Guiñol

Ana María Matute, española (fragmento)
Yungo sintió un gran deseo de oír la música de su guitarra y empezó a pulsar la cuerdas.
Entonces, el telón empezó a descorrerse despacito, y aparecieron un par de muñecos con ojos de vidrio azul. Yungo sintió una gran alegría al verles, y continuó tocando su canción. Los muñecos empezaron a bailar. Decían:

-¿Oyes, Cristobalita, qué música?
-¡Cómo me gustaría oír siempre esta música, Currito!

Hacían gestos de gran alegría, y se inclinaban sobre Yungo, con la manita sobre la oreja, para escuchar mejor. Yungo estaba muy admirado, y al ver la atención con que los muñecos escuchaban tocaba con mayor gusto.

-¿Quién te enseñó estas palabras tan hermosas, niño? -le preguntaron los muñecos.

Entonces Yungo dejó de tocar, y los dos muñecos cayeron lacios sobre la boca del escenario. Sus bracitos pendían hacia el suelo, llenos de desolación, y Yungo se entristeció.
Por una esquina del escenario asomó la cabeza del hombre del guiñol. Era un hombre viejo, con gafas azules, y le llamó:

-¿Quién eres tú, muchacho? Hace mucho tiempo que nadie viene a contemplar mis muñecos. ¿Sabes? Las gentes prefieren el tiro al blanco, los tiovivos y los papeles del porvenir. Dicen que mis muñecos son demasiado tristes. Y es que yo también tengo el corazón lleno de pena, y no puedo hacerles decir cosas alegres.

Yungo estaba muy admirado y, como no podía hablar, volvió a tocar la guitarra...