Cuentos Adaptación
Cuentos Adaptación
El Río de Siempre Reirás

Anónimo / Editorial Susaeta (Adaptación de Valkyrja)

El destino pende del hilo más frágil.

Hace mucho tiempo, en una tierra antigua y lejana, un niño vivía cautivo en la habitación más alta de una torre de piedra. Sin que nadie conociera jamás la razón de aquel encierro, un gigante oscuro, que solía dormir junto a la torre, lo custodiaba en silencio.

Desde el alféizar de su única ventana, el niño observaba una pradera infinita donde apenas tres árboles interrumpían la monotonía del horizonte: dos chopos erguidos como centinelas y un pino cuyas ramas se mecían al viento. Conocía de memoria el paisaje y cada sendero marcado por los animales que huían ante la presencia del gigante.

Sus ojos, sin embargo, siempre buscaban algo más lejano. Imaginaba un bosque rodeado de montañas enormes que se alzaban mucho más allá del horizonte, anhelando una libertad que sólo le prometían sus sueños.

Su único compañero era un estante con viejos papiros que el gigante había olvidado. En todo su tiempo cautivo, el niño los había leído con esmero. En ellos viejas historias hablaban del río de Siempre Reirás: un cauce lejano cuyas aguas devolvían la alegría a quien bebiera de ellas y borraban para siempre toda tristeza del alma. Pensando en ese río, el niño miraba a las aves cruzando el cielo y suspiraba, recordando a su madre.

Una mañana, cuando el primer destello de luz tocaba las almenas, una paloma blanca se posó en su ventana. Tenía la mirada serena de quien ha recorrido un largo camino. El niño, despacio para no asustarla, la acarició, le dio de beber un poco de agua de lluvia que recolectaba en un cántaro, y le habló con suavidad:

—¿Acaso vienes del río de Siempre Reirás?
El ave respondió con un suave gorgorito. El niño desató una fina cadena de su cuello y la sujetó a la pata de la paloma.
—Busca donde nace el río. Si lo encuentras, moja esta cadenita en sus aguas y regresa, por favor.
La paloma alzó el vuelo hacia el oeste. Pasó el tiempo y el ave regresó, pero la cadena seguía tan seca y brillante como al principio. Sin dejar caer su ánimo, el niño ató esta vez un pequeño anillo de papiro a su pata y la envió hacia el sur. Nuevamente, el ave retornó sin ninguna novedad.

A punto de rendirse, el niño sintió al ave mordisqueando juguetónamente su mano, como si lo animara a no perder la fe.
—Lo intentaremos otra vez, amiga —susurró a la paloma, y la soltó al viento.
La espera fue más larga que las anteriores. Cuando a la penumbra del quinto día amenazaba con cubrir la pradera, el batir de unas alas anunció el regreso de la paloma. Esta vez traía atado un fino hilo de seda verde junto a una pequeña y misteriosa nota:
“Besa este hilo y se convertirá en una cuerda que te dará tu libertad.”

El niño desconocía al remitente, pero pensó que no tenía nada que perder, así que acercó la seda a sus labios. Al besarlo, el hilo creció entre sus manos, volviéndose una gruesa maroma. La amarró con firmeza al pilar de la ventana e hizo otros tantos nudos a lo largo para bajar con seguridad. Luego arrojó el otro extremo hacia el vacío, procurando no despertar al gigante que yacía dormido. Así comenzó a descender, lentamente, afirmado de nudo en nudo. Las ásperas piedras de la torre le hicieron algunas magulladuras, pero, soportando el dolor, el anhelo de libertad le daba espíritu para seguir.

Al llegar abajo, caminó sigilosamente hacia uno de los senderos que había visto desde la ventana, y una vez en la pradera y más lejos del gigante, echó a correr.

Sentía, por fin, la tierra húmeda bajo sus pies y los tres árboles parecían recibirlo con compasión. Junto al pino aguardaba un caballo solitario. El niño montó sobre su lomo y, al sentir su peso, el animal rompió a galopar sin vacilar y con la certeza de quien conoce el destino.


Galoparon y galoparon lejos... muy lejos. Más allá del horizonte y entre colinas y senderos, hasta que la luz de la tarde comenzó a dorar el paisaje. Al fondo de un valle tranquilo, junto a un arroyo de aguas transparentes, se alzaban un viejo molino y una casa de piedra que al niño le pareció familiar.

—¡Hola! —gritó el niño— ¿Vive alguien aquí?
La puerta del molino se abrió y una mujer salió a recibirlo. Pero al ver descender al muchacho de su caballo, lo reconoció. Corrió hacia él con todas sus fuerzas y lo estrechó en un abrazo interminable, bañando su rostro con lágrimas contenidas durante años.
—¡Mamita, mamita! —sollozaba el niño, abrazando finalmente a su madre.
—¡Mi niño, sí eres tú! ¡Estás en casa! —repetía su madre, empapada de emoción.

Más tarde, sentados juntos a la orilla del agua, contemplaban el curso del río que fluía sin prisa entre juncos y flores silvestres. El niño miró la luz reflejada en la corriente, y supo que había encontrado el río de Siempre Reirás.

Fin
El Zorro y la Barca de Juncos

Adaptación de una antigua fábula sumeria de Nippur

El río cuenta una historia que la corriente oculta...

Hubo una época en la que los juncales crecían profusamente en una sola ribera de un caudaloso río que cruzaba el desierto. Ante tal abundancia, todo el mundo se volcó al negocio de transportar juncos hacia la orilla opuesta. Cuentan que fue entonces cuando el zorro le pidió a Enlil —antiguo dios del viento y las tormentas— una barca propia para unirse al oficio.

Esa misma historia le contó, luego, al encargado del puerto, a quien fue remitido con un salvoconducto. Y el mismo relato repitió ante los escribas que registraban minuciosamente cada préstamo, carga y tablón que abandonaba el embarcadero.

—Necesito trabajar —explicaba con humildad—. Llevaré juncos de una orilla a la otra. No tardaré mucho.

La petición era razonable. Los juncos eran vitales: servían para construir techos, cestas, esteras, paredes y, a veces, hasta las propias barcas. Así que le asignaron una embarcación pequeña pero robusta. Al recibirla, recién calafateada y lista para zarpar, el zorro no podía sentirse más dichoso. Lo que nadie imaginaba era que no planeaba cargar un solo haz.

En lugar de enfilar hacia los cañaverales, soltó amarras y dejó que la corriente lo llevara río abajo. Descubrió así aldeas que no figuraban en los mapas de los escribas y atracó en islas donde nadie preguntaba su nombre ni para quién trabajaba. Aprendió palabras en lenguas de acentos extraños, compartió pescado con las nutrias, intercambió historias con las garzas y hasta guardó un silencio contemplativo con una vieja tortuga que recordaba un mundo anterior a los dioses. Porque, según dicen, las tortugas son más antiguas que el mismísimo Enlil.

Así, durante meses, el zorro trazó una ruta que jamás cabría en un informe oficial. Al principio, es cierto, sintió una punzada de culpa; pero pronto se convenció de que no había robado la barca por codicia. Llegó a considerarlo un simple “préstamo”, pues no la usaba para enriquecerse, sino para alimentar la dicha de su espíritu explorador.

El zorro se sentía satisfecho.

Sin embargo, también había burlado el destino que el más imponente de los dioses antiguos había escrito para él.

—Nadie le concede un barco a quien confiesa que solo quiere marcharse —reflexionaba—. Los puertos rebosan de permisos para comerciar, transportar, construir o servir, pero no existe un formulario para quien simplemente anhela descubrir qué aguarda tras el próximo recodo del río.

Por eso, el zorro hizo lo que, desde que el mundo es mundo, hacen quienes sueñan con una vida distinta: dijo únicamente lo que los guardianes necesitaban escuchar y se guardó para sí la única verdad que importaba.

En su travesía aprendió cosas que ningún escriba le habría enseñado: supo reparar remos rotos, leer el capricho de las corrientes, dormir bajo el manto de las estrellas y presentir el olor de la lluvia mucho antes de que las nubes de Enlil asomaran tras las dunas.

Hasta que un día, mucho tiempo después, decidió regresar. La barca lucía ya curtida por el sol y el agua. Cuando los escribas del puerto, perplejos, le preguntaron dónde estaba el cargamento de juncos con el que debía pagar su barca, el zorro esbozó una sonrisa:

—No encontré los que buscaba.

Nadie podía desmentirlo, pues ignoraban si se había internado en los pantanos buscando las cañas más perfectas. Algunos lo tomaron por un artesano exigente, pero él conocía la verdad: nunca había perseguido juncos, sino el horizonte, en busca de una vida de aventuras.

Sin comprenderlo del todo, los escribas anotaron su respuesta en el informe, y el administrador lamentó el préstamo infructuoso. Hubo quienes llamaron al zorro embustero y quienes lo tacharon de ingrato. Solo los viejos barqueros sonrieron al verlo alejarse, tiempo después, bajo la misma excusa. Ellos sabían bien que hay quienes usan los barcos para mover mercancías, y hay quienes los usan para descubrirse a sí mismos.

No está muy claro si Enlil lo castigó por acaparar un recurso tan valioso; la mayoría de estos cuentos sumerios, grabados en tablillas de arcilla hace más de cuatro milenios, son hoy polvo en el desierto. Lo único certero es que hay verdades tan difíciles de explicar que, a veces, la única opción es guardarlas intactas hasta alcanzar la otra orilla.

Fin

Moraleja

“Toda verdad puede expresarse o fragmentarse. La sabiduría reside en reconocer cuándo se comparte íntegra y cuándo solo en parte.”
Las 2 Ranas y el Pozo

Adaptación de una fábula de Esopo

Pensar primero, actuar después.

Érase un hermoso pantano donde vivían muchas clases de animales. Entre ellos había dos ranas que eran grandes amigas. Cada mañana se saludaban al despertar y pasaban el día nadando entre los juncos, cazando insectos y descansando sobre las hojas de lirio que flotaban en el agua. Durante mucho tiempo todo fue perfecto. Pero un verano llegó una gran sequía que parecía no tener fin. Día tras día, el nivel del agua bajó. El pantano comenzó a secarse y los animales, uno tras otro, tuvieron que marcharse en busca de un mejor lugar donde vivir.

Las dos ranas, algo más perezosas, esperaron hasta el último momento. Así que, para cuando el barro reemplazó al agua y ya no quedaba nada de su antiguo hogar, comprendieron que ya era tiempo de marcharse y emprendieron el viaje.

Caminaron durante días bajo un sol abrasador, con muy pocos rincones con sombra para descansar. Estaban ya cansadas y la sed apenas las dejaba avanzar. Entonces —por una de esas casualidades de la vida— encontraron un pozo antiguo. Era estrecho, muy profundo y, en el fondo, brillaba el agua.

—¡Lo logramos! —exclamó una de las ranas—. ¡Mira cuánta agua hay! Saltemos antes de que otro la encuentre.

Y dio un paso hacia el borde, lista para lanzarse.

—Espera un momento —dijo la otra rana.
—¿Esperar para qué? Justo esto era lo que buscábamos.
—Buscábamos agua, sí. Pero también un lugar donde pudiéramos vivir.

La primera rana frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de malo este lugar?

La otra señaló el fondo del pozo.

—Es muy profundo. Entrar será fácil, pero ¿has pensado cómo saldríamos si el pozo también se llegara a secar? Lo sensato no es solo calmar la sed de hoy; también debe servirnos el resto del verano.

La rana, que estaba muy sedienta, permaneció en silencio. Miró el pozo una vez más... esta vez con tristeza, pero comprendió que su amiga tenía razón. Así que, sin discutir, las dos retomaron el camino.

Se dice que tardaron otro par de días en encontrar un nuevo hogar, junto a un riachuelo abundante en plantas y sombras, pero con la certeza de que nunca necesitarían escapar.

Fin

Moraleja

“La prudencia vale más que la prisa.”

La Maga de los Enanos
Adaptación de Svanhildr MacLeod
Inspirado en un cuento de la colección “Tus Amigos” (1973)

Al borde de un bosque antiguo se alzaba una cabaña donde vivían una madre y sus dos hijos, Elisa y Federico.

Algunas madrugadas, el bosque despertaba cubierto por una fina niebla que hacía parecer las cosas más lejanas de lo habitual. Y, mientras las hojas de los árboles se mecían con la primera brisa, los gruesos troncos permanecían inmóviles, como si escucharan una voz misteriosa en las profundidades de sus raíces.

Por temor, los aldeanos hablaban poco de aquel lugar. Decían que, en su corazón, vivía una anciana conocida como la Maga de los Enanos. Nadie sabía con certeza si era bondadosa o cruel; solo afirmaban que el bosque cambiaba para siempre a quienes se adentraban en él sin respeto.

Una mañana, Federico preguntó:
—Madre, ¿podemos recorrer el sendero? No iremos lejos.
La mujer detuvo por un instante el trabajo de sus manos y clavó la mirada en la línea oscura de los árboles.
—El bosque es hermoso y tiene muchas flores este año, pero no siempre muestra el mismo rostro. Si entráis en él, caminad con prudencia. No os alejéis del sendero ni vayáis más allá del gran roble cuya copa se aprecia desde mi ventana.
—Sí, madre —respondió Federico—. Volveremos antes del atardecer.
Elisa sonrió en silencio, y así fue como se aventuraron por el camino. Al principio todo era luz. Las flores nacían entre el musgo y los pájaros se cruzaban a su paso como pensamientos felices. El viento jugaba con los cabellos de los niños y una canción, o tal vez una voz extraña, parecía viajar sugerente en el aire.
—Escucha... —susurró Elisa.
—¿Qué oyes?
—No lo sé. Es como si el bosque respirara.
Federico guardó silencio. También él comenzaba a sentir que cada paso los llevaba hacia un lugar donde el tiempo fluía de otra manera. Caminando sin rumbo, hechizados por el entorno y sus misterios, perdieron la noción de las horas. Sin darse cuenta, dejaron muy atrás el gran roble.
—¿Dónde estamos? —preguntó de pronto Elisa, confundida.
Federico miró hacia atrás y solo entonces comprendió que el sendero había desaparecido.
—¡Estamos perdidos! —exclamó la niña, asustada.
—No estamos perdidos —respondió Federico, intentando hacerse el valiente—. ¡Mira! Por allá se eleva una columna de humo. ¿Ves? Seguramente mamá está preparando algo en casa.
Creyendo que desandaban el camino, se dirigieron hacia el humo que despuntaba detrás de la arboleda. Pero al llegar descubrieron que, en realidad, se habían internado en lo más espeso del bosque. Aquel humo no provenía de su hogar, sino de una pequeña y extraña casa.

La cabaña se apoyaba contra una roca cubierta de líquenes, como si hubiera brotado de la tierra al igual que las raíces que la rodeaban. De su techo ascendía la delgada estela gris que se perdía entre las ramas.
—Parece que vive alguien aquí —dijo Elisa en voz baja.
Curioso, Federico se acercó a investigar. Una cortina verde ocultaba el interior de la ventana. En la penumbra de un arbusto cercano, un búho inmóvil los observaba; sus ojos brillaban con una luz amarillenta y atemorizante.
—Vámonos... —suplicó la niña, temblando.
Pero Federico, dominado por la imprudencia, recordó las historias que se contaban sobre la vieja del bosque. Sin medir las consecuencias, recitó en voz alta una rima burlona que los muchachos repetían en la aldea:

“¡Óyeme, Maga,
Maga de los Enanos,
enséñanos la cara,
muéstranos las manos!”
♪

Avergonzada y temerosa, Elisa se cubrió el rostro. El silencio se hizo profundo. De pronto, la cortina verde se corrió y unos ojos chispeantes escrutaron a los niños. Se oyeron pasos arrastrados, se abrió una mirilla corrediza en la puerta de madera y se asomó una mujer encorvada. Era tan anciana que sus arrugas parecían cortezas del mismo bosque.

La bruja clavó su mirada en ellos y sentenció:

“¡Mi nombre el viento os oyó decir,
ahora otro cuerpo habréis de lucir.
Si Maga de los Enanos me llamáis,
que en enanillos os convirtáis!” 
♪

La anciana inclinó apenas la cabeza y sonrió con malicia. El búho abrió lentamente las alas y graznó. El viento cambió de golpe. Los niños sintieron que la tierra se alejaba de ellos como en un sueño. Cuando volvieron a mirarse, habían dejado de ser quienes eran: dos pequeños enanos ocupaban ahora su lugar.

Elisa rompió a llorar.
—¡Federico... mira lo que nos ha ocurrido!
Él quiso responder, pero las palabras le parecieron demasiado pequeñas para explicar tanto miedo.

Muy lejos de allí, la madre esperaba. Las sombras crecieron y cayó la noche. Al ver que los niños no regresaban, el amor de madre venció al miedo y salió al bosque a buscarlos, llevando consigo un candil de cristal para iluminar el sendero.
—¡Federico! ¡Elisa! —clamaba en la oscuridad.
Como un eco, las hojas repetían su voz y los arroyos parecían responderle. Pero nadie acudía. Cuando la esperanza comenzaba a apagarse, una claridad misteriosa descendió entre los árboles. No tenía forma precisa; era como la luz de la luna reflejada sobre el agua en calma. De aquella visión brotó una voz apacible:
—No temas, buena mujer. Soy el hada de este reino.
La madre levantó la mirada, bañada en lágrimas.
—He perdido a mis hijos en el bosque.
—Nadie se pierde del todo mientras alguien continúe buscándolo —le aseguró el hada—. Pero la bruja del bosque los ha convertido en enanos. Ahora viven ocultos en una cueva custodiada por una serpiente.
El hada señaló hacia la espesura.
—Una paloma blanca caminará delante de ti; síguela. Antes del amanecer encontrarás dos lirios, uno rojo y otro blanco. Esas flores recordarán a tus hijos quiénes fueron antes del hechizo. Cuando llegues a la cueva, no temas a la víbora y entra. Te aseguro que ellos estarán ahí.
El hada se desvaneció en el aire. La mujer avanzó con su candil, iluminando el sendero sinuoso. Pronto encontró a la paloma blanca. El ave la condujo hasta un prado escondido donde halló flores de todos los colores. Tomó un lirio rojo y otro blanco, y continuó siguiendo al ave hasta la boca de una cueva abierta en la roca.

Una enorme serpiente descansaba junto a la entrada. La mujer sintió cómo el pánico le cortaba la respiración, pero recordó las palabras del hada, e invocando valor, dio un paso. Luego otro. La serpiente permaneció completamente inmóvil.

—“¡Que se haga tu voluntad, buen hada!” —confió para sí, la mujer, y saltó sobre la víbora.

Ya dentro de la cueva y con su candil, caminó hasta el fondo. Allí encontró a dos pequeños enanos sentados junto a una fogata. Parecían haber olvidado su humanidad, pues actuaban como criaturas del bosque y se asustaron tanto con la presencia de la mujer que ni siquiera levantaron la cabeza.

Sin embargo, una madre reconoce incluso el silencio de sus hijos.

Se arrodilló suavemente. Con el lirio rojo tocó la frente de Federico, y con el blanco, la de Elisa. Al instante, la cueva se llenó de un perfume semejante al de la primavera después de la lluvia. La vieja apariencia comenzó a desvanecerse como una sombra que el alba disuelve. Los dos niños volvieron a ser ellos mismos y, al verse en brazos de su madre, rompieron a llorar de emoción.
—¡Mamita, mamita! —clamaban, aferrándose a ella.
La madre los abrazó enternecida, agradeciendo con todo su corazón los designios del hada. Así pasaron el resto de esa noche en la cueva, cobijados al calor de la fogata.

Cuando por fin salieron, ya era de día. El sol bañaba los árboles y los pájaros cantaban otra vez. Juntos, desandaron el camino de vuelta a su cabaña, sabiendo que jamás olvidarían la lección del bosque.

Fin
Claus y Anya
Adaptación de S. MacLeod

Inspirada en el film “Santa Claus" (1985)

Hace mucho tiempo, en un profundo bosque encantado, y bajo titilantes estrellas que transportaban luces tan antiguas como el mundo mismo, vivía un hombre llamado Claus. No era rey ni guerrero, sino un humilde tallador de madera que vivía con su esposa, Anya, en los valles nevados del norte.

Claus y Anya tenían corazones tan grandes como los robles que el hombre trabajaba, y cada invierno recorrían los pueblos vecinos entregando pequeños juguetes tallados a los niños que se portaban bien.

Una de esas noches, tras haber visitado la última casa que quedaba, a las afueras de una pequeña aldea, la Gran Ventisca descendió sobre ellos. El viento aullaba como un lobo de hielo, y Claus y Anya, en su trineo tirado por dos fieles renos, Donner y Blitzen, se perdieron en la blancura infinita. Así anduvieron kilómetros, y cuando el frío se intensificó, un torbellino de nieve envolvió el remoto paraje.
—Claus —susurró Anya, temblando—, ¡el camino se ha borrado!
—No temas, querida —respondió él, buscando tranquilizarla, aunque sus manos estaban entumecidas—. Los renos conocen el aroma del hogar. Llegaremos a salvo.
Pero no volvieron a casa. En lugar de eso, cuando el sueño debido al frío estaba a punto de vencerlos para llevarse sus vidas, una luz esmeralda rasgó las nubes. No era el sol, sino las auroras boreales que descendían hasta tocar la nieve. La ventisca comenzó a amainar, y de entre las sombras de los abetos nevados, aparecieron pequeñas figuras envueltas en pieles de colores vivos, y portando cálidos faroles con velas encendidas en su interior. Eran los Vendegum, los elfos de las leyendas.
—¡Es él! —gritó un elfo llamado Dooley—. ¡El que ha sido prometido!
Los elfos los llevaron más allá del borde del mapa, hasta una montaña de cristal donde el tiempo parecía detenerse. Allí, en un salón de madera tallada que olía a resina fresca y canela, conocieron al más anciano de todos: Balthazar.

Balthazar tenía una barba blanca que llegaba hasta sus pies, y ojos tan sabios que habían visto el nacimiento mismo de las montañas. Se acercó a Claus y, con una voz que sonaba como el crujir de la nieve ante sus pasos, dijo:
—Claus, artesano y tallador de madera, durante toda tu vida has traído alegría sin pedir nada a cambio. En este lugar, el tiempo es como un río que no corre. Tú y Anya seréis bienvenidos aquí, en el reino de la magia. El Universo os ha elegido para ser los guardianes de la infancia... para los niños del mundo entero.
Claus miró sus manos callosas, confundido.
—Señor, solo soy un hombre común, y mi esposa, tan humana como yo. ¿Cómo podríamos nosotros llegar a todos los niños del mundo?
Balthazar sonrió y señaló hacia una ventana que mostraba el firmamento.
—¡Ah! El deseo de un niño es una estrella guía. Tú no viajarás únicamente por el mundo, Claus, también lo harás a través de los sueños, ya que desde este momento y para siempre, serás el Padre de la Navidad.
Durante siglos, el taller de los elfos se fue convirtiendo en el corazón del mundo. Claus y Anya no envejecían; su amor y su propósito los mantenían jóvenes de cuerpo y espíritu. Así vieron pasar el tiempo como si fueran las hojas de un libro:

En el siglo XVI, Claus aprendió a usar los vientos del norte para acelerar su trineo. En el siglo XVIII, los elfos perfeccionaron el arte de los juguetes mecánicos, creando maravillas que funcionaban con las magia de los engranes. En el siglo XIX, Claus comenzó a vestir de rojo, el color de la calidez en el invierno, y su risa —ese "¡Ho, ho, hooo!" que nacía desde lo más profundo de su alma— se escuchaba en los tejados desde Londres hasta las estepas lejanas.

Un día, mientras observaban el mapa del mundo, Claus notó que las ciudades había crecido mucho. Había notado que el humo de las chimeneas de la era industrial empezaba a oscurecer los cielos. Un elfo ingenioso y algo impaciente llamado Patch se acercó con un invento lleno de resortes.
—¡Mire, Santa! —dijo Patch con entusiasmo—. El siglo XX está a la puerta. Necesitamos máquinas, velocidad, eficiencia. ¡El mundo está cambiando muy rápido y deberíamos adaptarnos! ¿Quién sabe si algún día las personas de esas ciudades inventen una red de comunicaciones instantánea que los conecte a todos, y alguno de ellos escriba, en esa red, un libro de historias para niños, donde alguna de ellas hable sobre nosotros?
Claus lo miró sonriendo y, tomando un pequeño caballo de madera que acababa de tallar a mano, dijo con ternura:
—El mundo puede cambiar mucho, querido Patch, pero el corazón de un niño sigue siendo el mismo. No importa cuántas máquinas construyan las personas; la magia no está en el juguete, sino en el amor de quien lo da.
Cuando las campanas anunciaron el inicio del año 1900, el Polo Norte brillaba especialmente hermoso. Las auroras, alegres ante la llegada del nuevo siglo, fluían cuan ríos celestiales por el firmamento helado. Aquella noche, Claus subió a su trineo, ahora tirado por una manada completa de renos mágicos. Ahí estaban: Donner y Blitzen, Cometa y Cupido, Brillante y Danzante, Zentella y Zorro.

Con alegría, Claus miró a Anya, que le entregaba una bufanda tejida con hilos de luna.
—El nuevo siglo será un reto —dijo Claus, acariciando la nariz roja de Rudolph, su más reciente reno quién aún no había aprendido a volar—. Pero mientras haya una chimenea y un niño esperando, nosotros estaremos allí.
Y así, con un chasquido de las riendas junto al grito "¡Jóu!", el trineo se elevó hacia las nubes, volando hacia un futuro donde la magia, aunque a veces escondida, nunca dejaría de existir.

Y tú... ¿Crees en la magia? 😉
¡Ho, ho, hooooo!

Sin Fin
Pablito, el Pingüino Friolero
☺
En el sur del mundo, muy muy al sur... cerca del Polo Sur, hace no demasiado tiempo, vivía un pingüinito de nombre Pablito. Pablito vivía en un pequeño pueblo de pingüinos, y su “iglú" (o casa de nieve) se encontraba al final de la calle principal. Su casita era la única de todo el poblado que tenía su chimenea propia, y eso porque a diferencia de los demás pingüinos de la aldea, Pablito era friolento (o sea que siempre andaba con frío). Ya sea en invierno o verano, la Antártica está llena de nieve, y a Pablito ver ese paisaje tan polar, le provocaba más frío aun.

Era tanto el frío que sentía el Pablito, que usualmente se le veía usando una bufanda verde, así como mitones (que son como guantes con un sólo dedito) y un gorro rojo. Siempre que sus amigos pingüinos se encontraban jugando en sus actividades invernales —como patinando en esquí o en snowboard, explorando grutas de hielo o haciendo muñecos de nieve— Pablito se encontraba encerrado en su iglú... poniendo leña a su estufita, a la que él puso por nombre, “Pepita".

Así, Pepita (la estufa) era su mejor amiga. Y aunque muchos pingüinitos iban a su casa a buscarle para salir a jugar, Pablito siempre se negaba diciéndoles que afuera estaba muy helado y que prefería estar calentito en su casa, descansando. A pesar de todo, sus amigos lo querían y se interesaban por él.

Un día, Pablito estaba tomando un baño de agua caliente, cuando se puso a soñar despierto con la idea de visitar alguna cálida y soleada isla tropical. Tenía algunas postales que le había enviado una amiga tortuga desde las islas Galápagos, y se había enamorado de sus paisajes... de las playas, de la arena templada, de las verdes y exuberantes palmeras. Su mayor sueño era irse a vivir a esas islas para no sentir frío nunca más.
— ¡Ya no aguanto más! Este lugar es muy helado para mí... ¡Me iré a una isla tropical!
Pablito saltó de la tina de baño, con su gorro y bufanda aun puestos, se puso sus mitones, y unas raquetas de nieve (para no hundirse en la nevada), y salió de su casa decidido a buscar nuevos horizontes. Sus amigos le hicieron una despedida y luego partió.
— ¡Adiós Pablito!
— ¡Que tengas suerte!
— ¡Envíanos una postal cuando llegues a tu isla!
Le despedían sus amigos.
— Así lo haré, amigos —respondía Pablito— ¡Pronto tendrán noticias mías... desde las Galápagos!
Armado de valor, Pablito empezó a caminar por la nieve en dirección del Sol. Pero se había alejado demasiado tiempo de Pepita, y el frío lo atrapó; se quedó tieso mientras subía una colina nevada. Trató de moverse pero no pudo, y de tanto esforzarse cayó hacia atrás y empezó a rodar colina abajo. Rodó y rodó, formando una enorme pelota de nieve a medida que caía... hasta que la pelota terminó chocando con sus amigos, que estaban abajo.
- ¡¡CATAPLÁS!!
Fue un choque espectacular º-º ...pingüinitos saltaban por los aires en todas direcciones y algunos llegaron a volar, lo cual ya es raro para un pingüino, acostumbrados por naturaleza sólo a nadar o a caminar de forma graciosa en la nieve.

Rápidamente, los amigos que quedaron ilesos lo sacaron de la bola de nieve y lo llevaron, colgando de sus raquetas, junto a su querida estufa, Pepita. Ahí se quedó Pablito, un buen rato, hasta que se descongeló.
— Brrrrr... ¡Que helado es ahí afuera! —exclamó Pablito.
— ¡Que esto te sirva de lección, Pablito! —le dijeron amablemente sus amigos— ¡Somos pingüinos y la nieve es donde vivimos!
Pero Pablito ya estaba decidido, así que una vez que se hubo secado y repuesto lo suficiente, calentó un poco de agua en la tetera y llenó tres guateros (bolsas de agua caliente). Se amarró un guatero a cada píe (a modo de zapato), y uno más en su barriga. Luego se puso su bufanda, su gorro y sus mitones, y partió de nuevo a la aventura...

En esta ocasión, sólo dos amigos lo despidieron, pues Pablito ya se había ganado el apodo de “la peligrosa bola de nieve".

Así fue como, caminando y caminando, Pablito avanzó varios kilómetros sobre un tempano de nieve, pero en un momento se detuvo para consultar un mapa que había llevado consigo, con tan mala suerte que mientras estaba distraído en el mapa, el hielo que había debajo de los guateros comenzó a derretirse. Hasta que...
— ¡¡SPLASH!!
Pablito cayó al agua helada.

¡Que suerte tuvo Pablito de tener amigos buenos! Ya que los mismos de quiénes se había despedido rato atrás, le habían seguido —por sí acaso— y se apresuraron a rescatarlo de las frías aguas del mar antártico. Cuando lograron sacarlo, Pablito ya se hallaba congelado en un enorme cubo de hielo.

Así, sus amigos lo llevaron nuevamente a su casa. Pusieron el cubo de hielo sobre "Pepita" y esperaron, pacientemente, a que se derritiera para sacar a su amigo. Finalmente sacaron a Pablito, quién les agradeció por el rescate.
— ¡Esta lección si que no la olvidará! —decía un amigo.
— Al menos ya no te llamarán “la peligrosa bola de nieve" —decía el otro— Ahora te llamarán “el helado cubo de hielo".
El pobre Pablito se sonrojaba de sus fracasos y las burlas de sus amigos.

Y así pasaron los días, y Pablito seguía encerrado en su casa. Ya casi ni siquiera salía a comprar pescado, porque tenía la idea fija de dejar la Antártica para irse a vivir a su amada isla tropical. Como casi no se le veía, sus amigos llegaron a creer que había desistido de su empresa aventurera, y eso les tranquilizaba.

Pero una mañana vieron a Pablito salir de su casa. Llevaba una enorme manta que colgó a lo largo de un palo largo, y que luego amarró por la mitad a lo alto de un mástil, como si fuera la vela de un  barco, o uno de esos navíos de la época de los descubrimientos. Luego vieron que volvió a entrar a su casa, y al salir de ésta, llevaba un serrucho º-º
— ¿Qué locuras está haciendo Pablo, ahora? —preguntaban sus amigos.
— ¡Ojalá no sea otro plan peligroso para abandonar la Antártica! —decían otros.
Usando el serrucho y sin inmutarse, Pablito comenzó a cortar el hielo alrededor de su iglú, dándole al suelo la forma de una flecha.
— ¡Pero si está haciendo un barco de hielo! —se dió cuenta un amigo.
— ¡Ja ja ja, eso no va a funcionar! —rieron unos.
— ¡Ridículo! —le gritaron otros.
— ¡Mejor cómprate una bicicleta de escarcha! —se mofó otro.
— ¡Ja ja ja ja!
Y todos reían, sin cesar, de su idea estrafalaria.

Pero de pronto, y ante la sorpresa de los pingüinos de la aldea, el hielo que sustentaba la casa de Pablito comenzó a moverse, impulsado por el viento que empujaba la vela, hasta que...
— ¡Oh, increíble!
— ¡El barco se ha ido!
— ¡Pablito se va! ¡Pablito se va de la Antártica!
— ¡Se va a las islas tropicales!
Todo el mundo gritaba entusiasmado ante la grandeza de su hazaña. El barco-casa de Pablito se iba alejando en la distancia.
— ¡Adios, amigos! —gritaba Pablito— ¡Les enviaré una postal cuando llegue!
— ¡Pablito... Pablito... te echaremos de menos! —gritaban sus amigos— ¡Que tengas buen viaje, amigo!
Y así Pablito inició su última aventura hacia lo desconocido. Su casita flotante navegó y navegó por los mares antárticos y por los mares australes, en dirección norte. Durante el día se quedaba afuera mirando el horizonte, y en las noches, luego de consultar su mapa y guiado por las constelaciones, entraba a su casita y se acomodaba en su cama, junto a “Pepita", su estufa que le acompañaba en las buenas y malas. A veces, mientras el barco navegaba por las noches, Pablito se ponía a leer algún cuento de Ethan J. Connery para hacer su viaje mas placentero º-º

Una tarde que viajaba, no se veía nada, porque la niebla se hizo tan espesa, pero tan espesa, que Pablito tuvo que usar un cuchillo para cortarla como si de mantequilla se tratara. Luego, otra tarde que no había nada de viento para impulsar el barco, el mismo Pablito se encargaba de soplar la vela, con la esperanza que avanzara.

También ocurrió, en otra ocasión, que llegó una tormentita espantosita... o sea: era un tormenta espantosa pero chiquitita. Tan chiquitita que no alcanzaba ni para “tormenta" ni para “espantosa". Pablito fue a buscar su paraguas y cuando la tormenta lo vió se asustó tanto de su paraguas que se escapó.

Finalmente, una buena mañana, el pingüino Pablito llegó en su navío al Cabo de Hornos. ¡Por fín llegaba a Sudamérica! Pablito estaba fascinado.
— ¡Arboles verdes, flores y mamíferos! Ya estoy más cerca de mi amada isla tropical... -¡¡Viva!! —gritaba entusiasmado.
El barco continuó navegando, día y noche, hasta que un día se topó con una línea blanca que atravesaba el Océano Pacífico de lado a lado. Era la línea del Ecuador. El dios Neptuno, amo de los mares, le salió al encuentro.
— Hola muchacho... ¿A dónde vas en esa extraña embarcación? —dijo Neptuno.
— A las islas Galápagos, caballero, quiero vivir en un lugar cálido y soleado —repondió amablemente el pingüino.
— ¡Oh, ya estás muy cerca de ahí —repondió Neptuno— De hecho, pasaste la isla de largo. Permíteme levantar la línea del Ecuador para que tu barco de la vuelta y atraque en las Galápagos. Sólo debes girar y dirigirte a la derecha.
Neptuno usó su enorme tridente para levantar la línea, y el navío de hielo de Pablito pudo girar para alcanzar la isla.
— ¡Gracias amigo! —dijo Pablito.
Neptuno se despidió y se hundió nuevamente en el mar. En tanto, el pingüino torció rumbo a la isla, pero el Sol calentaba tan bien que Pablito se quedó profundamente dormido.
— Z-z-z-z... —se oía roncar a Pablito.
Sucedió, entonces, que mientras dormía, el Sol empezó a derretir el barco de hielo, y a los pocos minutos se oyó un sonido siseante:
— ¡FSSSSHHHH!
Era su estufa, Pepita, que se hundía en el agua. Pablito despertó de un salto.
— ¡Pepita! —gritó el pingüino— ¡¡Oh, no, mi barco se derrite!!
El barquito rápidamente se derretía, con igú y todo. Pablito no tuvo más remedio que saltar sobre los trozos de hielo que aun flotaban, pero se deshacían rápidamente... hasta que avistó a su bañera (la que usaba para tomar baños calientes) flotando en las aguas del mar. Pablito, que no era muy buen nadador, no lo pensó dos veces y la alcanzó.
— ¡Mi bañera me salvará!
Pero una vez se hubo metido a la bañera, se dio cuenta que le faltaba el tapón y estaba entrando agua, por lo que también corría el riesgo de hundirse. Trató de sacar el agua con un balde que flotaba por ahí, pero el agua entraba más rápido de lo que él la sacaba.

Desesperado, se le ocurrió una idea descabellada: tomó el desaguadero de la ducha, lo giró en dirección al mar, abrió la llave y...
— ¡CHUUUUUMMMM!
La bañera empezó navegar, expulsando la misma agua que entraba, como si de un sistema de propulsión a chorro se tratara. Y así, navegando a todo vapor, Pablito se dirigió hacia donde Neptuno le había indicado. La silueta de una isla apareció en el horizonte.
— ¡Las Galápagos! ¡Por fin mi sueño se cumple!... ¡¡Mi sueño se cumple!!
Pablito llegó a la isla tropical. Apenas podía creerlo... tanto viaje, tanta aventura y por fin estaba ahí. Ya no necesitaba su bufanda, su gorro y sus mitones. Los guardó en una cajita junto con varios recuerdos que había rescatado de su naufragio. Usando hojas de palmera, construyó una hermosa choza con forma de iglú, y luego se hizo una hamaca para relajarse, colgada entre dos profusas y verdes palmeras.

También aprendió a bucear, y fue así como rescató a Pepita del fondo del mar. La llevó a su nueva choza, y como ya no necesitaba estufa en ese lugar, Pepita se hizo refrigerador, así que la mantenía en una esquina fresca de la choza, para almacenar sus refrescos.

Y ahí se quedó Pablito, viviendo feliz, tomando el solcito y comiendo ricos plátanos de los árboles.

Un día, explorando la isla, se encontró con su amiga tortuga (la que le enviaba postales). Se abrazaron felices de encontrarse y Pablito le contó sus aventuras. Tiempo después, en la Antártica, sus amigos pingüinitos recibían una postal.
— ¡Es de Pablito! —gritaron los pingüinos.
— ¡Recórchilis, lo ha logrado! —exclamaban unos.
— ¡Pablito es un explorador y un aventurero! —aclamaban otros, con admiración.
— ¡Woooooooo!
Pablito era feliz en compañía de nuevos amigos. Pero lo que no muchos sabían, era que a veces, cuando lo invadía la nostalgia, echaba de menos a su antigua colonia de pingüinos... a su lejana patria de nieve y hielos milenarios que lo había visto crecer. Después de todo, Pablito era un pingüino.

Fin
Peter Pan

Érase una vez, muchos años ha, un niñito llamado Peter Pan. Este niño que estaba entre niño y joven, pero aun no llegaba a ser joven, decidió no crecer más. Así fue como un buen día se alejó volando del mundo y se fue a una tierra misteriosa y desconocida: la Tierra de Nunca Jamás.

En esa tierra de andanzas y magia misteriosa, Peter quizo vivir una vida de aventuras... pero una noche que regresó a nuestro mundo, persiguiendo a su sombra que se había escapado, encontró en su casa de Londres, Inglaterra, a una niña llamada Wendy Darling quien en ese momento le narraba cuentos a sus hermanitos John y Michael.

—Acompáñenme a la Tierra de Nunca Jamás —les invitó Peter— Mis amigos, los Niños Perdidos y yo nos encantan las historias interesantes.
—Pero... ¡Nosotros no podemos volar! —le contestó Wendy.
—¡Eso es muy fácil! —les dijo Peter- El Hada Campanilla, con sus polvos mágicos, les enseñará a volar.

Llegó Campanilla, que era un hada tan pequeña como una libélula, y les hechó un polvo mágico y pronto aprendieron a volar, y así, volando sobre las casas y edificios de Londres, se fueron a "Nunca Jamás". Cuando llegaron a la Tierra de Nunca Jamás, Peter les presentó a todos los animales y aves del bosque, y también a los Niños Perdidos. Todos aclamaron con entusiasmo a los nuevos invitados porque venían a contarles historias.

Todo parecía felicidad en Nunca Jamás, pero como en toda historia hay un "pero", existía en esa aventurada tierra un hombre malvado, conocido como el Capitán Garfio.

El Capitán Garfio vivía recorriendo los mares en un viejo buque pirata y tenía una tripulación perversa que siempre estaba buscando la forma de atacar a Peter Pan y sus amigos. Garfio odiaba a Peter porque en una de las tantas luchas, Pan le cortó su mano derecha y antes que el Capitán la recuperara, un cocodrilo se la comió. Esto hizo que el Capitán Garfio tuviera miedo del cocodrilo y por eso se había jurado a si mismo que se vengaría de Peter Pan.

Peter no podía dejar de inquietarse por la seguridad de sus amigos, las aves y animales, los Niños Perdidos y por supuesto Wendy, John y Michael Darling. Pero, para alivio de Peter, tenía otros amigos: los Indios de las Praderas de Nunca Jamás, que vivían en sus chozas y cabalgaban por la costa explorando en el horizonte del Océano, si acaso el buque pirata de Garfio acechaba.

Cuando los indios divisaban la nave, la Princesa Tigresa —que así se llamaba la princesa de los indios— corría a avisarle a Peter Pan que Garfio había bajado a tierra. En ese momento, todos los amigos de Peter se escondían en una casita subterránea, y asimismo lo fueron haciendo Wendy y sus hermanitos.

Al cocodrilo de Nunca Jamás le había gustado tanto la mano del pirata que siempre estaba siguiendo los pasos del Capitán, cada vez que el pisaba tierra, esperando el momento propicio para saborear otro delicioso bocadito de pirata a la italiana.

Una tarde, de esas tardes oscuras, Peter y Wendy vieron con horror como un bote del barco pirata se llevaba prisionera a Tigresa, la princesa india. Los malvados piratas la habían abandonado amarrada en la Roca de las Sirenas Cantoras.

— ¡Desátenla de inmediato, regresen a la playa y síganla! —gritó Peter, imitando la voz de Garfio para engañar a los piratas.

Cuando le cortaron las ataduras, la princesa se lanzó al agua y nadó rápidamente hasta la playa, y luego corrió a ocultarse en el bosque. Mientras eso pasaba, Peter Pan y Wendy, en un intento por salvar a Tigresa, quedaron atrapados en la Roca de las Sirenas Cantoras. La marea subió y subió y para salvarse, Wendy tuvo que alejarse amarrada a la cola de un volantín cometa de los Niños Perdidos y Peter se fue flotando, embarcado sobre un nido de pájaros que flotaba casualmente por ahí. Remó con las manos hasta llegar a la orilla, porque se le habían acabado los polvos mágicos del Hada Campanilla. Al final, todos se salvaron.

Para celebrar el rescate de la Princesa, Peter y los indios dieron una fiesta como nunca jamás se había dado en la Tierra de Nunca Jamás. Los invitados de honor fueron Peter Pan y los Niños Perdidos, y claro... Wendy y Michael también asistieron, mientras a John le permitieron tocar el tambor de la danza india.

Terminada la fiesta todos se fueron a sus casas, y Peter Pan y sus amigos se fueron caminando en fila india por el oscuro bosque, con Peter a la cabeza. Durante la marcha, el Capitán Garfio y su malévola tripulación se fueron raptando a los niños uno por uno y cuando los tuvieron a todos, se los llevaron al buque pirata.

Cuando Peter Pan llegó a la casita, se quedó pasmado al descubrir que nadie le seguía y que estaba completa y totalmente solo. Imaginándose lo ocurrido, voló junto a Campanilla, quién hasta ese momento se había quedado dormida en su bolsillo. Peter y Campanilla volaron y volaron, en medio de la noche, sobre el bosque hasta que llegaron al barco del Capitán Garfio... justo en el momento en que el Capitán y sus hombres estaban por lanzar, desde la tabla del buque, a todos los niños al mar.

—¡En guardia, Garfio! —gritó Peter.

El Capitán, furioso al ver a su oponente, corrió ciegamente hacia el que consideraba su más grande enemigo. Cuando el Capitán saltó hacia Peter, éste lo esquivó tan hábilmente que Garfio resvaló, cayendo por encima del barandal del barco... directamente a las fauces abiertas de su viejo conocido: el cocodrilo.

Peter Pan perdonó a los demás piratas cuando prometieron portarse bien en el futuro. Después, Peter y sus amigos se hicieron a la vela rumbo al mundo real para que Wendy y sus hermanitos John y Michael Darling volvieran a su casa escurriéndose por la ventana.

— ¡Adiós! —le gritaron a Peter.

Para ellos, la aventura de Nunca Jamás había terminado.

Fin
Los 3 Cerditos y el Lobo Feroz
Cuento tradicional inglés

En algún rincón de Dartmoor, Inglaterra...

Tras crecer en una acogedora cabaña, llegó el momento de que tres cerditos se independizaran. Sus padres, orgullosos, los despidieron mientras ellos partían a explorar el mundo y a construir sus propios hogares.

Cada hermano eligió un camino distinto según su personalidad:

El Menor, que era perezoso, construyó rápidamente una choza de paja. En apenas unos minutos terminó el trabajo y, tras cantar alegremente:
—¿Quién teme al lobo feroz? ¡Nadie teme al lobo! ♫
...se quedó dormido.

El Mediano, glotón y sin muchas ganas de esforzarse, optó por una cabaña de madera. No tardó demasiado en levantarla y después de cantar:
—¿Quién teme al lobo feroz? ¡Nadie teme al lobo! ♫
...se dedicó a comer manzanas sin ninguna preocupación.

El Mayor, trabajador y previsor, decidió emplear ladrillo y cemento. Sabía que tardaría más, pero quería sentirse seguro. Al caer la tarde, su casa quedó lista, sólida y acogedora, justo cuando los primeros aullidos del lobo empezaron a resonar en el bosque.

El lobo feroz, que llevaba todo el día sin comer, no tardó en aparecer. Se dirigió primero a la casa de paja y gritó:
—¡Ábreme la puerta, cerdito, o soplaré y tu casa derribaré!
Como el cerdito no cedió, el lobo sopló con todas sus fuerzas y la estructura de paja voló por los aires. El pequeño corrió despavorido a refugiarse en la casa de madera de su hermano. El lobo lo siguió y volvió a amenazarlos. Al ver que no abrían, intentó un engaño, y dijo:
—Estos cerditos son demasiado inteligentes para mí... ¡Mejor me voy!
Y fingió marcharse haciendo ruido con sus pasos, pero los cerditos no salieron. Cansado de esperar, se disfrazó para generar lástima:
—Cerditos, cerditos... soy una ovejita huérfana. ¿Puedo pasar la noche en su casita? —preguntó fingiendo la voz.
Pero los hermanos lo reconocieron y exclamaron:
—¡Lobo mentiroso, no caeremos en tus trampas!
Furioso, el lobo gritó:
—Entonces... ¡Soplaré y esta casa derribaré!
Sopló y sopló el lobo hasta que la cabaña de madera también se desplomó. Los dos hermanos corrieron desesperados hacia la casa de ladrillo del mayor.

El lobo llegó a la tercera casa, hambriento y exhausto, y repitió su amenaza:
—¡Ábranme la puerta, cerditos, o soplaré y soplaré y esta casa también derribaré!
Sin embargo, el hermano mayor respondió con calma:
—¡Sopla lo que quieras, lobo ingenuo! Jamás podrás derribar estos muros.
El lobo sopló con sus últimas fuerzas, pero la casa no se movió ni un centímetro. Frustrado, decidió trepar al tejado para colarse por la chimenea. Lo que no sospechaba era que los tres cerditos habían colocado un caldero con agua hirviendo al fondo.

Al deslizarse, el lobo cayó directamente al agua caliente y lanzó un alarido que se escuchó en todo el bosque:
—¡Awooooo! —Aulló adolorido.
Y cuan cohete fugaz, salió disparado por la chimenea y huyó para nunca más volver.

Desde aquel día, los tres hermanos vivieron tranquilos. El perezoso y el glotón aprendieron que el trabajo bien hecho tiene su recompensa y, en menos de una semana, construyeron sus propias casas firmes y protegidas junto a la del hermano mayor.

Fin

En su versión original, los personajes eran pixies feéricas del folclore británico y un zorro. 🧚🧚‍♂️🧚‍♀️🦊 La narración oral existente evolucionó con el tiempo hasta formar la historia que conocemos hoy... ¡oink! 🐷🐷🐷🐺
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