El Rescate de Knol

Título original: "De Knol die vrij wilde zijn"
Marja Lubbers · Netherlands


Traducción de Siegfried Herlitz

Hace tiempo, en los extensos pastizales de los Países Bajos, vivía un granjero que tenía un viejo caballo de tiro que respondía al nombre de Knol. Aquel era su caballo de arado favorito debido a su buen porte y fuerza, pero con los años se había convertido en un animal ya cansado, pues había trabajado toda su vida en la granja. Lo cierto es que Knol estaba sobre-trabajado; tanto así que un día ya no pudo soportar más la dura labor de tirar de la rastra, y cayó rendido al suelo. El pobre caballito sentía que ya no podía realizar el trabajo sobre la tierra, y llegó a creer que su vida había llegado a su fin.

Al verlo tan desganado, el granjero quiso llevarlo al establo, pero no pudo hacer que se levantara ni logró quitarle el arado o las riendas, ya que Knol estaba sencillamente exhausto. Así, el agricultor lo dejó a un lado y continuó haciendo el arado a mano, ya que no podía permitirse parar aquel día. Al final del día el granjero ya estaba cansado, y Knol seguía en el mismo lugar en que había caído: se había echado a su suerte, y en su pensamiento solo anhelaba "dormir"... o ser libre.

Pronto llegó la noche y como Knol no se levantaba, el granjero llevó una vieja manta para cubrirlo. Y esa noche Knol durmió a la intemperie...

Al día siguiente el dueño de la granja debió retomar su labor, pero el caballito seguía echado. Así pasó otro día sin que Knol se pudiera siquiera levantar para ir a tomar un poco de agua al estanque. El pobrecillo parecía tullido. Preocupado, el granjero le llevó un cubo de agua y un poco de heno que apenas probó. Llegó entonces la noche, nuevamente, y el granjero le dijo a su esposa:
— Cariño, creo que no queda nada más que podamos hacer para que Knol se recupere.
— Es verdad —dijo la mujer— se ve que ya está viejo y que "su tiempo" llegó.
— ¿Sugieres que lo vendamos? —preguntó el agricultor— Nos ha acompañado tantos años en la granja y siempre ha sido trabajador... si lo vendemos en el mercado así como está no nos darán nada. Y no quiero imaginar lo que harían con él.
— Es verdad —dijo la mujer— pero... ¿qué otra alternativa nos queda?
Así, el matrimonio se fue dormir, con la pena de no saber qué futuro le esperaba al pobre Knol.

Pero el perro de la granja —un enorme y sabio pastor alemán— había estado oyendo la conversación. Se levantó cautelosamente en la noche y corrió a donde se encontraba el caballo.
Knol, tienes que huir rápido... ¡el amo quiere venderte!
— ¿Seguro, Max? —le preguntó Knol, que a pesar de todo reconocía en el granjero algún cariño.
— ¡Totalmente! —le respondió el perro— La señora ha instado al amo para que te lleve al mercado, y ya sabes que por tu edad...
El amigable Max se quedó callado. Pero luego repuso:
— ¿Qué deseas hacer, querido Knol?
— Quisiera ser libre, amigo Max. —respondió el caballo.
— Entonces haremos algo al respecto... —propuso Max.
— Ya, pero estoy atascado —repuso el caballo, que seguía amarrado al arado— Apenas si puedo moverme con tantas correas atadas a mi cuerpo.
El caballito intentó ponerse de pie, pero su esfuerzo fue infructuoso. El perro tiró de las riendas intentando soltarlas, pero tampoco pudo. Estaban en eso cuando se les apareció un ratón que había estado escondido (oyendo toda la conversación), y les dijo:
— ¡Amigos, puedo ayudar!
— Cualquier ayuda es buena —relinchó el caballo, y el perro asintió con un "¡guau!".
Mientras el ratón mordía las riendas y correas, el perro ayudaba tirando del armazón con los dientes... y pronto fueron apareciendo más y más animalitos que —curiosos ante el forcejeo— se acercaban a preguntar. Y cuando se enteraban de lo que pasaba, se apresuraban a ayudar. Entonces llegaron los patos a palmear, las gallinas a picotear, los corderos a mordisquear, los cerditos a animar con sus "¡Oink!", y hasta llegó una que otra liebre silvestre a roer... y así entre todos ayudaban al pobre caballo que había dado una vida de trabajo. Continuaron por varias horas, hasta que el trabajo de equipo se vio recompensado, ya que de pronto la armazón cedió por completo y Knol fue liberado.

El feliz caballito se levantó al fin.
— ¡¡Knol esta libre!! —gritaron todos muy felices.
Y así fue que el buen Knol —ya liberado de su destino— encontró, con ayuda de los demás animales, un hueco en el cerco de la granja. Lo atravesó y corrió por el bosque hacia su libertad, despidiéndose de sus amigos... algunos que felices lo acompañaron en su huida. En el camino se hizo de nuevos amigos del bosque y entre todos se fueron a recorrer el mundo.

Knol ya era feliz. Se alimentaba de tiernas hierbas y de frutas deliciosas que la naturaleza proveía. Bebía el agua cristalina de un río que bajaba a través de hermosas cascadas en el bosque. Con el pasar de los días recobró su energía, y así pasaron los meses... y luego los años... y a pesar de su edad, Knol se hizo un caballo grande, fuerte y silvestre, descubriendo el auténtico sentido de la libertad.

Vio y conoció muchas cosas que en la granja nunca habría podido, y así sus sueños trotaron como el viento en la pradera...

Cuentan los guardabosques, que el caballito vivió rodeado de muchos amigos, y que incluso conoció a una hermosa y apacible yegua silvestre que habitaba la montaña, y que junto a ella viajó por los montes y los valles, y tuvieron muchos potrillitos... hasta que un día, ya de viejito —muy viejito— no pudo más y se echó feliz en un lugar tranquilo, acompañado de su familia y amigos. Y ahí murió, en algún hermoso lugar lleno de árboles entre las montañas...

Fin

Nota: Knol, en holandés, significa "viejo caballo de tiro". Para otros caballos se escribe "paard".