Cuentos Clásicos
El Reino de los Cuentos Perdidos

Los 2 reyes y los 2 laberintos

Jorge Luis Borges

Ilustración de Georg Moritz Ebers

Cuentan los hombres dignos de conocimiento, que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres.

Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta.

Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía un laberinto mejor y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día.

Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡OH, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso”.

Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.


FIN

Ricitos de Oro y los tres osos

Gerda Muller


Un día, una niña llamada Ricitos de Oro, paseando por el bosque se perdió. Llegó hasta la casa de Papá Oso, Mamá Osa y Bebé Oso. Miró al interior a través de una ventana. Vio que no había nadie y entró en la casa.

Había tres platos de avena enfriándose en la mesa. Ricitos de Oro había caminado mucho por el bosque y tenía tanta hambre, probó una cucharada del plato de Papá Oso, pero estaba muy caliente, así que probó otra cucharada del plato de Mamá Osa, pero la avena tenía poco azúcar. Finalmente se comió el plato de avena de Bebé Oso, porque estaba tibio y muy dulce.

Después se sentó en la silla de Papá Oso, estaba hecha de troncos y era muy dura, así que se sentó en la silla de Mamá Osa, era cómoda pero muy grande para ella. Finalmente se sentó en la silla de Bebé Oso. La silla era tan cómoda que se quedó sentada en ella hasta que la silla se rompió, y la linda niña cayó al suelo.

Después, Ricitos de Oro entró a un cuarto en el cual habían tres camas. Se acostó en la cama de Papá Oso, pero estaba hecha de gruesos troncos de abeto y además de ser muy dura le provocaba alergia. Luego se acostó en la cama de Mamá Osa, era blanda pero las mantas eran aún muy pesadas. Finalmente se acostó en la cama de Bebé Oso. La cama de Bebé Oso era tan cómoda que, sin querer, se quedó dormida.

Poco después, los tres osos regresaron de su caminata y Bebé Oso se dio cuenta de que alguien había comido su avena. "¿Quién se comió mi avena?", preguntó Bebé Oso. "Seguramente la comiste antes de salir y ahora quieres más. ¡Tienes hambre de oso!", dijo Mamá Osa. "Pero Mamá...", iba a protestar Bebé Oso. "¡Jovencito!", dijo Papá Oso, "¡Si ya comiste tu avena y estás engañando a Mamá te irás a la cama!"

Bebé Oso también se dio cuenta de que alguien se había sentado en su silla. "¿Quién se sentó en mi sillita y la rompió?", lloró Bebé Oso. "¡Hay niño, que voy a hacer contigo, tienes manitos de oso!", dijo Mamá Osa. "Pero Mamá...", iba a protestar Bebé Oso. "¡Jovencito!", dijo nuevamente Papá Oso, "¡Si has roto tu silla nueva te irás a la cama!"

Los tres osos se fueron a su cuarto. "¿Quién está durmiendo en mi cama?", gritó Bebé Oso. Su grito despertó a Ricitos de Oro. Cuando vio a los tres osos cerca, saltó de la cama, salió por la ventana y siguió corriendo asustada. Mamá Osa y Papá Oso se sorprendieron al ver a la linda niña saltando de la cama y dieron un grito de sorpresa. El grito asustó más a Ricitos de Oro, quién siguió corriendo y corriendo hasta llegar a su casa, y nunca jamás volvió a pasear tan lejos del bosque.


F I N

Los Tres Gatitos



Los tres gatitos despertaron una mañana y descubrieron tres paquetitos junto a sus camas...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, mira lo que hemos encontrado junto a nuestras camas!”.
— “¡Cómo! ¿Ya encontraron sus regalos? ¡Feliz cumpleaños mis tiernos gatitos! Purr, purr, purr.”
Los tres gatitos abrieron los regalos, encontraron tres pares de guantes y se los pusieron...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, míranos, míranos, ahora tenemos nuestros propios guantes!”.
— “¡Cómo! ¿Ya se los pusieron? ¡Mis buenos gatitos ya no rasguñarán más sus juguetes! Minino, minino, minino.”
Los tres gatitos salieron a jugar con sus juguetes y se sacaron los guantes para jugar mejor...
— “¡Oh, mamá, querida mamá, nos sacamos los guantes para jugar y rasguñamos nuestros juguetes!”.
— “¡Cómo! ¿Rasguñaron sus juguetes? ¡Si no los arreglan volverán a jugar con lana! ¡Miau, miau, miau!”
Los tres gatitos arreglaron sus juguetes y entonces fueron donde la mamá...
— “¡Oh, mamá, querida y buena mamá, míralos, míralos, ya hemos arreglado nuestros juguetes!”.
— “¡Cómo! ¿Arreglaron sus juguetes? ¡Mis pequeños linces, por ser tan buenos les prepararé un pastel de cumpleaños! ¡Miaoo, miaoo, miaoo!
Los tres gatitos perdieron sus guantes y entonces comenzaron a llorar...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, estamos muy tristes porque hemos perdido nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Perdieron sus guantes? ¡Gatitos traviesos y descuidados! ¡Si no los encuentran no tendrán pastel! ¡Miau, miau, miau!"
Los tres gatitos encontraron sus guantes y entonces comenzaron a gritar...
— "Oh! mamá, querida mamá, míralos, míralos, ya encontramos nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Encontraron sus guantes? ¡Qué lindos mis tres gatitos, ahora sí les daré pastel! Purr, purr, purr."
Los tres gatitos, con sus guantes puestos, comenzaron a comer pastel...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, ya comimos el pastel, pero al comerlo ensuciamos nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Ensuciaron sus guantes? ¡Gatitos descuidados!" Los tres gatitos comenzaron a llorar, "¡Miau, miau, miau!"
Los tres gatitos lavaron sus guantes y luego los colgaron para secarlos...
— "¡Oh, mamá, querida mamá, mira, ya hemos lavado nuestros guantes!".
— "¡Cómo! ¿Lavaron sus guantes? ¡Queridos gatitos! ...¡Pero, huelo a un ratón muy cerca de aquí! ¡Atrápenlo! ... ¡Miau, miau, miau!

Fin

Alicia en el País de las Maravillas

Lewis Carroll


Alicia se cansó de estar sentada bajo el árbol sin hacer nada. Una o dos veces miró el libro que leía su hermana; pero no tenía dibujos ni diálogos. "Y ¿para que sirve un libro sin ilustraciones ni conversaciones?" -pensó Alicia.
De pronto, pasó junto a ella el Conejo Blanco sacando un reloj del bolsillo del chaleco. Lo miró y se dio prisa. Alicia no había visto nunca a un conejo que tuviera un reloj para sacarlo del bolsillo. Extrañada, lo siguió y lo vio meterse en una madriguera.

En el fondo de la madriguera había un pasaje serpenteante. Alicia alcanzó a escuchar al conejo que decía: "¡Por mis orejas y mis bigotes! ¡Qué tarde se está haciendo! ¿Qué va a decir la reina?"
Ella lo siguió hasta que se encontró en un pequeño salón rodeado de puertecitas cerradas. Vio una llave dorada sobre una mesa con la que probó abrir una puerta. Lo logró. Se arrodilló y miró por ella. Ahí vio el jardín más lindo que jamás se haya visto. Quiso salir; pero ni siquiera pudo meter la cabeza por la pequeña puerta.

Alicia se acercó nuevamente a la mesa. Esta vez vio un frasco con una etiqueta con la palabra "Bébeme". Alicia probó el contenido y, sin darse cuenta, se lo bebió todo. "¡Qué extraña sensación!" -se dijo- "¡Es como si me hubiera empequeñecido!"
Y así era; ahora medía solamente 30 centímetros. Se alegró al pensar que podría salir al jardín maravilloso; pero cuando llegó a la puertecita, se encontró con que había olvidado la llave dorada.
Intentó subirse por una de las patas de la mesa para recogerla. Era muy resbalosa y se cansó de tratarlo. La pobre Alicia se sentó a llorar.

Lloró y lloró hasta que se encontró sumergida en una piscina de lágrimas. Entonces, escuchó un chapoteo: era un ratón que se había resbalado al agua salada. Poco a poco, la piscina se fue llenando de aves y animales que caían adentro.
Alicia nadó hacia la orilla y todos la siguieron. Ahora, había que secarse. "Lo mejor" -dijo un ave- "es una carrera de Caucus".
- "¿Qué es una carrera de Caucus?" -preguntó Alicia.
- "Para explicarlo, hay que hacerlo" -dijo el ave, marcando una pista de carrera. Todos se pusieron a correr hasta secarse. Luego, uno por uno, se fueron yendo. Alicia se quedó nuevamente sola.

Alicia exploró hasta llegar a una casita con un letrero en la puerta que decía: "Conejo B". Entró y subió por la escalera. En una mesa encontró los guantes, un abanico y una botella del conejo. Probó su contenido y empezó a crecer.
Sin pensarlo, se ventiló con el abanico y descubrió que se empequeñecía otra vez. Cuando estuvo lo bastante chica, corrió fuera de la casa.

Cerca de ahí había una oruga sentada en un hongo.
- "¿Quién eres tú?" -preguntó la oruga.
- "Apenas lo sé, señor. Con tantas estaturas uno se confunde" -respondió Alicia.
- "De qué tamaño quieres ser?" -preguntó la oruga.
- "Un poquito más grande" -dijo Alicia.
- "Un lado te hará más lata y el otro más baja".
- "¿Un lado de qué?" -consultó Alicia tímidamente.
- "Del hongo, por supuesto" -refunfuñó la oruga.

- "Y, ahora ¿cual es cuál?" -se preguntó Alicia mordisqueando una migaja del lado derecho del hongo. Acto seguido, se golpearon sus pies con la barbilla. Tragó un pedacito del lado izquierdo. Ahora se le alargó el cuello y una paloma voló hacia ella gritanto: "¡Una serpiente!"
- "¡No soy una serpiente! ¡Soy una niñita!"
Después, Alicia averiguó como controlar su estatura mordisqueando el hongo; primero por un lado y, luego por el otro. "Ahora visitaré ese bello jardín" -pensó Alicia.

Entonces Alicia vio a un Gato sobre un árbol. Cuando el minino le sonrió, supo que era un Gato de Cheshire.
- "¿Me podría decir, por favor, hacia qué lado ir?"
- "Por aquí vive un Sombrerero y un Conejo" -dijo el Gato. "Puedes ver al que quieras: los dos están chiflados".

El Sombrerero y el Conejo estaban tomando té al aire libre con un Dormilón que roncaba profundamente.
- "¿Por qué un cuervo es como un escritorio?" -apuntó súbitamente el Sombrerero.
-"Yo puedo adivinar eso" -dijo Alicia.
- "¿Qué quieres decir?" -preguntó el Conejo.
- "Quiero decir lo que digo" -respondió Alicia. "Es lo mismo".
- "También podrías decir que 'respiro cuando duermo' es lo mismo que 'duermo cuando respiro'" -agregó el Dormilón.
- "Eso es lo mismo para ti" -dijo el Sombrerero.

Cuando Alicia abandonó la reunión, descubrió una puerta en un árbol. Entró y se encontró en el salón de las puertecitas. Esta vez pudo tomar la llave dorada y empequeñecerse con migajas del hongo. Entró al bello jardín donde vio al Conejo Blanco con unos seres cuadrados que ella reconoció como la Reina de Corazones y su corte de naipes. Estaban gritando y apuntando hacia arriba. En el aire flotaba una sonrisa. El Gato de Cheshire hacia su truco favorito: desaparecer en el aire.

- "¡Córtenle la cabeza!" -bramó la Reina.
- "Ustedes sólo son naipes" -dijo Alicia.
Al instante, la baraja cayó sobre Alicia que trató de barrérsela con la mano; pero cuando volvió a abrir los ojos, ahí estaba ella, tratando de despejarse el rostro de las hojas del árbol que la habían despertado.
- "Oh, tuve un sueño tan curioso!" -dijo Alicia. Y vaya sueño maravilloso el que había tenido.


F I N



El pájaro azul

Maurice Maeterlinck



Tyltyl y su hermanita Mytyl vivían con sus padres en la casita de un bosque. Eran pobres, pero felices. Lucie, la vecina, hija de Madame Berlingot, no podía caminar.
—¡Pobre Lucie! Me gustaría ayudarla —suspiró Mytyl una tarde de Noche Buena.
—Sólo el Pájaro Azul la sanará —recordó Tyltyl y sorpresivamente, apareció una señora en el aire.
—Yo soy el Hada Beryluna —les dijo— Mi hija Luz y sus amigos el Perro, Gato, Pan, Azúcar y Fuego los guiarán en la búsqueda del Pájaro Azul. Harán un viaje largo y difícil" —agregó el Hada— Irán a la Tierra del Recuerdo a través del Salón de la Noche y al Palacio de la Felicidad. Visitarán el Reino del Tiempo y la Mansión del Futuro. En muchos lugares tendrán que abandonar a sus compañeros, porque no podrán acompañarlos. No sé si encontrarán al Pájaro Azul; pero estarán a salvo mientras Tyltyl conserve este diamante mágico en su sombrero. Cada vez que quieran volver a viajar y cada vez que necesiten a Luz, Tyltyl debe girar su diamante. Recuérdenlo bien. Y, ahora, deben ponerse en el camino que los espera.
La primera etapa del viaje de los niños los llevó al torbellino de las nebulosas del tiempo hacia la Tierra del Recuerdo. Ahí los esperaba una sorpresa.
—¡Abuelitos! —gritaron Tyltyl y Mytyl— Pensamos que alejados por la muerte, no los veríamos nunca más.
—Siempre vivimos en el recuerdo —le aclaró la abuelita— Cada vez que piensan en nosotros, volvemos a acompañarlos.
—Venimos a buscar al Pájaro Azul —explicó Mytyl.
—Aquí hay muchos Pájaros Azules —apuntó el abuelito— Pero estas son Aves del Recuerdo y se volverán invisibles en el mundo real.
—Entonces, viajemos a las Puertas de la Noche —dijo Luz— Detrás yace la comarca de la Señora de la Noche, reina del Sueño, el Temor, el Misterio y la Oscuridad. Ahí está el Jardín de los Sueños, donde viven muchos Pájaros Azules.
—Pero ¿quién nos guiará? —preguntó Tyltyl.
—El Gato —contestó Luz— El puede ver en la oscuridad.
Ahora el Gato guiaba a los niños; pero, en los Salones de la Sombra, su naturaleza salvaje y la hechicería, lo vencieron. En vez de orientar, evitó que encontraran el Jardín de los Sueños. Pero Tyltyl y Mytyl insistían en llegar al vergel donde las aves del sueño comían fríos rayos de luna.
—Son porfiados —le susurró el Gato a la Dama de la Noche— Déjalos entrar; pero, antes, adviértele al verdadero Pájaro Azul para que no lo atrapen.
La Señora de la Noche permitió que los niños pasaran a su reino, donde los Pájaros Azules descendían y se elevaban a la luz de la luna. Capturaron a cuantos pudieron; pero cuando regresaron, todos desaparecieron. Eran Aves Imaginarias. El verdadero Pájaro Azul los había eludido. De regreso pasaron por el Bosque de las Tinieblas. El Gato corrió adelante y previno a los árboles y animales. De pronto, Tyltyl y Mytyl vieron un destello azul y a un pájaro posándose sobre un roble gigante.
—¡El Pájaro Azul es nuestro! —gritaron los niños.
—¡No te dejaremos cazarlo! —tronó el roble.
Tyltyl, asustado, giró rápidamente su diamante mágico.
—Hemos visto muchos Pájaros Azules —dijo Tyltyl— Pero, o desaparecen, o no los podemos cazar.
—Vamos al Palacio de la Felicidad —les dijo Luz— Hay felicidades falsas y verdaderas: el Pájaro Azul puede estar en una de ellas.
Primero ingresaron a la Cámara de la Frivolidad donde una multitud, finamente vestida, comía manjares.
—¿Han visto a un Pájaro Azul? —les preguntaron los niños.
—Las únicas aves que tenemos son gallinas cocidas y pavos asados -les respondieron con tristeza.
—Vámonos de aquí —dijo Luz— Busquémoslo en el lugar de la verdadera felicidad: el Salón del Regocijo.
Allá encontraron a una señora encantadora esperándolos.
—¡Mamá! —exclamó Mytyl extrañada— Te pareces a mamá; pero ¿cómo podría estar aquí?
—Yo te conozco bien, Tyltyl, y a ti, Mytyl —explicó ella— Yo soy el amor de mamá. Desgraciadamente, no puedo darles el Pájaro Azul; pero, recuerden esto: el Pájaro Azul está siempre cerca del Amor y la Felicidad.
—Sólo nos falta la Mansión del Futuro en el Reino del Tiempo —dijo Luz.
En la Morada del Porvenir vivía un anciano cuidando a los niños que esperaban nacer.
—Hola, Tyltyl y Mytyl —saludó un bebito— Yo seré su hermanito el próximo año.
Mientras Tyltyl y Mytyl esperaban en la Puerta hacia el Presente, llegó Luz.
—Encontré un Pájaro Azul que no ha nacido; pero me temo que no podrá abandonar este lugar —les dijo.
Y así era. Cuando regresaron, la pajarera estaba vacía.
—Fallamos, pero no debemos perder las esperanzas —dijo Luz— El Pájaro Azul está donde menos se supone, incluso puede encontrarse en el mundo real. Conserva el cristal de tu sombrero, Tyltyl; porque te recordará el poder de la Claridad.
Los pequeños viajeros llegaron otra vez a casa. El azúcar brincó al azucarero, el Pan se acostó sobre la mesa. El Fuego se desparramó en la leña. El Gato y el Perro se echaron a dormir. Tyltyl y Mytyl se fueron a la cama y, cuando despertaron, era Navidad. Todo parecía estar igual, excepto el pajarito gris de Mytyl.
—¡Mira! —gritó Tyltyl— ¡Está azul!
En ese momento, golpearon la puerta.
—¡Feliz Navidad! —dijo Madame Berlingot alegremente— ¡Mi hija Lucie puede caminar de nuevo!
Tyltyl y Mytyl se miraron y sonrieron. La búsqueda del Pájaro Azul había terminado felizmente.


FIN

Juanito y los Frijoles Mágicos

Benjamin Tabart



Había una vez un terrible ogro que le robó a un mercader todo su dinero. Cuando el mercader murió, su viuda y su hijo, Juanito, quedaron muy pobres. Cierto día, la mamá de Juanito le ordenó que llevara su única vaca al mercado, y que tratara de que le dieran por ella la mayor cantidad de dinero posible. Juanito obedeció y, en el camino, se encontró con un extraño viejito de acento irlandés y una larga barba blanca. El anciano llevaba en una bolsita de cuero amarrada a su cinturón, unas cuantas semillas de colores. El viejito le ofreció las semillas de frijol a cambio de la vaca, diciéndole que eran semillas mágicas. A Juanito le pareció una buena oferta y aceptó.

Juanito regresó a casa con las semillas mágicas en su mano.
— ¡Mamá, mira! Son semillas mágicas —exclamó Juanito.
— Muy bien, Juanito. ¿Y qué has hecho con nuestra hermosa vaca? —preguntó su mamá.
Juanito contestó:
— La cambié por estas maravillosas semillas.
Su mamá se enojó muchísimo, y tiró las semillas por la ventana.
— ¡Qué tonto eres! Cambiar nuestra linda vaca por unas semillas sin valor. Hoy no tendremos nada para cenar —dijo muy triste y disgustada la mamá de Juanito.
A la Mañana siguiente y cuando Juanito despertó, con asombro descubrió junto a la ventana de la casita, una enorme planta de guisantes. Pensó que las semillas sí eran mágicas y, de inmediato, quiso investigar qué tan alta era aquella planta. Así, Juanito empezó a escalar con gran facilidad.

Juanito ascendió poco a poco, hasta casi tocar las altas nubes. Ahí pudo observar un gigantesco y viejo castillo. Juanito creía que todo era un sueño. En la puerta del castillo, Juanito se encontró a una mujer gigantesca, a quien le dijo:
— Señora, mi nombre es Juanito, vengo desde lejos y tengo hambre. ¿Puede darme algo de comer?
— ¿Comer? —exclamó ella— ¡Vete si quieres seguir con vida! Este es el castillo de un malvado gigante que si te encuentra te comerá... —añadió la enorme mujer.
Sin embargo, al ver que Juanito estaba muy delgado y que parecía tener mucha hambre, la mujer lo llevó a la cocina y rápidamente le dio de comer. En seguida se oyeron unos pasos que parecían truenos.
— Grrr-Grrr... —gruñó el ogro— Huele a carne humana. ¿Quién anda por aquí? —añadió con enojo.
— Es el cerdito que cociné para ti —respondió la señora, mientras escondía a Juanito debajo de la mesa.
Cuando el gigante terminó de comer con gran voracidad, le pidió a la señora que le llevara su hermosa gallina.
— ¡Gallina, pon un huevo de oro puro! —ordenó el gigante.
Y la gallina de inmediato obedeció. Entonces, pidió que le llevaran su bolsa de monedas doradas y, con gran avaricia, se puso a contarlas varias veces, una por una. En seguida pidió su arpa mágica, que podía, por sí misma, tocar bellísima música. Satisfecho con sus maravillosos tesoros, el gigante empezó a tomar mucho vino y, finalmente, se quedó profundamente dormido.
— ¡Ahora Juanito! —exclamó silenciosamente la anciana señora. Y añadió— Ven rápidamente. Toma los tesoros, porque ellos pertenecieron a tu padre, a quien el ogro mató. Yo intenté detenerlo pero no pude hacer nada, es un ogro muy malo y terrible. Lleva los tesoros con tu madre y que sean felices.
Juanito agradeció a la señora por tal revelación y tomó la bolsa con las monedas doradas y la gallina de los huevos de oro sin que el gigante despertara. Pero cuando tomó el arpa mágica, ésta sonó y despertó al gigante. Juanito corrió cuanto pudo, hasta alcanzar la enredadera de guisantes mágicos. Pero el ogro se acercaba cada vez más a él, como un veloz trueno enfurecido.

Juanito empezó a descender rápidamente, tan aprisa como le era posible. El gigante seguía persiguiéndolo, cada vez más cerca de él. Cuando Juanito llegó a tierra, gritó en seguida:
— ¡Mamá, mamá... rápido: tráeme el hacha!
Juanito, que ya no parecía tan pequeño de lo valiente que era, cortó en seguida la planta mágica. El gigante cayó a tierra desde las alturas provocando un estruendo terrible y murió instantáneamente. Juanito y su mamá, con los tesoros de la familia recobrados, nunca más pasaron tristezas y fueron  muy felices.

Fin

Hansel y Gretel

Versión infantil, extensa y fantástica º-º
Basado en el cuento de los Hermanos Grimm


Hansel y Gretel eran dos niños muy buenos, hijos de un pobre leñador. Una noche, cuando ya estaban acostados, oyeron a su madrastra decir:
— Tenemos que deshacernos de estos niños, porque no tenemos qué comer. Mañana los llevaremos a lo más profundo del bosque y allí los dejaremos.
— Es demasiado cruel —le respondió el leñador.
Pero su mujer insistió:
— ¿No es eso mejor a que todos muramos de hambre? Además, es posible que ellos por su cuenta lleguen a alguna parte y si encuentran a alguien que les dé de comer y trabajan para él, tal vez logren sobrevivir.
Hansel oyó lo que decían sus padres. Salió de la casa y llenó sus bolsillos de piedrecitas que brillaban a la luz de la luna. Al día siguiente en la mañana, muy temprano, los llevaron al bosque, con la excusa de cortar madera. Hansel disimuladamente iba botando piedrecita por piedrecita mientras caminaban. Cuando llegaron a un lugar para descansar, y en un momento en que los niños se encontraban distraídos, los dejaron.

Gretel, al percatarse que era de noche y que estaban solos y perdidos en el bosque, comenzó a llorar, pero Hansel la consoló diciendo:
— No te preocupes hermanita, las estrellas que mis amigos, los duendecillos plantan en el bosque nos llevarán de vuelta a casa.
Hansel esperó a que saliera la luna y ante el asombro de Gretel, un sendero marcado por decenas de estrellitas que brillaban en la oscuridad, apareció lentamente ante ellos. Y mientras caminaban por el sendero marcado por las piedrecitas, Hansel le contaba a Gretel historias divertidas de sus amigos, los duendecillos del bosque. Así sin ningún miedo a toda la oscuridad que les rodeaba, Hansel y Gretel llegaron salvos y sanos a su casa.

El primero en encontrarlos fue su padre, quién muy feliz al verlos de regreso, abrazó a los niños, pero la mala madrastra dijo:
— Esta vez los tendremos que llevar mucho más lejos en el bosque.
Cerró la puerta con llave para que Hansel no pudiera recoger más piedrecitas. A la mañana siguiente, la madrastra les dio una rebanada de pan y los condujo al bosque. A lo largo del trayecto, Hansel dejó caer unos pedacitos de pan para marcar nuevamente el camino.

A lo lejos, en el bosque, los niños creían oír el ruido que hacían sus padres al cortar la madera. Pero era el ruido de una rama que, movida por el viento, rozaba contra un árbol. Cuando Hansel descubrió que los pájaros se habían comido los pedacitos de pan y que ya no podrían encontrar el camino para regresar, se puso a llorar. Gretel, que había creído en la historia de los duendecillos le preguntó tranquilamente:
— ¿Por qué lloras, hermanito?
A lo que Hansel, para no asustarla, contestó:
— Mis amigos, los duendecillos, cosecharon sus estrellitas del bosque esta mañana, así que no podrán guiarnos de regreso a casa.
Gretel, creyendo que los duendecillos podrían ayudarles ahora, le preguntó:
— ¿Y por qué no buscamos a tus amigos, los duendecillos del bosque?
Hansel, que no quería que su hermanita perdiese las esperanzas, aceptó. Además pensó que si caminaban lo suficiente, tal vez encontrarían el sendero de las piedrecillas, o mejor aún, su propia casa. Comenzaron a caminar, sin embargo, todo estaba tan oscuro que apenas si sabían donde estaban uno del otro. Decidieron, entonces, tomarse de la mano para no perderse y buscar algún sendero palpando a su alrededor. Así caminaban lentamente, buscando lo que les parecía una salida.

En un momento llegaron a un claro, y en lo alto, brillaban miles de estrellas de colores. Gretel se detuvo y dijo:
— Mira, hermanito. Los duendecillos subieron las estrellas que anoche seguimos en el cielo.
Hansel, quién siempre había admirando el bello resplandor de las estrellas, se cobró de ánimos y, reconociendo la constelación de Los Gemelos que su padre alguna vez le había enseñado, recordó cómo ésta se veía, en esas fechas, desde la ventana de su habitación. Así intentó imaginarse dónde podría encontrarse su casa.

En ese momento escucharon sobre ellos una vocecita que les decía:
— ¡Por aquí... Por aquí...!
La voz pertenecía a un lorito blanco del bosque, pero Gretel, que creía en la existencia de los duendecillos creyó que se trataba de los amiguitos de Hansel. Hansel sabía que no eran duendecillos, pero como no tenía otra forma de salir del bosque, decidió confiar en la vocecita. Así lo hicieron y pronto llegaron a una extraña y maravillosa casa, hecha de dulces, galletas y jengibre. Estaban comiendo cuando una viejita salió de la casa y les dijo:
— Vengan adentro, y tendrán más dulces que comer y una cama suave para dormir.
Pero la dama amable era en realidad una bruja malvada que transformaba a los niñitos en galleta, para luego comérselos. La bruja obligó a Gretel a trabajar sin descanso, y encerró a Hansel en una jaula para que engordara y, de esta forma, hacer una gran galleta de él. Cada día la bruja examinaba los dedos de Hansel para saber si estaban lo suficientemente gordos, y cada día Hansel, sabiendo que la bruja tenía muy mala vista, le mostraba un hueso de pollo en vez de su dedo. Pero un día, la bruja no quiso esperar más.
— Pon a calentar la masa —dijo a Gretel— hoy convertiré a tu hermano en galleta y me lo comeré.
Gretel se enojó tanto, y gritó tan fuerte, que la bruja decidió transformarla en galleta a ella también.
— Voy a hacerte un dulce especial para tu comida de hoy; mete tu cabeza en el horno para ver si está bien caliente —le ordenó la bruja.
Pero Gretel adivinó que trataba de engañarla y le contestó:
— ¿Cómo lo hago?
— ¡Niña tonta! —respondió la bruja, y abrió la puerta del horno mágico para mostrarle cómo.
En ese preciso momento, Gretel la empujó dentro del horno y cerró la puerta; luego se apresuró a liberar a Hansel.

En el momento en que los niños salieron de la casa de dulces, el hechizo que la bruja había mandado contra todos los que se acercaban a la casa desapareció: los bizcochos y golosinas que formaban los ladrillos de la casa se transformaron en caballeros, los caramelos y bombones que formaban las tejuelas de la casa se convirtieron en señoras, las tortas y las rosquillas que formaban los escalones de la casa se transformaron en viejitos, las galletas y las obleas que formaban la cerca de la casa se transformaron en niñitos, y los dulces que formaban las flores del jardín se convirtieron en duendecitos.

Cuando todos se dieron cuenta de lo que había ocurrido, tomaron a Hansel y a Gretel y los abrazaron, agradeciéndoles por haberlos liberados del hechizo de la malvada bruja. En recompensa a su valor, todos decidieron darle algo a los niños. Así que, entre recompensa y recompensa, Hansel y Gretel llenaron un cofre de monedas de oro. Los que estaban reunidos se asombraron de ver a los duendecillos, pues nadie creía que ellos existiesen.

Los duendecillos, por su parte, se acercaron a los niños para darles su monedita de oro y, en ese momento, Gretel los saludó muy amablemente y les dijo:
— Estábamos preocupados por ustedes, los estuvimos buscando antes de llegar aquí.
Los duendecillos, que conocen el corazón humano y saben cuando alguien dice la verdad, se sorprendieron de que la niña supiese de su existencia. Llegaron a la conclusión de que la niña debía ser una hija de las hadas, de otro modo no se explicaban tanta convicción y bondad en un corazón humano. Si la niña era hija de las hadas, quizá su hermano también lo era. Decidieron entonces otorgarles, además de una monedita de oro por cada duende, un deseo para Hansel y otro para Gretel.

Gretel, que echaba mucho de menos a su padre les pidió:
— Quisiera que volviéramos a casa con nuestro padre.
Los duendecillos dijeron:
— ¡Pedido y hecho!
Y al momento se encontraban a las afueras del bosque, justo al lado de su casa. Entretanto los niñitos que quedaron libres en el bosque se fueron a sus casas a encontrarse con sus padres, los viejitos se fueron a sus aldeas a encontrarse con sus hijos y nietos, las señoras se fueron a comadrear al pueblo y los caballeros se fueron a perseguir dragones y rescatar princesas.

Ahora le tocaba el turno a Hansel, quién, cortés e ingenioso como siempre les dijo a los duendecillos:
— No hay mayor deseo que estar con los que uno ama. Este era el mismo deseo que yo quería, y puesto que ya lo habéis cumplido os libero de todo compromiso.
Los duendecillos, al oír estas palabras, se asombraron más aún de la modestia de corazón de los niños y les respondieron:
— Hansel y Gretel: siempre seremos sus amigos. Si alguna vez llegan a necesitar algo, nosotros apareceremos en el momento oportuno, ése será un regalo especial para ustedes. Y si en alguna ocasión, vuelven a perderse de noche en el bosque les contaremos un secreto: caminen tomados de las manos guiándose por las estrellas. Si hacen esto un lorito blanco, que es el lorito de la buena suerte, aparecerá y les señalará el camino.
Los niños y sus nuevos amigos duendecillos se despidieron, y nuevamente en casa, apareció su padre. ¡Qué feliz estaba el leñador cuando volvió a ver a sus hijos! Los había estado buscando y temía que hubieran muerto en el bosque. Los niños le contaron la ventura y su padre les explicó que la mala madrastra había decidido irse para siempre. Así felices y contentos entraron a su casa, su padre les cocinó una rica sopa de pollo y fueron muy felices.

Hansel y Gretel a veces jugaban con los duendecillos en el bosque y otras veces hacían el bien a otros, ya que habían amaestrado al lorito blanco de la buena suerte y éste los ayudaba constantemente. Nunca más pasaron hambre ni frío puesto que el cofre en el que habían guardado las moneditas de oro era un cofre mágico que había pertenecido a la bruja, y todo lo que uno guardaba adentro se multiplicaba, de modo que el cofre nunca estaba vacío, pero Hansel y Gretel no lo sabían.



FIN

Caperucita Roja

Basada en la versión de los Hermanos Grimm


Ilustración de Shiba Productions, 1969

Había una vez una hermosa casita cerca de un bosque. En ella vivía una buena y dulce niña, a quien llamaban Caperucita Roja, pues acostumbraba usar una bella capita roja.

Cierto día, su madre le pidió que llevara una canasta con ricos alimentos, panecillos, frutas y pasteles a su querida abuelita, que se encontraba enferma en su casita del bosque. Caperucita, que era una buena niña y que quería mucho a su abuelita, obedeció de inmediato.

Cuando Caperucita iba camino del bosque, de pronto apareció delante de ella un lobo.
— ¿Hacia dónde te diriges, Caperucita Roja? —preguntó el lobo.
— ¡Hola Señor Lobo! Voy a casa de mi abuelita que vive en el bosque, para sorprenderla con un regalo. —contestó Caperucita.
El lobo miró con mucha astucia a Caperucita y le dijo:
— ¿Por qué no cortas unas bellas flores de colores para ella?
— Gracias, señor lobo, es muy buena idea. —contestó Caperucita.
Y mientras Caperucita Roja estaba cortando flores, el lobo se dirigió muy velozmente a la casa de la abuelita, que estaba en el interior del bosque. Al llegar, tocó la puerta, y, fingiendo la voz, dijo así:
— Soy yo, abuelita, Caperucita Roja, que te traigo ricos panecillos, frutas y pasteles.
La abuelita, que no oía muy bien, abrió la puerta y, en seguida, el lobo feroz empezó a perseguirla por toda la casita. Al fin la alcanzó, y, como tenía tanta hambre, se la comió de un solo bocado.

El lobo malvado se preparó para recibir a Caperucita Roja, pues todavía tenía mucha hambre. Se puso muy rápidamente una de las batas de dormir y uno de los gorros de la abuelita. Y, así disfrazado, se metió a la cama, listo para devorar también a la dulce niña.

Poco después, Caperucita llegó a la casita y se llevó una sorpresa muy grande al ver al lobo disfrazado con la ropa de su abuelita.
— ¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
— Son para oírte mejor, pequeña. —contestó el lobo.
— ¡Y qué ojos tan grandes tienes, abuelita!
— Son para verte mejor, pequeña. —respondió el lobo.
— ¡Y qué dientes tan grandes tienes, abuelita!
— Son para... ¡comerte mejor, pequeña!
Y, al decir esto, el feroz lobo saltó de la cama y empezó a perseguir con fiereza a Caperucita Roja. Caperucita corrió todo lo que pudo, y el lobo seguía detrás de ella, destrozando y rompiendo todo lo que se le atravesaba, Caperucita, entonces, empezó a gritar con todas sus fuerzas, pidiendo que alguien la ayudara.

De pronto, cuando Caperucita se creía perdida, un leñador del bosque, que había oído los gritos a lo lejos, entró a la casita gritando:
— ¡Suéltala, lobo malvado, que yo te daré tu merecido!
El leñador mató de inmediato al lobo con su filosa hacha, y, dentro de él encontró todavía con vida a la anciana abuelita, muy asustada pero muy contenta de que todo hubiera salido bien. Caperucita Roja y su abuelita le dieron las gracias al leñador, pues, si no hubiera sido por él, las dos hubieran sido devoradas por el malvado lobo. Y, todos muy felices, se sentaron a la mesa de la casita del bosque, a disfrutar de los ricos alimentos, panecillos, frutas y pasteles.


Fin