El Soldadito de Plomo
Hans Christian Andersen
Soldadito de “GDJ" & Bailarina de Alexey Marcov

Parte 1
Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue:
— ¡Soldaditos de plomo!
Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.

Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.
— Ésta es la mujer que me conviene para esposa —se dijo— ¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.
Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y —¡crac!— se abrió la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.
— ¡Soldadito de plomo! —gritó el duende— ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?
Pero el soldadito se hizo el sordo.
— Está bien, espera a mañana y verás —dijo el duende negro.
Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: “¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.

Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.
— ¡Qué suerte! —exclamó uno— ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.
Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.

Parte 2
De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.
— Me gustaría saber adónde iré a parar —pensó— Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro.
Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.
— ¿Dónde está tu pasaporte? —preguntó la rata— ¡A ver, enséñame tu pasaporte!
Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.
— ¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!
La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo... Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:
— ¡Adelante, guerrero valiente! ♪
— ¡Adelante, te aguarda la muerte! ♫
En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:
— ¡Un soldadito de plomo!
El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.

De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.

Fin

Nota para los papás
Actualmente se sabe que el contacto con el plomo genera daños irreparables a la salud, por lo que NO se recomienda regalar soldaditos de plomo a los niños. El empleo de dichas figuritas se ha ido vinculando preferentemente a los coleccionistas de mayor edad que gustan de pintarlos para el armado de dioramas. En su lugar prefiera soldaditos de otro material menos nocivo; por ejemplo madera, aluminio o plástico reciclado. Este tipo de juguetes es para niños mayores de 8 años.
La niña de nieve
Basada en la versión de Louis Leger
del relato tradicional de Snegúrochka

Una vez, en plena Navidad, eran dos viejecitos que vivían solos, junto a la nieve de la montaña. Esa tarde, mientras la abuela Marousia rodeaba de brasas la marmita dónde hervía la sopa, entró el viejo Yuchko con un haz de leña y dijo a la abuela, que estaba muy triste:

-Ven, Marousia, y verás qué muñeco de nieve han hecho los niños.

Los dos viejos se asomaron a la ventana para ver el muñeco de nieve que habían hecho los chiquillos. Al verle tan barrigudo y gordinflón los dos viejecitos se rieron mucho y dijeron que los chiquillos eran el mismísimo diablo. Marousia tomó la mano al viejo Yuchko y le dijo:

-Ven, vamos nosotros a hacer otro muñequito de nieve.
-¡Qué cosas tienes! ¿No ves que ya somos viejos para jugar como chiquillos?
-Y eso qué importa -dijo la viejecita

Los dos viejecitos salieron de la casa, y a la entrada del bosque empezaron a amontonar nieve sobre nieve hasta que tuvieron una masa amorfa.

-Bueno, esto es el cuerpo -dijo el viejo.
-La cabeza déjamela a mí -rogó la vieja.

Y haciendo una bola la colocó encima del cuerpo.

-Ahora dos puñaditos para las mejillas y una pizquita para la nariz, y dos grandes huecos para los ojos -terminó la vieja.

Y el viejo, al verlo surgir como del ensueño, se puso a bailar con la vieja junto al muñeco que acababan de hacer. De pronto, los dos viejecitos se detuvieron y miraron con asombro a su muñequito. Los dos huecos de los ojos se pusieron azules y de ellos nacieron dos pupilas. La cara ya no estaba blanca, sino rosada y en la boca apareció una deliciosa sonrisa. Un soplo de aire hizo estremecer la nieve, que se deshizo en una larga y bella cabellera bajo un gorrito de piel, y el vestido blanco cayó en suaves pliegues hacia el suelo. El tosco muñeco se había convertido en una graciosa chiquilla.

Los viejecitos creyeron que estaban soñando; pero no, la niña se movía y les tendía lo brazos para besarlos. Y ellos se acercaron a ella y la cogieron en sus brazos y sintieron el tibio calor de su cuerpecillo y la besaron como se besa a un hijo y la llevaron a casa. Marousia empezó a dormir a la niña con una canción, puso a secar su gorrita en la campana de la chimenea y sus lindos zapatos blancos los dejó junto al fuego. Y así se fueron a acostar los dos viejos aquella noche. Y en silencio dijo el viejo a la vieja:

-¡Ya tenemos una niña, Marousia! Hay que cuidarla muy bién. La llamaremos Nieves, pues de la nieve ha nacido.

Al día siguiente se despertaron con cierto temor, pensando que todo no hubiera sido más que un sueño, pero no, la niña estaba allí, sonriente y cariñosa como un angel. Y los viejos la vieron ir a jugar con otros niños y eran muy felices.

Pasó algún tiempo. El invierno ya se iba y la tierra se tornaba verde. Una mañana Yuchko, que estaba pendiente siempre de la niña, observó que ésta se levantó muy pálida.

-¿Te encuentras mal, hijita? -le preguntó con cierta inquietud.
-No -contestó la niña muy triste-, pero me falta la nieve y yo no puedo vivir sin ella.

Y el rudo Yuchko prometió a la niña llevarla al día siguiente a lo alto de la montaña para que jugara con la nieve que quedaba entre los picos. Pero al día siguiente Nieves dijo a los dos viejecitos:

-¡Ay, padrecitos! Siento aquí dentro como si al respirar este aire tan tibio se me deshiciera el corazón. ¡Quiero estar entre la nieve!
-No te preocupes -dijo Yuchko-, yo te llevaré a la nieve.

Y tomándola en sus brazos salieron los tres hacia la montaña. En el camino se sentaron a descansar en un claro del bosque, y el viejo preguntó a al niña:

-¿Cómo te encuentras, hijita? ¿Quieres jugar con las flores?

Nieves no contestó. Estaba desfallecida. Un rayo de sol penetró entre los árboles e hirió el cuerpecillo de la niña como si fuera una espada. La niña cerró los ojos y su cuerpo empezó a gotear como si sudara, y el viejecito, que la tenía en brazos, se dio cuenta de que la niña se estaba deshaciendo como una bola de nieve. Al poco tiempo el viejecito se encontró con los brazos empapados y ya no vio a la niña. Sólo había un charquito de agua sobre la fresca hierba. Los viejitos se santiguaron y sin hablar una palabra volvieron a casa. Se habían quedado sin niña.

Esta historia pudo terminar trístemente aquí, pero según cuentan algunas gentes del pueblo, han visto a los viejecitos subir las altas montañas cuando las nieves faltan después de cada invierno.
La Vendedora de Fósforos

Ilustración de Rose Art Studios
(Colección “El País de los Cuentos" · Froebel-Kan)

Era víspera de Navidad y en el pueblo, todo el mundo transitaba con prisa sobre la nieve para refugiarse al calor de sus hogares. Sólo una pequeña niña, vendedora de fósforos, no tenía dónde ir, y desde su pequeño rincón en la calle pregonaba incansable su modesta mercancía. La niña no podía volver a su casa porque su madrastra le había advertido que antes debía vender hasta el último fósforo que le quedara.

Entumida de frío, la niña miró a través de la ventana iluminada de una casa. Unos pequeños niños jugaban, junto a una chimenea, con sus nuevos juguetes de Navidad. Imaginó que sería maravilloso estar con esos niños, al calor de un hogar. Se divirtió al ver que adornaban con galletas de chocolate un abeto navideño.

De pronto llegó una helada brisa y la niña recordó que aun le quedaban fósforos por vender. En ese momento pasaba un señor de sombrero de copa y abrigo de chiporro. El hombre parecía tener prisa, pero la niña le preguntó:
— Perdone señor, ¿quiere usted fósforos?
— No, gracias. Hace mucho frío para sacar las manos de los bolsillos —respondió el hombre, y se marchó a toda prisa.
La niña vio al hombre marcharse y se sintió sola. Se acurrucó junto a un farol esperando sentirse acompañada. Al rato pasó una señora que llevaba una canasta, de la que salía un agradable aroma a pan caliente.
— Disculpe señora —preguntó la niña— ¿necesita usted fósforos?
— No niña ¿qué no ves que tengo prisa? Debo llevar el pan a casa antes que se enfríe.
— Perdone usted, señora. — respondió apenada la niña.
La mujer se fue casi corriendo porque el frío era demasiado; el viento comenzó a soplar y la nieve era cada vez más intensa. El frío metal del farol no parecía un gran compañero y la pequeña vendedora se refugió en el portal de la casa más cercana. Se acurrucó bajo el alero de la puerta y como aun sentía mucho frío, sacó un fósforo de la caja.
— No creo que mi madrastra se enoje si enciendo sólo uno para calentarme las manos —se dijo.
La niña encendió el fósforo y de pronto, a través de la luz le pareció ver un bello árbol de Navidad que resplandecía en llamativos colores. Estaba maravillada viendo esa aparición cuando el fósforo se apagó. Al cabo de un minuto quiso ver de nuevo el árbol, no estaba segura si lo que había visto era real, de modo que tomó otro fósforo y lo encendió.

Esta vez la niña vio a su abuela a quién apenas recordaba, pues la alcanzó a conocer cuando era muy chiquita.
— ¡Abuelita! —se dijo, sorprendida. Pero antes que pudiera decir algo más, el fósforo se apagó.
En ese momento se dio cuenta que sólo quedaba un fósforo en la caja. Se apenó pensando que la regañarían, pero como tenía mucho frío y quería volver a ver a su abuela, sacó el último palito y lo encendió.

Esta vez la llama era más grande y a través de la luz vio una figura, rodeada de un resplandor cálido, que se acercaba... era su madre, quién había muerto hace poco más de un año y a quién tanto echaba de menos. Su madre se veía alegre y estiraba sus manos para abrazarla.
— ¡Mamita, mamita... llévame contigo, que aquí me estoy muriendo de frío! —gritó la pequeña, sollozando de felicidad, mientras se abrazaba a su mamá.
Ya no sentía frío, sino un calor agradable. El calor del amor maternal. Su mamita la tomó en brazos y se llevó junto con el resplandor del último fósforo que caía sobre la fría nieve. A la mañana siguiente las gentes del pueblo descubrieron, junto a la entrada de una casa, el pequeño cuerpecito de la vendedora de fósforos que yacía helada, acurrucada en la nieve.

Fin
Un Cuento de Navidad
Basado en la novela de Charles Dickens
Adaptación de Ethan J. Connery

Ebenezer Scrooge era un viejo con dinero y el único socio que había tenido en la vida, Marley, había muerto hacia un tiempo. Scrooge era una persona avara. Vivía en su mundo y nada ni nadie le agradaba. Cuando llegaba la época de Navidad, Scrooge se encerraba en su negocio a trabajar, porque odiaba la Navidad. Siempre se le escuchaba, a través de su ventana, regañar consigo mismo:

-¿Navidad? ¡Báh ...son puras paparruchas! -Solía decir.

El viejo cascarrabias tenia una rutina que repetía todos los días: caminaba por la misma calle sin detenerse a saludar a nadie y lo mismo, la poca gente que le parecía conocida, no lo saludaba, porque solía contestar con un regaño.

Sucedió que una noche, en víspera de Navidad -cuando todo el mundo se encontraba en las calles, comprando regalos y víveres para celebrar una buena cena de Navidad- que el viejo Ebenezer se encontraba en el despacho de su negocio, contando su dinero... su dinero, que tanto él como su socio Marley, habían alcanzado a acumular durante toda la vida, explotando a la gente.

La puerta de su despacho estaba medio abierta, y a través de ella vigilaba cautelósamente a su ayudante: un joven pobre que trabajaba para él por una módica suma que apenas le servía para mantener a su familia. El ayudante se encontraba escribiendo unas cartas en limpio, cuando de repente llegó al negocio el nieto de Ebenezer Scrooge, un pequeño y alegre muchacho de nombre Fred, que entró al despacho de su abuelo.

-¡Feliz Navidad, abuelo Ebenezer!
-¡Báh... pamplinas!

Scrooge, molesto por la interrupción del pequeño, no recibió su saludo de buen gusto, pero el niño, acostumbrado al desaire de su abuelo, no le afectó demasiado la respuesta.

-Abuelo Ebenezer, por favor, ven a pasar la Navidad con la familia.
-¡Olvídalo muchacho! No estoy para esas tonterías. Díle a tus padres que mejor se preocupen de ahorrar su dinero en lugar de malgastarlo tan bobamente... ¡Que no piensen después pedirme dinero prestado si les llega a faltar!
-Pero abuelo Ebenizer, estará toda la familia, y mi madre se ha esmerado en cocinar una rica cena.
-¡Ya vete Fred, mozalbete, déjame trabajar en paz!

El niño, espantado ante la ira de su abuelo, corrió presto a su casa. Mientras tanto, el ayudante de Scrooge, el joven Bob Cratchit, siguió trabajando hasta bien entrada la noche... ¡Y eso que era Navidad! Ebenezer lo había amenazado, diciéndole que si se tomaba ese día libre él lo despediría, sin derecho a paga.

El viejo Scrooge vivía en una casa enorme y solitaria, tan fría como su corazón. Esa noche dejó a su ayudante trabajando y se fue a su casa a dormir. Sería ya bastante de noche cuando, encontrándose Scrooge en su cuarto, se le apareció un fantasma. Scrooge lo miró aterrorizado:

-¡No puede ser! ¿Eres tú, Marley?

Su socio de ultratumba, había venido del más allá, a visitar al cascarrabias de Ebenezer.

-¡Ebenezer! -le dijo el fantasma- He venido para hacerte recapacitar. Yo fuí igual que tu en vida, y como fuíste mi único amigo, me daría pena que tuvieras el mismo destino que me ha tocado. Esta noche, recibirás la visita de 3 espíritus: los espíritus de la Navidad Pasada, Presente y Futura. Te pido que veas lo que tienen que mostrarte.

El fantasma de Marley desapareció tras la pared, ante el asombro de Scrooge, quién se dió unas palmadas en la cara para averiguar si acaso no estaría soñando. Al rato pensó que podía estar alucinando, le entró el sueño y se disponía a dormir, cuando llegó el primer espíritu:

-Soy el espíritu de la Navidad Pasada. Ven, recordaremos lo que fue de tu vida, Ebenezer.

Esta vez, Ebenezer se dio cuenta que no era un sueño, y siendo un espíritu quién le hablaba, se dejó guiar por sus órdenes. El espíritu lo llevó al lugar donde Ebenezer había nacido. Scrooge se vió a sí mismo, cuando niño y junto a sus padres que lo criaban, despertando en él el recuerdo de su infancia. Así siguió el Espíritu de la Navidad Pasada, durante algunas horas, enseñándole a Scrooge los recuerdos de sus primeras Navidades. El viejo se vió a si mismo cuando era un chiquillo y trabajaba de aprendiz en una tienda, recordando buenos y malos tiempos. Después se vió junto a su señora a quién había querido mucho, pero que lamentablemente la muerte se la había llevado a causa de una larga enfermedad. También presenció el alejamiento de su único hijo, quién se fue con una tía tutora tras la muerte de la madre, porque Evenizer no tenía tiempo para criarlo debido a sus negocios. Finalmente se vió en un cuarto completamente sólo y triste... el mismo cuarto dónde él se encontraba ahora, pues había vuelto a aparecer en su cama. El primer espíritu se había desvanecido.

-¡Quizá fue sólo un mal sueño! -se dijo Ebenezer, nuevamente- Estas cosas no pasan de verdad. Mejor será que me vuelva a dormir.

Estaba a punto de dormirse el viejo, no sin antes pensar muchas cosas, cuando de repente llegó el segundo espíritu. Pero esta aparición fue diferente: una luz deslumbrante y azulada venía del cuarto contiguo. Scrooge pensó que podía ser un ladrón y se levantó para sorprenderlo. Entró al cuarto, pero extráñamente el cuarto ya no era el mismo, había cambiado... las paredes eran diferentes y había cientos de platillos de comida de lo más exisito. La mejor cocina del mundo estaba ahí, y junto a los platillos, un gigante glotón vestido de túnica blanca y con una antorcha en la mano.

-Soy el espíritu de la Navidad Presente. Sujétate a mi túnica, Ebenezer.

Ebenezer se sostuvo de la túnica y fue transportado a la plaza del pueblo. El centro se encontraba abierto, a pesar de la hora, y se apreciaba gran movimiento de gente. Los restaurantes y pequeños negocios recibían a sus visitantes con hermosas luces de colores. Abetos de Navidad prolijamente decorados se alzaban en cada ezquina. La gente reía y se abrazaba deseándose una feliz Navidad. Evidentemente, nadie saludaba a Ebenezer, pero en esta ocasión era porque nadie les veía, pues debido al poder del Espíritu de la Navidad Presente, tanto el espíritu como Ebenezer, eran invisibles.

Mientras veía estas escenas, el viejo Scrooge se preguntaba cual era la causa de tanta alegría, aun así le pareció agradable y hasta sintió el no poder estar realmente ahí. Después de esta visita el Espíritu le llevó a conocer la casa de su ayudante, Bob Cratchit, a quién había dejado trabajando en su negocio esa noche.

-¡No es posible! ¡Pero si dejé a Bob trabajando en esas cartas! Le advertí que si no terminaba el trabajo lo despediría y seguro que con todo el trabajo que le dejé no pudo haberlo terminado. ¡Ah, ya se las verá conmigo en la mañana cuando llegue a trabajar!

Había acabado de decir eso, cuando advirtió lo feliz que se veía Bob Cratchit celebrando en compañía de su familia; su mujer y su pequeño hijo. Eso a pesar de ser pobres, ya que sabía que lo que le pagaba no era suficiente para mantenerlos a todos. Ebenezer se sintió incómodo ante la escena y le pidió al espíritu que se marcharan de ahí.

Desaparecieron de la casa de Bob y aparecieron a la entrada de la puerta de la casa de su nieto Fred. Desde la ventana y a través del vidrio rodeado de hielo por la nieve pudo apreciar con toda claridad cómo disfrutaba su familia, ¡Su propia familia, a la que nunca veía! ...durante esa noche especial; estaban su hijo junto a su mujer y su nieto a quienes nunca quizo reconocer como parientes sólo porque su hijo no siguió el mismo negocio del viejo.

Ebenezer Scrooge sintió algo muy extraño, algo que no había sentido desde hace mucho, pero no dijo nada. Sólo le pidió al espíritu que lo sacara de ahí. Pasó sólo un momento y Scrooge volvió a su cuarto, al tiempo que el segundo espíritu se desvanecía. Ebenezer se vió sentado a los píes de su cama, mirando el suelo. Una profunda sensación de soledad como no la había sentido nunca le invadió. Quizo tenderse en la cama un instante, pero tan pronto como se dejó caer sobre la almohada, un viento frío entró por su ventana.

-He soñado mucho esta noche. No recuerdo haber dejado abierta mi ventana. -y se levantó a cerrarla- Quizá sea sonámbulo y no lo sepa. -pensó.

Cerró la ventana y no hizo más que darse la vuelta cuando, paralizado de miedo, vió ante el una enorme figura como un espanto: era como un fantasma vestido con una gran manta negra que le crubría todo, incluso el rostro. Sólo se podían ver sus manos, que sujetaban fuertemente un bastón.

-¡¿Quién... quién eres tú?! -Preguntó asombrado, Ebenezer. La figura no contestó.
-¿Eres acaso el tercer espíritu? ¿El espíritu de la Navidad Futura?

La figura asintió con la cabeza. Pero antes que Ebenezer se acercara, el espíritu de avalanzó sobre él. El viejo se encongió asustado, manoteando al aire, pero cuando quizo ver dónde estaba descubrió con asombro que se encontraba en medio de un cementerio, quizás el cementerio del pueblo.

Un hombre lloraba con una mujer junto a una pequeña tumba con flores. La escena era trágica; eran su ayudante, Bob y su mujer, la tumba pertenecía al pequeño hijo quién había muerto de una enfermedad.

-¡Si tan sólo hubiese podido pagar un médico! -sollozaba el pobre Bob- ¡Mi hijo, nuestro pequeño!

A Ebenezer Scrooge se le hizo un nudo en la garganta. Pensar que el hijo de Bob Cratchit moriría por su causa... cayó de rodillas al suelo. Cuando alzó la vista vió que Bob se acercaba a una segunda tumba y sobre ella depositaba otro manojo de flores.

-¿Porqué le dejas flores a ese viejo, si fue el quién te despidió? -preguntaba a sollozos la mujer de Bob.
-Nadie más lo visita, querida -dijo Bob- es cierto que era un viejo cascarrabias... pero yo debí trabajar esa noche tal como me lo pidió. Fue por mi culpa que murió el niño, no lo culpes a él. El viejo no tenía a nadie y además, siempre pensé que en el fondo, "Ebenezer Scrooge podía ser un buen hombre".

Ebenezer escuchó atónito la conversación. Lo que estaba viendo era la noche de la Navidad futura. Su espíritu sumergido en el remordimiento lo hizo llorar tan desconsoladamente como nunca lo había hecho. Su dependiente, su ayudante, más bién "su amigo"... Bob, Bob Cratchit, le había dado la lección de su vida.

-Eso es todo. No necesito más lecciones..., regresemos, Espíritu de la Navidad Futura. Regresemos a mi cuarto. Hay algo que debo hacer.

El espíritu que lo había observado todo con cuidado, se avalanzó una vez más sobre Ebenezer, y un momento más tarde, el viejo Scrooge aparecía nuevamente a los píes de su cama. El reloj tocó las 11 de la noche.

- o -


Era casi medianoche cuando alguien llamó a la puerta de la casa de Bob Cratchit. Bob y su mujer se levantaron de su cama -pues no habían tenido nada para cenar aquella noche especial- y fueron a averiguar quién era la persona que llamaba a su casa con tanta insistencia. Descubrieron con asombro que sobre la nieve y junto a la puerta había un pequeño cofre lleno de monedas oro. Unas huellas en la nieve delataban al "San Nicolás" que los había visitado: eran las huellas de los caros zapatos de Ebenezer Scrooge.

-¡No puede haberlas dejado él! -pensó Bob, ...en voz alta.
-¿Quién? ¿Quién ha dejado esto? -preguntó su mujer.
-¡Feliz Navidad, Bob! ¡Ho ho ho! -se oyó en la distancia el inconfundible bozarrón del viejo Scrooge, quién a paso veloz desaparecía tras la luz de un iluminado farol de la esquina, ante la atónita mirada de los moradores de la casa.

Unos breves minutos después, Scrooge entraba en casa de su hijo, a quién no había visitado en años....

-¡Bribón! ¿Dónde está el pequeño mozalbete? -preguntó el viejo.
-Pero Padre, ¡¡¿que hace Ud. aquí?!!
-¿De qué hablas? ...si tu hijo, el pequeño Fred, me ha invitado en nombre tuyo y de nuestra familia a la cena de Navidad. Eh, por cierto que les he traído unos obsequios, además de un pavo recién cocinado en el negocio de doña Heidi. Sólo por si... llegara a hacer falta, querido hijo.

Padre e hijo se abrazaron, mientras en el aire se escuchaban las campanas que anunciaban la medianoche. Era la mejor Navidad que Ebenezer Scrooge había pasado en mucho tiempo, pues se había prometido cambiar para siempre al hombre que una vez... una vez, hacía mucho años, había sido.
El Abeto
Hans Christian Andersen
Allá en el bosque crecía un joven abeto. Tenía un buen sitio y no le faltaba el sol ni el aire. En torno suyo crecían muchos compañeros mayores, abetos y pinos. Pero el pequeño abeto tenía mucha prisa en crecer. No pensaba en el sol tibio ni en el aire fresco, ni atendía a los niños de la aldea cuando pasaban charlando en busca de fresas o frambuesas. A veces venían con toda una cántara llena o con fresas ensartadas en un junco, y se sentaban junto al arbolito y decían:

-¡Ah, qué bonito es!

Pero al árbol no quería oír nada de aquello.
Al año siguiente había crecido un buen trecho y al siguiente uno mayor aún; porque se puede siempre saber los años de un abeto si se cuentan sus tramos.

-¡Ah, si fuera grande, como los otros árboles -suspiraba el arbolito-, y pudiera extender las ramas en torno mío y divisar con la copa el ancho del mundo! Los pájaros anidarían en mis ramas y cuando soplase el viento, cabecearía con tanta gravedad como ellos.

No gozaba con los rayos del sol, con los pájaros ni con las nubes rojas, que al amanecer y al ocaso navegaban sobre él.

Cuando llegó el invierno y la blanca nieve centelleaba a su alrededor, venía corriendo con frecuencia una liebre y daba saltos sobre el arbolito; ¡oh, era tan fastidioso! Pero pasaron dos inviernos y al tercero, el árbol era tan grande que la liebre tuvo que correr alrededor suyo. Oh, crecer, crecer, hacerse grande y viejo era el único placer de este mundo, pensaba el árbol.

En otoño venían siempre los leñadores y cortaban algunos de los árboles más grandes. Pasaba cada año, y el joven abeto, que ya había crecido mucho, se estremecía al verlo, porque los grandes, espléndidos árboles, caían a tierra con un estrepitoso crujido. Les cortaban las ramas y parecían desnudos, largos y delgados; apenas si se les reconocía, pero eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque. ¿Adónde iban? ¿Qué destino les esperaba?

En primavera, cuando llegan la golondrina y la cigüeña, les preguntó el árbol:

-¿Sabéis adónde los llevan? ¿Os los habéis encontrado?

Las golondrinas no sabían nada, pero la cigüeña se quedó pensativa, afirmó con la cabeza y dijo:

-Sí, creo que sí. He encontrado muchos barcos nuevos cuando volaba a Egipto. Tenían magníficos mástiles; yo diría que eran ellos, olían a abeto. Puedo felicitarte efusivamente, pues... ¡con qué majestad se alzaban!

-¡Ah, si yo fuese lo suficientemente grande para volar sobre el mar! ¿Cómo es el mar? ¿A qué se parece?

-¡Bueno, es tan difícil de explicar! -dijo la cigüeña, y se marchó.

-Goza de tu juventud -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tu nueva estatura, de la vida joven que hay en ti!

Y el viento besó el árbol y derramó lágrimas sobre él, pero el abeto no entendía.

Cuando se aproximaba la Navidad fueron cortados muchos árboles jóvenes, árboles que con frecuencia no eran mayores ni de más edad que este abeto, que no tenía paz ni sosiego sino que siempre quería marcharse. Estos jóvenes árboles, que eran precisamente los más hermosos, conservaban siempre sus ramas, eran colocados en los carros y los caballos los sacaban del bosque.

-¿Adónde irán? -se preguntaba el abeto-. No son mayores que yo, incluso hay uno que es más pequeño. ¿Por qué conservan todas sus ramas? ¿Adónde los llevan?

-¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! -piaron los gorriones-. Hemos estado mirando por las ventanas allá en la ciudad. ¡Nosotros sabemos dónde los llevan! ¡Oh!, les espera el esplendor y la gloria mayores que pueda imaginarse. Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los colocan en medio de confortables salones y los adornan con las cosas más preciosas, como manzanas doradas, bollos de miel, juguetes y cientos de luces.

-¿Y después? -preguntó el abeto, temblando con todas sus ramas-. ¿Y después? ¿Qué ocurre después?

-En realidad no hemos visto más, pero era maravilloso.

-¿Me tocará ir por este deslumbrante camino? -se regocijaba el árbol-. ¡Es mejor aún que cruzar el mar! Me muero de ganas de que llegue la Navidad. Ahora soy alto y ancho como los otros que se llevaron el año pasado. ¡Oh, si estuviera en el carro! ¡Si me encontrara ya en el confortable salón con toda brillantez y honor! ¿Y después? Sí, debe haber algo mejor, algo más hermoso, porque si no... ¿para qué habrían de adornarme de esta manera? Tiene que ocurrir algo más grande, más espléndoroso. ¿Pero qué? ¡Oh, cómo lo deseo! ¡Cómo lo ansío! Ni yo mismo sé lo que me ocurre.

-Disfrútame -dijeron el aire y el sol-. ¡Alégrate con tu fresca juventud al aire libre!

Pero no gozaba de nada; crecía y crecía, invierno y verano se mantenía verde, verde oscuro. Al verlo, la gente decía:

-¡Qué árbol más hermoso!

Y en Navidad fue el primero que cortaron. El hacha se hincó hondo en la madera. El árbol cayó a tierra con un gemido. Sintió un pesar, un desmayo, y dejó de tener pensamientos felices. Sintió pena de ser arrancado de su hogar, del lugar donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus queridos compañeros, ni a los pequeños arbustos y flores que crecían en derredor suyo, y quizás ni siquiera a los pájaros. La marcha no tenía nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta que, en el patio, descargado con los otros árboles, oyó decir a un hombre:

-¡Es espléndido! Elegimos éste.

Después vinieron unos criados totalmente uniformados y llevaron el abeto a un hermoso salón. En torno a sus paredes colgaban retratos, y junto a la gran estufa de porcelana había grandes jarrones chinos con leones en las tapas. Había mecedoras, sofás forrados de seda, grandes mesas llenas de libros con láminas y con juguetes por valor de cientos de coronas -por lo menos, así lo decían los niños-. Y el abeto fue plantado en una gran cuba llena de arena; pero nadie podía ver que era una cuba, porque la forraron con una tela verde y estaba colocada sobre una gran alfombra persa. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué iría a ocurrir? Tanto los criados como las señoritas de la casa vinieron a adornarlo. De las ramas colgaron pequeñas redes, recortadas de papel de colores; cada red estaba llena de caramelos; manzanas y nueces doradas colgaban como si hubiesen crecido allí y más de cien velitas rojas, azules y blancas fueron fijadas en las ramas. Muñecas que parecían vivas como si fueran personas -el árbol no había visto nunca nada igual- pendían de las ramas, y justo en la cima fue colocada una gran estrella de papel dorado. Todo aquello era esplendoroso.

-¡Esta noche! -decían todos-. ¡Esta noche estará deslumbrante!

"¡Oh -pensó el árbol-, ojalá fuese ya de noche y las luces estuvieran encendidas! ¿Y qué ocurrirá? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Vendrán volando los gorriones a la ventana? ¿Echaré raíces aquí y seguiré estando adornado durante el invierno y el verano?"

Ignoraba bastantes cosas, ¿no os parece? Y tenía verdadero dolor de corteza de pura ansiedad, y el dolor de corteza es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.

Por fin encendieron las velas. Qué brillo, qué resplandor. El árbol temblaba con todas sus ramas, tanto que una de las velas prendió fuego a una de ellas. ¡Uf, lo que dolía!

-¡Dios mío! -gritaron las señoritas, y lo apagaron con rapidez.

Entonces el árbol ya no se atrevió a mover una hoja. ¡Oh, era horrible! Tenía tanto miedo de perder algo de su esplendor; estaba aturdido de tanto brillo y... de pronto, la puerta del salón se abrió de par en par y una multitud de niños se precipitó sobre él como si fuesen a derribarlo. Las personas mayores venían muy serias detrás; los pequeños estuvieron callados, pero sólo un instante, porque en seguida comenzaron a armar ruido de nuevo. Bailaron en torno al árbol y arrancaron un regalo tras otro.

"¿Qué es lo que están haciendo? -pensó el árbol-. ¿Qué va a ocurrir?" Y las velas se gastaron hasta llegar a las ramas y fueron apagadas cuando se consumieron, y entonces los niños obtuvieron permiso para despojar al árbol. ¡Ah!, se precipitaron sobre él, de modo que crujieron todas sus ramas; de no haber estado sujeto por la cima y la estrella de oro al techo, lo hubieran derribado.

Los niños bailaron alrededor con sus bonitos juguetes. Nadie se fijó más en el árbol excepto la vieja niñera, que fue a mirar entre las ramas, pero sólo para ver si no se había quedado olvidado algún higo o alguna manzana.

-¡Un cuento, un cuento! -gritaron los niños, empujando a un hombrecillo obeso hacia el árbol. Se sentó bajo él.

-Como si estuviésemos en el bosque -dijo-; al árbol le gustará también mucho oírlo. Pero contaré sólo un cuento. ¿Queréis oír el de Ivede-Avede, o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por la escalera pero subió al trono y se casó con la princesa?

-¡Ivede-Avede! -gritaron unos-. ¡Klumpe-Dumpe! -gritaron otros. Todo era un puro clamor y griterío; sólo el abeto se mantenía callado y pensaba:

"¿Tendré que intervenir en esto? ¿Tendré que hacer algo?"

Y claro está que había intervenido y había hecho cuanto tenía que hacer.

Y el hombre gordo contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que cayó por la escalera y, sin embargo, se sentó en el trono y se casó con la princesa. Y los niños aplaudieron y gritaron:

-¡Cuenta, cuenta! -porque querían también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que conformarse con el de Klumpe-Dumpe.

El abeto permanecía muy quieto y pensativo: nunca los pájaros del bosque habían contado cosas parecidas.

"Klumpe-Dumpe cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. ¡Sí, sí, así pasa en el mundo! -pensó el abeto, convencido de que era verdad lo que aquel caballero tan fino había contado-. ¡Vaya, quién sabe, quizá me caiga yo también por la escalera y me case con una princesa!", y se regocijó al pensar que al día siguiente sería cubierto con velas y juguetes y frutas doradas.

"¡Mañana no temblaré! -pensó-. ¡Voy a disfrutar plenamente de todo mi esplendor! Mañana oiré de nuevo el cuento de Klumpe-Dumpe y quizá el de Ivede-Avede", y el árbol permaneció en silencio y pensativo toda la noche.

Por la mañana entraron el criado y la criada.

"Ahora -pensó el árbol- comenzarán a adornarme de nuevo"; pero lo arrastraron por la sala y, escaleras arriba, lo metieron en el desván y allí lo dejaron, en un rincón oscuro, donde no llegaba luz alguna.

"¿Qué significará esto? -pensó el árbol-. ¿Qué tendré que hacer aquí? ¿Qué tendré que oír?"

Y se mantuvo contra la pared y pensó y pensó. Y tuvo mucho tiempo, porque pasaron días y noches. No subía nadie y cuando por fin vino alguien, fue para poner unas grandes cajas en un rincón. El árbol estaba muy escondido, se diría que había sido olvidado por completo.

"¡Ahora es invierno! -pensó el árbol-. La tierra está dura y cubierta de nieve, los hombres no pueden plantarme; por lo tanto tengo que estar aquí esperando hasta la primavera. ¡Qué bien pensado! ¡Qué inteligentes son los hombres! Si no estuviera esto tan oscuro y tan espantosamente solitario. Ni una pequeña liebre acierta a pasar. Era tan agradable allá en el bosque cuando había nieve y la liebre pasaba saltando. Sí, incluso cuando brincaba sobre mí, aunque no me gustara entonces. ¡Esta soledad es insoportable!"

-¡Pi, pi! -dijo justo entonces un ratoncito asomándose, y otro le siguió. Olisquearon el abeto y corretearon por entre sus ramas.

-¡Hace un frío horrible! -exclamó el ratoncito-. De no ser por eso se estaría muy bien aquí. ¿No es verdad, viejo abeto?

-¡Yo no soy viejo! -dijo el abeto-. ¡Hay muchos que son más viejos que yo!

-¿De dónde vienes? -preguntaron los ratones-. ¿Y qué sabes? (eran terriblemente curiosos). Háblanos del sitio más bonito de la tierra. ¿Has estado allí? ¿Has estado en la despensa, donde hay quesos en los estantes y los jamones cuelgan del techo, donde se baila sobre velas de sebo y se entra muy delgado y se sale gordo, gordo?

-No lo conozco -dijo el árbol-, pero conozco el bosque, donde brilla el sol y donde cantan los pájaros. Y entonces les contó detalles de su juventud. Los ratoncitos no habían oído nunca nada semejante. Escucharon con la boca abierta y dijeron:

-¡Oh, cuánto has visto! ¡Qué suerte has tenido!

-¿Yo? -dijo el abeto, y reflexionó sobre lo que había contado-. Sí, después de todo, fueron tiempos muy divertidos. Y les explicó lo de la Nochebuena, cuando había sido adornado con velas y dulces.

-¡Oh! -dijeron los ratones-. ¡Qué suerte has tenido, viejo abeto!

-¡Yo no soy viejo! -exclamó el árbol-. Os diré que, en este invierno en que he venido del bosque, me encontraba en plena juventud, apenas si había terminado de crecer.

-iQué bien lo cuentas! -dijeron los ratoncitos.

Y la noche siguiente vinieron con cuatro más, para oír al árbol contar su historia y cuanto más contaba, con mayor frecuencia se acordaba de todo y pensaba:

"A pesar de todo, fueron tiempos muy divertidos, que volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por la escalera y, sin embargo, se casó con la princesa. Quizá también yo me case con una".

Y entonces recordó a un gracioso abedul que crecía en el bosque y que, para el abeto, era una verdadera princesa.

-¿Quién es Klumpe-Dumpe? -preguntaron los ratoncitos.

Y entonces el abeto les contó todo el cuento. Podía recordarlo palabra por palabra, y los ratoncitos estuvieron a punto de saltar hasta la cima del árbol de tanto como les divirtió.

La noche siguiente vinieron muchos ratones más y el domingo incluso dos ratas. Pero dijeron que el cuento no era nada divertido y esto puso muy tristes a los ratoncitos, porque entonces también ellos pensaron que no era una gran cosa.

-¿Y ése es el único cuento que sabes? -preguntaron las ratas.

-Sólo ése -respondió el árbol-. Lo oí contar durante mi noche más feliz, pero entonces no sabía lo feliz que era.

-¡Es un cuento malísimo! ¿No sabes ninguno sobre tocino y velas de sebo? ¿Ningún cuento de despensa?

-¡No! -dijo el árbol.

- Pues muchas gracias -contestaron las ratas y se volvieron a casa.

Al fin hasta los ratoncitos dejaron también de venir, y entonces el árbol suspiró:

-Pues era muy agradable ver sentados a mi alrededor a los traviesos ratoncitos, escuchando mis historias. ¡Ahora también se han ido! Aunque procuraré divertirme cuando vuelva a salir.

¿Pero cuándo iba a ocurrir aquello de volver a salir?

Pues sí, ocurrió una mañana en que vino gente y revolvió en el desván. Quitaron las cajas y sacaron el árbol; lo tiraron con pocos miramientos al suelo, pero en seguida un criado lo arrojó por la escalera donde había luz.

"¡Ahora comienza la vida de nuevo!", pensó el árbol. Sintió el aire libre, los primeros rayos del sol, y entonces se encontró en el patio. Todo ocurrió tan rápido que el árbol se olvidó de mirarse, tanto había que mirar alrededor. El patio daba a un jardín donde todo florecía. Las rosas colgaban frescas y fragantes sobre la barandilla, los tilos estaban en flor, y las golondrinas volaban y decían: "¡chuit, chuit, chuit, ha venido mi marido! ", pero no se referían con ello al abeto.

-¡Ahora voy a vivir! -gritó lleno de alegría, alargando sus ramas.

¡Ay!, estaban todas secas y amarillas. Había caído en el rincón entre la maleza y las ortigas. La estrella de papel dorado estaba todavía en la cima y brillaba al sol espléndido.

En el patio jugaban algunos de los alegres niños que habían bailado en torno al árbol durante la Nochebuena y que tanto les había gustado. Uno de los pequeños corrió y arrancó la estrella de oro.

-¡Mira lo que todavía queda en el repugnante, viejo árbol de Navidad! -dijo, pisoteando las ramas, que crujieron bajo sus botas.

Y el árbol miró todo el esplendor de las flores y el frescor del jardín, se miró a sí mismo y deseó no haber salido de su oscuro rincón en el desván. Recordó su verde juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncitos que con tanto gusto habían oído el cuento de Klumpe-Dumpe.

"¡Todo pasó, todo pasó! -dijo el pobre abeto-. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado".

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: "¡Pif, paf!". Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.
La Mula del Cura
Cuento popular español
Era un señor cura que tenían una noria y una mula que estaba día y noche enganchada a la noria dando vueltas para sacar el agua. La noria estaba muy cerca de la casa del señor cura. Él tenía unas esquilas puestas a la mula para poder oírlas desde su casa. Cuando se paraban las esquilas, es que se había parado la mula. Entonces el cura se asomaba a la ventana, desde allí arreaba a la mula, y ella seguía dando vueltas.

Un día pasaron por allí unos estudiantes que tenían mucha hambre y no tenían dinero para comer. Empezaron a estudiar la manera de robar al cura la mula; pero no podían llevársela y dejar la noria parada, porque el cura al no sentir las esquilas desde su casa, se asomaría a la ventana y vería en seguida que le habían robado la mula.

Acordaron que al que le tocara, se quedaría dando vueltas a la noria para que sonaran las esquilas, y así el cura no se daría cuenta hasta que ellos estuvieran lejos. Así lo hicieron, y el que quedó dando vueltas a la noria estuvo toda la noche; pero cuando se cansó, se paró. El cura, al levantarse y no oír las esquilas, se asomó a la ventana y, viendo a un hombre en lugar de su mula, se armó con un cuchillo muy grande y se fue a ver qué pasaba. Al verle llegar, al estudiante se le pusieron los pelos de punta, pero ya tenía pensado lo que iba a decirle y le dijo:

-Mire usted, señor cura. Yo soy su mula, que estaba castigada por una vieja a tirar veinte años de una noria. Hoy cumple el plazo, y como he rezado mucho, Dios ha hecho que vuelva a mi forma humana. Así que usted me tendrá compasión y me dejará marchar sano y salvo. Si en alguna ocasión volviera a encontrarme hecho mula, no se asuste, soy el mismo.

El cura, al oír la relación del estudiante, le dejó marchar, encargándole que rezara mucho para no volver a ser castigado. El estudiante cuando se vio libre, fue en busca de sus amigos y les contó lo ocurrido. Y fueron a la feria a vender la mula del cura.

El cura fue a comprar otra mula a la feria. La primera que vio fue la suya; pero se apartó de ella como alma que lleva el diablo, diciendo:

-¡A mí ya me la has dado una vez! ¡Ahora, el que no te conozca te compre!
El Samurai y los tres gatos
Un samurai tenía en su casa un ratón del que no llegaba a desembarazarse. Entonces adquirió un magnifico gato, robusto y valiente. Pero el ratón, más rápido, se burlaba de el. Entonces el samurai tomo otro gato, malicioso y astuto. Pero el ratón desconfió de el y no daba señales de vida mas que cuando este dormía. Un monje Zen del templo vecino presto entonces al samurai su gato: este tenía un aspecto mediocre, dormía todo el tiempo, indiferente a lo que le rodeaba. El samurai encogió los hombros, pero el monje insistió para que lo dejara en su casa. El gato se pasa el día durmiendo, y muy pronto, el ratón se envalentono de nuevo: pasaba y volvía a pasar por delante del gato, visiblemente indiferente. Pero un día, súbitamente, de un solo zarpazo, el gato lo atrapo y lo mató. ¡Poder del cuerpo, habilidad de la técnica no son nada sin la vigilancia del espíritu!
El Sapete que se enamoró del Sol
Marta Brunet, chilena
Resulta que una vez había una familia de Sapos muy feítos, muy negrucios y muy saltones, que vivían en el fondo de un pozo hondo y obscuro. Y resulta que en esta familia había un Sapo muy joven que se llamaba Sapete, y que se pasaba la vida mirando para arriba, para la boca del pozo, allí donde el cielo ponía una moneda de plata azul o de oro rubio, o por donde echaba la lluvia sus largos hilos de agua o por donde se mostraban los clavos refulgentes con que la noche sujeta su toldo. Y Sapete, cuando bajaba el balde en busca de agua, tenía unas grandes tentaciones de echarse en él de cabeza, para que lo subieran a conocer todo eso que había arriba y que, según decían, era el mundo.

Pero una vez que expresó este deseo delante de su familia, le dijeron que no pensara más en tal cosa, porque allí estaban los Señores-Hombres, que matan de un escobazo o de un pisotón a los sapitos negrucios, y estaban también las aves que hallaban muy sabroso comerlos.

En verdad -según la familia sabihonda-, en la tierra sólo calamidades esperaban a los sapos.

Pero a Sapete estas pavorosas perspectivas no le hicieron gran mella. Y un buen día, cuando el balde se llenaba de agua, dio un saltito y se dejó caer en él. Empezó el balde a subir y un gran pozo fue inundando a Sapete y luego una claridad lo deslumbró, y cuando llegó arriba y unas manos tomaron el balde para volcar su contenido en un jarro, oyó gritos de asco, y apenas, dando un brinco prodigioso, pudo librarse del zapato que amenazaba reventarlo.

Pero logró ocultarse entre unas matas.

-¡El SOl!

Fue tal su sorpresa cuando vio al SOl, que un largo rato lo estuvo mirando con ojos redondos de asombro. No sabía que era esa especie de gran redondel brillante que iba cayendo allá a lo lejos, en una especie e charca de agua blanca con ribetes rojos. Tampoco sabía qué era la yerba, ni las flores, ni los arbustos, ni los árboles, ni el cielo. El conocía sólo el pozo negro con su agua obscura y el balde que bajaba y subía. Y el pobre Sapete creyó que el Sol era también un balde que iba a buscar agua en aquella extraña charca blanca ribeteada de rojo.

Y en el corazón de Sapete nació el deseo violento de llegar hasta aquel balde y echarse dentro para llegar al país que está más allá de las colinas. Y se puso a andar, saltando, saltando, como andan los sapitos, hasta que se hizo noche obscura y el cansancio y el miedo lo hicieron buscar un refugio para dormir.

A la mañana siguiente el balde apareció en lo alto, por el lado contrario al que desapareciera. Subía el Sol y Sapete lo miraba fascinado subir y subir. Hasta que empezó a bajar. Y entonces Sapete empezó también a andar, saltando, como andan los sapitos, deseoso de llegar al país de las colinas, junto a la charca blanca ribeteada de rojo, y allí esperar el balde prodigioso y dejarse caer en él de un salto. Pero la noche se vino encima y no alcanzó su objeto.

Desde entonces la vida de Sapete no fue sino una constante marcha en pos de ese balde lejano, sin desanimarse, sin una duda, firme en su esperanza, mirando siempre a lo alto.

Pero resulta que una mañana en que iba a descubierto por un prado de tierno trébol, lo vió desde arriba un águila que se descolgó como una flecha sobre él, aprisionándolo para llevarlo a su cría como desayuno.

Sapete no supo que iba a morir. Sólo pensó que lo elevaban y que iba a alcanzar el gran balde, el Sol, el Sol que recién amanecido era una bola roja. Tuvo un momento de perfecta dicha y luego murió, sin dolor, entre las fuertes garras que lo aprisionaban.

Y aquí acabó la triste y bella historia de Sapete, el enamorado del Sol. Esta historia que, como todas las que siguen, me la contó Mamá Tolita hace muchos años, pero muchos años cuando yo era una niña tan niña como lo eres tú ahora, Mari-Sol.
Guiñol
Ana María Matute, española (fragmento)
Yungo sintió un gran deseo de oír la música de su guitarra y empezó a pulsar la cuerdas.
Entonces, el telón empezó a descorrerse despacito, y aparecieron un par de muñecos con ojos de vidrio azul. Yungo sintió una gran alegría al verles, y continuó tocando su canción. Los muñecos empezaron a bailar. Decían:

-¿Oyes, Cristobalita, qué música?
-¡Cómo me gustaría oír siempre esta música, Currito!

Hacían gestos de gran alegría, y se inclinaban sobre Yungo, con la manita sobre la oreja, para escuchar mejor. Yungo estaba muy admirado, y al ver la atención con que los muñecos escuchaban tocaba con mayor gusto.

-¿Quién te enseñó estas palabras tan hermosas, niño? -le preguntaron los muñecos.

Entonces Yungo dejó de tocar, y los dos muñecos cayeron lacios sobre la boca del escenario. Sus bracitos pendían hacia el suelo, llenos de desolación, y Yungo se entristeció.
Por una esquina del escenario asomó la cabeza del hombre del guiñol. Era un hombre viejo, con gafas azules, y le llamó:

-¿Quién eres tú, muchacho? Hace mucho tiempo que nadie viene a contemplar mis muñecos. ¿Sabes? Las gentes prefieren el tiro al blanco, los tiovivos y los papeles del porvenir. Dicen que mis muñecos son demasiado tristes. Y es que yo también tengo el corazón lleno de pena, y no puedo hacerles decir cosas alegres.

Yungo estaba muy admirado y, como no podía hablar, volvió a tocar la guitarra...
La Costa
Equipo Arrayán - Chile, 1992
El otro día fuimos a la costa. Mi mamá quería mirar el mar, mi papá sentir el viento y mi hermana jugar en la arena. Yo quería navegar en bote. Como ya es otoño hace un poco de frío por lo cual la mamá dijo que podría hacerlo. Llegamos a la playa, tenía razón la mamá, hacía mucho frío y estaba nublado.

Me había dicho que vería a los pescadores, pero cuando llegamos no se veía ningún bote. Sólo, afirmado en una casa, había una especie de espantapájaros al revés. El papá dijo que era un traje de buzo secándose. Pero a esa hora no había sol.

Una señora salió de la casa del buzo, traía un canasta tapado con un mantel blanco. Por el olor supe lo que vendía. Eran tortillas al rescoldo. Compramos el pan. Era muy bueno, con cáscara dura y la masa como apretada. Eso me quitó un poco el frío. A esa hora ya aparecieron unos pocos rayos del sol y pude ver mejor el mar. Es inmenso y parece que no termina nunca. En un libro leí que cubría casi todo el planeta.

La más sorprendida con el mar era mi hermana. Le preguntó a la mamá.

-¿Cómo se mueve? -luego dijo- Parece que tiene leche.

¡Lo que son los niños chicos! Era la espuma. Como a las once, cuando ya me había sacado el gorro, y me había mojado las botas, vi los botes regresando.

Los botes de los pescadores eran grandes, de madera, pintados de amarillo, de verde, de rojo, de todos los colores. Me dio susto que se hundieran porque había marejada y venían muy cargados. Poco antes de tocar la playa apagaron los motores empezando a remar. Se venían con el impulso de las olas, los esperaban jóvenes y niños que los arrastraban en la arena. Ahí llegó mucha gente a buscar los pescados grandes, plateados y brillantes.

Almorzamos pescado ahumado en una especie de restaurante, al lado de la playa. Mi hermana dio vuelta la bebida dentro del balde donde tenía las conchitas y piedras que había recogido. En la tarde jugué a ser navegante y vi como cosían las redes. Eran inmensas y tenían a los bordes unas pelotas muy brillantes de colores. Las llaman flotadores.

Al anochecer llovió. En el viaje de vuelta a casa, primero se quedó dormida mi hermana, luego yo. Parece que soñé que era marino y viajaba por todo el planeta Tierra.
El relato de Noon
Basada en una leyenda del Antiguo Egipto
Adaptación de Ethan J. Connery

Se cuenta que en tiempos del antiguo Egipto, y mucho antes del tiempo mismo, existió un sabio llamado Noon, que era el único sabio del Mundo porque aun no habían sabios y por eso era el primero. Noon era tan sabio que si alguien hubiera existido en ese momento para verlo, seguro lo hubieran confundido con el agua o con la noche, porque era tan sabio que incluso ni existía, porque antes de él nada había, Noon podía ser el único sabio antes de que existiera incluso la sabiduría. Pero Noon no hablaba, ni caminaba ni cantaba. Noon sólo dormía.

Ocurrió sin embargo, que en cierta ocasión, la única ocasión que podía existir, porque antes no habían ocasiones, Noon despertó de su eterno sueño y al despertar no encontró nada, porque como él era lo único, nada más le acompañaba y solo encontró el aburrimiento, porque nada, absolutamente nada le rodeaba. No habían animales, ni plantas, ni personas... ni siquiera existían otros sabios aparte de él, porque claro, cuando Noon despertó, el Universo apenas existía.

Pero ocurrió que la sabiduría de Noon lo llevó a comprender que el era único, y al ser algo diferente a la nada, podía hacer cosas. Eso porque la nada nunca hace nada, pero cuando algo hay, entonces ya hay algo que puede hacerse. Cuando entendió que existía, Noon encontró su poder creativo y comenzó a crear. Cuando se puso manos a la obra, descubrió que tenía manos. Pero no erancualquier mano, eran las manos de un sabio ...del primero de todos.

Así Noon fue creando y creando cosas y el Universo, que antes era muy diminuto, comenzó a crecer. Creció y creció, y como a Noon lo hubieran confundido con el agua, decidió crear la tierra. Y así surgió en medio de un océano infinito, una pequeña isla de arena que fue creciendo y creciendo hasta formar una gran planicie que se perdía en la distancia. Y como la planicie había nacido del océano, algo de agua comenzó a descender desde las tierras que estaban un poco más altas, y pronto lo que era un hilo de agua se hizo un caudal y luego creció más hasta convertirse en un enorme río que desaparecía en el horizonte... entonces nació el río Nilo, y con él los verdes valles de Egipto.

Pero el verde aun no se conocía, porque aun los colores no existían. Ni aun Noon podía ver más allá de lo que era porque todavía se confundía con la noche. Con el tiempo, Noon continuó creando, y como cada vez habían más cosas, las fue combinando y así fue creando nuevas cosas, cada vez más maravillosas, pero aun así no se veían.

A Egipto le siguieron los cielos, el aire, las plantas y animales, pero Noon siguió más allá y decidió crear a otros sabios para que poblaran su Mundo. Un Mundo extraordinario pero que nadie veía, porque aun era de noche. Entonces, ocurrió que en una buena ocasión, porque ocasiones ya habían habido muchas, Noon comprendió que necesitaba algo más que tocar y sentir su Mundo. Noon quería verlo, porque todo lo que había era apenas una bruma, sin obscuridad absoluta, pero tampoco había luz. Entonces se decidió y convirtió la ocasión en día.

Y así nació un punto de luz como una estrella que brillaba, en una gota de agua que caía en las hojas de una flor de loto... una flor que flotaba perdida en las aguas del río Nilo. La flor se resistía a abrirse, pero el poder de la luz fue más evidente, y cuando la flor ya no pudo más, de su interior surgió un rayo de luz, y así nació el Sol, aquel astro que los antiguos egipcios llamaron Ra.

El poder que le faltaba al Mundo inundó de una deslumbrante belleza el océano y la isla de arenas con sus verdes valles y palmeras, así como a las aves y los animales de la tierra de Egipto. Y así nacieron los colores, en una brillante mañana, la primera de todas. Una mañana que arrojaba desde los cielos su primero rocío a la luz de una estrella, la más grande de todas que arqueaba sus rayos en múltiples colores.

Entonces Noon ya no era Noon, porque había creado tantas cosas que ya era mucho más sabio, y Noon se hizo Ra... el Sol del horizonte, el Sol de la mañana, el Sol del mediodía, e incluso el de la tarde. Pero ya era tarde y Noon, convertido en Ra, decidió volver al interior de las hojas de la flor de loto para descansar mientras duraba la noche, la primera de todas.

Pero a medida que el Mundo se habia ido creando, algo más había sido creado: algo casi imperceptible que sin embargo existía. Y sucedió que mientras Ra dormía, al Mundo le siguió el Tiempo, y con él los sabios, los pocos que existían, se hicieron hombres y los hombres decidieron crear...
Peter Pan
Érase una vez, muchos años ha, un niñito llamado Peter Pan. Este niño que estaba entre niño y joven, pero aun no llegaba a ser joven, decidió no crecer más. Así fue como un buen día se alejó volando del mundo y se fue a una tierra misteriosa y desconocida: la Tierra de Nunca Jamás.

En esa tierra de andanzas y magia misteriosa, Peter quizo vivir una vida de aventuras... pero una noche que regresó a nuestro mundo, persiguiendo a su sombra que se había escapado, encontró en su casa de Londres, Inglaterra, a una niña llamada Wendy Darling quien en ese momento le narraba cuentos a sus hermanitos John y Michael.
—Acompáñenme a la Tierra de Nunca Jamás —les invitó Peter— Mis amigos, los Niños Perdidos y yo nos encantan las historias interesantes.
—Pero... ¡Nosotros no podemos volar! —le contestó Wendy.
—¡Eso es muy fácil! —les dijo Peter- El Hada Campanilla, con sus polvos mágicos, les enseñará a volar.
Llegó Campanilla, que era un hada tan pequeña como una libélula, y les hechó un polvo mágico y pronto aprendieron a volar, y así, volando sobre las casas y edificios de Londres, se fueron a "Nunca Jamás". Cuando llegaron a la Tierra de Nunca Jamás, Peter les presentó a todos los animales y aves del bosque, y también a los Niños Perdidos. Todos aclamaron con entusiasmo a los nuevos invitados porque venían a contarles historias.

Todo parecía felicidad en Nunca Jamás, pero como en toda historia hay un "pero", existía en esa aventurada tierra un hombre malvado, conocido como el Capitán Garfio.

El Capitán Garfio vivía recorriendo los mares en un viejo buque pirata y tenía una tripulación perversa que siempre estaba buscando la forma de atacar a Peter Pan y sus amigos. Garfio odiaba a Peter porque en una de las tantas luchas, Pan le cortó su mano derecha y antes que el Capitán la recuperara, un cocodrilo se la comió. Esto hizo que el Capitán Garfio tuviera miedo del cocodrilo y por eso se había jurado a si mismo que se vengaría de Peter Pan.

Peter no podía dejar de inquietarse por la seguridad de sus amigos, las aves y animales, los Niños Perdidos y por supuesto Wendy, John y Michael Darling. Pero, para alivio de Peter, tenía otros amigos: los Indios de las Praderas de Nunca Jamás, que vivían en sus chozas y cabalgaban por la costa explorando en el horizonte del Océano, si acaso el buque pirata de Garfio acechaba.

Cuando los indios divisaban la nave, la Princesa Tigresa —que así se llamaba la princesa de los indios— corría a avisarle a Peter Pan que Garfio había bajado a tierra. En ese momento, todos los amigos de Peter se escondían en una casita subterránea, y asimismo lo fueron haciendo Wendy y sus hermanitos.

Al cocodrilo de Nunca Jamás le había gustado tanto la mano del pirata que siempre estaba siguiendo los pasos del Capitán, cada vez que el pisaba tierra, esperando el momento propicio para saborear otro delicioso bocadito de pirata a la italiana.

Una tarde, de esas tardes oscuras, Peter y Wendy vieron con horror como un bote del barco pirata se llevaba prisionera a Tigresa, la princesa india. Los malvados piratas la habían abandonado amarrada en la Roca de las Sirenas Cantoras.
— ¡Desátenla de inmediato, regresen a la playa y síganla! —gritó Peter, imitando la voz de Garfio para engañar a los piratas.
Cuando le cortaron las ataduras, la princesa se lanzó al agua y nadó rápidamente hasta la playa, y luego corrió a ocultarse en el bosque. Mientras eso pasaba, Peter Pan y Wendy, en un intento por salvar a Tigresa, quedaron atrapados en la Roca de las Sirenas Cantoras. La marea subió y subió y para salvarse, Wendy tuvo que alejarse amarrada a la cola de un volantín cometa de los Niños Perdidos y Peter se fue flotando, embarcado sobre un nido de pájaros que flotaba casualmente por ahí. Remó con las manos hasta llegar a la orilla, porque se le habían acabado los polvos mágicos del Hada Campanilla. Al final, todos se salvaron.

Para celebrar el rescate de la Princesa, Peter y los indios dieron una fiesta como nunca jamás se había dado en la Tierra de Nunca Jamás. Los invitados de honor fueron Peter Pan y los Niños Perdidos, y claro... Wendy y Michael también asistieron, mientras a John le permitieron tocar el tambor de la danza india.

Terminada la fiesta todos se fueron a sus casas, y Peter Pan y sus amigos se fueron caminando en fila india por el oscuro bosque, con Peter a la cabeza. Durante la marcha, el Capitán Garfio y su malévola tripulación se fueron raptando a los niños uno por uno y cuando los tuvieron a todos, se los llevaron al buque pirata.

Cuando Peter Pan llegó a la casita, se quedó pasmado al descubrir que nadie le seguía y que estaba completa y totalmente solo. Imaginándose lo ocurrido, voló junto a Campanilla, quién hasta ese momento se había quedado dormida en su bolsillo. Peter y Campanilla volaron y volaron, en medio de la noche, sobre el bosque hasta que llegaron al barco del Capitán Garfio... justo en el momento en que el Capitán y sus hombres estaban por lanzar, desde la tabla del buque, a todos los niños al mar.
—¡En guardia, Garfio! —gritó Peter.
El Capitán, furioso al ver a su oponente, corrió ciegamente hacia el que consideraba su más grande enemigo. Cuando el Capitán saltó hacia Peter, éste lo esquivó tan hábilmente que Garfio resvaló, cayendo por encima del barandal del barco... directamente a las fauces abiertas de su viejo conocido: el cocodrilo.

Peter Pan perdonó a los demás piratas cuando prometieron portarse bien en el futuro. Después, Peter y sus amigos se hicieron a la vela rumbo al mundo real para que Wendy y sus hermanitos John y Michael Darling volvieran a su casa escurriéndose por la ventana.
— ¡Adiós! —le gritaron a Peter.
Para ellos, la aventura de Nunca Jamás había terminado.


Fin
Las 6 Estatuas de Piedra y los Sombreros de Paja
Cuento Tradicional del Japón
Imagen (adaptada) de Lienyuan Lee

Érase una vez, un abuelito y una abuelita. El abuelito se ganaba la vida haciendo sombreros de paja. Los dos vivían pobremente, y un año al llegar la noche vieja no tenían dinero para comprar las pelotitas de arroz con que se celebra el Año Nuevo. Entonces, el abuelito decidió ir al pueblo y vender unos sombreros de paja. Cojió cinco, se los puso sobre la espalda, y empezó a caminar al pueblo.

El pueblo caía bastante lejos de su casita, y el abuelito se llevó todo el día cruzando campos hasta que por fin llegó. Ya allí, se puso a pregonar:
— ¡Sombreros de paja, bonitos sombreros de paja! ¿Quien quiere sombreros?
Y mira que había bastante gente de compras, para pescado, para vino y para las pelotitas de arroz, pero, como no se sale de casa el día de Año Nuevo, pues, a nadie le hacía falta un sombrero. Se acabó el día y el pobrecito no vendió ni un solo sombrero. Empezó a volver a casa, sin las pelotitas de arroz.

Al salir del pueblo, comenzó a nevar. El abuelito se sentía muy cansado y muy frío al cruzar por los campos cubiertos ahora de nieve. De repente se fijó en unas estatuas de piedra (jizos) que representaban a dioses japoneses. Había seis estatuas con las cabezas cubiertas de nieve y las caras escarchadas de hielo. El viejecito tenía buen corazón y pensó que las pobres estatuas debían tener frío. Les quitó la nieve, y uno tras uno les puso los sombreros de paja que no pudo vender, diciendo:
— Son solamente de paja pero, por favor, acéptenlos...
Pero solo tenia cinco sombreros, y las estatuas eran seis. Al faltarle un sombrero a la última, el viejecito le dio su propio sombrero, diciendo:
— Discúlpeme, por favor, por darle un sombrero tan viejo.
Y cuando acabó, siguió por entre la nieve hacia su casa. El abuelito llegaba cubierto de nieve. Cuando la abuelita le vio así, sin sombrero ni nada, le pregunto que que pasó. El le explicó lo que ocurrió ese día, que no pudo vender los sombreros, que se sintió muy triste al ver las estatuas cubiertas de nieve, y que como eran seis tuvo que usar su propio sombrero.

Al oir esto, la abuelita se alegró de tener un marido tan cariñoso:
— Hiciste bien. Aunque seamos pobres, tenemos una casita caliente y ellos no.
El abuelito, como tenía frío, se sentó al lado del fuego mientras abuelita preparó la cena. No tenían bolitas de arroz, ya que abuelito no pudo vender los sombreros, y en vez comieron solamente arroz y unos vegetales en vinagre y se fueron a la cama tempranito a dormir. A la media noche, el abuelito y la abuelita fueron despiertos por el sonido de alguien cantando. A lo primero, las voces sonaban lejos pero iban acercándose a la casa y cantaban:

El abuelito regaló sus sombreros
a las estatuas todos enteros
¡vamos a su casa, alijeros!

El abuelito y la abuelita estaban sorprendidos, aún más cuando oyeron un gran ruido, ¡Boom! ...corrieron para ver lo que era, y vaya sorpresa les dio al abrir la puerta. Paquetes y paquetes montados uno sobre otro, y llenos de pelotitas de arroz, vino y decoraciones para el Nuevo Año, mantas y kimonos bien calientes, y muchas otras Cosas. Al buscar quien les había traído todo esto, vieron a las seis estatuas alejándose con los sombreros de paja puestos en sus cabezas. Las estatuas, eran en realidad seis espíritus bondadosos que habían estado descansando de un largo viaje, y en reconocimiento de la bondad del anciano, les habían traído regalos para que los abuelitos tuvieran una próspero Año Nuevo.


Fin
Los Enanitos del Bosque

Había una vez un viudo y una viuda, cada uno con una hija. Un día, el viudo y la viuda se casaron, pero poco después, el viudo falleció, dejando a su hija, Amanda, al cuidado de su madrastra. La mujer mimaba a su propia hija, Susana, mientras maltrataba a Amanda, obligándola a realizar los trabajos más duros de la casa. Susana, en cambio, vivía como una verdadera princesa.

Un día, la madrastra llamó a Amanda y le dijo:
— Tráeme fresas del bosque. Toma tu canastillo y ve a buscarlas de inmediato.
— Pero —balbuceó tímidamente Amanda— estamos en invierno y en el bosque no hay fresas. Sólo encontraré hielo y nieve.
— ¡Silencio, chiquilla! Debes hacer lo que te ordeno. Si te digo que me traigas fresas del bosque, es porque debes traerme fresas, ¿has entendido? ¡Sin excusas! ¿Acaso no te regalé un precioso vestido? ¿Qué más quieres? Póntelo ahora mismo, coge el canastillo y ve.
— ¿El vestido es de papel? —gimoteó Amanda— ¡Me congelaré de frío!
— Si te da frío, corres y entrarás en calor.
— Sí, mamá.
— ¡Te he dicho que no me llames mamá!
— Sí, tiíta.
Amanda se puso su vestido de papel, tomó su canastillo, salió de casa llorando y se fue corriendo hacia la espesura. Así pasaron las horas, no encontraba fresas y ya era tarde. Cansada de tanto andar, llegó al medio del bosque y se sentó a descansar bajo las ramas de un enorme arce cargado de nieve.

Mientras descansaba bajo el árbol y perdida en los recuerdos de su padre, oyó unas vocecitas que hablaban muy cerca. Miró sorprendida hacia sus pies y vio a tres pequeños enanitos que parecían curiosos ante su presencia.
— ¿Qué queréis de mí? —preguntó desconcertada, Amanda.
— Perdona, niñita, ¿qué haces a estas horas en medio del bosque y en pleno invierno? —preguntó un enanito.
— Mi tiíta me ha mandado a recoger fresas silvestres.
— Oh, ya veo —dijo otro enanito, mirando el canastillo— ¿Y no tienes frío con ese vestido de papel?
— Sí, pero mi tiíta me ha dicho que corra para entrar en calor —dijo la inocente niña.
Los enanitos se miraron entre sí, preocupados, pero no dijeron nada.
— ¿Y ustedes qué hacen aquí? —preguntó amablemente, Amanda.
— Verás —dijo el tercer enanito— la nieve ha tapado la entrada a nuestra casa y no podemos entrar. Tenemos mucha hambre y frío aquí afuera.
Compadecida la niña, les ofreció el mendrugo de pan que le había dado su madrastra:
— Tengan, es sólo un mendrugo. Repartidlo entre los tres y se os quitará el hambre. ¿Dónde tenéis vuestra casa?
— ¡Gracias niñita! —respondió un enanito, aceptando el mendrugo y repartiéndolo con sus otros dos compañeros— Nuestra casita está muy cerca de ti, bajo las raíces del arce. Levanta aquella rama del árbol que está cubierta de nieve y podremos entrar.
Amanda levantó la rama del arce y vio una pequeña puerta, tan pequeña que solo cabía entrar de un enanito a la vez, y así lo hicieron. Amanda les abrió amablemente la puerta y ellos entraron con paso ligero, pero antes de cerrar la puerta, los enanitos susurraron entre sí:
— La niña es de corazón bondadoso y padece penurias: hay que hacer algo por ella...
— Yo —dijo uno— quiero que cada día sea más hermosa.
— Yo quiero que, en tanto le haga falta, cada palabra de sus labios se convierta en una moneda de oro —dijo otro.
— Muy bien. Yo quiero que el rey se enamore de ella —dijo el último enanito.
Pero la niña no escuchó esa conversación susurrada, así que los enanitos le dieron las gracias y desaparecieron tras la puertecita que se cerró con un mágico... ¡blink! ♪

Amanda se despidió, pero antes de irse observó asombrada que, entre la nieve, habían crecido unas enormes fresas silvestres. Llena de alegría, llenó su canastillo y dejó junto a la pequeña puerta un buen montón de fresas para los enanitos. Lo que Amanda no sabía era que ellos mismos habían hecho crecer las fresas para que ella las cogiera.

La niña tomó un sendero de regreso a su casa. Y aunque había pensado en correr para entrar en calor debido al frío, extrañamente un aire cálido la acompañó durante todo el trayecto. Amanda no le dio tanta importancia y se fue feliz con el canastillo lleno de fresas.

Cuando llegó a casa, la madrastra y su hija se asombraron muchísimo de que Amanda hubiera hallado fresas en mitad del invierno. Pero su asombro fue mayor cuando comprobaron que cada palabra que Amanda decía, se convertía en una brillante moneda de oro.
— Ese bosque debe estar encantado —dijo envidiosa, Susana— Mamá, prepárame mi vestido de pieles que yo también quiero ir a buscar fresas al bosque.
Así lo hizo la madrastra, y cuando Susana llegó al medio del bosque, siguiendo las huellas en la nieve que había dejado Amanda, se sentó bajo el mismo árbol a descansar. Al cabo de un rato, aparecieron los tres enanitos al lado de su pie.
— ¡Enanos feos! ¿Qué hacen aquí? —preguntó insolente, Susana, pasmada con el encuentro.
— Verás —dijo un enanito— la nieve ha tapado la entrada a nuestra casa, justo al lado tuyo, y no podemos entrar. Tenemos hambre y frío. ¿Podrías ayudarnos?
— ¡Coman nieve entonces! ¡Ja ja ja! —rio indolente, Susana.
— Pero moriríamos de frío —dijo el otro enanito.
— ¡Pónganse a correr entonces, y entrarán en calor!
— Pero somos muy viejos para correr, nos helaríamos muy rápido. ¿No podrías simplemente ayudarnos a entrar a nuestra casita? Sólo necesitarías levantar aquella rama del arce cargada de nieve... por favor, dulce niña. —rogó el tercer enanito, señalando hacia la rama que tapaba la raíz del árbol.
Susana, malintencionada, hizo una gran bola de nieve y la arrojó sobre la rama, tapando aún más la entrada y la pequeña puerta. Los enanitos, cansados de buscar algún ápice de bondad en el indiferente corazón de Susana, susurraron entre sí:
— Ha sido una niña mala, pero debe aprender la lección.
Así, cada enanito pensó en un castigo. Por supuesto, Susana no escuchó nada, porque ya se había ido de ahí, abandonando a los tres enanitos a su suerte. Afortunadamente, un zorrito que pasaba por ahí había oído la conversación y no dudó un instante en despejar la entrada a la casita para ayudar a los enanitos. Estos se introdujeron rápidamente en su casa, cerrando la puerta con un mágico... ¡blonk! ♪

Mientras tanto, Susana no había encontrado "fresas mágicas", así que regresó a su casa. Su madre la reprendió.
— ¡Hija!, ¿por qué tardaste tanto?
Malhumorada Susana, comenzó a maldecir y cada palabra que decía se convertía en un sapo.

Pasó el tiempo, y Amanda y Susana crecieron: Amanda cada día era más hermosa, pero Susana cada día era más fea. La madrastra, para vengarse, ordenó a Amanda que fuera a lavar ropa al río en pleno invierno. Amanda, que para entonces ya era una bellísima doncella, obedeció, y mientras lavaba en el río fue que apareció el rey de la comarca...

Por supuesto, el rey aún no tenía reina. Éste había salido a cazar al bosque y cruzando el río se encontró con Amanda, quedando perdidamente enamorado ante su belleza y admirado de verle expuesta, con valentía, a los elementos de la naturaleza.

La doncella, sorprendida, le correspondió, asintiendo a su galantería con graciosos ademanes, pero sin decir una palabra para evitar revelar el encanto de los enanos. Ella también se había enamorado del rey. Así fue como Amanda fue llevada al palacio, y a los pocos días la noticia de que el rey se casaba corrió por todo el reino, celebrándose una hermosa y feliz boda.

La madrastra, envidiosa por la suerte de su hijastra, quiso vengarse, y junto a Susana fueron al palacio para hacer alguna maldad, pero fueron descubiertas a tiempo expulsadas del reino. Amanda y el rey fueron muy queridos por sus vasallos, y se dice que tuvieron larga vida reinando con dignidad y justicia.

Fin
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