Cuentos Alegórico
Cuentos Alegórico
El Zorro y la Barca de Juncos

Adaptación de una antigua fábula sumeria de Nippur

El río cuenta una historia que la corriente oculta...

Hubo una época en la que los juncales crecían profusamente en una sola ribera de un caudaloso río que cruzaba el desierto. Ante tal abundancia, todo el mundo se volcó al negocio de transportar juncos hacia la orilla opuesta. Cuentan que fue entonces cuando el zorro le pidió a Enlil —antiguo dios del viento y las tormentas— una barca propia para unirse al oficio.

Esa misma historia le contó, luego, al encargado del puerto, a quien fue remitido con un salvoconducto. Y el mismo relato repitió ante los escribas que registraban minuciosamente cada préstamo, carga y tablón que abandonaba el embarcadero.

—Necesito trabajar —explicaba con humildad—. Llevaré juncos de una orilla a la otra. No tardaré mucho.

La petición era razonable. Los juncos eran vitales: servían para construir techos, cestas, esteras, paredes y, a veces, hasta las propias barcas. Así que le asignaron una embarcación pequeña pero robusta. Al recibirla, recién calafateada y lista para zarpar, el zorro no podía sentirse más dichoso. Lo que nadie imaginaba era que no planeaba cargar un solo haz.

En lugar de enfilar hacia los cañaverales, soltó amarras y dejó que la corriente lo llevara río abajo. Descubrió así aldeas que no figuraban en los mapas de los escribas y atracó en islas donde nadie preguntaba su nombre ni para quién trabajaba. Aprendió palabras en lenguas de acentos extraños, compartió pescado con las nutrias, intercambió historias con las garzas y hasta guardó un silencio contemplativo con una vieja tortuga que recordaba un mundo anterior a los dioses. Porque, según dicen, las tortugas son más antiguas que el mismísimo Enlil.

Así, durante meses, el zorro trazó una ruta que jamás cabría en un informe oficial. Al principio, es cierto, sintió una punzada de culpa; pero pronto se convenció de que no había robado la barca por codicia. Llegó a considerarlo un simple “préstamo”, pues no la usaba para enriquecerse, sino para alimentar la dicha de su espíritu explorador.

El zorro se sentía satisfecho.

Sin embargo, también había burlado el destino que el más imponente de los dioses antiguos había escrito para él.

—Nadie le concede un barco a quien confiesa que solo quiere marcharse —reflexionaba—. Los puertos rebosan de permisos para comerciar, transportar, construir o servir, pero no existe un formulario para quien simplemente anhela descubrir qué aguarda tras el próximo recodo del río.

Por eso, el zorro hizo lo que, desde que el mundo es mundo, hacen quienes sueñan con una vida distinta: dijo únicamente lo que los guardianes necesitaban escuchar y se guardó para sí la única verdad que importaba.

En su travesía aprendió cosas que ningún escriba le habría enseñado: supo reparar remos rotos, leer el capricho de las corrientes, dormir bajo el manto de las estrellas y presentir el olor de la lluvia mucho antes de que las nubes de Enlil asomaran tras las dunas.

Hasta que un día, mucho tiempo después, decidió regresar. La barca lucía ya curtida por el sol y el agua. Cuando los escribas del puerto, perplejos, le preguntaron dónde estaba el cargamento de juncos con el que debía pagar su barca, el zorro esbozó una sonrisa:

—No encontré los que buscaba.

Nadie podía desmentirlo, pues ignoraban si se había internado en los pantanos buscando las cañas más perfectas. Algunos lo tomaron por un artesano exigente, pero él conocía la verdad: nunca había perseguido juncos, sino el horizonte, en busca de una vida de aventuras.

Sin comprenderlo del todo, los escribas anotaron su respuesta en el informe, y el administrador lamentó el préstamo infructuoso. Hubo quienes llamaron al zorro embustero y quienes lo tacharon de ingrato. Solo los viejos barqueros sonrieron al verlo alejarse, tiempo después, bajo la misma excusa. Ellos sabían bien que hay quienes usan los barcos para mover mercancías, y hay quienes los usan para descubrirse a sí mismos.

No está muy claro si Enlil lo castigó por acaparar un recurso tan valioso; la mayoría de estos cuentos sumerios, grabados en tablillas de arcilla hace más de cuatro milenios, son hoy polvo en el desierto. Lo único certero es que hay verdades tan difíciles de explicar que, a veces, la única opción es guardarlas intactas hasta alcanzar la otra orilla.

Fin

Moraleja

“Toda verdad puede expresarse o fragmentarse. La sabiduría reside en reconocer cuándo se comparte íntegra y cuándo solo en parte.”
Las 2 Ranas y el Pozo

Adaptación de una fábula de Esopo

Pensar primero, actuar después.

Érase un hermoso pantano donde vivían muchas clases de animales. Entre ellos había dos ranas que eran grandes amigas. Cada mañana se saludaban al despertar y pasaban el día nadando entre los juncos, cazando insectos y descansando sobre las hojas de lirio que flotaban en el agua. Durante mucho tiempo todo fue perfecto. Pero un verano llegó una gran sequía que parecía no tener fin. Día tras día, el nivel del agua bajó. El pantano comenzó a secarse y los animales, uno tras otro, tuvieron que marcharse en busca de un mejor lugar donde vivir.

Las dos ranas, algo más perezosas, esperaron hasta el último momento. Así que, para cuando el barro reemplazó al agua y ya no quedaba nada de su antiguo hogar, comprendieron que ya era tiempo de marcharse y emprendieron el viaje.

Caminaron durante días bajo un sol abrasador, con muy pocos rincones con sombra para descansar. Estaban ya cansadas y la sed apenas las dejaba avanzar. Entonces —por una de esas casualidades de la vida— encontraron un pozo antiguo. Era estrecho, muy profundo y, en el fondo, brillaba el agua.

—¡Lo logramos! —exclamó una de las ranas—. ¡Mira cuánta agua hay! Saltemos antes de que otro la encuentre.

Y dio un paso hacia el borde, lista para lanzarse.

—Espera un momento —dijo la otra rana.
—¿Esperar para qué? Justo esto era lo que buscábamos.
—Buscábamos agua, sí. Pero también un lugar donde pudiéramos vivir.

La primera rana frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de malo este lugar?

La otra señaló el fondo del pozo.

—Es muy profundo. Entrar será fácil, pero ¿has pensado cómo saldríamos si el pozo también se llegara a secar? Lo sensato no es solo calmar la sed de hoy; también debe servirnos el resto del verano.

La rana, que estaba muy sedienta, permaneció en silencio. Miró el pozo una vez más... esta vez con tristeza, pero comprendió que su amiga tenía razón. Así que, sin discutir, las dos retomaron el camino.

Se dice que tardaron otro par de días en encontrar un nuevo hogar, junto a un riachuelo abundante en plantas y sombras, pero con la certeza de que nunca necesitarían escapar.

Fin

Moraleja

“La prudencia vale más que la prisa.”

El Gigante Egoísta
Oscar Wilde
Ilustración inspirada en el cuento clásico

Todas las tardes a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del gigante; un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de un suave y verde prado. Las pequeñas aves apoyadas en el ramaje de los árboles cantaban con tal dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus alegres melodías.

Un día el gigante, que había ido a visitar su amigo el Ogro de Comish, y se había quedado con él durante siete años, regresó. En ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el gigante sintió el deseo de volver a su palacio. Al llegar encontró a los niños jugando en su jardín. Esto lo enfureció y les dijo con voz retumbante:
—¿Qué hacen aquí? Este es mi jardín, todos saben eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Ante el enorme tamaño del gigante, los niños escaparon en desbandada. Más tarde el gigante puso un cartel dónde se podía leer:

“Jardín exclusivo del gigante:
la entrada está estrictamente prohibida
bajo las leyes de los ogros y gigantes.

El gigante era un egoísta y los niños se quedaron sin un lugar donde jugar. Con el tiempo intentaron jugar en otros lugares, pero no les gustó, y al pasar cerca del jardín del gigante, pensaban en los días felices que habían pasado ahí.

Cuando volvió la primavera, la ciudad se pobló de flores y avecillas. Pero en el jardín del gigante egoísta, curiosamente, estaba nevando. Como ya no había niños, las avecillas no cantaban y los árboles no florecían. Sólo una vez una pequeña flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió triste y volvió a hundirse en la tierra. Pero la nieve y la escarcha se sentían bien ahí, porque la primavera se había olvidado del jardín. La nieve cubrió la tierra con su blanco manto, y la escarcha cubrió de hielo los árboles. El viento del norte que pasaba por ahí, se sintió tan a gusto que decidió quedarse el resto del año. Luego llegó el granizo y las ventiscas, y como la primavera no tenía interés en el jardín del gigante, el invierno siguió alojándose ahí, por largo, largo tiempo.

Un día, el gigante egoísta se asomó a la ventana y vio que su jardín todavía estaba cubierto de un frío manto blanco, y pensó:
—¿Por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí? Ojalá pronto cambie este frío clima gris.
Pero la primavera no llegó, ni tampoco el verano. Cuando llegó el otoño, frutos dorados aparecieron en todos los jardines, pero no en el del gigante. Los frutales conversaban:
—El gigante es demasiado egoísta.
—Si, es verdad. No merece recibir de nuestros frutos su cosecha.
—Mejor sigamos durmiendo hasta el próximo año.
De esta manera el gigante quedó sumido en un eterno invierno junto al viento del norte, las ventiscas, el granizo, la escarcha y la nieve, que danzaban fríamente, como torbellinos, entre sus árboles.

Una mañana, el gigante estaba en la cama cuando oyó una hermosa música que llegaba de afuera. Sonaba tan dulce que pensó que se trataba del rey elfo que pasaba por allí. En realidad era un jilguerito que, cansado del calor, había buscado refrescarse frente a la fría ventana de la casa del gigante. Había pasado mucho tiempo que en el jardín helado no se escuchaba cantar un pájaro. El gigante le pareció que el canto de la avecilla era la música más bella del mundo. En ese momento el granizo detuvo su danza, el viento del norte dejó de rugir, y un delicioso aroma de primavera entró por la ventana.
—¡Qué alegría! —se dijo el gigante— Al parecer llegó por fin la primavera.
Y saltó de la cama para correr a la ventana. Al llegar vio un espectáculo maravilloso: los niños habían entrado al jardín por una brecha en el muro, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, los árboles estaban tan felices que se habían cubierto de flores y las avecillas revoloteaban alrededor de ellos, cantando alegres tonadas. Era un hermoso espectáculo.

Sólo, el invierno se escondía en un rincón a dónde los niños no habían llegado: el rincón más apartado del jardín. Un niñito se acercó a un árbol, pero era tan pequeño que no logró alcanzar las ramas de un árbol que ahí había. El niño dio vueltas alrededor del viejo tronco y luego se puso a llorar. El pobre árbol aun cubierto de escarcha y nieve, sostenía en sus ramas a la ventisca y el viento del norte. El gigante sintió que el corazón se le derretía.
—¡Qué egoísta he sido! —exclamó— Ahora entiendo por qué la primavera no vino a visitar mi jardín. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después derribaré el muro y quitaré el cartel. Quiero que desde hoy mi jardín sea siempre un lugar para que los niños puedan jugar.
El gigante, sinceramente arrepentido, bajó la escalera, abrió con cuidado la puerta del palacio y salió al jardín. Cuando lo vieron, los niños se aterrorizaron y corrieron al escape. El invierno aprovechó ese momento y volvió a apoderarse del jardín.

Pero, en el rincón, el niño más pequeño no corrió, porque tenía los ojos llenos de lágrimas y no vio al gigante que se acercó por detrás. Con cuidado, lo levantó con sus manos y lo subió al árbol. El árbol floreció de repente, y las avecillas llegaron a cantar. El niño agradecido, abrazó el cuello del gigante y le besó. Cuando los otros niños vieron eso, llegaron junto al gigante y descubrieron que ya no era malo. El jardín se llenó de niños y el invierno desapareció como si nunca hubiese estado allí. La primavera había hecho las pases con el gigante y su jardín...
—De ahora en adelante —dijo el gigante a los niños— podéis jugar siempre en el jardín, será para vosotros.
Y tomando su hacha, echó el muro abajo y rompió el cartel.


Al mediodía, toda la gente del pueblo pudo ver al gigante jugando con los niños y se sorprendían de su cambio y de lo hermoso del jardín. Al llegar la tarde, los niños se despidieron del gigante, y el gigante preguntó:
—¿Dónde está el pequeño? ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El gigante se había encariñado con él, y los niños le contestaron:
—No sabemos, se fue caminando solito.
—Ojalá que vuelva mañana —dijo el gigante— pueden invitarlo también.
—No sabemos dónde vive porque nunca lo habíamos visto antes.
El gigante se quedó triste. Así, todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el gigante, pero el pequeño no aparecía y el gigante lo echaba de menos. Pasó entonces mucho tiempo, pasaron años y el gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no salía a jugar y sentado en un enorme sillón, miraba la alegría de los niños que admiraban su jardín.
—Tengo hermosas flores —pensaba— pero todo es gracias a los niños.
Una mañana de invierno, miró por la ventada mientras se levantaba. Ya no odiaba el invierno porque sabía que la primavera llegaría con el tiempo, que sólo dormía mientras sus flores descansaban.

De pronto se restregó los ojos y miró maravillado: en el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto de flores blancas. Sus ramas eran doradas y de ellas colgaban frutos de plata. Bajo el árbol, el pequeñito a quién tanto había echado de menos, se encontraba parado.
—¡Que extraño! —pensó— ¡Después de tantos años sigue siendo el mismo niño! ¡Pero no importa me alegra haberle encontrado! 
Lleno de emoción el gigante se acercó al niño y notó que se encontraba herido. Esto impresionó al gigante, quién preocupado preguntó:
—¡Por Dios! ¿Quién te ha hecho daño? ¿Has caído del árbol?
El niño sonrió al gigante, y le dijo:
—Son sólo heridas del corazón humano.
—¿Quién eres? —le preguntó el gigante.
Un extraño temor invadió el alma del gigante y cayó de rodillas ante el pequeño, quién le respondió:
—Una vez me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el mío, que está arriba, en los cielos.
Cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al gigante muerto debajo del árbol, pero no se le veía triste, sólo parecía dormir, rodeado de flores blancas y pequeñas avecillas.


Fin

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