Cuentos Sueños
Cuentos Sueños
Los Tres Pelos del Diablo

Dorothea Viehmann & Hermanos Grimm

Adaptación para la noche de Halloween

Hace muchos años había un reino gobernado por un poderoso rey que poseía riquezas incontables, un ejército invencible y un castillo cuyas torres retaban al cielo mismo. Sin embargo, había algo que ni todo su poder podía concederle: un heredero varón que algún día ocupara su trono.

El destino le concedió, en cambio, una hija de cabellos como el oro fundido y ojos de azul intenso como los mares profundos. El rey asumió que, no teniendo varón alguno por heredero, debía buscar al príncipe más rico entre los reinos vecinos para que desposara a su hija cuando fuera mayor. Así los años pasaron y la pequeña se convirtió pronto en una hermosa princesa, y a medida que crecía, el rey se inquietaba debido a su ambición desmedida.

—Cuando llegue el momento, deberá casarse con el más rico príncipe de sangre noble —decía—. ¡Ningún hombre menos poderoso que yo compartirá mi trono!
Muy lejos de su palacio, en una humilde cabaña escondida entre encinos y robles, vivían un pobre leñador y su esposa. No tenían riquezas, ni títulos, pero criaban a un hijo nacido bajo la señal de un buen augurio: una estrella viajera que a la medianoche de su nacimiento había iluminado el firmamento a vista de un poblado vecino.

Una mañana, el rey llamó a su adivino: un anciano de barba blanca, conocedor de los secretos astrales, y capaz de leer el porvenir en las llamas de una vela.
—Dime, viejo, ¿con quién casaré a mi hija? ¿Cuál de los grandes príncipes de los reinos colindantes ocupará un día mi trono?
El adivino cerró los ojos, removió las cenizas de su brasero y murmuró un sortilegio en una lengua desconocida. De pronto, las llamas anaranjadas se tornaron verde vivo, y una profunda voz de ultratumba surgió del interior del fuego, pronunciando palabras prohibidas. El anciano palideció.
—Ma... Majestad —tartamudeó el adivino—, temo que el destino ya ha elegido por vos. Vuestra hija se casará... con el hijo de un humilde leñador nacido una medianoche, en medio del bosque, bajo el amparo de una estrella fugaz.
Sorprendido por tal revelación, el rey se puso en pie de un salto.
—¡Jamás! ¡Antes entregaría mi reino a las llamas!
Pero el adivino bajó la mirada.
—Pero, mi señor, hay caminos que ni siquiera un soberano como vos puede cerrar.
Encolerizado y sin piedad, el rey arrebató la espada de uno de sus guardias y ahí mismo decapitó al pobre adivino, ante el horror de su séquito.

Las siguientes noches, el monarca sufrió de pavorosas pesadillas; con la profecía y la muerte absurda de su leal vasallo dando vueltas en su cabeza. Finalmente tomó una fatídica decisión, y mandó a sus emisarios a indagar cuántos niños, hijos de leñadores pobres, habían nacido a la medianoche profetizada.

Sin embargo los emisarios, reconociendo las intenciones del rey, temían que su plan macabro llevase al reino al borde de la insurrección, por lo que convinieron en volver con la noticia de que ningún niño había nacido exactamente aquella medianoche, sólo niñas. Eso pareció tranquilizar al rey durante un tiempo, pero las pesadillas y la duda emergían con regularidad, por lo que, para asegurarse, envió en secreto a un espía que indagara las actas a lo largo y ancho de su enorme reino.

Así pasaron varios años, y un día volvió el espía con la noticia de que efectivamente ningún acta, en todo el reino, presentaba un solo niño nacido a la medianoche profetizada. Pero tras informarle, le comentó que una noche se alojó en casa de un leñador pobre y su esposa, quiénes tenían un hijo cuya fecha de nacimiento coincidía con el buscado; con el añadido —además— de que no figuraba en el registro local por su excesiva pobreza.

Le contó que al principio no lo consideró relevante y había estado a punto de dar por concluida su misión, cuando, antes de abandonar el pueblo, pasó por el bar local y oyó el relato de un ebrio sobre una estrella fugaz a medianoche sobre la casa del mismo leñador la noche del nacimiento del niño.

El rey pensó que era la señal definitiva, y al amanecer se vistió con las elegantes ropas de su cazador real, ocultó su corona bajo una capucha y cabalgó hacia el comentado bosque, siguiendo las indicaciones del espía. Ahí encontró la cabaña del leñador, y vio a los padres trabajando en su labor diaria junto a un niño que les ayudaba con manifiesto interés.
—Buenos días —saludó el rey, fingiendo amabilidad—. Soy el cazador oficial del rey. He oído que tenéis un hijo fuerte y obediente. Nos vendría bien un muchacho así en el palacio. Allí tendría comida, educación y un futuro mucho mejor que el que puede ofrecerle este modo de vida precario.

Los padres se miraron con tristeza. Separarse de su hijo les rompía el corazón, pero la promesa de una vida mejor los terminó convenciendo. Así que, con lágrimas en los ojos, se despidieron del niño y lo entregaron al desconocido. Éste lo acomodó sobre la grupa de su caballo bajo palabra de cuidarlo como a un hijo propio, y se internó en el bosque.

El rey cabalgó durante horas, hasta llegar a un lugar donde los árboles crecían tan juntos que tapaban la luz del sol. Allí encontró un pozo antiguo, cubierto de musgo y rodeado de espinos.

Miró a su alrededor y no había nadie.

—Lo siento, chico —murmuró sin emoción—. No puedes vivir.
Y sin más, arrojó al aterrado niño al interior del pozo.

El pequeño cayó, perdiendo el sentido al golpearse contra el fondo. Por fortuna, el pozo estaba seco y su caída no le causó heridas graves. El rey se alejó en su caballo, convencido de haberlo matado.

Una pastora que cuidaba sus ovejas en una colina cercana había presenciado toda la escena desde detrás de unos arbustos. Horrorizada, corrió hasta el pozo y, con una cuerda, consiguió rescatar al niño.
—Pobrecito... ¿Qué clase de monstruo te hace algo así? —le dijo con cariño en voz baja mientras lo estrechaba entre sus brazos para darle consuelo.
Lo llevó a su humilde hogar, curó sus heridas y lo alimentó. Como el niño desconociera el camino de regreso a casa, desde aquel día creció bajo el cuidado de la bondadosa pastora. Así aprendió a cuidar a los animales, a reconocer las plantas del bosque y a reconocer el viento ante la llegada de la tormenta. Ya era un muchacho trabajador, valiente y de corazón noble. Y así pasaron otros tantos años.

Una tarde de otoño, cuando las hojas cubrían los senderos y una niebla espesa se arrastraba entre los árboles, el rey se dirigió a una infaltable reunión con gobernadores provinciales. Así volvió a internarse en el mismo bosque, con dos guardias de escolta, y ya sea casualidad u obra del destino, se encontró con el joven que ahora vivía con la pastora, reconociéndolo de inmediato. El rey sintió que la sangre se le helaba, pero ocultó su sentir detrás de una fingida sonrisa.
—¡Muchacho! ¡Qué alto y fuerte pareces! ¿Qué haces viviendo en este lugar?
—Ayudo a mi hermana, mi señor —respondió el joven, que ya había olvidado la cara de su captor pero reconocía al rey por las vestimentas que se decían de él.
El rey lo observó detenidamente y supo que corría el riesgo de perder si lo retaba a pelear. Tampoco tenía una justificación para enfrentarle en compañía de su guardia personal, y no deseaba  arrastrar tras de sí un nuevo calvario de infamia que se había ganado tras decapitar al adivino frente a sus vasallos, años atrás. Así que sacó una bolsa de monedas.
—¿No preferirías dar a tu hermana este oro? Necesito a alguien que lleve ahora mismo una carta al palacio y se la entregue personalmente a la reina. Es urgente. Quién lo haga no deberá detenerse por nada ni por nadie.
El joven aceptó agradecido. El monarca escribió rápidamente una nota que selló con su sello real:
"Mi Reina: el muchacho que te entrega esta carta es un peligro para nuestra familia y nuestro reino. Es la razón por la que decapité al adivino. En cuanto llegue, hazlo detener, en silencio, y encadénalo en las mazmorras. No permitas que vea a nadie, y que nadie hable con él. Tan pronto como vuelva resolveré su destino. —El Rey"
Luego el joven partió veloz sin sospechar el macabro contenido en la carta.

Así fue como el muchacho avanzó durante horas. Atravesó senderos, cruzó arroyos y subió colinas hasta que el sol comenzó a ocultarse. Al caer la noche llegó a un cruce de caminos donde encontró a un anciano sentado junto a una piedra. Llevaba una larga capa gris, un sombrero de ala ancha y una pequeña lámpara cuya llama no se apagaba con el viento.
—Buenas noches, muchacho —dijo el anciano— fumando una larga pipa de madera. ¿Adónde te diriges con tanta prisa?
—Al palacio del rey. Llevo una carta urgente para la reina, pero temo haber tomado el camino equivocado.
El anciano lo miró fijamente.
—Te enseñaré el camino, pero descansa un momento, primero. ¿Puedo ver la carta?
El joven, cansado y sin malicia, se la enseñó. El anciano, sin romper el sello, leyó su contenido a contraluz de su lámpara. Sus ojos se endurecieron al recordar al adivino muerto que había sido su colega, y temió por la vida del joven.
—Así que el rey pretende torcer los hilos del destino...
—¿Conoce a Su Majestad? —preguntó el muchacho.
—Más de lo que quisiera, hijo. Y también conozco el destino que te aguarda si entregas esta carta. ¡Más sabe el diablo por viejo que por diablo!
Sacó el anciano una pluma y un pequeño pergamino. Con una habilidad extraordinaria, imitó la letra y firma del monarca. Luego moldeó un pequeño sello real de arcilla que endureció al fuego de la lámpara y selló una nueva carta dirigida a la reina. Cuando terminó, entregó su carta al joven y se guardó la carta del rey para entregársela al diablo.
—No siempre es el hombre coronado quien decide el destino de los demás. Entrégala sin temor —dijo el anciano.
El muchacho, que no había advertido el cambio, le agradeció el consejo y continuó su camino. Al llegar al palacio, la reina recibió la carta, y al leerla, sus ojos se iluminaron de alegría. El mensaje decía:
"Mi amada Reina: el muchacho que te entrega esta carta es un orgullo para nuestra familia y nuestro reino. Procura que sea recibido con todos los honores y que, sin demora, se celebre su matrimonio con la princesa. —El Rey"
La boda se preparó aquella misma noche. Al día siguiente, entre campanas, flores y música —y sin la presencia del malvado rey, claro está—, el hijo del leñador se casó con la princesa, quién aceptó con gusto la sagrada unión, pues ambos se enamoraron desde el primer instante.

Cuando el rey regresó de su viaje y descubrió lo sucedido, montó en cólera.
—¡¿Cómo os habéis atrevido?! ¡¿Quién ha dado semejante orden?!

La reina le mostró la carta.

El rey la examinó y reconoció su propia letra, firma y sello, pero por más que buscó una explicación, no pudo encontrarla. Recordó al adivino decapitado y pensó que, quizá, su fantasma había intercedido por el joven ante el mismo altísimo. Sólo entonces sintió un temor visceral y asumió que libraba una guerra directa contra el destino.

Su hija, entretanto, estaba feliz. El joven la trataba con cariño y respeto, y ella lo amaba sinceramente. El rey comprendió que no podía deshacer el matrimonio sin provocar un escándalo que pondría en peligro su autoridad.

Un día decidió el rey recurrir a un último y desesperado recurso. Frente a sus leales súbditos, llamó a su yerno a la sala del trono.

—Si deseas ser mi heredero —dijo con una sonrisa fría—, deberás demostrar que eres digno de ello. Tendrás que viajar hasta las puertas del infierno y traerme tres cabellos del diablo. Solo entonces reconoceré tu valor.
El muchacho comprendió que aquella era una misión casi imposible. Pero no quiso desafiar abiertamente al rey y, después de despedirse de su esposa, emprendió el viaje. Caminó durante muchos días y noches... atravesó bosques de árboles inclinados por el viento, cruzó pantanos de aguas lodosas y recorrió senderos por los que nadie transitaba desde hacía siglos. La idea de enfrentar al diablo lo aterraba, naturalmente, y a veces le parecía oír voces que pronunciaban su nombre desde la oscuridad. Otras veces veía luces inquietantes que desaparecían entre los árboles en cuanto intentaba acercarse.

Pero aún así siguió adelante, por amor a la princesa.

Una tarde llegó al pie de una montaña. Su cima estaba cubierta por oscuras nubes de azufre, y de sus laderas brotaba un viento caliente que quemaba la piel. Ahí había tres cuevas, y frente a ellas se levantaba una barrera de piedra, custodiada por un guardián que, inmóvil, sostenía una bandera roja. Su rostro era pálido, de ojos hundidos y expresión de cansancio eterno.
—Buenas tardes, señor —saludó el joven—. ¿Podría indicarme cuál de estas cuevas conduce hasta la morada del diablo?
El guardián, con su única mano libre, señaló las entradas.
—La tercera de la derecha. Allí encontrarás al señor de las tinieblas.
—Muchas gracias —respondió el joven.
—Por nada —dijo el guardián.
—Dígame algo más... ¿Por qué permanecéis aquí, sin moveros, sosteniendo esa bandera?
El hombre suspiró.
—Esta es mi condena. Llevo tanto tiempo aquí que he olvidado por qué llegué o cómo era caminar. Si alguna vez alguien me revelase el secreto de mi castigo, tal vez podría librarme de el.
—Si encuentro la respuesta, os la traeré —prometió el muchacho.
Y abriendo el portón del muro se dirigió hacia la tercera cueva.

Adentro era seco y oscuro. El suelo estaba cubierto de cenizas y las paredes parecían sudar una sustancia negra. A lo lejos se escuchaban gruñidos, como si cientos de bestias durmieran bajo la montaña. Finalmente llegó a una enorme cámara iluminada por brasas rojizas y, junto a la puerta, un enorme tridente de metal al rojo vivo.

Allí estaba el diablo, durmiendo plácidamente. Era una criatura gigantesca, de piel carmesí, cuernos retorcidos y una barba larga que parecía hecha de raíces secas. Dormía sobre un trono de hierro, y cada respiración suya hacía temblar las paredes. El muchacho se acercó con cuidado y enrolló tres cabellos de su barba en su dedo índice. Luego los arrancó de un fuerte y seco tirón. El diablo abrió los ojos de golpe.
—¡¿Pero quién demonios se atreve a despertarme?! —gritó enfurecido.
Su voz hizo estremecer la montaña. Una llamarada brotó de su boca y las cadenas que colgaban del techo comenzaron a agitarse solas. El joven retrocedió, temblando, pero consiguió conservar la calma.
—Perdonad, señor de las tinieblas. He venido a pediros vuestra ayuda.
—¡¿Mi ayuda?! —rugió el diablo— ¡Has arrancado tres pelos de mi barba! ¡Te haré cenizas!
—Lo comprendo, señor. Pero antes permitidme haceros una pregunta. Si no sabéis responderla, acepto vuestro castigo.
El diablo sonrió mostrando unos dientes largos y afilados.
—Que aceptes o no es irrelevante. Pero habla, miserable. Procura que tu pregunta merezca mi tiempo.
Recordó el muchacho al guardián de la entrada.
—He conocido a un hombre que lleva una eternidad inmóvil, sosteniendo una bandera. ¿Por qué está condenado a permanecer allí?
El diablo soltó una carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ese pobre infeliz! Su condena terminará cuando entregue la bandera a otro y se marche sin mirar atrás. Pero es demasiado tonto para comprenderlo.
—Entiendo, señor. Bien, no le hago perder más su tiempo. Me marcho.
El diablo se acarició la barba, extrañando sus tres pelos.
—No te marcharás: sufrirás eternamente el peor de los castigos. Así que si eso es todo y a no ser que ocurra ahora mismo un milagro, descubrirás el dolor en toda su gloria.
El diablo tomó el tridente encendido y lo enterró en el suelo. De la punzada brotó una línea de fuego, trazando un círculo alrededor del joven. Atrapado, recordó las palabras del anciano en el camino: "Más sabe el diablo por viejo que por diablo", y lo retó a responder una última pregunta:
—¡Impresionante! —exclamó— Pareces formidable desplegando toda tu fuerza y poder frente a un simple muchacho como yo. ¿Serías igual de poderoso si me otorgaras tan sólo una mísera oportunidad de responder con el mismo grado de poder?
Confiado, el diablo rió con otra carcajada infernal.
—¡Ja ja ja ja ja! Podría condenarte fácilmente ahora mismo, pero que no se diga que el diablo no dio oportunidad a este atrevido. Y como me arrancaste tres pelos de la barba te daré poder sobre tres palabras, solamente, para que te defiendas, a ver si puedes. Vamos... ¡Habla!

Y volvió a reír con sus ojos encendidos en flamas, esta vez con una risa aún más tenebrosa y profunda.

Su vida vio pasar el muchacho ante sus ojos, pero recordó a su amada princesa y, controlando su temor, gritó con todas sus fuerzas:

—¡Vete al diablo!
El diablo puso cara de espanto. Un diablo aún más fuerte y poderoso apareció detrás del diablo, engulléndolo de un solo bocado para luego hundirse entre las brazas ardientes. El círculo de fuego se apagó y el muchacho no perdió un solo segundo: salió corriendo de la cueva y descendió por la montaña a toda velocidad.

Cuando llegó a la barrera, encontró al guardián esperándolo.
—¡Habéis vuelto! —exclamó el hombre, asombrado—. Eres el primero que lo logra. ¿Habéis descubierto el secreto de mi condena?
—Sí. Debéis entregar vuestra bandera al siguiente visitante y marcharos sin mirar atrás.
El guardián lo miró sorprendido.
—¿Es todo?
—¡Es todo!
El hombre contempló la bandera durante unos instantes. Después miró al joven, que ya estaba a una distancia prudente para no recibirla.
—¡Buena suerte! —le deseó el joven.
—¡Buena suerte! —respondió el guardián.

Y sin decir nada más, el muchacho retornó su camino.

Así, con los tres cabellos del diablo cuidadosamente guardados, regresó al palacio. El rey lo recibió con una mezcla de asombro y rabia.

—¡No puede ser! —exclamó al ver los cabellos, que por su aspecto ardiente no podían ser sino del diablo— ¿De verdad has estado en las puertas del infierno?
—Así es, majestad. Aquí tenéis lo que me pedisteis.
El rey examinó la evidencia mientras escuchaba el relato del muchacho y sintió que la envidia le quemaba por dentro.
—Si el hijo de un leñador pobre y sin títulos ha conseguido semejante hazaña, ¿que más puede hacer un rey como yo? —pensó para sí— Iré a la montaña, encontraré al diablo y regresaré con sus cuernos y tesoros.
Sin perder tiempo, ordenó preparar su caballo y partió hacia el bosque. Pero el rey no conocía los caminos que había recorrido el joven, ni había aprendido a escuchar las advertencias de quienes encontraba en ellos. Aún así, tras varios días de viaje llegó por casualidad a la montaña. Allí estaba el guardián sosteniendo la bandera roja.
—¡Eh, tú! —gritó el rey— Quiero hablar con el diablo. ¿Cuál es su cueva?
El hombre, que ahora conocía el secreto de su antigua condena, sonrió.
—Con gusto le llevaré personalmente a la cueva del diablo. ¡Sostenga la bandera un momento para abrirle el paso!
El rey miró la bandera con desprecio, y la sostuvo.
—¡Date prisa, no tengo todo el día! —rugió.
Al verse liberado el guardián de su condena, echó a correr muy lejos y con todas sus fuerzas. Estupefacto por su accionar, el rey le vio alejarse, hasta que notó que no podía moverse ni soltar la bandera que sostenía firmemente con ambas manos.
—¡Eh! ¡Regresa! —gritó desesperado el monarca.
Pero el antiguo guardián ya había desaparecido.

Esa noche las nubes de azufre encendido cubrieron la cima de la montaña y un trueno retumbó en las entrañas mismas de la tierra. A lo lejos, desde el interior de la tercera cueva, llegó una carcajada profunda y temible. Era el diablo, naturalmente.

Desde entonces, en las noches de tormenta, algunos viajeros aseguran haber visto a un hombre vestido con ropas reales junto a la entrada de las cuevas. Tiene el rostro envejecido, los ojos pasmados de temor, y una corona oxidada sobre la cabeza. A veces levanta la mirada hacia los caminantes y suplica:
—¡Sostened mi bandera, por favor! ¡Solo necesito un momento para descansar!
Pero nadie se atreve a acercarse.

Al perderse el paradero del rey, el muchacho fue proclamado heredero legítimo y ocupó el trono. Junto a su reina gobernaron con sabiduría, protegieron a los humildes y recompensaron con creces a la pastora que le había salvado la vida.

Fin

Nota

La historia original, mucho más extensa y compleja, fue relatada oralmente por Dorothea Viehmann a los Hermanos Grimm, que la incorporaron a sus recopilaciones publicadas en su edición de 1819. La presente es una interpretación personal, inspirada en una versión de la Editorial Susaeta de 1973.
El Río de Siempre Reirás

Anónimo / Editorial Susaeta (Adaptación de Valkyrja)

El destino pende del hilo más frágil.

Hace mucho tiempo, en una tierra antigua y lejana, un niño vivía cautivo en la habitación más alta de una torre de piedra. Sin que nadie conociera jamás la razón de aquel encierro, un gigante oscuro, que solía dormir junto a la torre, lo custodiaba en silencio.

Desde el alféizar de su única ventana, el niño observaba una pradera infinita donde apenas tres árboles interrumpían la monotonía del horizonte: dos chopos erguidos como centinelas y un pino cuyas ramas se mecían al viento. Conocía de memoria el paisaje y cada sendero marcado por los animales que huían ante la presencia del gigante.

Sus ojos, sin embargo, siempre buscaban algo más lejano. Imaginaba un bosque rodeado de montañas enormes que se alzaban mucho más allá del horizonte, anhelando una libertad que sólo le prometían sus sueños.

Su único compañero era un estante con viejos papiros que el gigante había olvidado. En todo su tiempo cautivo, el niño los había leído con esmero. En ellos viejas historias hablaban del río de Siempre Reirás: un cauce lejano cuyas aguas devolvían la alegría a quien bebiera de ellas y borraban para siempre toda tristeza del alma. Pensando en ese río, el niño miraba a las aves cruzando el cielo y suspiraba, recordando a su madre.

Una mañana, cuando el primer destello de luz tocaba las almenas, una paloma blanca se posó en su ventana. Tenía la mirada serena de quien ha recorrido un largo camino. El niño, despacio para no asustarla, la acarició, le dio de beber un poco de agua de lluvia que recolectaba en un cántaro, y le habló con suavidad:

—¿Acaso vienes del río de Siempre Reirás?
El ave respondió con un suave gorgorito. El niño desató una fina cadena de su cuello y la sujetó a la pata de la paloma.
—Busca donde nace el río. Si lo encuentras, moja esta cadenita en sus aguas y regresa, por favor.
La paloma alzó el vuelo hacia el oeste. Pasó el tiempo y el ave regresó, pero la cadena seguía tan seca y brillante como al principio. Sin dejar caer su ánimo, el niño ató esta vez un pequeño anillo de papiro a su pata y la envió hacia el sur. Nuevamente, el ave retornó sin ninguna novedad.

A punto de rendirse, el niño sintió al ave mordisqueando juguetónamente su mano, como si lo animara a no perder la fe.
—Lo intentaremos otra vez, amiga —susurró a la paloma, y la soltó al viento.
La espera fue más larga que las anteriores. Cuando a la penumbra del quinto día amenazaba con cubrir la pradera, el batir de unas alas anunció el regreso de la paloma. Esta vez traía atado un fino hilo de seda verde junto a una pequeña y misteriosa nota:
“Besa este hilo y se convertirá en una cuerda que te dará tu libertad.”

El niño desconocía al remitente, pero pensó que no tenía nada que perder, así que acercó la seda a sus labios. Al besarlo, el hilo creció entre sus manos, volviéndose una gruesa maroma. La amarró con firmeza al pilar de la ventana e hizo otros tantos nudos a lo largo para bajar con seguridad. Luego arrojó el otro extremo hacia el vacío, procurando no despertar al gigante que yacía dormido. Así comenzó a descender, lentamente, afirmado de nudo en nudo. Las ásperas piedras de la torre le hicieron algunas magulladuras, pero, soportando el dolor, el anhelo de libertad le daba espíritu para seguir.

Al llegar abajo, caminó sigilosamente hacia uno de los senderos que había visto desde la ventana, y una vez en la pradera y más lejos del gigante, echó a correr.

Sentía, por fin, la tierra húmeda bajo sus pies y los tres árboles parecían recibirlo con compasión. Junto al pino aguardaba un caballo solitario. El niño montó sobre su lomo y, al sentir su peso, el animal rompió a galopar sin vacilar y con la certeza de quien conoce el destino.


Galoparon y galoparon lejos... muy lejos. Más allá del horizonte y entre colinas y senderos, hasta que la luz de la tarde comenzó a dorar el paisaje. Al fondo de un valle tranquilo, junto a un arroyo de aguas transparentes, se alzaban un viejo molino y una casa de piedra que al niño le pareció familiar.

—¡Hola! —gritó el niño— ¿Vive alguien aquí?
La puerta del molino se abrió y una mujer salió a recibirlo. Pero al ver descender al muchacho de su caballo, lo reconoció. Corrió hacia él con todas sus fuerzas y lo estrechó en un abrazo interminable, bañando su rostro con lágrimas contenidas durante años.
—¡Mamita, mamita! —sollozaba el niño, abrazando finalmente a su madre.
—¡Mi niño, sí eres tú! ¡Estás en casa! —repetía su madre, empapada de emoción.

Más tarde, sentados juntos a la orilla del agua, contemplaban el curso del río que fluía sin prisa entre juncos y flores silvestres. El niño miró la luz reflejada en la corriente, y supo que había encontrado el río de Siempre Reirás.

Fin
La Vida de los Átomos
Pío Baroja

Ilustrado en Dream

Una noche de invierno estaba solo en mi cuarto leyendo. No se oía en la casa ni un ruido ni un murmullo; sólo dos relojes, el uno en mi despacho, el otro desde el pasillo, rompían con su tic-tac el silencio de la noche.

El más pequeño, el de mi cuarto, introducía entre el tic-tac habitual de un reloj respetable, otros dos golpes intermedios y parecía decir:
—“Vámonos ya... Vámonos ya."
El grande, el del pasillo, despreciando estas fantasías impropias de un reloj serio que se estima, murmuraba por lo bajo:
—“Bien va... Bien va..."
Yo les oía correr a los dos relojes y perseguirse con sus ruidos, y desdeñaba profundamente en el fondo de mi alma el estéril trabajo que se tomaban en alcanzarse el uno al otro.

Había leído en una obra moderna de Química el desarrollo de la teoría atómica, y estaba preocupado, hasta sentía indignación.
—No me convencen los átomos. —murmuré— Creo que tengo derecho a que no me convenzan los átomos. ¿Somos positivistas o no? Pues, entonces... ¿Quién ha visto el átomo? ¿Quién ha pesado el átomo? ¿Por qué se atreve a decir nadie que es indivisible? ¿Por qué? Sobre todo, lo que más me molesta, esto lo digo en secreto, es que digan que el átomo es insecable.
Mi gato negro (creo que también tenga derecho a decir que tengo un gato negro), estaba subido a la mesa colocado sobre la “Psicología celular de Haeckel", y me miraba accionar, con sus ojos amarillos, con una indiferencia mortificante. Creí descubrir en su expresión cierto asomo de ironía, que me parecía impropia de un subordinado y de un ser que, al fin y al cabo, vive a mis expensas.

Me levanté de la mesa y me senté en un sillón junto a la chimenea, encendí la pipa y me puse a mirar las llamas. Mi perro gruñó porque le molestaba, apartándole del fuego. No podía alejar mi pensamiento de la teoría atómica ni del átomo.
—“¡Lo insecable! ¿Hay cosa más imbécil que lo insecable?" —pensé.
—El átomo es una antigualla —dije— una hipótesis que hay que destruir inmediatamente. No existe más que la materia única. Cuando salga cualquiera con sentido científico y filosófico negará el átomo.
Mi perro, medio dormido, me miraba de cuando en cuando de reojo con cierto respeto.
—Sí. —le dije yo— Hay que dejar esa vejez del átomo; tenemos que remontarnos más allá, al subátomo, si se me permite la expresión.
Mi perro cerró los ojos, como aceptando la frase.
—Ya no estamos en aquellos tiempos —seguí diciendo— en los cuales llamar al oro “Au" y a la plata “Ag" y al azufre “S", significaba algo. Ya no estamos en esos tiempos. No. No estamos en esos tiempos.
Como no me contradecía nadie, para entretenerme me puse a contemplar el fuego, que hacía chisporrotear a las leñas sostenidas por los morillos, que representaban dos negras egipcias, y a mirar la brasa de mi pipa. Estaba mirando ésta cuando una chispa escapada de allá se levantó en el aire y se quedó inmóvil.

Yo, escandalizado ante aquella sustracción a la ley de la gravedad, cogí las tenazas y traté de tirar la chispa al suelo; pero ella, sin hacer caso de leyes, permaneció en su sitio y comenzó a dar vueltas, formando círculos en el aire, hasta que... ¡paf!, reventó como un cohete en mil lucecitas de todos colores, mates y con brillo. Aquello me pareció ya faltar. Lentamente en aquellas chispitas se fueron dibujando formas vagas, y, al concretarse, aparecieron figuras de hombres, mujeres, moscas, perros, cínifes y lagartos, y empezaron todos a revolotear y a danzar vertiginosamente alrededor de mi cabeza.
—“¡Au! ¡Au!" —ladraba un perrillo de color de oro en mis oídos.
—“¡Hache! ¡Hache!" —estornudaba un señor idiota, inodoro, incoloro e insípido.
—“¡Br! ¡Br!" —zumbaba el cínife, que exhalaba un olor acre y fuerte.
—¿Qué gentuza es ésta? —murmuré yo, indignado— ¿Quién sois?
Entonces uno de aquellos bichos que semejaba una luciérnaga por la clase de luz que despedía, y que silbaba como una máquina de vapor haciendo “¡Ph! ¡Ph!", se paró delante de mí descaradamente, y me dijo:
—Somos átomos.
—¡Mentira! —grité yo— Los átomos no existen.
—¡Ag..., ag..., ag...! —exclamó una señora vestida de blanco, con una risa argentina.
—¿Conque no existimos, imbécil? —me replicó el átomo fosforescente, con desprecio— ¡Vosotros los hombres sí que no existís! No sois más que nuestra casa, nos servís para nuestra alimentación, para nuestra vida; nada más.
—¡Vosotros!... Vosotros no tenéis vida —les dije yo— ¡Qué vais a tener!
—¡Oh Humanidad, Humanidad! Siempre serás idiota —gritó el átomo fosforescente— Ves que nos movemos, que nos enamoramos como los hombres; eres testigo de nuestra sensibilidad y de nuestra voluntad, y niegas que tenemos vida.
—¿Voluntad? —salté yo— ¿No comprendes, mequetrefe, que sobre todas tus acciones pesa un determinismo inexorable; que yo puedo hacer que contraigas matrimonio, y que te divorcies cuando me dé la gana?
—¡Oh! ¡Oh! —dijo un átomo de oxígeno— Eso es demasiado.
—S... S... —murmuró el átomo de azufre con un dedo sobre los labios, y añadió— Dejarle hablar al átomo inteligente.
—Eso que dices del divorcio —repuso la luciérnaga—, no prueba más sino que estamos más adelantados que vosotros. ¿Qué átomo que tenga dos átomos de sentido común soporta una mujer para toda la vida?
—Sí, eso estaría bien dicho —le repliqué yo— si os divorciarais por gusto; pero vosotros, desdichados, no tenéis voluntad como los hombres.
—¡Bah! —arguyó él— Vosotros os creéis libres porque no podéis comprender el mecanismo del trabajo atómico en vuestro cerebro, pero si nuestros actos son fatales, los vuestros lo son también del mismo modo; somos factores de vosotros, y de fatalismos atómicos no se pueden obtener libres albedríos humanos.
—¿Y el alma? —dije yo, recordando que en Psicología, Lógica y Ética había aprendido una porción de martingalas para demostrar su existencia.
—¡El alma! ¡Pchs! Esté yo en el cerebro de un hombre, y verás inteligencia; que falte este cura, y verás estupidez.
—Pues ¿quién eres, que te das tanto tono?
—Soy un átomo de fósforo. Mira.
Y el átomo se retorció, se puso los pies en la cabeza, se convirtió en un anillo luminoso y brillante y subió por el aire; bajó luego, y dijo:
—¿Ves? Esto es una idea.
Yo estaba atónito. El átomo fosforescente, aprovechándose de mi estupefacción, siguió haciendo fantasías un tanto chocarreras. Se puso formando un aspa, y dijo:
—Ahí tienes una idea geométrica.
Luego se torció hasta trazar un ángulo agudo, y murmuró:
—Esto es una idea de odio.
Después se despatarró, abrió los brazos, y dijo:
—Esto es un pensamiento de amor.
Yo, como he dicho, estaba atónito; los átomos danzaban a mi alrededor, chillando, gritando todos a coro:
—¡Somos la materia única, la indivisible, lo insecable!
Al darme cuenta de estas palabras, me estremecí en mi asiento, y exclamé:
—¡Falso! ¡Falso! Estáis formados de partes.
Entonces, hombres, mujeres, perros, cínifes y lagartos estallaron; una sustancia tenue, de color de ceniza flotó en el espacio... Me sonreí con una sonrisa alegre y triunfante... Veía la materia única, mi X primitiva, la materia eterna y eternamente divisible... Pero, demonio. Se me había apagado la pipa.

Fin
El Mensaje de Los Últimos
Un relato juvenil de Ethan J. Connery

Ilustrado en Dream

Antaño, en los albores de la modernidad, cuando los prados eran vastos y el futuro se vislumbraba con esperanza, vivía un joven llamado Erick, apodado “el intrépido". Hijo de los '70 y criado en los '80, Erick creció rodeado de patines, peinados voluminosos, globos de chicle rosa, música pop y estéreos. Pero especialmente, en la efervescencia de una época marcada por grandes cambios sociales y científicos que dieron forma al mundo conocido.

Como muchos jóvenes de su generación, solía perderse en mundos imaginarios, ya fuera frente a las pantallas de los salones de arcade o explorando las repisas de un viejo videoclub. Fue en esos refugios de fantasía donde nació su verdadera pasión: una curiosidad inagotable por el destino de la civilización y todo aquello que estaba por venir.

Cierto día, el destino llevó a Erick a explorar más allá de sus sueños preadolescentes. En la biblioteca pública, tras resolver su cubo de Rubik, encontró un fajo de cartografías estelares oculto en un viejo libro polvoriento.

Una de las cartas, repleta de constelaciones y leyendas, prometía una aventura real: un secreto que unía un pasado remoto con un futuro incierto. Al reverso, Erick descubrió un misterioso diálogo escrito a mano con distintos colores y caligrafías, junto a una lista de estrellas del hemisferio sur. El acertijo concluía con una advertencia:
“Se acerca una tormenta."
“Lo sé."
Intrigado por el enigma oculto en aquel papel, Erick pasó días descifrándolo. Utilizando conceptos de geometría y matemáticas de su clase de BASIC, obtuvo unas coordenadas que lo guiaron hacia lo profundo de las montañas patagónicas.

En un rincón olvidado del bosque, donde el viento parece cantar historias antiguas, halló una cueva oculta por los siglos. Allí descubrió un artefacto extraño: un objeto de tecnología desconocida con inscripciones doradas en una lengua ignota. Parecía una mezcla entre reloj y brújula, con un armazón esférico que recordaba a un cubo de Rubik.

Al girar el mecanismo, su entorno se transformó. Un torbellino de luz y sombra lo proyectó violentamente hacia un futuro inimaginable: septiembre del año 3.881, en un mundo donde las estaciones habían dejado de existir.

Erick se encontró con un mundo desolado, donde la humanidad había caído y las máquinas dictaban las reglas. En aquel paisaje yermo, descubrió un último rastro de civilización: una chica que vivía oculta, custodiando las cenizas de un pasado vibrante.
—¿Quién eres? —preguntó él, intrigado.
—Soy Paula —respondió ella con amargura—. La última. Después de mí, no habrá más historias.

Erick la miró desconcertado.

—¿Quieres decir que no queda nadie más en todo el planeta?
—¿Qué parte de “soy la última" no has entendido? —exclamó ella, exasperada—. ¡No hay nadie más!
—¡Vale, de acuerdo! —replicó Erick, intentando asimilar el peso de sus palabras.

Una melodía conocida acudió a su mente: un viejo éxito de Tiffany de 1987 que parecía encajar perfectamente con ese momento de soledad. 

Paula se cruzó de brazos.
—Dices que no habrá más historias después de ti... —murmuró Erick, con una mezcla de asombro y tristeza—. ¿Por qué desaparecieron los demás? ¿Cómo se consumieron sus relatos?
Paula, la última joven sobre la faz de la Tierra, lo observó con una mirada tan profunda como un mar olvidado.
—Las historias eran el alma de la Humanidad —respondió ella—, pero acabaron desplazadas por el engaño y el estrépito de máquinas nacidas de la ambición. La codicia de unos pocos desafió al pasado, y el mundo decidió dejar de recordar. Sin memoria, las historias perecieron, y nosotros con ellas. Yo soy...
—La última —concluyó Erick. Guardó silencio y asintió, aceptando finalmente el peso de sus palabras.
La tragedia parecía absoluta; no todos los días se es testigo del fin de los tiempos. Sin embargo, pese al desconsuelo, Erick intuyó que no todo estaba perdido. Después de todo, “la última" hablaba de un mito final: un relato capaz de encender la imaginación humana para recuperar el Reino de los Cuentos Perdidos.

En aquel refugio, las leyendas olvidadas aguardaban su renacer, ansiando ser rescatadas por los más valientes. Se decía que este lugar permanecía protegido por un portal que solo el valor, la lealtad y la esperanza podrían abrir.

Decididos a devolverle el sentido a la Humanidad, Paula guio a Erick en una peligrosa travesía a través de paisajes crepusculares. Caminaron sobre las ruinas de una civilización antaño avanzada, siempre bajo acecho de las máquinas, cuyas existencias sintéticas buscaban extinguir cualquier vestigio de resistencia.

De pronto, un androide bloqueó el camino. Antes de que pudieran reaccionar, una ráfaga de láseres impactó contra los restos de un viejo satélite caído durante la guerra. Protegidos tras la mole de chatarra, la pareja se arrastró hasta un escondite; por un agujero de metralla, Erick divisó a la máquina humanoide aproximándose mientras rastreaba señales de vida.
—¡Ya viene! —susurró con angustia.
—Cuando te diga, apunta a su hombro izquierdo y presiona el botón rojo —ordenó Paula, entregándole un rudimentario dispositivo de defensa.
Paula, la última chica sobre la faz de la Tierra, lanzó entonces una tuerca con todas sus fuerzas. El metal trazó un amplio arco en el aire y cayó escandalosamente a espaldas del robot. En cuanto el “eliminador" se giró para disparar al señuelo, ella dio la orden:
—¡Ahora!

Erick apuntó y activó el aturdidor.

El androide se detuvo en seco.
—¡Corre! Tenemos 30 segundos antes de que se reactive —gritó Paula—. ¡Y ni pienses en destruirlo, es imposible!
Los jóvenes huyeron a todo pulmón hasta que las fuerzas les fallaron. Tras ocultarse de nuevo, observaron cómo la máquina despertaba; el androide rastreó la zona, pero al no detectar rastro de ellos, retomó su marcha.
—¿Seguiremos por el desierto? —preguntó el chico de los '80.
—No es lo ideal. Los “eliminadores" acechan por aquí, aunque evitan las rutas de los “devastadores" para no caer bajo sus mecanismos —explicó Paula—. Conozco un camino más seguro por las montañas. Hay unas minas que podrían llevarnos hasta el último refugio. Nunca he estado ahí... es casi una leyenda.
—Suena prometedor. —asintió Erick.

Sin perder tiempo, emprendieron el viaje hacia las alturas.

El frío en las cumbres era distinto al del desierto; olía a metal oxidado y a tiempos remotos. Entre colosos de granito envueltos en hielo, Erick reconoció formas familiares: las montañas no eran accidentes naturales, sino monumentos titánicos devastados por una guerra antigua. Cualquier maravilla del siglo XX palidecía frente a la escala de aquella tragedia que el futuro, paradójicamente, parecía haber dejado atrás.

A mitad del ascenso, las minas surgieron como gargantas oscuras entre las rocas. Al internarse los jóvenes, el eco de sus pasos se perdió en la inmensidad de los túneles y la oscuridad los obligó a detenerse. Paula encendió una lámpara de plasma, revelando inscripciones que hablaban de un pueblo desaparecido y sus secretos olvidados.

De pronto, un rugido metálico sacudió el suelo. No era un androide, sino un “devastador": una colosal excavadora autónoma que patrullaba las galerías. Los jóvenes se ocultaron tras un muro derruido, conteniendo el aliento mientras la mole mecánica pasaba con sus sensores encendidos, barriendo la penumbra.

—¡Escondámonos aquí! —susurró Erick, guiando a Paula hacia una veta lateral de grafito.

Paula detectó un brillo al fondo de la grieta.

—¡Por aquí! —señaló, indicando un pasadizo estrecho.

Avanzaron a gatas hasta desembocar en una cámara iluminada por cuarzos fosforescentes. En el centro, un altar de piedra lucía un círculo de runas. Al tocarlo, Erick sintió una vibración que parecía alterar el tiempo mismo. Paula, mientras tanto, descubrió en un panel cercano un pergamino de fibra sintética que mezclaba código binario con grafía nórdica.

Erick recordó una vieja historia: “Las minas no solo guardan minerales; sino puertas a otros mundos". En ese instante, las runas se encendieron y un láser proyectó un mapa tridimensional que señalaba una fuente de energía desconocida.

—¡El portal! —exclamaron al unísono.

Con renovada esperanza, siguieron el túnel indicado esquivando trampas automáticas. Al final del camino, un panel de control bloqueaba el paso.

—Ingrese coordenadas —sentenció una voz electrónica.
—¿Coordenadas? No había números, solo un punto en el mapa —objetó Paula, nerviosa.
—Es otra trampa —intervino Erick, acariciando el teclado mientras los golpes del devastador resonaban cada vez más cerca— No es solo una ubicación; es una llave... o una invitación.
—¡Ni siquiera sabemos si esto funciona! —exclamó ella.
—¡Quedan 30 segundos! —advirtió la voz.

Paula, decidida, ingresó una serie de números: 36°37'8.89''S y presionó Enter. Erick, comprendiendo el juego, completó la secuencia: 72°57'46.17''O. La respuesta de la máquina fue inesperada:

—“Gracias por jugar. Inserte otra moneda".
—¡Es un arcade! —exclamó Erick, reconociendo el sistema, aunque no pertenecía a su época.
—¿Qué es un arcade? —preguntó Paula, confundida.
—ARCADE: contraseña aceptada —anunció la voz.

Un tubo mecánico descendió del techo, abriendo una compuerta que revelaba una escalera interior. Sin dudarlo, ambos ascendieron por lo que resultó ser un conducto de ventilación. Al salir al otro extremo, el aire había cambiado. El polvo del desierto y el frío de las minas eran ahora parte del pasado; frente a ellos, una bruma eléctrica señalaba, por fin, el destino final de su viaje.

Tras la dura travesía plagada de peligros, los jóvenes aventureros alcanzaron finalmente el portal. Allí los aguardaba un umbral de luz, tan brillante como un amanecer en medio de la ventisca. Aquella calidez despertó en sus corazones un sentimiento ancestral.

Recordando las historias que habían evocado durante el viaje, pronunciaron las palabras secretas mientras trazaban un círculo en el aire:
—“Hér ferr Herlicii... Fórum drengja Frábærheimur; ég skipa þér með töfrum Óðins: opnaðu mér leið Bifröst!" ♪ ♫
El portal cedió, revelando el reino mágico que se ocultaba más allá de la Puerta de Tannhäuser.
—¡Wow! —exclamó Erick, maravillado—. Algún día, todos estos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia.
—¡Ni lo menciones! —le recriminó Paula.
Armados de valor y unidos de la mano, los jóvenes cruzaron el portal. Al otro lado, las historias no eran palabras escritas, sino entidades luminosas que palpitaban con propósito. En aquel plano superior, cada relato olvidado, leyenda perdida y cuento postergado, aguardaba el momento de volver a ser contado a los niños del mundo.

Los seres etéreos se deslizaron cuan espectros de luz y sentenciaron:
—La profecía se ha cumplido; según la cual un día vendrían los elegidos.
Los jóvenes dieron un paso al frente mientras las criaturas se acercaban:
—Nuestra existencia está ligada a la vuestra; existimos solo mientras la esperanza persiste en la Humanidad. Si vosotros perecéis, moriríamos para siempre. Porque, sois los últimos.
Paula y Erick escuchaban con atención mientras los relatos vivientes narraban su odisea:
—Hubo un tiempo en que nos creímos inmortales, pues hemos coexistido con ustedes desde el alba de la Humanidad. Estamos hechos del mismo material que sus sueños: somos el poder de la imaginación y de los ideales. No solo les permitimos escapar de la realidad, sino que les damos la fuerza para transformarla. Por eso, vivan con valentía y perseverancia; confíen en su espíritu y en su mente para superar cualquier obstáculo que impida salvar nuestros mundos.
—Entonces, somos uno. —reflexionó Paula.
—Uno y lo mismo. —complementó Erick.
Los relatos vivientes sonrieron por primera vez en mucho tiempo.
—Por favor, llevadnos con vosotros al mundo humano —pidieron—. Llevadnos a un tiempo donde aún podamos salvaros. Allí renaceremos para respirar a vuestro lado y devolver la esperanza a los vuestros.

Una luz dorada envolvió el encuentro mientras una voz añadía:

—En ambos mundos cada uno tiene un papel vital. Nuestras acciones, por pequeñas que sean, abren portales hacia infinitas posibilidades. Ese es el propósito de todo cuanto existe; incluso nosotros, los cuentos, tenemos nuestros propios sueños... y vosotros formáis parte de ellos. También quienes nos leen y escuchan en este preciso momento, en algún lugar del tiempo.

Paula y Erick aclamaron con entusiasmo, agradeciendo a los lectores de este cuento por hacer posible su misión.

—¡Viviréis con nosotros! —exclamaron Los Últimos, fascinados por la noble tarea que acababan de recibir.
Los jóvenes aceptaron la misión, conscientes de que su deber era llevar esos relatos al corazón de quienes buscan rescatar a su niño interior. Su propósito era transformar el presente para construir un mañana donde nunca se olvide la importancia de soñar, ni las verdades esenciales que esconden las viejas historias.

Sabían que el camino sería difícil: las fuerzas que intentaron extinguir los relatos siempre existirían como parte del equilibrio del Universo. Sin embargo, los intrépidos surgieron precisamente para proteger la justicia frente a la indiferencia y la codicia. Lo fundamental era confiar en que las historias, al cobrar vida en la Humanidad, devolverían la esperanza y la promesa de un futuro mejor.

Así, con el coraje de los antiguos héroes y el amor por lo olvidado, los últimos jóvenes regresaron al siglo XX portando consigo el legado del Reino de los Cuentos Perdidos.

Sin Fin
Pepito y la Fiesta de Don León
Rita María Albrecht

Ilustración sin firma de autor desconocido


Don León se veía grandioso. Tenía una melena larga y voluminosa que envolvía su cabeza como una nube dorada. Sus ojos eran de un color ámbar y tenía una expresión muy amable e inteligente.
— Buenas noches, don León —dijeron Lola y Lulé (que eran dos foquitas, amigas de Pepito).
— Buenas noches —tartamudeó Pepito intimidado.
Don León era verdaderamente una personalidad impresionante y Pepito se sintió súbitamente muy nervioso.
— Buenas noches —respondió don León con voz amable— ¿Cómo estás, Lulú? ¿Y tú, Lola?
— Muy bien, gracias, don León —respondió Lola cortésmente después de haber ejecutado una reverencia profunda y muy elegante— Gracias, estamos bien.
— Se les trata bien, espero.
— No tenemos razones para quejarnos, don León. Es verdad que es un poco molesto tener la boca llena de agua todo el día. Pero de una manera u otra una tiene que ganarse la vida, y en fin, estamos trabajando en uno de los rincones más lindos de Santiago.
— Veo que me han traído a alguien de visita. ¿No es Pepito?
— Sí, don León. Buenas noches.
— Te conozco hace ya muchos años, Pepito —dijo, todavía sonriendo— Vives en la avenida El Cerro, frente al teleférico, ¿verdad?
— Sí, don León. El teleférico es muy lindo.
— ¿Y te gusta nuestra fiesta?
— ¡Ay, la encuentro fantástica! —gritó Pepito entusiasmado— Nunca lo hubiera esperado: una fiesta en el Parque Forestal, a medianoche.
— Bueno, bueno —dijo don León, satisfecho— Espero que continúes gozando. Seguramente vamos a vernos de nuevo antes de que se vayan.
— Gracias, don León —dijo Lulú— Con mucho gusto.
Pero antes de poder bajar las escaleras, oyeron un grito lleno de rabia y se quedaron parados de horror. La orquesta interrumpió abruptamente su función. Todo el mundo estaba empujando y tratando de ver qué sucedía.
— Caramba —gritó Lulú— Es el vendedor de pan.
— ¡Socorro! —gritó en voz alta— ¡Socorro: me han robado todos mis panes! Don León, por favor ayúdeme. ¡Me han robado mis panes! Toda la canasta. ¡Ay, ay! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué mundo es este que roba a un hombre viejo?
Sollozando buscaba su pañuelo y se sonó con mucho ruido.
— Siéntate y cálmate primero —le tranquilizó don León— En seguida enviaré a que busquen al ladrón.
No necesitó mucho tiempo para encontrar al culpable. Después de dos minutos se oyeron lamentos y voces excitadas que se acercaban. El barrendero que antes estaba parado detrás de Pepito empujó por entre la muchedumbre. En su mano derecha en alto portaba "algo" chiquitito, blanco, que trataba de liberarse.
— ¡Ladrón desalmado! —gritó el vendedor de pan— ¡Monstruo! Me tienes que pagar eso. Robar a un hombre viejo...
— Póngalo en el suelo —ordenó don León.
— Se arrancará —advirtió el barrendero— Es un verdadero diablo. No quería devolverme los panes: rasguñó, mordió y gruñó.
— Póngalo en el suelo —ordenó don León de nuevo. No huirá.
El barrendero puso al ladrón a los pies de don León.
— ¡Pero si es un perro! —gritó Pepito, sorprendido.
— Un cachorrito —dijo don León, compasivo— ¿Alguno de ustedes lo conoce?
Se dirigió luego a la muchedumbre.
— Hace cuatro o cinco días lo vi por primera vez —dijo uno de los vendedores de helado— Aquí en el Parque.
— ¡Está perdido, el pobre chiquitín! —gritó la vieja señora— Seguramente ha tenido hambre el pobrecito.
— ¡Es un ladrón sinvergüenza, nada más! —gritó airadamente el vendedor de pan— Insisto en que se lo entregue a la policía.
— Pero no se puede entregar a la policía un chiquitín tan simpático, ¡bárbaro! —protesto la señora vieja.
— Ay —jadeó el vendedor de pan— No lo puedo, ah. ¿Y qué hay de mis panes? ¿Ud. los va a pagar?
— Pagar, pagar, pagar, ¿No tiene otra cosa en la cabeza? ¿Cómo puedo yo pagar sus panes si no tengo dinero?
— Bueno, yo tampoco lo tengo —respondió el vendedor de pan.
Don León intervino para calmar las emociones:
— Si él está perdido —dijo— No nos queda más que encontrar a su familia. Estoy seguro que te pagarán tus tres panes.
— No tiene familia, don León —dijo el barrendero— Le han abandonado.
— ¡Ven! —llamó Pepito al cachorro— Ven, por favor y no tengas miedo. No permitiré que te hagan daño.
— Yo quiero mi dinero —insistió el vendedor de pan.
Lentamente el perrito levantó la cabeza y olfateó la mano de Pepito.
— No oigas al vendedor de pan, yo te protegeré —le consoló Pepito.
El perrito le miró atentamente por entre sus rizos desgreñados, y de súbito, se levantó y se sentó en su falda, lamiendo su mejilla con su lengüita rosada.
— Insisto en que se le entregue a la policía —regañó el vendedor de pan nuevamente— ¿Es que basta con ser atractivo para hacer todo lo que uno quiere?
— Pero se estaba muriendo de hambre, don León —imploró Pepito— Además es tan chiquitito. No sabe lo que es bueno y lo que es malo. Aquí en el Parque seguramente va a morirse de hambre, todavía es demasiado chico para defenderse de los perros más grandes, que también buscan comida.
Olvidando su timidez, rogó Pepito:
— Don León, yo puedo llevarlo a mi casa. Y si el vendedor de pan tiene un poco de paciencia le pagaré los tres panes, de mi mesada.
— ¿Tus padres no se opondrán cuando llegues con un perro a la casa? —Preguntó don León.
— ¡No! Estoy seguro que no —dijo Pepito, y observando la incredulidad de don León, añadió rápidamente— Cuando oigan lo que pasó, van a aceptarlo. Por favor, no permita que lo entreguen a la policía. Ya ha tenido tan mala suerte y es todavía tan joven. Por favor, don León.
— Desgraciadamente no puedo ayudarte mucho. Es el vendedor de pan quien tiene que tomar la decisión.
— Pero puede rogarle, don León —solicitó Pepito.
— ¿Porqué no se lo pides tú, directamente a él?
— Necesito el dinero para vivir —rezongó el vendedor de pan— Nosotros los pobres no podemos permitirnos caridad.
— Pero uno puede mantener su buen corazón —dijo don León— Además lo has oído: Pepito te pagará los panes. Tienes que tener solamente un poco de paciencia.
El vendedor gruñó algo que no parecía ni sí, ni no.
— Don León —intervino el barrendero— ¿Porqué no hacemos una colecta? Tres panes no cuestan una fortuna. Estoy seguro de que podremos reunir la suma.
Y así fue. Don León entregó al vendedor de pan la suma reunida y acarició al perrito blanco que se encontraba acurrucado en los brazos de Pepito.
— ¿Cómo vas a llamarlo? —preguntó don León.
Pepito miró a su nuevo amigo.
— Mmm —dijo luego— Creo que se llama "Toqui".
#
De pronto Pepito abrió sus ojos, y oyó todavía muy, muy lejos la música. Frente a su camita se encontraba su mamá y el doctor Bermúdez:
— Estaba donde don León, mamá —murmuró Pepito todavía medio dormido— ¿Sabías, mamá, que Lola y Lulú pueden hablar?
La mamá de Pepito miró angustiada al doctor Bermúdez. Sin embargo, éste, para tranquilizarla, movió la cabeza en signo negativo. Pero de repente se oyeron gruñidos, ladridos, rasguños en la puerta y entró algo blanco chiquitito, entró como torbellino a la habitación y se abalanzó sobre la cama. Lamió impetuosamente la cara, el cuello y los brazos de Pepito.
— ¡Ay, Toqui! —gritó Pepito, feliz— ¡Aquí estás! ¡Siéntate, Toqui! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Déjalo. Me hace cosquillas. Déjalo! ¿No es lindo, mamá? —Preguntó Pepito— Lo he encontrado en la fiesta de don León. El vendedor de pan quería entregarlo a la policía. Puede quedarse con nosotros, ¿verdad, mamá? ¡Por favor, di que sí, mamita!
— ¿De dónde viene? —preguntó el doctor Bermúdez— Nunca lo he visto antes aquí.
— Esta mañana lo encontramos en el jardín, delante de la ventana de Pepito. Se quedó todo el tiempo sin moverse —respondió la mamá de Pepito.
— Bueno —dijo el doctor Bermúdez, quien observó pensativamente a los dos en la cama— Parece que se conocen muy bien.
— Sí, pero yo no lo comprendo —dijo la mamá de Pepito un poco preocupada— ¿Cómo lo encuentra Ud., doctor? ¿Está un poco mejor?
— ¿Un poco? —Exclamó el doctor, sonriente— ¡Véalo! En pocos días estará completamente repuesto.
Fin

Aclaración
2ª Parte de un relato Chileno-Alemán (la 1ª Parte está perdida).
El fondo de la ilustración fue cambiado por hallarse borroso °-°
Gazapito quiere comer Torta
Marta Brunet

Resulta que una vez había un conejito blanco llamado Gazapito. Y resulta que era muy goloso y siempre estaba robándole a su mamá —Largas Orejas— zanahorias y betarragas, que para los gazapos es algo tan exquisito como los chocolates y los caramelos para los "niñitos del hombre". Y aparte de los castigos que mamá Largas Orejas le imponía al descubrir sus merodeos por la despensa, sufría Gazapito unos tremendos dolores de estómago, tan tremendos que a veces requerían la intervención de doña Rata Sabia Yerbatera.

Y como a pesar de los castigos y de los dolores no escarmentaba, pues resultó que al fin enfermó gravemente y hubo que ponerlo a régimen estricto de yuyitos tiernos y agüita de boldo. Bueno...

Resulta que una tarde estaba muy triste Gazapito pensando en lo amarga que era la existencia sin un poquito de zanahoria o de betarraga que la endulzara, y dando suspiros y más suspiros se quedó medio dormido debajo de una gran col, en la huerta de don Pedro Pérez, que lindaba con el bosque. Y a poco despabilóse muy asustado, oyendo cercanas voces de niños.

Una de las voces decía:
— Qué torta más rica! Es de pura almendra... Y tiene huevo mol...
Gazapito sabía que las tortas eran dulces, condimentadas con azúcar que, según doña Rata del Campo, era lo más delicioso en la despensa del "señor hombre". Y al pobre goloso de Gazapito se le hacía la boca agua al ver que los niños de don Pedro Pérez daban grandes mascadas a unas tortas redondas y blancas. Porque Gazapito, al oír hablar de comida y de dulce, había separado un poco las hojas de la col y asomaba un ojo curioso de mirarlo todo.

Entonces a Gazapito le dio verdadero antojo por comer torta redonda y blanca, con almendra y huevo mol. Y tan preocupado se quedó que esa noche no pudo dormir, y en su inquietud daba vueltas y más vueltas en su cama de suave musgo, y al fin, pasito, salió de la cueva en que vivía con mamá Largas Orejas y sus hermanos Gazapillo y Gazapeta.

En cuanto a papá —Ojo Colorado— había muerto en un accidente de caza (no había que hablar de esto delante de mamá Largas Orejas, porque le daban ataques de pena y agitaba las manitas desesperadamente, lo mismo que si tocara el tambor).

Resulta que Gazapito se internó esa noche en el bosque, moviendo las orejas a cada ruido que le traía el Viento, arriscando la naricilla, desazonado por cada olor desconocido, representándosele en cada cosa aquella torta blanca y redonda con almendra y huevo mol...

Y en esto... ¡Oh!..., sorpresa, Gazapito vio ante sus ojos, en el fondo de un hoyo al cual se asomara por casualidad, pues nada menos que una torta blanca y redonda, que tenía que ser de almendra con huevo mol y todo. Y dando un brinco...

¡Zas! ¡Brrr!

Gazapito cayó al fondo del hoyo, justamente sobre la torta redonda y blanca.

Y resulta que como el hoyo era mucho más profundo que lo que imaginara, ese "¡Brrr!" que tú ves, lo dio Gazapito de susto. Pero lo lamentable fue que al hacer "¡Zas!" se percató de que con la impresión le había pasado una cosa terrible, que no se puede contar, pero que lo obligaba a levantarse en la punta de las patitas para no mojar la bata de piel blanca que llevaba puesta.

Y todo acongojado, sin acordarse más de la torta, ni de las almendras, ni del huevo mol, se echó a llorar a toda boca, como el conejito chiquitito que era. Además, el hoyo estaba muy oscuro y el miedo aumentaba sus sollozos.

Andaba por allí, volando, en el bosque y cerca del hoyo, una mariposa llamada Falena, que al oír a Gazapito preguntó asomándose al boquetón negro:
— ¿Quién llora?
— Yo. Gazapito, que me caí por casualidad..., de puro distraído...
— No es verdad — dijo misiá Rana Vieja, que todo lo sabía y era muy chismosa—; se cayó porque el tonto quería comer torta... La torta que vio en el fondo del hoyo...
— ¡Cállese, la acusete! —dijo el señor Grillo, que no porque hablara dejó de darle cuerda a su reloj.
— ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —decía entre tanto Gazapito.
— Voy a avisarle a tu mamá. ¿Dónde vives? —preguntó Falena.
— No, no. No hay que decirle nada a mamá, que me castigará por haber salido sin su permiso —contestó entre sollozos Gazapito.
— Avísele, avísele —gritó misiá Rana Vieja—, para que le den su merecido por meterse en casa ajena. Para que le den sus buenos coscorrones...
— No, por favor, no le digan nada... Pero sáquenme de aquí... ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!
Entonces Falena —que es muy buena a pesar de cierto atolondramiento que se le reconoce—  fue a avisar a las señoritas Luciérnagas, para que vinieran a iluminar el hoyo y pudiera Gazapito salir fácilmente. Estas señoritas Luciérnagas son bailarinas de oficio y están siempre dando representaciones nocturnas al aire libre, vestidas con coseletes de azabache y luciendo sus lindos ojos de luz celeste. Y como también son muy serviciales, vinieron en seguida e iluminaron el hoyo formando guirnaldas y ruedas y estrellas de cinco puntas, todo ello con esos ojos lindos de luz celeste que ya te dije que ellas tienen.

Le dio entonces a Gazapito una vergüenza enorme, ya que todas se iban a enterar de lo que le había pasado y que, tú sabes, eso que lo obligaba a ponerse de puntillas para no mojar la bata de piel blanca. Pues bien resulta que al ver con claridad lo que había en el hoyo, se dio cuenta Gazapito de que era aquello una poza, vivienda de misiá Rana Vieja, y de ahí sus protestas. Y que lo que creyera una torta no era otra cosa que la señora Luna Llena reflejada en el agua, y que esta agua en que se empinaba no era eso terrible que él creyó que le había pasado con el susto al caerse...

Ya con más bríos y sin ninguna vergüenza, Gazapito se dispuso a salir del hoyo, pero no alcanzaba a saltar hasta afuera. Entonces pasó una cosa maravillosa, que te sorprenderá: pues nada menos que las raíces de un gran Sauce Llorón que por allí asomaban, se fueron moviendo lentamente hasta tomarse de la mano unas con otras, formando una escalera, por donde ágil y retozón subió Gazapito.

Y resulta que al poner éste pie afuera, Falena se posó en su mejilla, con la intención tal vez de darle un beso, pero el caso fue que Gazapito sintió un cosquilleo en la nariz, dando un estornudo formidable:
— ¡Achís!
Y entonces despertó lleno de sobresalto —con la noche encima, y una gran estrella dorada mirándolo atentamente—, debajo de la col donde se había dormido. ¡Porque todo esto no había sido otra cosa que un sueño!

Fin
El último expreso de la noche

El reloj de péndulo de la biblioteca tocaba la medianoche, cuando el profesor Herrera despertó.

— ¡Cielos! ¿me habré dormido? —se preguntó.

Ante él, la sala de clases yacía solitaria y sus luces apagadas. ¡Que interminable día le había tocado!

— ¡Oh! —pensó— sólo Morfeo sabe cuántas horas han pasado.

La luz de luna que entraba por el largo ventanal a su derecha, inundaba el ambiente con fuerza seductora.

— Querida Sofi... —murmuró.

Había soñado con su amada Sofía, a quien conoció durante unas vacaciones a bordo de una barcaza con destino a Puyuhuapi. Tan solita y delicada estaba ella en una esquina, apreciando los bosques que se extienden hasta la costa. El paisaje era insuperable y la embarcación flotaba placentera, cual hoja de lirio en un estanque. Amor a primera vista.

— Si tan sólo pudiera dormir otro poco —pensó el profesor, quien deseaba continuar aquel sueño encantador.

Todo el mundo había partido en el expreso de la tarde. Eso incluía al director, dos profesoras, el cocinero y sus queridos alumnos, ninguno de los cuales vivía en “Cerrito Olvidado”, que tal era el pintoresco nombre del sector.

“El profe”, como lo llamaban cariñosamente sus estudiantes, se había quedado revisando los exámenes hasta que el sueño lo venció. Un cerro de papeles aguardaba impasible su escrutinio.

— ¡Snorrrr...! —ya había comenzado a roncar de nuevo, pero un sonido no tan lejano lo despertó de improviso.
— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó a la distancia— ¡chuku chuku chuku!

El profe se levantó de su sillón, sobresaltado. Miró por el ventanal y divisó un foco de luz redondo y amarillo que se acercaba vertiginosamente a la estación.

— ¡Recórcholis! —exclamó— ¡se me ha hecho tarde otra vez!

El pobre profesor, seguro de haber oído sólo once campanadas del reloj, guardó en su maletín su libro y los exámenes restantes.

— ¡Terminaré el trabajo en casa!

Abrió la puerta de la sala y corrió por el pasillo rumbo a la salida. Parecía una centella. —¡Qué son 75 años para un espíritu joven! —solía decir.

Por alguna razón el profesor Herrera siempre era la última persona en irse de la escuela. El portero lo sabía y por eso le dejaba la copia de las llaves debajo del pisapapeles con forma de hidroavión, sobre el escritorio.

— ¡La llave! —se acordó nada más llegar a la puerta de salida, y acto seguido volvió “volando” a la sala. Levantó el pequeño hidroavión y descubrió con horror que la llave que abría la única puerta funcional del recinto, no estaba.
— ¡Por Plutón! —imprecó el profesor de matemáticas— ¡no es posible!

Efectivamente, el portero había olvidado el encargo, y no era la primera vez. Para ese entonces el tren ya había arribado a la pequeña estación, iluminada con un par de focos a trescientos metros de la escuela. Cerrito Olvidado era un pueblo pequeño. Tan pequeño que sólo lo conforma la escuela, la estación, la cabaña de Eric (el portero), y un galpón que guardaba una vieja locomotora Pacific un tanto oxidada y en la que los niños jugaban durante los recreos. Todo ello al atento resguardo de los tres profesores de la escuela “Christa McAuliffe”.

El profesor sabía que aparte de él, nadie más abordaría el último expreso de la noche. La estación estaba vacía, y en la distancia le pareció ver a Eric durmiendo en la oficina de boletos. De su maletín extrajo unos prismáticos que usaba para buscar planetas cuando viajaba de noche a bordo del expreso. Dirigió los lentes hacia la oficina de boletos y enfocó...

¡En efecto! Ahí estaba el bueno de Eric, sentado, con el asiento echado hacia atrás contra el mesón, y su ridículo sombrero de “cowboy” en la cara.

— ¡Roncando de lo lindo y yo aquí atrapado! —se quejó el profesor.

El pobre Eric además de guardia y portero, era el gásfiter, el mecánico, el nochero, el vendedor de boletos de tren, y el ahuyentador de pumas ocasionales. Incluso ayudaba en la cocina y su salsa de champiñones era mundialmente famosa entre los habitantes del Cerrito Olvidado.

— ¿A quién se le ocurriría levantar una escuela en un lugar tan apartado?

Los niños venían desde “Cerrito Alejado”, a unos 6 o 7 kilómetros. Nadie en Chile recuerda a Cerrito Alejado, ¿qué más le queda a Cerrito Olvidado?

El maquinista sabía que el profesor salía tarde del trabajo, pero todos tenían un horario que cumplir: si el Sr. Herrera no llegaba a las 00:15 horas a la estación, se entendería no había pasajeros y el tren partiría según el itinerario.

— ¡Eric, me quedaré encerrado! —gritó el profesor— ¡Ah, bribonzuelo!

De nuevo se acordó de Sofía. Si no llegaba a casa ella esperaría en vano, preocupada. Recordó el bello autorretrato que su esposa pintó para su cumpleaños, exactamente un año atrás. Era el regalo más bonito: la dulzura que infundía aquella mirada era miel para su corazón, enamorado del recuerdo.

— Es mi cumpleaños y Sofi me espera. —pensó. ¿Qué podía hacer?

Miró el pestillo de la ventana, pero él no iba a salir por ahí como un vulgar ladrón. El profesor era caballero de la vieja escuela, y ellos salen por la puerta.

— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó por vez segunda la bocina del tren.

Sofía era más importante que el ego caballeresco, así que el profe saltó sobre el pupitre más elegante, giró el pestillo de la ventana y lo rompió.

— ¡No puede ser, que mala suerte! —exclamó incrédulo.

Con la mirada perdida unos segundos, intentó buscar una solución matemática al problema, pero no la encontró. En aquel efímero instante, un pequeño punto de luz en el suelo de la sala, llamó su atención. Bajó del pupitre y recogió el objeto: era un clip metálico que brillaba a la luz de la luna. No lo pensó dos veces: tomó el clip, se hizo un ganchito y corrió una vez más por el pasillo, de regreso a la salida. ¡Tenía que funcionar!, introdujo el gancho a la cerradura mientras giraba la manilla. Lo hizo varias veces pero no abría.

— ¡Vamos! —se animó— ¡si a MacGyver le funcionaba en la tele!

Su afición a los clásicos en VHS no había pasado de moda para él.

— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó por vez tercera la bocina del tren.

El profesor sabía que cinco minutos después el tren partiría sin más. Era ahora o nunca, pero pasaron los minutos y la improvisada llave no giraba.

De haber hecho Eric su trabajo, él no se encontraría en esa situación.

— ¿Olvidarse la llave, quedarse dormido y no despertar con la bocina del tren, dejándome aquí encerrado? ¡Ni que hubiera conspirado contra mí! —se quejó.
— ¡Chuuf chuuf chuuf! —se oía en la estación— ¡chuuuku chuuku chuuku...!
— ¡Chuku...! —repitió el profesor, conjurando a la cerradura para que entendiera la difícil situación.

Era claro que el tren había partido, y a medida que se alejaba, el profesor dejó de insistir... hasta que se detuvo finalmente. Aun abriendo la puerta sabía que no podía darle alcance a un moderno ferrocarril. El profe soltó su maletín.

— ¡Lo perdí! —se dijo en voz alta y acongojado, revelando a un ser humano capaz de cometer errores, como cualquiera.

Metió una mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo su boleto de tren, pero casi al instante se le cayó. ¿De qué le servía hora?

— Sofía... —murmuró impotente.

Los ojos del profe humedecieron, y una lágrima se liberó cayendo sobre el boleto que yacía en el suelo. Rendido, se sentó en el frío piso de madera y ahí permaneció, observando el boleto con tristeza. A lo lejos las ruedas del último expreso de la noche resonaban sobre sus rieles sinuosos, adentrándose en lo profundo del bosque que cubría los parajes de Cerrito Olvidado.

El crepúsculo llegó con fuerza cuando el generador a diésel se detuvo y las luces de la estación se apagaron, dando lugar al profundo y solitario silencio de la noche. El profesor se cubrió con su abrigo ahí mismo donde estaba, pensando en Sofía. De alguna manera creía oír en la distancia al “Ángel", de Sarah McLachlan, aquel tema musical que tanto gustó a Sofía en sus últimos años. La noche se tornó fría y desolada. De vez en cuando el profe despertaba incómodo.

— Si al menos hubiera traído mi saquito de dormir... —pensó de repente.

Parecía que iba a dormirse de nuevo, cuando entreabrió un ojo y le pareció ver un destello de luz sobre el boleto de tren. De pronto el billete se vio succionado a través de la rendija de la puerta, como tragado por una aspiradora. El profesor se reincorporó de un plumazo.

— ¡Vaya! —exclamó estupefacto— acaba de volar mi pase.

Dirigió instintivamente la mano a la manilla de la puerta y casi al instante se detuvo al recordar que estaba cerrado. Sin embargo, el ganchito que había construido giró sólo y se abrió la cerradura. Una luz entró por los bordes de la puerta y una bocanada de aire tibio se coló al interior. La puerta se abría. 

— ¿Eric? —preguntó en voz alta el profesor.

Se acomodaba el cuello del abrigo cuando su atención quedó hechizada al observar que, tras la puerta y en lugar del sendero que da a la estación, la salida se hallaba por encima de unos rieles de ferrocarril, que estrepitosamente y a gran velocidad se alejaban... hacia un horizonte indescifrable. Como si fuera la puerta de salida del último vagón de un tren corriendo lo largo de una extensa pradera de infinitos pastizales. En lo alto, la luz de una luna bañaba de azul el impresionante paisaje, así como la copa de los árboles que cada cierto tramo aparecían junto a la vía. El profesor Herrera no salía de su asombro.

— ¡Cielo santísimo! —exclamó finalmente— ¿estaré soñando?

El viento se arremolinó a su alrededor, enmarañando su cabello. Podía sentir el vaivén del vagón en el piso de la escuela. Las paredes se movían.

— ¡Chuku chuku chuku! —la atmósfera era inconfundible. Si hasta podía oler la caldera de una vieja locomotora a vapor funcionando al rojo vivo. No tenía sentido. No en el mundo humano. El era hombre de ciencia, y donde la ciencia gobierna no hay lugar para lo que está más allá de lo extraordinario.

Embobado ante la visión fantástica, se dio una pequeña bofetada para despertar, pero definitivamente no soñaba: la escuela avanzaba sobre rieles, ahora plagados de luceros refulgentes y hermosos planetas que giraban. El profesor Herrera, giró a sus espaldas buscando una explicación. Todo estaba en su lugar: la biblioteca, la oficina del director, las fotografías en sepia de viejos ferroviarios rescatadas de la Pacific que yacía en el galpón. Las había enmarcado él mismo con ayuda de Eric. La escuela oscilaba al vaivén del último vagón de un expreso que viajaba cuan cometa errante a través de las estrellas. Si había alguien en el mundo para quiénes una locomotora o una escuela podía ser lo mismo que una nave espacial, aquellos eran los niños de la prestigiosa Escuela Christa McAuliffe, de Cerrito Olvidado. Una escuela humilde, con un historia enigmática que contar.

Los papeles del maletín volaron por los aires, pero el profesor ya no estaba ahí. Caminaba hacia la puerta de su sala, al final del pasillo. Estaba abierta y una cálida luz le llamaba. Un aroma delicioso llegó hasta él.

— El vagón cafetería está abierto, profesor. —se asomó un inspector de boletos que nunca había visto— tienen un delicioso sándwich de queso y tocino preparado para usted... ¡tal como le gustan!

Envuelto en una brisa de noche verano, el profe se vio transportado a un universo donde el tiempo no existe y el espacio no tiene fronteras. Ahí se quedó, magnetizado ante la belleza del encanto propio de los antiguos viajeros del siglo XIX que le acompañaban. Caminó al interior del vagón cafetería, al son fascinante y misterioso del último expreso de la noche, que avanzaba con energía y decisión a través del firmamento inmaculado. Un deslumbrante aerolito despertó al “cowboy" en la oficina de boletos.

— ¡Profesor! —exclamó Eric, pero la estrella fugaz ya se había desvanecido.

“Ya sea en cacharrito, en tren, en avión, barco, globo o nave espacial... nuestros viajes nos hacen lo que somos. Cada experiencia nos abre las puertas a un universo nuevo. Viajamos por el mundo buscando respuestas que nunca encontraremos, porque el viaje en sí es la respuesta que buscamos. A veces el mejor camino está en los insondables abismos del amor humano. La vida siempre será el primer medio de transporte, el primer vehículo que conduce nuestras voluntades hacia un cruce de posibilidades infinitas."

— ¡¡Sofía!! —exclamó entre sollozos el profe Herrera, corriendo a los brazos de su amada, que había ido a buscarle...

 Fin

Encuentro en París
Gricel Miranda Fuentes

Iba en un avión con destino a París, Francia. Me bajé y una limusina me esperaba. Cené en un restaurante muy elegante de la Torre Eiffel. Subí hasta la punta y ahí estaba él; un chico guapo, alto, que con su mirada me hacia sonrojar. Se acerco a mí... creo que me iba a besar. Su cara estaba al frente de la mía y luego sentí una voz. Era mi madre que decia:
¡¡ Levantate para ir a la escuela !! º-º

Fin
Derrotero de un sueño sin sentido
Saga de Protomundo · Cuento II
Ethan J. Connery

Aun está obscuro. Avanzo por la nieve a paso más seguro mientras el camino se pierde al horizonte. Miro atrás y una caverna se ha cerrado; algunos animales han quedado atrapados en el hielo, como congelados en el tiempo. Sin embargo... uno parece moverse.

-¡Intenta escapar! La pared es muy gruesa, ¿podrá lograrlo?

Un temblor remece el interior de la caverna helada mientras sus ondas se disipan en la vacuidad. La fuerza es suficiente y la pared que había cerrado el paso, estalla en mil fragmentos de frío cristal, los que se dispersan en el aire impecable de la noche, sin llegar a tocar tierra, pues tarde o temprano terminan por formar parte del impresionante campo estelar que por sobre mi cabeza se extiende, de norte a norte.

El animal que acaba de escapar a las fauces del inframundo es sin duda un rinoceronte... o quizá una jirafa, más probablemente un caribú, pues parece adoptar nuevas formas con cada paso que se adelanta. No puedo percibir la intención en su instinto, y el caribú arremete contra mí, como una piedra perdida en la vasta planicie de un montaraz paisaje.

Ante la sorpresa, salto hacia un árbol ubicado a mi derecha, aferrándome a una rama que se balancea sin viento. El enorme roble no estaba hace un momento. Sus raíces se entierran en el suelo como si de un gran gigante intentando levantarse, se tratara. La raiz se eleva agitando la copa, y el roble se inclina hacia un profundo abismo.

-¡Ohhh! -argumenta el roble- ¡mil perdones, extraño amigo! ¿Qué haces que me despiertas de mi sueño invernal?
-Señor, soy yo quién sueña esta noche.

El roble parece meditar.

-Mmm..., ya veo. Entonces, si no te molesta, pequeño humano, volveré a dormir... zzzzz.

El árbol se ha dormido nuevamente en su última posición, no sin antes enredar con sus ramas los cuernos del caribú, que había estado golpeando incansable su tronco. El espíritu del caribú escapa de su atado cuerpo y éste me embiste buscando mi destierro.

-Caribú, ¿Porqué me atacas? ¿soy acaso un extraño en mi propio sueño?
-El espíritu del animal no responde, pero da media vuelta y se lanza hacia el vacío, hacia el negro abismo de cascadas cuyo canto se pierde en el infinito de un Universo que sólo existe dónde no hay nada.

Por un segundo creo sentir algo de paz, al oír al viento hablar mientras una docena de voces extemporáneas se cuelan en las ramas del roble.

-¿De dónde eres?
-¿Qué es lo que quieres?
-¿Buscas algo en particular?
-¿Dónde están tus amigos?
-¿Bla bla bla...?

Las vocecillas imprudentes no paran de preguntar una y otra cosa.

-¡Qué impertinentes! -pensé- ¡¿Pueden dejarme descansar tan sólo un momento?!
-Esta bien, ¡No te enfades!
-¡Vaya con este extraño!
-¡Ni siquiera es de aquí!
-¡Que impertinentes, que impertinentes...!

Las vocecitas discutían entre sí y no paraban de repetir, ¡Que impertinentes!

-¿Quién se figuraría que el viento es un hablador? Supongo que no tiene nada mejor que hacer.

Aburrido de no encontrar nada nuevo, el viento se aleja, dejándome en paz. Pero inesperadamente percibo un nuevo peligro, acechando desde la obscuridad de alguna neblina pasajera. Instintívamente con mi mano busco mi espada atada al cinto.

-¡Vaya!, creí que era un arco.

Encuentro la funda en su lugar, pero no había rastros de su contenido.

-¿Dónde está la espada? ¡El peligro es inminente!

La neblina se avalanza sobre lo que queda del caribú y éste desaparece. La nube envuelve el árbol, como si fuese una tempestad, pero no logra engullirlo. No obstante se detiene a los segundos y avista mi presencia. Me observa amenazante, tal si yo fuera un apetitoso alimento. Es una nube voraz. No lo pienso dos veces, y salto hacia el abismo.

-Esto es un sueño, puedo hallar algo mejor en otro sit...

No alcanzo a terminar la frase y caigo en medio de un bosque. Para variar: sobre las ramas de un enorme árbol. Comienzo a descender rama por rama... desciendo, desciendo, desciendo. No hay caso, ¡Los árboles de aquel bosque no tienen raíces! sólo se elevan desde el insondable abismo, no hay suelo, no hay dónde bajar. Podría descender mil años y todo sería igual.

Salto a otra rama cercana y descubro que, de rama en rama, es más sencillo avanzar. Avanzo incansable a través del verde follaje. Con hábiles saltos y agarres me adapto en ese mundo natural. No se si soy un hombre o una criatura de los bosques. Podría ser que ese no fuera mi sueño después de todo..., quizá sólo soy una criatura de la imaginación que soñó dentro del sueño de un hombre, que era el hombre que soñaba con ser una criatura de la imaginación.

-Entonces soy el hombre -me dije, analizando mis cabilaciones- debo escapar de este quimera sin sentido y regresar a la perfecta utopía del Mundo Humano.

El bosque termina de pronto y nuevamente caigo, pero hacia adelante.

-La gravedad es tan disparatada en la fantasía humana, que Newton se comería su manzana sin preocupaciones -dije, en voz alta.
-¿Me llamabas?

En plena caída libre miro a mis espaldas y he aquí al propio Isaac Newton, cayendo en picada.

-¡No puede ser! ¿De verdad es Ud., Sir Isaac Newton? -pregunté, algo atontado.
-Prefiero que me llamen Kansas. -Me respondió el respetable científico.
-¿Kansas? ¿como al Estado de "Kansas", en los Estados Unidos de Norteamérica?
-En efecto. Así me llaman todos mis amigos por aquí.
-¿Porqué escogería un nombre así? Ud. es inglés.
-Porque me agrada Columbus, la sede del Condado Cherokee.
-¿Y? -le pregunté, estupefacto.
-Y eso queda nada más y nada menos que...
-No me diga: en Kansas.
-Correcto.
-¡¡Este sueño es absurdo!! ¿cuando despertaremos? -pregunté, cansado de inconsistencias.
-Definitívamente... cuando toquemos suelo -me respondió "Kansas", mientras mordía una manzana.

Miré hacia abajo, esperando ver pronto el suelo, aunque por la velocidad de caída no lo esperaba tan dispuesto. Lentamente un nuevo plano comenzó a aparecer en la profundidad de la noche: el suelo se acercaba.

-Creo que falta poco, Sir Kansas -le dije a Newton, pero no recibí respuesta.

Me giré hacia atrás y vi que Newton se hacía con otra manzana.

-Mr. Newton. Estamos a punto de estrellarnos... ¿qué sugiere?
-¡Toma una! -me dijo, arrojándome la manzana.
-Gracias, esperaba algo menos metafísico.
-Entonces nos veremos más adelante, hasta luegoooooo... -se despidió mientras se alejaba de mi trayectoria como engullido por una onda de gravedad diferente.

Faltaban 5 segundos para el impacto, 4... 3... 2... 1... Como un proyectil atraviezo los límites de aquel Mundo sin sentido y despierto.

-¡Por fin!

Me hallaba durmiendo junto a una fogata apagada, en lo alto de una montaña.
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