó, que se encontró con una ardilla y un hamster que pasaban por ahí, después con un zorrito, luego con un pájaro carpintero, más tarde con unos ratones del campo que andaban visitando a sus familiares ratones del bosque. Y luego un buho y un cervatillo, y una cigarra y una hormiga que conversaban sobre trabajo y vacaciones. También se encontró con un lorito ¡y ese si que era peligroso, porque todo el mundo sabe lo habladores que son!

Pero algunos animalitos no se aguantaron y le contaron a otros el secreto, pero para no sentirse mal, siempre terminaban diciendo: "Pero es un secreto, así que no se lo digas a nadie".

En fin...

Para cuando Gardarolinclasfigundarinorry llegó al arroyo, ya todo el mundo ─desde Siberia hasta la Tierra del Fuego─ estaban enterados de que tía Mamel había vuelto al bosque, que era su cumpleaños, que había conversado con Sapito y que su casa estaba desordenada. Y como los rumores son cada vez más escandalosos, algunos terminaron diciendo de que en realidad lo que se estaba armando era una enorme fiesta y que todos estaban invitados "bajo palabra de secreto".

Finalmente Sapito saltó al agua del arroyo, y en ese instante emergieron a la superficie un montón de cabecitas coloradas. Eran la familia de ornitorrincos.

─Sapito, ¿es verdad que volvió tía Mamel?
─¡¿Quién les contó eso?! ─Preguntó Sapito, asombrado de que alguien además de él, conociera el secreto.
─Eeeeeeh... ¡nadie! ─respondieron los ornitorrincos, que son los únicos buenos para guardar secretos─ ¡fue una ocurrencia de nosotros no más, no nos hagas caso!

Sapito respiró aliviado, su secreto estaba a salvo º-º así que hizo caso omiso de la "casualidad" y siguió nadando por el estanque con su sombrero amarrado a sus orejas, para no perderlo.

Bueno. Sucedió entonces que ya había pasado toda la mañana, el desayuno, el almuerzo, el mediodía, y la merienda, y ya era hora de ir a visitar a tía Mamel. Así que Sapito salió del estanque, se sacudió un poquito para no llegar tan empapado de agua, y se fue a casa de tía Mamel.

Cuando llegó a la casa descubrió con asombro que estaba llena de animalitos: ahí estaban el gorrión, la ardilla, el hamster, el zorrito, el pájaro carpintero, el buho, el cervatillo, la cigarra y la hormiga, además de una enorme bandada de loros, era impresionante. Incluso habían otros animalitos que no conocía, como una jirafa, varios rinocerontes y una familia de mamuts.

Todos parecían locos, saltando y revoloteando por todos lados, la casa de tía Mamel era un caos.

─¡Tía Mamel, tía Mamel... ya llegó el organizador de la fiesta! ─comenzaron a gritar todos cuando vieron llegar a Sapito.

Sapito estaba pasmado. Sus ojos como platos y rojo de vergüenza. Era claro que nadie había guardado el secreto. Así que de puro cuco, se agazapó cuando vió salir de la casa a tía Mamel y todos los animalitos se quedaron callados.

─¡Peldón! º-º ─exclamó Sapito con humildad.

Tía Mamel lo miró bien serio un momento, pero luego sonró y finalmente comenzó a reir.

─¡Vamos, que sólo faltas tu! ─exclamó tía Mamel─ ¡Te estabamos esperando Gardarolinclasfigundarinorry!

Sapito saltó adelante, hacia el dedo meñique de tía Mamel, feliz de oir su nombre otra vez.

Y así pasó que tía Mamel lo perdonó, y en medio de un desorden descomunal que tenía toda la casa "patas para arriba", tía Mamel se sentó a relatarles a todos los animalitos del bosque las divertidas historias de su misterioso y fantástico viaje.

Osito regresa a casa

Para mi amiga Gricel · Por Ethan J. Connery

Camino por el bosque Osito se perdió, y buscando el camino de regreso a casa se encontró con un sendero que señalaba una salida hacia lo profundo de las montañas. Osito la siguió y caminó y caminó bajo los grandes árboles buscando esa salida, pero se hizo tarde y se vino la noche, y Osito perdido, se puso a llorar.

Estaba hechando sus lagrimitas, cuando de pronto vio una luz a lo lejos en el bosque y fue a ver que era, y cuando llegó cerca se dió cuenta que la luz venía de la copa de un árbol, así que para subir hasta arriba se hizo un volantín con hojitas de árbol y dejó el volantín amarrado en un palito.

Asi que Osito fue subiendo y subiendo por el hilito del volantín hasta que llegó a la copa del árbol y se encontró cara a cara con la luz verde, y resultó ser ...¡un enjambre de luciérnagas!

- ¡Ay, que lindo! -dijo Osito.

De pronto las luciérnagas se fueron volando asustadas por Osito y en eso, el hilo se soltó del palito que lo sostenía y Osito se fue volando en el volantín de hojitas. Allí iba Osito aventurero, impulsado por el viento, planeando por encima del bosque en el que se había perdido.

Y así volando, volando atravesó las montañas que lo separaban de su casita, siguiendo el camino de las luciérnagas que lo llevaron hasta un campo lejano donde encontró la cabaña donde vivían sus papás.

- ¡Mi casita! -gritó Osito entusiasmado.

Ya había encontrado su hogar, pero debía descender del cielo, ya que estaba volando casi a la altura de las nubes, así que para bajar, Osito fue sacándole de a poco hojitas al volantin y así fue perdiendo altura hasta que llegó justo al techo de su casita. Y en eso ve que sus papas venían camino del bosque porque lo habían estado buscando y desde a lo lejos habían divisado el camino de luz que dejaban las luciérnagas y en medio de ese camino a Osito que volaba aventurero en su volantín.

Asi que cuando los papás llegaron a la casa se encontraron con que Osito había aterrizado en su techo y Osito saltó a los brazos de sus papás y se abrazaron felices de haberse reencontrado. Después se fueron todos a comer un rico plato de miel preparado por Mamá Osa que estaba muy feliz porque su pequeño Osito no se había perdido. Durante la cena Osito relató sus aventuras a Mamá Osa y Papá Oso le oían asombrados y con mucha atención.

Alejo, el Cangrejo Aventurero

Para la tía Mabel · Por Ethan J. Connery

El pequeño Alejandro —a quién todos llamaban amistosamente "Alejo"— vivía con su tío en una isla lejana dónde sólo habitaban criaturas del mar. Su casa era una concha de caracol gigante que su tío había encontrado a la orilla de la playa cuando él apenas era un bebé. La conchita era lo suficientemente amplia por lo que disponían de dos habitaciones, un baño, una cocina y un comedor. Se preguntarán, ¿cómo es que se puede vivir en un caparazón de caracol?. Eso es porque Alejo y su tío no eran personas como nosotros, eran cangrejos.

Alejo había sido muy feliz viviendo con su tío que lo había criado desde guaugüita y que siempre tenía historias interesantes para contarle ya que había sido explorador de los siete mares cuando joven, pues vivió largo tiempo pegado al ancla de un barco viajero hasta el día que llegó a la isla, dónde decidió quedarse porque le pareció muy pacífica y bonita.

En definitiva su tío era un buen cangrejo y su única falta era que —a pesar de haber vivido más que muchos cangrejos de su especie— había tenido muy pocos amigos en la vida. Pues (aparte del mismo Alejo) su tío tenía una sóla amiga que era una cangreja ermitaña que vivía al otro lado de la playa y a quién visitaba una vez al año cuando le bajaba la nostalgia. En esa isla eran los únicos cangrejos de esa especie. Asi es... el tío de Alejo era un cangrejo ermitaño: de esos que viven encerrados en conchas y caparazones.

Alejo, por su lado, no era ermitaño ya que había sido adoptado, y por su naturaleza tenía muchos amigos entre las tantas criaturas que habitaban su querida playa. Tenía amigos peces, mariscos, moluzcos y otros cangrejitos de mar que vivían muy felices haciendo de las suyas y corriendo a patita pelada en medio de los cangrejitos de su especie. Pero como su tío vivía encerrado él también pasaba largo tiempo encerrado.

—¡Ojalá mi tío pudiera ver lo lindo que es tener buenos amigos! —le decía siempre Alejo a sus amigos, quiénes tenían miedo del viejo tío ya que por ser ermitaño era muy diferente al resto de cangrejos de la isla.

Aunque Alejo se había acostumbrado a vivir encerrado, cada día nacía en él un extraño espíritu de aventura. Entusiasmado por las historias que le contaba su tío soñaba con explorar la isla junto a sus amigos y vivir aventuras de piratas. Por eso cada vez que Alejo tenía tiempo libre —después de hacer las tareas— le pedía permiso a su tío para salir a jugar con sus amiguitos cangrejos.

Sucedió entonces que un día Alejo salió a jugar con sus amigos y en ese juego encontraron flotando en el mar una botella con tapón y un papel en su interior. Alejo, pensando que era un mapa del tesoro, fue el primero en ir a buscarla. Pero nada más aferrarse a la botella, llegó una corriente marina y se lo llevó tan lejos hacia el mar que sus amigos no pudieron darle alcance y volvieron a la playa resignados y tristes, pensando que nunca más volverían a ver a su amigo a quién consideraban el más aventurero de todos.

—¡No puede ser, Alejo se ha perdido! —decían unos cangrejitos.
—¡Se lo ha llevado la mar! —decían los mariscos y moluzcos.

Todos estaban muy asustados pensando en que nunca más le verían, hasta que un pecesito dijo:

—¡Hay que avisarle al viejo ermitaño, es el único que ha recorrido los siete mares y además es el tío de Alejo, debemos avisarle de inmediato!

Todos miraron con susto al pecesito pues nadie se atrevía a acercarse al viejo cangrejo ermitaño... ¡mucho menos se atrevían a decirle que perdieron a su pequeño sobrino en un tonto juego de piratas!

—¡Ya poh! ¿Quién será el valiente que le avisará al viejo? ¡Yo no cuedo salir del agua porque soy pez y el viejo vive a la orilla de la playa!
—¡Nosotros tampoco podemos! —dijeron los moluscos y marizcos pequeñitos que se encontraban ahí sin permiso de sus papás.
—Esta bién... ¡Yo iré! —exclamó finalmente el cangrejo más chiquito de todos.
—Pero, ¿no tienes miedo? —preguntaron los otros.
—No. Una vez perdí una perla que llevaba de regalo a mi mamá y me puse a llorar. Entonces apareció el viejo y me preguntó qué me pasaba. Al principio tuve miedo y luego le conté lo que había perdido. El viejo fue a su concha de caracol y me regaló una perla más grande y bonita para que se la llevara a mi mamá, pero me dijo que dejara de llorar.
—¡Bah! —dijo un molusco— Lo hizo para que dejaras de llorar, ¡nada más! A mi se me hace que es un viejo cascarrabias.
—No creo —respondió el pequeño cangrejito— mi mamá fue muy feliz con el regalo así que le debo ese favor.

El pequeño cangrejito se fue corriendo a la casa del viejo y todas las criaturas de la playa se fueron corriendo tras él y se quedaron cerca de la concha de caracol para ver qué pasaba.

—¡Tío cangrejo, tío cangrejo! —gritó el pequeño cangrejito desde la entrada— ¡Alejo ha desaparecido, se lo ha llevado la mar!

Casi como un delfín, el tío saltó desde el interior de la concha gigante al oir la mala noticia. Los otros animales se asustaron y se agazaparon en la arena mientras miraban escondidos.

—¡¿Hacia dónde?! —exclamó el viejo.
—¡Hacia el mar, tío cangrejo. Alejo encontró una botella flotando y se aferró a ella, pero una corriente se lo llevó muy lejos y ya no podemos verlo!

El viejo cangrejo miró hacia el horizonte, buscando ver alguna señal de la botella, pero no se veía nada. Imaginó lo peor y una tristeza muy grande se apoderó de su corazón, rompiendo a llorar desconsolado. Sus grandes lágrimas saladas cayeron sobre la arena.

Los otros animales al ver la reacción del pobre cangrejo ermitaño se pusieron muy tristes y se avergonzaron por haber pensado que el viejo era un cangrejo cascarrabias. Algunos, más sentimentales, se pusieron a llorar... ya que Alejo había sido un cangrejito muy querido porque era de corazón bondadoso.

—¡Vamos a rescatar a Alejo el cangrejo! —gritó de pronto entusiasmado el pequeño cangrejito.
—¡Si, vamos! —dijeron unos.
—¡Vamos todos! —dijeron otros— ¡A salvar a Alejo!

El viejo ermitaño sintió un poco de consuelo al ver tanta amabilidad y determinación de las otras criaturas de la playa. Todos querían salvar a su sobrino.

—Gracias amigos —dijo humildemente el viejo— yo ya soy demasiado viejo para estas aventuras.

A pesar de la gran pena que le invadía, el viejo sintió —por primera vez en su vida— que tenía muchos amigos.

Entre todos los animales de la playa comenzaron a mover un gran pedazo de tronco de palmera. Querían usarlo a modo de barco —como hacen los humanos— para que los animales más valientes navegaran a lo lejos en busca de Alejo. Pero la palmera era muy pesada y a pesar que eran muchos no lograron moverla más que unos cuandos centímetros sobre la arena.

—¡Es imposible, apenas podemos moverla y no llegaremos a tiempo, a este paso Alejo llegará a Punta Arenas!

Los animales no tenían idea de qué hablaba el viejo, pero se imaginaban un lugar lejano y lleno de misterio, como las tantas historias que Alejo les había contado acerca de las aventuras de su viejo tío. Los animalitos no se iban a dar por vencidos, así que usando todas sus fuerzas lograron finalmente arrastrar la palmera hasta la orilla de la playa. Metieron su "barco" al mar y tío cangrejo fue el primero en subirse, seguido de unos cuantos cangrejos adultos valientes. Provistos de ramas y hojitas de palmera comenzaron a remar mar adentro, llamando a gritos al pequeño Alejo. De seguro que si estaba por ahí les escucharía.

—¡No hay rastro de él! —se quejaba el tío.
—¡Ya lo hallaremos, no se preocupe! —le animaban los otros cangrejos, entre ellos el cangrejito más chiquito que también había demostrado ser un valiente.

Y así estuvieron toda la tarde navegando hasta que se hizo de noche y salió la Luna llena. De pronto con el brillo de la Luna algo comenzó a brillar a lo lejos, parecía que venía en dirección al barco de palmera.

—¡Es Alejo, es Alejo el cangrejo! —gritaban los aventureros, muy emocionados.
—¡¡Alejo!! —Se alegró tío Cangrejo, al divisar a su sobrino de lejos, quién venía montando sobre un delfín muy astuto al que Alejo le había pedido ayuda en altamar.
—¡¡Tío!! —Gritó muy alegre Alejo cuando pudo alcanzar finalmente la improvisada embarcación.

El viejo tío ermitaño se abrazó como nunca con su querido cangrejito, y junto a todos los valientes cangrejos que navegaron en esta aventura, regresaron hacia la isla, impulsados por el delfín que había tenido la buena voluntad de ayudar a los expedicionarios. En la isla, una gran fiesta les esperaba, pues las noticias bajo el agua corren muy rápido y todos ya se habían enterado que Alejo se había salvado.

La fiesta fue grande y toda la playa celebró muy alegre el rescate de Alejo: los peces saltaban felices, los delfines hacían sus acrobacias y juegos, los mariscos y moluzcos escuchaban atentamente la historia del rescate y hasta una ballena azul apareció lanzando un torrente de agua a los cielos para deleite de todos. La Luna aun brillaba en lo alto y todo parecía perfecto hasta que alguien preguntó:

—Oye Alejo, ¿y qué pasó con la botella?
—Se hundió en el océano, pero alcancé a recuperar el papel que había dentro —dijo Alejo.
—¿Y lo tienes contigo? —preguntaron todos con curiosidad.
—Claro, aquí lo tengo.
—¡Pues muéstralo, hombre! —pidieron todos muy entusiasmados.
—Esta bien, esta bien...

Alejo sacó el papel que guardaba bajo su tenaza y lo abrió sobre la arena. Los presentes se acercaron, incrédulos. No era un mapa del tesoro como todos habían creído: era un poema. Y decía así:

"Este será otro año,
ven a verme viejo ermitaño.
Gracias por la perla,
no imagino ni perderla.
Tengo mucho que hacer,
pero ya te quiero ver.
Vente en una almeja,
tu amiga la cangreja."

Se dice que esa noche nadie vió adonde fue el viejo cangrejo ermitaño, pero todos aseguran que fue a visitar a su amiga la ermitaña cangreja, montado en una almeja. Ya.... pero, ¿y qué pasó con Alejo? Pués quedó tan feliz de haber sido rescatado que bailó y bailo esa noche de Luna hasta que todos los habitantes de la playa se aprendieron el nuevo baile.

El baile del aventurero Alejo, el cangrejo.

Pequeña Gricel y el Castillo de Nunca Olvidarás

Para mi amiga Gricel · Por Ethan J. Connery

La pequeña Gricel caminaba por el bosque de los enanos. Había salido temprano de la escuela y por eso estaba feliz, ya que era su cumpleaños y podría aprovechar el tiempo libre para hacer esas cosas que tanto le gustaba hacer...

—No se si bailar o leer mis cuentos favoritos, pero lo que sea, ¡será entretenido! —pensaba alegremente camino a casa.

Estaba en eso cuando de repente se le cruzó en el camino un enano vestido con una túnica verde y un sombrerito de trapo. Gricel se asustó al principio ya que los enanos tenían la fama de ser traviesos y jugarle bromas a los viajeros de los bosques. El enano la miró y de inmediato se agazapó en el suelo, llorando de pena.

—¿Qué le pasa señor enano? —le preguntó inocente, Gricel, al ver las lágrimas que derramaba el enano.

El enano no contesto, sinó que la miró otra vez y volvió a llorar... esta vez más fuerte. Pero a pesar de su inocencia, Gricel era muy inteligente y notó que el enano tramaba algo, seguramente una broma pesada.

—Señor enano, ¿hay algo que pueda hacer por usted? —le preguntó amablemente Gricel.
—Lo que pasa, niñita, es que se me quedó atrapado mi globo favorito en ese árbol —respondió el enano, señalando con la mano hacia un abeto cercano, dónde un globo rojo amarrado a un hilo estaba enredado entre las ramas del árbol.

—¡No se preocupe, yo lo alcanzaré por usted! —le dijo generosamente Gricel.
—¡Cualquier ayuda es buena! —le respondió el enano.

Era evidente que el enano era un tramposo, ya que cada vez que la niña lo miraba, éste se ponía a llorar, pero Gricel no hacía más que mirar hacia otro lado y el enano se callaba. Gricel nunca pensó que un globo le traería tantos problemas, así que se agarró de una rama del árbol con una mano mientras con la otra intentaba alcanzar el hilo del globo.

—Casi, casi lo tengo... ya... ¡lo alcancé! —exclamó Gricel, satisfecha, cogiendo el hilo con sus dedos.

Saltó al suelo con el globo en la mano y estaba a punto de dárselo al enano, cuando éste la miró sonriente y le dijo.

—¡¡ Buen viaje, niñita, ha-ha-ha !!

El enano saltó en el aire y el globo rojo comenzó a crecer. Creció y creció hasta convertirse en un globo gigante. Gricel se dió cuenta que algo extraño pasaba y quizo deshacerse del globo, pero no pudo porque el hilo se le había enredado en la mano. El globo siguió creciendo y creciendo, hasta que de pronto llegó un fuerte viento y el globo se la llevó, dando vueltas por el aire como una alegre danzante. Gricel sólo atinó a sujetarse fírmemente del globo mientras éste tomaba altura.

—¡Enano travieso! —exclamó la pequeña Gricel mientras se alejaba del suelo.

El enano la miraba sonriente desde abajo mientras se despedía con un saludo burlón, para luego desaparecer en la espesura del bosque.

Así Gricel se fue volando, volando ...sobre las copas de los árboles y más allá... hasta que llegó a las nubes. Estaba en eso cuando pasó volando un patito silvestre junto a ella.

—¡Cuac-cuac! ¿A dónde te diriges, pequeña niña? —Le preguntó el pato.
—Señor pato, quiero ir a mi casa pero estoy volando demasiado alto y extravié el camino.
—¡Vaya, cómo te dejan volar sola, niña! A ver.... si quieres te llevo al norte, ya que yo voy al norte porque se viene el invierno.
—¡Gracias señor pato, cualquier ayuda es buena! —le agradeció Gricel, aunque no estaba segura si su casa aun estaba en esa dirección ya que estaba volando muy alto.

El pato tomó el hilo con sus patitas de pato y siguió volando al norte por un buen rato mientras le contaba a la pequeña las aventuras y desventuras de la vida de pato.

—¡Cuac-cuac! Estamos cerca del "Castillo de Nunca Olvidarás". ¿Te sirve por aquí niña?
—Puede que si...
—Bueno, entonces me despido. ¡Buena suerte, cuac!
—Que tenga buen viaje, señor pato.
—¡Cuac-cuac!

El pato soltó el globo y siguió su rumbo al norte, seguro de haber hecho una buena acción. Pero Gricel aun no estaba segura si ya estaba cerca de su casa y si fuera así, tampoco sabía cómo descender ya que lo único que veía era un horizonte de nubes blancas y azules. Estaba en eso cuando vió que entre unas nubes se asomaba el techo de un viejo y gigantesco castillo... sin duda era el Castillo de Nunca Olvidarás, que había mencionado el pato.

Llegó hasta el techo del castillo y el globo se enredó en la torre más alta, así que Gricel aprovechó de saltar hacia una de las ventanas de la torre.

—¡Oh, por fin, ahora podré bajar a algún lado y regresar a casa! —se dijo feliz, Gricel, quién aun tenía ganas de leer su cuento favorito y de bailar.

Gricel bajó las escaleras del castillo y llegó hasta una enorme sala de piedra. Ahí, junto a una encendida chimenea y sentado en un rústico sillón de troncos se encontraba un gigante que dormía plácidamente mientras recitaba en sueños, una extraña poesía...

" Una ovejita, una nube con patitas
un borreguito, un nimbo con pintitas
un corderito, un cúmulo de estrellitas
¿que es un carnero? "

...y así el gigante repetía lo mismo una y otra vez. Gricel, que era muy valiente a pesar de su edad, no tuvo miedo del gigante y se acercó para mirarlo mejor, ya que era una niña muy curiosa. Le dió pena que el gigante no pudiera terminar su poesía así que se acercó a su oído y le susurró:

—¡Un carnero es la lluvia livianita!

El gigante despertó abriendo los ojos, emocionado.

—¡SIIIII! —retumbó su voz por todo el castillo ¡Un carnero es la lluvia livianita! ¿quién, quién ha sido el de la idea?
—¡Ejem, ejem... muy buenos días, señor gigante!

El gigante miró a la pequeñita Gricel, pero como era tan pequeña tuvo que mirarla con una lupa gigante que guardaba en su bolsillo.

—¿Eres poeta? —preguntó el gigante— ¡Eres muy buena!
—No, soy Gricel y estoy perdida... quiero volver a casa, ¿puede ayudarme, señor gigante?
—Lo siento pequeña, pero yo también estoy perdido... dentro de mi propio castillo.
—¿Cómo es eso? —preguntó la niña.
—Lo que ocurre es que este castillo es como un laberinto y a mi siempre se me olvida cuál es el pasillo que me lleva al exterior, por eso estoy atrapado aquí y me entretengo inventando mi poesía.
—¿Y cuanto tiempo lleva aquí atrapado?
—Cien años, más o menos... pequeña.
—¿Y en cien años sólo ha inventado una poesía?
—No, siempre se me ocurren diferentes rimas, pero tarde o temprano las olvido.
—¡Pensé que este era el Castillo de Nunca Olvidarás! —exclamó Gricel.
—¡Claro, porque si te olvidas de algo... te pierdes! —le explicó el gigante.

Gricel que era muy sentimental, sintió compasión del pobre gigante.

—¿Y porqué no escapamos por la torre? Ahí tengo un globo, pero cómo soy tan pequeña no tengo el peso suficiente como para descender. A lo mejor si ambos nos asimos del globo podremos salir del castillo.
—¿Y por dónde se sube a la torre?
—Por allí... no... por acá... no... ¡cuek! ...lo olvidé!! —respondió confundida, Gricel.
—¿Ya ves, porqué es el Castillo de Nunca Olvidarás? Estaremos aquí otros cien años. —le dijo triste el gigante.

Pero Gricel era muy astuta y se le ocurrió la solución ideal :

—¿Y porqué no escapamos por la chimenea?
—Ohhhh... ¡Que idea, no lo había pensado! —exclamó el gigante, sorprendido de la astucia de la pequeña.
—Aunque usted es muy gordo como para subir por ahí. —observó Gricel.
—¡Pin, pan, pón! —el gigante pronunció una palabras mágicas— ¡Chiquitito quiero ser!

De pronto el gigante que había sido verdaderamente gigante hasta entonces, se hizo chiquitito, pero tan chiquitito y pequeño que la propia Gricel no tuvo problemas en tomarlo con la palma de su mano.

—¡Usted es mago, señor gigante!
—¡¿Ya no choy gigante, que no lo vesh, niñita?!
—¿y qué es ahora, entonces?
—¡Choy un "gigante pequeñito"... y ahora shubamos por la chimenea y shalgamosh de aquí!
—Bueno, bueno... pero no se enoje.

" Una ovejita, una nube con patitas
un borreguito, un nimbo con pintitas
un corderito, un cúmulo de estrellitas
¡Un carnero es la lluvia livianita! "

Recitó el gigante pequeñito y acto seguido entró una nube por la chimenea y comenzó a llover sobre el fuego, hasta que éste se apagó.

—¡Ahora shi, shubamos! —dijo el gigante.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió feliz Gricel, por fín volvería a casa.

La pequeña comenzó a subir por la chimenea hasta que salió al techo del castillo. Con el gigante pequeñito guardado en un bolsillo, caminó hasta llegar al techo de la torre dónde le aguardaba el globo rojo. Se amarró fírmemente el globo, llegó un viento y se la llevó por los aires lejos del Castillo de Nunca Olvidarás. El gigante pequeñito parecía feliz, por fín se sentía libre.

—Bueno, ahora debemos descender. —dijo la pequeña.
—¡Comenzaré a crecer de a poquito! —replicó el gigante— ¡Pon, pan, pín... Gigante de a poquito quiero ser!

Aferrado al hilo del globo, el gigante pequeñito comenzó a crecer de a poquito y el globo empezó a perder altura debido al peso. Atravesó el campo de nubes y llegaron a la copa de los árboles, cuando el globo tocó una rama y éste se pinchó.

—¡¡¡ PLAF !!! —el globo reventó.
—¡¡ Waaaaaa !! —gritaron Gricel y el pequeño gigante mientras caían en el bosque.
—¡Gigantón de una quiero ser! —dijo el pequeño gigante antes de tocar el suelo, y al instante se convirtió de nuevo en el gigante más gigante de todos los gigantes gigantónamente agigantados.

....atrapó a Gricel con su enorme mano.

—¡Nos salvamos! —suspiró aliviada Gricel.
—Bueno... fue muy entretenido jugar contigo, ojalá podamos jugar de nuevo en otra ocasión —dijo el gigante, y de pronto se convirtió en el pato que la había llevado volando al norte.
—¡¡No puede ser, pero si eres el señor pato!!... ¡¿Cómo?! —exclamó confundida Gricel.
—¡¡Cuac-cuac, BOING!! —respondió el pato, y de pronto se transformó en el enano, de sombrero y vestido de verde, que le había salido al paso en medio del bosque.
—¡Enano travieso, me jugaste una broma! —exclamó enfadada Gricel.
—¡Cualquier ayuda es buena! —respondió el enano, quién comenzó a correr y correr hasta que desapareció por un camino del bosque. Gricel lo persiguió hasta que se dió cuenta que el camino la conducía directo a su casa, ahí estaba su mamá quién la esperaba, preocupada... con su torta de cumpleaños.

—¡Mamá Babel nunca me va a creer cuando se lo cuente!

Pensó Gricel, abrazando a mamá Babel.

El soldadito de plomo

Hans Christian Andersen

Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.

“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”

Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y -¡crac!- se abrió la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.

-¡Soldadito de plomo! -gritó el duende-. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?

Pero el soldadito se hizo el sordo.

-Está bien, espera a mañana y verás -dijo el duende negro.

Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.

-¡Qué suerte! -exclamó uno-. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.

Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.

"Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro."

Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.

-¿Dónde está tu pasaporte? -preguntó la rata-. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.

-¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!

La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:

¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!

En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:

-¡Un soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.

Peter Pan

Érase una vez, muchos años ha, un niñito llamado Peter Pan. Este niño que estaba entre niño y joven, pero aun no llegaba a ser joven, decidió no crecer más. Así fue como un buen día se alejó volando del mundo y se fue a una tierra misteriosa y desconocida: la Tierra de Nunca Jamás.

En esa tierra de andanzas y magia misteriosa, Peter quizo vivir una vida de aventuras... pero una noche que regresó a nuestro mundo, persiguiendo a su sombra que se había escapado, encontró en su casa de Londres, Inglaterra, a una niña llamada Wendy Darling quien en ese momento le narraba cuentos a sus hermanitos John y Michael.
—Acompáñenme a la Tierra de Nunca Jamás —les invitó Peter— Mis amigos, los Niños Perdidos y yo nos encantan las historias interesantes.
—Pero... ¡Nosotros no podemos volar! —le contestó Wendy.
—¡Eso es muy fácil! —les dijo Peter- El Hada Campanilla, con sus polvos mágicos, les enseñará a volar.
Llegó Campanilla, que era un hada tan pequeña como una libélula, y les hechó un polvo mágico y pronto aprendieron a volar, y así, volando sobre las casas y edificios de Londres, se fueron a "Nunca Jamás". Cuando llegaron a la Tierra de Nunca Jamás, Peter les presentó a todos los animales y aves del bosque, y también a los Niños Perdidos. Todos aclamaron con entusiasmo a los nuevos invitados porque venían a contarles historias.

Todo parecía felicidad en Nunca Jamás, pero como en toda historia hay un "pero", existía en esa aventurada tierra un hombre malvado, conocido como el Capitán Garfio.

El Capitán Garfio vivía recorriendo los mares en un viejo buque pirata y tenía una tripulación perversa que siempre estaba buscando la forma de atacar a Peter Pan y sus amigos. Garfio odiaba a Peter porque en una de las tantas luchas, Pan le cortó su mano derecha y antes que el Capitán la recuperara, un cocodrilo se la comió. Esto hizo que el Capitán Garfio tuviera miedo del cocodrilo y por eso se había jurado a si mismo que se vengaría de Peter Pan.

Peter no podía dejar de inquietarse por la seguridad de sus amigos, las aves y animales, los Niños Perdidos y por supuesto Wendy, John y Michael Darling. Pero, para alivio de Peter, tenía otros amigos: los Indios de las Praderas de Nunca Jamás, que vivían en sus chozas y cabalgaban por la costa explorando en el horizonte del Océano, si acaso el buque pirata de Garfio acechaba.

Cuando los indios divisaban la nave, la Princesa Tigresa —que así se llamaba la princesa de los indios— corría a avisarle a Peter Pan que Garfio había bajado a tierra. En ese momento, todos los amigos de Peter se escondían en una casita subterránea, y asimismo lo fueron haciendo Wendy y sus hermanitos.

Al cocodrilo de Nunca Jamás le había gustado tanto la mano del pirata que siempre estaba siguiendo los pasos del Capitán, cada vez que el pisaba tierra, esperando el momento propicio para saborear otro delicioso bocadito de pirata a la italiana.

Una tarde, de esas tardes oscuras, Peter y Wendy vieron con horror como un bote del barco pirata se llevaba prisionera a Tigresa, la princesa india. Los malvados piratas la habían abandonado amarrada en la Roca de las Sirenas Cantoras.
— ¡Desátenla de inmediato, regresen a la playa y síganla! —gritó Peter, imitando la voz de Garfio para engañar a los piratas.
Cuando le cortaron las ataduras, la princesa se lanzó al agua y nadó rápidamente hasta la playa, y luego corrió a ocultarse en el bosque. Mientras eso pasaba, Peter Pan y Wendy, en un intento por salvar a Tigresa, quedaron atrapados en la Roca de las Sirenas Cantoras. La marea subió y subió y para salvarse, Wendy tuvo que alejarse amarrada a la cola de un volantín cometa de los Niños Perdidos y Peter se fue flotando, embarcado sobre un nido de pájaros que flotaba casualmente por ahí. Remó con las manos hasta llegar a la orilla, porque se le habían acabado los polvos mágicos del Hada Campanilla. Al final, todos se salvaron.

Para celebrar el rescate de la Princesa, Peter y los indios dieron una fiesta como nunca jamás se había dado en la Tierra de Nunca Jamás. Los invitados de honor fueron Peter Pan y los Niños Perdidos, y claro... Wendy y Michael también asistieron, mientras a John le permitieron tocar el tambor de la danza india.

Terminada la fiesta todos se fueron a sus casas, y Peter Pan y sus amigos se fueron caminando en fila india por el oscuro bosque, con Peter a la cabeza. Durante la marcha, el Capitán Garfio y su malévola tripulación se fueron raptando a los niños uno por uno y cuando los tuvieron a todos, se los llevaron al buque pirata.

Cuando Peter Pan llegó a la casita, se quedó pasmado al descubrir que nadie le seguía y que estaba completa y totalmente solo. Imaginándose lo ocurrido, voló junto a Campanilla, quién hasta ese momento se había quedado dormida en su bolsillo. Peter y Campanilla volaron y volaron, en medio de la noche, sobre el bosque hasta que llegaron al barco del Capitán Garfio... justo en el momento en que el Capitán y sus hombres estaban por lanzar, desde la tabla del buque, a todos los niños al mar.
—¡En guardia, Garfio! —gritó Peter.
El Capitán, furioso al ver a su oponente, corrió ciegamente hacia el que consideraba su más grande enemigo. Cuando el Capitán saltó hacia Peter, éste lo esquivó tan hábilmente que Garfio resvaló, cayendo por encima del barandal del barco... directamente a las fauces abiertas de su viejo conocido: el cocodrilo.

Peter Pan perdonó a los demás piratas cuando prometieron portarse bien en el futuro. Después, Peter y sus amigos se hicieron a la vela rumbo al mundo real para que Wendy y sus hermanitos John y Michael Darling volvieran a su casa escurriéndose por la ventana.
— ¡Adiós! —le gritaron a Peter.
Para ellos, la aventura de Nunca Jamás había terminado.


Fin

La esfera de Marskid


Ethan J. Connery

Esta es la historia de dos niños de verdad, que, como todos los niños, gustaban de aprender y de jugar. Uno se llamaba Rick, el otro se llamaba Marskid, pero entre ellos no se conocían, y eso es porque no eran dos niños iguales. Eran diferentes:

Rick era blanco y Marskid era de color verde.
Rick vivía en la Tierra y Marskid vivía en el espacio.
Rick creció en el pasado y Marskid venía del futuro.
Rick era humano y Marskid era marciano...

Sucedió así, que un buén día de primavera (de esos del siglo 20, ¡Que tiempos aquellos!), Rick caminaba por el sendero de un gran bosque, buscando fósiles, ya que como todo Scout gustaba mucho de explorar sitios remotos y acampar en la cumbre de los cerros.

Estando así el niño, en sus andanzas, medio perdido entre las montañas, apareció en lo alto del cielo una nubecilla dorada. La pequeña nube se escapó de sus papás mayores, las grandes nubes tormentosas que Rick veía entonces, y bajó para descansar un rato de tanto volar por el mundo.

Cual sería la suerte de Rick cuando se encontró con la pequeña nube cansada en el camino, y ambos se hicieron amigos, conversando lárgamente, esa tarde, junto a una fogata.

La nubecilla dorada invitó a Rick a volar para conocer la Tierra desde las alturas, y así sucedió que el pequeño Rick, sentado en su nube voladora, se elevó hacia el firmamento, volando lejos, más allá de los montes cercanos, más allá de las montañas que él conocía, más allá de las nubes tormentosas, más allá del firmamento estrellado...

...y así, volando, volando, llegó más allá del tiempo.

La nubecilla dorada descendió en una gran ciudad, colmada de luces y cristales, y se posó en la cumbre de un enorme edificio, que para Rick, más parecía una montaña.

Del suelo surgió una luz blanca y un simpático amiguito emergió como por arte de magia.

- Hola amiguito, ¡Bienvenido seas a la Tierra! -le dijo el personaje, que también era pequeñito, pero era de color verde y tenía una extraña vocecita que se oía en todas partes.
- ¡Hola amigo, vengo en son de paz! -le dijo Rick, levantando su mano derecha.
- ¡Si, lo sé! -le respondió su verde nuevo amigo a quién todos conocían como Marskid- ¡Ven, te invito a conocer la Tierra del Futuro!

Y así fue que Marskid y Rick, se fueron conversando muchas cosas en la nube voladora, mientras esta recorría unos bellos laberintos de luz.

Miles de estrellas de colores atravesaban el cielo, algunos colores eran tan increíbles que Rick nunca los había visto en su vida. La pequeña nube dorada bajó hacia el piso de la Tierra del Futuro, hacia un gran círculo de luz. Muchas personas, de todas las razas conocidas y desconocidas, se habían reunido ahí.

- ¡Hemos traído un emisario del siglo 20! -dijo el pequeño Marskid a las gentes que habían ido a ver- ¡Pasa amiguito, preséntate!

- ¡Hola, mi nombre es Rick! -les dijo el aludido- Gracias por invitarme a este lugar, es muy hermoso, y muy tranquilo, el laberinto de luz me recuerda a mis bosques. ¡Me gusta mucho la Tierra del Futuro!

Las personas sonrieron, aunque muchas hablaban diferentes idiomas, pero todos entendían lo que Rick les había querido decir.

- Gracias, Rick. -dijo Marskid, y luego agregó a grandes voces- ¡Ahora llevaremos a Rick a conocer la Tierra Alternativa!

Las personas se entristecieron cuando escucharon esta noticia y el pequeño Rick, aunque estaba maravillado por lo que veía, no entendía bién todo lo que ocurría. Pero sabía que se iba de ese lugar y decidió despedirse de la gente como hacen los humanos del siglo 20, levantó la mano derecha y comenzó a agitarla en el aire.

-¡Gracias por todo, me gustaría regresar algún día!

Pero, de pronto miró hacia arriba y un vacío negro y redondo, rodeado de una intensa luz (algo parecido a un eclipse) bajó y cubrió todo el lugar. Rick se encontró, de pronto, en un vasto desierto plano, con montañas llanas y cuevas abandonadas. El cielo parecía haber desaparecido, y así toda la gente. Sólo se movía un viento frío que levantaba algo de polvo, en medio de la noche más oscura que el niño de los bosques del siglo 20 había visto en su vida.

Ahí estaba Marskid, quién apoyaba su mano en el hombro de Rick. Marskid abrió su otra mano y una luz iluminó el lugar, y así, mientras Rick escuchaba, Marskid le contaba:

- ¡Mira amiguito, con mucha atención!
- ¿Qué es esto? ¿dónde estamos, Marskid?
- Esto es la Tierra Alternativa: como ves, no hay vida aquí. Todo tu pueblo yace desaparecido, al igual que el mío, no hay esperanza en este lugar. Sólo los fantasmas del pasado habitan estas oscuras moradas.

El niño de los bosque no podía creerlo, se sentía con miedo y desolado. Y miraba a su alrededor, esperando encontrar algo que le hiciera comprender qué había pasado con su mundo del siglo 20, o con el brillante mundo que acababa de conocer. Percibiendo su temor y su angustia, Marskid le indicó que mirara hacia lo alto. Y con un soplo de esperanza, Rick vió cuatro pequeñas estrellas azules que brillaban en las alturas.

Las estrellas descendieron y se posaron delante de Rick, y así pudo tocarlas. Las estrellas se unieron y su luz se hizo pequeña. En su lugar quedó una esfera dorada de cristal.

- Debes llevarla a tu tiempo, a tu mundo. ¡Por favor, escóndela en un lugar seguro! ¡En tus bosques! ¡En tus montañas!, y cuando sientas que se acerca el tiempo, vé a recuperarla.
- ¿Para qué sirve?
- Es lo único que puede salvar a tu gente. Ya has visto, Rick, las dos Tierras. Ambas dependen de tu mundo, y tu mundo depende de esta esfera de cristal.
- Pero, ¡Que extraño material! -exclamó Rick- al experimentar con la esfera que giraba brillante en su mano a voluntad- ¿de qué es?
- Es del material con que están hechos los sueños.
- ¿Y qué es lo que hace?
- Te concederá un deseo. Cuando crezcas llegará ese momento, sólo pide un deseo y la esfera te lo concederá sólo a tí y por tu propia, auténtica y consciente voluntad. ¡Procura cuidarla mucho y sobretodo, no olvides dónde la esconderás!
- Gracias Marskid, ¡eres un buen amigo, no olvidaré su destino!

Y así ocurrió que Marskid regresó a la Tierra del Futuro y Rick regreso en su nube voladora, a la Tierra del pasado, a sus bosques del siglo 20, escondiendo en lo profundo de las montañas, la pequeña esfera que brillaba con el poder de cuatro estrellas.

Pasaron muchos, muchos años, y en la espesura de los bosques, un explorador llamado Rick buscaba una esfera de cristal. El pequeño niño de los bosques había crecido, y había ido en busca de su preciado deseo.

Cuando llegó al lugar, otros seis exploradores, cada uno con una esfera similar, le esperaban. Los siete reunidos, pidieron un sólo poderoso gran deseo.

Esa noche, Rick durmió en las montañas y soñó con su amigo, Marskid, el pequeño extraterrestre marciano, que le sonreía en la distancia del tiempo y el espacio.

Pulgarcita

Hans Christian Andersen


Erase una vez una mujer muy triste porque no tenía hijos. Ella deseaba más que nada ser una verdadera mamá. Fue al encuentro de una vieja hada y le dijo:
— ¡Me gustaría tanto tener un hijo! Dígame, ¿qué puedo hacer?
— Aquí tiene una semilla mágica. Póngala en una maceta y verá —le respondió la bruja, que a pesar de su aparente frialdad, tenía una gran bondad.
La mujer le dió las gracias y volvió a su casa para plantar la semilla. En poco tiempo ella vió crecer una hermosa flor parecida a un tulipán.
—¡Qué agradable perfume! —decía mientras la respiraba.
En el interior, sentada sobre un tapíz de pólen, una niña diminuta le miraba sonriente.
—¡Tú no eres más grande que mi pulgar! —exclamó la mujer— ¡Te llamaré Pulgarcita!
La mujer le confeccionó una cuna a su medida. Ella ahuecó una cáscara de nuez, donde puso unas hojas de violeta en forma de colchón y un pétalo de rosa como manta. Durante el día, Pulgarcita jugaba sobre la mesa, cantándole bonitas canciones a su madre. Pero una noche de luna llena, un horrible sapo saltó al interior de la casa. Estaba tan entusiasmado por la belleza de Pulgarcita, que se la llevó con él:
—¡Será una buena esposa para mi hijo! —pensó muy satisfecho.
Cuando llegó cerca del pantano donde vivía, el sapo puso a Pulgarcita, que aún dormía, sobre una hoja de nenúfar. Después llamó a su hijo. Este era tan feo y desagradable como su padre.
—¡Qué bonita es!" —dijo él— ¡No hables tan fuerte, vas a despertarla. Vamos a dejarla en medio del estanque, y así ella no podrá escaparse!
Cuando al amanecer Pulgarcita se despertó, empezó a llorar.
—¿Dónde estoy? —se preguntaba.
—Te presento a mi hijo, tu futuro esposo. Vamos a construirte una nueva casa —le dijo el viejo sapo.
Y cogió la cama de Pulgarcita.

Los peces conociendo las malas intenciones de los sapos, se hicieron amigos de la pobre Pulgarcita. Decididos a impedir un matrimonio tan desgraciado, cortaron el tallo de nenúfar con sus pequeños dientes. La hoja arrastró a Pulgarcita hacia la orilla. Los sapos no pudieron alcanzarla. Pulgarcita alegre por haberse librado de los malvados sapos, estaba maravillada ante la belleza de la naturaleza. Era mediados de verano y las espigas de trigo se agitaban con un color amarillo magnífico. El sol, hacía brillar millares de pequeñas estrellas en la superficie del agua.

Los pájaros se posaban en los rosales, que apenas sujetaban el peso. Una amable mariposa se ofreció para ayudar a Pulgarcita a volver a la orilla. Anudó una hierba a la hoja y guió la pequeña barca. De pronto, una gran abeja elevó a la pequeña por los aires y la posó delicadamente en un campo de flores. Pulgarcita pasó el final del verano bebiendo gotas de rocío y regalándose el néctar de las flores.

En poco tiempo el otoño dejó paso al invierno. El sol se apagaba y las flores se marchitaban. Los primeros copos de nieve cubrían el campo y Pulgarcita tenía mucho frío. Torpemente, envuelta en una hoja muerta en forma de manta, dejó el prado en busca de un nuevo refugio para pasar el invierno. Continuó caminando, y tiritando, se encontró a una musaraña a la que contó sus desgracias.
— ¡Pobre pequeña, entra a calentarte. Aquí hay unos cuantos granos de maiz. Tómalos!
Los vientos helados soplaban sobre los campos, pero Pulgarcita se encontraba a gusto en el calor. Cada mañana, ella ayudaba a su amiga lo mejor que podía. Ella cocinaba, limpiaba la casa, pero sobretodo, explicaba sus múltiples aventuras. La ratita le escuchaba encantada.


El señor topo, vecino más próximo, tenía la costumbre de visitarla cada semana. Era un poco miope, y muy pronto se enamoró de Pulgarcita que poseia una bonita voz. Para pedirla en matrimonio, la invitó a su casa. Pulgarcita no tenía ganas de casarse con él, pero había sido tan amable, que ella no quería ser ingrata. Para ir a casa del señor topo tuvo que pasar por una larga y oscura galería, donde ella descubrió una pobre golondrina inconsciente. Pulgarcita sintió mucha pena, ya que quería mucho a los pájaros y a sus cantos tan armoniosos.
—Es necesario hacer algo —dijo ella, y corrió a buscar un poco de heno y una manta, que extendió encima del pájaro que parecía sin vida.
Apartando las plumas que cubrían la cabeza del pájaro, Pulgarcita le dió un beso, con los ojos llenos de lágrimas. De repente se levantó; había sentido un débil latido de corazón y la golondrina se despertó. No estaba muerta, sino adormecida por el frio. El calor de la manta le había devuelto la vida.
—Te estoy muy agradecida pequeña, nunca olvidaré lo que has hecho por mi. Tu me has salvado la vida y muy pronto podré volar de nuevo.
—Ahora es invierno —respondió Pulgarcita— Toda tu familia ha ido en busca de países más cálidos. Tienes que refugiarte y esperar a que llegue la primavera. No te preocupes, yo te traeré algo de comer y cuidaré de tí.
Durante todo el invierno, sin saberlo sus amigos, Pulgarcita curó a la golondrina con mucho cariño. Pasaron las semanas y cuando llegó la primavera, el pájaro completamente curado se echó a volar en el cielo azul. Hubiera acompañado con él a la pequeña Pulgarcita, pero ella no quería apenar a su amiga musaraña, que había sido tan acogedora con ella. A través de los rayos del sol, Pulgarcita muy triste, vio durante largo tiempo alejarse a la golondrina...

La niña continuó su vida monótona, hasta el día en que el señor topo fijó la fecha de la boda. Pulgarcita era muy desgraciada, ella no quería pasarse la vida en una topera oscura y gris donde nunca entraba el sol. La pequeña rata ayudó a Pulgarcita a coser su ajuar, pensando que había tenido mucha suerte al encopntrar un marido tan rico y amable. Pero Pulgarcita no paraba de llorar y la víspera de la boda estaba próxima. La pobre niña quiso salir por última vez a decir adiós al sol, que calentaba la tierra y hacía crecer las flores. A partir de ahora viviría como los topos. Levantó los ojos al cielo, y entonces, vió revolotear a su amiga golondrina. La llamó con todas sus fuerzas, y el pájaro se posó sobre una pequeña rama. Pulgarcita le explicó su desesperación al tener que casarse con el señor topo.
—Te voy a ayudar —dijo la golondrina— Monta en mi espalda y te llevaré conmigo al país del sol y las flores.
Pulgarcita se acomodó y la golondrina voló a las alturas. El viaje fue muy largo, pero Pulgarcita estaba muy ilusionada.
—¡Qué bonita es la tierra vista desde el cielo! —exclamó, y así fué como ellas llegaron a un país que olía a flores del campo.
—Elige la flor más bonita, y la que elijas será tu casa —dijo la golondrina a la niña fascinada, y dejó a Pulgarcita sobre una inmensa margarita.
Muy cerca de ella había un niño tan pequeño como ella, que la miraba tiernamente.
—Buenos días, yo soy el rey de las flores —dijo él.
—Buenos días, yo me llamo Pulgarcita y vengo de muy lejos.

Durante mucho tiempo jugaron y se pasearon juntos. Un buen día el pequeño rey cogió la mano de Pulgarcita y le dijo:
—¿Quieres casarte conmigo? Tú serás mi reina y nosotros podremos volar juntos.
Pulgarcita aceptó encantada, y desde ese día viven felices sin separarse, en medio de juncos y margaritas. Y a veces, cuando las golondrinas están cerca, Pulgarcita y el rey de la flores se van volando a visitar a la madre de Pulgarcita quien escucha entusiasmada las aventuras que le relata su querida y pequeña hija nacida de un tulipán :)

Juan y la Planta de Habas


Juan y su madre eran muy pobres. A veces no tenían ni un poco de pan para comer. Un día la madre le dijo a Juan:
—Juan, lleva la vaca al pueblo y véndela lo mejor posible, pero ten cuidado porque es lo único que nos queda para vender.— Y Juan se llevó la vaca.

Juanito y los Frijoles Mágicos

Benjamin Tabart


Había una vez un terrible ogro que le robó a un mercader todo su dinero. Cuando el mercader murió, su viuda y su hijo, Juanito, quedaron muy pobres. Cierto día, la mamá de Juanito le ordenó que llevara su única vaca al mercado, y que tratara de que le dieran por ella la mayor cantidad de dinero posible. Juanito obedeció y, en el camino, se encontró con un extraño viejito de acento irlandés y una larga barba blanca. El anciano llevaba en una bolsita de cuero amarrada a su cinturón, unas cuantas semillas de colores. El viejito le ofreció las semillas de frijol a cambio de la vaca, diciéndole que eran semillas mágicas. A Juanito le pareció una buena oferta y aceptó.

Juanito regresó a casa con las semillas mágicas en su mano.
—“¡Mamá, mira! Son semillas mágicas”, exclamó Juanito.
—“Muy bien, Juanito. ¿Y qué has hecho con nuestra hermosa vaca?”— preguntó su mamá.
Juanito contestó:
—“La cambié por estas maravillosas semillas”.
Su mamá se enojó muchísimo, y tiró las semillas por la ventana.
—“¡Qué tonto eres! Cambiar nuestra linda vaca por unas semillas sin valor. Hoy no tendremos nada para cenar”— dijo muy triste y disgustada la mamá de Juanito.
A la mañana siguiente, cuando Juanito despertó, con asombro descubrió, junto a la ventana de la casita, una enorme planta de guisantes. Pensó que las semillas sí eran mágicas y, de inmediato, quiso investigar qué tan alta era aquella planta. Así, Juanito empezó a escalar con gran facilidad.

Juanito ascendió poco a poco, hasta casi tocar las altas nubes. Ahí pudo observar un gigantesco y viejo castillo. Juanito creía que todo era un sueño. En la puerta del castillo, Juanito se encontró a una mujer gigantesca, a quien le dijo:
—“Señora, mi nombre es Juanito, vengo desde lejos y tengo hambre. ¿Puede darme algo de comer?”
— “¿Comer?” —gritó ella— “¡Vete si quieres seguir con vida! Este es el castillo de un malvado gigante que si te encuentra te comerá” —añadió la enorme mujer.
Sin embargo, al ver que Juanito estaba muy delgado y que parecía tener mucha hambre, la mujer lo llevó a la cocina y rápidamente le dio de comer. En seguida se oyeron unos pasos que parecían truenos.
—“Grr..., Grr...” —gruñó el ogro— “Huele a carne humana. ¿Quién anda por aquí?” —añadió con enojo.
—“Es el cerdito que cociné para ti” —respondió la señora, mientras escondía a Juanito debajo de la mesa.
Cuando el gigante terminó de comer con gran voracidad, le pidió a la señora que le llevara su hermosa gallina.
—“¡Gallina, pon un huevo de oro puro!” —ordenó el gigante.
Y la gallina de inmediato obedeció. Entonces, pidió que le llevaran su bolsa de monedas doradas y, con gran avaricia, se puso a contarlas varias veces, una por una. En seguida pidió su arpa mágica, que podía, por sí misma, tocar bellísima música. Satisfecho con sus maravillosos tesoros, el gigante empezó a tomar mucho vino y, finalmente, se quedó profundamente dormido.
—“¡Ahora Juanito!” —exclamó silenciosamente la anciana señora. Y añadió— “Ven rápidamente. Toma los tesoros, porque ellos pertenecieron a tu padre, a quien el ogro mató. Yo intenté detenerlo pero no pude hacer nada, es un ogro muy malo y terrible. Lleva los tesoros con tu madre y que sean felices.”
Juanito agradeció a la señora por tal revelación y tomó la bolsa con las monedas doradas y la gallina de los huevos de oro sin que el gigante despertara. Pero cuando tomó el arpa mágica, ésta sonó y despertó al gigante. Juanito corrió cuanto pudo, hasta alcanzar la enredadera de guisantes mágicos. Pero el ogro se acercaba cada vez más a él, como un veloz trueno enfurecido.

Juanito empezó a descender rápidamente, tan aprisa como le era posible. El gigante seguía persiguiéndolo, cada vez más cerca de él. Cuando Juanito llegó a tierra, gritó en seguida:
— “¡Mamá, mamá, rápido, tráeme el hacha!”
Juanito, que ya no parecía tan pequeño de lo valiente que era, cortó en seguida la planta mágica. El gigante cayó a tierra desde las alturas provocando un estruendo terrible y murió instantáneamente. Juanito y su mamá, con los tesoros de la familia recobrados, nunca más pasaron tristezas y fueron felices para siempre.

FIN