Cuentos Halloween
Cuentos Halloween
San Antonio y el Fuego
Cuento popular italiano
Ilustrado en Gemini

Hubo un tiempo en el que no había fuego en el mundo. Los hombres se morían de frío y fueron a pedir ayuda a San Antonio. Le dijeron que no aguantaban más; si no se ponía remedio acabarían congelados.

San Antonio se compadeció y a pesar de que el fuego estaba en el infierno, decidió ir a buscarlo. Se presentó ante las puertas del infierno con su bastón y su cerdito, pues antes de ser santo, San Antonio había sido porquero.
—¡Habran la puerta! —gritó golpeando con su bastón— ¡Tengo frío y me quiero calentar!
Los diablillos abrieron un poquito la puerta, pero sólo dejaron pasar al cerdo, que entró de un salto en el infierno. El travieso animal se puso a corretear y a meter el hocico en todos los rincones. Cansados de perseguirlo, los diablillos acabaron por ir a hablar con el santo.
—¡Ese maldito cerdo no nos deja tranquilos! ¡Ven a buscarlo y llévatelo!
San Antonio entró en el infierno, tocó al cerdo con su bastón y éste se quedó quieto.
—Ya que me han hecho entrar, me sentaré un ratito para calentarme —dijo San Antonio.
Se sentó en una bolsa de corcho, acercando sus manos al fuego. De vez en cuando pasaba cerca de él un diablo a toda carrera que iba a contarle a Lucifer los pecados que en el mundo cometían las almas. Y San Antonio, ¡pum!, le daba un golpe con su bastón.
—No nos gustan ese tipo de bromas —advirtieron los diablos—. Ten cuidado con el bastón.
San Antonio  inclinó el bastón, clavando la punta en el suelo, y un diablillo que pasaba corriendo en ese instante tropezó y cayó rodando.
—¡Ya está bien! ¡Nos tienes hartos con el maldito bastón! —gritaron los diablos.
Y le quitaron el bastón para tirarlo al fuego. Pero en cuanto la punta tocó las llamas, el cerdo comenzó de nuevo a revolverlo todo levantando nubes y nubes de polvo.
—Si queréis que se esté quieto —dijo San Antonio—, devuélvanme el bastón.
Los diablos se lo devolvieron sin darse cuenta de que la punta ya había comenzado a arder. San Antonio no dijo nada y, tomando su bastón por el mango, se fue.


Apenas salió al aire libre, San Antonio levantó su bastón con la punta encendida y, agitándolo como en una bendición, hizo que el viento esparciera las chispas que salían disparadas. Mientras tanto se puso a cantar:
 
¡Fuego y fuego, ahora y siempre,
para todo el mundo
fuego alegre!

Y desde entonces, para la felicidad de los hombres, hubo fuego en el mundo.

Fin
El Festival de la Luz de Otoño
Cuento e ilustración de Marja Lubbers

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los gnomos y las ardillas aún correteaban por el oscuro bosque, había una noche especial al año en la que todos los animales se reunían alrededor de una gran fogata.

Aquella noche, los gnomos y elfos organizaban una fiesta de calabazas. Todas las criaturas del bosque estaban invitadas a comer, y cada una contribuía con lo suyo: las aves, asistidas por las hadas, juntaban semillas y granos, los venados reunían heno, los conejos buscaban frutos silvestres, las ardillas traían nueces, y los gnomos proveían calabazas frescas.

Los elfos, por su parte, se entregaban al arte y entonaban, con flautas mágicas, misteriosas melodías que hipnotizaban a las luciérnagas. Éstas, con sus candelas profundamente iluminadas, sucumbían ante el encanto de la música, revoloteando entre las copas de los árboles de formas sinuosas, hasta crear hermosas figuras en al aire.

Así, unos y otros se ayudaban y complementaban para alegrar el ambiente festivo, previo al gran banquete.

El delicioso y aromático festín era preparado por los gnomos. Primero, limpiaban las calabazas y su pulpa era cortada en pequeños trozos que colocaban en una gran olla sobre el fuego. Agregaban manzanas y muchas, muchas nueces, y así preparaban un guiso delicioso para todos.

Era el festival de la luz de otoño, conocida en otras comarcas como “la fiesta de las calabazas de los gnomos"; una celebración animada y agradable en donde todo el mundo —ya sea ser mágico o animal— bebía limonada; bailaban, cantaban y contaban historias junto a la fogata hasta bien entrada la noche.

En la última canción y danza, mucho más tarde, cuando ya todo invitado había comido y disfrutado hasta saciarse, el fuego comenzaba a apagarse y todos se acomodaban para dormir.

Los gnomos hacían sus camas de paja y hierba, los pajaritos se acomodaban en las ramas de los árboles, y los demás animales se acurrucaban cerca de la fogata para aprovechar la última efusión de la reunión. Así, poco a poco, el bosque entero se sumía en un profundo sueño bajo el manto de la noche.

Fin
Samhain: Noche de Halloween
Adaptación de Sigfriðr Eiríksdóttir 🎃

Era una tarde dorada de otoño, hace unos 2 mil o 3 mil años atrás, cuando el pequeño Eoin —un curioso niño celta— se sentó junto a su abuelo en el viejo banco de madera, mirando los campos recién cosechados.
—Abuelo, ¿es necesario trabajar tanto? —preguntó Eoin, frotando sus cansados brazos.

—Ah, mi pequeño —sonrió el abuelo, arrugando su frente como si contara un secreto—, hemos trabajado duro para recoger todo lo que plantamos en primavera. La tierra nos ha dado sus frutos, y ahora es justo recibir su recompensa y prepararnos para el invierno.

—¿Y qué haremos con toda esa comida? —quiso saber Eoin, con sus ojos brillando de curiosidad.

—La guardaremos, para que nos alimente durante los meses fríos que se acercan. Recuerda que cada grano que cosechamos es resultado de nuestro esfuerzo y esperanza puesta en ello —respondió el abuelo de largos cabellos, acariciando con dedos labrados su abundante y blanquecina barba.
Eoin asintió con la cabeza a modo de entender, luego miró hacia el horizonte; donde el sol se escondía tras las colinas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Unas divertidas siluetas de niños y pobladores parecían jugar en la distancia.
—Hay mucha gente por allá... —comentó a su abuelo, recordando algo que le pareció haber visto el año anterior, cuando aún era demasiado joven para recordar con claridad.
El abuelo le cerró un ojo.
—Preparan Samhain —le dijo.
Los ojos del pequeño se abrieron como platos.
—¡Samhain! —exclamó Eoin, recordando una historia que el abuelo le contara tiempo atrás, al caer de una noche.
El abuelo sonrió.
—Samhain es un tiempo especial, Eoin. Marca el fin del calor nacido con el verano y el comienzo de un nuevo ciclo frío. Es en estas noches cuando el velo entre este mundo y el de los espíritus se vuelve delgado... tanto así que los vivos pueden compartir el mismo espacio con los que ya han partido al "Otro Mundo". Es ahora cuando se honran sus memorias mientras nos prepararnos para lo que viene.

—¿Los espíritus vendrán a visitarnos? —susurró Eoin, mirando nervioso hacia las sombras.

—Quizás. Pero no hay nada que temer. Son parte de nuestro legado, y en esta festividad celebramos tanto la vida como la muerte —dijo el abuelo, abrazando al niño con calidez.
Eoin asintió, sintiéndose más tranquilo. Miró de nuevo los campos.
—Entonces, trabajamos duro para estar listos, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa en su rostro, pensando en deliciosas cenas preparadas en familia.

—Así es, mi pequeño. Ahora podemos disfrutar de lo cosechado, preparándonos para el frío con suficiente sustento, además del calor de nuestras historias y recuerdos —respondió el abuelo, cerrando los ojos un momento, como si escuchara los ecos de los ancestros en el aire.
La noche se acercaba, y en la distancia podían apreciar a su clan encendiendo una hoguera que habrían de mantener toda esa noche. El abuelo y su nieto, sentados juntos, compartieron risas, relatos y uno que otro recuerdo.
—¡Cuéntame más de Samhain! —exclamó el niño, mientras veía a otros miembros de su clan haciendo los preparativos para esa noche especial.
El abuelo miró al pequeño, pensativo, creyendo que podía estar listo para entender.
—Verás, Eoin... la separación entre el mundo de los vivos y el de los que han pasado, se remonta a una época que solo los dioses y los seres eternos pueden recordar; cuando el mundo aún era indivisible, y todo ser, viviente o etéreo, compartía un mismo plano.
La respuesta le pareció algo "difícil" al pequeño, que procuró prestar mayor atención a las palabras de su abuelo para no perderse ni un detalle. El abuelo continuó:
—Nuestros druidas cuentan que, en los albores de la existencia, la vida y la muerte danzaban en un equilibrio perfecto; como un río sin orillas que fluía en la eternidad. En ese entonces, los mortales podían ver a sus ancestros y caminar junto a ellos, y así mismo, los espíritus de los caídos viajaban libremente, compartiendo sus conocimientos y sabiduría con los vivos.

—¡Guau! —exclamo el pequeño Eoin, tratando de imaginar semejante realidad ante las sombras danzantes de sus amigos y familiares, que comenzaba a proyectar la hoguera en la distancia.

—En ese tiempo de magia y fraternidad, las almas de los que han partido podían regresar a participar en nuestras celebraciones, consolaban a sus seres queridos, e incluso guiaban a los perdidos, mientras los vivos se veían reforzados por la cercanía de sus antepasados. Pero, como ocurre en todo orden de cosas, aquel equilibrio "perfecto" comenzó a desgastarse. Los vivos, en su naturaleza mortal, empezaron a temer a lo desconocido, y los espíritus, a su vez, sintieron que sus deseos se desvanecían en la penumbra de un mundo cada vez más efímero.
Eoin escuchaba atento, a pesar de las palabras extrañas que, por primera vez, oía de su abuelo.
—¿Qué pasó entonces, abuelo? ¿Ese equilibrio... se desequilibró?
El abuelo rió. Era evidente que su nieto heredaría su gusto por las palabras inusuales.
—Mmm… ¡algo así! —respondió el abuelo— Un día, una gran catástrofe, un enfrentamiento ancestral entre los Tuatha Dé Danann y las fuerzas de los Fomorianos, retumbó en la tierra de los vivos, rompiendo el delicado lazo que los unía al Otro Mundo. El tejido del tiempo y la realidad fue desgarrado, y ambos mundos se separaron. A partir de ese momento, los dioses decretaron que los mortales y los espíritus solo podrían reencontrarse en ciertas épocas sagradas.

—¿Cómo... Samhain? —preguntó Eoin, que ya había oído las leyendas de los mencionados, además de sentirse capaz de seguir el ritmo a la conversación.

—¡Como Samhain! —Repitió afirmativamente su abuelo— En noches especiales como éstas tres próximas que se avecinan, es cuando el velo entre los mundos es lo bastante tenue como para que vivos y eternos compartieran nuevamente sin comprometer el equilibrio.

—¡Vaya explicación! —reconoció el niño, quién junto a su abuelo y a la entrada del crepúsculo, apreciaban en la distancia a los miembros de su clan; algunos de los cuáles vestían, frente al la luz sinuosa de la hoguera, extraños artificios que simulaban seres mitológicos. Uno de ellos se encaminó hacia donde ellos descansaban.
El sol ya se había puesto, y la luna empezaba a brillar cuando Aisling —la mamá de Eoin— se dirigió hacia el banco de madera donde descansaba su hijo. Aisling Lucía un traje de celebración, confeccionado con abundante pelaje y una cola graciosa. Al acercarse al pequeño le hizo gestos divertidos usando una máscara de corteza de árbol y ramas que imitaba a un ciervo. Eoin le respondió con una amplia sonrisa.
—¿Qué haces aquí tan solo, mi niño? ¡Ven con nosotros, ya es hora de celebrar! —dijo su mamá.
Eoin miró a su abuelo, Aedh, quién cerró un ojo y sonrió con un gesto de confidencialidad.
—Ve a celebrar con mamá y tus amigos, querido Eoin; procura serle tan servicial como ella ha sido contigo. ¡Ya nos veremos en otro Samhain! —le dijo cariñosamente su abuelo, antes de que su espíritu desapareciera en el aire. °-°

Fin
El misterio de la momia chinchorro
Este hecho sucedió en el museo regional Ica en Nazca, Perú a 1.430,8 kilómetros del centro de Arica. La momia chinchorro desapareció inexplicablemente. Nadie aún tiene una respuesta a este gran misterio, pero como el museo esta igual que antes de la desaparición de la momia, dicen que debe haber sido una teletransportación con algún aparato de un ser no identificado de otro lugar del universo.

Coincidentemente la momia desapareció el 10 de octubre, mismo día en que personas de diferentes lugares del mundo cuentan haber visto extrañas luces en el cielo que no pudieron ser identificadas. La momia venía de la cultura chinchorro, un pueblo que vivió en Sudamérica entre Tacna y Tarapacá.

Unos investigadores a cargo de este caso cuentan que salieron a investigar a las reservas del norte de Chile y que cuando iban a descansar y a hacer sus carpas, se pusieron a cavar para prender fuego, y en eso, encontraron bajo un montón de tierra, un libro con una misteriosa nota que decía :

"Cuando la momia desaparezca en este sector, encontrarán la razón..."

El libro contaba sobre una mujer de la cultura chinchorro a la cual envenenaron por venganza ya que el padre de ésta mato al líder de otra tribu. El padre de la mujer confesaba que ella había podido contactarse con extraterrestres que le dijeron que volverían por ella. Con ese libro se afirma la teoría que dice que los extraterrestres se llevaron a la momia para guardarla como parte de su historia.

Después de una larga investigación, encontraron de vuelta a la momia enterrada en el mismo sitio donde encontraron aquel libro con la nota...

ô_ô Buuuu !!
Condiciones
Hana Midori (Luisa Fernanda Beltrán)
Bogotá · Colombia
Advertencia: Este es un relato de terror para Halloween.
No apto para menores. Se recomienda discreción °-°

Una a una se deslizaban las gotas de lluvia por el cristal sucio de la ventana. Danzaban entrelazando sus caminos al descender, y sucumbían al estrellarse con fuerza en el alféizar de madera oscura creando diminutas pero numerosas gotitas de agua que se dispersaban cubriendo los cortinajes, el suelo y las paredes, así como una mano que reposaba inmóvil apoyada en el brazo de un enorme sillón garzo de aspecto señorial.

Habían pasado algo más de ocho años desde que se habían conocido. Desde el momento en que se divisaron, halláronse tan atractivos el uno al otro que no concebían ahora la vida sin estar juntos. Pasaban largas horas jugueteando como adolescentes en los bosques cercanos al edificio blanco y gris en donde residían, conversaban largamente sobre diversos temas y cuando no encontraban actividades que los entretuvieran, se dedicaban a contemplarse admirados de la suerte que tenían de ser amados por la persona a quien amaban.

Lucían sin embargo, demacrados y ojerosos. El amor sanaba sus espíritus, pero sus cuerpos se deterioraban cada vez más rápido. Apesadumbrados, se hacían mutua compañía durante las extensas y tortuosas quimioterapias a las que eran sometidos allí. Tenían cáncer, y aunque ambos sabían que pronto sucumbirían ante el poder supremo de la enfermedad, sus momentos juntos les proporcionaban la fortaleza necesaria para haber sobrepasado los pronósticos que hacían los médicos acerca de su expectativa de vida.

Aquel día, mientras la lluvia arreciaba inclemente en conjunción con el viento sacudiendo árboles y ventanales con vehemencia, presentían que el momento había llegado. Martín yacía inerte sobre la cama, pálido como un papel. Sólo el sonido acelerado y arrítmico de su respiración revelaba que aún estaba vivo; su vida se extinguía presurosamente. Sara acompañándolo sentada junto a la ventana, tamborileaba los dedos de una de sus manos en el sillón mientras la otra permanecía sin moverse. Su cara sonriente escondía un lacerante sentimiento de impotencia que la carcomía por dentro al ver a su amado ser consumido por las garras de la muerte sin que ella pudiese hacer nada. Pese a su intento de mostrar serenidad, las cuencas debajo de sus ojos colorados de tanto llorar, estaban más pronunciadas que de costumbre. Ahora tenían un color plomizo y se hundían con ahínco a lado y lado de su nariz.
—Salgamos —susurró Martín sin pensar.
Incorporándose, Sara se aproximó con lentitud hacia la cama y besándolo en la frente, negó con la cabeza.
—No es posible, cariño.
Martín girándose hacia la pared, ocultó de su adorada novia la expresión triste que cruzó como un relámpago su rostro. Declama para sí mismo los versos de "Amor Constante Mas Allá De La Muerte" y teme, no por su vida que se evapora como la nieve al inicio de la primavera, sino por el dolor insoportable de no volver a ver los ojos, sentir los labios o rozar la piel de aquel ángel maravilloso que reza ahora de rodillas tomando su mano.

De pronto, una luz escarlata invade la habitación y un olor pútrido envicia el aire. Allá en un rincón aparece el ser temido, el odiado, el repudiado, y para algunos el amado. La Parca en persona ha venido. Levanta la hoz de forma amenazante y disponiéndose a cumplir con su labor lánguida hacia el moribundo.

Un grito suplicante se escucha. Sara yace ahora cubriendo con su cuerpo el de Martín, y llorando le implora a la implacable Moira que les otorgue la oportunidad de estar juntos en la vida o en la muerte.

Ésta, mira con picardía a la pareja que no desea ser separada. Retrocede algunos pasos, y con un movimiento veloz hace emerger tras de sí lo que parece ser una montaña enorme de osamentas ensangrentadas; se sienta cómodamente allí y recostando su cabeza en la hoz guarda silencio. Pasan algunos minutos, luego horas y ésta no se inmuta.

Sara que permanece aún acostada sobre Martín, mira con curiosidad temerosa el proceder del extraño ser.
—"¿Qué piensa?" —se pregunta cada tanto. 
Sin embargo, no pronuncia una palabra ni hace un movimiento por miedo a incitar de alguna manera su furia.

Tras mucho esperar, La Parca se levanta; con el mismo ademán veloz desaparece su particular mobiliario y con expresión generosa se dirige a la mujer.
— ¿No importan las condiciones? —pregunta.
Sara desconcertada solo atina a contestar precipitadamente:
— No.
— Bien —responde la muerte, sonriendo —Que así sea.
Un estruendo ensordecedor hace temblar el lugar; gritos tenebrosos se oyen de la nada y una especie de sonido agudo se incrementa a lo lejos. El suelo se sacude con violencia y después, todo queda en silencio. Las enfermeras desorientadas corren con presteza en busca del lugar desde donde se emiten los ensordecedores ruidos. Al llegar a la habitación de Sara y Martín, la encuentran vacía por completo brillando con misteriosa pulcritud.

Un hombre implora desconsolado por la vida de su compañera. Arrastrándose alcanza las vestiduras negras y enmohecidas de la Parca y agitándolas con frenesí exclama reiteradamente que desea estar junto a ella para siempre. Haciendo surgir del suelo un acumulo de huesos cubiertos de una capa bermeja y pegajosa, la muerte se apoltrona plácidamente. Gran cantidad de esqueletos se retuercen lamentándose bajo su peso, abriendo la boca intentando emitir algún sonido. No se escucha nada y el afligido esposo nada entiende. Entre la multitud de restos, se observan varias parejas unidas por pesadas cadenas, y allí, asomando desde lo profundo del montículo, se destacan dos calaveras de aspecto más reciente, en cuya calota se distinguen apenas las iniciales M y S. Tras pensar un rato, el ser sobrenatural se acerca al hombre suplicante.
—Amigo... ¿No importan las condiciones? —dice, levantando la hoz.

Fin
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