El Gallito del Rey

Mishotsu, discípulo de Lao-Tse


Hubo una vez un Rey que deseaba tener un fuerte gallito de pelea, y pidió a un vasallo que amaestrara a uno. Así fue como el domador comenzó a enseñar algunas técnicas de batalla a un excelente y embravecido gallo que —debido a su fiereza— se hacía difícil controlarlo. Al cabo de diez días el Rey preguntó entusiasmado a su vasallo:
— ¿Ya estamos con el ave? ¿Puedo organizar un combate con el gallito?
— ¡No, no... aun no! —le respondió el instructor— Todavía esta apasionado; siempre quiere pelear. Cuando nuestro gallo oye el canto del gallo de la aldea vecina —que fama tiene de mañoso—, se encoleriza como un demonio y quiere batirse con el.
— Esta bien. Continúa entrenándolo... —dijo el Rey.
Otros diez días pasaron, de duro entrenamiento polluno, hasta que el Rey llamó a su súbdito:
— ¿Ahora si es posible organizar el combate, verdad? —pregunto intrigado el Rey.
— ¡Todavía le queda brío de pasión! —respondió el instructor— Cuando oye el canto del gallo de la aldea vecina, se sobresalta de tanto en tanto, pero más sosegadamente que en el último reporte.
— Entiendo. Continúa entrenándolo... —dijo el Rey.
Así pasaron diez días más, y el Rey hizo llamar nuevamente a su vasallo:
— ¿Cómo sigue el ave? ¿Vamos por buen camino? —le preguntó.
— Ahora ya no está tan apasionado... —le respondió el instructor— Si oye el canto del gallo de la aldea vecina, permanece tranquilo, y se le aprecia en una pose justa, recta y elegante, con cierta dosis de tensión potencial. La energía y la fuerza no se manifiestan superficialmente, pero ya no se encoleriza.
— ¡Oh! —exclamó satisfecho el Rey— Entonces... ¿está listo?
— Probablemente, mi Rey.
El Rey mandó de inmediato a organizar el torneo contra el gallo de pelea de la aldea vecina, pero éste nada más ver al "gallardo" del Rey, se escabulló como pollito ante la olla.

Fin