Cuentos Ingleses
Cuentos Ingleses
Sir Cedric d'Jèrri

Poco antes del ocaso del medioevo, cuando las olas del mar aún rugían con la ferocidad de las bestias marinas y el viento soplaba con la fuerza del poniente ignoto, existía una tierra poco explorada y llena de misterios llamada Isla d'Jèrri: un rincón, en el canal de la Mancha, que llegó a nuestros tiempos más galantes bajo el título de la Bailía de Jersey.

Canciones antiguas profetizaban una gran batalla de tres leones guiados por un niño contra una bestia. Así pues, los esforzados habitantes de esta isla hacían honor a ese folclore, pues luchaban día y noche para proteger su hogar de las amenazas que provenían del mar embravecido; tanto así de los insociables piratas como de las sombras siniestras que se ocultaban en los rincones más oscuros y poco frecuentados de la isla.

En el corazón de esta administración señorial, se alzaba un antiguo castillo de piedra cuyos muros habían resistido viejas batallas al paso de los siglos. La fortaleza sostenía imponentes torres que se elevaban por encima de la densa neblina marina. Dichos baluartes representaban el último bastión de defensa contra esos temibles piratas que merodeaban las aguas circundantes, ansiosos por saquear y sembrar el caos bajo la protección de una bestia mítica a cuyo pronto despertar invocaban con extraños rituales.

Una noche, la oscura amenaza se cernió sobre la Bailía de Jersey... una sombra ancestral de pavor despertó de su letargo. Los rumores hablaban del regreso de la bestia pirata; un mal antiguo que durante siglos había estado durmiendo, sumergido en las profundidades. Un maligno ser del inframundo abisal cuyo único propósito era sumir a la isla y a sus habitantes en la oscuridad eterna. Su nombre era Ombrochïn: el azote de los kelpies y flagelo de los krakens.

Conscientes de su retorno milenario y entendiendo que solo a través de la valentía y la unidad comunitaria prevalecerían tras la batalla contra los piratas, los habitantes de la Bailía de Jersey se prepararon para enfrentar a la mayor amenaza de sus leyendas antiguas. Así fue como se organizaron y enviaron una primera avanzada de navíos para hacer frente a la bestia, tan pronto divisaron en la distancia a la flota enemiga que ésta protegía.

No obstante la bravía natural de los isleños, el optimismo y la confianza inicial pronto decayeron luego de que esa primera avanzada se hundiera en el horizonte. Los vigías en las torres no pudieron ocultar su temor al advertir que la bestia marina que lideraba a las fuerzas piratas era tanto más impresionante que aquella descrita en las antiguas gestas.

El Ombrochïn, la bestia abisal, empezaba con la forma de una serpiente marina de proporciones descomunales... más la cola terminaba en una serie de tentáculos monstruosos. Sus ojos destellaban como el fuego de los volcanes, y sus escamas oscuras, puntiagudas como clavos, se erizaban amenazantes con cada arremetida. Afiladas garras surgían al final de sus poderosos tentáculos, y sus mandíbulas, repletas de filosos colmillos, revelaban su deseo implacable de devorar todo lo que se cruzara en su camino. La criatura se retorcía a través de las aguas con un sigilo espeluznante aguardando a los navíos como un depredador esperando su próxima presa. Así, la flota pirata se encontraba protegida por el engendro que custodiaba su avance.

Al oscurecer ese día y tras la primera batalla perdida, la noche se hizo eterna. Una segunda y última avanzada de navíos comenzó a cercar el paso a los piratas, pero la batalla parecía perdida. El temor a un final inminente comenzó a cundir en los primeros corazones.

Fue entonces, poco antes de salir el sol y con la flota enemiga ya a simple vista, que un niño de unos diez u once años llegó corriendo a las tiendas de campaña que los jefes de los clanes isleños supervivientes habían levantado juntos, a la espera del combate en tierra.

—¡Señor, señor! —exclamó el niño, colándose en la reunión donde el más viejo de los caudillos organizaba la estrategia.
—¡Vete, chico! Deja trabajar a los mayores y corre a cuidar a tu madre. ¡Este no es lugar para un niño! —le reprendió un capitán.
—Perdí a mi madre al nacer, señor, y hace muchos años que a mi padre se lo llevó la mar —insistió el niño— Me crió mi tío, a quién perdí en la batalla de ayer. Mi tío me dijo que si no regresaba debía darle a Ud. esta carta.
Y el niño entregó su misiva al capitán.

Curioso ante la historia del infante, el capitán desató la carta. Era un mapa, y en el se señalaba el camino hacia una cueva desconocida que no figuraba en los planos oficiales de la isla.
—¿De qué se trata? —preguntó el viejo caudillo, que sabía reconocer momentos decisivos.
—Es un mapa, señor... ¡un mapa de un refugio que no conocíamos!
—¿Qué tan grande es? —preguntó otra vez.
—Si lo que dice aquí es cierto —respondió el capitán— Grande... muy... ¡muy grande!
El caudillo pidió el mapa y al estudiarlo, en seguida comprendió su importancia fundamental para la supervivencia de los clanes.
—No sé quién era tu tío, chico, y no entiendo por qué no nos informó antes de este secreto, pero cualquier nuevo refugio es una buena noticia. ¡Enviad de inmediato a los rezagados! —ordenó el caudillo— ¡Enviad a todos aquellos que no puedan luchar!
—Señor, si es la “bodega" de mi tío, él no me permitía entrar, pero... ¡yo sé donde está!
—¿Entonces sabías de esta cueva, chico?
—¡Si, señor!
—¡No se hable más! Ve con el capitán y guíale de inmediato... ¡No hay tiempo que perder!
El capitán movilizó velozmente a un reducido destacamento que custodió a los rezagados, siempre guiados por el huérfano que para entonces era el héroe oportuno más pequeño de esta historia. Llegados a la entrada de la cueva, en medio de unos matorrales cercanos a la costa, el niño advirtió al capitán:
—Señor, por la emoción del momento olvidé decirle que en la cueva hay un guardián.
—¿Un guardián?
—Un fantasma, señor.
—¡No cuentes! —replicó el capitán.
—¡Sí, señor! Yo lo vi sólo una vez... mi tío me advirtió que si algún día volvía a entrar, debía hacerlo “con un corazón humilde y acompañado de tres valerosos leones". De lo contrario no tendría su aprobación.
Sólo por complacer al niño que parecía convencido, el capitán llamó a los dos soldados más fieles de su guardia.
—Bien, chico, hoy no habrá leones. Pero somos tres soldados con espíritu valiente. Danos la humildad de tu parte y lo tenemos todo.
Mientras los rezagados esperaban afuera, el capitán entregó al chico una antorcha, y éste se internó por segunda vez en su vida en la cueva misteriosa. Antorchas en mano, los tres soldados le siguieron. El capitán tuvo la intención de explorar rápidamente el interior con el fin de ponderar las posibilidades para el grupo a su cuidado, pero inmediatamente quedó maravillado al encontrarse con un amplísimo espacio, totalmente preparado para recibir a tantos acogidos como numeroso era el grupo que protegía.
—¡Es perfecto! —exclamó— Aquí caben muchos de los nuestros, y los piratas jamás hallarán este lugar... ¡Está muy bien resguardado!
Estaban en eso cuando frente a ellos, y sobre una fuente natural de agua, apareció flotando lo que parecía ser la llama azul de una vela. La pequeña luz creció hasta confrontar el brillo de las antorchas. Los soldados se impresionaron, pero no retrocedieron. Entendieron que el chico decía la verdad: algo fuera de este mundo habitaba el lugar.
—Valientes hombres... —dijo una voz grave desde lo profundo de la caverna— Os encontráis en los aposentos del último Caballero a las órdenes de Arturo Pendragon. Aquí vivió parte de su vida Sir Bors, hermano de Sir Lancelot y leal custodio de la sagrada Excalibur. Yo soy su fiel escudero y por la magia de Merlín he esperado por vosotros desde los albores del viejo reino para enfrentar juntos vuestro destino. Hoy mi espera ha terminado.
La figura de plata fantasmal de un escudero apareció frente a ellos. Se arrodilló junto a la fuente de agua, y de ésta emergió el brazo desnudo de una dama sosteniendo una brillante espada dorada. Los presentes se arrodillaron, esta vez, temblando atemorizados por el encuentro espeluznante. El brazo de la dama se movió y Excalibur se posó sobre un hombro del escudero, y luego sobre el otro.

La figura de plata se volvió dorada, adquiriendo todo el temple y postura de un Antiguo Caballero digno de los viejos cantares de los más ilustres trovadores.

El capitán no pudo contener la emoción, y sin desviar la vista de semejante escena, susurró a sus subordinados:
—He oído esta historia profética... me la contó mi abuelo. Dijo que un día llegaría, sino en esta generación, en la siguiente o la posterior, un líder defensor de nuestro pueblo.
— ¿Sir Cedric? —preguntó asombrado uno de sus soldados con espíritu de león que conocía la leyenda.
— ¡El temerario! —completó el otro soldado leonino, mientras comprendía que estaban siendo testigos del nacimiento de una antigua leyenda que se creía fantasía de niños; siendo ellos mismos protagonistas de la famosa y enigmática balada que describía tiempos futuros.
— Es Sir Cedric y somos sus leones. Su nombre cobrará fama de su coraje y de su espíritu dispuesto como el agudo brillar de las estrellas. Así cantan las “gestas del mañana". Su prestigio y calidad humana también se extenderán tan lejos como perdidos están los últimos reinos de la Tierra. Tal es como augura el cantar.
La voz de la misteriosa dama resonó, entonces, como una melodía a través de las paredes de la cueva:
—Estás en lo correcto, joven capitán. Sir Cedric dedicará su vida a proteger al noble pueblo d'Jèrri y a salvaguardar la paz en la isla. Así como la luz de la mañana brilla en el horizonte, la bandera de la Orden de los Tres Leones flameará al son de la gaita mágica conservada por la familia del último hechicero celta de los antiguos clanes. Será tu misión encontrarles. Los tambores del valor también retumbarán de nuevo y por primera vez en muchos siglos. La bravía alimentará vuestros pacíficos corazones isleños. Adoptad, pues, al niño como vuestro escudero, y proteged éste: vuestro pequeño reino hermano en este rincón del mundo.

La escena se desvaneció, y las antorchas retomaron su protagonismo. Tras el divino encuentro, el capitán adoptó al niño por escudero, ordenando que hicieran entrar a sus protegidos a la cueva. Tan pronto como camuflaran la entrada, se reuniría luego con los caudillos.

Los piratas, por su parte, continuaban atacando a la segunda avanzada de navíos, siempre protegidos por la bestia, Ombrochïn: el verdugo de todo lo que es bueno. Algunas embarcaciones enemigas ya habían arribado a puerto y los primeros piratas incursionaban, tanteando las defensas de la isla.    

Una figura en armadura dorada apareció de pronto caminando en lo que sería pronto el campo de batalla.

Tras la noticia de que un extraño y radiante guerrero deambulaba inspeccionando sus brigadas, los caudillos de los diferentes clanes reunidos salieron al encuentro del desconocido. Pronto se percataron de que la sola presencia del extraño infundía valor en los corazones atemorizados, y el rumor de que un poder mágico había llegado a protegerles pronto comenzó a circular, trayendo a la memoria la antigua profecía.

Sir Cedric, el temerario, llamó a los valientes caudillos y a sus clanes:

—¡Hermanos y hermanas isleños, hijos de la libertad! —clamó— Por favor... ¡reuniros!
Las brigadas se reunieron en torno al nuevo y desconocido Caballero.
—Ha llegado el momento de alzarnos contra las cadenas de la oscuridad y reclamar nuestro derecho a vivir en un mundo de dignidad y honor. Hoy, en este campo de batalla, no luchamos por riquezas ni gloria personal, luchamos por la libertad misma: por el derecho a decidir nuestro destino en ésta, nuestra tierra libre de opresión... ¡libre de piratas!
—¡Son demasiados! —gritó alguien por ahí.
—¡Sí, lo son! —respondió de inmediato Sir Cedric— Pero, mirad a vuestro alrededor... veis a hombres y mujeres valientes que han decidido plantarse contra el mal que amenaza con consumirnos. Ya no somos simples individuos, sino un ejército unido por el fuego de la determinación y la pasión por la justicia. Los opresores podrán tener números y armas, e incluso algunos aparentarán bravía. Pero nosotros tenemos algo mucho más poderoso: ¡el deseo de proteger a los nuestros como un pueblo amante de la libertad que sabe que hace lo correcto!
—Pero... ¿cómo enfrentarlos? —preguntó un hombre lisiado— ¡Casi han acabado con nuestra única flota!
El Caballero contempló al hombre, que a pesar de sus desventajas y temores estaba dispuesto a dar la vida por proteger a su familia. Cedric reconoció el sentimiento y lo revalorizó:
—Veo en cada uno de nosotros una chispa de esta llama ardiente que resiste. No permitamos que esa llama se apague. Dejad que nuestras voces se escuchen en cada rincón de nuestra isla. Que el eco de nuestra valía inspire hasta el último de los nuestros a levantarse y unirse a esta voluntad conjunta. ¡No seremos silenciados, ni tampoco esclavizados! Hoy marchamos hacia el campo de batalla con el espíritu de nuestros antepasados guiando nuestros pasos y corazones. Ellos lucharon por la misma causa, por la misma tierra que amamos y la misma libertad que anhelamos. Y al igual que ellos, estamos dispuestos a darlo todo por nuestro sueño de una vida sin cadenas, una vida en la que podamos decidir nuestro destino.
—¡Dinos tu nombre, Caballero! ¡Explícales a nuestro pueblo quién eres y quién te ha enviado! —exclamó a viva voz el más viejo de los caudillos y a cuya palabra otorgaban gran importancia los jefes de los distintos clanes, así como sus brigadas y hasta los mismísimos granjeros dispuestos a defender sus tierras.
El guerrero de la armadura dorada no vaciló:
—Mi nombre no es importante, pero si os insistís... soy Cedric: aprendiz del escudero Lavain y junto a él, antiguo escudero de Sir Bors, quien fuera habitante y protector de la Isla d'Jèrri, hermano de Sir Láncelot, Primer Caballero de su Antigua Majestad, Arturo Pendragon, hijo de Uther e Igraine, y he sido enviado por la Providencia y la magia de Merlín con la misión de cumplir con vuestro destino.

Las aleluyas se elevaron al cielo. Pocos en la isla conocían esa noble parte de su historia. La extraordinaria revelación cambió las caras y enalteció los espíritus de un ejército de valerosos isleños que hasta entonces habían llevado vidas tranquilas y sencillas, pero en cuyos corazones guardaban todavía el recuerdo ancestral de un pasado glorioso, digno de honor y alabanza. Juntos los clanes, forjaron alianzas con las fuerzas mágicas que habitaban desde tiempos antiguos los bosques y playas de la isla d'Jèrri, formando una coalición de fuerzas benefactoras dispuestas a enfrentar al Ombrochïn, pero especialmente: a dar una lección de bravía y unidad a sus malignos invasores.

Envalentonados por sus primeras victorias, pero sobre todo por el número de saqueadores que triplicaba a los habitantes de la isla, las fuerzas piratas finalmente alcanzaron el campo de batalla. No obstante la injusta arremetida, fueron sorprendidos al no encontrase con los pacíficos habitantes comunes como esperaban, sino más bien con los más fieros guerreros que en toda su vida habían debido enfrentar. Una férrea defensa, tan heroica como propia de tiempos legendarios, se hacía partícipe de una nueva gesta en las futuras crónicas de poetas aun no nacidos.

La batalla final se libró en el corazón mismo del castillo, donde las fuerzas del mal y la luz colisionaron en una épica confrontación como pocas historias ilustres han podido contar.

La espada de Sir Cedric, heredera de la luz de Excalibur, brillaba con la fuerza de todos aquellos que habían luchado junto con él, tanto desde tiempos inmemoriales como en ésta: la batalla decisiva. Cada golpe que asestaba resonaba como un eco de la determinación de los honorables y muy valientes habitantes de la Bailía de Jersey.

En un choque titánico final, Sir Cedric se enfrentó cara a cara al Ombrochïn, blandiendo su espada con una destreza asombrosa digna de los reyes antiguos. La batalla rugió durante horas interminables, donde la oscuridad chocó de frente contra la luz innumerables veces, buscando fatigar su espíritu de lucha.

Los piratas comenzaban a retroceder cuando, finalmente, con un golpe poderoso que resonó en todo el castillo y hasta los confines de la isla, Sir Cedric atravesó el corazón del Ombrochïn, dispersando su maléfica presencia cual hechizo roto de Morgana en un grito gutural agonizante. La isla se iluminó con un resplandor dorado mientras la oscuridad retrocedía, y los habitantes de la Bailía de Jersey vitorearon... el bien y la luz habían prevalecido sobre la adversidad.

Cuenta la leyenda que tras la victoria, Sir Cedric desapareció del campo de batalla tan misteriosamente como había llegado. No sin antes prometer al niño, escudero del capitán del caudillo jefe de los clanes aliados, que algún día regresaría cuando su presencia se hiciera nuevamente necesaria.

Finalmente, el castillo fue reconstruido con los años, alcanzando de nuevo toda la grandeza de los cuentos de antaño. Así fue como se convirtió entonces y para siempre en un símbolo de la victoria y la unidad de los isleños de la Bailía de Jersey.

La historia de Sir Cedric y su lucha contra el Ombrochïn se convirtió más tarde en una leyenda que se contaría a lo largo de las generaciones; recordando a todos aquellos quiénes han convivido con la tradición que pesar de los momentos más oscuros, el valor, la lealtad y el honor pueden, con unidad, vencer al peor de los males cuando éste se atreva a amenazar la paz y la prosperidad de los pueblos libres y valientes.

Fin

El Gigante Egoísta
Oscar Wilde
Ilustración inspirada en el cuento clásico

Todas las tardes a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del gigante; un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de un suave y verde prado. Las pequeñas aves apoyadas en el ramaje de los árboles cantaban con tal dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus alegres melodías.

Un día el gigante, que había ido a visitar su amigo el Ogro de Comish, y se había quedado con él durante siete años, regresó. En ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el gigante sintió el deseo de volver a su palacio. Al llegar encontró a los niños jugando en su jardín. Esto lo enfureció y les dijo con voz retumbante:
—¿Qué hacen aquí? Este es mi jardín, todos saben eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Ante el enorme tamaño del gigante, los niños escaparon en desbandada. Más tarde el gigante puso un cartel dónde se podía leer:

“Jardín exclusivo del gigante:
la entrada está estrictamente prohibida
bajo las leyes de los ogros y gigantes.

El gigante era un egoísta y los niños se quedaron sin un lugar donde jugar. Con el tiempo intentaron jugar en otros lugares, pero no les gustó, y al pasar cerca del jardín del gigante, pensaban en los días felices que habían pasado ahí.

Cuando volvió la primavera, la ciudad se pobló de flores y avecillas. Pero en el jardín del gigante egoísta, curiosamente, estaba nevando. Como ya no había niños, las avecillas no cantaban y los árboles no florecían. Sólo una vez una pequeña flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió triste y volvió a hundirse en la tierra. Pero la nieve y la escarcha se sentían bien ahí, porque la primavera se había olvidado del jardín. La nieve cubrió la tierra con su blanco manto, y la escarcha cubrió de hielo los árboles. El viento del norte que pasaba por ahí, se sintió tan a gusto que decidió quedarse el resto del año. Luego llegó el granizo y las ventiscas, y como la primavera no tenía interés en el jardín del gigante, el invierno siguió alojándose ahí, por largo, largo tiempo.

Un día, el gigante egoísta se asomó a la ventana y vio que su jardín todavía estaba cubierto de un frío manto blanco, y pensó:
—¿Por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí? Ojalá pronto cambie este frío clima gris.
Pero la primavera no llegó, ni tampoco el verano. Cuando llegó el otoño, frutos dorados aparecieron en todos los jardines, pero no en el del gigante. Los frutales conversaban:
—El gigante es demasiado egoísta.
—Si, es verdad. No merece recibir de nuestros frutos su cosecha.
—Mejor sigamos durmiendo hasta el próximo año.
De esta manera el gigante quedó sumido en un eterno invierno junto al viento del norte, las ventiscas, el granizo, la escarcha y la nieve, que danzaban fríamente, como torbellinos, entre sus árboles.

Una mañana, el gigante estaba en la cama cuando oyó una hermosa música que llegaba de afuera. Sonaba tan dulce que pensó que se trataba del rey elfo que pasaba por allí. En realidad era un jilguerito que, cansado del calor, había buscado refrescarse frente a la fría ventana de la casa del gigante. Había pasado mucho tiempo que en el jardín helado no se escuchaba cantar un pájaro. El gigante le pareció que el canto de la avecilla era la música más bella del mundo. En ese momento el granizo detuvo su danza, el viento del norte dejó de rugir, y un delicioso aroma de primavera entró por la ventana.
—¡Qué alegría! —se dijo el gigante— Al parecer llegó por fin la primavera.
Y saltó de la cama para correr a la ventana. Al llegar vio un espectáculo maravilloso: los niños habían entrado al jardín por una brecha en el muro, y habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, los árboles estaban tan felices que se habían cubierto de flores y las avecillas revoloteaban alrededor de ellos, cantando alegres tonadas. Era un hermoso espectáculo.

Sólo, el invierno se escondía en un rincón a dónde los niños no habían llegado: el rincón más apartado del jardín. Un niñito se acercó a un árbol, pero era tan pequeño que no logró alcanzar las ramas de un árbol que ahí había. El niño dio vueltas alrededor del viejo tronco y luego se puso a llorar. El pobre árbol aun cubierto de escarcha y nieve, sostenía en sus ramas a la ventisca y el viento del norte. El gigante sintió que el corazón se le derretía.
—¡Qué egoísta he sido! —exclamó— Ahora entiendo por qué la primavera no vino a visitar mi jardín. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después derribaré el muro y quitaré el cartel. Quiero que desde hoy mi jardín sea siempre un lugar para que los niños puedan jugar.
El gigante, sinceramente arrepentido, bajó la escalera, abrió con cuidado la puerta del palacio y salió al jardín. Cuando lo vieron, los niños se aterrorizaron y corrieron al escape. El invierno aprovechó ese momento y volvió a apoderarse del jardín.

Pero, en el rincón, el niño más pequeño no corrió, porque tenía los ojos llenos de lágrimas y no vio al gigante que se acercó por detrás. Con cuidado, lo levantó con sus manos y lo subió al árbol. El árbol floreció de repente, y las avecillas llegaron a cantar. El niño agradecido, abrazó el cuello del gigante y le besó. Cuando los otros niños vieron eso, llegaron junto al gigante y descubrieron que ya no era malo. El jardín se llenó de niños y el invierno desapareció como si nunca hubiese estado allí. La primavera había hecho las pases con el gigante y su jardín...
—De ahora en adelante —dijo el gigante a los niños— podéis jugar siempre en el jardín, será para vosotros.
Y tomando su hacha, echó el muro abajo y rompió el cartel.


Al mediodía, toda la gente del pueblo pudo ver al gigante jugando con los niños y se sorprendían de su cambio y de lo hermoso del jardín. Al llegar la tarde, los niños se despidieron del gigante, y el gigante preguntó:
—¿Dónde está el pequeño? ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El gigante se había encariñado con él, y los niños le contestaron:
—No sabemos, se fue caminando solito.
—Ojalá que vuelva mañana —dijo el gigante— pueden invitarlo también.
—No sabemos dónde vive porque nunca lo habíamos visto antes.
El gigante se quedó triste. Así, todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el gigante, pero el pequeño no aparecía y el gigante lo echaba de menos. Pasó entonces mucho tiempo, pasaron años y el gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no salía a jugar y sentado en un enorme sillón, miraba la alegría de los niños que admiraban su jardín.
—Tengo hermosas flores —pensaba— pero todo es gracias a los niños.
Una mañana de invierno, miró por la ventada mientras se levantaba. Ya no odiaba el invierno porque sabía que la primavera llegaría con el tiempo, que sólo dormía mientras sus flores descansaban.

De pronto se restregó los ojos y miró maravillado: en el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto de flores blancas. Sus ramas eran doradas y de ellas colgaban frutos de plata. Bajo el árbol, el pequeñito a quién tanto había echado de menos, se encontraba parado.
—¡Que extraño! —pensó— ¡Después de tantos años sigue siendo el mismo niño! ¡Pero no importa me alegra haberle encontrado! 
Lleno de emoción el gigante se acercó al niño y notó que se encontraba herido. Esto impresionó al gigante, quién preocupado preguntó:
—¡Por Dios! ¿Quién te ha hecho daño? ¿Has caído del árbol?
El niño sonrió al gigante, y le dijo:
—Son sólo heridas del corazón humano.
—¿Quién eres? —le preguntó el gigante.
Un extraño temor invadió el alma del gigante y cayó de rodillas ante el pequeño, quién le respondió:
—Una vez me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el mío, que está arriba, en los cielos.
Cuando los niños llegaron esa tarde, encontraron al gigante muerto debajo del árbol, pero no se le veía triste, sólo parecía dormir, rodeado de flores blancas y pequeñas avecillas.


Fin

Los 3 Cerditos y el Lobo Feroz
Cuento tradicional inglés

En algún rincón de Dartmoor, Inglaterra...

Tras crecer en una acogedora cabaña, llegó el momento de que tres cerditos se independizaran. Sus padres, orgullosos, los despidieron mientras ellos partían a explorar el mundo y a construir sus propios hogares.

Cada hermano eligió un camino distinto según su personalidad:

El Menor, que era perezoso, construyó rápidamente una choza de paja. En apenas unos minutos terminó el trabajo y, tras cantar alegremente:
—¿Quién teme al lobo feroz? ¡Nadie teme al lobo! ♫
...se quedó dormido.

El Mediano, glotón y sin muchas ganas de esforzarse, optó por una cabaña de madera. No tardó demasiado en levantarla y después de cantar:
—¿Quién teme al lobo feroz? ¡Nadie teme al lobo! ♫
...se dedicó a comer manzanas sin ninguna preocupación.

El Mayor, trabajador y previsor, decidió emplear ladrillo y cemento. Sabía que tardaría más, pero quería sentirse seguro. Al caer la tarde, su casa quedó lista, sólida y acogedora, justo cuando los primeros aullidos del lobo empezaron a resonar en el bosque.

El lobo feroz, que llevaba todo el día sin comer, no tardó en aparecer. Se dirigió primero a la casa de paja y gritó:
—¡Ábreme la puerta, cerdito, o soplaré y tu casa derribaré!
Como el cerdito no cedió, el lobo sopló con todas sus fuerzas y la estructura de paja voló por los aires. El pequeño corrió despavorido a refugiarse en la casa de madera de su hermano. El lobo lo siguió y volvió a amenazarlos. Al ver que no abrían, intentó un engaño, y dijo:
—Estos cerditos son demasiado inteligentes para mí... ¡Mejor me voy!
Y fingió marcharse haciendo ruido con sus pasos, pero los cerditos no salieron. Cansado de esperar, se disfrazó para generar lástima:
—Cerditos, cerditos... soy una ovejita huérfana. ¿Puedo pasar la noche en su casita? —preguntó fingiendo la voz.
Pero los hermanos lo reconocieron y exclamaron:
—¡Lobo mentiroso, no caeremos en tus trampas!
Furioso, el lobo gritó:
—Entonces... ¡Soplaré y esta casa derribaré!
Sopló y sopló el lobo hasta que la cabaña de madera también se desplomó. Los dos hermanos corrieron desesperados hacia la casa de ladrillo del mayor.

El lobo llegó a la tercera casa, hambriento y exhausto, y repitió su amenaza:
—¡Ábranme la puerta, cerditos, o soplaré y soplaré y esta casa también derribaré!
Sin embargo, el hermano mayor respondió con calma:
—¡Sopla lo que quieras, lobo ingenuo! Jamás podrás derribar estos muros.
El lobo sopló con sus últimas fuerzas, pero la casa no se movió ni un centímetro. Frustrado, decidió trepar al tejado para colarse por la chimenea. Lo que no sospechaba era que los tres cerditos habían colocado un caldero con agua hirviendo al fondo.

Al deslizarse, el lobo cayó directamente al agua caliente y lanzó un alarido que se escuchó en todo el bosque:
—¡Awooooo! —Aulló adolorido.
Y cuan cohete fugaz, salió disparado por la chimenea y huyó para nunca más volver.

Desde aquel día, los tres hermanos vivieron tranquilos. El perezoso y el glotón aprendieron que el trabajo bien hecho tiene su recompensa y, en menos de una semana, construyeron sus propias casas firmes y protegidas junto a la del hermano mayor.

Fin

En su versión original, los personajes eran pixies feéricas del folclore británico y un zorro. 🧚🧚‍♂️🧚‍♀️🦊 La narración oral existente evolucionó con el tiempo hasta formar la historia que conocemos hoy... ¡oink! 🐷🐷🐷🐺
Juan y la Planta de Habas
Benjamin Tabart · Versión breve #2


Juan y su madre eran muy pobres. A veces no tenían ni un poco de pan para comer. Un día la madre le dijo a Juan:
— Juan, lleva la vaca al pueblo y véndela lo mejor posible, pero ten cuidado porque es lo único que nos queda para vender.

 Y Juan se llevó la vaca. En el camino, se encontró un hombre que le mostró unas habas magníficas.

— Son habas mágicas —le dijo— Te las cambio por tu vaca.
Como Juan quería quedarse con las habas, aceptó cambiar su vaca por ellas. Juan volvió a su casa y le mostró a su madre lo que había obtenido a cambio de la vaca.
— ¡Tonto! ¿Esto es todo lo que has conseguido a cambio de la vaca? ¿Qué vamos a comer ahora?
— Es que estas son habas mágicas, mamá —quiso explicarle Juan. Pero su madre estaba muy enojada y arrojó las habas por la ventana.
Juan tenía hambre, pero como no había nada para comer, se fue a dormir.

A la mañana siguiente al levantarse, Juan miró por la ventana. Vio, con gran sorpresa, que las habas habían crecido hasta convertirse en una planta gigantesca que llegaba hasta el cielo. Juan corrió afuera y empezó a trepar por la planta de habas. Trepó y trepó hasta llegar a lo más alto.

Allí, Juan se encontró un extraño camino que conducía a un castillo. AL llegar golpeó a la puerta. Una mujer le abrió.
— Por favor, deme algo para comer —le pidió Juan.
— No seas tonto. ¡Esta es la casa de un gigante y querrá comerte si te ve! —Pero Juan parecía tan cansado y hambriento, que la mujer, apenada, lo dejó entrar.
A la noche el gigante volvió a su casa.
— ¡Por aquí huelo a carne humana! —gritó.
— No, es el conejo que he preparado para la cena —le dijo su mujer.
Después de comer, el gigante pidió a su esposa que le trajera la bolsa de monedas de oro, la gallina de los huevos de oro y el arpa de oro. Juan vio desde su escondite que esos tesoros eran los mismos que habían sido robados a su padre hacía mucho tiempo. Cuando el gigante se durmió, Juan salió de su escondite, tomó la bolsa de monedas de oro y corriendo volvió a su casa.

Juan volvió a trepar por la planta de habas y una vez más lo ayudó la esposa del gigante. Esta vez tomó la gallina de los huevos de oro y volvió a escapar hacia su casa. Luego, por tercera vez llegó al castillo, y tomó el arpa de oro. Cuando estaba por escapar, el arpa empezó a gritar:
— ¡Amo! ¡Amo!
El gigante se despertó y empezó a perseguir a Juan que bajaba velozmente por la planta de habas, gritándole:
— Tú eres el ladrón que robó mi bolsa de monedas de oro y mi valiosa gallina.
Juan corría y corría sujetando el harpa de oro contra su cuerpo. El gigante estaba cada vez más cerca. Estaba a punto de alcanzarlo. Tan pronto Juan llegó al suelo gritó a su madre:
— ¡El hacha, mamá!
Dio un hachazo tan fuerte, que la planta de habas se quebró y el malvado gigante cayó al suelo, muerto.

Desde entonces, Juan y su madre vivieron muy tranquilos y nunca más les faltó qué comer.

Fin
Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll

Ilustraciones de John Tenniel

Alicia se cansó de estar sentada bajo el árbol sin hacer nada. Una o dos veces miró el libro que leía su hermana; pero no tenía dibujos ni diálogos.

— Y ¿para que sirve un libro sin ilustraciones ni conversaciones? —pensó Alicia.

De pronto, pasó junto a ella el Conejo Blanco sacando un reloj del bolsillo del chaleco. Lo miró y se dio prisa. Alicia no había visto nunca a un conejo que tuviera un reloj para sacarlo del bolsillo. Extrañada, lo siguió y lo vio meterse en una madriguera.

En el fondo de la madriguera había un pasaje serpenteante. Alicia alcanzó a escuchar al conejo que decía:

— ¡Por mis orejas y mis bigotes! ¡Qué tarde se está haciendo! ¿Qué va a decir la reina?

Ella lo siguió hasta que se encontró en un pequeño salón rodeado de puertecitas cerradas. Vio una llave dorada sobre una mesa con la que probó abrir una puerta. Lo logró. Se arrodilló y miró por ella. Ahí vio el jardín más lindo que jamás se haya visto. Quiso salir; pero ni siquiera pudo meter la cabeza por la pequeña puerta.

Alicia se acercó nuevamente a la mesa. Esta vez vio un frasco con una etiqueta con la palabra Bébeme. Alicia probó el contenido y, sin darse cuenta, se lo bebió todo.

— ¡Qué extraña sensación! —se dijo— ¡Es como si me hubiera empequeñecido!

Y así era; ahora medía solamente 30 centímetros. Se alegró al pensar que podría salir al jardín maravilloso; pero cuando llegó a la puertecita, se encontró con que había olvidado la llave dorada.

Intentó subirse por una de las patas de la mesa para recogerla. Era muy resbalosa y se cansó de tratarlo. La pobre Alicia se sentó a llorar. Lloró y lloró hasta que se encontró sumergida en una piscina de lágrimas. Entonces, escuchó un chapoteo: era un ratón que se había resbalado al agua salada. Poco a poco, la piscina se fue llenando de aves y animales que caían adentro.

Alicia nadó hacia la orilla y todos la siguieron. Ahora, había que secarse.

— Lo mejor —dijo un ave— es una carrera de Caucus.
— ¿Qué es una carrera de Caucus? —preguntó Alicia.
— Para explicarlo, hay que hacerlo —dijo el ave, marcando una pista de carrera.

Todos se pusieron a correr hasta secarse. Luego, uno por uno, se fueron yendo. Alicia se quedó nuevamente sola.

Alicia exploró hasta llegar a una casita con un letrero en la puerta que decía: Conejo B. Entró y subió por la escalera. En una mesa encontró los guantes, un abanico y una botella del conejo. Probó su contenido y empezó a crecer. Sin pensarlo, se ventiló con el abanico y descubrió que se empequeñecía otra vez. Cuando estuvo lo bastante chica, corrió fuera de la casa.

Cerca de ahí había una oruga sentada en un hongo.

— ¿Quién eres tú? —preguntó la oruga.
— Apenas lo sé, señor. Con tantas estaturas uno se confunde —respondió Alicia.
— De qué tamaño quieres ser? —preguntó la oruga.
— Un poquito más grande —dijo Alicia.
— Un lado te hará más lata y el otro más baja.
— ¿Un lado de qué? —consultó Alicia tímidamente.
— Del hongo, por supuesto —refunfuñó la oruga.
— Y, ahora ¿cual es cuál? —se preguntó Alicia mordisqueando una migaja del lado derecho del hongo.

Acto seguido, se golpearon sus pies con la barbilla. Tragó un pedacito del lado izquierdo. Ahora se le alargó el cuello y una paloma voló hacia ella gritanto:

— ¡Una serpiente!
— ¡No soy una serpiente! ¡Soy una niñita!

Después, Alicia averiguó como controlar su estatura mordisqueando el hongo; primero por un lado y, luego por el otro. Ahora visitaré ese bello jardín —pensó.

Luego, Alicia vio a un Gato sobre un árbol. Cuando el minino le sonrió, supo que era un Gato de Cheshire.

— ¿Me podría decir, por favor, hacia qué lado ir?
— Por aquí vive un Sombrerero y un Conejo —dijo el Gato. Puedes ver al que quieras: los dos están chiflados.

El Sombrerero y el Conejo estaban tomando té al aire libre con un Dormilón que roncaba profundamente.

— ¿Por qué un cuervo es como un escritorio? —apuntó súbitamente el Sombrerero.
— Yo puedo adivinar eso —dijo Alicia.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó el Conejo.
— Quiero decir lo que digo —respondió Alicia. Es lo mismo.
— También podrías decir que 'respiro cuando duermo' es lo mismo que 'duermo cuando respiro' —agregó el Dormilón.
— Eso es lo mismo para ti —dijo el Sombrerero.

Cuando Alicia abandonó la reunión, descubrió una puerta en un árbol. Entró y se encontró en el salón de las puertecitas. Esta vez pudo tomar la llave dorada y empequeñecerse con migajas del hongo. Entró al bello jardín donde vio al Conejo Blanco con unos seres cuadrados que ella reconoció como la Reina de Corazones y su corte de naipes. Estaban gritando y apuntando hacia arriba. En el aire flotaba una sonrisa. El Gato de Cheshire hacia su truco favorito: desaparecer en el aire.

— ¡Córtenle la cabeza! —bramó la Reina.
— Ustedes sólo son naipes —dijo Alicia.

Al instante, la baraja cayó sobre Alicia que trató de barrérsela con la mano; pero cuando volvió a abrir los ojos, ahí estaba ella, tratando de despejarse el rostro de las hojas del árbol que la habían despertado.

— Oh, tuve un sueño tan curioso! —dijo Alicia. Y vaya sueño maravilloso el que había tenido.

Fin

📱