Cuentos Mitológicos
Cuentos Mitológicos
El Zorro y la Barca de Juncos

Adaptación de una antigua fábula sumeria de Nippur

El río cuenta una historia que la corriente oculta...

Hubo una época en la que los juncales crecían profusamente en una sola ribera de un caudaloso río que cruzaba el desierto. Ante tal abundancia, todo el mundo se volcó al negocio de transportar juncos hacia la orilla opuesta. Cuentan que fue entonces cuando el zorro le pidió a Enlil —antiguo dios del viento y las tormentas— una barca propia para unirse al oficio.

Esa misma historia le contó, luego, al encargado del puerto, a quien fue remitido con un salvoconducto. Y el mismo relato repitió ante los escribas que registraban minuciosamente cada préstamo, carga y tablón que abandonaba el embarcadero.

—Necesito trabajar —explicaba con humildad—. Llevaré juncos de una orilla a la otra. No tardaré mucho.

La petición era razonable. Los juncos eran vitales: servían para construir techos, cestas, esteras, paredes y, a veces, hasta las propias barcas. Así que le asignaron una embarcación pequeña pero robusta. Al recibirla, recién calafateada y lista para zarpar, el zorro no podía sentirse más dichoso. Lo que nadie imaginaba era que no planeaba cargar un solo haz.

En lugar de enfilar hacia los cañaverales, soltó amarras y dejó que la corriente lo llevara río abajo. Descubrió así aldeas que no figuraban en los mapas de los escribas y atracó en islas donde nadie preguntaba su nombre ni para quién trabajaba. Aprendió palabras en lenguas de acentos extraños, compartió pescado con las nutrias, intercambió historias con las garzas y hasta guardó un silencio contemplativo con una vieja tortuga que recordaba un mundo anterior a los dioses. Porque, según dicen, las tortugas son más antiguas que el mismísimo Enlil.

Así, durante meses, el zorro trazó una ruta que jamás cabría en un informe oficial. Al principio, es cierto, sintió una punzada de culpa; pero pronto se convenció de que no había robado la barca por codicia. Llegó a considerarlo un simple “préstamo”, pues no la usaba para enriquecerse, sino para alimentar la dicha de su espíritu explorador.

El zorro se sentía satisfecho.

Sin embargo, también había burlado el destino que el más imponente de los dioses antiguos había escrito para él.

—Nadie le concede un barco a quien confiesa que solo quiere marcharse —reflexionaba—. Los puertos rebosan de permisos para comerciar, transportar, construir o servir, pero no existe un formulario para quien simplemente anhela descubrir qué aguarda tras el próximo recodo del río.

Por eso, el zorro hizo lo que, desde que el mundo es mundo, hacen quienes sueñan con una vida distinta: dijo únicamente lo que los guardianes necesitaban escuchar y se guardó para sí la única verdad que importaba.

En su travesía aprendió cosas que ningún escriba le habría enseñado: supo reparar remos rotos, leer el capricho de las corrientes, dormir bajo el manto de las estrellas y presentir el olor de la lluvia mucho antes de que las nubes de Enlil asomaran tras las dunas.

Hasta que un día, mucho tiempo después, decidió regresar. La barca lucía ya curtida por el sol y el agua. Cuando los escribas del puerto, perplejos, le preguntaron dónde estaba el cargamento de juncos con el que debía pagar su barca, el zorro esbozó una sonrisa:

—No encontré los que buscaba.

Nadie podía desmentirlo, pues ignoraban si se había internado en los pantanos buscando las cañas más perfectas. Algunos lo tomaron por un artesano exigente, pero él conocía la verdad: nunca había perseguido juncos, sino el horizonte, en busca de una vida de aventuras.

Sin comprenderlo del todo, los escribas anotaron su respuesta en el informe, y el administrador lamentó el préstamo infructuoso. Hubo quienes llamaron al zorro embustero y quienes lo tacharon de ingrato. Solo los viejos barqueros sonrieron al verlo alejarse, tiempo después, bajo la misma excusa. Ellos sabían bien que hay quienes usan los barcos para mover mercancías, y hay quienes los usan para descubrirse a sí mismos.

No está muy claro si Enlil lo castigó por acaparar un recurso tan valioso; la mayoría de estos cuentos sumerios, grabados en tablillas de arcilla hace más de cuatro milenios, son hoy polvo en el desierto. Lo único certero es que hay verdades tan difíciles de explicar que, a veces, la única opción es guardarlas intactas hasta alcanzar la otra orilla.

Fin

Moraleja

“Toda verdad puede expresarse o fragmentarse. La sabiduría reside en reconocer cuándo se comparte íntegra y cuándo solo en parte.”
La Leyenda de Gou Nian

Cuenta una historia de tiempos antiguos, que la luna solía tejer una vasta red, tan delgada como la seda, a través de los mares inexplorados de la Tierra. Aquella era hilada de luz plateada y guiaba a los navegantes perdidos hacia destinos inciertos, donde hallaban gran fortuna o su perdición eterna. Pero también atraía a las costas a feroces y desconocidas criaturas del mar, y hasta servía de puente a los mismísimos dioses que caminaban entre los mortales.

Por aquel entonces y a orillas del Gran Océano, hubo un pueblo del lejano Oriente que vivía bajo la sombra acechante de una bestia carnívora e inmortal; su nombre era Nian, el dragón de los mares, y su venida anual —al inicio de la primavera— era presagio de ruina y desesperanza.

Nian era un coloso nacido en las profundidades del abismo. Tenía cuerpo de buey, un pelaje escamado de color semejante al bronce bruñido, y su cabeza con melena de león estaba coronada por un cuerno con protuberancias afiladas, como las lanzas de un dios guerrero. Dormía en su escondite acuático durante el ciclo del sol, pero cuando el invierno cedía y los vientos cambiaban, emergía con su hambre insaciable, arrasando cuanto encontraba a su paso. Hombres y bestias desaparecían al interior de sus fauces, y el terror vestía la aldea de sufrimiento, dolor y silencio.

Los aldeanos, conocedores de la inexorable amenaza, huían en cada ocasión a lo alto de las montañas para refugiarse en unas cuevas profundas. Así, cada año dejaban atrás sus hogares y a merced de la fiera, acostumbrada ya a su embestida voraz.

Sucedió entonces, durante un borrascoso atardecer y en una de esas vísperas fatídicas —y con la sombra del Nian cerniéndose en el horizonte— que un venerable aunque foráneo anciano llegó al pueblo. Era un completo desconocido. Tenía una barba larga y delgada, y su canoso cabello era casi metálico, como la plata del alba en su azul más tenue. En sus ojos brillaba la sabia luz de un fuego olvidado por las eras.

Los aldeanos, preocupados por la llegada del Nian y preparando su huida, miraban de reojo y con cautela al anciano. Aquel llevaba un hanfu mezclado de tonos ricos y sobrios. Su túnica exterior, de un profundo carmesí, caía en elegantes pliegues hasta sus pies, contrastando con el grisáceo de los cielos que anunciaban el peligro de la bestia. El borde de su túnica iba adornado con intrincados diseños y bordados elegantes y dorados que representaban dragones y nubes. Una prenda de color marfil asomaba en el cuello y sus mangas, aportando un toque de luz y pureza a su figura.

El viejo “sin nombre" traía ceñido un cinturón ancho de seda, de un tono oscuro y ceremonioso. Éste sostenía un pequeño bolso de tela en cuyo interior guardaba algo misterioso. Un sombrero de cono de paja, sencillo pero digno, cubría sus largas canas protegiéndole de la lluvia. Y pese a su avanzada edad, su postura era erguida y su mirada, serena y determinada como los mares en tiempos tranquilos. Así pues, quienes alcanzaron a ver su rostro de cerca, contaron que su mera presencia les infundía tranquilidad y respeto en medio de sus desgracias.

Finalmente, unas sandalias de madera resonaban suavemente a su andar.

Ya en medio del pueblo, el anciano se presentó ante los temerosos pobladores y con voz firme proclamó:
—¡Amigos, no huyáis más! Es verdad que el Nian es temible, pero no es invencible. Concededme el favor, esta noche, de enfrentar a la bestia... ¡y yo os libraré de su yugo!
Algunos pocos jóvenes con menos memoria se mofaron, y hasta los ancianos de la aldea, ya curtidos en años de pesar, dudaron de sus palabras. ¿Cómo podría un solo hombre —y de tan avanzada edad— enfrentarse a una criatura de los abismos como el poderoso Nian? Mas ante su propuesta no pudieron sino asentir, pues el anciano se mostraba decidido, aunque el miedo les robaba toda esperanza.

Llegó entonces la noche, cayendo oscura y fría, y con ella, el Nian. Surgiendo desde el mar oscuro hundió sus pezuñas en la arena de la playa. Sus patas parecían transformarse en garras cuando su ojos se encendieron, relampagueando con el fulgor de la tormenta. Su rugido se elevó por los cuatro vientos, y era como el bramido del océano enfurecido. La tierra tembló bajo su paso, y el aire se llenó con el hedor del azufre y el humo de sus entrañas. La gente huyó despavorida.

Conforme con el terror que su presencia provocaba en los humildes, la bestia se preparó para devorar cuanto hallara en su camino... cuando, de pronto, el anciano le salió al paso.
—¡GROOOAARR! —bramó el Nian, con toda su fuerza y poder, como pretendiendo acobardar al insolente humano que se atrevía a desafiarle.
El anciano ni se inmutó.

Vacilante el Nian por la actitud del viejo, se alzó con su tamaño imponente y sus ojos llameantes, acercándose lentamente al anciano como estudiándole desde una posición ventajosa.
—¡GROOOAAARRR! —volvió a rugir, en un tono todavía más amenazante, pero el anciano no se movió.
Perplejo el animal, asumió que el viejo era un loco inofensivo y decidió atacarlo. Su rugido volvió a resonar por todo el pueblo y sus montañas como el viento encolerizado. Los aldeanos que no habían alcanzado a huir, se escondieron en sus casas, aterrados, mientras el anciano de cabello cano seguía fijo en su puesto con su mirada serena. Su túnica roja ondeaba al viento cuan mítico héroe de leyenda enfrentando a la maldad. El Nian abrió sus enormes fauces, decidido a devorar a su adversario...

Pero en ese instante, un estallido rasgó la penumbra.
—¡BOOM!
El Nian se detuvo en seco a centímetros del anciano.
—¡BANG!
—¡CRACK!
—¡FSSSSSS... K-BOOM!
—¡POP! ¡WHIZZ!
Comenzaron a tronar una serie de fogonazos y explosiones frente al rostro de la bestia.

Sorprendido el Nian, sintió que el anciano ya no parecía tan inofensivo. Una línea de petardos que colgaban de su bastón comenzaron a explotar en serie en ese momento.
—¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! 
Con voz firme, el venerable entonó un cántico místico mientras encendía uno a uno los petardos, cuyos estallidos y chispas llenaron el aire de estruendo y brillantes luces multicolores. El Nian, estupefacto y aturdido por los destellos y el ruido, retrocedió con un rugido de terror que sacudió las chozas y los árboles a su alrededor. El anciano dio un paso adelante y la bestia mítica retrocedió otro más.

A partir de ese momento, llamas danzaron en la oscuridad, y lenguas rojas y doradas chisporroteaban como estrellas caídas del cielo. Estruendos ensordecedores rompieron la noche, y Nian, por primera vez en su existencia, sintió el amargo aguijón del miedo en toda su gloria. Retrocedió, gruñendo y tambaleándose, mientras su mirada erraba de un lado a otro en busca de su atormentador. Entonces lo vio: el anciano, de pie en el centro del poblado, vestido con un manto rojo como la sangre del crepúsculo, sostenía en sus manos un haz de fuego y estruendo.
—¡Huye ahora, bestia de la sombra! —bramó el viejo— ¡Pues la gente ha visto tu miedo, no volverás a asolar estas tierras nunca más!
Nian, ciego de terror, lanzó un último rugido antes de huir, perdiéndose en la vasta negrura de los mares.

Al despuntar el alba, los aldeanos regresaron, asombrados de hallar sus hogares intactos. El anciano ya no estaba, pero en su lugar, había dejado tres regalos: papel rojo para darles valentía; fuego para darles el poder de la luz sobre la oscuridad; y el secreto de la pólvora para que con fuegos artificiales proclamaran su victoria sobre el Nian.

Desde aquel día y en honor a su victoria, las gentes celebraron la hazaña del venerable sin nombre. Así, año tras año, al llegar la “Víspera de Nian" —con la llegada de la primavera— cuelgan en las aldeas decoraciones carmesí y encienden chispas que estallan en pirotecnia para recordarle al monstruo que la gente ya no le teme.

Siglos pasaron y la celebración incorporó el Wu Shi (舞狮) —la danza del león— y el Wu Long (舞龙) —la danza del dragón—, para traer buena suerte y fortuna, ahuyentando también a los malos espíritus del mundo terrenal.

Así nació la tradición que dio origen al Festival de la Primavera, y que como las leyendas de tiempos primordiales, jamás ha de morir mientras los hombres tengan memoria y enciendan luces en la oscuridad. 🔥✨🐉

Fin
Samhain: Noche de Halloween
Adaptación de Sigfriðr Eiríksdóttir 🎃

Era una tarde dorada de otoño, hace unos 2 mil o 3 mil años atrás, cuando el pequeño Eoin —un curioso niño celta— se sentó junto a su abuelo en el viejo banco de madera, mirando los campos recién cosechados.
—Abuelo, ¿es necesario trabajar tanto? —preguntó Eoin, frotando sus cansados brazos.

—Ah, mi pequeño —sonrió el abuelo, arrugando su frente como si contara un secreto—, hemos trabajado duro para recoger todo lo que plantamos en primavera. La tierra nos ha dado sus frutos, y ahora es justo recibir su recompensa y prepararnos para el invierno.

—¿Y qué haremos con toda esa comida? —quiso saber Eoin, con sus ojos brillando de curiosidad.

—La guardaremos, para que nos alimente durante los meses fríos que se acercan. Recuerda que cada grano que cosechamos es resultado de nuestro esfuerzo y esperanza puesta en ello —respondió el abuelo de largos cabellos, acariciando con dedos labrados su abundante y blanquecina barba.
Eoin asintió con la cabeza a modo de entender, luego miró hacia el horizonte; donde el sol se escondía tras las colinas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Unas divertidas siluetas de niños y pobladores parecían jugar en la distancia.
—Hay mucha gente por allá... —comentó a su abuelo, recordando algo que le pareció haber visto el año anterior, cuando aún era demasiado joven para recordar con claridad.
El abuelo le cerró un ojo.
—Preparan Samhain —le dijo.
Los ojos del pequeño se abrieron como platos.
—¡Samhain! —exclamó Eoin, recordando una historia que el abuelo le contara tiempo atrás, al caer de una noche.
El abuelo sonrió.
—Samhain es un tiempo especial, Eoin. Marca el fin del calor nacido con el verano y el comienzo de un nuevo ciclo frío. Es en estas noches cuando el velo entre este mundo y el de los espíritus se vuelve delgado... tanto así que los vivos pueden compartir el mismo espacio con los que ya han partido al "Otro Mundo". Es ahora cuando se honran sus memorias mientras nos prepararnos para lo que viene.

—¿Los espíritus vendrán a visitarnos? —susurró Eoin, mirando nervioso hacia las sombras.

—Quizás. Pero no hay nada que temer. Son parte de nuestro legado, y en esta festividad celebramos tanto la vida como la muerte —dijo el abuelo, abrazando al niño con calidez.
Eoin asintió, sintiéndose más tranquilo. Miró de nuevo los campos.
—Entonces, trabajamos duro para estar listos, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa en su rostro, pensando en deliciosas cenas preparadas en familia.

—Así es, mi pequeño. Ahora podemos disfrutar de lo cosechado, preparándonos para el frío con suficiente sustento, además del calor de nuestras historias y recuerdos —respondió el abuelo, cerrando los ojos un momento, como si escuchara los ecos de los ancestros en el aire.
La noche se acercaba, y en la distancia podían apreciar a su clan encendiendo una hoguera que habrían de mantener toda esa noche. El abuelo y su nieto, sentados juntos, compartieron risas, relatos y uno que otro recuerdo.
—¡Cuéntame más de Samhain! —exclamó el niño, mientras veía a otros miembros de su clan haciendo los preparativos para esa noche especial.
El abuelo miró al pequeño, pensativo, creyendo que podía estar listo para entender.
—Verás, Eoin... la separación entre el mundo de los vivos y el de los que han pasado, se remonta a una época que solo los dioses y los seres eternos pueden recordar; cuando el mundo aún era indivisible, y todo ser, viviente o etéreo, compartía un mismo plano.
La respuesta le pareció algo "difícil" al pequeño, que procuró prestar mayor atención a las palabras de su abuelo para no perderse ni un detalle. El abuelo continuó:
—Nuestros druidas cuentan que, en los albores de la existencia, la vida y la muerte danzaban en un equilibrio perfecto; como un río sin orillas que fluía en la eternidad. En ese entonces, los mortales podían ver a sus ancestros y caminar junto a ellos, y así mismo, los espíritus de los caídos viajaban libremente, compartiendo sus conocimientos y sabiduría con los vivos.

—¡Guau! —exclamo el pequeño Eoin, tratando de imaginar semejante realidad ante las sombras danzantes de sus amigos y familiares, que comenzaba a proyectar la hoguera en la distancia.

—En ese tiempo de magia y fraternidad, las almas de los que han partido podían regresar a participar en nuestras celebraciones, consolaban a sus seres queridos, e incluso guiaban a los perdidos, mientras los vivos se veían reforzados por la cercanía de sus antepasados. Pero, como ocurre en todo orden de cosas, aquel equilibrio "perfecto" comenzó a desgastarse. Los vivos, en su naturaleza mortal, empezaron a temer a lo desconocido, y los espíritus, a su vez, sintieron que sus deseos se desvanecían en la penumbra de un mundo cada vez más efímero.
Eoin escuchaba atento, a pesar de las palabras extrañas que, por primera vez, oía de su abuelo.
—¿Qué pasó entonces, abuelo? ¿Ese equilibrio... se desequilibró?
El abuelo rió. Era evidente que su nieto heredaría su gusto por las palabras inusuales.
—Mmm… ¡algo así! —respondió el abuelo— Un día, una gran catástrofe, un enfrentamiento ancestral entre los Tuatha Dé Danann y las fuerzas de los Fomorianos, retumbó en la tierra de los vivos, rompiendo el delicado lazo que los unía al Otro Mundo. El tejido del tiempo y la realidad fue desgarrado, y ambos mundos se separaron. A partir de ese momento, los dioses decretaron que los mortales y los espíritus solo podrían reencontrarse en ciertas épocas sagradas.

—¿Cómo... Samhain? —preguntó Eoin, que ya había oído las leyendas de los mencionados, además de sentirse capaz de seguir el ritmo a la conversación.

—¡Como Samhain! —Repitió afirmativamente su abuelo— En noches especiales como éstas tres próximas que se avecinan, es cuando el velo entre los mundos es lo bastante tenue como para que vivos y eternos compartieran nuevamente sin comprometer el equilibrio.

—¡Vaya explicación! —reconoció el niño, quién junto a su abuelo y a la entrada del crepúsculo, apreciaban en la distancia a los miembros de su clan; algunos de los cuáles vestían, frente al la luz sinuosa de la hoguera, extraños artificios que simulaban seres mitológicos. Uno de ellos se encaminó hacia donde ellos descansaban.
El sol ya se había puesto, y la luna empezaba a brillar cuando Aisling —la mamá de Eoin— se dirigió hacia el banco de madera donde descansaba su hijo. Aisling Lucía un traje de celebración, confeccionado con abundante pelaje y una cola graciosa. Al acercarse al pequeño le hizo gestos divertidos usando una máscara de corteza de árbol y ramas que imitaba a un ciervo. Eoin le respondió con una amplia sonrisa.
—¿Qué haces aquí tan solo, mi niño? ¡Ven con nosotros, ya es hora de celebrar! —dijo su mamá.
Eoin miró a su abuelo, Aedh, quién cerró un ojo y sonrió con un gesto de confidencialidad.
—Ve a celebrar con mamá y tus amigos, querido Eoin; procura serle tan servicial como ella ha sido contigo. ¡Ya nos veremos en otro Samhain! —le dijo cariñosamente su abuelo, antes de que su espíritu desapareciera en el aire. °-°

Fin
Ostara & Osterhase
En tiempos remotos, en los bosques frondosos de la antigua Germania, reinaba una Ásynjur muy querida: una dulce moza de la santa hermandad de Frigga, quién se había ganado el derecho a gobernar como diosa del amanecer, la fertilidad y la primavera. Perspicaz y sagaz como ninguna, nada escapaba a su mirada, y era tan hermosa como la aurora en su esplendor floreciente. Se la llamó por nombres incontables, como Vör, Eostváre, Ēostre, Austra, o simplemente: Ostara.

Ostara llegaba tras el derretimiento de los hielos, cuando los campos florecían bajo un manto de verdor, para dicha de las criaturas del bosque regocijadas en su presencia. Venerada por los germanos y apreciada por su conveniente puntualidad, veían en su arribo el renacer de la vida y la esperanza tras el frío y oscuro paso del invierno. Así, pues, en concilio con la diosa, sus protegidos celebraban cada año un festival en su honor y al calor de una hoguera en cuyos lindes danzaban alegres doncellas.

Fue siempre así... hasta que un año, más cansada que de costumbre, se quedó dormida esperando el cambio de estación, y a su retraso los animalitos y las personas sufrieron las inclemencias del frío invernal que no amainaba.

Ostara despertó un día, y al percatarse de su demora, corrió presurosa al encuentro de sus criaturas protegidas. Estaba en ello... recorriendo los bosques helados y retornándolos de color con su cálido toque primaveral, cuando halló, en la rama nevada de un seto, a un pajarillo de múltiples colores al que otros animalitos del bosque llamaban Ostervogel. La avecilla, acompañada de sus amigos, estaba moribunda, con sus alas congeladas y sollozando sus últimos alientos.

Compadecida la diosa y sintiéndose responsable, lo cogió con ternura entre sus manos para salvarle la vida. Así, con el poder y calidez de su amor, le convirtió en una hermosa liebre de las praderas; dotada ahora de veloces extremidades para saltar alegre y correr lejos de las fieras.
— Perdona Ostervogel —se disculpó la diosa— No podrás conservar tu antigua forma, por lo que de hoy en adelante te llamarán Osterhase.
Osterhase —ahora hecho liebre— se alivió completamente con el encantamiento, y en memoria de su vida como pájaro, Ostara le permitió conservar la facultad de poner huevos: al menos una vez cada año, coincidiendo con la época de su llegada.

Pasó un año completo, y al regresar Ostara con renovada puntualidad, se sorprendió al encontrar en su festival, a muchas familias celebrando con multitud de huevitos de colores. Curiosa, se acercó a un niño a preguntar, pero para que no la reconociera se disfrazó de su mamá:
— ¿De dónde habéis sacado esos hermosos huevos de colores? —preguntó.
— Son regalos de la diosa primavera, mamá. Míralos... ¡son hermosos! —respondió el pequeño Erick.
La respuesta sorprendió a la diosa.
— ¿Dices que Ostara te los ha regalado? —preguntó desconcertada.
— ¡Sí! Los ha escondido en el bosque para que nosotros los encontráramos.

Y Erick regaló a Ostara una cesta llena de huevos, creyendo que hablaba con su mamá. La diosa los aceptó, besó a Erick en su frente y luego fue a explorar el bosque para descubrir el misterio de los huevos de colores. Estaba en ello... buscando huevitos ocultos, cuando se encontró cara a cara con la liebre.

— ¡Osterhase! —exclamó Ostara.
La liebre, que vestía una rústica caperuza roja y camisa de lino color azurita, se inclinó ante la diosa:
— ¡Oh, que dichoso encuentro! Mi corazón goza de gratitud ante vuestra presencia, Ostara, mi salvadora y diosa de los teutones. Soy tu humilde servidor.
La diosa comprendió que, en agradecimiento por haberle salvado la vida, Osterhase había decidido obsequiar a sus protegidos, los huevos que pusiera aquel año. Pero como las liebres tienen grandes camadas, no había caído en la cuenta del número de huevos que podía llegar a poner... los cuales podían ser muchísimos, ahora que no era pájaro.

Habiendo sido tanto ave como liebre, también conocía mucho más sobre el mundo, y gracias a eso se había hecho un artista, un artesano, y un perfecto pintor de huevos. Osterhase recordaba con nostalgia los colores de sus plumas, y al hacerlo, mágicamente aparecía el tinte imaginado en el pelo de su pincel, a la hora de decorar los huevos.

Y si por cualquier motivo le faltaba algún color especial o vibrante, siempre los terminaba encontrando en la naturaleza; ya sea en los pétalos de las flores, las bayas silvestres u otros pigmentos naturales que usaba con destreza, realizando así pequeñas obras de arte admiradas por los niños.
— No esperaba esto cuando nos encontramos la primera vez, pero puesto que resultaste una sorpresa, mereces un premio por tu dedicación y entrega. —dijo la diosa.
— ¡Oh, de ninguna forma, mi Señora! —respondió la liebre— Con ver brillar la alegría en los ojos de los niños, es suficiente recompensa.
Ostara entendió que había creado a una criatura especial y agradecida, así que para cerrar el ciclo decidió otorgar a Osterhase una vida imperecedera, así como el dote de la dulzura y el poder de viajar por el tiempo.
— Desde hoy en adelante, tus huevos decorados, ocultos en el bosque, serán un símbolo de la vida, la renovación y la esperanza que viajan conmigo.
Humilde pero emocionada hasta las lágrimas, la liebre aceptó el segundo regalo de la diosa. Desde entonces se dice que una liebre —o quizás un conejo— esconde huevos de chocolate y otras delicias por el mundo, tan pronto llega la primavera al hemisferio norte. Del mismo modo, con la llegada del otoño en el hemisferio sur, el "conejo" se da un paseo por aquellos rincones donde los niños han oído esta leyenda. 

Cuenta algún escaldo olvidado por las eras, que incluso Frigga (madre de muchos de los dioses del panteón nórdico, reina de los Aesir y esposa de Odín) recibió como ofrenda algunos huevos de la canasta regalada por Erick a Ostara, en el majestuoso Fensalir: salón primordial en los alrededores del reino celestial de Asgard.

Con el paso del tiempo, el relato de Ostara & Osterhase, y sus dulces huevos decorados, se extendió por toda Europa, convirtiéndose en una querida tradición celebrada cada primavera en familia. La leyenda pasó luego a compartir espacio con las celebraciones cristianas de la Pascua de resurreción, llevando consigo el espíritu de renacimiento y alegría que Ostara también buscó.

Fin
Sir Cedric d'Jèrri

Poco antes del ocaso del medioevo, cuando las olas del mar aún rugían con la ferocidad de las bestias marinas y el viento soplaba con la fuerza del poniente ignoto, existía una tierra poco explorada y llena de misterios llamada Isla d'Jèrri: un rincón, en el canal de la Mancha, que llegó a nuestros tiempos más galantes bajo el título de la Bailía de Jersey.

Canciones antiguas profetizaban una gran batalla de tres leones guiados por un niño contra una bestia. Así pues, los esforzados habitantes de esta isla hacían honor a ese folclore, pues luchaban día y noche para proteger su hogar de las amenazas que provenían del mar embravecido; tanto así de los insociables piratas como de las sombras siniestras que se ocultaban en los rincones más oscuros y poco frecuentados de la isla.

En el corazón de esta administración señorial, se alzaba un antiguo castillo de piedra cuyos muros habían resistido viejas batallas al paso de los siglos. La fortaleza sostenía imponentes torres que se elevaban por encima de la densa neblina marina. Dichos baluartes representaban el último bastión de defensa contra esos temibles piratas que merodeaban las aguas circundantes, ansiosos por saquear y sembrar el caos bajo la protección de una bestia mítica a cuyo pronto despertar invocaban con extraños rituales.

Una noche, la oscura amenaza se cernió sobre la Bailía de Jersey... una sombra ancestral de pavor despertó de su letargo. Los rumores hablaban del regreso de la bestia pirata; un mal antiguo que durante siglos había estado durmiendo, sumergido en las profundidades. Un maligno ser del inframundo abisal cuyo único propósito era sumir a la isla y a sus habitantes en la oscuridad eterna. Su nombre era Ombrochïn: el azote de los kelpies y flagelo de los krakens.

Conscientes de su retorno milenario y entendiendo que solo a través de la valentía y la unidad comunitaria prevalecerían tras la batalla contra los piratas, los habitantes de la Bailía de Jersey se prepararon para enfrentar a la mayor amenaza de sus leyendas antiguas. Así fue como se organizaron y enviaron una primera avanzada de navíos para hacer frente a la bestia, tan pronto divisaron en la distancia a la flota enemiga que ésta protegía.

No obstante la bravía natural de los isleños, el optimismo y la confianza inicial pronto decayeron luego de que esa primera avanzada se hundiera en el horizonte. Los vigías en las torres no pudieron ocultar su temor al advertir que la bestia marina que lideraba a las fuerzas piratas era tanto más impresionante que aquella descrita en las antiguas gestas.

El Ombrochïn, la bestia abisal, empezaba con la forma de una serpiente marina de proporciones descomunales... más la cola terminaba en una serie de tentáculos monstruosos. Sus ojos destellaban como el fuego de los volcanes, y sus escamas oscuras, puntiagudas como clavos, se erizaban amenazantes con cada arremetida. Afiladas garras surgían al final de sus poderosos tentáculos, y sus mandíbulas, repletas de filosos colmillos, revelaban su deseo implacable de devorar todo lo que se cruzara en su camino. La criatura se retorcía a través de las aguas con un sigilo espeluznante aguardando a los navíos como un depredador esperando su próxima presa. Así, la flota pirata se encontraba protegida por el engendro que custodiaba su avance.

Al oscurecer ese día y tras la primera batalla perdida, la noche se hizo eterna. Una segunda y última avanzada de navíos comenzó a cercar el paso a los piratas, pero la batalla parecía perdida. El temor a un final inminente comenzó a cundir en los primeros corazones.

Fue entonces, poco antes de salir el sol y con la flota enemiga ya a simple vista, que un niño de unos diez u once años llegó corriendo a las tiendas de campaña que los jefes de los clanes isleños supervivientes habían levantado juntos, a la espera del combate en tierra.

—¡Señor, señor! —exclamó el niño, colándose en la reunión donde el más viejo de los caudillos organizaba la estrategia.
—¡Vete, chico! Deja trabajar a los mayores y corre a cuidar a tu madre. ¡Este no es lugar para un niño! —le reprendió un capitán.
—Perdí a mi madre al nacer, señor, y hace muchos años que a mi padre se lo llevó la mar —insistió el niño— Me crió mi tío, a quién perdí en la batalla de ayer. Mi tío me dijo que si no regresaba debía darle a Ud. esta carta.
Y el niño entregó su misiva al capitán.

Curioso ante la historia del infante, el capitán desató la carta. Era un mapa, y en el se señalaba el camino hacia una cueva desconocida que no figuraba en los planos oficiales de la isla.
—¿De qué se trata? —preguntó el viejo caudillo, que sabía reconocer momentos decisivos.
—Es un mapa, señor... ¡un mapa de un refugio que no conocíamos!
—¿Qué tan grande es? —preguntó otra vez.
—Si lo que dice aquí es cierto —respondió el capitán— Grande... muy... ¡muy grande!
El caudillo pidió el mapa y al estudiarlo, en seguida comprendió su importancia fundamental para la supervivencia de los clanes.
—No sé quién era tu tío, chico, y no entiendo por qué no nos informó antes de este secreto, pero cualquier nuevo refugio es una buena noticia. ¡Enviad de inmediato a los rezagados! —ordenó el caudillo— ¡Enviad a todos aquellos que no puedan luchar!
—Señor, si es la “bodega" de mi tío, él no me permitía entrar, pero... ¡yo sé donde está!
—¿Entonces sabías de esta cueva, chico?
—¡Si, señor!
—¡No se hable más! Ve con el capitán y guíale de inmediato... ¡No hay tiempo que perder!
El capitán movilizó velozmente a un reducido destacamento que custodió a los rezagados, siempre guiados por el huérfano que para entonces era el héroe oportuno más pequeño de esta historia. Llegados a la entrada de la cueva, en medio de unos matorrales cercanos a la costa, el niño advirtió al capitán:
—Señor, por la emoción del momento olvidé decirle que en la cueva hay un guardián.
—¿Un guardián?
—Un fantasma, señor.
—¡No cuentes! —replicó el capitán.
—¡Sí, señor! Yo lo vi sólo una vez... mi tío me advirtió que si algún día volvía a entrar, debía hacerlo “con un corazón humilde y acompañado de tres valerosos leones". De lo contrario no tendría su aprobación.
Sólo por complacer al niño que parecía convencido, el capitán llamó a los dos soldados más fieles de su guardia.
—Bien, chico, hoy no habrá leones. Pero somos tres soldados con espíritu valiente. Danos la humildad de tu parte y lo tenemos todo.
Mientras los rezagados esperaban afuera, el capitán entregó al chico una antorcha, y éste se internó por segunda vez en su vida en la cueva misteriosa. Antorchas en mano, los tres soldados le siguieron. El capitán tuvo la intención de explorar rápidamente el interior con el fin de ponderar las posibilidades para el grupo a su cuidado, pero inmediatamente quedó maravillado al encontrarse con un amplísimo espacio, totalmente preparado para recibir a tantos acogidos como numeroso era el grupo que protegía.
—¡Es perfecto! —exclamó— Aquí caben muchos de los nuestros, y los piratas jamás hallarán este lugar... ¡Está muy bien resguardado!
Estaban en eso cuando frente a ellos, y sobre una fuente natural de agua, apareció flotando lo que parecía ser la llama azul de una vela. La pequeña luz creció hasta confrontar el brillo de las antorchas. Los soldados se impresionaron, pero no retrocedieron. Entendieron que el chico decía la verdad: algo fuera de este mundo habitaba el lugar.
—Valientes hombres... —dijo una voz grave desde lo profundo de la caverna— Os encontráis en los aposentos del último Caballero a las órdenes de Arturo Pendragon. Aquí vivió parte de su vida Sir Bors, hermano de Sir Lancelot y leal custodio de la sagrada Excalibur. Yo soy su fiel escudero y por la magia de Merlín he esperado por vosotros desde los albores del viejo reino para enfrentar juntos vuestro destino. Hoy mi espera ha terminado.
La figura de plata fantasmal de un escudero apareció frente a ellos. Se arrodilló junto a la fuente de agua, y de ésta emergió el brazo desnudo de una dama sosteniendo una brillante espada dorada. Los presentes se arrodillaron, esta vez, temblando atemorizados por el encuentro espeluznante. El brazo de la dama se movió y Excalibur se posó sobre un hombro del escudero, y luego sobre el otro.

La figura de plata se volvió dorada, adquiriendo todo el temple y postura de un Antiguo Caballero digno de los viejos cantares de los más ilustres trovadores.

El capitán no pudo contener la emoción, y sin desviar la vista de semejante escena, susurró a sus subordinados:
—He oído esta historia profética... me la contó mi abuelo. Dijo que un día llegaría, sino en esta generación, en la siguiente o la posterior, un líder defensor de nuestro pueblo.
— ¿Sir Cedric? —preguntó asombrado uno de sus soldados con espíritu de león que conocía la leyenda.
— ¡El temerario! —completó el otro soldado leonino, mientras comprendía que estaban siendo testigos del nacimiento de una antigua leyenda que se creía fantasía de niños; siendo ellos mismos protagonistas de la famosa y enigmática balada que describía tiempos futuros.
— Es Sir Cedric y somos sus leones. Su nombre cobrará fama de su coraje y de su espíritu dispuesto como el agudo brillar de las estrellas. Así cantan las “gestas del mañana". Su prestigio y calidad humana también se extenderán tan lejos como perdidos están los últimos reinos de la Tierra. Tal es como augura el cantar.
La voz de la misteriosa dama resonó, entonces, como una melodía a través de las paredes de la cueva:
—Estás en lo correcto, joven capitán. Sir Cedric dedicará su vida a proteger al noble pueblo d'Jèrri y a salvaguardar la paz en la isla. Así como la luz de la mañana brilla en el horizonte, la bandera de la Orden de los Tres Leones flameará al son de la gaita mágica conservada por la familia del último hechicero celta de los antiguos clanes. Será tu misión encontrarles. Los tambores del valor también retumbarán de nuevo y por primera vez en muchos siglos. La bravía alimentará vuestros pacíficos corazones isleños. Adoptad, pues, al niño como vuestro escudero, y proteged éste: vuestro pequeño reino hermano en este rincón del mundo.

La escena se desvaneció, y las antorchas retomaron su protagonismo. Tras el divino encuentro, el capitán adoptó al niño por escudero, ordenando que hicieran entrar a sus protegidos a la cueva. Tan pronto como camuflaran la entrada, se reuniría luego con los caudillos.

Los piratas, por su parte, continuaban atacando a la segunda avanzada de navíos, siempre protegidos por la bestia, Ombrochïn: el verdugo de todo lo que es bueno. Algunas embarcaciones enemigas ya habían arribado a puerto y los primeros piratas incursionaban, tanteando las defensas de la isla.    

Una figura en armadura dorada apareció de pronto caminando en lo que sería pronto el campo de batalla.

Tras la noticia de que un extraño y radiante guerrero deambulaba inspeccionando sus brigadas, los caudillos de los diferentes clanes reunidos salieron al encuentro del desconocido. Pronto se percataron de que la sola presencia del extraño infundía valor en los corazones atemorizados, y el rumor de que un poder mágico había llegado a protegerles pronto comenzó a circular, trayendo a la memoria la antigua profecía.

Sir Cedric, el temerario, llamó a los valientes caudillos y a sus clanes:

—¡Hermanos y hermanas isleños, hijos de la libertad! —clamó— Por favor... ¡reuniros!
Las brigadas se reunieron en torno al nuevo y desconocido Caballero.
—Ha llegado el momento de alzarnos contra las cadenas de la oscuridad y reclamar nuestro derecho a vivir en un mundo de dignidad y honor. Hoy, en este campo de batalla, no luchamos por riquezas ni gloria personal, luchamos por la libertad misma: por el derecho a decidir nuestro destino en ésta, nuestra tierra libre de opresión... ¡libre de piratas!
—¡Son demasiados! —gritó alguien por ahí.
—¡Sí, lo son! —respondió de inmediato Sir Cedric— Pero, mirad a vuestro alrededor... veis a hombres y mujeres valientes que han decidido plantarse contra el mal que amenaza con consumirnos. Ya no somos simples individuos, sino un ejército unido por el fuego de la determinación y la pasión por la justicia. Los opresores podrán tener números y armas, e incluso algunos aparentarán bravía. Pero nosotros tenemos algo mucho más poderoso: ¡el deseo de proteger a los nuestros como un pueblo amante de la libertad que sabe que hace lo correcto!
—Pero... ¿cómo enfrentarlos? —preguntó un hombre lisiado— ¡Casi han acabado con nuestra única flota!
El Caballero contempló al hombre, que a pesar de sus desventajas y temores estaba dispuesto a dar la vida por proteger a su familia. Cedric reconoció el sentimiento y lo revalorizó:
—Veo en cada uno de nosotros una chispa de esta llama ardiente que resiste. No permitamos que esa llama se apague. Dejad que nuestras voces se escuchen en cada rincón de nuestra isla. Que el eco de nuestra valía inspire hasta el último de los nuestros a levantarse y unirse a esta voluntad conjunta. ¡No seremos silenciados, ni tampoco esclavizados! Hoy marchamos hacia el campo de batalla con el espíritu de nuestros antepasados guiando nuestros pasos y corazones. Ellos lucharon por la misma causa, por la misma tierra que amamos y la misma libertad que anhelamos. Y al igual que ellos, estamos dispuestos a darlo todo por nuestro sueño de una vida sin cadenas, una vida en la que podamos decidir nuestro destino.
—¡Dinos tu nombre, Caballero! ¡Explícales a nuestro pueblo quién eres y quién te ha enviado! —exclamó a viva voz el más viejo de los caudillos y a cuya palabra otorgaban gran importancia los jefes de los distintos clanes, así como sus brigadas y hasta los mismísimos granjeros dispuestos a defender sus tierras.
El guerrero de la armadura dorada no vaciló:
—Mi nombre no es importante, pero si os insistís... soy Cedric: aprendiz del escudero Lavain y junto a él, antiguo escudero de Sir Bors, quien fuera habitante y protector de la Isla d'Jèrri, hermano de Sir Láncelot, Primer Caballero de su Antigua Majestad, Arturo Pendragon, hijo de Uther e Igraine, y he sido enviado por la Providencia y la magia de Merlín con la misión de cumplir con vuestro destino.

Las aleluyas se elevaron al cielo. Pocos en la isla conocían esa noble parte de su historia. La extraordinaria revelación cambió las caras y enalteció los espíritus de un ejército de valerosos isleños que hasta entonces habían llevado vidas tranquilas y sencillas, pero en cuyos corazones guardaban todavía el recuerdo ancestral de un pasado glorioso, digno de honor y alabanza. Juntos los clanes, forjaron alianzas con las fuerzas mágicas que habitaban desde tiempos antiguos los bosques y playas de la isla d'Jèrri, formando una coalición de fuerzas benefactoras dispuestas a enfrentar al Ombrochïn, pero especialmente: a dar una lección de bravía y unidad a sus malignos invasores.

Envalentonados por sus primeras victorias, pero sobre todo por el número de saqueadores que triplicaba a los habitantes de la isla, las fuerzas piratas finalmente alcanzaron el campo de batalla. No obstante la injusta arremetida, fueron sorprendidos al no encontrase con los pacíficos habitantes comunes como esperaban, sino más bien con los más fieros guerreros que en toda su vida habían debido enfrentar. Una férrea defensa, tan heroica como propia de tiempos legendarios, se hacía partícipe de una nueva gesta en las futuras crónicas de poetas aun no nacidos.

La batalla final se libró en el corazón mismo del castillo, donde las fuerzas del mal y la luz colisionaron en una épica confrontación como pocas historias ilustres han podido contar.

La espada de Sir Cedric, heredera de la luz de Excalibur, brillaba con la fuerza de todos aquellos que habían luchado junto con él, tanto desde tiempos inmemoriales como en ésta: la batalla decisiva. Cada golpe que asestaba resonaba como un eco de la determinación de los honorables y muy valientes habitantes de la Bailía de Jersey.

En un choque titánico final, Sir Cedric se enfrentó cara a cara al Ombrochïn, blandiendo su espada con una destreza asombrosa digna de los reyes antiguos. La batalla rugió durante horas interminables, donde la oscuridad chocó de frente contra la luz innumerables veces, buscando fatigar su espíritu de lucha.

Los piratas comenzaban a retroceder cuando, finalmente, con un golpe poderoso que resonó en todo el castillo y hasta los confines de la isla, Sir Cedric atravesó el corazón del Ombrochïn, dispersando su maléfica presencia cual hechizo roto de Morgana en un grito gutural agonizante. La isla se iluminó con un resplandor dorado mientras la oscuridad retrocedía, y los habitantes de la Bailía de Jersey vitorearon... el bien y la luz habían prevalecido sobre la adversidad.

Cuenta la leyenda que tras la victoria, Sir Cedric desapareció del campo de batalla tan misteriosamente como había llegado. No sin antes prometer al niño, escudero del capitán del caudillo jefe de los clanes aliados, que algún día regresaría cuando su presencia se hiciera nuevamente necesaria.

Finalmente, el castillo fue reconstruido con los años, alcanzando de nuevo toda la grandeza de los cuentos de antaño. Así fue como se convirtió entonces y para siempre en un símbolo de la victoria y la unidad de los isleños de la Bailía de Jersey.

La historia de Sir Cedric y su lucha contra el Ombrochïn se convirtió más tarde en una leyenda que se contaría a lo largo de las generaciones; recordando a todos aquellos quiénes han convivido con la tradición que pesar de los momentos más oscuros, el valor, la lealtad y el honor pueden, con unidad, vencer al peor de los males cuando éste se atreva a amenazar la paz y la prosperidad de los pueblos libres y valientes.

Fin

Atlántida

Una leyenda de los antiguos griegos, cuenta que Atlántida era una isla enorme y poderosa. Tan o más grande que Libia y Asia Menor reunidas. Se dice que existió hace miles de años en medio del brumoso y agitado océano Atlántico.

Lejos... muy lejos... más allá de las Columnas de Hércules*. Sus habitantes —los atlantes— adelantadísimos en tecnología y cultura, forjaron una sociedad extraordinariamente organizada, erudita y próspera.

En definitiva: se trataba de una civilización vigoroza y adelantada para su tiempo, ya que el resto del mundo parecía vivir en una era precaria; mucho más propia de los tiempos arcaicos a los que nos referimos.

Atlántida era una cultura sin igual y como nunca ha presenciado nuestra humanidad moderna. Alcanzaron un dominio tecnológico tan sofisticado y sublime que les permitió, incluso, construir gigantescos templos conectados por estupendos canales de agua, maravillosos palacios rodeados de bellos jardines, y formidables pirámides... tan o más magníficas que las de Egipto. Así, también, gozaban de la protección de una poderosa y entrenada fuerza naval que navegaba alrededor de la prodigiosa isla y sus anillos.

O así es, más o menos, cómo la retratan los diálogos de Platón —Timeo y Critias— escritos en el siglo IV de la era pre-cristiana. Platón dijo que esa historia se le contó su mentor, Sócrates; quién a su vez la escuchó de Solón, quién la habría aprendido de su padre. Y quién sabe de dónde la sacó este último.

Sea como fuere, sus orígenes verdaderos tal vez se pierden en la insondable memoria del tiempo antiguo... o puede que todo no sea más que un gran cuento fantasioso con el que Platón divertía a sus ingenuos amigos, ya que los auténticos arqueólogos —esos que enseñan en universidades, usan sombreros de los años '20 y temen a las serpientes— no han encontrado pruebas concretas de que Atlántida haya existido alguna vez.

Los pocos hallazgos que parecen provenir de Atlántida suelen, por lo corriente, ser vestigios de otras viejas culturas pre-cristianas, o quizá precolombinas, ya conocidas:
  1. Una teoría dice que Atlántida sucumbió en la isla de Thera, en el mar Egeo.
  2. Otra dice que está hundida en la cadena de islas de Bimini, en las Bahamas.
  3. Otra dice que frente a la costa de Portugal.
  4. Otra más, que se encuentra congelada bajo los hielos de la Antártida.
  5. Alguna teoría exótica sugiere la costa de las islas Ryukyuen, en Japón.
  6. No falta quién cree que Sudamérica era Atlántida.
  7. Están los que sospechan que era Isla de Pascua o por ahí.
  8. Y hasta algún despistadillo afirma que está bajo las aguas del archipiélago chilote, en Chile.
En fin... fuera cuento o realidad, el rumor creció como la levadura en el pan durante miles de años. Así es como su leyenda inspiró a muchos aventureros a buscar la famosa civilización perdida. Y digo “perdida” porque yo también la busqué y no la encontré (al menos, no del todo 🤔). Desapareció cuando los atlantes —por entonces ciudadanos honorables y conscientes de sus deberes— abandonaron sus viejas filosofías científico-humanistas para volverse arrogantes y codiciosos.

Fue así como sus habitantes quisieron ser dioses... y habiendo alcanzado el esplendor de su cultura y progreso, comenzaron a usar ese poder para oprimir a otros pueblos más pequeños, quitándole sus derechos y posesiones.

Sucedió, entonces, que los verdaderos dioses —si acaso existen— molestos por la arrogancia de los atlantes, decidieron castigarlos de la peor forma: destruyendo la isla extraordinaria por medio de un desastre natural que terminó por hundir a Atlántida bajo las oscuras olas del océano... para no ser vista nunca jamás por ojos humanos.

Bueno, en realidad la idea era que no fuera vista nunca más por ningún ojo, pero si digo “ojos humanos” suena más dramático, y naturalmente que esto hace más espeluznante mi versión del relato.

Como sea, fue una gran inundación lo que destruyó todo. Algunos dicen que la provocó un terremoto. Otros dicen que fue un tsunami. Hay quiénes dicen que la isla simplemente se desmoronó. E incluso algún soñador afirma que la isla era una gran nave espacial que salió volando hacia las estrellas de una galaxia lejana... muy... muy lejana. Pero esa idea la descarté por descabellada. 😏

Lo más seguro es que alguien olvidó ponerle el tapón a alguna pileta de alguna plaza y el agua del mar se coló por ahí; y es que los antiguos griegos ya conocían las tuberías, así que los atlantes con mayor razón.

La culpa fue de un fontanero.

Fin

* Las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar)
El tigre que perdió la candela

En el departamento del Chocó, cerca de la frontera de Colombia y Panamá, habita el pueblo Guna; cuyo territorio selvático y húmedo termina en las vecindades de la desembocadura del gran río Atrato en el golfo de Urabá.

Cuentan los Gunas que una insignificante pero astuta lagartija robó al tigre el fuego que poseía.

El tigre vivía a la orilla de un río y era el único que podía comer la carne cocida, porque era el dueño de la candela. Además el tigre tenía la satisfacción de reposar en su hamaca en tiempo de invierno, con un fuego debajo para calentarse y con las llamitas podía hacer lámparas y, en fin, era el único habitante de la selva que podía darse harto gusto. De manera que las otras personas y los demás animales empezaron a visitarlo y con mucha cortesía le rogaban:
— Préstanos tu fuego, compañero tigre.
Pero él se negaba y les metía un buen susto con sus potentes rugidos.

Entonces, convinieron en que la única manera de vencer el egoísmo del tigre era con un engaño. Había que robarle el fuego y, como no existía persona con fuerza suficiente para vencerlo, acordaron que la lagartija hiciera el trabajo pues tenía mucha astucia.

Además, la favorecía su manera de correr velozmente y su gran facilidad para esconderse.

Le dijeron lo que tenía que hacer y una noche la lagartija atravesó el río y llegó a la casa del tigre que dormía afuera en su hamaca y tenía muchos fuegos encendidos.
— ¿A qué has venido, animalejo? —protestó el tigre malhumorado.
La lagartija conservó su tranquilidad y respondió:
— Estaba extraviada y he venido a calentarme un poco, si tú lo permites... Además, puedo ayudarte a cuidar tus fuegos mientras duermes.
El tigre aceptó a regañadientes y mientras tanto cayó una fuerte lluvia que apagó todos los fuegos, menos la pequeña hoguera que ardía debajo de la hamaca. El tigre se durmió arrullado por el rumor de la lluvia y al poco rato roncaba estrepitosamente. La lagartija se movió con cautela y pensó que todo el fuego de la hamaca era muy grande para llevarlo, de modo que decidió soplar para apagarlo un poco. Pero el tigre se despertó sacudido por la indignación.
— ¿Qué es lo que haces? ¿Porqué apagas mi fuego?
— No —repuso la temblorosa lagartija— Lo ha apagado la lluvia, pero yo cuido de que no desaparezca del todo la candela.
Volvió a dormirse el tigre y la lagartija redujo el fuego a una pequeña llama que colocó en su cabeza y así pudo huir silenciosamente atravesando de nuevo el río.

Todos recibieron muy contentos a la lagartija. Y durante varios días celebraron su triunfo. La satisfacción era muy viva porque ahora todos podían cocinar la carne antes de comerla.

Y el tigre recibió su merecido, pues siempre lo vemos que come carne cruda.

Fin
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