Cuentos Oriente
Cuentos Oriente
La Leyenda de Gou Nian

Cuenta una historia de tiempos antiguos, que la luna solía tejer una vasta red, tan delgada como la seda, a través de los mares inexplorados de la Tierra. Aquella era hilada de luz plateada y guiaba a los navegantes perdidos hacia destinos inciertos, donde hallaban gran fortuna o su perdición eterna. Pero también atraía a las costas a feroces y desconocidas criaturas del mar, y hasta servía de puente a los mismísimos dioses que caminaban entre los mortales.

Por aquel entonces y a orillas del Gran Océano, hubo un pueblo del lejano Oriente que vivía bajo la sombra acechante de una bestia carnívora e inmortal; su nombre era Nian, el dragón de los mares, y su venida anual —al inicio de la primavera— era presagio de ruina y desesperanza.

Nian era un coloso nacido en las profundidades del abismo. Tenía cuerpo de buey, un pelaje escamado de color semejante al bronce bruñido, y su cabeza con melena de león estaba coronada por un cuerno con protuberancias afiladas, como las lanzas de un dios guerrero. Dormía en su escondite acuático durante el ciclo del sol, pero cuando el invierno cedía y los vientos cambiaban, emergía con su hambre insaciable, arrasando cuanto encontraba a su paso. Hombres y bestias desaparecían al interior de sus fauces, y el terror vestía la aldea de sufrimiento, dolor y silencio.

Los aldeanos, conocedores de la inexorable amenaza, huían en cada ocasión a lo alto de las montañas para refugiarse en unas cuevas profundas. Así, cada año dejaban atrás sus hogares y a merced de la fiera, acostumbrada ya a su embestida voraz.

Sucedió entonces, durante un borrascoso atardecer y en una de esas vísperas fatídicas —y con la sombra del Nian cerniéndose en el horizonte— que un venerable aunque foráneo anciano llegó al pueblo. Era un completo desconocido. Tenía una barba larga y delgada, y su canoso cabello era casi metálico, como la plata del alba en su azul más tenue. En sus ojos brillaba la sabia luz de un fuego olvidado por las eras.

Los aldeanos, preocupados por la llegada del Nian y preparando su huida, miraban de reojo y con cautela al anciano. Aquel llevaba un hanfu mezclado de tonos ricos y sobrios. Su túnica exterior, de un profundo carmesí, caía en elegantes pliegues hasta sus pies, contrastando con el grisáceo de los cielos que anunciaban el peligro de la bestia. El borde de su túnica iba adornado con intrincados diseños y bordados elegantes y dorados que representaban dragones y nubes. Una prenda de color marfil asomaba en el cuello y sus mangas, aportando un toque de luz y pureza a su figura.

El viejo “sin nombre" traía ceñido un cinturón ancho de seda, de un tono oscuro y ceremonioso. Éste sostenía un pequeño bolso de tela en cuyo interior guardaba algo misterioso. Un sombrero de cono de paja, sencillo pero digno, cubría sus largas canas protegiéndole de la lluvia. Y pese a su avanzada edad, su postura era erguida y su mirada, serena y determinada como los mares en tiempos tranquilos. Así pues, quienes alcanzaron a ver su rostro de cerca, contaron que su mera presencia les infundía tranquilidad y respeto en medio de sus desgracias.

Finalmente, unas sandalias de madera resonaban suavemente a su andar.

Ya en medio del pueblo, el anciano se presentó ante los temerosos pobladores y con voz firme proclamó:
—¡Amigos, no huyáis más! Es verdad que el Nian es temible, pero no es invencible. Concededme el favor, esta noche, de enfrentar a la bestia... ¡y yo os libraré de su yugo!
Algunos pocos jóvenes con menos memoria se mofaron, y hasta los ancianos de la aldea, ya curtidos en años de pesar, dudaron de sus palabras. ¿Cómo podría un solo hombre —y de tan avanzada edad— enfrentarse a una criatura de los abismos como el poderoso Nian? Mas ante su propuesta no pudieron sino asentir, pues el anciano se mostraba decidido, aunque el miedo les robaba toda esperanza.

Llegó entonces la noche, cayendo oscura y fría, y con ella, el Nian. Surgiendo desde el mar oscuro hundió sus pezuñas en la arena de la playa. Sus patas parecían transformarse en garras cuando su ojos se encendieron, relampagueando con el fulgor de la tormenta. Su rugido se elevó por los cuatro vientos, y era como el bramido del océano enfurecido. La tierra tembló bajo su paso, y el aire se llenó con el hedor del azufre y el humo de sus entrañas. La gente huyó despavorida.

Conforme con el terror que su presencia provocaba en los humildes, la bestia se preparó para devorar cuanto hallara en su camino... cuando, de pronto, el anciano le salió al paso.
—¡GROOOAARR! —bramó el Nian, con toda su fuerza y poder, como pretendiendo acobardar al insolente humano que se atrevía a desafiarle.
El anciano ni se inmutó.

Vacilante el Nian por la actitud del viejo, se alzó con su tamaño imponente y sus ojos llameantes, acercándose lentamente al anciano como estudiándole desde una posición ventajosa.
—¡GROOOAAARRR! —volvió a rugir, en un tono todavía más amenazante, pero el anciano no se movió.
Perplejo el animal, asumió que el viejo era un loco inofensivo y decidió atacarlo. Su rugido volvió a resonar por todo el pueblo y sus montañas como el viento encolerizado. Los aldeanos que no habían alcanzado a huir, se escondieron en sus casas, aterrados, mientras el anciano de cabello cano seguía fijo en su puesto con su mirada serena. Su túnica roja ondeaba al viento cuan mítico héroe de leyenda enfrentando a la maldad. El Nian abrió sus enormes fauces, decidido a devorar a su adversario...

Pero en ese instante, un estallido rasgó la penumbra.
—¡BOOM!
El Nian se detuvo en seco a centímetros del anciano.
—¡BANG!
—¡CRACK!
—¡FSSSSSS... K-BOOM!
—¡POP! ¡WHIZZ!
Comenzaron a tronar una serie de fogonazos y explosiones frente al rostro de la bestia.

Sorprendido el Nian, sintió que el anciano ya no parecía tan inofensivo. Una línea de petardos que colgaban de su bastón comenzaron a explotar en serie en ese momento.
—¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! 
Con voz firme, el venerable entonó un cántico místico mientras encendía uno a uno los petardos, cuyos estallidos y chispas llenaron el aire de estruendo y brillantes luces multicolores. El Nian, estupefacto y aturdido por los destellos y el ruido, retrocedió con un rugido de terror que sacudió las chozas y los árboles a su alrededor. El anciano dio un paso adelante y la bestia mítica retrocedió otro más.

A partir de ese momento, llamas danzaron en la oscuridad, y lenguas rojas y doradas chisporroteaban como estrellas caídas del cielo. Estruendos ensordecedores rompieron la noche, y Nian, por primera vez en su existencia, sintió el amargo aguijón del miedo en toda su gloria. Retrocedió, gruñendo y tambaleándose, mientras su mirada erraba de un lado a otro en busca de su atormentador. Entonces lo vio: el anciano, de pie en el centro del poblado, vestido con un manto rojo como la sangre del crepúsculo, sostenía en sus manos un haz de fuego y estruendo.
—¡Huye ahora, bestia de la sombra! —bramó el viejo— ¡Pues la gente ha visto tu miedo, no volverás a asolar estas tierras nunca más!
Nian, ciego de terror, lanzó un último rugido antes de huir, perdiéndose en la vasta negrura de los mares.

Al despuntar el alba, los aldeanos regresaron, asombrados de hallar sus hogares intactos. El anciano ya no estaba, pero en su lugar, había dejado tres regalos: papel rojo para darles valentía; fuego para darles el poder de la luz sobre la oscuridad; y el secreto de la pólvora para que con fuegos artificiales proclamaran su victoria sobre el Nian.

Desde aquel día y en honor a su victoria, las gentes celebraron la hazaña del venerable sin nombre. Así, año tras año, al llegar la “Víspera de Nian" —con la llegada de la primavera— cuelgan en las aldeas decoraciones carmesí y encienden chispas que estallan en pirotecnia para recordarle al monstruo que la gente ya no le teme.

Siglos pasaron y la celebración incorporó el Wu Shi (舞狮) —la danza del león— y el Wu Long (舞龙) —la danza del dragón—, para traer buena suerte y fortuna, ahuyentando también a los malos espíritus del mundo terrenal.

Así nació la tradición que dio origen al Festival de la Primavera, y que como las leyendas de tiempos primordiales, jamás ha de morir mientras los hombres tengan memoria y enciendan luces en la oscuridad. 🔥✨🐉

Fin
Simbad y la Princesa Cautiva
Versión de Ethan J. Connery & Canción de José Goles Radnic

En tiempos de la antigua Persia...
I
Una soleada mañana de verano, en las cercanías del puerto de Manahlir, sus habitantes divisaron un hermoso buque mercante que navegaba apacible hacia el embarcadero. Construido en finas maderas y largas velas blancas, atrajo a los curiosos que acudieron en gran número para dar la bienvenida al recién llegado navío. Algunos rumoreaban que, dado su porte y estandarte, sin duda provenía de algún reino lejano; tal vez rico o exótico. La nave era conducida por un joven y desconocido capitán llamado Simbad... Simbad, el Marino.

Para cuando el barco finalmente atracó —con la suavidad y competencia de los viejos lobos de mar— un inspector algo inseguro subió a bordo para hacer el registro de control que, por oficio, tenía encomendado. Hecha la inspección, y maravillado ante tal calidad y número de riquezas, el fiscalizador se retiró rápidamente para dar aviso a sus municipales. Les dijo que un mercader rico —sino acaso un príncipe— había arribado a puerto para hacer sus extraordinarios negocios. Mientras tanto, un grupo de oficiales del barco, elegantemente uniformados, bajaban las velas y se daban a la tarea de descargar, con actitud decidida, las mercancías que habrían de comerciar en Manahlir.

Una vez que completaron su tarea en el puerto, con una velocidad y precisión ráramente vista o acostumbrada en la región, los oficiales se despidieron cortésmente de su capitán y se dirigieron a la ciudad junto con la carga que les habían encomendado. Una multitud emocionada los seguía de cerca, ansiosa por ver lo que el mar les había traído.

Las buenas condiciones de las mercancías, su abundancia e indudable buen gusto, hicieron de los negocios de aquel envidiable navío maravillas en Manahlir, logrando que el nombre de “Simbad el Marino" se regara como la lluvia que trae los monzones a las tierras de Oriente. Fue en este contexto  de fama y algarabía que Simbad llamó a Lebec, su lugarteniente, para darle sus últimas instrucciones:
— Amigo, preparad todo para mañana. Zarparemos tan pronto alcen vuelo las gaviotas. El Reino de los Dragones nos espera.
Lebec asintió de inmediato, pero sin poder esconder cierta decepción en su semblante.
— ¿Porqué esa cara, mi leal delegado?
— No es que me pese marchar, honorable Simbad, pero tengo sentimientos encontrados con esta ciudad.
— ¿Cómo así? —preguntó Simbad.
— En el mercado conversé con algunos locales. Comprobé que son gente buena y amistosa. Sin embargo, preguntando acerca de las costumbres provinciales, terminaron contándome la historia de la princesa Zobeida: una dama de la realeza a quien el Sultán Bakbarah hizo prisionera en su palacio... todo por negarse a contraer matrimonio con su hijo.
— Prosigue —animó Simbad, visiblemente interesado en las memorias reales.
— Sucede que el padre de la princesa, Soberano de un reino vecino, envió a valientes hidalgos a liberar a su heredera, pero todos encontraron la muerte: ninguno regresó de sus desventuradas misiones.
Simbad tomó el hombro de Lebec.
— Amigo mío, el oro suele triunfar ahí: donde las aventuras fracasan y las razones son desoídas. Hoy mismo iremos al palacio del Sultán para liberar a la princesa.

II

Simbad ordenó cuidar la nave a la mitad de sus oficiales, mientras él y Lebec —elegantemente vestidos y custodiados por su otra mitad de oficiales— se dirigieron a hacerle una visita de cortesía al Sultán. Para ello prepararon una buena parte de sus más espléndidos tesoros como regalo y muestra de sus buenas intenciones. Llegados al palacio los soldados reales les recibieron con pomposidad, dirigiéndoles a la sala del trono.

Ya en presencia del Sultán y su hijo, Simbad les saludó dignamente.
— ¿Con que vos sois el célebre marino de quien todo el mundo habla? —preguntó el príncipe.
— Simbad es mi nombre, si me lo permite, honorable príncipe. No he querido perder la oportunidad de visitaros para ofrecer mis respetos a vuestra noble familia. De paso, conoceros mejor antes de dejar vuestro hermoso Reino.
Con descarada codicia, Bakbarah no paraba de mirar los tesoros que Simbad traía consigo.
— Son para vos, Alteza: regalos por un valor de “innumerables" dracmas como señal de mi buena voluntad. Sólo aspiro a que me aceptéis de aliado.
— De acuerdo —se apresuró a responder el Sultán— te acepto, Simbad el Marino: “pídeme lo que quieras en agradecimiento"... que si no es magia, ni mi propio Reino (rió) te será concedido en el acto. ¡Mi poder no tiene límites en la Tierra! (alardeó sin disimulo).
Satisfecho ante la respuesta, Simbad inclinó una rodilla:
— ¡Oh, agradecido en el alma, su Majestad! Si bien la Tierra es muy grande, pero es en esta atmósfera de buena disposición que quisiera pediros, con sincera humildad, la libertad de la princesa Zobeida.
Al oír ese nombre la cólera se apoderó del Sultán. Como quién cambia de parecer en un abrir y cerrar de ojos, y sabiendo que tenía la riqueza del humilde Simbad a su custodia, le gritó:
— ¡Atrevido y embustero mercader! ¡Cómo osas pedir tal cosa en tu posición si no eres un noble como yo!
— Pero vos habéis dicho...
— ¡Silencio! —gritó el Sultán— Estos tesoros son ahora míos por derecho. Te serán confiscados por molestarme al entrar en mi palacio y hacerme perder mi tiempo. Zarparéis de inmediato fuera de mi reino, y agradeced que no os tomo vuestras vidas... ¡sucios insolentes!

III

En medio de risotadas y malos tratos de la guardia real, Simbad y su comitiva fueron expulsados del palacio. Se trató de un desalojamiento violento, humillante y deshonesto. Las gentes de la ciudad que presenciaron esto último se apiadaron de los invitados, pues se habían encariñado de la buena voluntad y gracia de los extranjeros. Sin esconder vergüenza, les ayudaron a incorporarse. Los lugareños ya estaban habituados, no sorprendidos: el monarca se había ganado la mala fama de ser un individuo quejumbroso y arrogante, además de injusto para con sus súbditos.
— No eres el primero que lo intenta de ese modo, mi joven Simbad. Deseabas liberar a Zobeida... ¿no es así? —se dirigió un anciano a Simbad, mientras le ayudaba a ponerse de píe.
Simbad sacudió el polvo de su traje:
— Gracias, buen cheikk —correspondió— pues... ¿qué es lo que no han intentado aun? (preguntó dolido, y acto seguido le indicó a Lebec de que se preparara a zarpar esa misma noche para aparentar, pues estaba decidido a liberar a la princesa... más aún después de aquel trato deshonroso).
Lebec y sus ofendidos oficiales se retiraron con cautela, pues los soldados aun los vigilaban desde la torres, gritándoles con evidente hostilidad. La multitud les siguió. El anciano y Simbad  tomaron otro rumbo, y se alejaron del palacio por una calle adyacente, lejos de la vista de los soldados y las gentes de Manahlir.
— Nada queda por hacer, joven Capitán —explicó el anciano— muchos ya han perdido la vida intentando. El único que entra al palacio, sin ser atropellado, es el aguador que suministra el líquido vital a las dependencias del Sultán. El viejo aguador lleva toda su vida en ese trabajo, así que los guardias le guardan un poco más de respeto.
— Llévame con él, por favor, buen cheikk —solicitó Simbad.
— Accedo gustoso... a cambio, claro, de un pasaje al Reino de los Dragones: a bordo de tu hermosa embarcación.
— Ese reino está muy lejos... ¿porqué querrías ir ahí? —preguntó curioso, Simbad.
— Porque el sultán pondrá precio a mi cabeza, pero nadie irá a buscarme a esas tierras legendarias.
— ¿Acaso eres fugitivo?
— No todavía, pero ambos estamos a punto de serlo —sonrió el viejo, quién en realidad era el propio aguador.
Así fue como Simbad y el aguador se conocieron, y juntos trazaron un plan para rescatar a Zobeida.  El viejo se había convertido en amigo de la princesa, pues cada semana llevaba una tinaja de agua fresca a sus aposentos reales, conociendo bien sus deseos. A pesar de que la princesa vivía rodeada de riquezas, sabía que su libertad era más valiosa que todo el oro y el poder que el hijo del Sultán o incluso Bakbarah pudieran ofrecerle.


IV

Simbad se disfrazó de aguador: cargó una gran tinaja a la espalda y, manteniendo un perfil bajo, se dirigió hacia una entrada secreta en la muralla que rodeaba el palacio.

Un hueco oculto hábilmente entre la vegetación —tal como el anciano le había señalado— le facilitó a Simbad el acceso a un extenso y oscuro túnel que lo llevó hasta unas catacumbas. Ahí tomó un pasadizo que daba hacia una galería, y finalmente: hacia un gran patio interior medio abandonado e iluminado por el cálido sol de Persia.

Parecía agradable y solitario, pues verdes palmeras y hierbas crecían en cada rincón. Se dirigió a una palmera en particular, y, buscando entre la arena de una raíz, dio con la llave que abriría el cerrojo de una puerta... al otro extremo del patio.

Hallada la puerta abrió el cerrojo, entrando luego en una pequeña sala polvorienta con salida a un segundo patio. La sala tenía una mesa y sobre la mesa: una lámpara de aceite que estaba permanentemente encendida... pues la lámpara era mágica, y aunque no contenía un genio, servía para iluminar los cambios de guardia nocturnos.

En el suelo de la sala yacía el esqueleto abandonado de algún pobre pirata o viajero cuya vida terminó de improviso; pues una cimitarra —todavía enterrada— le había roto los huesos desde el hombro hasta las costillas. El aguadero le había advertido a Simbad que no tocara al desafortunado, pues corría el rumor, entre los soldados, de que el esqueleto estaba maldecido. El propio sultán, que era supersticioso, había prohibido tocarlo.

Atraído por la curiosidad, Simbad se acercó. Sus prendas eran extrañas, y notó el emblema de algún reino lejano y desconocido... tal vez de Occidente: tierras míticas cuyos misterios nadie ha descubierto todavía. Ni siquiera el propio Simbad. Le pareció que al momento de morir, el hombre había intentado coger algo de entre su atuendo. Simbad tomó con cuidado la mano esquelética del bolsillo y extrajo el último objeto al que un extraño agonizante se aferró: era un anillo de oro pulido.

Simbad tomó el anillo, y aunque era un día soleado, su primer impulso fue acercarlo a la candela de la lámpara para apreciar mejor el reflejo dorado de su brillo. ¿Por qué una sortija le llamaría tanto la atención, habiendo una princesa por rescatar? Recordó a Zobeida e instintivamente se guardó el anillo entre sus propias túnicas, prosiguiendo su camino hacia las dependencias reales.

Tras el segundo patio encontró una nueva puerta; ésta vez sólo tiro de un aro de hierro clavado a ella y se halló a la entrada de una interminable escalera que parecía dar vueltas alrededor de una torre. Subió con la tinaja hasta llegar a un amplio corredor iluminado que tenía muchas puertas. La del fondo estaba custodiada por seis centinelas.

De traje pesado, y armado con elegante daga y filoso alfanje, se acercó uno de ellos.
— ¿Quién eres tú? ¿Donde está el viejo aguador?
— Mi pobre padre está muy enfermo —respondió Simbad— y me ha encomendado traer el agua a las dependencias del palacio.
— No me han informado, pero no puedes entrar a los aposentos de la prisionera; está prohibido que ella vea a cualquier hombre joven que no sea el príncipe. Deja el agua en la primera habitación y más tarde nosotros se la llevaremos.
— Entiendo —replicó Simbad, y agregó— descansaré un minuto, si no le molesta. La tinaja está pesada, ha sido un largo trayecto y el calor es agotador.
— Está bien —dijo el guardia— descansa y luego te vas.

V

Simbad entró a la otra habitación, llevando la tinaja, en cuyo interior escondía un simple garrote que había aprendido a usar —como arma defensiva— en el Reino de los Dragones. Así, cuando hubo pasado un tiempo prudente, el centinela entró en la habitación, pensando que el joven tardaba demasiado.
— ¡Perdón! Me he debido quedar dormido. —se disculpó Simbad.
— Esta bien, pero vete ya.
— ¿No tiene calor en esas prendas tan pesadas? ¿No gustaría beber un poco de agua?
— Si... tienes razón: probaré un poco.
El guardia se inclinó hacia la tinaja cuando... ¡ZOC! un golpe seco entre el cuello y la nuca le dejó dormido. Simbad le escondió detrás de unos cofres apilados. Al rato llegó otro centinela, preguntando por el primero, a lo que Simbad respondió:
— Bebió un poco de agua y sintió necesidad de... ya sabe...
— Mmm, ya me lo imaginaba —respondió el segundo guardia.
— ¿No gustaría, también, un poco de agua?
— Si, hace calor y tengo sed...
¡Zoc! otro guardia durmiendo junto al primero. Y así siguió con otros dos centinelas más, hasta que llegado el quinto —jefe de los otros— éste preguntó:
— ¡Oye, aguador! ¿Sigues aquí? ¿Donde están mis guardias?
— Tenían sed, debido al calor, y bebieron agua de la tinaja, pero parece que fue demasiada, porque sintieron necesidad de ir a... ya sabe....
— ¿Todos ellos?
— Si... ¿No quiere un poco de agua?
— No cuando estoy de guardia: soy soldado de asalto. —le aclaró el soldado, que tenía mayor rango que los otros.
Simbad pensó rápidamente y dejó caer el anillo que llevaba consigo.
— ¡Oh, disculpe, el anillo de mi padre! —exclamó.
Atraído por el brillo de la joya el centinela se inclinó a recogerlo, y en ese momento, ¡Zoc! golpe al cuello. Pero el guardia —más fuerte que los otros— ni se inmutó. En cambio, se irguió lentamente hacia Simbad, lanzándole una mirada furibunda a la vez que desenfundaba su daga.
— ¿Qué pretendes, aguad...
— ¡¡Hi - Aiyah!!
La reacción instintiva de Simbad fue tan rápida y fugaz como el rayo: de un primer golpe la daga saltó de la mano del guardia, a la vez que, con el extremo del garrote, recibía un segundo impacto en plena frente. El hombre cayó pesadamente en sus espaldas.

Aliviado de su suerte —o más bien, de su manejo del Bō— Simbad comprendió que la misma estrategia no funcionaría por sexta vez, así que se vistió con los atuendos del soldado; amarrándose su turbante, su daga y su alfanje, para engañar al último centinela. Recogió el anillo y se fue por el corredor, portando la tinaja. El turbante ocultaba su rostro.
— ¿Todo bien? —preguntó el último centinela, creyendo que hablaba a su jefe.
— ¡Perfecto! —exclamó Simbad, dándole una fuerte y sorpresiva trompada que terminó por derribarlo.
¡Por fin rescataría a Zobeida!


VI

Abrió
 entonces, Simbad, la puerta de la celda de la princesa, quién descansaba graciosamente, echada en su litera, dejando sin respiración a nuestro valeroso héroe, hechizado ante su dulce y fascinante belleza...
— ¿No eres un poco bajo para ser soldado de asalto? —preguntó la princesa.
— ¿Qué? ¡Ah... el uniforme! —se sacó el turbante— ¡Mi nombre es Simbad “el Marino", he venido a rescatarla!
— ¿Eres quién? —se incorporó la princesa.
— ¡Vine a rescatarla! ¡Tengo la tinaja, vengo con el aguadero!
— ¿El aguadero? ¿¿Donde está??
— ¡Sígame!
Simbad tomó la mano de la princesa y juntos corrieron pasillo abajo.
— ¡Espera, espera...! Eh... Simbad. ¿No sería mejor que me ocultaras en la tinaja y saliéramos del palacio como si fueras un simple aguadero?
— Ese era el plan, princesa, pero si miras por la ventana en este momento, notarás que uno de los guardias, a quién suponía dormido, ya despertó, y está dando la alarma. Es cosa de tiempo para que esto se llene de soldados.
En efecto, en uno de los patios se veía a un centinela, corriendo en paños menores, mientras se sobaba la frente y gritaba:
— ¡Intrusos! ¡Intrusos! ¡Intentan liberar a la prisionera!
Un grupo de veinte soldados subió corriendo por la espiralada escalinata.
( Sí, si existe la palabra “espiralada" °-° )

Cuando el primero estuvo a punto de llegar, Simbad y la princesa, agazapados al interior de la tinaja, rodaron escalera abajo, aplastando en su camino a los soldados, que —ya fuera de combate— quedaron regados por toda la torre. Pero la escalera era larga, y la tinaja tomó velocidad, saliendo disparada —con Simbad y princesa incluída— a través de una ventana de la fortificación. La tinaja cayó en un foso de agua que, a modo de defensa, rodeaba el recinto real.

Alertados por el alboroto, el resto de soldados se dirigió a la torre, ignorando por completo a la tinaja, que ya navegaba en dirección a un arrollo que desembocaba en un río cercano. Nuestros improvisados, navegantes destaparon la tinaja.
— No entiendo para qué necesitan a un aguador teniendo un río al lado —observó Simbad, mientras la tinaja aceleraba en la corriente.
— Es que el agua de este río no es potable —le respondió Zobeida.
¡Cuidado! —exclamó Simbad, a la vez que se agachaba con la princesa para esquivar una palmera que, a modo de puente, atravesaba el río.
El caudal los transportó río abajo hacia una cascada, que luego los condujo por un afluente secundario hasta llegar finalmente a mar abierto, donde los esperaba su preciado navío, comandado por Lebec, quién avisado por el aguador acerca del “plan B", había tomado la decisión de seguir su instinto, esperando que la suerte o el destino se inclinara a favor de su amigo.

VII

Los oficiales de Simbad no tardaron en rescatar la tinaja con sus aturdidos ocupantes, felicitándose mutuamente por tan imprudente pero a la vez, brillante rescate.
— ¡Le echamos de menos, mi estimado Capitán! —exclamó jubiloso el anciano aguador, que ya se sentía parte de la tripulación.
— Entonces... ¿rumbo al Reino de los Dragones? —preguntó sonriendo, Lebec.
— Espera, amigo mío —respondió Simbad, algo mareado— iremos primero a Bagdad, quizá haya alguna boda que celebrar...
El Capitán miró con ternura a Zobeida, que lo abrazaba extasiada. Antes de rodar por las escaleras de la torre (sumidos en la tinaja) ella lo había besado con delicadeza, solo “para la suerte". El corazón de Simbad latía, cautivado.
— Entiendo, Capitán; será un honor asistirles —dijo Lebec, al tiempo que los oficiales lanzaron un grito de júbilo victorioso— pero... ¿y luego?
— ¡Luego...! —prosiguió Simbad— Viajaremos a Poniente, a descubrir nuevas tierras y culturas; algo me dice que un reino perdido nos aguarda... en algún rincón olvidado del Océano.
Simbad levantó el anillo del “pirata", mientras lo analizaba con viva curiosidad. En ese momento, los últimos rayos del Sol abrasador de Persia tocaron el anillo, y éste reveló una inscripción brillante en su interior, que se descubrió ante los presentes como el fuego mismo del inframundo. El grupo quedó pasmado.
— ¡Por todas las Lunas de Oriente! —exclamó Lebec, visiblemente confundido.
— ¿Qué clase de sortija es esa? ¡Parece magia! —exclamo el aguadero.
— Si es así, no es de la nuestra. —respondió Simbad, absorto.
— ¿Qué significará esa extraña escritura? —preguntó Zobeida.
Simbad, el Marino, pensó un momento... parecía que le recordaba algo.
— Es un alfabeto antiguo, de tierras extrañas del Poniente; una lengua ya olvidada y desaparecida en las brumas del tiempo... reconozco algunos caracteres que he aprendido de mis muchos viajes y aventuras. Creo que dice:
 Ash Nazg durbatulûk, ash Nazg gimba... "

El último rayo del Sol abrasador de Persia desapareció, y con ella la inscripción del anillo.
— No lo sé, podría estar equivocado —reconoció Simbad.
— Señor, ¿ha intentado frotar la sortija a ver si aparece un genio? —preguntó un oficial.
— Como en las leyendas de antaño... —asintió Simbad— ¡Probemos!
Con energía, Simbad frotó el anillo en su manga, pero nada pasó.
— ¡Ooooh! —exclamaron todos, decepcionados.
— Dicen que la magia de Occidente funciona de modo diferente —observó Lebec.
— Si... —agregó la princesa— Oriente tiene sus misterios milenarios, y Occidente los propios.
¡¡¡ Bbbrrruuummm !!!
De pronto, un trueno sonó en la lejanía, y una oscura nube se alzó en el horizonte, llamando la atención de nuestros queridos tripulantes.
— Se avecina una tormenta, Capitán.
— Preparémonos, Lebec —la princesa necesita un descanso; se lo ha ganado.

VIII

Finalmente, la hermosa Zobeida correspondió al amor de su salvador y, una vez en Bagdad, se celebró la boda a la que asistieron todos sus amigos, los padres de la princesa y los pobres de la ciudad, quiénes, emocionados, cantaron al unísono la famosa canción del legendario marino:

“ Simbad, Simbad, Simbad,
marino sin igual,
dotado por los vientos
que vuelan sobre el mar...

Y el pobre persa
cayó en las manos
de una princesa
de ultramar... ♫

Y se enamora
perdidamente,
ya no regresa,
jamás Simbad.

Simbad, Simbad, Simbad,
se marcha hacia el Catay,
en un barco velero,
Simbad a navegar... ♪ "


Fin
El Gallito del Rey

Hubo una vez un rey que deseaba poseer el gallo de pelea más fuerte y temido del reino. Para ello, encomendó a su mejor domador la tarea de entrenar a un ejemplar formidable.

El domador eligió a un gallo vigoroso, de porte imponente y espíritu indomable, pero su bravura era aún descontrolada, encendida por el más mínimo desafío. Pasados diez días, el rey, impaciente, preguntó:
—¿Ha llegado el momento? ¿Puedo ya organizar su primer combate?
—No todavía, mi señor. —respondió el domador— Su fiereza sigue siendo ciega y apasionada; cada vez que oye el canto del gallo de la aldea vecina, se encoleriza y pierde el control. Aún no es digno de la lucha.
El rey asintió y permitió que el entrenamiento continuara. Diez días después, volvió a indagar:
—¿Está listo ya?
—Ha mejorado, majestad. —dijo el domador— Su furia no es tan inmediata, aunque aún se estremece y su cuerpo delata el impulso del combate. La emoción lo domina, aunque con menor ímpetu.
El rey, intrigado, accedió a esperar. Tras otros diez días, insistió una vez más:
—¿Y ahora? ¿He de ver finalmente la grandeza de mi gallo?
—Ahora su espíritu está templado. —respondió el domador— No se inquieta con el canto ajeno ni se deja llevar por la provocación. Se mantiene erguido, sereno, con la energía contenida en su interior. No necesita demostrar su poder, pues su sola presencia inspira respeto.
Convencido de que el gallo estaba listo, el rey ordenó el combate. Sin embargo, cuando el rival lo vio, no hubo lucha: el otro gallo, temeroso, se escabulló sin siquiera alzar la vista.

El rey entonces comprendió que la verdadera fuerza no radica en la furia del combate, sino en el dominio de uno mismo.

Fin
El Mago de la Botella
Hermanos Grimm — Adaptación de Ethan J. Connery

Érase una vez, en el lejano Oriente, vivía un viejo leñador en las afueras de una ciudad. El hombre era pobre y tenía un hijo a quien amaba tanto como a la vida. Siempre quería lo mejor para él, y por eso se esforzaba, trabajando duro, para darle a su hijo una vida digna.

Un día, cuando el hijo ya era joven (pero necesitado de aprender), tomó el viejito los ahorros de su vida y marchó a la ciudad con la esperanza de matricularlo en la mejor escuela de la región. Habiendo regresado, el viejito llamó a su hijo y le dijo:
— Mi pequeño, ahora irás a la ciudad a estudiar. Es mi deseo que seas un hombre educado, conocedor de las cosas importantes del mundo, para que cuando crezcas puedas tener un trabajo noble, de manera que disfrutes de la vida, y de paso puedas mantener a tu anciano padre en sus últimos años, pues mi vida se está acortando y temo perder algún día las pocas fuerzas que aun me quedan.
Así, el hijo partió a la ciudad, a la escuela que le había indicado su padre, y ahí se quedó, viviendo en una gran casa de hospedaje en compañía de otros estudiantes.

El joven, de naturaleza alegre y compasiva, pronto se hizo de buenos amigos, de modo que su carácter especial le hizo merecedor de simpatías, recomendaciones y elogios tanto de sus maestros como de compañeros de clase. Era trabajador y estudioso, y no había día que pasase sin que llegara a clases con sus tareas bien completas y aprendidas. Por ello obtenía excelentes calificaciones, además de la admiración de la gente.

Haciendo honor a su padre, el muchacho preparaba sus lecciones desde temprano. Se levantaba cuando el Sol comenzaba a salir y trabajaba duramente la mayor parte del día. Cuando le faltaban energías, recordaba a su padre cortando leña en el bosque... todo para que él pudiera ser un gran hombre. Así se daba ánimos y se esforzaba mucho más por lograr sus sueños.

Los días pasaban, y el joven aprendía más y más sobre la vida. Todo parecía ir en orden, hasta que un día dejó de llegar el dinero. Preocupado, el hijo pidió permiso a sus maestros, y regresó a casa a ver a su padre, quién yacía enfermo en cama.
— ¿Estás bien, papá?
— Mi pequeño, he trabajado todo lo que he podido, pero no ha sido suficiente; mis ahorros se han acabado y el esfuerzo me ha restado el vigor de mis mejores años. Ahora me encuentro enfermo y me cuesta mucho moverme.
Muy apenado, el hijo se quedó en casa, cuidando a su padre. Pasaron los días y poco a poco su padre mejoró. Cuando ya estuvo fuerte como para levantarse, le dijo su hijo:
— Papá, trabajaré contigo trozando leña. Ya es tiempo que te ayude con tu duro trabajo.
El viejo leñador abrazó a su hijo, aceptando que no había más remedio que trabajaran los dos para salir adelante. El joven fue a casa de su vecino, le explicó al situación y le pidió prestada una de sus hachas, puesto que su padre sólo tenía una. Así, partieron, padre e hijo a trabajar al bosque...

Sucedió una tarde —tras almorzar al aire libre— que el joven se dirigió a la playa para descansar un rato, recostándose bajo la sombra de una gran palmera que en tiempos pasados había plantado un buen "cheikk", con la esperanza de dar frutos o sombra a algún viajero improvisado.

Mientras dormitaba un poco, el joven soñaba con su escuela, sus maestros y sus compañeros de clase, y comenzó a echarles de menos... estaba en eso cuando de repente despertó, alertado por una vocecita que gritaba entre la arena:
— ¡Auxilio, auxilio, sáquenme de aquí!
El joven se reincorporó y comenzó a buscar el origen del llamado, que parecía venir de abajo de la arena. Comenzó a cavar con las manos creyendo que alguien había terminado de alguna extraña manera, enterrado en aquel lugar. Cual no sería su sorpresa, cuando se encontró de pronto con una botella de vidrio en cuyo interior había una rana encerrada. Un viejo tapón en la boca de la botella le impedía escapar.
— ¡Auxilio, sáquenme de aquí! —le pidió la rana.
El hijo del leñador apenas podía creer que una rana le hablara, y como era un joven de corazón bondadoso, su primer impulso fue quitar el tapón para liberar a la pobre rana que se ahogaba en su interior. Al verse con el paso libre, la rana dio un salto, cayendo en la arena.

Frente al sorprendido joven, la rana se hizo humo y ese humo comenzó a crecer y a expandirse tan alto y grande como la palmera bajo la cual el joven había dormitado. El humo fue condensándose hasta tomar la forma de un mago... como esos genios de lámparas mágicas que se cuentan en los cuentos de Oriente.
— ¡Por fin! —gritó el mago— ¡Llevaba mil años atrapado en esa sucia botella, y tú me has liberado!
El joven le miraba sorprendido. El mago continuó:
— El siglo I me prometí que si alguien me liberaba le daría la vida eterna... pero pasó ese tiempo y seguía atrapado en la botella, bajo la arena nauseabunda. El siglo II me prometí que a quien me liberase le llenaría de riquezas, pero nadie llegó, y seguía sin ver siquiera la luz del Sol. Así llegó el siglo III, en el que decidí que a quien me liberara solo le daría las gracias y me iría sin darle nada. Nadie llegó. El siglo IV me dije que si alguien destapaba la botella sólo le dejaría vivir y me largaría sin más... pero nadie llegó tampoco. Cuando llegó el siglo V me juré que al salir de la botella sacrificaría al que me liberase... y no... nadie llegó tampoco... y así pasaron otros 500 años más. ¡Perdí la esperanza y la cordura hace mucho tiempo, y ahora estás aquí... tú... un mozalbete entrometido!
El joven apenas podía creer lo que escuchaba, pero su corazón estaba tranquilo ante lo que parecía que se le avecinaba. Sin embargo, no podía dejar de sentir lástima por las palabras del taumaturgo.
— ¡Te acabaré de una forma horrible! —gritó el mago enloquecido, y sus ojos brillaron como fuego.
El muchacho se apresuró a responder:
— ¡Espera un momento, mago! No fui yo quien te encerró en esa botella.
— ¡Eso ya no importa! —gritó el mago.
— ¡Pero es que tampoco puedo estar seguro que eras tú quien estaba en la botella! —exclamó el muchacho— ¿Que no ves que eres demasiado grande para caber en ella?
El mago estaba encolerizado:
— ¡Tonto! Yo puedo adoptar cualquier forma y tamaño... ¡Mira y verás!
El mago se hizo humo de nuevo, tomó la forma de la rana, y de un salto se metió en la botella.
— ¿Ves que sí puedo? —preguntó el mago, hecho rana.
El hijo del leñador no lo pensó dos veces: tomó el tapón y cerró la boca de la botella, dejándola en el hueco de la arena. Al verse nuevamente atrapada, la rana intentó empujar el tapón, pero no pudo moverlo ni un milímetro. El joven leñador tomó su hacha y comenzó a alejarse, silbando una triste melodía.
— "Cuando la marea suba, la arena volverá a tapar el hueco" —pensó el chico.
Desesperado, el mago se imaginó lo mismo, y haciendo un esfuerzo infinito por controlar la locura que le enrabiaba el alma, terminó suplicando:
— ¡Perdóname!
El joven siguió caminando y sus pisadas se oían a través de la arena.
— ¡Por favor, perdóname! —repitió el mago— El encierro había nublado mi corazón en tinieblas, pero tú me mostraste la luz... después de mil años... me liberaste... me liberaste y yo... ¡Qué hice! No... ¡Qué hice! ¡Oh, joven, inocente de mi mal! ¡perdóname, te lo ruego!
La rana rompió a llorar desconsoladamente.
— ¡Snif, snif... por favor! —dijo el mago— No quiero volver a estar encerrado nunca más. Prefiero que me mates de un pisotón. Puedes hacerlo. Para tí no sería difícil destruirme junto con la botella. Por favor, libérame o destrúyeme, pero no me dejes encerrado otra vez.
El joven se detuvo. Algo en sus palabras revelaban sinceridad. Fue hasta el hueco de arena, extrajo la botella y miró a la rana, que ya estaba nadando en sus propias lágrimas. La rana apenas ocultaba su vergüenza y lo miró de reojo, sin saber si lo pisaría o lo liberaría.
— Eres libre de marcharte, mago. Se me ha hecho tarde. Mi padre ha estado enfermo y debo ayudarle en su trabajo. Yo sólo pasaba por aquí a descansar un momento. De haber sabido antes que había alguien sufriendo dentro de una botella, le habría venido a rescatar. Pero no soy un mago como tú y no había forma en que pudiera saberlo.
El joven destapó la botella otra vez, dejándola sobre la arena. La rana permaneció unos instantes más en su interior, admirando al joven que lentamente se alejaba. Pasó un momento y la rana salió de la botella, tornándose humo y adoptando nuevamente su forma de mago.
— ¡Quieto ahí! —dijo el mago con una profunda voz de ultratumba.
El joven se detuvo nuevamente. Giró y miró al mago a los ojos, con serena firmeza. Al mago se le encendieron los ojos, y un rayo cayó del cielo, destruyendo la botella en mil pedazos. El mago se acercó al joven.
— Cualquier otro me hubiera dejado encerrado, pero tú actuaste con misericordia, a pesar del peligro que corrías: creíste en mí cuando te defraudé, y me diste una segunda oportunidad. Gracias... por lo que hiciste. Te estaré eternamente agradecido. Eres alguien especial y mereces ser recompensado.
El hijo del leñador parecía conmovido.
— Descuída, mago, puesto que ya estás en paz, tu disculpa es para mí suficiente recompensa. Me conformo con que seas feliz y obres bien... y yo tengo trabajo que hacer.
El mago sonrió.
— ¡Espera! Antes de que te vayas, joven amigo, ten esto, por favor.
Dijo el mago, retirando una brillante joya de su turbante.
— Esta piedra tiene el poder de curar todos los males de la humanidad, y estaba destinada a llegar a tus manos. Si algún día llegara a romperse, cada pedazo, por pequeño que sea, tendrá el poder de curar los males del mundo. Por favor, acéptala.
Sin entender muy bien a qué se refería, el joven aceptó la piedra, pues notó que el mago estaba decidido a entregársela.
— ¡Gracias, mago!
— ¡Bah, no tienes nada que agradecer! Es tuya, por derecho. ¡Vive feliz y prospera! —exclamó el mago, totalmente reformado y a medida que desaparecía en el aire.
El joven se quedó sólo en la playa, con la piedra. Decidió que ya era tiempo de volver con su padre, y al tomar el hacha, ésta entró en contacto con la piedra y he aquí que el acero de la herramienta se convirtió en una pieza de oro macizo.
— ¡No puede ser!
El muchacho regresó junto a su padre y le mostró el hacha de oro, contándole la asombrosa historia del mago y de cómo lo había liberado dos veces, haciéndole recapacitar. Su padre escuchó atentamente el relato y se maravilló de la suerte de su hijo, a quien había criado con suficiente cariño como para ofrecer a otros, segundas oportunidades.

El hacha ya estaba bastante desgastada cuando se convirtió en oro, por lo que el leñador y su hijo decidieron ir a la ciudad a venderla para comprarle una nueva hacha de acero al vecino. Así, llegaron a la tienda de un rico joyero, quien les pagó una enorme suma de dinero por la extraña herramienta.

Era tanto el dinero que obtuvieron, que no sólo compraron nuevas herramientas, sino que había dinero suficiente para que el joven terminara sus estudios en la escuela. Así fue como el muchacho regresó a vivir a la ciudad, para alegría de su padre, compañeros y maestros. Terminó la escuela y se hizo médico. Ya con un buen trabajo, pudo cuidar a su padre en su vejez, compartiendo con él una vida de abundancia.

Como médico, viajó por todo Oriente, mejorando a los enfermos con remedios naturales que se conocían por aquella época. Así el joven, ya adulto, se hizo de gran nombre y reputación. Todo el mundo le quería y admiraba, y su padre vivió feliz sus últimos años, tal como anhelaba.

¿Y la piedra mágica? º-º
Jamás volvieron a usarla después de lo del hacha... o al menos, no para hacer oro. Cuentan algunos cuenteros, que una vez vieron al padre y al hijo dirigirse a la playa y abordar un bote, remando hacia el horizonte... se dice que llevaban una pequeña bolsa de un extraño polvo de diamantes. Se dice que arrojaron el polvo a la mar... y que del océano surgió una neblina... y que la primavera trajo ese año, muchas lluvias en todo el mundo... y que con la llegada de esa estación, los males del mundo empezaron a desaparecer.

Fin
El Sultán y la Palmera
De la Literatura Universal
Adaptación de Ethan J. Connery
Ilustración del Artista Cántabro
Fernando Sáez González (1921-2018)

Hace mucho tiempo, en lejanas tierras de Oriente, existió un Sultán muy querido y admirado por su pueblo. Bien sabido era, que no había día que pasase sin que hiciera algo bueno por sus fieles vasallos. Solía vérsele fuera del palacio, conversando con sus consejeros acerca de sabiduría y gobierno, o por algún rincón de su reino, conociendo los problemas de sus habitantes, y ayudándoles en la medida de lo posible.

Su lema era:
— "¡Sembrad el bien y cosecharéis lo bueno!"
Cuando no estaba otorgando un premio a algún ciudadano destacado, se encontraba regalando bolsas con monedas de oro a los desafortunados, procurando ordenar a sus ministros que asesoraran a los humildes para que la vida les sonriera de nuevo. Así era como todo el mundo le admiraba y quería profundamente, por sus cualidades de hombre consciente del dolor ajeno.

Pero decir sólo eso de aquel rey, tan bueno, sería menospreciar su grandeza. Lo cierto es que era de tan notable fama, que cuando le reconocían en público, la gente se apresuraba a vitorearle, sembrando de helechos y flores, su camino.

Fue así como un día, el amado Sultán enfermó... si bien no de gravedad. Los jardines del palacio se llenaron de gentes venidos de todos los rincones del reino, preocupados genuinamente por la salud de aquel hombre tan respetable. Durante noches y días completos, multitudes aguardaban a las afueras de la residencia real, esperando alguna buena nueva que anunciara un avance en la salud del excelentísimo.

A ciertas horas, un servidor de la corte real salía al balcón para leer a grandes voces el parte médico. Y cuando el servidor pronunciaba:
— "A nuestro amado Sultán le duele la cabeza."
Rápidamente se elevaban voces de entre los ciudadanos, aconsejando algún remedio tradicional para frenar el mal que le quejaba, tales como:
—"¡Cerrad sus cortinas y dejadle dormir!"
— "¡Dadle masajes en la sien!"
— "¡Aplicadle una bolsa de hielo en la frente!"
Y recomendaciones de ese estilo...

Al cabo de unos días, el servidor anunció, por fin, que el Sultán ya se había recuperado de su enfermedad, y tanto ciudadanos como viajeros llegados de otras tierras, atraídos por su fama, se pusieron muy contentos y armaron una enorme fiesta para celebrar con alegría en su corazones. Terminado el festejo, todo el mundo regresó a sus casas, satisfechos de haber podido ofrecer su ayuda al distinguido Sultán.

Ocurrió entonces que cierto día, el Sultán decidió salir a dar un paseo por la playa, rodeado de su corte. La comitiva llevaba algunos kilómetros caminando, junto a las bellas olas que rompían en los roqueríos, cuando el Sultán vio entre las dunas de arena a un anciano campesino que plantaba trabajosamente una palmera. Ordenó descansar a todo su séquito, y mientras sus consejeros y ministros se relajaban al aire tibio y al sonido de las olas, el Sultán se dirigió a donde estaba el campesino.
— ¿Qué haces, buen cheikk? —Preguntó el Sultán.
El campesino, con mirada humilde pero despierta, saludo con gran respeto al Sultán y le respondió:
— Estoy plantando, ¡Oh, gran Sultán!, esta pequeña palmera.
El Sultán observó la palmerita que plantaba y, pensativo unos instantes, preguntó de nuevo:
— ¿Cómo es que plantas una palmera? No conocerás a quiénes comeran el fruto de tu trabajo... ¿No sabes que una palmera necesitará de muchísimos años para que pueda dar frutos y que al ser ya un anciano, no alcanzarás a comer de ella?
— ¡Oh, por supuesto!, querido Sultán —dijo el anciano— No lo ignoro. Pero alguien ya plantó otras palmeras de las que nosotros mismos hemos podido comer, pues justo es entonces que plantemos nosotros para que otros más puedan comer en el futuro... ¿no opina lo mismo el Sultán?
La respuesta tenía mucho sentido, lo que llenó de admiración al soberano. Un hombre viejo le daba  una pequeña lección de sabiduría.
— ¡Muy cierto es! —se apresuró a responder el Sultán, y sacando de su cinto una bolsa con cien monedas de plata, se las obsequió al viejo, por su tan noble y generosa respuesta.
El campesino estaba visiblemente agradecido y emocionado.
— Oh, Sultán. No debería aceptar tan generoso regalo de tu parte, pero temo ofenderte si acaso me negara, de modo que lo acepto humildemente.
El soberano asintió, y se disponía a marcharse, cuando oyó al campesino murmurar:
— ¡Que rápido ha dado fruto mi palmera!
El Sultán, sorprendido de tan sabia observación, sacó de su bolsillo otra bolsa con cien monedas de plata y se la obsequió al campesino, diciéndole:
— ¡Ese comentario ha sido brillante! Ten, te lo mereces.
El viejo, saltando de alegría, no daba crédito a su suerte. Se arrodilló luego ante el Sultán, y, besando el anillo real de su mano, le dijo nuevamente:
— ¡Oh, poderoso y gran Sultán! Lo más maravilloso de todo esto es que una palmera grande da generalmente un sólo fruto al año, y la mía, que es aun pequeña, ya me ha dado dos frutos en sólo unos cuántos minutos.
La nueva respuesta tomó por sorpresa al Sultán, quién sonriendo y desconcertado ante la ingeniosa tozudez del viejo, resolvió recompensarle nuevamente. Buscando entre sus bolsillos encontró una bolsa con cien monedas de oro... eso ya era muchísimo, pero reconoció que el hombre era sabio y no podía dejar de recompensar tamaña inteligencia.

Miró la bolsa un momento más, pensando en la respuesta del anciano, pero terminó extendiéndosela finalmente:
— Toma, buen cheikk. Has resultado ser un vasallo inteligente y de buenas intenciones. Justo es que te recompense también por esa última respuesta que acabas de dar.
Llorando de sincera alegría, el viejo campesino agradeció nuevamente y de todo corazón al buen Sultán. Y como se sentía ansioso de agradecerle se atrevió a responder una vez más, aunque con cierta pícara simpatía:
— ¡Oh, gran señor, Sultán de los Sultanes! ¿Has notado cómo es que las palmeras comunes y corrientes pueden dar un sólo tipo de fruto en toda su vida, y mi palmera ya ha dado dos tipos de frutos cuando aun no termino de plantarla?
El sultán abrió los ojos como platos, pues no podía creer que el viejo le saliera con respuesta semejante...
— "Efectivamente: la plata y el oro son frutos diferentes." —pensó.
El soberano comenzó a reír a carcajadas, llamando la atención de su corte, quiénes se acercaron para ver quién era merecedor de tantas regalías. El Sultán se quedó apreciando al anciano, totalmente admirado de su enorme gracia y talento, y, dándole unas palmaditas en el hombro, le dijo con profundo respeto:
— ¡Ya, ya... debo partir, mi buen cheikk, que tus palmeras maduran con demasiada prontitud, y a este paso me quedaré sin reino a fuerza de tu ingenio! —el Sultán le cerró un ojo al viejo, que se sintió mucho más recompensado por el comentario que por la plata o el oro recibido.
El campesino se despidió con un honorabilísimo ademán, y el Sultán volvió a la playa con su séquito:
— ¡Oh, Sultán! Hemos visto cómo has dado una enorme fortuna a ese campesino... ¿tan necesitado estaba el pobre? —preguntaron sus ministros y consejeros.
— ¡Se lo ha ganado! —respondió el Sultán— A fuerza de experiencia un hombre corriente se vuelve admirable...
Y el buen Sultán regresó al palacio, siempre rodeado de su noble corte. Durante el trayecto, estudió las ingeniosas respuestas del viejo, y decidió que de ahí en más, valoraría en profundidad la cordialidad, el coraje y la experiencia de los hombres sabios.


Fin
Las 6 Estatuas de Piedra y los Sombreros de Paja
Cuento Tradicional del Japón
Imagen (adaptada) de Lienyuan Lee

Érase una vez, un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.

El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:
— ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja! ¿Quien quiere sombreros?
Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.

Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unas estatuas de piedra (jizos) que representaban a dioses japoneses. Había seis estatuas con las cabezas cubiertas de nieve y las caras escarchadas de hielo. El viejecito tenía buen corazón y pensó que las pobres estatuas debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo:
— Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos...
Pero solo tenia cinco sombreros, y las estatuas eran seis. Al faltarle un sombrero a la última, el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo:
— Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo.
Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa. El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que que pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver las estatuas cubiertas de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.

Al oir esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:
— Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no.
El abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a la cama tempranito a dormir. A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

El abuelito regaló sus sombreros
a las estatuas todos enteros
¡vamos a su casa, alijeros!

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, ¡Boom! ...corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta. Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de pelotitas de arroz, vino y decoraciones para el Nuevo Año, mantas y kimonos bien calientes, y muchas otras Cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a las seis estatuas alejándose con los sombreros de paja puestos en sus cabezas. Las estatuas, eran en realidad seis espíritus bondadosos que habían estado descansando de un largo viaje, y en reconocimiento de la bondad del anciano, les habían traído regalos para que los abuelitos tuvieran una próspero Año Nuevo.


Fin
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