Cuentos Clásicos
El Reino de los Cuentos Perdidos

Los Tres Pelos del Diablo

Dorothea Viehmann & Hermanos Grimm

Adaptación para la noche de Halloween

Hace muchos años había un reino gobernado por un poderoso rey que poseía riquezas incontables, un ejército invencible y un castillo cuyas torres retaban al cielo mismo. Sin embargo, había algo que ni todo su poder podía concederle: un heredero varón que algún día ocupara su trono.

El destino le concedió, en cambio, una hija de cabellos como el oro fundido y ojos de azul intenso como los mares profundos. El rey asumió que, no teniendo varón alguno por heredero, debía buscar al príncipe más rico entre los reinos vecinos para que desposara a su hija cuando fuera mayor. Así los años pasaron y la pequeña se convirtió pronto en una hermosa princesa, y a medida que crecía, el rey se inquietaba debido a su ambición desmedida.

—Cuando llegue el momento, deberá casarse con el más rico príncipe de sangre noble —decía—. ¡Ningún hombre menos poderoso que yo compartirá mi trono!
Muy lejos de su palacio, en una humilde cabaña escondida entre encinos y robles, vivían un pobre leñador y su esposa. No tenían riquezas, ni títulos, pero criaban a un hijo nacido bajo la señal de un buen augurio: una estrella viajera que a la medianoche de su nacimiento había iluminado el firmamento a vista de un poblado vecino.

Una mañana, el rey llamó a su adivino: un anciano de barba blanca, conocedor de los secretos astrales, y capaz de leer el porvenir en las llamas de una vela.
—Dime, viejo, ¿con quién casaré a mi hija? ¿Cuál de los grandes príncipes de los reinos colindantes ocupará un día mi trono?
El adivino cerró los ojos, removió las cenizas de su brasero y murmuró un sortilegio en una lengua desconocida. De pronto, las llamas anaranjadas se tornaron verde vivo, y una profunda voz de ultratumba surgió del interior del fuego, pronunciando palabras prohibidas. El anciano palideció.
—Ma... Majestad —tartamudeó el adivino—, temo que el destino ya ha elegido por vos. Vuestra hija se casará... con el hijo de un humilde leñador nacido una medianoche, en medio del bosque, bajo el amparo de una estrella fugaz.
Sorprendido por tal revelación, el rey se puso en pie de un salto.
—¡Jamás! ¡Antes entregaría mi reino a las llamas!
Pero el adivino bajó la mirada.
—Pero, mi señor, hay caminos que ni siquiera un soberano como vos puede cerrar.
Encolerizado y sin piedad, el rey arrebató la espada de uno de sus guardias y ahí mismo decapitó al pobre adivino, ante el horror de su séquito.

Las siguientes noches, el monarca sufrió de pavorosas pesadillas; con la profecía y la muerte absurda de su leal vasallo dando vueltas en su cabeza. Finalmente tomó una fatídica decisión, y mandó a sus emisarios a indagar cuántos niños, hijos de leñadores pobres, habían nacido a la medianoche profetizada.

Sin embargo los emisarios, reconociendo las intenciones del rey, temían que su plan macabro llevase al reino al borde de la insurrección, por lo que convinieron en volver con la noticia de que ningún niño había nacido exactamente aquella medianoche, sólo niñas. Eso pareció tranquilizar al rey durante un tiempo, pero las pesadillas y la duda emergían con regularidad, por lo que, para asegurarse, envió en secreto a un espía que indagara las actas a lo largo y ancho de su enorme reino.

Así pasaron varios años, y un día volvió el espía con la noticia de que efectivamente ningún acta, en todo el reino, presentaba un solo niño nacido a la medianoche profetizada. Pero tras informarle, le comentó que una noche se alojó en casa de un leñador pobre y su esposa, quiénes tenían un hijo cuya fecha de nacimiento coincidía con el buscado; con el añadido —además— de que no figuraba en el registro local por su excesiva pobreza.

Le contó que al principio no lo consideró relevante y había estado a punto de dar por concluida su misión, cuando, antes de abandonar el pueblo, pasó por el bar local y oyó el relato de un ebrio sobre una estrella fugaz a medianoche sobre la casa del mismo leñador la noche del nacimiento del niño.

El rey pensó que era la señal definitiva, y al amanecer se vistió con las elegantes ropas de su cazador real, ocultó su corona bajo una capucha y cabalgó hacia el comentado bosque, siguiendo las indicaciones del espía. Ahí encontró la cabaña del leñador, y vio a los padres trabajando en su labor diaria junto a un niño que les ayudaba con manifiesto interés.
—Buenos días —saludó el rey, fingiendo amabilidad—. Soy el cazador oficial del rey. He oído que tenéis un hijo fuerte y obediente. Nos vendría bien un muchacho así en el palacio. Allí tendría comida, educación y un futuro mucho mejor que el que puede ofrecerle este modo de vida precario.

Los padres se miraron con tristeza. Separarse de su hijo les rompía el corazón, pero la promesa de una vida mejor los terminó convenciendo. Así que, con lágrimas en los ojos, se despidieron del niño y lo entregaron al desconocido. Éste lo acomodó sobre la grupa de su caballo bajo palabra de cuidarlo como a un hijo propio, y se internó en el bosque.

El rey cabalgó durante horas, hasta llegar a un lugar donde los árboles crecían tan juntos que tapaban la luz del sol. Allí encontró un pozo antiguo, cubierto de musgo y rodeado de espinos.

Miró a su alrededor y no había nadie.

—Lo siento, chico —murmuró sin emoción—. No puedes vivir.
Y sin más, arrojó al aterrado niño al interior del pozo.

El pequeño cayó, perdiendo el sentido al golpearse contra el fondo. Por fortuna, el pozo estaba seco y su caída no le causó heridas graves. El rey se alejó en su caballo, convencido de haberlo matado.

Una pastora que cuidaba sus ovejas en una colina cercana había presenciado toda la escena desde detrás de unos arbustos. Horrorizada, corrió hasta el pozo y, con una cuerda, consiguió rescatar al niño.
—Pobrecito... ¿Qué clase de monstruo te hace algo así? —le dijo con cariño en voz baja mientras lo estrechaba entre sus brazos para darle consuelo.
Lo llevó a su humilde hogar, curó sus heridas y lo alimentó. Como el niño desconociera el camino de regreso a casa, desde aquel día creció bajo el cuidado de la bondadosa pastora. Así aprendió a cuidar a los animales, a reconocer las plantas del bosque y a reconocer el viento ante la llegada de la tormenta. Ya era un muchacho trabajador, valiente y de corazón noble. Y así pasaron otros tantos años.

Una tarde de otoño, cuando las hojas cubrían los senderos y una niebla espesa se arrastraba entre los árboles, el rey se dirigió a una infaltable reunión con gobernadores provinciales. Así volvió a internarse en el mismo bosque, con dos guardias de escolta, y ya sea casualidad u obra del destino, se encontró con el joven que ahora vivía con la pastora, reconociéndolo de inmediato. El rey sintió que la sangre se le helaba, pero ocultó su sentir detrás de una fingida sonrisa.
—¡Muchacho! ¡Qué alto y fuerte pareces! ¿Qué haces viviendo en este lugar?
—Ayudo a mi hermana, mi señor —respondió el joven, que ya había olvidado la cara de su captor pero reconocía al rey por las vestimentas que se decían de él.
El rey lo observó detenidamente y supo que corría el riesgo de perder si lo retaba a pelear. Tampoco tenía una justificación para enfrentarle en compañía de su guardia personal, y no deseaba  arrastrar tras de sí un nuevo calvario de infamia que se había ganado tras decapitar al adivino frente a sus vasallos, años atrás. Así que sacó una bolsa de monedas.
—¿No preferirías dar a tu hermana este oro? Necesito a alguien que lleve ahora mismo una carta al palacio y se la entregue personalmente a la reina. Es urgente. Quién lo haga no deberá detenerse por nada ni por nadie.
El joven aceptó agradecido. El monarca escribió rápidamente una nota que selló con su sello real:
"Mi Reina: el muchacho que te entrega esta carta es un peligro para nuestra familia y nuestro reino. Es la razón por la que decapité al adivino. En cuanto llegue, hazlo detener, en silencio, y encadénalo en las mazmorras. No permitas que vea a nadie, y que nadie hable con él. Tan pronto como vuelva resolveré su destino. —El Rey"
Luego el joven partió veloz sin sospechar el macabro contenido en la carta.

Así fue como el muchacho avanzó durante horas. Atravesó senderos, cruzó arroyos y subió colinas hasta que el sol comenzó a ocultarse. Al caer la noche llegó a un cruce de caminos donde encontró a un anciano sentado junto a una piedra. Llevaba una larga capa gris, un sombrero de ala ancha y una pequeña lámpara cuya llama no se apagaba con el viento.
—Buenas noches, muchacho —dijo el anciano— fumando una larga pipa de madera. ¿Adónde te diriges con tanta prisa?
—Al palacio del rey. Llevo una carta urgente para la reina, pero temo haber tomado el camino equivocado.
El anciano lo miró fijamente.
—Te enseñaré el camino, pero descansa un momento, primero. ¿Puedo ver la carta?
El joven, cansado y sin malicia, se la enseñó. El anciano, sin romper el sello, leyó su contenido a contraluz de su lámpara. Sus ojos se endurecieron al recordar al adivino muerto que había sido su colega, y temió por la vida del joven.
—Así que el rey pretende torcer los hilos del destino...
—¿Conoce a Su Majestad? —preguntó el muchacho.
—Más de lo que quisiera, hijo. Y también conozco el destino que te aguarda si entregas esta carta. ¡Más sabe el diablo por viejo que por diablo!
Sacó el anciano una pluma y un pequeño pergamino. Con una habilidad extraordinaria, imitó la letra y firma del monarca. Luego moldeó un pequeño sello real de arcilla que endureció al fuego de la lámpara y selló una nueva carta dirigida a la reina. Cuando terminó, entregó su carta al joven y se guardó la carta del rey para entregársela al diablo.
—No siempre es el hombre coronado quien decide el destino de los demás. Entrégala sin temor —dijo el anciano.
El muchacho, que no había advertido el cambio, le agradeció el consejo y continuó su camino. Al llegar al palacio, la reina recibió la carta, y al leerla, sus ojos se iluminaron de alegría. El mensaje decía:
"Mi amada Reina: el muchacho que te entrega esta carta es un orgullo para nuestra familia y nuestro reino. Procura que sea recibido con todos los honores y que, sin demora, se celebre su matrimonio con la princesa. —El Rey"
La boda se preparó aquella misma noche. Al día siguiente, entre campanas, flores y música —y sin la presencia del malvado rey, claro está—, el hijo del leñador se casó con la princesa, quién aceptó con gusto la sagrada unión, pues ambos se enamoraron desde el primer instante.

Cuando el rey regresó de su viaje y descubrió lo sucedido, montó en cólera.
—¡¿Cómo os habéis atrevido?! ¡¿Quién ha dado semejante orden?!

La reina le mostró la carta.

El rey la examinó y reconoció su propia letra, firma y sello, pero por más que buscó una explicación, no pudo encontrarla. Recordó al adivino decapitado y pensó que, quizá, su fantasma había intercedido por el joven ante el mismo altísimo. Sólo entonces sintió un temor visceral y asumió que libraba una guerra directa contra el destino.

Su hija, entretanto, estaba feliz. El joven la trataba con cariño y respeto, y ella lo amaba sinceramente. El rey comprendió que no podía deshacer el matrimonio sin provocar un escándalo que pondría en peligro su autoridad.

Un día decidió el rey recurrir a un último y desesperado recurso. Frente a sus leales súbditos, llamó a su yerno a la sala del trono.

—Si deseas ser mi heredero —dijo con una sonrisa fría—, deberás demostrar que eres digno de ello. Tendrás que viajar hasta las puertas del infierno y traerme tres cabellos del diablo. Solo entonces reconoceré tu valor.
El muchacho comprendió que aquella era una misión casi imposible. Pero no quiso desafiar abiertamente al rey y, después de despedirse de su esposa, emprendió el viaje. Caminó durante muchos días y noches... atravesó bosques de árboles inclinados por el viento, cruzó pantanos de aguas lodosas y recorrió senderos por los que nadie transitaba desde hacía siglos. La idea de enfrentar al diablo lo aterraba, naturalmente, y a veces le parecía oír voces que pronunciaban su nombre desde la oscuridad. Otras veces veía luces inquietantes que desaparecían entre los árboles en cuanto intentaba acercarse.

Pero aún así siguió adelante, por amor a la princesa.

Una tarde llegó al pie de una montaña. Su cima estaba cubierta por oscuras nubes de azufre, y de sus laderas brotaba un viento caliente que quemaba la piel. Ahí había tres cuevas, y frente a ellas se levantaba una barrera de piedra, custodiada por un guardián que, inmóvil, sostenía una bandera roja. Su rostro era pálido, de ojos hundidos y expresión de cansancio eterno.
—Buenas tardes, señor —saludó el joven—. ¿Podría indicarme cuál de estas cuevas conduce hasta la morada del diablo?
El guardián, con su única mano libre, señaló las entradas.
—La tercera de la derecha. Allí encontrarás al señor de las tinieblas.
—Muchas gracias —respondió el joven.
—Por nada —dijo el guardián.
—Dígame algo más... ¿Por qué permanecéis aquí, sin moveros, sosteniendo esa bandera?
El hombre suspiró.
—Esta es mi condena. Llevo tanto tiempo aquí que he olvidado por qué llegué o cómo era caminar. Si alguna vez alguien me revelase el secreto de mi castigo, tal vez podría librarme de el.
—Si encuentro la respuesta, os la traeré —prometió el muchacho.
Y abriendo el portón del muro se dirigió hacia la tercera cueva.

Adentro era seco y oscuro. El suelo estaba cubierto de cenizas y las paredes parecían sudar una sustancia negra. A lo lejos se escuchaban gruñidos, como si cientos de bestias durmieran bajo la montaña. Finalmente llegó a una enorme cámara iluminada por brasas rojizas y, junto a la puerta, un enorme tridente de metal al rojo vivo.

Allí estaba el diablo, durmiendo plácidamente. Era una criatura gigantesca, de piel carmesí, cuernos retorcidos y una barba larga que parecía hecha de raíces secas. Dormía sobre un trono de hierro, y cada respiración suya hacía temblar las paredes. El muchacho se acercó con cuidado y enrolló tres cabellos de su barba en su dedo índice. Luego los arrancó de un fuerte y seco tirón. El diablo abrió los ojos de golpe.
—¡¿Pero quién demonios se atreve a despertarme?! —gritó enfurecido.
Su voz hizo estremecer la montaña. Una llamarada brotó de su boca y las cadenas que colgaban del techo comenzaron a agitarse solas. El joven retrocedió, temblando, pero consiguió conservar la calma.
—Perdonad, señor de las tinieblas. He venido a pediros vuestra ayuda.
—¡¿Mi ayuda?! —rugió el diablo— ¡Has arrancado tres pelos de mi barba! ¡Te haré cenizas!
—Lo comprendo, señor. Pero antes permitidme haceros una pregunta. Si no sabéis responderla, acepto vuestro castigo.
El diablo sonrió mostrando unos dientes largos y afilados.
—Que aceptes o no es irrelevante. Pero habla, miserable. Procura que tu pregunta merezca mi tiempo.
Recordó el muchacho al guardián de la entrada.
—He conocido a un hombre que lleva una eternidad inmóvil, sosteniendo una bandera. ¿Por qué está condenado a permanecer allí?
El diablo soltó una carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ese pobre infeliz! Su condena terminará cuando entregue la bandera a otro y se marche sin mirar atrás. Pero es demasiado tonto para comprenderlo.
—Entiendo, señor. Bien, no le hago perder más su tiempo. Me marcho.
El diablo se acarició la barba, extrañando sus tres pelos.
—No te marcharás: sufrirás eternamente el peor de los castigos. Así que si eso es todo y a no ser que ocurra ahora mismo un milagro, descubrirás el dolor en toda su gloria.
El diablo tomó el tridente encendido y lo enterró en el suelo. De la punzada brotó una línea de fuego, trazando un círculo alrededor del joven. Atrapado, recordó las palabras del anciano en el camino: "Más sabe el diablo por viejo que por diablo", y lo retó a responder una última pregunta:
—¡Impresionante! —exclamó— Pareces formidable desplegando toda tu fuerza y poder frente a un simple muchacho como yo. ¿Serías igual de poderoso si me otorgaras tan sólo una mísera oportunidad de responder con el mismo grado de poder?
Confiado, el diablo rió con otra carcajada infernal.
—¡Ja ja ja ja ja! Podría condenarte fácilmente ahora mismo, pero que no se diga que el diablo no dio oportunidad a este atrevido. Y como me arrancaste tres pelos de la barba te daré poder sobre tres palabras, solamente, para que te defiendas, a ver si puedes. Vamos... ¡Habla!

Y volvió a reír con sus ojos encendidos en flamas, esta vez con una risa aún más tenebrosa y profunda.

Su vida vio pasar el muchacho ante sus ojos, pero recordó a su amada princesa y, controlando su temor, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Vete al diablo!
El diablo puso cara de espanto. Un diablo aún más fuerte y poderoso apareció detrás del diablo, engulléndolo de un solo bocado para luego hundirse entre las brazas ardientes. El círculo de fuego se apagó y el muchacho no perdió un solo segundo: salió corriendo de la cueva y descendió por la montaña a toda velocidad.

Cuando llegó a la barrera, encontró al guardián esperándolo.
—¡Habéis vuelto! —exclamó el hombre, asombrado—. Eres el primero que lo logra. ¿Habéis descubierto el secreto de mi condena?
—Sí. Debéis entregar vuestra bandera al siguiente visitante y marcharos sin mirar atrás.
El guardián lo miró sorprendido.
—¿Es todo?
—¡Es todo!
El hombre contempló la bandera durante unos instantes. Después miró al joven, que ya estaba a una distancia prudente para no recibirla.
—¡Buena suerte! —le deseó el joven.
—¡Buena suerte! —respondió el guardián.

Y sin decir nada más, el muchacho retornó su camino.

Así, con los tres cabellos del diablo cuidadosamente guardados, regresó al palacio. El rey lo recibió con una mezcla de asombro y rabia.

—¡No puede ser! —exclamó al ver los cabellos, que por su aspecto ardiente no podían ser sino del diablo— ¿De verdad has estado en las puertas del infierno?
—Así es, majestad. Aquí tenéis lo que me pedisteis.
El rey examinó la evidencia mientras escuchaba el relato del muchacho y sintió que la envidia le quemaba por dentro.
—Si el hijo de un leñador pobre y sin títulos ha conseguido semejante hazaña, ¿que más puede hacer un rey como yo? —pensó para sí— Iré a la montaña, encontraré al diablo y regresaré con sus cuernos y tesoros.
Sin perder tiempo, ordenó preparar su caballo y partió hacia el bosque. Pero el rey no conocía los caminos que había recorrido el joven, ni había aprendido a escuchar las advertencias de quienes encontraba en ellos. Aún así, tras varios días de viaje llegó por casualidad a la montaña. Allí estaba el guardián sosteniendo la bandera roja.
—¡Eh, tú! —gritó el rey— Quiero hablar con el diablo. ¿Cuál es su cueva?
El hombre, que ahora conocía el secreto de su antigua condena, sonrió.
—Con gusto le llevaré personalmente a la cueva del diablo. ¡Sostenga la bandera un momento para abrirle el paso!
El rey miró la bandera con desprecio, y la sostuvo.
—¡Date prisa, no tengo todo el día! —rugió.
Al verse liberado el guardián de su condena, echó a correr muy lejos y con todas sus fuerzas. Estupefacto por su accionar, el rey le vio alejarse, hasta que notó que no podía moverse ni soltar la bandera que sostenía firmemente con ambas manos.
—¡Eh! ¡Regresa! —gritó desesperado el monarca.
Pero el antiguo guardián ya había desaparecido.

Esa noche las nubes de azufre encendido cubrieron la cima de la montaña y un trueno retumbó en las entrañas mismas de la tierra. A lo lejos, desde el interior de la tercera cueva, llegó una carcajada profunda y temible. Era el diablo, naturalmente.

Desde entonces, en las noches de tormenta, algunos viajeros aseguran haber visto a un hombre vestido con ropas reales junto a la entrada de las cuevas. Tiene el rostro envejecido, los ojos pasmados de temor, y una corona oxidada sobre la cabeza. A veces levanta la mirada hacia los caminantes y suplica:
—¡Sostened mi bandera, por favor! ¡Solo necesito un momento para descansar!
Pero nadie se atreve a acercarse.

Al perderse el paradero del rey, el muchacho fue proclamado heredero legítimo y ocupó el trono. Junto a su reina gobernaron con sabiduría, protegieron a los humildes y recompensaron con creces a la pastora que le había salvado la vida.

Fin

Nota

La historia original, mucho más extensa y compleja, fue relatada oralmente por Dorothea Viehmann a los Hermanos Grimm, que la incorporaron a sus recopilaciones publicadas en su edición de 1819. La presente es una interpretación personal, inspirada en una versión de la Editorial Susaeta de 1973.

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