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Pequeña Gricel y el Castillo de Nunca Olvidarás

Para mi amiga Gricel · Por Ethan J. Connery

La pequeña Gricel caminaba por el bosque de los enanos. Había salido temprano de la escuela y por eso estaba feliz, ya que era su cumpleaños y podría aprovechar el tiempo libre para hacer esas cosas que tanto le gustaba hacer...

—No se si bailar o leer mis cuentos favoritos, pero lo que sea, ¡será entretenido! —pensaba alegremente camino a casa.

Estaba en eso cuando de repente se le cruzó en el camino un enano vestido con una túnica verde y un sombrerito de trapo. Gricel se asustó al principio ya que los enanos tenían la fama de ser traviesos y jugarle bromas a los viajeros de los bosques. El enano la miró y de inmediato se agazapó en el suelo, llorando de pena.

—¿Qué le pasa señor enano? —le preguntó inocente, Gricel, al ver las lágrimas que derramaba el enano.

El enano no contesto, sinó que la miró otra vez y volvió a llorar... esta vez más fuerte. Pero a pesar de su inocencia, Gricel era muy inteligente y notó que el enano tramaba algo, seguramente una broma pesada.

—Señor enano, ¿hay algo que pueda hacer por usted? —le preguntó amablemente Gricel.
—Lo que pasa, niñita, es que se me quedó atrapado mi globo favorito en ese árbol —respondió el enano, señalando con la mano hacia un abeto cercano, dónde un globo rojo amarrado a un hilo estaba enredado entre las ramas del árbol.

—¡No se preocupe, yo lo alcanzaré por usted! —le dijo generosamente Gricel.
—¡Cualquier ayuda es buena! —le respondió el enano.

Era evidente que el enano era un tramposo, ya que cada vez que la niña lo miraba, éste se ponía a llorar, pero Gricel no hacía más que mirar hacia otro lado y el enano se callaba. Gricel nunca pensó que un globo le traería tantos problemas, así que se agarró de una rama del árbol con una mano mientras con la otra intentaba alcanzar el hilo del globo.

—Casi, casi lo tengo... ya... ¡lo alcancé! —exclamó Gricel, satisfecha, cogiendo el hilo con sus dedos.

Saltó al suelo con el globo en la mano y estaba a punto de dárselo al enano, cuando éste la miró sonriente y le dijo.

—¡¡ Buen viaje, niñita, ha-ha-ha !!

El enano saltó en el aire y el globo rojo comenzó a crecer. Creció y creció hasta convertirse en un globo gigante. Gricel se dió cuenta que algo extraño pasaba y quizo deshacerse del globo, pero no pudo porque el hilo se le había enredado en la mano. El globo siguió creciendo y creciendo, hasta que de pronto llegó un fuerte viento y el globo se la llevó, dando vueltas por el aire como una alegre danzante. Gricel sólo atinó a sujetarse fírmemente del globo mientras éste tomaba altura.

—¡Enano travieso! —exclamó la pequeña Gricel mientras se alejaba del suelo.

El enano la miraba sonriente desde abajo mientras se despedía con un saludo burlón, para luego desaparecer en la espesura del bosque.

Así Gricel se fue volando, volando ...sobre las copas de los árboles y más allá... hasta que llegó a las nubes. Estaba en eso cuando pasó volando un patito silvestre junto a ella.

—¡Cuac-cuac! ¿A dónde te diriges, pequeña niña? —Le preguntó el pato.
—Señor pato, quiero ir a mi casa pero estoy volando demasiado alto y extravié el camino.
—¡Vaya, cómo te dejan volar sola, niña! A ver.... si quieres te llevo al norte, ya que yo voy al norte porque se viene el invierno.
—¡Gracias señor pato, cualquier ayuda es buena! —le agradeció Gricel, aunque no estaba segura si su casa aun estaba en esa dirección ya que estaba volando muy alto.

El pato tomó el hilo con sus patitas de pato y siguió volando al norte por un buen rato mientras le contaba a la pequeña las aventuras y desventuras de la vida de pato.

—¡Cuac-cuac! Estamos cerca del "Castillo de Nunca Olvidarás". ¿Te sirve por aquí niña?
—Puede que si...
—Bueno, entonces me despido. ¡Buena suerte, cuac!
—Que tenga buen viaje, señor pato.
—¡Cuac-cuac!

El pato soltó el globo y siguió su rumbo al norte, seguro de haber hecho una buena acción. Pero Gricel aun no estaba segura si ya estaba cerca de su casa y si fuera así, tampoco sabía cómo descender ya que lo único que veía era un horizonte de nubes blancas y azules. Estaba en eso cuando vió que entre unas nubes se asomaba el techo de un viejo y gigantesco castillo... sin duda era el Castillo de Nunca Olvidarás, que había mencionado el pato.

Llegó hasta el techo del castillo y el globo se enredó en la torre más alta, así que Gricel aprovechó de saltar hacia una de las ventanas de la torre.

—¡Oh, por fin, ahora podré bajar a algún lado y regresar a casa! —se dijo feliz, Gricel, quién aun tenía ganas de leer su cuento favorito y de bailar.

Gricel bajó las escaleras del castillo y llegó hasta una enorme sala de piedra. Ahí, junto a una encendida chimenea y sentado en un rústico sillón de troncos se encontraba un gigante que dormía plácidamente mientras recitaba en sueños, una extraña poesía...

" Una ovejita, una nube con patitas
un borreguito, un nimbo con pintitas
un corderito, un cúmulo de estrellitas
¿que es un carnero? "

...y así el gigante repetía lo mismo una y otra vez. Gricel, que era muy valiente a pesar de su edad, no tuvo miedo del gigante y se acercó para mirarlo mejor, ya que era una niña muy curiosa. Le dió pena que el gigante no pudiera terminar su poesía así que se acercó a su oído y le susurró:

—¡Un carnero es la lluvia livianita!

El gigante despertó abriendo los ojos, emocionado.

—¡SIIIII! —retumbó su voz por todo el castillo ¡Un carnero es la lluvia livianita! ¿quién, quién ha sido el de la idea?
—¡Ejem, ejem... muy buenos días, señor gigante!

El gigante miró a la pequeñita Gricel, pero como era tan pequeña tuvo que mirarla con una lupa gigante que guardaba en su bolsillo.

—¿Eres poeta? —preguntó el gigante— ¡Eres muy buena!
—No, soy Gricel y estoy perdida... quiero volver a casa, ¿puede ayudarme, señor gigante?
—Lo siento pequeña, pero yo también estoy perdido... dentro de mi propio castillo.
—¿Cómo es eso? —preguntó la niña.
—Lo que ocurre es que este castillo es como un laberinto y a mi siempre se me olvida cuál es el pasillo que me lleva al exterior, por eso estoy atrapado aquí y me entretengo inventando mi poesía.
—¿Y cuanto tiempo lleva aquí atrapado?
—Cien años, más o menos... pequeña.
—¿Y en cien años sólo ha inventado una poesía?
—No, siempre se me ocurren diferentes rimas, pero tarde o temprano las olvido.
—¡Pensé que este era el Castillo de Nunca Olvidarás! —exclamó Gricel.
—¡Claro, porque si te olvidas de algo... te pierdes! —le explicó el gigante.

Gricel que era muy sentimental, sintió compasión del pobre gigante.

—¿Y porqué no escapamos por la torre? Ahí tengo un globo, pero cómo soy tan pequeña no tengo el peso suficiente como para descender. A lo mejor si ambos nos asimos del globo podremos salir del castillo.
—¿Y por dónde se sube a la torre?
—Por allí... no... por acá... no... ¡cuek! ...lo olvidé!! —respondió confundida, Gricel.
—¿Ya ves, porqué es el Castillo de Nunca Olvidarás? Estaremos aquí otros cien años. —le dijo triste el gigante.

Pero Gricel era muy astuta y se le ocurrió la solución ideal :

—¿Y porqué no escapamos por la chimenea?
—Ohhhh... ¡Que idea, no lo había pensado! —exclamó el gigante, sorprendido de la astucia de la pequeña.
—Aunque usted es muy gordo como para subir por ahí. —observó Gricel.
—¡Pin, pan, pón! —el gigante pronunció una palabras mágicas— ¡Chiquitito quiero ser!

De pronto el gigante que había sido verdaderamente gigante hasta entonces, se hizo chiquitito, pero tan chiquitito y pequeño que la propia Gricel no tuvo problemas en tomarlo con la palma de su mano.

—¡Usted es mago, señor gigante!
—¡¿Ya no choy gigante, que no lo vesh, niñita?!
—¿y qué es ahora, entonces?
—¡Choy un "gigante pequeñito"... y ahora shubamos por la chimenea y shalgamosh de aquí!
—Bueno, bueno... pero no se enoje.

" Una ovejita, una nube con patitas
un borreguito, un nimbo con pintitas
un corderito, un cúmulo de estrellitas
¡Un carnero es la lluvia livianita! "

Recitó el gigante pequeñito y acto seguido entró una nube por la chimenea y comenzó a llover sobre el fuego, hasta que éste se apagó.

—¡Ahora shi, shubamos! —dijo el gigante.
—¡Ya voy, ya voy! —respondió feliz Gricel, por fín volvería a casa.

La pequeña comenzó a subir por la chimenea hasta que salió al techo del castillo. Con el gigante pequeñito guardado en un bolsillo, caminó hasta llegar al techo de la torre dónde le aguardaba el globo rojo. Se amarró fírmemente el globo, llegó un viento y se la llevó por los aires lejos del Castillo de Nunca Olvidarás. El gigante pequeñito parecía feliz, por fín se sentía libre.

—Bueno, ahora debemos descender. —dijo la pequeña.
—¡Comenzaré a crecer de a poquito! —replicó el gigante— ¡Pon, pan, pín... Gigante de a poquito quiero ser!

Aferrado al hilo del globo, el gigante pequeñito comenzó a crecer de a poquito y el globo empezó a perder altura debido al peso. Atravesó el campo de nubes y llegaron a la copa de los árboles, cuando el globo tocó una rama y éste se pinchó.

—¡¡¡ PLAF !!! —el globo reventó.
—¡¡ Waaaaaa !! —gritaron Gricel y el pequeño gigante mientras caían en el bosque.
—¡Gigantón de una quiero ser! —dijo el pequeño gigante antes de tocar el suelo, y al instante se convirtió de nuevo en el gigante más gigante de todos los gigantes gigantónamente agigantados.

....atrapó a Gricel con su enorme mano.

—¡Nos salvamos! —suspiró aliviada Gricel.
—Bueno... fue muy entretenido jugar contigo, ojalá podamos jugar de nuevo en otra ocasión —dijo el gigante, y de pronto se convirtió en el pato que la había llevado volando al norte.
—¡¡No puede ser, pero si eres el señor pato!!... ¡¿Cómo?! —exclamó confundida Gricel.
—¡¡Cuac-cuac, BOING!! —respondió el pato, y de pronto se transformó en el enano, de sombrero y vestido de verde, que le había salido al paso en medio del bosque.
—¡Enano travieso, me jugaste una broma! —exclamó enfadada Gricel.
—¡Cualquier ayuda es buena! —respondió el enano, quién comenzó a correr y correr hasta que desapareció por un camino del bosque. Gricel lo persiguió hasta que se dió cuenta que el camino la conducía directo a su casa, ahí estaba su mamá quién la esperaba, preocupada... con su torta de cumpleaños.

—¡Mamá Babel nunca me va a creer cuando se lo cuente!

Pensó Gricel, abrazando a mamá Babel.

Tía Babel

Para la tía Mabel · Por Ethan J. Connery


Era la tarde del Sábado, pero de todas maneras habría clases. Eso porque era una clase especial, por 2 razones: la primera y más importante es que la clase la haría la "Tía Babel", que es muy querida por todos los niños de la escuela. La segunda es que sería una clase de "astronomía", por lo que el pequeño Yab-yab podría vanagloriarse de opinar sobre el tema a la misma altura que la tía.
— Las clases de la tía Babel son entretenidas e interesantes. La tía es muy creativa y siempre se le ocurre cada idea loca... —se dijo el pequeño Yab-yab nada más llegar al colegio.
Entró a la sala de clases y ahí estaban todos los niños haciendo de las suyas. Caperucita comía una manzana sobre la mesa de la profe, Pulgarcito se había sacado los zapatos y caminaba entre los bancos, Hansel y Gretel habían capturado un gorrioncillo y lo enseñaban a los otros niños, y Rapunzel ...estaba haciéndose trenzas, para variar. Todo esto a vista y expectación del niño nuevo, recién llegado, que se hallaba sentado en un rincón.

En fin, la clase era un desorden y eso porque Tía Babel aun no llegaba.
— ¡Niños! ¡Todos al Patio! —Apareció Tía Babel en la puerta de la sala.
— ¡Eeeeh, Tía Babel! —exclamaban los niños, felices.
Nada más llegar Tía Babel y todos los niños eran un 6,8.

Pequeño Yab-yab se preguntaba cuando empezaría la tan esperada clase de Astronomía. En el patio se encontraba Tía Babel quien, al parecer, había instalado un pequeño telescopio para que los niños pudieran ver la Luna y las estrellas. Lástima que aun no anochecía.
— El Sol es una estrella, parecida a las que vemos en la noche, sólo que está tan cerca de la Tierra que hace que tengamos día —comenzó Tía Babel.
Los niños ya se habían reunido entorno de la tía más querida de la galaxia y escuchaban atentamente sus palabras.
— Alrededor del Sol giran varios planetas que son redondos y más chiquititos; como la Tierra, por ejemplo. El planeta dónde vivimos está en tercer lugar...
— Tía Babel, ¿Y qué planeta está en primer lugar? —preguntó Hansel.
— En primer lugar está Mercurio.
— ¡Mercurio le ganó a la Tierra! —gritó Hansel.
— ¡Ooooh! -exclamaron los niños.
— Bueno, podríamos decir que sí... —dijo Tía Babel. 
— Tía Babel, Tía Babel... ¿Y qué planeta está en segundo lugar? -preguntó Gretel.
— Bueno, Venus es el segundo planeta, pero...
— ¡Venus le ganó a la Tierra! —gritó Gretel.
— ¡Ooooh! —exclamaron los niños— Tiene razón Gretel, Tía Babel. Venus también le ganó a la Tierra.
Parecían maravillados los niños ante estas revelaciones, menos el niño nuevo y el pequeño Yab-yab, que se habían llevado una mano a la cara.
— A ver... preguntémosle al pequeño Yab-yab qué opina, parece que tiene algo que decir.
Todos los niños miraron con ojos preguntones a Yab-yab. Si Tía Babel decía que Yab-yab tenía algo que decir, era porque sin duda el pequeño tenía algo que decir.
— Yo creo —dijo Yab-yab— que Venus le ganó a la Tierra, pero perdió ante Mercurio.
— ¡Ooooh! —exclamaron los niños— ¡Tiene razón Yab-yab, Tía Babel, Yab-yab tiene razón!
— Pero la Tierra no perdió la carrera, ¿verdad Tía Babel? —preguntó el pequeño Yab-yab.
Los niños miraron a Tía Babel, esperando expectantes su muy sabia respuesta.
— Si Yab-yab, tienes razón: la Tierra le ganó a... Marte.
— ¡¡Eeeeh!! —gritaron entre aplausos y vítores los niños— ¡Le ganamos a Marte, le ganamos a Marte!
El niño nuevo se achunchó, pero los demás rebozaban de alegría.
— ¡Un momento! —intervino Pulgarcito— ¿Pero, y la Luna en qué lugar quedó?
— ¡Ooooh, la Luna... la Luna...! -comenzaron los niños.
Ya era casi de noche y la Luna se hallaba brillante sobre sus cabezas. La Tía Babel miró atentamente la Luna, como esperando una respuesta... ¿en qué Lugar de la carrera había llegado la Luna?
— Lo que pasa es que la Luna hizo trampa: se aprovechó de que la Tierra se iba adelantando y se quedó dando vueltas alrededor de ella mientras avanzaba.
— ¡Oh, entonces la Luna es una tramposa! —exclamó asombrada Caperucita.
Los niños miraron con ojos acusadores a la Luna, que parecía esconderse detrás de una nube para ocultar su vergüenza.
— Pero fíjense niños, que por hacer trampa, la Luna quedó atrapada alrededor de la Tierra, y si eso no hubiera pasado, ahora no tendríamos esta Luna tan bonita que nos cuida esta noche.
Los niños admiraron la Luna con nostalgia porque en sus corazones la habían perdonado. La Luna no se dejó esperar y salió detrás de la nube para alegrar con su brillo la fascinante clase de la Tía Babel.
— Tía Babel, ¿y vive gente en la Luna? —preguntó curiosa Rapunzel.
— No "trencitas", nadie vive en la Luna... pero si alguno de ustedes cuando grande llegara a ser astronauta, entonces si, existe la posibilidad que visiten la Luna. ¿A quién de ustedes les gustaría ser astronauta? —preguntó la adorable profesora.
— ¡Yo, yo, yo! —levantaban la mano, los niños. Pero el niño nuevo no dijo nada, sólo sonreía. Entanto Yab-yab aun seguía fascinado mirando la Luna. 
— ¡Tum-tum, tum tum! —el corazón del pequeño Yab-yab latía con fuerza cada vez que la Luna brillaba redondita en el firmamento.
— Me gustaría conocer un marciano —dijo Hansel, muy resuelto.
— ¡Ji-ji-ji! -se reían los niños, ya que nadie más creía en los marcianos.
— ¡Noooo: los marcianos no existen! —explicó Gretel— ¿Verdad que no existen los marcianos, Tía Babel?
— Bueno, ¡Nunca nadie ha visto uno, todavía! —explicó la Tía— pero de seguro que pueden haber otros niñitos como ustedes, allá en la estrellas... ¡Hay tanto que no conocemos!
La pregunta había cortado la inspiración del pequeño Yab-yab, quien nuevamente se había llevado la mano a la cara.
— Bueno Tïa, ¿Y cuando vamos a ver por el telescopio? —preguntó Yab-yab, finalmente.
— ¿Telescopio? ¿Cual telescopio? —preguntó Tía Babel, sorprendida.
— Aquel que instaló en el patio esta tarde, naturalmente —explicó agrandado, Yab-yab, señalando el objeto que se encontraba al otro lado del patio de recreo.
Los niños miraron hacia dónde Yab-yab señalaba, incluida la Tía Babel quién no recordaba haber instalado un telescopio. El pequeño Yab-yab levantó una ceja cuando vio la expresión de sorpresa en la cara de sus compañeros. Lo que había al otro lado del patio no era un telescopio, sino un pequeño platillo volador. ¡Tía Babel estaba desconcertada!
— ¡Me descubrieron, me descubrieron! —gritó el niño nuevo, quién hasta el momento había pasado casi desapercibido para sus compañeros, pero no para Tía Babel que había notado su extraño atuendo.
El niño nuevo corrió hacia el platillo volador y entonces todos lo notaron: tenía 2 grandes ojos oscuros, un par de antenas nacían de su cabeza, y además... era de color verde.
— ¡Pero si no es un niño! —exclamó Caperucita.
— ¡Es un marciano! —gritó Hansel.
— ¡Es un niño-marciano! —aclaró Gretel.
— ¡¡Guaaaa!! —gritaron los niños y comenzaron a correr alrededor de la Tía. Si hay una tía que podía salvarlos de un marciano, aquella sólo podía ser "Tía Babel". 
— ¿No será otra broma tuya, pequeño Yab-yab? —preguntó la Tía.
Yab-yab tenía sus ojos abiertos como platos ante el encuentro cercano, y sólo atinó a contestar que no, con un movimiento de cabeza.

El platillo volador se elevó a toda velocidad hacia el firmamento, llevando a su único ocupante...
— ¡¡FIIIUUUUMMMMM!!
La nave espacial se detuvo a la altura de las nubes y regresó a toda velocidad, deteniéndose en el centro del grupo de niños.
— Por cierto, Tía Babel... ¡Los marcianos le ganamos la carrera a los jupiterianos! ¡Marte le ganó la carrera al planeta más grande del Sistema Solar! ¡Ha-ha-ha-ha! -reía alegre el marciano mientras emprendía nuevamente vuelo hacia las estrellas.
El viento levantado por la potencia de la nave había hecho volar la capa de Caperucita, el gorrión de Hansel y Gretel había huído en la confusión, pulgarcito se hallaba aferrado a la rama de un árbol y Rapunzel tenía las trenzas enredadas. En cuanto a Tía Babel, se hallaba tan sorprendida que no alcanzó a ver cómo el pequeño Yab-yab se escapaba de la clase para contarles este cuento a todo el Mundo.
— ¡Olvidaste tu lonchera, pequeño marciano! —exclamó finalmente hacia las nubes, Tía Babel.

Fin

Derrotero de un sueño sin sentido

Saga de Protomundo · Cuento II
Ethan J. Connery

Aun está obscuro. Avanzo por la nieve a paso más seguro mientras el camino se pierde al horizonte. Miro atrás y una caverna se ha cerrado; algunos animales han quedado atrapados en el hielo, como congelados en el tiempo. Sin embargo... uno parece moverse.

-¡Intenta escapar! La pared es muy gruesa, ¿podrá lograrlo?

Un temblor remece el interior de la caverna helada mientras sus ondas se disipan en la vacuidad. La fuerza es suficiente y la pared que había cerrado el paso, estalla en mil fragmentos de frío cristal, los que se dispersan en el aire impecable de la noche, sin llegar a tocar tierra, pues tarde o temprano terminan por formar parte del impresionante campo estelar que por sobre mi cabeza se extiende, de norte a norte.

El animal que acaba de escapar a las fauces del inframundo es sin duda un rinoceronte... o quizá una jirafa, más probablemente un caribú, pues parece adoptar nuevas formas con cada paso que se adelanta. No puedo percibir la intención en su instinto, y el caribú arremete contra mí, como una piedra perdida en la vasta planicie de un montaraz paisaje.

Ante la sorpresa, salto hacia un árbol ubicado a mi derecha, aferrándome a una rama que se balancea sin viento. El enorme roble no estaba hace un momento. Sus raíces se entierran en el suelo como si de un gran gigante intentando levantarse, se tratara. La raiz se eleva agitando la copa, y el roble se inclina hacia un profundo abismo.

-¡Ohhh! -argumenta el roble- ¡mil perdones, extraño amigo! ¿Qué haces que me despiertas de mi sueño invernal?
-Señor, soy yo quién sueña esta noche.

El roble parece meditar.

-Mmm..., ya veo. Entonces, si no te molesta, pequeño humano, volveré a dormir... zzzzz.

El árbol se ha dormido nuevamente en su última posición, no sin antes enredar con sus ramas los cuernos del caribú, que había estado golpeando incansable su tronco. El espíritu del caribú escapa de su atado cuerpo y éste me embiste buscando mi destierro.

-Caribú, ¿Porqué me atacas? ¿soy acaso un extraño en mi propio sueño?
-El espíritu del animal no responde, pero da media vuelta y se lanza hacia el vacío, hacia el negro abismo de cascadas cuyo canto se pierde en el infinito de un Universo que sólo existe dónde no hay nada.

Por un segundo creo sentir algo de paz, al oír al viento hablar mientras una docena de voces extemporáneas se cuelan en las ramas del roble.

-¿De dónde eres?
-¿Qué es lo que quieres?
-¿Buscas algo en particular?
-¿Dónde están tus amigos?
-¿Bla bla bla...?

Las vocecillas imprudentes no paran de preguntar una y otra cosa.

-¡Qué impertinentes! -pensé- ¡¿Pueden dejarme descansar tan sólo un momento?!
-Esta bien, ¡No te enfades!
-¡Vaya con este extraño!
-¡Ni siquiera es de aquí!
-¡Que impertinentes, que impertinentes...!

Las vocecitas discutían entre sí y no paraban de repetir, ¡Que impertinentes!

-¿Quién se figuraría que el viento es un hablador? Supongo que no tiene nada mejor que hacer.

Aburrido de no encontrar nada nuevo, el viento se aleja, dejándome en paz. Pero inesperadamente percibo un nuevo peligro, acechando desde la obscuridad de alguna neblina pasajera. Instintívamente con mi mano busco mi espada atada al cinto.

-¡Vaya!, creí que era un arco.

Encuentro la funda en su lugar, pero no había rastros de su contenido.

-¿Dónde está la espada? ¡El peligro es inminente!

La neblina se avalanza sobre lo que queda del caribú y éste desaparece. La nube envuelve el árbol, como si fuese una tempestad, pero no logra engullirlo. No obstante se detiene a los segundos y avista mi presencia. Me observa amenazante, tal si yo fuera un apetitoso alimento. Es una nube voraz. No lo pienso dos veces, y salto hacia el abismo.

-Esto es un sueño, puedo hallar algo mejor en otro sit...

No alcanzo a terminar la frase y caigo en medio de un bosque. Para variar: sobre las ramas de un enorme árbol. Comienzo a descender rama por rama... desciendo, desciendo, desciendo. No hay caso, ¡Los árboles de aquel bosque no tienen raíces! sólo se elevan desde el insondable abismo, no hay suelo, no hay dónde bajar. Podría descender mil años y todo sería igual.

Salto a otra rama cercana y descubro que, de rama en rama, es más sencillo avanzar. Avanzo incansable a través del verde follaje. Con hábiles saltos y agarres me adapto en ese mundo natural. No se si soy un hombre o una criatura de los bosques. Podría ser que ese no fuera mi sueño después de todo..., quizá sólo soy una criatura de la imaginación que soñó dentro del sueño de un hombre, que era el hombre que soñaba con ser una criatura de la imaginación.

-Entonces soy el hombre -me dije, analizando mis cabilaciones- debo escapar de este quimera sin sentido y regresar a la perfecta utopía del Mundo Humano.

El bosque termina de pronto y nuevamente caigo, pero hacia adelante.

-La gravedad es tan disparatada en la fantasía humana, que Newton se comería su manzana sin preocupaciones -dije, en voz alta.
-¿Me llamabas?

En plena caída libre miro a mis espaldas y he aquí al propio Isaac Newton, cayendo en picada.

-¡No puede ser! ¿De verdad es Ud., Sir Isaac Newton? -pregunté, algo atontado.
-Prefiero que me llamen Kansas. -Me respondió el respetable científico.
-¿Kansas? ¿como al Estado de "Kansas", en los Estados Unidos de Norteamérica?
-En efecto. Así me llaman todos mis amigos por aquí.
-¿Porqué escogería un nombre así? Ud. es inglés.
-Porque me agrada Columbus, la sede del Condado Cherokee.
-¿Y? -le pregunté, estupefacto.
-Y eso queda nada más y nada menos que...
-No me diga: en Kansas.
-Correcto.
-¡¡Este sueño es absurdo!! ¿cuando despertaremos? -pregunté, cansado de inconsistencias.
-Definitívamente... cuando toquemos suelo -me respondió "Kansas", mientras mordía una manzana.

Miré hacia abajo, esperando ver pronto el suelo, aunque por la velocidad de caída no lo esperaba tan dispuesto. Lentamente un nuevo plano comenzó a aparecer en la profundidad de la noche: el suelo se acercaba.

-Creo que falta poco, Sir Kansas -le dije a Newton, pero no recibí respuesta.

Me giré hacia atrás y vi que Newton se hacía con otra manzana.

-Mr. Newton. Estamos a punto de estrellarnos... ¿qué sugiere?
-¡Toma una! -me dijo, arrojándome la manzana.
-Gracias, esperaba algo menos metafísico.
-Entonces nos veremos más adelante, hasta luegoooooo... -se despidió mientras se alejaba de mi trayectoria como engullido por una onda de gravedad diferente.

Faltaban 5 segundos para el impacto, 4... 3... 2... 1... Como un proyectil atraviezo los límites de aquel Mundo sin sentido y despierto.

-¡Por fin!

Me hallaba durmiendo junto a una fogata apagada, en lo alto de una montaña.

El fuego de la luna ausente

Saga de Protomundo · Cuento I
Ethan J. Connery

Caminaba por un desierto habitado por tan sólo unos cuantos matorrales. Un lejano y constante silvido se oía en la distancia, pero no distinguí nada debido a la bruma, pues un viento polvoso se elevaba en el horizonte. Comencé a caminar en ese mundo vacío cuando oí una voz que me hablaba, palabras cuyo significado se pierden en el cansancio del sueño profundo. Me di la vuelta buscando el orígen de la voz, cuando me encuentro cara a cara con un oso grizzly. La criatura me hablaba tal cual fuera un ser humano, y aunque no recuerdo exáctamente lo que me dijo, si recuerdo que tuvimos una larga charla llena de misterio. Casi al terminar la conversación una fogata se encendió a nuestros píes.

-Ya es hora -dijo el Oso, levantándose en sus dos patas traseras.

Un poder sobrenatural emergió de su hocico, como el frío aliento del mañana. Una nube comenzó a formarse frente a él. Entonces... sólo entonces... comprendí que volaba. La nube me había envuelto y mis píes ya no tocaban el frío suelo del desierto, sino un negro y vacío infinito plagado de estrellas cuyos brillantes colores no existen en el mundo del hombre.

De pronto, dentro mi ser, nació un nuevo poder y pude ver tras la bruma lejana los infinitos senderos del futuro que se cruzaban, fluían y estallaban cuan extraordinarios pájaros de fuego. La voz del oso aun resonaba en mi mente pero él ya no se encontraba. Volando, a través del firmamento, divisé en la lejanía una torre, que poco a poco se hizo montaña. Era una montaña enorme, de dimensiones colosales... su base se hundía en lo profundo de la noche, hacia lo hondo de un abismo que no puedo mencionar porque su nombre se perdía en el sonido de las aguas que caían estrépitosamente hacia la nada. Un misterio aguardaba a la mirada de lo eterno y en lo alto de la cumbre. La montaña parece avanzar.

-¿Estará viva? -pensé para mí.

Poco a poco me acerco a un peñasco y lo alcanzo. A los píes del peñasco varios animales aguardaban mi llegada; algunos con buenas intenciones, y otros... si tenían intenciones, las ocultaban. Nuevamente óigo la voz del oso, y éste estaba a mis espaldas.

-Lo que buscas, está allá arriba. ¡Ve por ello! -me ordena, mientras me indica hacia la cima con afiladas garras.

La cumbre parece brillar en una espesa neblina, en medio de la noche. Las estrellas rotan en lo alto y aun así la montaña avanza de frente. La montaña es vertical, casi carece de pendientes. Algo me llama en las alturas, algo clama por mi nombre.

-...Ya'al.

Es extraño, no es mi nombre, pero por alguna razón se que el llamado es para mí. Quizá alguna vez me llamé así o quizá en los sueños los nombres suenan diferente. Comienzo a ascender tanteando cada paso con píes y manos, aferrándome a lo imposible. Escalo a las alturas, no hay tregua... he perdido la facultad de volar, pero no me doy por vencido. Parece que no avanzo.

-...¡Ya'al! -repite la voz, profunda como el trueno que retumba en la praderas de mi universo sin tiempo.
-¿Me esperará? -pienso- ¡Es imposible!

Miro hacia abajo. Los animales siguen mi huella pero mantienen la distancia. El oso se ha desvanecido... pero, inesperadamente se me ocurre.

-¿Y si el abajo fuera arriba?

Un fuego eterno nace frente a mí y decido soltarme y caer... hacia arriba. Caigo hacia los cielos que se pierden en la altura, hasta alcanzar un nuevo peñasco, y ahí me detengo. Un camino se me abre entre unas rocas de cristal de cuarzo. Una extraña y melódica musiquita resuena con cada partícula de polvo. El camino se ensancha y lo aprecio con claridad: sube directamente hacia la cumbre.

-Fue demasiado fácil -pensé.

Entonces me doy cuenta que hay otro camino, en la boca de una catarata: un sendero más estrecho, oculto y escondido... porque en mi sueño lo oculto y lo escondido no es lo mismo. El sendero se interna en la montaña, como en una recta espiral. Es una caverna. Es obscura como la noche sin sueños, pero de su interior nace un hilo de aguas cristalinas que desciende, con la pureza semejante a la mirada de una diva. Un espíritu sincero habita en sus profundidades, en el corazón de la montaña. Sigo el sendero de agua, pero nada más entrar a la caverna y un rugido a mis espaldas me amenaza. Giro por instinto indagando tras las aguas de la catarata. Una sombra tenebrosa intenta cruzar. Busco algo a mis espaldas... no se qué, pero lo encuentro: es una flecha. La miro, sostenida fírmemente en mi mano y despierto.

...pero no, aun no he despertado. Del fuego que me seguía extraigo una rama ardiendo. Es una rama, sinó un arco. Ubico la flecha en posición y tiro con presteza. La flecha cruza las aguas y da en el blanco. Lo que haya sido, se aleja. Pasado unos segundos, una dulce voz, quizá el murmullo del agua, o quizá una doncella etérea, me habla.

-¡Kiché..., kiché!

Entonces lo entiendo. Ya'al es Kiché, Kiché es Ya'al... pero más allá, alguien más.
La caverna me lleva por un tunel hacia los hielos del mismísimo génesis.

-¡Aun es tiempo! -me animo.

Tras los hielos, aprecio en la distancia aquel fuego eterno que se eleva. Es la luna, y aquella, sin miedo, se adentra en la nube de la montaña.

-¿Quién soy, en realidad?

La niña de nieve

Basada en la versión de Louis Leger
del relato tradicional de Snegúrochka

Una vez, en plena Navidad, eran dos viejecitos que vivían solos, junto a la nieve de la montaña. Esa tarde, mientras la abuela Marousia rodeaba de brasas la marmita dónde hervía la sopa, entró el viejo Yuchko con un haz de leña y dijo a la abuela, que estaba muy triste:

-Ven, Marousia, y verás qué muñeco de nieve han hecho los niños.

Los dos viejos se asomaron a la ventana para ver el muñeco de nieve que habían hecho los chiquillos. Al verle tan barrigudo y gordinflón los dos viejecitos se rieron mucho y dijeron que los chiquillos eran el mismísimo diablo. Marousia tomó la mano al viejo Yuchko y le dijo:

-Ven, vamos nosotros a hacer otro muñequito de nieve.
-¡Qué cosas tienes! ¿No ves que ya somos viejos para jugar como chiquillos?
-Y eso qué importa -dijo la viejecita

Los dos viejecitos salieron de la casa, y a la entrada del bosque empezaron a amontonar nieve sobre nieve hasta que tuvieron una masa amorfa.

-Bueno, esto es el cuerpo -dijo el viejo.
-La cabeza déjamela a mí -rogó la vieja.

Y haciendo una bola la colocó encima del cuerpo.

-Ahora dos puñaditos para las mejillas y una pizquita para la nariz, y dos grandes huecos para los ojos -terminó la vieja.

Y el viejo, al verlo surgir como del ensueño, se puso a bailar con la vieja junto al muñeco que acababan de hacer. De pronto, los dos viejecitos se detuvieron y miraron con asombro a su muñequito. Los dos huecos de los ojos se pusieron azules y de ellos nacieron dos pupilas. La cara ya no estaba blanca, sino rosada y en la boca apareció una deliciosa sonrisa. Un soplo de aire hizo estremecer la nieve, que se deshizo en una larga y bella cabellera bajo un gorrito de piel, y el vestido blanco cayó en suaves pliegues hacia el suelo. El tosco muñeco se había convertido en una graciosa chiquilla.

Los viejecitos creyeron que estaban soñando; pero no, la niña se movía y les tendía lo brazos para besarlos. Y ellos se acercaron a ella y la cogieron en sus brazos y sintieron el tibio calor de su cuerpecillo y la besaron como se besa a un hijo y la llevaron a casa. Marousia empezó a dormir a la niña con una canción, puso a secar su gorrita en la campana de la chimenea y sus lindos zapatos blancos los dejó junto al fuego. Y así se fueron a acostar los dos viejos aquella noche. Y en silencio dijo el viejo a la vieja:

-¡Ya tenemos una niña, Marousia! Hay que cuidarla muy bién. La llamaremos Nieves, pues de la nieve ha nacido.

Al día siguiente se despertaron con cierto temor, pensando que todo no hubiera sido más que un sueño, pero no, la niña estaba allí, sonriente y cariñosa como un angel. Y los viejos la vieron ir a jugar con otros niños y eran muy felices.

Pasó algún tiempo. El invierno ya se iba y la tierra se tornaba verde. Una mañana Yuchko, que estaba pendiente siempre de la niña, observó que ésta se levantó muy pálida.

-¿Te encuentras mal, hijita? -le preguntó con cierta inquietud.
-No -contestó la niña muy triste-, pero me falta la nieve y yo no puedo vivir sin ella.

Y el rudo Yuchko prometió a la niña llevarla al día siguiente a lo alto de la montaña para que jugara con la nieve que quedaba entre los picos. Pero al día siguiente Nieves dijo a los dos viejecitos:

-¡Ay, padrecitos! Siento aquí dentro como si al respirar este aire tan tibio se me deshiciera el corazón. ¡Quiero estar entre la nieve!
-No te preocupes -dijo Yuchko-, yo te llevaré a la nieve.

Y tomándola en sus brazos salieron los tres hacia la montaña. En el camino se sentaron a descansar en un claro del bosque, y el viejo preguntó a al niña:

-¿Cómo te encuentras, hijita? ¿Quieres jugar con las flores?

Nieves no contestó. Estaba desfallecida. Un rayo de sol penetró entre los árboles e hirió el cuerpecillo de la niña como si fuera una espada. La niña cerró los ojos y su cuerpo empezó a gotear como si sudara, y el viejecito, que la tenía en brazos, se dio cuenta de que la niña se estaba deshaciendo como una bola de nieve. Al poco tiempo el viejecito se encontró con los brazos empapados y ya no vio a la niña. Sólo había un charquito de agua sobre la fresca hierba. Los viejitos se santiguaron y sin hablar una palabra volvieron a casa. Se habían quedado sin niña.

Esta historia pudo terminar trístemente aquí, pero según cuentan algunas gentes del pueblo, han visto a los viejecitos subir las altas montañas cuando las nieves faltan después de cada invierno.

Peter Pan

Érase una vez, muchos años ha, un niñito llamado Peter Pan. Este niño que estaba entre niño y joven, pero aun no llegaba a ser joven, decidió no crecer más. Así fue como un buen día se alejó volando del mundo y se fue a una tierra misteriosa y desconocida: la Tierra de Nunca Jamás.

En esa tierra de andanzas y magia misteriosa, Peter quizo vivir una vida de aventuras... pero una noche que regresó a nuestro mundo, persiguiendo a su sombra que se había escapado, encontró en su casa de Londres, Inglaterra, a una niña llamada Wendy Darling quien en ese momento le narraba cuentos a sus hermanitos John y Michael.
—Acompáñenme a la Tierra de Nunca Jamás —les invitó Peter— Mis amigos, los Niños Perdidos y yo nos encantan las historias interesantes.
—Pero... ¡Nosotros no podemos volar! —le contestó Wendy.
—¡Eso es muy fácil! —les dijo Peter- El Hada Campanilla, con sus polvos mágicos, les enseñará a volar.
Llegó Campanilla, que era un hada tan pequeña como una libélula, y les hechó un polvo mágico y pronto aprendieron a volar, y así, volando sobre las casas y edificios de Londres, se fueron a "Nunca Jamás". Cuando llegaron a la Tierra de Nunca Jamás, Peter les presentó a todos los animales y aves del bosque, y también a los Niños Perdidos. Todos aclamaron con entusiasmo a los nuevos invitados porque venían a contarles historias.

Todo parecía felicidad en Nunca Jamás, pero como en toda historia hay un "pero", existía en esa aventurada tierra un hombre malvado, conocido como el Capitán Garfio.

El Capitán Garfio vivía recorriendo los mares en un viejo buque pirata y tenía una tripulación perversa que siempre estaba buscando la forma de atacar a Peter Pan y sus amigos. Garfio odiaba a Peter porque en una de las tantas luchas, Pan le cortó su mano derecha y antes que el Capitán la recuperara, un cocodrilo se la comió. Esto hizo que el Capitán Garfio tuviera miedo del cocodrilo y por eso se había jurado a si mismo que se vengaría de Peter Pan.

Peter no podía dejar de inquietarse por la seguridad de sus amigos, las aves y animales, los Niños Perdidos y por supuesto Wendy, John y Michael Darling. Pero, para alivio de Peter, tenía otros amigos: los Indios de las Praderas de Nunca Jamás, que vivían en sus chozas y cabalgaban por la costa explorando en el horizonte del Océano, si acaso el buque pirata de Garfio acechaba.

Cuando los indios divisaban la nave, la Princesa Tigresa —que así se llamaba la princesa de los indios— corría a avisarle a Peter Pan que Garfio había bajado a tierra. En ese momento, todos los amigos de Peter se escondían en una casita subterránea, y asimismo lo fueron haciendo Wendy y sus hermanitos.

Al cocodrilo de Nunca Jamás le había gustado tanto la mano del pirata que siempre estaba siguiendo los pasos del Capitán, cada vez que el pisaba tierra, esperando el momento propicio para saborear otro delicioso bocadito de pirata a la italiana.

Una tarde, de esas tardes oscuras, Peter y Wendy vieron con horror como un bote del barco pirata se llevaba prisionera a Tigresa, la princesa india. Los malvados piratas la habían abandonado amarrada en la Roca de las Sirenas Cantoras.
— ¡Desátenla de inmediato, regresen a la playa y síganla! —gritó Peter, imitando la voz de Garfio para engañar a los piratas.
Cuando le cortaron las ataduras, la princesa se lanzó al agua y nadó rápidamente hasta la playa, y luego corrió a ocultarse en el bosque. Mientras eso pasaba, Peter Pan y Wendy, en un intento por salvar a Tigresa, quedaron atrapados en la Roca de las Sirenas Cantoras. La marea subió y subió y para salvarse, Wendy tuvo que alejarse amarrada a la cola de un volantín cometa de los Niños Perdidos y Peter se fue flotando, embarcado sobre un nido de pájaros que flotaba casualmente por ahí. Remó con las manos hasta llegar a la orilla, porque se le habían acabado los polvos mágicos del Hada Campanilla. Al final, todos se salvaron.

Para celebrar el rescate de la Princesa, Peter y los indios dieron una fiesta como nunca jamás se había dado en la Tierra de Nunca Jamás. Los invitados de honor fueron Peter Pan y los Niños Perdidos, y claro... Wendy y Michael también asistieron, mientras a John le permitieron tocar el tambor de la danza india.

Terminada la fiesta todos se fueron a sus casas, y Peter Pan y sus amigos se fueron caminando en fila india por el oscuro bosque, con Peter a la cabeza. Durante la marcha, el Capitán Garfio y su malévola tripulación se fueron raptando a los niños uno por uno y cuando los tuvieron a todos, se los llevaron al buque pirata.

Cuando Peter Pan llegó a la casita, se quedó pasmado al descubrir que nadie le seguía y que estaba completa y totalmente solo. Imaginándose lo ocurrido, voló junto a Campanilla, quién hasta ese momento se había quedado dormida en su bolsillo. Peter y Campanilla volaron y volaron, en medio de la noche, sobre el bosque hasta que llegaron al barco del Capitán Garfio... justo en el momento en que el Capitán y sus hombres estaban por lanzar, desde la tabla del buque, a todos los niños al mar.
—¡En guardia, Garfio! —gritó Peter.
El Capitán, furioso al ver a su oponente, corrió ciegamente hacia el que consideraba su más grande enemigo. Cuando el Capitán saltó hacia Peter, éste lo esquivó tan hábilmente que Garfio resvaló, cayendo por encima del barandal del barco... directamente a las fauces abiertas de su viejo conocido: el cocodrilo.

Peter Pan perdonó a los demás piratas cuando prometieron portarse bien en el futuro. Después, Peter y sus amigos se hicieron a la vela rumbo al mundo real para que Wendy y sus hermanitos John y Michael Darling volvieran a su casa escurriéndose por la ventana.
— ¡Adiós! —le gritaron a Peter.
Para ellos, la aventura de Nunca Jamás había terminado.


Fin

Las 6 Estatuas de Piedra y los Sombreros de Paja

Cuento Tradicional del Japón
Imagen (adaptada) de Lienyuan Lee

Érase una vez, un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.

El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:
— ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja! ¿Quien quiere sombreros?
Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.

Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unas estatuas de piedra (jizos) que representaban a dioses japoneses. Había seis estatuas con las cabezas cubiertas de nieve y las caras escarchadas de hielo. El viejecito tenía buen corazón y pensó que las pobres estatuas debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo:
— Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos...
Pero solo tenia cinco sombreros, y las estatuas eran seis. Al faltarle un sombrero a la última, el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo:
— Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo.
Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa. El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que que pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver las estatuas cubiertas de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.

Al oir esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:
— Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no.
El abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a la cama tempranito a dormir. A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

El abuelito regaló sus sombreros
a las estatuas todos enteros
¡vamos a su casa, alijeros!

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, ¡Boom! ...corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta. Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de pelotitas de arroz, vino y decoraciones para el Nuevo Año, mantas y kimonos bien calientes, y muchas otras Cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a las seis estatuas alejándose con los sombreros de paja puestos en sus cabezas. Las estatuas, eran en realidad seis espíritus bondadosos que habían estado descansando de un largo viaje, y en reconocimiento de la bondad del anciano, les habían traído regalos para que los abuelitos tuvieran una próspero Año Nuevo.


Fin

Los enanitos del bosque

Hermanos Grimm (adaptación)


Había una vez un viudo y una viuda, y cada uno tenía una hija. Cierto día el viudo y la viuda se casaron, pero al poco tiempo el viudo murió, y su hija debió quedarse a vivir con su madrastra. La mujer mimaba a su hija, pero maltrataba a su hijastra, que se llamaba Amanda, por lo que siempre le tocaba llevar los trabajos más duros de la casa. En cambio Susana, la hija de la mujer, vivía como si fuera una verdadera princesa.

Un día la madrastra llamó a Amanda y le dijo:

- Debes traerme fresas, toma tu canastillo y ve a buscarlas al bosque.
- Pero -balbuceó tímidamente la niña- estamos en invierno y en el bosque no hay fresas. Sólo encontraré hielo y nieve.
- ¡Silencio chiquilla! Debes hacer lo que yo te ordeno. Si te digo que me traigas fresas del bosque es porque debes traerme fresas, ¿has entendido? ¡sin excusas! ¿Acaso no te regalé un precioso vestido? ¿Qué más quieres? Póntelo ahora mismo, coge el canastillo y has lo que te he dicho.

- ¡Pero el vestido es de papel! -gimoteó la pobre niñita- ¡Me congelaré de frío!
- Si te da frío corres y entrarás en calor.
- Si mamá.
- ¡Te he dicho que nunca me llames mamá!
- Si tiíta.

Amanda se puso su vestido de papel, tomó su canastillo y se fue caminando hacia el bosque. Pasaron las horas y ya era tarde. Cansada de tanto andar había llegado al medio del bosque y decidió sentarse bajo un árbol, para descansar un rato, sobre la nieve.

Mientras descansaba oyó unas vocecitas que hablaban muy cerca de dónde ella se encontraba. Miró al lado de su píe y vió a tres enanitos muy, muy pequeños... diminutos como duendes.

- ¿Qué queréis de mí? -preguntó Amanda
- Perdona niñita, ¿Qué haces a estas horas en medio del bosque y en pleno invierno? -preguntó un enanito.
- Mi tiíta me ha mandado a recoger fresas silvestres.
- Mmm, ya veo. -dijo otro enanito al ver el canastillo, y preguntó a su vez- ¿Y no tienes frío con ese vestido de papel?
- No será problema, sólo correré y entraré en calor. -dijo la inocente niña.

Los enanitos se miraron entre ellos pero no dijeron nada.

- ¿Y ustedes qué hacen aquí? -Preguntó Amanda.
- Verás -dijo el tercer enanito- la nieve ha tapado la única entrada a nuestra casa y no podemos entrar. Tenemos mucha hambre y frío aquí afuera.

Amanda se compadeció de esos pequeños enanitos, así que sacó el mendrugo de pan que le había dado su madrastra y se los ofreció, diciéndoles:

- Tengan aquí, es sólo un mendrugo de pan. Repartidlo entre los tres y se os quitará el hambre. ¿Dónde tenéis vuestra casa?
- Muy cerca tuyo -le respondió uno- levanta aquella hoja de encino que está cubierta de nieve y podremos entrar.

Amanda levantó la hoja de encino y vió una puerta pequeña, tan pequeña que por ella sólo podían entrar seres tan diminutos como los enanitos que habían pedido su ayuda. Los enanitos entraron a su pequeña casita que se internaba bajo las raíces del árbol. Pero antes de cerrar la puerta, los enanitos se dijeron entre sí:

- La niña es de corazón bondadoso y hay que hacer algo por ella...
- Yo -dijo uno- quiero que cada día sea más hermosa.
- Yo quiero que cada palabra de sus labios se convierta en una moneda de oro -dijo otro.
- Yo quiero que el Rey se enamore de ella -dijo el último enanito.

Pero Amanda no escuchó nada de esta conversación porque cuando los enanitos murmuran hablan muy, muy bajito. Los enanitos le dieron las gracias a la niña y desaparecieron detrás de la pequeña puerta que se cerró con un mágico ¡blink!

Amanda se levantó, pero antes de irse observó asombrada que entre la nieve habían crecido unas enormes y frescas fresas silvestres. Llena de alegría llenó su canastillo, y para que los enanitos no pasaran hambre en el invierno, les dejó junto a la pequeña puerta, un buen montoncito de fresas. Lo que Amanda no sabía era que los mismos enanitos habían hecho crecer las fresas.

Amanda se fue caminando por el bosque de regreso a su casa. Había pensado en irse corriendo para entrar en calor por el frío, pero extrañamente un aire cálido la acompañó durante todo el trayecto. Amanda no le dió tanta importancia y se fue feliz con el canastillo lleno de ricas fresas.

Cuando llegó la casa, la madrastra y su hija se asombraron muchísimo de que Amanda hubiera hallado fresas en mitad del invierno. Pero su asombro fue mayor cuando comprobaron que cada palabra que Amanda decía se convertía en una brillante moneda de oro.

- Ese bosque debe estar encantado -dijo envidiosa, Susana- Mamá, prepárame mi vestido de pieles que yo también quiero ir a buscar fresas al bosque.

Así lo hizo la madrastra, y cuando Susana llegó al medio del bosque, siguiendo las huellas en la nieve que había dejado Amanda, se sentó bajo el mismo árbol donde los enanitos tenían su morada. De pronto, vió a tres pequeños enanitos al lado de su píe.

- Enanos feos, ¿qué hacen ustedes aquí? -preguntó Susana.
- Verás -dijo un enanito- la nieve ha tapado la única entrada a nuestra casa y no podemos entrar. Tenemos mucha hambre y frío aquí afuera.
- ¡Coman nieve entonces! ¡Ja-ja-ja! -se rió insolente, Susana.
- Pero si comemos nieve en poco tiempo moriremos de frío -dijo otro enanito.
- ¡Pónganse a correr entonces y entrarán en calor!
- Pero como ves somos muy viejos para correr, nos helaríamos muy rápido. ¿No podrías ayudarnos a entrar a nuestra casita, levantando aquella hoja de encino, por favor, dulce niña? -preguntó el tercer enanito, señalando hacia la raíz del árbol.

Susana, que era malintencionada, hizo una bola de nieve y la tiró sobre la hoja de encino, tapando aun más la entrada y la pequeña puerta. Los enanitos, cansados de buscar algún ápice de bondad en el indiferente corazón de la hermanasta, se dijeron entre sí:

- Ha sido una niña mala y se merece un castigo.

...y cada uno pensó en el suyo. Por supuesto, Susana no escuchó nada, porque a esas horas ya se había ido de ahí, abandonando a los tres enanitos a su suerte. Afortunadamente los enanitos, usando su magia, lograron despejar la entrada a su casita y se introdujeron en ella, cerrando la puerta con un mágico ¡blonk!

Entanto Susana, no había encontrado "fresas mágicas" y regresó a su casa. Su madre la reprendió por haber llegado tan tarde.

- ¡Hija!, ¡¿porqué tardaste tanto?!

Susana, malhumorada, comenzó a maldecir y cada palabra que decía se convertía en un sapo. Con el tiempo, Amanda y Susana fueron creciendo: Amanda cada día era más hermosa, pero Susana cada día era más fea. La madrastra para vengarse, un día en pleno invierno, ordenó a Amanda que fuera a lavar ropa al río. Amanda, que para entonces ya era una bellísima doncella, obedeció y mientras lavaba en el río sucedió que el Rey de la comarca, quién aun no tenía Reina, había salido a cazar al bosque y cuando pasó por el río se encontró con Amanda.

- ¡Oh, princesa!, tu dulce inocencia y tu belleza me han dejado cautivado. ¿Quieres ser mi Reina?

La doncella asintió con un gracioso ademán, pero no dijo una sóla palabra. Ella también se había enamorado del Rey. Amanda fue llevada al palacio y a los pocos días la noticia de que el Rey se casaba corrió por el Reino. Se celebró la boda y fue la fiesta más feliz que se celebró en toda la historia de la comarca.

La madrastra, envidiosa por la suerte de su hijastra, quizo vengarse y junto con Susana se fueron al palacio a hacer alguna maldad, pero fueron descubiertas a tiempo y el Rey ordenó que las expulsaran de su reino.

Amanda y el Rey eran muy queridos por sus vasallos y las gentes de la comarca porque reinaron con dignidad y justicia, y fueron muy, muy felices.


FIN

El hombrecito galleta

Basado en el cuento escandinavo de la tarta corredora
(Otros nombres: la tortilla corredora, el hombre de jengibre)
Versión extensa de Ethan J. Connery
Érase una vez, una pareja de ancianos granjeros que vivían en una casita, en lo alto de una loma, y a las afueras de un pequeño pueblo, cuyo nombre ya nadie recuerda. Era nochebuena, y el abuelo había llegado a casa con un saco de harina recién traída del molino.

- Ya pronto será Navidad, ¡deberías prepararte unos pastelillos, Martha! -dijo el anciano a su mujer, que ya había abierto el saco con la intención de hacer unas ricas galletitas con harina y miel.
- ¡Que fresca se ve la harina de esta tarde! -exclamó la abuela, notando que estaba más blanca y limpia que de costumbre.
- Es verdad, los trigos maduraron felices este año. Les dije a la gente del pueblo que se debe a que los enanos han frecuentado los campos. "¡Habladurías nada más!", me dijeron, incluso alguno me trató de charlatán. ¿Te lo imaginas?
- No debes tomar en cuenta ese comentario, Jonathan. Recuerda que la gente de pueblo no conoce la magia y los misterios que hay en los campos.
- Bien, bien, querida. ¿y qué sorpresa prepararás para esta noche buena? -dijo el abuelo, imaginándose una magnífica torta.
- Haré unas tartas con crema y unas ricas galletas, y prepararé una galleta grande, especialmente para tí.

Así la abuela hizo la masa con huevo, la empolvó de azúcar y le hechó otro tanto de miel. Amasó largo rato, metió las masitas al horno y pasaron los minutos. Al abuelo le encantaban las galletas y estaba impaciente por probar una, así pues, abrió la puerta del horno para ver como iba su galleta y una gran sorpresa se llevó cuando descubrió que la galleta que le había preparado la abuela tenía forma de enano. ¡Era un auténtico hombrecito de masa!

Pero de pronto...

¡Zas! ...la abuela le dió una palmada a la mano del abuelo. -¡Aún no están listas! -le regañó cariñosamente. Pasaron los minutos y el abuelo seguía imaginando la deliciosa galleta de navidad con forma de enano.

- ¡Tu hombrecito galleta se ve apetitoso, Martha! ¡Ya debe estar listo! -le repetía a cada instante. La abuela finalmente se acercó a la chimenea para ver las galletas, y justo cuando abrió la puerta del horno....

¡¡ Cha cha cha chaaan !!

El abuelo metió la mano y robó una galleta.

- ¡Espera un minuto más! -le aconsejó la abuela. El hombrecito galleta parecía estar casi en su punto. Así pasó otro par de minutos cuando la abuela sacó las galletas del horno y comenzó a hecharles chocolate.

- ¡Miel y chocolates! ¡Esto quedará delicioso! -repetía el abuelo, que lo único que ansiaba era comerse su galletón con forma de enano.

Esta la abuela poniendo motas de chocolate a cada una de sus galletas, cuando llegó finalmente adornar de dulce al hombrecito galleta. Estaba a punto de ponerle una mota de chocolate, cuando de pronto...

¡¡ Ñam ñam ñam !!

Descubrió que el abuelo se estaba comiendo uno de los pasteles que aún no había terminado de adornar.

- ¡No seas goloso, Jonathan! -espera a que termine, sinó, no quedará nada para esta noche de navidad.

El abuelo se disculpó después de saborear el pastel y ayudó a la abuela a vestir de chocolate al hombrecito galleta. Así fue como terminaron de adornar con todos los detalles al hombrecito, poniéndole pelo de chocolate, abrigo de chocolate y botas de chocolate, además de un par de ojos de crema con chocolate. Estaba tan bien hechito que parecía de verdad.

- Vamos a llevarlo a la mesa. -dijo la abuela, tomando la bandeja llena de pasteles y galletas. El abuelo se sentó en la mesa, pero justo cuando la aubela iba a sentarse...

¡Ton! ¡Ton! ¡Ton!

Sonaron las 12 en el reloj. Se les había pasado la nochebuena y ya era Navidad. Los abuelos se abrazaron y se desearon una muy feliz Navidad. Se intercambiaron unos regalos que tenían de antemano y allí mismo, en la mesa, los abrieron. La abuela le regaló al abuelo un gorro de chiporro para la nieve y unos guantes de lana, entanto el abuelo le regaló a la abuela un libro de cuentos de Herlitzland, y otro libro de recetas para cocinar ...pasteles, para variar. Estaban en lo mejor, los dos ancianos apreciando sus regalos.

Cuando de repente...

- ¡Jonathan! -exclamó la abuela- ¡Así que te has comido la mitad de las galletas mientras veía mi regalo!

El abuelo estaba asombrado, ya que no había sacado una sóla galleta de la mesa. La abuela notó que el abuelo estaba extrañado y con los guantes puestos. ¡Así no podía haberse comido las galletas! Los dos viejos miraron la mesa y efectívamente faltaban la mitad de las galletas. Pero... era extraño. El hombrecito galleta parecía más gordo que cuando lo sacaron del horno.

- ¡No puede ser! ¿la galleta con forma de enano se las habrá comido? ¡A lo mejor es una galleta mágica ya que está hecha con la harina del campo que frecuentan los enanos! -exclamó el abuelo.
- ¡Es imposible! -dijo la abuela- a lo mejor la galleta se infló con el polvo real que le eché. Seguramente un ratón debió subir a la mesa y debió haberse comido las galletas mientras estábamos ocupados.
- No hay ratones en este pueblo y menos en el campo, recuerda que un flautista se los llevó a todos hace tiempo -le recordó el abuelo.
- Es verdad -dijo la abuela- pero puede que algun ratón haya regresado. Los gatos no han hecho un buen trabajo últimamente: figúrate que le enseñé a tejer a nuestra gata y ha estado toda la semana tejiendo guantes para sus gatitos. De hecho los guantes que tienes puestos son regalo de mi gatita.
- ¡Qué historias estás contando, Martha! ¡es claro que el hombrecito galleta está vivo por la Maga de los enanos! Ya sabes que esa hechicera que vive en el bosque es la que ha colmado de magia a los enanos del campo.
- A lo mejor regresaron los duendes, Jonathan. ¿recuerdas? Los que te ayudaban a hacer zapatos cuando eras zapatero en el pueblo. ¡Seguro ellos se comieron las galletas!
- Han pasado muchos años desde eso, Martha. Insisto en que el hombrecito galleta debe estar vivo.
- Bueno, sea como sea... ¡Ya es hora de comerlo! -dijo la abuela, y acercó la mano para tomar al hombrecito galleta.

Pero de pronto...

- ¡Un momento! -exclamó el abuelo- Dijiste que el hombrecito galleta sería mío, así que yo lo repartiré. Quiero comer sus botas de chocolate, después de todo, una vez fui zapatero.
- ¡Esta bien! -dijo la abuela- Yo me comeré su abrigo de chocolate, después de todo, aun tengo el abrigo rojo que el viejo Nicolás me mandó a hacer.
- ¿El abrigo rojo?
- Si, el viejo no lo ha venido a retirar, dicen que se fue al Polo Sur en su trineo. Recuerdo que ese noche me dejó el encargo y ha pasado un año exacto desde entonces -contó la abuela.
- ¿Un año? ¿No fue acaso el mismo día en que ese pájaro azul apareció en nuestra jaula?
- ¡AAAAAAAAAAAAAA! ¡Acaben de una vez, por Dios! ¡¿Cuándo terminarán con este cuento?! -gritó el hombrecito galleta, que había saltado arriba del azucarero, para el asombro de los dos viejos.

- ¡Por si no se han dado cuenta, me estoy enfriando y la gracia es comer la galleta cuando ha salido recién del horno! -exclamó el hombrecito galleta irritado y con las manos en la cabeza.

- ¡Lo sabía! -gritó el abuelo- ¡Está vivo!
- ¡Pero si es de galleta! ¡Además ya se ha comido la otra mitad de nuestras galletas! ¡Es cosa de mirar su panza de galleta! ¡Y mira nuestra mesa, Jonathan, ya no hay galletas! -gritó la abuela.
- He..., ¡jeje! -el hombrecitó galleta titubeó, y luego indicando hacia la ventana con su mano de chocolate, gritó- ¡Miren! ¡Acaba de pasar volando frente a la Luna un trineo tirado por renos!

Los ancianos miraron hacia la ventana y no vieron nada. Pero cuando se dieron vuelta para seguir hablando con el hombrecito galleta, éste había desaparecido.

- ¡Nos engañó! ¡Allá vá! -gritó el abuelo- ¡Se escapa por la chimenea!
- ¡Atrapémoslo! ¡Después de todo es una galleta, y además glotona! -dijo la abuela.

Los ancianos corrieron hacia la chimenea, pero cuando llegaron, el hombrecito galleta se devolvía.

- ¡No es por preocuparlos, abuelos, pero hay un viejo de barba blanca atrapado en la chimenea! -exclamó el hombrecito galleta.
- ¡No nos engañarás de nuevo! -le dijo el abuelo- ¡Antes te comeremos! ¡Eres nuestra galleta!

El hombrecito galleta corrió hacia la entrada de la casa, y como era plano como una galleta, se tiró por debajo de la puerta, pero como estaba panzón por haberse comido las galletas de los viejos, le costó pasar. Al final lo logró.

- ¡Intenta escaparse! -gritó la abuela.

El abuelo abrió la puerta y corrió detrás del hombrecito galleta. Pero como era de noche, la abuela llevó consigo su lámpara de aceite para alumbrarse en el camino.

- Corran, corran, abuelos... ¡Jamás me comerán! No seré atrapado porque soy... ¡cha cha cha chaaaan! ¡¡EL HOMBRECITO GALLETA!!

Así cantaba el hombrecito galleta mientras se reía de los dos viejos que no podían darle alcance. El hombrecito galleta corría y corría, colina abajo, en dirección al pueblo. Iban los tres corriendo por el camino, cuando un hombre se asomó por la puerta de una casa. Era el pintor del pueblo.

- ¡He! ¿Qué es ese escándalo en plena Navidad? ¡No puede ser! ¡Un hombrecito de galleta va escapando por el camino! ¡Oye, espera, hombrecito de galleta. Ven para acá, me gustaría comerte!
- Corran abuelos, corre pintor... ¡Jamás me comerán! No seré atrapado porque soy... ¡¡EL HOMBRECITO GALLETA!!

El pintor, que el día anterior había pintado su casa y tenía ganas de comer algo rico, tomó su lámpara de aceite y en la oscuridad del camino, corrió tras el hombrecito galleta. Así estaban los cuatro corriendo cuando unos niños se asomaron por una ventana.

- ¿Quién está jugando afuera a estas horas y además en plena Navidad? -dijero al unísono, los niños- ¡Oh! ¡Pero si es un monito de galleta que va escapando por el camino! ¡Vamos a comerlo!
- Corran abuelos, corre pintor, corran niños... ¡Jamás me comerán! No seré atrapado porque soy... ¡¡EL HOMBRECITO GALLETA!!

Los niños, que en Navidad se ponen muy golosos, salieron por la ventana tras el rastro del hombrecito galleta. Como era de noche, cada uno llevó una lámpara de aceite para alumbrarse el camino. Así, ya eran como diez personas que corrían detrás del hombrecito galleta y todos lo querían comer. Con el escándalo que se armó, el pueblo completo salió de sus casas corriendo detrás del hombrecito galleta.

- Corran abuelos, corre pintor, corran niños, corra todo el pueblo... ¡Jamás me comerán! No seré atrapado porque soy... ¡¡EL HOMBRECITO GALLETA!!

El hombrecito galleta se reía de todos, porque era muy rápido y nadie podía alcanzarlo. Y así, corriendo, corriendo, llegó hasta un riachuelo y se detuvo. No sabía qué hacer ya que si se metía al agua se desarmaría, porque después de todo... era una galleta. El hombrecito galleta miró hacia atrás y vió a los abuelos, el pintor, los niños y a todo el pueblo, corriendo con sus lámparas de aceite iluminando el camino. Ya estaban cerca y estaba a punto de atraparlo.

Cuando de repente...

Un zorro que caminaba casualmente por ahí, lo vió y se acercó a él.

- ¡Ayúdame zorrito! ¿El pueblo me quiere atrapar?
- ¿Porqué?
- Porque soy de galleta y las personas comen galletas, especialmente ahora que es Navidad.
- No te preocupes, súbete a mi lomo y yo te llevaré al otro lado del riachuelo y ya no podrán darte alcance.
- Gracias zorrito, eres muy buen amigo.

El hombrecito galleta se subió al lomo del zorro y el zorro se lanzó al agua, nadando en dirección a la orilla contraria. Pero el lomo comenzó a humedecerse.

- Súbete a mi cabeza para que no te mojes -le aconsejó el zorro.
- De acuerdo, ¡gracias zorrito! -le dijo el hombrecito galleta.

La gente ya había llegado a la orilla del arrollo y alumbraban el agua con sus lámparas de aceite. Todos vieron que el hombrecito galleta iba montado a la cabeza del zorro que nadaba. Pero las orejas del zorro comenzaron a mojarse.

- Súbete a mi nariz para que no te mojes -le aconsejó el zorro.
- De acuerdo, ¡gracias zorrito! -le dijo el hombrecito galleta, mientras sacaba su lengua de chocolate a las gentes del pueblo, que miraban desde la orilla- ¡¡Corran abuelos, corre pintor, corran niños, corra todo el pueblo, corran sobre el agua si pueden!! ¡¡Jajajajá!!... ¡Jamás me comerán! No seré atrapado porque soy... ¡¡EL HOMBRECITO GALLETA!!

Pero de pronto...

Un niño gritó, indicando hacia lo alto.
- ¡Miren, mirén allá! ¡en el cielo! ¡Es un trineo que va volando!
- ¡Si! ¡Y está tirado por renos! -dijo el pintor.
- ¡Y lo conduce alguien que lleva una abrigo rojo! -dijo otra persona.
- ¡El abrigo del viejo Nicolás! -exclamó la abuela.

...y todo el mundo, asombrado ante el espectáculo, que por primera vez se daba en la historia de la Navidad, se fue corriendo detrás del trineo de Santa Claus, que volaba iluminando el cielo de la noche. El hombrecito galleta y el zorro quedaron solos en el agua.

- ¡Vaya! Parece que todos se han ido -dijo el zorro- Sea lo que sea eso que pasó volando parecía más interesante que el sabor del hombrecito galleta.
- ¡Que suerte la mía! ¡Ya puedes llevarme a la orilla de nuevo! -dijo el hombrecito galleta.
- De ninguna manera. Yo tengo mi papel en esta historia -aseguró el zorro.
- ¿Y cual es tu papel? -preguntó curioso el hombrecito galleta.
- Pues, como ves, debo comerte... ya que te has reido de todo el pueblo y además si te perseguían era por algo.
- Si, es verdad. Me comí las galletas de los abuelos. Pero por favor, no me comas. ¡Te prometo que no volveré a reirme nunca más de nadie!
- Está bién, te perdono por ahora. Si cumples tu palabra eres una buena galleta.

Y así sucedió que el zorro perdonó al hombrecito galleta y no se lo comió. Pero pasó que al año siguiente el hombrecito galleta volvió a comerse las galletas de los abuelos y fue perseguido por el pueblo y se encontró con el mismo zorro, y esta vez, cuando iban cruzando el río, el zorro se lo comió. Esa es la historia que todos conocen. Lo que de seguro no conocen es que, esa noche de Navidad, alguien del pueblo olvidó su lámpara de aceite en la orilla del río. Y cuando llegaron las lluvias, el río se la llevó y la lámpara fue a parar al mar. Y así, la lámpara flotó por el mar durante largos años, hasta que terminó en la playa de una isla desierta. Dos meses después, un joven llamado Aladino naufragó en la isla y encontró la lámpara..., pero esa ya es otra historia...

Los cuatro duendecillos


Hace ahora mucho tiempo, tanto tiempo que nadie lo recuerda, existían cuatro pequeños duendecillos que sabían hacer vino, pan, cortar y coser ropa. En resumen, sabían hacer de casi todo. Los pequeños duendecillos sólo eran felices si podían ayudar a las personas que no habían podido acabar sus tareas diarias. De esta manera, ellos iban de casa en casa para aliviar a las personas cansadas. Pero siempre hay un pero. Nuestros pequeños amigos deseaban trabajar solos y sin ser vistos.

Para eso, el momento más propicio era la noche, cuando todo el mundo dormía. Desde que las primeras velas se apagaban, los simpáticos duendecillos se deslizaban por el conducto de las chimeneas (igual que Santa Claus). Y de esa manera, entraban en las casas. Y sin hacer ruido empezaban a trabajar.

El primero en aprovecharse fue el panadero, que esta vez dormía como un niño: los duendecillos dosificaron la harina, amasaron la masa y cocieron el pan francés, las ayuyas, los broches y los deliciosos croissants. CUando despertó el panadero no podía creérselo.

- ¡No entiendo nada!

La estantería estaba llena de panes, dorados en su punto y listos para comer. Pero su malvada mujer, enterándose por comentarios acerca de la intervención de los misteriosos duendecillos, quiso deshacerse de ellos, poniendo como pretexto que favorecían la pereza de su marido.

A la noche siguiente los duendecillos fueron en busca del carnicero, que se iba a dormir temprano. Era un hombre fuerte, honesto y siempre estaba de buen humor. Mientras roncaba, los duendecillos le quitaron los cubiertos y prepararon el jamón, ahumaron el tocino y salaron los salchichones para que fueran vendidos al día siguiente. Es muy difícil explicaros la felicidad del carnicero, que pasó todo el día vendiendo los salchichones más buenos de la comarca. Tan buenos que nunca nadie hubiera podido hacer.

La tercera noche, los duendecillos eligieron la casa del vendedor de vino, que siempre dormía en su bodega. Era borracho, pero tenía buen corazón. Para animarse los duendecillos bebieron una gotita de vino rojo, y el trabajo empezó: pegar etiquetas, lavar y llenar las botellas, poner tapones gruesos de corcho. Los duendecillos trabajaron así, meses y meses, y todos estaban felices de poder pasear y leer cuentos, sin preocuparse por el trabajo.

Pero una noche de luna llena, nuestros amigos decidieron ayudar a un sastre, que sin la ayuda de éstos, nunca hubiera podido acabar el traje de gala encargado por un señor. El pobre sastre estaba enfermo y apenas tenía fuerzas para trabajar. Por otro lado, nada extraño, ya que la mujer era la peor de las arpías y le hacía la vida imposible.

La casa estaba tranquila, y todo el mundo parecía dormir. Entonces los duendecillos eligieron con esmero la tela más bonita. La cortaron y la cosieron. Estaban en eso cuando un gallo cantó la diana.

¡Era la señal de que se hacía de madrugada! Los duendecillos se ocultaron, y se pusieron de acuerdo para volver a la noche siguiente con el fin de acabar los vestidos. Al día siguiente el sastre bajó al taller, y cuando vió el trabajo realizado, dió un suspiro de alivio y volvió a la cama. Pero la mujer del sastre, no contenta con eso, decidió poner garbanzos en la escalera y esperar a los intrusos, escondida detrás de la cortina. Pobres duendecillos; tan buenos y tan mal recompensados.

Cuando nuestros amigos volvieron a la casa del sastre, para coser los últimos botones, resbalaron por la escalera, junto a la chimenea, con gran fracaso. Afortunadamente, ninguno de ellos se hizo daño y consiguieron salvarse, pero entonces llegó la mujer del sastre que había estado escondida esperándolos, y les persiguió con la escoba.

Desde ese día nadie los ha vuelto a ver. En el pueblo cada uno tuvo que trabajar muy duro para ganar su jornal y merecerse su descanso.

El panadero se levanta muy temprano para cocer el pan y el vendedor de vino siempre se retrasa en su reparto. Hoy todos recuerdan a los duendecillos, menos claro está, ¡La mujer del sastre!.

Pero, ¿a dónde se fueron los duendecillos?

Se sabe que un pequeño ratón, que los seguía siempre en sus andanzas, contó una noche al vendedor de vino (mientras compartían una copa) la historia de que los duendecillos se fueron a vivir a la casa de un viejo zapatero, que vivía en lo alto de una colina rodeada de bosques, pero esa es ya otra historia...

Pulgarcita

Hans Christian Andersen


Erase una vez una mujer muy triste porque no tenía hijos. Ella deseaba más que nada ser una verdadera mamá. Fue al encuentro de una vieja hada y le dijo:
— ¡Me gustaría tanto tener un hijo! Dígame, ¿qué puedo hacer?
— Aquí tiene una semilla mágica. Póngala en una maceta y verá —le respondió la bruja, que a pesar de su aparente frialdad, tenía una gran bondad.
La mujer le dió las gracias y volvió a su casa para plantar la semilla. En poco tiempo ella vió crecer una hermosa flor parecida a un tulipán.
—¡Qué agradable perfume! —decía mientras la respiraba.
En el interior, sentada sobre un tapíz de pólen, una niña diminuta le miraba sonriente.
—¡Tú no eres más grande que mi pulgar! —exclamó la mujer— ¡Te llamaré Pulgarcita!
La mujer le confeccionó una cuna a su medida. Ella ahuecó una cáscara de nuez, donde puso unas hojas de violeta en forma de colchón y un pétalo de rosa como manta. Durante el día, Pulgarcita jugaba sobre la mesa, cantándole bonitas canciones a su madre. Pero una noche de luna llena, un horrible sapo saltó al interior de la casa. Estaba tan entusiasmado por la belleza de Pulgarcita, que se la llevó con él:
—¡Será una buena esposa para mi hijo! —pensó muy satisfecho.
Cuando llegó cerca del pantano donde vivía, el sapo puso a Pulgarcita, que aún dormía, sobre una hoja de nenúfar. Después llamó a su hijo. Este era tan feo y desagradable como su padre.
—¡Qué bonita es!" —dijo él— ¡No hables tan fuerte, vas a despertarla. Vamos a dejarla en medio del estanque, y así ella no podrá escaparse!
Cuando al amanecer Pulgarcita se despertó, empezó a llorar.
—¿Dónde estoy? —se preguntaba.
—Te presento a mi hijo, tu futuro esposo. Vamos a construirte una nueva casa —le dijo el viejo sapo.
Y cogió la cama de Pulgarcita.

Los peces conociendo las malas intenciones de los sapos, se hicieron amigos de la pobre Pulgarcita. Decididos a impedir un matrimonio tan desgraciado, cortaron el tallo de nenúfar con sus pequeños dientes. La hoja arrastró a Pulgarcita hacia la orilla. Los sapos no pudieron alcanzarla. Pulgarcita alegre por haberse librado de los malvados sapos, estaba maravillada ante la belleza de la naturaleza. Era mediados de verano y las espigas de trigo se agitaban con un color amarillo magnífico. El sol, hacía brillar millares de pequeñas estrellas en la superficie del agua.

Los pájaros se posaban en los rosales, que apenas sujetaban el peso. Una amable mariposa se ofreció para ayudar a Pulgarcita a volver a la orilla. Anudó una hierba a la hoja y guió la pequeña barca. De pronto, una gran abeja elevó a la pequeña por los aires y la posó delicadamente en un campo de flores. Pulgarcita pasó el final del verano bebiendo gotas de rocío y regalándose el néctar de las flores.

En poco tiempo el otoño dejó paso al invierno. El sol se apagaba y las flores se marchitaban. Los primeros copos de nieve cubrían el campo y Pulgarcita tenía mucho frío. Torpemente, envuelta en una hoja muerta en forma de manta, dejó el prado en busca de un nuevo refugio para pasar el invierno. Continuó caminando, y tiritando, se encontró a una musaraña a la que contó sus desgracias.
— ¡Pobre pequeña, entra a calentarte. Aquí hay unos cuantos granos de maiz. Tómalos!
Los vientos helados soplaban sobre los campos, pero Pulgarcita se encontraba a gusto en el calor. Cada mañana, ella ayudaba a su amiga lo mejor que podía. Ella cocinaba, limpiaba la casa, pero sobretodo, explicaba sus múltiples aventuras. La ratita le escuchaba encantada.


El señor topo, vecino más próximo, tenía la costumbre de visitarla cada semana. Era un poco miope, y muy pronto se enamoró de Pulgarcita que poseia una bonita voz. Para pedirla en matrimonio, la invitó a su casa. Pulgarcita no tenía ganas de casarse con él, pero había sido tan amable, que ella no quería ser ingrata. Para ir a casa del señor topo tuvo que pasar por una larga y oscura galería, donde ella descubrió una pobre golondrina inconsciente. Pulgarcita sintió mucha pena, ya que quería mucho a los pájaros y a sus cantos tan armoniosos.
—Es necesario hacer algo —dijo ella, y corrió a buscar un poco de heno y una manta, que extendió encima del pájaro que parecía sin vida.
Apartando las plumas que cubrían la cabeza del pájaro, Pulgarcita le dió un beso, con los ojos llenos de lágrimas. De repente se levantó; había sentido un débil latido de corazón y la golondrina se despertó. No estaba muerta, sino adormecida por el frio. El calor de la manta le había devuelto la vida.
—Te estoy muy agradecida pequeña, nunca olvidaré lo que has hecho por mi. Tu me has salvado la vida y muy pronto podré volar de nuevo.
—Ahora es invierno —respondió Pulgarcita— Toda tu familia ha ido en busca de países más cálidos. Tienes que refugiarte y esperar a que llegue la primavera. No te preocupes, yo te traeré algo de comer y cuidaré de tí.
Durante todo el invierno, sin saberlo sus amigos, Pulgarcita curó a la golondrina con mucho cariño. Pasaron las semanas y cuando llegó la primavera, el pájaro completamente curado se echó a volar en el cielo azul. Hubiera acompañado con él a la pequeña Pulgarcita, pero ella no quería apenar a su amiga musaraña, que había sido tan acogedora con ella. A través de los rayos del sol, Pulgarcita muy triste, vio durante largo tiempo alejarse a la golondrina...

La niña continuó su vida monótona, hasta el día en que el señor topo fijó la fecha de la boda. Pulgarcita era muy desgraciada, ella no quería pasarse la vida en una topera oscura y gris donde nunca entraba el sol. La pequeña rata ayudó a Pulgarcita a coser su ajuar, pensando que había tenido mucha suerte al encopntrar un marido tan rico y amable. Pero Pulgarcita no paraba de llorar y la víspera de la boda estaba próxima. La pobre niña quiso salir por última vez a decir adiós al sol, que calentaba la tierra y hacía crecer las flores. A partir de ahora viviría como los topos. Levantó los ojos al cielo, y entonces, vió revolotear a su amiga golondrina. La llamó con todas sus fuerzas, y el pájaro se posó sobre una pequeña rama. Pulgarcita le explicó su desesperación al tener que casarse con el señor topo.
—Te voy a ayudar —dijo la golondrina— Monta en mi espalda y te llevaré conmigo al país del sol y las flores.
Pulgarcita se acomodó y la golondrina voló a las alturas. El viaje fue muy largo, pero Pulgarcita estaba muy ilusionada.
—¡Qué bonita es la tierra vista desde el cielo! —exclamó, y así fué como ellas llegaron a un país que olía a flores del campo.
—Elige la flor más bonita, y la que elijas será tu casa —dijo la golondrina a la niña fascinada, y dejó a Pulgarcita sobre una inmensa margarita.
Muy cerca de ella había un niño tan pequeño como ella, que la miraba tiernamente.
—Buenos días, yo soy el rey de las flores —dijo él.
—Buenos días, yo me llamo Pulgarcita y vengo de muy lejos.

Durante mucho tiempo jugaron y se pasearon juntos. Un buen día el pequeño rey cogió la mano de Pulgarcita y le dijo:
—¿Quieres casarte conmigo? Tú serás mi reina y nosotros podremos volar juntos.
Pulgarcita aceptó encantada, y desde ese día viven felices sin separarse, en medio de juncos y margaritas. Y a veces, cuando las golondrinas están cerca, Pulgarcita y el rey de la flores se van volando a visitar a la madre de Pulgarcita quien escucha entusiasmada las aventuras que le relata su querida y pequeña hija nacida de un tulipán :)

Piel de asno

Charles Perrault


Érase una vez un rey y una reina que gobernaban con sabiduría un pueblo al que no le faltaba nada. Ellos eran tan amados y respetados por sus súbditos, que podría decirse que eran los más felices del reino. De su unión, nació una niña a la que todos admiraban por su gracia y belleza. La riqueza y la abundancia reinaban en el palacio. Todos los extranjeros venían a admirar las bonitas caballerizas de rey, donde vivía un asno excepcional. Todas las mañanas, su cama de paja, en lugar de ser sucia y maloliente, estaba cubierta por piezas de oro y no de estiércol.

Pero un mal día, la reina contrajo una terrible enfermedad, que la habilidad de todos los médicos no podían remediar. Y sucedió que la reina murió. En su último aliento, ella hizo prometer al rey que si algún día se volvía a casar, eligiera a una mujer más inteligente y más bella que ella. Al poco rato ella cerró los ojos. El rey, sensible y enamorado, lloró día y noche. Y ante tanta tristeza, los ministros le rogaron que volviera a casarse.
— ¡Un palacio sin reina y sin príncipe heredero podrían suscitar una terrible codicia en los pueblos vecinos, y una guerra comportaría la ruina del reino!
El rey se comprometió a buscar entre las jóvenes casaderas, la que fuese más digna de él, descubriendo que, desgraciadamente, sólo su propia hija era más bonita que su propia madre. Su juventud, espíritu y su frescura confundieron al rey, que todavía trastornado por la muerte de su esposa, pidió a la princesa que se casase con él. La joven, llena de virtud y pudor, se quedó horrorizada ante tal proposición. Se tiró a los pies de su padre, y le suplicó que no la obligara a cometer una acción semejante. Pero el rey le ordenó que obedeciera y que se preparara.

Esa misma noche, la joven princesa fue a encontrarse con el hada de las Lilas, su madrina, que le dijo:
— Mi querida niña, cometerías una gran equivocación si te casaras con tu padre. Tú tienes que evitarle sin herirle; pídele que te obsequie con un vestido cuyo color sea como el sol. Con todo su amor y su poder no podrá negarse, y mientras tanto, nosotras ganaremos tiempo.
La princesa le dio las gracias a su madrina, y al día siguiente le pidió al rey un vestido de colores como el sol y sin el cuál ella no le pertenecería. El rey, lleno de esperanza, reunió a sus mejores obreros, y les encargó el vestido.

Amenazados con ser colgados si fracasaban, los artesanos se apresuraron, y a la tercera mañana del mes, entregaron su trabajo. Hasta ese día ninguna princesa había llevado un vestido tan bonito. Cuando ella se presentó ante el rey, era tan fuerte el resplandor de los diamantes y rubies, que todos tuvieron que cerrar los ojos.

Desanimada, la joven princesa se retiró a su habitación, donde le esperaba su madrina, enfurecida:
— Esta vez vamos a someter al rey a una gran prueba. Pídele la piel de ese asno que él tanto quiere y que le ofrece tan generosas riquezas.
La princesa fue a ver a su padre y le expresó su deseo. El rey se sorprendió ante tal demanda, pero no vaciló, y el pobre asno fue sacrificado. Siguiendo los consejos de su madrina, la joven se cubrió con la piel del asno y huyó del palacio.

Lejos de su hogar, la princesa se encontró con el hada buena, quien le prestó su varita mágica, la cual le permitiría disponer de su vestimenta real tan pronto la necesitara. El rey envió inmediatamente hombres en su busca, pero con su apariencia miserable, ninguno de ellos la reconoció. La joven buscó trabajo por todas partes, o a alguien que por caridad, le diera de comer. Pero por su aspecto miserable nadie la ayudó. Finalmente, a la puerta de una posada, una mujer le propuso trabajar para ella. Lavar, limpiar y dar de comer a los cerdos serían sus tareas diarias. La princesa que tenía mucha hambre, aceptó el humilde empleo. La llamaban "Piel de Asno". El domingo Piel de Asno se encerraba en una pequeña buhardilla del centro del bosque, y de un toque de varita mágica se ponía su vestido color del sol y se peinaba sus largos cabellos dorados. Ella se sentía tan feliz, que decidió volver a ser cada domingo, una bonita y graciosa princesa.

Un día de fiesta, cuando Piel de Asno llevaba puesto su vestido, un joven príncipe pasó por allí. Cansado de la caza quiso refrescarse en la fuente, y mirando a la ventana quiso ver quien cantaba tan bonito... entonces se quedó fascinado ante la belleza de la joven.

En el pueblo, el preguntó quien vivía por allí, pero le respondieron con burlas que se trataba de Piel de Asno, que era fea y sucia. El príncipe locamente enamorado, volvió a su palacio, y loco de tristeza, cayó enfermo. Su padre, al no poder curarlo intentaba consolarlo. Le prometió la princesa más bella del país y también cederle la corona, si ello le hacía sonreír.
— Padre —dijo al fin el príncipe— ¡Yo no quiero vuestro poder, siempre os amaré, y ya que es preciso que os confíe mis pensamientos, os voy a obedecer; pero yo deseo que Piel de Asno me haga un pastel!
El rey muy sorprendido ante tal petición, envió a su jinete más rápido a buscar el pastel a casa de piel de asno. La princesa presintió un día de fiesta, el recuerdo del atractivo y encantador príncipe todavía la turbaban. Ella se encerró en su habitación, se quitó el pelaje que la cubría, y preparó el pastel más delicioso que le fue posible inventar. Pero uno de los anillos que había olvidado quitarse, le cayó en la masa sin darse cuenta.

Sucedió entonces, que cuando el príncipe recibió el pastel se lo comió con apetito. Y de repente, bajo el diente, sintió el anillo de Piel de Asno. Sin duda, sólo podía pertenecer a aquella que él amaba. El joven príncipe, prometió casarse, con aquella persona a la que el anillo le fuera bien, fuera cual fuera su condición. El rey y la reina examinaron el anillo, y pensaron que sólo podía pertenecer a una joven de buena familia.

Se invitó a todas las duquesas, marquesas, y condesas a presentarse en el palacio, pero ninguna de ellas pudo ponerse el anillo. Hicieron venir a las camareras, cocineras y pastoras, pero el anillo no les sentaba mejor. El rey, entonces, envió a buscar a Piel de Asno, la cual entró vestida como una pordiosera. El príncipe se inquietó:
— ¿Vives en medio del bosque?
Sonriente le dio el anillo a la joven, y esta le devolvió la sonrisa. El anillo se ajustó sin esfuerzo, y dejando caer su piel, la princesa apareció resplandeciente de belleza. La boda fue tan grandiosa que todavía se habla de ella. El padre de Piel de Asno ofreció a su hija miles de regalos, suplicándole que perdonara su egoísmo.

El príncipe y la princesa estaban radiantes de felicidad por lo mucho que ellos se querían, y vivieron felices durante muchos años.


Fin