Cuentos Clásicos
El Reino de los Cuentos Perdidos

La princesa y el guisante

Erase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero entenderlo bien, una verdadera princesa. Decidió hacer un viaje para encontrar a la esposa ideal. Durante meses y meses navegó en los mares más peligrosos, atravesó los bosques más salvajes y escaló las montañas más altas. Por todas partes buscó a su futura mujer. Por supuesto no faltaban princesas. Cada reino tenía una, pero el príncipe nunca estuvo seguro de sus orígenes.

- ¿Me habrán dicho la verdad o se hacen pasar por princesas con la única esperanza de casarse conmigo y vivir de mis riquezas? ¿Dónde se esconde la princesa de mis sueños, dulce e inteligene que sabrá hacerme feliz? -Había pasado un año desde su partida.
- ¡Eres muy exigente! -Le dijo un rey, que lo había visitado a su palacio. Mi hija es una verdadera perla. ¡Mírala bien y si no te gusta, palabra de rey que nunca encontrarás una princesa para ti!

¡Oh, por supuesto que la princesa tenía unos ojos preciosos y demanes reales, pero hablaba como una oca y parecía demasiado presumida!. Bien afligido, elpríncipe volvió a su palacio. Los guardianes le reconocieron enseguida, y tocando las trompetas bajaron el puente levadizo.

¡Qué triste regreso! El rey y la reina intentaron consolar a su hijo, pero el príncipe estaba muy decepcionado.

Una noche estalló una violenta tormenta, llovís mucho, tronaba, los relámpagos estallaban en un cielo más negro que nunca. Todos los habitantes del castillo se alegraban de encontrarse fuera, cuando de repente alguien llamó a la puerta. El mismo rey se encargó de abrir, no pudiendo dejar a quien quiera que fuese bajo este aguacero.

Una joven entró con el cabello chorreando. Estaba empapada de la cabeza a los pies y tiritaba de frio. Después de haberse calentado, y cuando hubo terminado de comer lo que le habían servido, se presentó como una verdadera princesa y dijo:

- Yo paseaba por el bosque cuando me perdí. La lluvia me sorprendió y me refugié en su casa. Les agradezco sinceramente su acogida. -El príncipe deseaba que fuera cierto de tan bonita que era.

- ¡Ella dice ser una princesa..., es lo que voy a intentar descubrir! -Se dijo la reina, que era astuta y que quería ante todo la felicidad de su hijo.

Ella misma fue a preparar la habitación de la joven, y sin decir nada a nadie deslizó con suavidad un guisante debajo del colchón. Enseguida llamó a sus sirvientes, y les mandó traer todos los colchones del castillo. Los sirvientes obedecieron y amontonaron uno, después de otro, después de veinte colchones. La reina aconsejó a la joven irse a dormir. Al día siguiente, en cuanto esta se levantó, la reina le preguntó si había pasado una buena noche.

- ¡Oh no! contestó, ¡he dormido bastante mal. Algo duro me ha dolido, y no he parado de dar vueltas y vueltas toda la noche!

Ante esta respuesta la reina se quedó muy satisfecha. Le contó su secreto a la joven y la acompañó a ver al príncipe.

- Príncipe, hijo mío. -Dijo la reina- ¡Sólo una verdadera princesa puede sentir la presencia de un minúsculo guisante entre el espesor de veinte colchones y edredones! ¡Qué mujer, sino una princesa, podría tener la piel tan delicada!

El príncipe convencido, estaba loco de felicidad, y siendo aceptado al pedirle matrimonio, se casó con la joven para gran satisfacción de sus padres. Por supuesto vivieron felices mucho tiempo, como pasa siempre en las historias de un príncipe y una princesa. El guisante tuvo un lugar de honor en el museo del palacio real, y todo el mundo pudo admirarlo en una caja de cristal.

Cuenta la leyenda, que siglos más tarde, el guisante fue regalado al hechicero más sabio del reino, y éste en su bondad, cambió el guisante por una vaca a un muchachito a quién llamaban "Pequeño Hans", pero esa ya es otra historia...

Los cuatro duendecillos


Hace ahora mucho tiempo, tanto tiempo que nadie lo recuerda, existían cuatro pequeños duendecillos que sabían hacer vino, pan, cortar y coser ropa. En resumen, sabían hacer de casi todo. Los pequeños duendecillos sólo eran felices si podían ayudar a las personas que no habían podido acabar sus tareas diarias. De esta manera, ellos iban de casa en casa para aliviar a las personas cansadas. Pero siempre hay un pero. Nuestros pequeños amigos deseaban trabajar solos y sin ser vistos.

Para eso, el momento más propicio era la noche, cuando todo el mundo dormía. Desde que las primeras velas se apagaban, los simpáticos duendecillos se deslizaban por el conducto de las chimeneas (igual que Santa Claus). Y de esa manera, entraban en las casas. Y sin hacer ruido empezaban a trabajar.

El primero en aprovecharse fue el panadero, que esta vez dormía como un niño: los duendecillos dosificaron la harina, amasaron la masa y cocieron el pan francés, las ayuyas, los broches y los deliciosos croissants. CUando despertó el panadero no podía creérselo.

- ¡No entiendo nada!

La estantería estaba llena de panes, dorados en su punto y listos para comer. Pero su malvada mujer, enterándose por comentarios acerca de la intervención de los misteriosos duendecillos, quiso deshacerse de ellos, poniendo como pretexto que favorecían la pereza de su marido.

A la noche siguiente los duendecillos fueron en busca del carnicero, que se iba a dormir temprano. Era un hombre fuerte, honesto y siempre estaba de buen humor. Mientras roncaba, los duendecillos le quitaron los cubiertos y prepararon el jamón, ahumaron el tocino y salaron los salchichones para que fueran vendidos al día siguiente. Es muy difícil explicaros la felicidad del carnicero, que pasó todo el día vendiendo los salchichones más buenos de la comarca. Tan buenos que nunca nadie hubiera podido hacer.

La tercera noche, los duendecillos eligieron la casa del vendedor de vino, que siempre dormía en su bodega. Era borracho, pero tenía buen corazón. Para animarse los duendecillos bebieron una gotita de vino rojo, y el trabajo empezó: pegar etiquetas, lavar y llenar las botellas, poner tapones gruesos de corcho. Los duendecillos trabajaron así, meses y meses, y todos estaban felices de poder pasear y leer cuentos, sin preocuparse por el trabajo.

Pero una noche de luna llena, nuestros amigos decidieron ayudar a un sastre, que sin la ayuda de éstos, nunca hubiera podido acabar el traje de gala encargado por un señor. El pobre sastre estaba enfermo y apenas tenía fuerzas para trabajar. Por otro lado, nada extraño, ya que la mujer era la peor de las arpías y le hacía la vida imposible.

La casa estaba tranquila, y todo el mundo parecía dormir. Entonces los duendecillos eligieron con esmero la tela más bonita. La cortaron y la cosieron. Estaban en eso cuando un gallo cantó la diana.

¡Era la señal de que se hacía de madrugada! Los duendecillos se ocultaron, y se pusieron de acuerdo para volver a la noche siguiente con el fin de acabar los vestidos. Al día siguiente el sastre bajó al taller, y cuando vió el trabajo realizado, dió un suspiro de alivio y volvió a la cama. Pero la mujer del sastre, no contenta con eso, decidió poner garbanzos en la escalera y esperar a los intrusos, escondida detrás de la cortina. Pobres duendecillos; tan buenos y tan mal recompensados.

Cuando nuestros amigos volvieron a la casa del sastre, para coser los últimos botones, resbalaron por la escalera, junto a la chimenea, con gran fracaso. Afortunadamente, ninguno de ellos se hizo daño y consiguieron salvarse, pero entonces llegó la mujer del sastre que había estado escondida esperándolos, y les persiguió con la escoba.

Desde ese día nadie los ha vuelto a ver. En el pueblo cada uno tuvo que trabajar muy duro para ganar su jornal y merecerse su descanso.

El panadero se levanta muy temprano para cocer el pan y el vendedor de vino siempre se retrasa en su reparto. Hoy todos recuerdan a los duendecillos, menos claro está, ¡La mujer del sastre!.

Pero, ¿a dónde se fueron los duendecillos?

Se sabe que un pequeño ratón, que los seguía siempre en sus andanzas, contó una noche al vendedor de vino (mientras compartían una copa) la historia de que los duendecillos se fueron a vivir a la casa de un viejo zapatero, que vivía en lo alto de una colina rodeada de bosques, pero esa es ya otra historia...

La esfera de Marskid


Ethan J. Connery

Esta es la historia de dos niños de verdad, que, como todos los niños, gustaban de aprender y de jugar. Uno se llamaba Rick, el otro se llamaba Marskid, pero entre ellos no se conocían, y eso es porque no eran dos niños iguales. Eran diferentes:

Rick era blanco y Marskid era de color verde.
Rick vivía en la Tierra y Marskid vivía en el espacio.
Rick creció en el pasado y Marskid venía del futuro.
Rick era humano y Marskid era marciano...

Sucedió así, que un buén día de primavera (de esos del siglo 20, ¡Que tiempos aquellos!), Rick caminaba por el sendero de un gran bosque, buscando fósiles, ya que como todo Scout gustaba mucho de explorar sitios remotos y acampar en la cumbre de los cerros.

Estando así el niño, en sus andanzas, medio perdido entre las montañas, apareció en lo alto del cielo una nubecilla dorada. La pequeña nube se escapó de sus papás mayores, las grandes nubes tormentosas que Rick veía entonces, y bajó para descansar un rato de tanto volar por el mundo.

Cual sería la suerte de Rick cuando se encontró con la pequeña nube cansada en el camino, y ambos se hicieron amigos, conversando lárgamente, esa tarde, junto a una fogata.

La nubecilla dorada invitó a Rick a volar para conocer la Tierra desde las alturas, y así sucedió que el pequeño Rick, sentado en su nube voladora, se elevó hacia el firmamento, volando lejos, más allá de los montes cercanos, más allá de las montañas que él conocía, más allá de las nubes tormentosas, más allá del firmamento estrellado...

...y así, volando, volando, llegó más allá del tiempo.

La nubecilla dorada descendió en una gran ciudad, colmada de luces y cristales, y se posó en la cumbre de un enorme edificio, que para Rick, más parecía una montaña.

Del suelo surgió una luz blanca y un simpático amiguito emergió como por arte de magia.

- Hola amiguito, ¡Bienvenido seas a la Tierra! -le dijo el personaje, que también era pequeñito, pero era de color verde y tenía una extraña vocecita que se oía en todas partes.
- ¡Hola amigo, vengo en son de paz! -le dijo Rick, levantando su mano derecha.
- ¡Si, lo sé! -le respondió su verde nuevo amigo a quién todos conocían como Marskid- ¡Ven, te invito a conocer la Tierra del Futuro!

Y así fue que Marskid y Rick, se fueron conversando muchas cosas en la nube voladora, mientras esta recorría unos bellos laberintos de luz.

Miles de estrellas de colores atravesaban el cielo, algunos colores eran tan increíbles que Rick nunca los había visto en su vida. La pequeña nube dorada bajó hacia el piso de la Tierra del Futuro, hacia un gran círculo de luz. Muchas personas, de todas las razas conocidas y desconocidas, se habían reunido ahí.

- ¡Hemos traído un emisario del siglo 20! -dijo el pequeño Marskid a las gentes que habían ido a ver- ¡Pasa amiguito, preséntate!

- ¡Hola, mi nombre es Rick! -les dijo el aludido- Gracias por invitarme a este lugar, es muy hermoso, y muy tranquilo, el laberinto de luz me recuerda a mis bosques. ¡Me gusta mucho la Tierra del Futuro!

Las personas sonrieron, aunque muchas hablaban diferentes idiomas, pero todos entendían lo que Rick les había querido decir.

- Gracias, Rick. -dijo Marskid, y luego agregó a grandes voces- ¡Ahora llevaremos a Rick a conocer la Tierra Alternativa!

Las personas se entristecieron cuando escucharon esta noticia y el pequeño Rick, aunque estaba maravillado por lo que veía, no entendía bién todo lo que ocurría. Pero sabía que se iba de ese lugar y decidió despedirse de la gente como hacen los humanos del siglo 20, levantó la mano derecha y comenzó a agitarla en el aire.

-¡Gracias por todo, me gustaría regresar algún día!

Pero, de pronto miró hacia arriba y un vacío negro y redondo, rodeado de una intensa luz (algo parecido a un eclipse) bajó y cubrió todo el lugar. Rick se encontró, de pronto, en un vasto desierto plano, con montañas llanas y cuevas abandonadas. El cielo parecía haber desaparecido, y así toda la gente. Sólo se movía un viento frío que levantaba algo de polvo, en medio de la noche más oscura que el niño de los bosques del siglo 20 había visto en su vida.

Ahí estaba Marskid, quién apoyaba su mano en el hombro de Rick. Marskid abrió su otra mano y una luz iluminó el lugar, y así, mientras Rick escuchaba, Marskid le contaba:

- ¡Mira amiguito, con mucha atención!
- ¿Qué es esto? ¿dónde estamos, Marskid?
- Esto es la Tierra Alternativa: como ves, no hay vida aquí. Todo tu pueblo yace desaparecido, al igual que el mío, no hay esperanza en este lugar. Sólo los fantasmas del pasado habitan estas oscuras moradas.

El niño de los bosque no podía creerlo, se sentía con miedo y desolado. Y miraba a su alrededor, esperando encontrar algo que le hiciera comprender qué había pasado con su mundo del siglo 20, o con el brillante mundo que acababa de conocer. Percibiendo su temor y su angustia, Marskid le indicó que mirara hacia lo alto. Y con un soplo de esperanza, Rick vió cuatro pequeñas estrellas azules que brillaban en las alturas.

Las estrellas descendieron y se posaron delante de Rick, y así pudo tocarlas. Las estrellas se unieron y su luz se hizo pequeña. En su lugar quedó una esfera dorada de cristal.

- Debes llevarla a tu tiempo, a tu mundo. ¡Por favor, escóndela en un lugar seguro! ¡En tus bosques! ¡En tus montañas!, y cuando sientas que se acerca el tiempo, vé a recuperarla.
- ¿Para qué sirve?
- Es lo único que puede salvar a tu gente. Ya has visto, Rick, las dos Tierras. Ambas dependen de tu mundo, y tu mundo depende de esta esfera de cristal.
- Pero, ¡Que extraño material! -exclamó Rick- al experimentar con la esfera que giraba brillante en su mano a voluntad- ¿de qué es?
- Es del material con que están hechos los sueños.
- ¿Y qué es lo que hace?
- Te concederá un deseo. Cuando crezcas llegará ese momento, sólo pide un deseo y la esfera te lo concederá sólo a tí y por tu propia, auténtica y consciente voluntad. ¡Procura cuidarla mucho y sobretodo, no olvides dónde la esconderás!
- Gracias Marskid, ¡eres un buen amigo, no olvidaré su destino!

Y así ocurrió que Marskid regresó a la Tierra del Futuro y Rick regreso en su nube voladora, a la Tierra del pasado, a sus bosques del siglo 20, escondiendo en lo profundo de las montañas, la pequeña esfera que brillaba con el poder de cuatro estrellas.

Pasaron muchos, muchos años, y en la espesura de los bosques, un explorador llamado Rick buscaba una esfera de cristal. El pequeño niño de los bosques había crecido, y había ido en busca de su preciado deseo.

Cuando llegó al lugar, otros seis exploradores, cada uno con una esfera similar, le esperaban. Los siete reunidos, pidieron un sólo poderoso gran deseo.

Esa noche, Rick durmió en las montañas y soñó con su amigo, Marskid, el pequeño extraterrestre marciano, que le sonreía en la distancia del tiempo y el espacio.

Pulgarcita

Hans Christian Andersen


Erase una vez una mujer muy triste porque no tenía hijos. Ella deseaba más que nada ser una verdadera mamá. Fue al encuentro de una vieja hada y le dijo:
— ¡Me gustaría tanto tener un hijo! Dígame, ¿qué puedo hacer?
— Aquí tiene una semilla mágica. Póngala en una maceta y verá —le respondió la bruja, que a pesar de su aparente frialdad, tenía una gran bondad.
La mujer le dió las gracias y volvió a su casa para plantar la semilla. En poco tiempo ella vió crecer una hermosa flor parecida a un tulipán.
—¡Qué agradable perfume! —decía mientras la respiraba.
En el interior, sentada sobre un tapíz de pólen, una niña diminuta le miraba sonriente.
—¡Tú no eres más grande que mi pulgar! —exclamó la mujer— ¡Te llamaré Pulgarcita!
La mujer le confeccionó una cuna a su medida. Ella ahuecó una cáscara de nuez, donde puso unas hojas de violeta en forma de colchón y un pétalo de rosa como manta. Durante el día, Pulgarcita jugaba sobre la mesa, cantándole bonitas canciones a su madre. Pero una noche de luna llena, un horrible sapo saltó al interior de la casa. Estaba tan entusiasmado por la belleza de Pulgarcita, que se la llevó con él:
—¡Será una buena esposa para mi hijo! —pensó muy satisfecho.
Cuando llegó cerca del pantano donde vivía, el sapo puso a Pulgarcita, que aún dormía, sobre una hoja de nenúfar. Después llamó a su hijo. Este era tan feo y desagradable como su padre.
—¡Qué bonita es!" —dijo él— ¡No hables tan fuerte, vas a despertarla. Vamos a dejarla en medio del estanque, y así ella no podrá escaparse!
Cuando al amanecer Pulgarcita se despertó, empezó a llorar.
—¿Dónde estoy? —se preguntaba.
—Te presento a mi hijo, tu futuro esposo. Vamos a construirte una nueva casa —le dijo el viejo sapo.
Y cogió la cama de Pulgarcita.

Los peces conociendo las malas intenciones de los sapos, se hicieron amigos de la pobre Pulgarcita. Decididos a impedir un matrimonio tan desgraciado, cortaron el tallo de nenúfar con sus pequeños dientes. La hoja arrastró a Pulgarcita hacia la orilla. Los sapos no pudieron alcanzarla. Pulgarcita alegre por haberse librado de los malvados sapos, estaba maravillada ante la belleza de la naturaleza. Era mediados de verano y las espigas de trigo se agitaban con un color amarillo magnífico. El sol, hacía brillar millares de pequeñas estrellas en la superficie del agua.

Los pájaros se posaban en los rosales, que apenas sujetaban el peso. Una amable mariposa se ofreció para ayudar a Pulgarcita a volver a la orilla. Anudó una hierba a la hoja y guió la pequeña barca. De pronto, una gran abeja elevó a la pequeña por los aires y la posó delicadamente en un campo de flores. Pulgarcita pasó el final del verano bebiendo gotas de rocío y regalándose el néctar de las flores.

En poco tiempo el otoño dejó paso al invierno. El sol se apagaba y las flores se marchitaban. Los primeros copos de nieve cubrían el campo y Pulgarcita tenía mucho frío. Torpemente, envuelta en una hoja muerta en forma de manta, dejó el prado en busca de un nuevo refugio para pasar el invierno. Continuó caminando, y tiritando, se encontró a una musaraña a la que contó sus desgracias.
— ¡Pobre pequeña, entra a calentarte. Aquí hay unos cuantos granos de maiz. Tómalos!
Los vientos helados soplaban sobre los campos, pero Pulgarcita se encontraba a gusto en el calor. Cada mañana, ella ayudaba a su amiga lo mejor que podía. Ella cocinaba, limpiaba la casa, pero sobretodo, explicaba sus múltiples aventuras. La ratita le escuchaba encantada.


El señor topo, vecino más próximo, tenía la costumbre de visitarla cada semana. Era un poco miope, y muy pronto se enamoró de Pulgarcita que poseia una bonita voz. Para pedirla en matrimonio, la invitó a su casa. Pulgarcita no tenía ganas de casarse con él, pero había sido tan amable, que ella no quería ser ingrata. Para ir a casa del señor topo tuvo que pasar por una larga y oscura galería, donde ella descubrió una pobre golondrina inconsciente. Pulgarcita sintió mucha pena, ya que quería mucho a los pájaros y a sus cantos tan armoniosos.
—Es necesario hacer algo —dijo ella, y corrió a buscar un poco de heno y una manta, que extendió encima del pájaro que parecía sin vida.
Apartando las plumas que cubrían la cabeza del pájaro, Pulgarcita le dió un beso, con los ojos llenos de lágrimas. De repente se levantó; había sentido un débil latido de corazón y la golondrina se despertó. No estaba muerta, sino adormecida por el frio. El calor de la manta le había devuelto la vida.
—Te estoy muy agradecida pequeña, nunca olvidaré lo que has hecho por mi. Tu me has salvado la vida y muy pronto podré volar de nuevo.
—Ahora es invierno —respondió Pulgarcita— Toda tu familia ha ido en busca de países más cálidos. Tienes que refugiarte y esperar a que llegue la primavera. No te preocupes, yo te traeré algo de comer y cuidaré de tí.
Durante todo el invierno, sin saberlo sus amigos, Pulgarcita curó a la golondrina con mucho cariño. Pasaron las semanas y cuando llegó la primavera, el pájaro completamente curado se echó a volar en el cielo azul. Hubiera acompañado con él a la pequeña Pulgarcita, pero ella no quería apenar a su amiga musaraña, que había sido tan acogedora con ella. A través de los rayos del sol, Pulgarcita muy triste, vio durante largo tiempo alejarse a la golondrina...

La niña continuó su vida monótona, hasta el día en que el señor topo fijó la fecha de la boda. Pulgarcita era muy desgraciada, ella no quería pasarse la vida en una topera oscura y gris donde nunca entraba el sol. La pequeña rata ayudó a Pulgarcita a coser su ajuar, pensando que había tenido mucha suerte al encopntrar un marido tan rico y amable. Pero Pulgarcita no paraba de llorar y la víspera de la boda estaba próxima. La pobre niña quiso salir por última vez a decir adiós al sol, que calentaba la tierra y hacía crecer las flores. A partir de ahora viviría como los topos. Levantó los ojos al cielo, y entonces, vió revolotear a su amiga golondrina. La llamó con todas sus fuerzas, y el pájaro se posó sobre una pequeña rama. Pulgarcita le explicó su desesperación al tener que casarse con el señor topo.
—Te voy a ayudar —dijo la golondrina— Monta en mi espalda y te llevaré conmigo al país del sol y las flores.
Pulgarcita se acomodó y la golondrina voló a las alturas. El viaje fue muy largo, pero Pulgarcita estaba muy ilusionada.
—¡Qué bonita es la tierra vista desde el cielo! —exclamó, y así fué como ellas llegaron a un país que olía a flores del campo.
—Elige la flor más bonita, y la que elijas será tu casa —dijo la golondrina a la niña fascinada, y dejó a Pulgarcita sobre una inmensa margarita.
Muy cerca de ella había un niño tan pequeño como ella, que la miraba tiernamente.
—Buenos días, yo soy el rey de las flores —dijo él.
—Buenos días, yo me llamo Pulgarcita y vengo de muy lejos.

Durante mucho tiempo jugaron y se pasearon juntos. Un buen día el pequeño rey cogió la mano de Pulgarcita y le dijo:
—¿Quieres casarte conmigo? Tú serás mi reina y nosotros podremos volar juntos.
Pulgarcita aceptó encantada, y desde ese día viven felices sin separarse, en medio de juncos y margaritas. Y a veces, cuando las golondrinas están cerca, Pulgarcita y el rey de la flores se van volando a visitar a la madre de Pulgarcita quien escucha entusiasmada las aventuras que le relata su querida y pequeña hija nacida de un tulipán :)

Piel de asno

Charles Perrault


Érase una vez un rey y una reina que gobernaban con sabiduría un pueblo al que no le faltaba nada. Ellos eran tan amados y respetados por sus súbditos, que podría decirse que eran los más felices del reino. De su unión, nació una niña a la que todos admiraban por su gracia y belleza. La riqueza y la abundancia reinaban en el palacio. Todos los extranjeros venían a admirar las bonitas caballerizas de rey, donde vivía un asno excepcional. Todas las mañanas, su cama de paja, en lugar de ser sucia y maloliente, estaba cubierta por piezas de oro y no de estiércol.

Pero un mal día, la reina contrajo una terrible enfermedad, que la habilidad de todos los médicos no podían remediar. Y sucedió que la reina murió. En su último aliento, ella hizo prometer al rey que si algún día se volvía a casar, eligiera a una mujer más inteligente y más bella que ella. Al poco rato ella cerró los ojos. El rey, sensible y enamorado, lloró día y noche. Y ante tanta tristeza, los ministros le rogaron que volviera a casarse.
— ¡Un palacio sin reina y sin príncipe heredero podrían suscitar una terrible codicia en los pueblos vecinos, y una guerra comportaría la ruina del reino!
El rey se comprometió a buscar entre las jóvenes casaderas, la que fuese más digna de él, descubriendo que, desgraciadamente, sólo su propia hija era más bonita que su propia madre. Su juventud, espíritu y su frescura confundieron al rey, que todavía trastornado por la muerte de su esposa, pidió a la princesa que se casase con él. La joven, llena de virtud y pudor, se quedó horrorizada ante tal proposición. Se tiró a los pies de su padre, y le suplicó que no la obligara a cometer una acción semejante. Pero el rey le ordenó que obedeciera y que se preparara.

Esa misma noche, la joven princesa fue a encontrarse con el hada de las Lilas, su madrina, que le dijo:
— Mi querida niña, cometerías una gran equivocación si te casaras con tu padre. Tú tienes que evitarle sin herirle; pídele que te obsequie con un vestido cuyo color sea como el sol. Con todo su amor y su poder no podrá negarse, y mientras tanto, nosotras ganaremos tiempo.
La princesa le dio las gracias a su madrina, y al día siguiente le pidió al rey un vestido de colores como el sol y sin el cuál ella no le pertenecería. El rey, lleno de esperanza, reunió a sus mejores obreros, y les encargó el vestido.

Amenazados con ser colgados si fracasaban, los artesanos se apresuraron, y a la tercera mañana del mes, entregaron su trabajo. Hasta ese día ninguna princesa había llevado un vestido tan bonito. Cuando ella se presentó ante el rey, era tan fuerte el resplandor de los diamantes y rubies, que todos tuvieron que cerrar los ojos.

Desanimada, la joven princesa se retiró a su habitación, donde le esperaba su madrina, enfurecida:
— Esta vez vamos a someter al rey a una gran prueba. Pídele la piel de ese asno que él tanto quiere y que le ofrece tan generosas riquezas.
La princesa fue a ver a su padre y le expresó su deseo. El rey se sorprendió ante tal demanda, pero no vaciló, y el pobre asno fue sacrificado. Siguiendo los consejos de su madrina, la joven se cubrió con la piel del asno y huyó del palacio.

Lejos de su hogar, la princesa se encontró con el hada buena, quien le prestó su varita mágica, la cual le permitiría disponer de su vestimenta real tan pronto la necesitara. El rey envió inmediatamente hombres en su busca, pero con su apariencia miserable, ninguno de ellos la reconoció. La joven buscó trabajo por todas partes, o a alguien que por caridad, le diera de comer. Pero por su aspecto miserable nadie la ayudó. Finalmente, a la puerta de una posada, una mujer le propuso trabajar para ella. Lavar, limpiar y dar de comer a los cerdos serían sus tareas diarias. La princesa que tenía mucha hambre, aceptó el humilde empleo. La llamaban "Piel de Asno". El domingo Piel de Asno se encerraba en una pequeña buhardilla del centro del bosque, y de un toque de varita mágica se ponía su vestido color del sol y se peinaba sus largos cabellos dorados. Ella se sentía tan feliz, que decidió volver a ser cada domingo, una bonita y graciosa princesa.

Un día de fiesta, cuando Piel de Asno llevaba puesto su vestido, un joven príncipe pasó por allí. Cansado de la caza quiso refrescarse en la fuente, y mirando a la ventana quiso ver quien cantaba tan bonito... entonces se quedó fascinado ante la belleza de la joven.

En el pueblo, el preguntó quien vivía por allí, pero le respondieron con burlas que se trataba de Piel de Asno, que era fea y sucia. El príncipe locamente enamorado, volvió a su palacio, y loco de tristeza, cayó enfermo. Su padre, al no poder curarlo intentaba consolarlo. Le prometió la princesa más bella del país y también cederle la corona, si ello le hacía sonreír.
— Padre —dijo al fin el príncipe— ¡Yo no quiero vuestro poder, siempre os amaré, y ya que es preciso que os confíe mis pensamientos, os voy a obedecer; pero yo deseo que Piel de Asno me haga un pastel!
El rey muy sorprendido ante tal petición, envió a su jinete más rápido a buscar el pastel a casa de piel de asno. La princesa presintió un día de fiesta, el recuerdo del atractivo y encantador príncipe todavía la turbaban. Ella se encerró en su habitación, se quitó el pelaje que la cubría, y preparó el pastel más delicioso que le fue posible inventar. Pero uno de los anillos que había olvidado quitarse, le cayó en la masa sin darse cuenta.

Sucedió entonces, que cuando el príncipe recibió el pastel se lo comió con apetito. Y de repente, bajo el diente, sintió el anillo de Piel de Asno. Sin duda, sólo podía pertenecer a aquella que él amaba. El joven príncipe, prometió casarse, con aquella persona a la que el anillo le fuera bien, fuera cual fuera su condición. El rey y la reina examinaron el anillo, y pensaron que sólo podía pertenecer a una joven de buena familia.

Se invitó a todas las duquesas, marquesas, y condesas a presentarse en el palacio, pero ninguna de ellas pudo ponerse el anillo. Hicieron venir a las camareras, cocineras y pastoras, pero el anillo no les sentaba mejor. El rey, entonces, envió a buscar a Piel de Asno, la cual entró vestida como una pordiosera. El príncipe se inquietó:
— ¿Vives en medio del bosque?
Sonriente le dio el anillo a la joven, y esta le devolvió la sonrisa. El anillo se ajustó sin esfuerzo, y dejando caer su piel, la princesa apareció resplandeciente de belleza. La boda fue tan grandiosa que todavía se habla de ella. El padre de Piel de Asno ofreció a su hija miles de regalos, suplicándole que perdonara su egoísmo.

El príncipe y la princesa estaban radiantes de felicidad por lo mucho que ellos se querían, y vivieron felices durante muchos años.


Fin