Cuentos Griegos
Cuentos Griegos
Las 2 Ranas y el Pozo

Adaptación de una fábula de Esopo

Pensar primero, actuar después.

Érase un hermoso pantano donde vivían muchas clases de animales. Entre ellos había dos ranas que eran grandes amigas. Cada mañana se saludaban al despertar y pasaban el día nadando entre los juncos, cazando insectos y descansando sobre las hojas de lirio que flotaban en el agua. Durante mucho tiempo todo fue perfecto. Pero un verano llegó una gran sequía que parecía no tener fin. Día tras día, el nivel del agua bajó. El pantano comenzó a secarse y los animales, uno tras otro, tuvieron que marcharse en busca de un mejor lugar donde vivir.

Las dos ranas, algo más perezosas, esperaron hasta el último momento. Así que, para cuando el barro reemplazó al agua y ya no quedaba nada de su antiguo hogar, comprendieron que ya era tiempo de marcharse y emprendieron el viaje.

Caminaron durante días bajo un sol abrasador, con muy pocos rincones con sombra para descansar. Estaban ya cansadas y la sed apenas las dejaba avanzar. Entonces —por una de esas casualidades de la vida— encontraron un pozo antiguo. Era estrecho, muy profundo y, en el fondo, brillaba el agua.

—¡Lo logramos! —exclamó una de las ranas—. ¡Mira cuánta agua hay! Saltemos antes de que otro la encuentre.

Y dio un paso hacia el borde, lista para lanzarse.

—Espera un momento —dijo la otra rana.
—¿Esperar para qué? Justo esto era lo que buscábamos.
—Buscábamos agua, sí. Pero también un lugar donde pudiéramos vivir.

La primera rana frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de malo este lugar?

La otra señaló el fondo del pozo.

—Es muy profundo. Entrar será fácil, pero ¿has pensado cómo saldríamos si el pozo también se llegara a secar? Lo sensato no es solo calmar la sed de hoy; también debe servirnos el resto del verano.

La rana, que estaba muy sedienta, permaneció en silencio. Miró el pozo una vez más... esta vez con tristeza, pero comprendió que su amiga tenía razón. Así que, sin discutir, las dos retomaron el camino.

Se dice que tardaron otro par de días en encontrar un nuevo hogar, junto a un riachuelo abundante en plantas y sombras, pero con la certeza de que nunca necesitarían escapar.

Fin

Moraleja

“La prudencia vale más que la prisa.”

Atlántida

Una leyenda de los antiguos griegos, cuenta que Atlántida era una isla enorme y poderosa. Tan o más grande que Libia y Asia Menor reunidas. Se dice que existió hace miles de años en medio del brumoso y agitado océano Atlántico.

Lejos... muy lejos... más allá de las Columnas de Hércules*. Sus habitantes —los atlantes— adelantadísimos en tecnología y cultura, forjaron una sociedad extraordinariamente organizada, erudita y próspera.

En definitiva: se trataba de una civilización vigoroza y adelantada para su tiempo, ya que el resto del mundo parecía vivir en una era precaria; mucho más propia de los tiempos arcaicos a los que nos referimos.

Atlántida era una cultura sin igual y como nunca ha presenciado nuestra humanidad moderna. Alcanzaron un dominio tecnológico tan sofisticado y sublime que les permitió, incluso, construir gigantescos templos conectados por estupendos canales de agua, maravillosos palacios rodeados de bellos jardines, y formidables pirámides... tan o más magníficas que las de Egipto. Así, también, gozaban de la protección de una poderosa y entrenada fuerza naval que navegaba alrededor de la prodigiosa isla y sus anillos.

O así es, más o menos, cómo la retratan los diálogos de Platón —Timeo y Critias— escritos en el siglo IV de la era pre-cristiana. Platón dijo que esa historia se le contó su mentor, Sócrates; quién a su vez la escuchó de Solón, quién la habría aprendido de su padre. Y quién sabe de dónde la sacó este último.

Sea como fuere, sus orígenes verdaderos tal vez se pierden en la insondable memoria del tiempo antiguo... o puede que todo no sea más que un gran cuento fantasioso con el que Platón divertía a sus ingenuos amigos, ya que los auténticos arqueólogos —esos que enseñan en universidades, usan sombreros de los años '20 y temen a las serpientes— no han encontrado pruebas concretas de que Atlántida haya existido alguna vez.

Los pocos hallazgos que parecen provenir de Atlántida suelen, por lo corriente, ser vestigios de otras viejas culturas pre-cristianas, o quizá precolombinas, ya conocidas:
  1. Una teoría dice que Atlántida sucumbió en la isla de Thera, en el mar Egeo.
  2. Otra dice que está hundida en la cadena de islas de Bimini, en las Bahamas.
  3. Otra dice que frente a la costa de Portugal.
  4. Otra más, que se encuentra congelada bajo los hielos de la Antártida.
  5. Alguna teoría exótica sugiere la costa de las islas Ryukyuen, en Japón.
  6. No falta quién cree que Sudamérica era Atlántida.
  7. Están los que sospechan que era Isla de Pascua o por ahí.
  8. Y hasta algún despistadillo afirma que está bajo las aguas del archipiélago chilote, en Chile.
En fin... fuera cuento o realidad, el rumor creció como la levadura en el pan durante miles de años. Así es como su leyenda inspiró a muchos aventureros a buscar la famosa civilización perdida. Y digo “perdida” porque yo también la busqué y no la encontré (al menos, no del todo 🤔). Desapareció cuando los atlantes —por entonces ciudadanos honorables y conscientes de sus deberes— abandonaron sus viejas filosofías científico-humanistas para volverse arrogantes y codiciosos.

Fue así como sus habitantes quisieron ser dioses... y habiendo alcanzado el esplendor de su cultura y progreso, comenzaron a usar ese poder para oprimir a otros pueblos más pequeños, quitándole sus derechos y posesiones.

Sucedió, entonces, que los verdaderos dioses —si acaso existen— molestos por la arrogancia de los atlantes, decidieron castigarlos de la peor forma: destruyendo la isla extraordinaria por medio de un desastre natural que terminó por hundir a Atlántida bajo las oscuras olas del océano... para no ser vista nunca jamás por ojos humanos.

Bueno, en realidad la idea era que no fuera vista nunca más por ningún ojo, pero si digo “ojos humanos” suena más dramático, y naturalmente que esto hace más espeluznante mi versión del relato.

Como sea, fue una gran inundación lo que destruyó todo. Algunos dicen que la provocó un terremoto. Otros dicen que fue un tsunami. Hay quiénes dicen que la isla simplemente se desmoronó. E incluso algún soñador afirma que la isla era una gran nave espacial que salió volando hacia las estrellas de una galaxia lejana... muy... muy lejana. Pero esa idea la descarté por descabellada. 😏

Lo más seguro es que alguien olvidó ponerle el tapón a alguna pileta de alguna plaza y el agua del mar se coló por ahí; y es que los antiguos griegos ya conocían las tuberías, así que los atlantes con mayor razón.

La culpa fue de un fontanero.

Fin

* Las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar)
El chivito y el lobo
Fábula de Esopo
Ilustración de Darkmoon

Había una vez un alocado chivito, que siempre estaba buscando la forma de escaparse del rebaño, pues ese modo de vida le resultaba aburrido. Estaba deseando conocer otros lugares y tener grandes aventuras que poder contar dentro de muchos años cuando algún día decidiese volver con sus compañeros.

Un día, aprovechando un despiste de los perros, consiguió escaparse. Aprovechó un hueco entre dos grandes piedras para escabullirse y, una vez fuera de la vista del rebaño, comenzó a correr rápidamente para alejarse lo máximo posible.

El chivito estaba loco de contento pues podría vivir todas esas grandes aventuras con las que tanto soñaba. Ya no tendría que hacer caso a las exigencias del rebaño ni tendría que ir nunca más a donde le mandasen los perros pastores con sus broncos ladridos.

Al poco rato de ir caminando en soledad, un enorme lobo le salió al paso. El lobo se relamía pensando en el festín que se iba a dar con el chivito, quien temblaba asustado pensando en que no tenía quien le protegiera.

Justo cuando el lobo se disponía a saltar sobre él para devorarlo, al chivito se le ocurrió una brillante idea: le pidió al lobo un último deseo que consistía en poder tocar la flauta. El lobo, que, aunque tenía mucha hambre no era malvado, accedió.

El chivito comenzó a tocar, entonces, una melodía que se esparció por todos los alrededores, llegando hasta los agudos oídos de los perros que custodiaban el rebaño y que se habían percatado de la desaparición del chivito.

Rápidamente, echaron a correr hacia el sitio de dónde provenía la música y el lobo tuvo que poner pies en polvorosa, salvándose el chivito de un final desastroso.

Fin
Moraleja
“La astucia es buena compañera, pero
siempre acompañada de la prudencia."
La Hormiga y la Golondrina
Una fábula de Esopo · Versión de Svanhildr MacLeod


Cierto día de verano una hormiga caminaba solitaria por el campo. Se había pasado la tarde explorando el lecho seco de un antiguo río en compañía de otras hormigas, pero habiendo hallado hojas de acacia, muchas de ellas se quedaron trabajando en el camino.

Nuestra hormiguita aun era joven y le faltaba experiencia a la hora de recortar hojas, extraer su néctar o transportarlas al hormiguero para proveer de sustento a la colonia. Eso sí, tenía una pasión por la aventura, de modo que se dedicaba a lo que mejor sabía hacer: explorar.

Pero sucedió que en un momento se distanció demasiado de su grupo, y casi sin darse cuenta se encontró sola y perdida mientras bajaba una pendiente. El Sol todavía calentaba a lo lejos, pero ya estaba cansada y tenía mucha sed.
— ¡Ojalá encontrara un poco de agua! —Suspiró.
En eso escuchó el murmullo de un riachuelo, así que bajo otro poco guiada por su rumor. Tras algunos pastitos verdes divisó una piedra redonda y algo humedecida por cuya base corría un caudal. La imprudente hormiga se aventuró... pero con tan mala suerte que sus patitas pisaron un musgo resbaloso, cayendo directo al agua.

Afortunadamente no fue una caída muy alta, pero como no había aprendido a nadar, todavía, el agua se la llevó y quedó atrapada en un remolino.
— ¡Auxilio, auxilio! —gritó la hormiguita desesperada— ¡Alguien que me ayude, por favor!
Buscó con la mirada a alguno de sus compañeros. Quizá algún amigo que, con suerte, la hubiera seguido. Pero no: ella no había dado el aviso y por más que gritaba no había nadie que respondiera.
— "¡Si tan sólo no me hubiera alejado tanto!" —se reprendió mentalmente ella misma mientras intentaba sostenerse en la superficie del agua— ¡Esto no estaría pasando!
La hormiguita sentía miedo y quería llorar, pero había oído que el miedo es mal compañero en el agua y pensó que lo mejor era respirar con calma para no gastar su energía. Estaba en lo cierto, pero como los minutos pasaban y no lograba escapar del remolino volvió a gritar:

— ¡Ayuda, por favor!
Sea voluntad de la madre naturaleza, obra del destino, los dioses o la buena fortuna, una golondrina que descansaba en el hueco de un árbol —cerca de ahí— oyó el grito de la hormiga y se apresuró a socorrer al desconocido que angustioso clamaba otra oportunidad. Con algo de dificultad localizó a la pequeña hormiga, entendiendo su difícil situación. Sin embargo, ella misma sintió miedo de quedar atrapada en el remolino si intentaba meterse al agua para sacarla.

No lo pensó demasiado y voló velozmente sobre la superficie del riachuelo hasta alcanzar una hoja de encino que flotaba perdida en la corriente. En pleno vuelo agarró la hoja con su pico y la fue a depositar justo sobre el remolino, esperando que la hormiga lo usara como bote. Pero el remolino se tragó la hoja, y la hormiguita seguía dando vueltas, cada vez más cerca de ser succionada por el torrente.
— ¡Ayúdame, buena golondrina, por favor! —suplicó de nuevo la hormiga.
— "Si atrapo a la hormiga con mi pico, como hice con la hoja, corro el riesgo de tragármela. Y si intento sacarla con mis garras podría hacerle daño... es demasiado pequeña" —pensó rápidamente la golondrina— ¡Tengo que encontrar otra forma de ayudarla!
Armada de coraje, la golondrina dio un vuelo veloz alrededor del área hasta dar con una rama seca que descansaba sobre unas piedras. Era lo único que había cerca, pero era casi tan pesada como el ave. El valor y la urgencia le dieron fuerzas de la nada a la golondrina... así que, agarrando la rama con sus patitas, montó vuelo nuevamente... arrastrando la rama por sobre la corriente de agua. Con suma dificultad se acercó al remolino, procurando que éste no se tragara la rama:
— ¡Nada, nada amiga! —chillaba con fuerza la golondrina— ¡Nada hacia la rama!
— ¡Más cerca, por favor, ya estoy muy cansada! —gemía la hormiguita.
En eso, el remolino agarró la rama, y en un último acto de valentía antes de que la corriente quisiera tragarse también a la golondrina, ésta soltó la rama y hundió el pico en el agua... justo donde segundos antes se había hundido la hormiga. Succionó un buen sorbo mientras batía con fuerza las alas, hasta que sus cachetes se inflaron de agua. Usando sus últimas fuerzas se fue volando a la orilla, con la esperanza de haber alcanzado a la pobre hormiga.

Ya agotada, escupió el agua de sus cachetes sobre un montículo de arena seca. Buscó con atención en la mancha... pero la hormiguita no estaba.
— ¡Oh! —exclamó acongojada— ¿Me la habré tragado? ¿Acaso ya era su tiempo? ¡Pobre hormiguita!
La valerosa golondrina, que había dado su máximo esfuerzo en un intento por salvar la vida de quién consideraba ahora una "amiga perdida", se puso a llorar amargamente.
— Se notaba que era buena persona... ¡no merecía un final así! —Se afligió— Pero a veces la vida tiene planes y voluntades que una no entiende; sólo sé que es más sabia y hay que aceptar sus designios.
Gruesos lagrimones de golondrina cayeron sobre sus alas cansadas, entregadas ahora a la arena y al Sol.
— ¡Cof-cof! —tosió de pronto una vocecita cansada— Qué saladas son tus lágrimas, querida golondrina...
Sorprendida, el ave se miró sus patas... luego sus alas... y he allí, en una de ellas estaba la hormiga exploradora, firmemente agarrada a una de sus plumas.
— ¡Amiga hormiga, estás a salvo! ¿Pero cómo? —la perplejidad tocó el rostro de la golondrina— ¿Cómo llegaste ahí?
— Cuando metiste la cabeza en el agua yo ya estaba detrás de ti, pero me agarré a las plumitas de tu cola —explico— Trepé rápidamente hasta tu cabeza, pero terminé perdida en un bosque de plumas. Luego, caminando y caminando... llegué a una de tus alas. Me encontré con algunos pulgones en el camino, pero ya ves: estoy bien. Ya no llores por mí. ¡Me has salvado y siempre te estaré agradecida!
Ahí mismo se abrazaron como amigos de toda la vida: tanto la hormiga como la golondrina son trotamundos y comparten gustos en común. Largo rato conversaron alegres y se desearon buena suerte en sus caminos. Ya entrado el Sol, se despidieron. La golondrina volvió a su hueco en el árbol, y hormiga recordó el camino a su hormiguero... reforzada, claro, por un aventón del pájaro.

Esta historia que cuentan los animalitos silvestres bien hubiera terminado aquí. Pero sucedió que, tiempo después, un ser humano cazador de pájaros frecuentó esos rincones del campo. Un día el cazador divisó a la golondrina, y como quisiera hacerse de ella para venderla en el mercado extendió su red a la salida del hueco del árbol.

Estaba en el acto cuando un escuadrón de hormigas mirmidonas, lideradas por una valiente exploradora y previsora, llegaron a moderlo con fuerza en sus talones. Sorprendido ante el ataque inesperado el hombre abandonó su intención, dejando tranquila a la buena golondrina que se había ganado la admiración y el respeto de las diligentes y leales hormigas.

Moraleja: Toda buena acción merece agradecimiento, y de ser posible; recompensa.

Fin
El Ave de los Huevos de Oro
Adaptación de la fábula de Esopo

Ilustración L.L.M. de Gerhild Adelheid H.

En las afueras de una aldea vivía un viejo labrador y su hija. Era el hombre más pobre entre los suyos, y ella, una joven de espíritu práctico y corazón humilde como las tierras que trabajaban. Sin embargo, tan pobres eran que ni siquiera poseían una vaca que alegrara con leche sus madrugadas.

Sucedió que un día, trabajando en el campo y mientras el hombre se lamentaba de su suerte, apareció un duende recitándole una melódica rima:
—A tu nombre, oh, buen hombre, como canciones he oído tus lamentaciones, días y días de tanto llorar, que tu pena y mis oídos no pueden más. Por tanto, he decidido en tu lastimera neptuna, cambiar oh, buen hombre, tu mala fortuna. Ten, te regalo mi gallina a la que tanto afecto tengo y que crié desde que era un duende chiquito. Es mi mascota más querida; ésta es tan extraordinaria y diferente a todas las gallinas, que cada día pone un huevo de oro. ¡No son pamplinas!
Sin decir más, el duende desapareció en el aire, y el labrador, asombrado ante el fantástico encuentro, llevó la gallina a su corral.

Apenas cruzó el umbral de su casa, su hija corrió a preguntarle por la inusual y brillante ave.
—Padre, ¿de dónde viene esta gallina tan hermosa? ¡Sus plumas blancas brillan con extraño fulgor!
—¡Me creerás un loco cuando te enteres, pero mañana saldremos de la duda, y si es verdad lo que se dice de ella, nuestra suerte podría cambiar! —dijo el padre, y le contó el encuentro.
Al día siguiente, el labrador y su hija se levantaron temprano y se dirigieron al corral.
—¡Oh, válgame Dios! —exclamó asombrado el viejo, mientras ella no daba crédito a lo que veían sus ojos.
En efecto, su nueva gallina había puesto un auténtico, enorme, brillante y muy sólido huevo de oro puro. El hombre lo guardó en una cesta y se fue con ella a la ciudad, donde vendió el huevo como si de una gran pepa de oro se tratase. Ganó un dineral y regresó feliz a su casa. Su hija recibió la noticia con prudencia.
—¡Qué bendición, padre! Pero recuerda: el duende fue generoso al darnos tal sustento. Debemos ser igual de generosos ahora que no nos faltará, y cuidar a la gallina como a un tesoro, porque además es un hermoso animal. 
Pasó otro día, y esa mañana, loco de alegría, el labrador encontró un nuevo huevo de oro purísimo.
—¡Qué fortuna haberme encontrado con ese duende! —exclamó satisfecho.
El hombre y su hija tenían, todas las mañanas, un nuevo huevo de oro. Así pasó que, poco a poco, con el producto de sus ventas, se convirtió en el hombre más rico de la comarca. Su hija, por su parte, usó el dinero para mejorar el hogar, comprar mejores herramientas y asegurarse de que siempre tuvieran suficiente para mañana.

Sin embargo, como caen muchos hombres poderosos, la avaricia tocó la puerta del labrador, y más exactamente su corazón de honesto trabajador. Un atardecer, mientras cenaban, su padre masculló con una mirada perdida:
—¿Por qué esperar un día completo cada vez que la gallina ponga su huevo? ¡Es una agonía!
—Pero padre... ella nos da lo suficiente para vivir con dignidad y más. ¿No es eso suficiente?
El hombre sintió por un instante la punzada de la razón en su conciencia. La mesura y humildad de su hija eran reflejo directo de lo que él mismo fue una vez. No obstante, pasó el tiempo, y el susurro de la avaricia terminó siendo más fuerte que la voz de su propia sangre.
—¡Mejor me como a la gallina y de paso descubro la mina de oro que lleva en sus entrañas! —gritó un día impaciente el padre, ignorando las súplicas de su hija.
Y empujando lejos la voz de la sensatez, se dirigió al corral y mató a la pobre gallina que tanta riqueza les había dado. Pero en su interior no encontró ninguna mina... es más, ni siquiera se había formado un nuevo huevo. Además, como se había vuelto tan avaro, la gallina estaba flaca, porque había impedido que su hija le diera de comer bajo la excusa de que “no debían malgastar el dinero en cuidar animales". De modo que tampoco pudo prepararse siquiera una cazuela.

Y como supondrán, a causa de su avaricia latente y desmedida, muchos mercaderes evitaron hacer nuevos tratos con el hombre; así, el labrador perdió rápidamente su fortuna que tan fácilmente había conseguido. Su hija solo pudo ver, con tristeza, cómo la codicia había devorado a su padre y su prosperidad.

“La codicia, mala consejera, vuelve tu fortuna pasajera."

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Fin
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