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El conejo y la vaquita

Cuento de Hansel H. G.


Esta era una vez, un conejo que iba por el campo. De repente ¡zaz!, se encontró con una hermosa vaquita y se hicieron muy amigos. Al atardecer el conejo le dijo a la vaquita: ¡Vamos a buscar zanahorias y hierbas!, pero se hizo de noche y se perdieron en el campo. Alli hicieron fuego y armaron sus carpas. Al amanecer el conejo y la vaquita encontraron un sendero y se fueron a la casa del conejo. Alli prepararon ricas comidas con todas las hierbas que habían juntado.

Desde ese día el conejo y la vaquita vivieron juntos, y cada vez que sentían hambre, tomaban sus carpas y se iban al campo a buscar ricas hierbas...

FIN

Juan y la Planta de Habas


Juan y su madre eran muy pobres. A veces no tenían ni un poco de pan para comer. Un día la madre le dijo a Juan:
—Juan, lleva la vaca al pueblo y véndela lo mejor posible, pero ten cuidado porque es lo único que nos queda para vender.— Y Juan se llevó la vaca.

Ricitos de Oro y los tres osos

Gerda Muller


Un día, una niña llamada Ricitos de Oro, paseando por el bosque se perdió. Llegó hasta la casa de Papá Oso, Mamá Osa y Bebé Oso. Miró al interior a través de una ventana. Vio que no había nadie y entró en la casa.

Había tres platos de avena enfriándose en la mesa. Ricitos de Oro había caminado mucho por el bosque y tenía tanta hambre, probó una cucharada del plato de Papá Oso, pero estaba muy caliente, así que probó otra cucharada del plato de Mamá Osa, pero la avena tenía poco azúcar. Finalmente se comió el plato de avena de Bebé Oso, porque estaba tibio y muy dulce.

Después se sentó en la silla de Papá Oso, estaba hecha de troncos y era muy dura, así que se sentó en la silla de Mamá Osa, era cómoda pero muy grande para ella. Finalmente se sentó en la silla de Bebé Oso. La silla era tan cómoda que se quedó sentada en ella hasta que la silla se rompió, y la linda niña cayó al suelo.

Después, Ricitos de Oro entró a un cuarto en el cual habían tres camas. Se acostó en la cama de Papá Oso, pero estaba hecha de gruesos troncos de abeto y además de ser muy dura le provocaba alergia. Luego se acostó en la cama de Mamá Osa, era blanda pero las mantas eran aún muy pesadas. Finalmente se acostó en la cama de Bebé Oso. La cama de Bebé Oso era tan cómoda que, sin querer, se quedó dormida.

Poco después, los tres osos regresaron de su caminata y Bebé Oso se dio cuenta de que alguien había comido su avena. "¿Quién se comió mi avena?", preguntó Bebé Oso. "Seguramente la comiste antes de salir y ahora quieres más. ¡Tienes hambre de oso!", dijo Mamá Osa. "Pero Mamá...", iba a protestar Bebé Oso. "¡Jovencito!", dijo Papá Oso, "¡Si ya comiste tu avena y estás engañando a Mamá te irás a la cama!"

Bebé Oso también se dio cuenta de que alguien se había sentado en su silla. "¿Quién se sentó en mi sillita y la rompió?", lloró Bebé Oso. "¡Hay niño, que voy a hacer contigo, tienes manitos de oso!", dijo Mamá Osa. "Pero Mamá...", iba a protestar Bebé Oso. "¡Jovencito!", dijo nuevamente Papá Oso, "¡Si has roto tu silla nueva te irás a la cama!"

Los tres osos se fueron a su cuarto. "¿Quién está durmiendo en mi cama?", gritó Bebé Oso. Su grito despertó a Ricitos de Oro. Cuando vio a los tres osos cerca, saltó de la cama, salió por la ventana y siguió corriendo asustada. Mamá Osa y Papá Oso se sorprendieron al ver a la linda niña saltando de la cama y dieron un grito de sorpresa. El grito asustó más a Ricitos de Oro, quién siguió corriendo y corriendo hasta llegar a su casa, y nunca jamás volvió a pasear tan lejos del bosque.


F I N

Los Tres Gatitos



Los tres gatitos despertaron una mañana y descubrieron tres paquetitos junto a sus camas...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, mira lo que hemos encontrado junto a nuestras camas!”.
— “¡Cómo! ¿Ya encontraron sus regalos? ¡Feliz cumpleaños mis tiernos gatitos! Purr, purr, purr.”
Los tres gatitos abrieron los regalos, encontraron tres pares de guantes y se los pusieron...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, míranos, míranos, ahora tenemos nuestros propios guantes!”.
— “¡Cómo! ¿Ya se los pusieron? ¡Mis buenos gatitos ya no rasguñarán más sus juguetes! Minino, minino, minino.”
Los tres gatitos salieron a jugar con sus juguetes y se sacaron los guantes para jugar mejor...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, nos sacamos los guantes para jugar y rasguñamos nuestros juguetes!”.
— “¡Cómo! ¿Rasguñaron sus juguetes? ¡Si no los arreglan volverán a jugar con lana! ¡Miau, miau, miau!”
Los tres gatitos arreglaron sus juguetes y entonces fueron donde la mamá...
— “¡Oh, mamá, querida y buena mamá, míralos, míralos, ya hemos arreglado nuestros juguetes!”.
— “¡Cómo! ¿Arreglaron sus juguetes? ¡Mis pequeños linces, por ser tan buenos les prepararé un pastel de cumpleaños! ¡Miaoo, miaoo, miaoo!
Los tres gatitos perdieron sus guantes y entonces comenzaron a llorar...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, estamos muy tristes porque hemos perdido nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Perdieron sus guantes? ¡Gatitos traviesos y descuidados! ¡Si no los encuentran no tendrán pastel! ¡Miau, miau, miau!"
Los tres gatitos encontraron sus guantes y entonces comenzaron a gritar...
— "Oh! mamá, querida mamá, míralos, míralos, ya encontramos nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Encontraron sus guantes? ¡Qué lindos mis tres gatitos, ahora sí les daré pastel! Purr, purr, purr."
Los tres gatitos, con sus guantes puestos, comenzaron a comer pastel...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, ya comimos el pastel, pero al comerlo ensuciamos nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Ensuciaron sus guantes? ¡Gatitos descuidados!" Los tres gatitos comenzaron a llorar, "¡Miau, miau, miau!"
Los tres gatitos lavaron sus guantes y luego los colgaron para secarlos...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, mira, ya hemos lavado nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Lavaron sus guantes? ¡Queridos gatitos! ...¡Pero, huelo a un ratón muy cerca de aquí! ¡Atrápenlo! ... ¡Miau, miau, miau!

Fin

Juanito y los Frijoles Mágicos

Benjamin Tabart


Había una vez un terrible ogro que le robó a un mercader todo su dinero. Cuando el mercader murió, su viuda y su hijo, Juanito, quedaron muy pobres. Cierto día, la mamá de Juanito le ordenó que llevara su única vaca al mercado, y que tratara de que le dieran por ella la mayor cantidad de dinero posible. Juanito obedeció y, en el camino, se encontró con un extraño viejito de acento irlandés y una larga barba blanca. El anciano llevaba en una bolsita de cuero amarrada a su cinturón, unas cuantas semillas de colores. El viejito le ofreció las semillas de frijol a cambio de la vaca, diciéndole que eran semillas mágicas. A Juanito le pareció una buena oferta y aceptó.

Juanito regresó a casa con las semillas mágicas en su mano.
—“¡Mamá, mira! Son semillas mágicas”, exclamó Juanito.
—“Muy bien, Juanito. ¿Y qué has hecho con nuestra hermosa vaca?”— preguntó su mamá.
Juanito contestó:
—“La cambié por estas maravillosas semillas”.
Su mamá se enojó muchísimo, y tiró las semillas por la ventana.
—“¡Qué tonto eres! Cambiar nuestra linda vaca por unas semillas sin valor. Hoy no tendremos nada para cenar”— dijo muy triste y disgustada la mamá de Juanito.
A la mañana siguiente, cuando Juanito despertó, con asombro descubrió, junto a la ventana de la casita, una enorme planta de guisantes. Pensó que las semillas sí eran mágicas y, de inmediato, quiso investigar qué tan alta era aquella planta. Así, Juanito empezó a escalar con gran facilidad.

Juanito ascendió poco a poco, hasta casi tocar las altas nubes. Ahí pudo observar un gigantesco y viejo castillo. Juanito creía que todo era un sueño. En la puerta del castillo, Juanito se encontró a una mujer gigantesca, a quien le dijo:
—“Señora, mi nombre es Juanito, vengo desde lejos y tengo hambre. ¿Puede darme algo de comer?”
— “¿Comer?” —gritó ella— “¡Vete si quieres seguir con vida! Este es el castillo de un malvado gigante que si te encuentra te comerá” —añadió la enorme mujer.
Sin embargo, al ver que Juanito estaba muy delgado y que parecía tener mucha hambre, la mujer lo llevó a la cocina y rápidamente le dio de comer. En seguida se oyeron unos pasos que parecían truenos.
—“Grr..., Grr...” —gruñó el ogro— “Huele a carne humana. ¿Quién anda por aquí?” —añadió con enojo.
—“Es el cerdito que cociné para ti” —respondió la señora, mientras escondía a Juanito debajo de la mesa.
Cuando el gigante terminó de comer con gran voracidad, le pidió a la señora que le llevara su hermosa gallina.
—“¡Gallina, pon un huevo de oro puro!” —ordenó el gigante.
Y la gallina de inmediato obedeció. Entonces, pidió que le llevaran su bolsa de monedas doradas y, con gran avaricia, se puso a contarlas varias veces, una por una. En seguida pidió su arpa mágica, que podía, por sí misma, tocar bellísima música. Satisfecho con sus maravillosos tesoros, el gigante empezó a tomar mucho vino y, finalmente, se quedó profundamente dormido.
—“¡Ahora Juanito!” —exclamó silenciosamente la anciana señora. Y añadió— “Ven rápidamente. Toma los tesoros, porque ellos pertenecieron a tu padre, a quien el ogro mató. Yo intenté detenerlo pero no pude hacer nada, es un ogro muy malo y terrible. Lleva los tesoros con tu madre y que sean felices.”
Juanito agradeció a la señora por tal revelación y tomó la bolsa con las monedas doradas y la gallina de los huevos de oro sin que el gigante despertara. Pero cuando tomó el arpa mágica, ésta sonó y despertó al gigante. Juanito corrió cuanto pudo, hasta alcanzar la enredadera de guisantes mágicos. Pero el ogro se acercaba cada vez más a él, como un veloz trueno enfurecido.

Juanito empezó a descender rápidamente, tan aprisa como le era posible. El gigante seguía persiguiéndolo, cada vez más cerca de él. Cuando Juanito llegó a tierra, gritó en seguida:
— “¡Mamá, mamá, rápido, tráeme el hacha!”
Juanito, que ya no parecía tan pequeño de lo valiente que era, cortó en seguida la planta mágica. El gigante cayó a tierra desde las alturas provocando un estruendo terrible y murió instantáneamente. Juanito y su mamá, con los tesoros de la familia recobrados, nunca más pasaron tristezas y fueron felices para siempre.

FIN