Un día, mientras intentaba hacer una maldad en el bosque, persiguiendo a un pajarito asustado, escuchó una voz suave que parecía venir de los árboles y el viento. La voz le dijo:
— Juanito, cuida a los animales y escucha a tus papás. Así serás feliz y harás felices a los demás.Juanito se sorprendió, pues no vio a nadie, pero entendió que la voz tenía razón. Recordó entonces que sus papás siempre le pedían que fuera bueno y respetuoso, y sintió pena de haberse portado mal. Le pidió perdón al pajarito y volvió a su casa corriendo de la impresión.
Desde ese día, Juanito empezó a ayudar en casa, a tratar con cariño a los animales y a obedecer a sus papás. Descubrió que cuando hacía cosas buenas, se sentía contento y todos lo querían mucho.
Y así, Juanito aprendió que ser obediente con sus buenos papás, y amable con los animalitos, es la mejor manera de vivir feliz.
— María; hace días me persigue un fuerte dolor de cabeza, creo que enfermé.Naturalmente, su mujer se preocupo mucho: corrió a la huerta y arrancó algunas yerbas medicinales con las que preparo un remedio y le hizo descansar. Sabía que su marido trabajaba duro y sin rechistar, de modo que si se quejaba era porque algo le pasaba.
— ¡Ay, José! Te excedes en la granja: deja que los niños de ayuden un poco.Acongojada, espero a que Juanito, Luisa y Benito llegaran de sus labores, ya que después de la escuela les tocaba recoger el heno para los animales. Así hubieron llegado les contó que su padre yacía enfermo.
— Él descansa ahora, pero tendrán que turnarse para ayudarle si acaso decide trabajar mañana, pues seria bueno que alguien esté a su lado para lo que pudiera necesitar.Luisa y Benito se sintieron muy tristes al ver a su padre en tal condición y se comprometieron a apoyarle, pero a Juanito le molestó la idea.
— ¡Pero no es mi culpa que él esté enfermo! Entiendo que está viejo, pero necesito mi espacio.Su madre, dolida ante la reacción de Juanito, le indicó que no se trataba de "culpas" sino de responsabilidades, y que como hijo debía respetar a su padre; comprendiendo la situación y apoyando las labores de la granja. Juanito —que ya le parecía suficiente trabajo la escuela y el heno— se puso furioso y salió alzando los hombros, dejando a su mamá con la palabra en la boca. Por supuesto todos quedaron dolidos, ya que nadie entendía porqué Juanito actuaba de ese modo, siendo además, el hermano mayor (aunque todavía niño).
Los días transcurrieron y don José no mostraba mejoría. Como sabía trabajar la granja mejor que nadie, era muy poco lo que los hijos podían hacer sin su dirección, así que un día empezó a escasear la comida. Cuando eso sucedió, don José no tuvo otra opción que volver a trabajar la tierra, aun en su condición.
Los hijos menores siguieron acompañando a su padre en las labores, tal como habían quedado. Luisa y Benito eran pequeños, y era poco lo que podían ayudar, pero aun así daban lo mejor de sí. Por otro lado, Juanito se había mal-acostumbrado a desobedecer a su madre, así que no se comedia a ayudar en nada y se dedicaba a matar pajaritos y a robarles sus huevos desde los pequeños nidos. Así un día don José lo descubrió lanzando piedras a otras criaturas, y le imploró:
— ¡Juanito! Sé que estás molesto porque no te he podido dar lo que como padre hubiera querido, pero te pido, por favor, no dañes a los animalitos: ellos son también parte de la vida y pueden sentir el dolor, así tanto como nosotros.Su padre le respondió con sabiduría:
— ¡Qué sabes tú! —le respondió con soberbia, Juanito, que ya no podía llamarse Juanito... más bien "juanete" ¬¬
— Querido hijo: algún día entenderás que la vida es un poder superior a todos nosotros, y que así como ella nos da amor y alegrías, también entristece y puede enfermar.Juanito se fue muy bravo para la casa, pero en el camino vio que en la copa de un árbol había un hermoso pajarito cuyas plumas brillaban a la luz del atardecer. Su canto era hermoso y eso atrajo el interés del niño, quien tomó su resortera y —habiendo recogido varias piedras— se propuso cazar al indefenso pajarito.
— Si quieres que te acompañe —respondió Juanito— me dejarás hacer lo que me divierte.
— Si no está en tu voluntad acompañarme entonces ve a casa —le dijo don José, lastimado.
Estaba por lanzar la primera piedra cuando el pajarito voló a otro árbol, así que el niño le siguió, apuntó su resortera y... de nuevo el pajarito voló al siguiente árbol. Y así siguió de árbol en árbol, alejando a Juanito de su casa. Mientras más se acercaba el niño, más lejos volaba la avecilla, y así pasaron horas y horas... para cuando Juanito se dio cuenta: estaba perdido en el bosque. Por supuesto que eso asustó mucho al rebelde chaval.
De pronto apareció sobre él una luz brillante y cegadora. Una voz profunda se oyó desde lo alto:
— ¡No temas! Te he traído aquí por que hay algo que necesitas saber.Juanito, muy asustado, fue incapaz de articular una sola palabra. La voz continuó:
— Yo soy la luz que de mí surge y se eleva sobre todo. Soy el Universo que de mí nace para volver a mí. Me encontrarás en la vida de los mares, la tierra y el cielo; en el amor que el mundo desprende, en la sabiduría de tu papá y en la paciencia de tu mamá. Soy esa confianza entre tus hermanos y tu propia esperanza. Aquello a lo que acudes en soledad y en compañía. Soy principio y fin, pasado y futuro; el presente y tú mismo. Escucha a tu consciencia y abre tu corazón a la verdad de tu existencia: honra a tus papás y respeta la vida de mis criaturas indefensas.Por primera vez en mucho tiempo, Juanito lloró. Estaba estremecido, impresionado y conmovido. Pidió perdón a la voz, prometiéndose a sí mismo que de ahora en adelante volvería a ser el hijo que amaba a su familia y se portaba bien: ayudaría a su papá y haría caso a su mamá. En ese instante oyó cantar nuevamente al pajarito que había estado persiguiendo. Ahora su canto parecía más hermoso que nunca. El pajarito voló a través del bosque, y claro... Juanito lo siguió, pero esta vez con la esperanza absoluta de que lo llevaría de regreso a casa, donde sus padres y hermanos lo esperaban.
Juanito pidió perdón a sus padres, que lo abrazaron con mucho cariño pues se había perdido y ahora le habían encontrado. Desde ese día el hijo ayudó tanto a don José, que no volvió a faltar la comida en casa y su papá pudo reponerse de su enfermedad. Juanito terminó el colegio con buenas calificaciones y fueron siempre una familia unida y feliz.
☙
“Dentro de su alma un nudo intenso. Dentro de su corazón, la amargura y el desvelo. Toda historia tiene un comienzo que desprende los sentimientos internos del individuo que la vive...”
Amanecía en la ventana del castillo. Un manada de sueños transformados en mariposas revoloteaban alrededor de la alcoba real. La golondrina que allí habitaba era el ave de compañía de una princesa encantada llamada Emma, quién había entregado sus profundos sentimientos y emociones a su fiel mascota. Así, toda sensación de propiedad de la princesa sólo era percibida por la golondrina, mientras que Emma vivía un vacío donde nada experimentaba.
Días antes del encantamiento la princesa se había cuestionado su alma, buscando aquello que fuera más sano para su corazón... ¿Sentirlo todo o no sentir nada? Entonces, pensó en su interior:
— Si siento todo, viviría una vida cargada de emociones que no me permitirían manejar mi ritmo de vida como princesa. Viviría la agonía del amor, y más aún si el mismo no es correspondido... la pérdida del ser amado y el dolor de la agonía ante una muerte segura. Por otro lado, si privo a mi persona de sentir alguna emoción ante las situaciones de la vida, podré manejar mi rutina diaria sin complicaciones, y el día en que mi cuerpo cansado dejare de existir, no sentirá agonía ante mi propia partida terrenal.
Luego de analizar la elección más favorable para su vida, consulto a una hechicera que vivía en el Reino encantado de Calanilla, no muy lejos del reino donde ella habitaba. La hechicera Luna le dio dos posibles hechizos que le pudieran ayudar en su extraña situación:
- El primero consistía en remover de cada parte de su ser, toda emoción humana que pudiera existir en su vida.
- Y la segunda —la cual es casi igual que la primera—; sus emociones serían transferidas a su fiel mascota... así ella podría visualizar como sería su vida llena de emociones.
Tras un profundo silencio, la princesa escogió el segundo hechizo como remedio para su aparente mal: el fin del mismo no era otro que "no sufrir cargando una vida llena de penas y amargas desdichas". La hechicera Luna, con la mirada distanciada en el resplandor del Sol, cerró sus ojos y suavemente pronunció las palabras mágicas que despertarían el encanto. La princesa Emma, satisfecha con la magia de la hechicera, se dispuso a partir del Reino encantado de Calanilla, pero se detuvo a escuchar su nombre pronunciado por los labios de la hechicera Luna, quien le decía a la distancia:
— Princesa Emma: recuerde que todo encanto tiene su lado negativo en el desarrollo de su vida. Sólo espero que algún día recapacites y desistas de la idea de vivir sin sentir nada en tu corazón, pues a veces la conformidad de sentirse seguro hace más daño que experimentar cada emoción que pueda existir sobre la faz de la Tierra.
Por su parte, Emma, a la distancia, le regalo una sonrisa mientras decía:
— Quizá este sea mi último reflejo de emoción y he decidido obsequiártelo a ti.
Largos fueron los días de invierno en el castillo del Reino de Falier. La princesa, desde su alcoba, veía pasar los días y sus emociones reflejadas en el vivir de su fiel golondrina, quién en los últimos días de primavera había enfermado de amor.
Emma ha amado en silencio durante tres años al plebeyo Alzahar, quien se encargaba de ir a diario al castillo a cortar rosas para decorar la mesa del salón principal. Su amor era uno silencioso que apenas era expresado en miradas distantes. Realmente, por no sufrir de amor es que había optado por realizar ese hechizo a su corazón. El problema no era el que Alzahar no la amara, sino más bien que él era hombre de familia, y aunque entendiera que por primera vez en su vida había encontrado el tesoro del amor, prefería quedarse a la distancia y no hacer daño a terceros. Sólo se conformaba con vivir un gran amor entre sueños que era alimentado por las miradas cargadas de emociones... emociones que ya no habitaban en la princesa Emma.
Una tarde de invierno, el plebeyo Alzahar fue citado al castillo para que organizara el salón principal. Ahí realizarían una fiesta en honor al cumpleaños de la princesa Emma. Luego de tanto tiempo de espera, Emma lo volvería a ver, pero sabía que dentro de ella no habitada emoción alguna... emoción que, aunque le hiciera daño, la llenaba de vida y le brindaba esperanza de un día despertar al lado de su gran amor. Por su parte, la golondrina mostraba el entusiasmo que Emma debería sentir en su ser: revoloteaba alegre por los rincones de la alcoba y silbaba con el corazón la más bella melodía. Pero Emma no sentía nada y ese vacío intenso le carcomía el alma.
Fue entonces cuando entendió el mensaje de la hechicera, comprendiendo que el simple hecho de sentir un vacío por no sentir nada ya era en sí una emoción humana. El arrepentimiento al sentir la agonía de, tal vez jamás volver a expresarle su gran amor a Alzahar, quebranto el hechizo que habitaba dentro de su corazón.
Levemente en sus labios se posó una sonrisa, y con la golondrina posada sobre sus hombros bajo rápidamente las escaleras hasta el salón principal. Al ver a su amado sus ojos expresaron el amor que había guardado en su corazón durante tanto tiempo, diciéndose para sí:
— Aunque sea un sólo instante, sentirme amada. Aunque sea un solo instante, entregaré mi corazón. Y cuando parta en el ocaso de mi vida tendré la satisfacción de haber amado con el alma y haber sido amada con todo el corazón.
❦
Fin

— ¡Mamá, mira! Son semillas mágicas —exclamó Juanito.
— Muy bien, Juanito. ¿Y qué has hecho con nuestra hermosa vaca? —preguntó su mamá.
— La cambié por estas maravillosas semillas.
— ¡Qué tonto eres! Cambiar nuestra linda vaca por unas semillas sin valor. Hoy no tendremos nada para cenar —dijo muy triste y disgustada la mamá de Juanito.
— Señora, mi nombre es Juanito, vengo desde lejos y tengo hambre. ¿Puede darme algo de comer?
— ¿Comer? —exclamó ella— ¡Vete si quieres seguir con vida! Este es el castillo de un malvado gigante que si te encuentra te comerá... —añadió la enorme mujer.
— Grrr-Grrr... —gruñó el ogro— Huele a carne humana. ¿Quién anda por aquí? —añadió con enojo.
— Es el cerdito que cociné para ti —respondió la señora, mientras escondía a Juanito debajo de la mesa.
— ¡Gallina, pon un huevo de oro puro! —ordenó el gigante.
— ¡Ahora Juanito! —exclamó silenciosamente la anciana señora. Y añadió— Ven rápidamente. Toma los tesoros, porque ellos pertenecieron a tu padre, a quien el ogro mató. Yo intenté detenerlo pero no pude hacer nada, es un ogro muy malo y terrible. Lleva los tesoros con tu madre y que sean felices.
— ¡Mamá, mamá... rápido: tráeme el hacha!








