Al borde de un bosque antiguo se alzaba una cabaña donde vivían una madre y sus dos hijos, Elisa y Federico.
Algunas madrugadas, el bosque despertaba cubierto por una fina niebla que hacía parecer las cosas más lejanas de lo habitual. Y, mientras las hojas de los árboles se mecían con la primera brisa, los gruesos troncos permanecían inmóviles, como si escucharan una voz misteriosa en las profundidades de sus raíces.
Por temor, los aldeanos hablaban poco de aquel lugar. Decían que, en su corazón, vivía una anciana conocida como la Maga de los Enanos. Nadie sabía con certeza si era bondadosa o cruel; solo afirmaban que el bosque cambiaba para siempre a quienes se adentraban en él sin respeto.
Una mañana, Federico preguntó:
—Madre, ¿podemos recorrer el sendero? No iremos lejos.
La mujer detuvo por un instante el trabajo de sus manos y clavó la mirada en la línea oscura de los árboles.
—El bosque es hermoso y tiene muchas flores este año, pero no siempre muestra el mismo rostro. Si entráis en él, caminad con prudencia. No os alejéis del sendero ni vayáis más allá del gran roble cuya copa se aprecia desde mi ventana.—Sí, madre —respondió Federico—. Volveremos antes del atardecer.
Elisa sonrió en silencio, y así fue como se aventuraron por el camino. Al principio todo era luz. Las flores nacían entre el musgo y los pájaros se cruzaban a su paso como pensamientos felices. El viento jugaba con los cabellos de los niños y una canción, o tal vez una voz extraña, parecía viajar sugerente en el aire.
—Escucha... —susurró Elisa.—¿Qué oyes?—No lo sé. Es como si el bosque respirara.
Federico guardó silencio. También él comenzaba a sentir que cada paso los llevaba hacia un lugar donde el tiempo fluía de otra manera. Caminando sin rumbo, hechizados por el entorno y sus misterios, perdieron la noción de las horas. Sin darse cuenta, dejaron muy atrás el gran roble.
—¿Dónde estamos? —preguntó de pronto Elisa, confundida.
Federico miró hacia atrás y solo entonces comprendió que el sendero había desaparecido.
—¡Estamos perdidos! —exclamó la niña, asustada.—No estamos perdidos —respondió Federico, intentando hacerse el valiente—. ¡Mira! Por allá se eleva una columna de humo. ¿Ves? Seguramente mamá está preparando algo en casa.
Creyendo que desandaban el camino, se dirigieron hacia el humo que despuntaba detrás de la arboleda. Pero al llegar descubrieron que, en realidad, se habían internado en lo más espeso del bosque. Aquel humo no provenía de su hogar, sino de una pequeña y extraña casa.
La cabaña se apoyaba contra una roca cubierta de líquenes, como si hubiera brotado de la tierra al igual que las raíces que la rodeaban. De su techo ascendía la delgada estela gris que se perdía entre las ramas.
—Parece que vive alguien aquí —dijo Elisa en voz baja.
Curioso, Federico se acercó a investigar. Una cortina verde ocultaba el interior de la ventana. En la penumbra de un arbusto cercano, un búho inmóvil los observaba; sus ojos brillaban con una luz amarillenta y atemorizante.
—Vámonos... —suplicó la niña, temblando.
Pero Federico, dominado por la imprudencia, recordó las historias que se contaban sobre la vieja del bosque. Sin medir las consecuencias, recitó en voz alta una rima burlona que los muchachos repetían en la aldea:
“¡Óyeme, Maga,
Maga de los Enanos,
Maga de los Enanos,
enséñanos la cara,
muéstranos las manos!”
♪
♪
Avergonzada y temerosa, Elisa se cubrió el rostro. El silencio se hizo profundo. De pronto, la cortina verde se corrió y unos ojos chispeantes escrutaron a los niños. Se oyeron pasos arrastrados, se abrió una mirilla corrediza en la puerta de madera y se asomó una mujer encorvada. Era tan anciana que sus arrugas parecían cortezas del mismo bosque.
La bruja clavó su mirada en ellos y sentenció:
“¡Mi nombre el viento os oyó decir,
ahora otro cuerpo habréis de lucir.
Si Maga de los Enanos me llamáis,
que en enanillos os convirtáis!”
♪
♪
La anciana inclinó apenas la cabeza y sonrió con malicia. El búho abrió lentamente las alas y graznó. El viento cambió de golpe. Los niños sintieron que la tierra se alejaba de ellos como en un sueño. Cuando volvieron a mirarse, habían dejado de ser quienes eran: dos pequeños enanos ocupaban ahora su lugar.
Elisa rompió a llorar.
—¡Federico... mira lo que nos ha ocurrido!
Él quiso responder, pero las palabras le parecieron demasiado pequeñas para explicar tanto miedo.
Muy lejos de allí, la madre esperaba. Las sombras crecieron y cayó la noche. Al ver que los niños no regresaban, el amor de madre venció al miedo y salió al bosque a buscarlos, llevando consigo un candil de cristal para iluminar el sendero.
—¡Federico! ¡Elisa! —clamaba en la oscuridad.
Como un eco, las hojas repetían su voz y los arroyos parecían responderle. Pero nadie acudía. Cuando la esperanza comenzaba a apagarse, una claridad misteriosa descendió entre los árboles. No tenía forma precisa; era como la luz de la luna reflejada sobre el agua en calma. De aquella visión brotó una voz apacible:
—No temas, buena mujer. Soy el hada de este reino.
La madre levantó la mirada, bañada en lágrimas.
—He perdido a mis hijos en el bosque.—Nadie se pierde del todo mientras alguien continúe buscándolo —le aseguró el hada—. Pero la bruja del bosque los ha convertido en enanos. Ahora viven ocultos en una cueva custodiada por una serpiente.
El hada señaló hacia la espesura.
—Una paloma blanca caminará delante de ti; síguela. Antes del amanecer encontrarás dos lirios, uno rojo y otro blanco. Esas flores recordarán a tus hijos quiénes fueron antes del hechizo. Cuando llegues a la cueva, no temas a la víbora y entra. Te aseguro que ellos estarán ahí.
El hada se desvaneció en el aire. La mujer avanzó con su candil, iluminando el sendero sinuoso. Pronto encontró a la paloma blanca. El ave la condujo hasta un prado escondido donde halló flores de todos los colores. Tomó un lirio rojo y otro blanco, y continuó siguiendo al ave hasta la boca de una cueva abierta en la roca.
Una enorme serpiente descansaba junto a la entrada. La mujer sintió cómo el pánico le cortaba la respiración, pero recordó las palabras del hada, e invocando valor, dio un paso. Luego otro. La serpiente permaneció completamente inmóvil.
—“¡Que se haga tu voluntad, buen hada!” —confió para sí, la mujer, y saltó sobre la víbora.
Ya dentro de la cueva y con su candil, caminó hasta el fondo. Allí encontró a dos pequeños enanos sentados junto a una fogata. Parecían haber olvidado su humanidad, pues actuaban como criaturas del bosque y se asustaron tanto con la presencia de la mujer que ni siquiera levantaron la cabeza.
Sin embargo, una madre reconoce incluso el silencio de sus hijos.
Se arrodilló suavemente. Con el lirio rojo tocó la frente de Federico, y con el blanco, la de Elisa. Al instante, la cueva se llenó de un perfume semejante al de la primavera después de la lluvia. La vieja apariencia comenzó a desvanecerse como una sombra que el alba disuelve. Los dos niños volvieron a ser ellos mismos y, al verse en brazos de su madre, rompieron a llorar de emoción.
—¡Mamita, mamita! —clamaban, aferrándose a ella.
La madre los abrazó enternecida, agradeciendo con todo su corazón los designios del hada. Así pasaron el resto de esa noche en la cueva, cobijados al calor de la fogata.
Cuando por fin salieron, ya era de día. El sol bañaba los árboles y los pájaros cantaban otra vez. Juntos, desandaron el camino de vuelta a su cabaña, sabiendo que jamás olvidarían la lección del bosque.
Fin

