Hace mucho tiempo, en una tierra antigua y lejana, un niño vivía cautivo en la habitación más alta de una torre de piedra. Sin que nadie conociera jamás la razón de aquel encierro, un gigante oscuro, que solía dormir junto a la torre, lo custodiaba en silencio.
Desde el alféizar de su única ventana, el niño observaba una pradera infinita donde apenas tres árboles interrumpían la monotonía del horizonte: dos chopos erguidos como centinelas y un pino cuyas ramas se mecían al viento. Conocía de memoria el paisaje y cada sendero marcado por los animales que huían ante la presencia del gigante.
Sus ojos, sin embargo, siempre buscaban algo más lejano. Imaginaba un bosque rodeado de montañas enormes que se alzaban mucho más allá del horizonte, anhelando una libertad que sólo le prometían sus sueños.
Su único compañero era un estante con viejos papiros que el gigante había olvidado. En todo su tiempo cautivo, el niño los había leído con esmero. En ellos viejas historias hablaban del río de Siempre Reirás: un cauce lejano cuyas aguas devolvían la alegría a quien bebiera de ellas y borraban para siempre toda tristeza del alma. Pensando en ese río, el niño miraba a las aves cruzando el cielo y suspiraba, recordando a su madre.
Una mañana, cuando el primer destello de luz tocaba las almenas, una paloma blanca se posó en su ventana. Tenía la mirada serena de quien ha recorrido un largo camino. El niño, despacio para no asustarla, la acarició, le dio de beber un poco de agua de lluvia que recolectaba en un cántaro, y le habló con suavidad:
—¿Acaso vienes del río de Siempre Reirás?El ave respondió con un suave gorgorito. El niño desató una fina cadena de su cuello y la sujetó a la pata de la paloma.
—Busca donde nace el río. Si lo encuentras, moja esta cadenita en sus aguas y regresa, por favor.La paloma alzó el vuelo hacia el oeste. Pasó el tiempo y el ave regresó, pero la cadena seguía tan seca y brillante como al principio. Sin dejar caer su ánimo, el niño ató esta vez un pequeño anillo de papiro a su pata y la envió hacia el sur. Nuevamente, el ave retornó sin ninguna novedad.
A punto de rendirse, el niño sintió al ave mordisqueando juguetónamente su mano, como si lo animara a no perder la fe.
—Lo intentaremos otra vez, amiga —susurró a la paloma, y la soltó al viento.La espera fue más larga que las anteriores. Cuando a la penumbra del quinto día amenazaba con cubrir la pradera, el batir de unas alas anunció el regreso de la paloma. Esta vez traía atado un fino hilo de seda verde junto a una pequeña y misteriosa nota:
“Besa este hilo y se convertirá en una cuerda que te dará tu libertad.”
El niño desconocía al remitente, pero pensó que no tenía nada que perder, así que acercó la seda a sus labios. Al besarlo, el hilo creció entre sus manos, volviéndose una gruesa maroma. La amarró con firmeza al pilar de la ventana e hizo otros tantos nudos a lo largo para bajar con seguridad. Luego arrojó el otro extremo hacia el vacío, procurando no despertar al gigante que yacía dormido. Así comenzó a descender, lentamente, afirmado de nudo en nudo. Las ásperas piedras de la torre le hicieron algunas magulladuras, pero, soportando el dolor, el anhelo de libertad le daba espíritu para seguir.
Al llegar abajo, caminó sigilosamente hacia uno de los senderos que había visto desde la ventana, y una vez en la pradera y más lejos del gigante, echó a correr.
Sentía, por fin, la tierra húmeda bajo sus pies y los tres árboles parecían recibirlo con compasión. Junto al pino aguardaba un caballo solitario. El niño montó sobre su lomo y, al sentir su peso, el animal rompió a galopar sin vacilar y con la certeza de quien conoce el destino.
Galoparon y galoparon lejos... muy lejos. Más allá del horizonte y entre colinas y senderos, hasta que la luz de la tarde comenzó a dorar el paisaje. Al fondo de un valle tranquilo, junto a un arroyo de aguas transparentes, se alzaban un viejo molino y una casa de piedra que al niño le pareció familiar.
—¡Hola! —gritó el niño— ¿Vive alguien aquí?La puerta del molino se abrió y una mujer salió a recibirlo. Pero al ver descender al muchacho de su caballo, lo reconoció. Corrió hacia él con todas sus fuerzas y lo estrechó en un abrazo interminable, bañando su rostro con lágrimas contenidas durante años.
—¡Mamita, mamita! —sollozaba el niño, abrazando finalmente a su madre.Más tarde, sentados juntos a la orilla del agua, contemplaban el curso del río que fluía sin prisa entre juncos y flores silvestres. El niño miró la luz reflejada en la corriente, y supo que había encontrado el río de Siempre Reirás.
—¡Mi niño, sí eres tú! ¡Estás en casa! —repetía su madre, empapada de emoción.


