Cuentos Xennial
Cuentos Xennial
El Mensaje de Los Últimos
Un relato juvenil de Ethan J. Connery

Ilustrado en Dream

Antaño, en los albores de la modernidad, cuando los prados eran vastos y el futuro se vislumbraba con esperanza, vivía un joven llamado Erick, apodado “el intrépido". Hijo de los '70 y criado en los '80, Erick creció rodeado de patines, peinados voluminosos, globos de chicle rosa, música pop y estéreos. Pero especialmente, en la efervescencia de una época marcada por grandes cambios sociales y científicos que dieron forma al mundo conocido.

Como muchos jóvenes de su generación, solía perderse en mundos imaginarios, ya fuera frente a las pantallas de los salones de arcade o explorando las repisas de un viejo videoclub. Fue en esos refugios de fantasía donde nació su verdadera pasión: una curiosidad inagotable por el destino de la civilización y todo aquello que estaba por venir.

Cierto día, el destino llevó a Erick a explorar más allá de sus sueños preadolescentes. En la biblioteca pública, tras resolver su cubo de Rubik, encontró un fajo de cartografías estelares oculto en un viejo libro polvoriento.

Una de las cartas, repleta de constelaciones y leyendas, prometía una aventura real: un secreto que unía un pasado remoto con un futuro incierto. Al reverso, Erick descubrió un misterioso diálogo escrito a mano con distintos colores y caligrafías, junto a una lista de estrellas del hemisferio sur. El acertijo concluía con una advertencia:
“Se acerca una tormenta."
“Lo sé."
Intrigado por el enigma oculto en aquel papel, Erick pasó días descifrándolo. Utilizando conceptos de geometría y matemáticas de su clase de BASIC, obtuvo unas coordenadas que lo guiaron hacia lo profundo de las montañas patagónicas.

En un rincón olvidado del bosque, donde el viento parece cantar historias antiguas, halló una cueva oculta por los siglos. Allí descubrió un artefacto extraño: un objeto de tecnología desconocida con inscripciones doradas en una lengua ignota. Parecía una mezcla entre reloj y brújula, con un armazón esférico que recordaba a un cubo de Rubik.

Al girar el mecanismo, su entorno se transformó. Un torbellino de luz y sombra lo proyectó violentamente hacia un futuro inimaginable: septiembre del año 3.881, en un mundo donde las estaciones habían dejado de existir.

Erick se encontró con un mundo desolado, donde la humanidad había caído y las máquinas dictaban las reglas. En aquel paisaje yermo, descubrió un último rastro de civilización: una chica que vivía oculta, custodiando las cenizas de un pasado vibrante.
—¿Quién eres? —preguntó él, intrigado.
—Soy Paula —respondió ella con amargura—. La última. Después de mí, no habrá más historias.

Erick la miró desconcertado.

—¿Quieres decir que no queda nadie más en todo el planeta?
—¿Qué parte de “soy la última" no has entendido? —exclamó ella, exasperada—. ¡No hay nadie más!
—¡Vale, de acuerdo! —replicó Erick, intentando asimilar el peso de sus palabras.

Una melodía conocida acudió a su mente: un viejo éxito de Tiffany de 1987 que parecía encajar perfectamente con ese momento de soledad. 

Paula se cruzó de brazos.
—Dices que no habrá más historias después de ti... —murmuró Erick, con una mezcla de asombro y tristeza—. ¿Por qué desaparecieron los demás? ¿Cómo se consumieron sus relatos?
Paula, la última joven sobre la faz de la Tierra, lo observó con una mirada tan profunda como un mar olvidado.
—Las historias eran el alma de la Humanidad —respondió ella—, pero acabaron desplazadas por el engaño y el estrépito de máquinas nacidas de la ambición. La codicia de unos pocos desafió al pasado, y el mundo decidió dejar de recordar. Sin memoria, las historias perecieron, y nosotros con ellas. Yo soy...
—La última —concluyó Erick. Guardó silencio y asintió, aceptando finalmente el peso de sus palabras.
La tragedia parecía absoluta; no todos los días se es testigo del fin de los tiempos. Sin embargo, pese al desconsuelo, Erick intuyó que no todo estaba perdido. Después de todo, “la última" hablaba de un mito final: un relato capaz de encender la imaginación humana para recuperar el Reino de los Cuentos Perdidos.

En aquel refugio, las leyendas olvidadas aguardaban su renacer, ansiando ser rescatadas por los más valientes. Se decía que este lugar permanecía protegido por un portal que solo el valor, la lealtad y la esperanza podrían abrir.

Decididos a devolverle el sentido a la Humanidad, Paula guio a Erick en una peligrosa travesía a través de paisajes crepusculares. Caminaron sobre las ruinas de una civilización antaño avanzada, siempre bajo acecho de las máquinas, cuyas existencias sintéticas buscaban extinguir cualquier vestigio de resistencia.

De pronto, un androide bloqueó el camino. Antes de que pudieran reaccionar, una ráfaga de láseres impactó contra los restos de un viejo satélite caído durante la guerra. Protegidos tras la mole de chatarra, la pareja se arrastró hasta un escondite; por un agujero de metralla, Erick divisó a la máquina humanoide aproximándose mientras rastreaba señales de vida.
—¡Ya viene! —susurró con angustia.
—Cuando te diga, apunta a su hombro izquierdo y presiona el botón rojo —ordenó Paula, entregándole un rudimentario dispositivo de defensa.
Paula, la última chica sobre la faz de la Tierra, lanzó entonces una tuerca con todas sus fuerzas. El metal trazó un amplio arco en el aire y cayó escandalosamente a espaldas del robot. En cuanto el “eliminador" se giró para disparar al señuelo, ella dio la orden:
—¡Ahora!

Erick apuntó y activó el aturdidor.

El androide se detuvo en seco.
—¡Corre! Tenemos 30 segundos antes de que se reactive —gritó Paula—. ¡Y ni pienses en destruirlo, es imposible!
Los jóvenes huyeron a todo pulmón hasta que las fuerzas les fallaron. Tras ocultarse de nuevo, observaron cómo la máquina despertaba; el androide rastreó la zona, pero al no detectar rastro de ellos, retomó su marcha.
—¿Seguiremos por el desierto? —preguntó el chico de los '80.
—No es lo ideal. Los “eliminadores" acechan por aquí, aunque evitan las rutas de los “devastadores" para no caer bajo sus mecanismos —explicó Paula—. Conozco un camino más seguro por las montañas. Hay unas minas que podrían llevarnos hasta el último refugio. Nunca he estado ahí... es casi una leyenda.
—Suena prometedor. —asintió Erick.

Sin perder tiempo, emprendieron el viaje hacia las alturas.

El frío en las cumbres era distinto al del desierto; olía a metal oxidado y a tiempos remotos. Entre colosos de granito envueltos en hielo, Erick reconoció formas familiares: las montañas no eran accidentes naturales, sino monumentos titánicos devastados por una guerra antigua. Cualquier maravilla del siglo XX palidecía frente a la escala de aquella tragedia que el futuro, paradójicamente, parecía haber dejado atrás.

A mitad del ascenso, las minas surgieron como gargantas oscuras entre las rocas. Al internarse los jóvenes, el eco de sus pasos se perdió en la inmensidad de los túneles y la oscuridad los obligó a detenerse. Paula encendió una lámpara de plasma, revelando inscripciones que hablaban de un pueblo desaparecido y sus secretos olvidados.

De pronto, un rugido metálico sacudió el suelo. No era un androide, sino un “devastador": una colosal excavadora autónoma que patrullaba las galerías. Los jóvenes se ocultaron tras un muro derruido, conteniendo el aliento mientras la mole mecánica pasaba con sus sensores encendidos, barriendo la penumbra.

—¡Escondámonos aquí! —susurró Erick, guiando a Paula hacia una veta lateral de grafito.

Paula detectó un brillo al fondo de la grieta.

—¡Por aquí! —señaló, indicando un pasadizo estrecho.

Avanzaron a gatas hasta desembocar en una cámara iluminada por cuarzos fosforescentes. En el centro, un altar de piedra lucía un círculo de runas. Al tocarlo, Erick sintió una vibración que parecía alterar el tiempo mismo. Paula, mientras tanto, descubrió en un panel cercano un pergamino de fibra sintética que mezclaba código binario con grafía nórdica.

Erick recordó una vieja historia: “Las minas no solo guardan minerales; sino puertas a otros mundos". En ese instante, las runas se encendieron y un láser proyectó un mapa tridimensional que señalaba una fuente de energía desconocida.

—¡El portal! —exclamaron al unísono.

Con renovada esperanza, siguieron el túnel indicado esquivando trampas automáticas. Al final del camino, un panel de control bloqueaba el paso.

—Ingrese coordenadas —sentenció una voz electrónica.
—¿Coordenadas? No había números, solo un punto en el mapa —objetó Paula, nerviosa.
—Es otra trampa —intervino Erick, acariciando el teclado mientras los golpes del devastador resonaban cada vez más cerca— No es solo una ubicación; es una llave... o una invitación.
—¡Ni siquiera sabemos si esto funciona! —exclamó ella.
—¡Quedan 30 segundos! —advirtió la voz.

Paula, decidida, ingresó una serie de números: 36°37'8.89''S y presionó Enter. Erick, comprendiendo el juego, completó la secuencia: 72°57'46.17''O. La respuesta de la máquina fue inesperada:

—“Gracias por jugar. Inserte otra moneda".
—¡Es un arcade! —exclamó Erick, reconociendo el sistema, aunque no pertenecía a su época.
—¿Qué es un arcade? —preguntó Paula, confundida.
—ARCADE: contraseña aceptada —anunció la voz.

Un tubo mecánico descendió del techo, abriendo una compuerta que revelaba una escalera interior. Sin dudarlo, ambos ascendieron por lo que resultó ser un conducto de ventilación. Al salir al otro extremo, el aire había cambiado. El polvo del desierto y el frío de las minas eran ahora parte del pasado; frente a ellos, una bruma eléctrica señalaba, por fin, el destino final de su viaje.

Tras la dura travesía plagada de peligros, los jóvenes aventureros alcanzaron finalmente el portal. Allí los aguardaba un umbral de luz, tan brillante como un amanecer en medio de la ventisca. Aquella calidez despertó en sus corazones un sentimiento ancestral.

Recordando las historias que habían evocado durante el viaje, pronunciaron las palabras secretas mientras trazaban un círculo en el aire:
—“Hér ferr Herlicii... Fórum drengja Frábærheimur; ég skipa þér með töfrum Óðins: opnaðu mér leið Bifröst!" ♪ ♫
El portal cedió, revelando el reino mágico que se ocultaba más allá de la Puerta de Tannhäuser.
—¡Wow! —exclamó Erick, maravillado—. Algún día, todos estos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia.
—¡Ni lo menciones! —le recriminó Paula.
Armados de valor y unidos de la mano, los jóvenes cruzaron el portal. Al otro lado, las historias no eran palabras escritas, sino entidades luminosas que palpitaban con propósito. En aquel plano superior, cada relato olvidado, leyenda perdida y cuento postergado, aguardaba el momento de volver a ser contado a los niños del mundo.

Los seres etéreos se deslizaron cuan espectros de luz y sentenciaron:
—La profecía se ha cumplido; según la cual un día vendrían los elegidos.
Los jóvenes dieron un paso al frente mientras las criaturas se acercaban:
—Nuestra existencia está ligada a la vuestra; existimos solo mientras la esperanza persiste en la Humanidad. Si vosotros perecéis, moriríamos para siempre. Porque, sois los últimos.
Paula y Erick escuchaban con atención mientras los relatos vivientes narraban su odisea:
—Hubo un tiempo en que nos creímos inmortales, pues hemos coexistido con ustedes desde el alba de la Humanidad. Estamos hechos del mismo material que sus sueños: somos el poder de la imaginación y de los ideales. No solo les permitimos escapar de la realidad, sino que les damos la fuerza para transformarla. Por eso, vivan con valentía y perseverancia; confíen en su espíritu y en su mente para superar cualquier obstáculo que impida salvar nuestros mundos.
—Entonces, somos uno. —reflexionó Paula.
—Uno y lo mismo. —complementó Erick.
Los relatos vivientes sonrieron por primera vez en mucho tiempo.
—Por favor, llevadnos con vosotros al mundo humano —pidieron—. Llevadnos a un tiempo donde aún podamos salvaros. Allí renaceremos para respirar a vuestro lado y devolver la esperanza a los vuestros.

Una luz dorada envolvió el encuentro mientras una voz añadía:

—En ambos mundos cada uno tiene un papel vital. Nuestras acciones, por pequeñas que sean, abren portales hacia infinitas posibilidades. Ese es el propósito de todo cuanto existe; incluso nosotros, los cuentos, tenemos nuestros propios sueños... y vosotros formáis parte de ellos. También quienes nos leen y escuchan en este preciso momento, en algún lugar del tiempo.

Paula y Erick aclamaron con entusiasmo, agradeciendo a los lectores de este cuento por hacer posible su misión.

—¡Viviréis con nosotros! —exclamaron Los Últimos, fascinados por la noble tarea que acababan de recibir.
Los jóvenes aceptaron la misión, conscientes de que su deber era llevar esos relatos al corazón de quienes buscan rescatar a su niño interior. Su propósito era transformar el presente para construir un mañana donde nunca se olvide la importancia de soñar, ni las verdades esenciales que esconden las viejas historias.

Sabían que el camino sería difícil: las fuerzas que intentaron extinguir los relatos siempre existirían como parte del equilibrio del Universo. Sin embargo, los intrépidos surgieron precisamente para proteger la justicia frente a la indiferencia y la codicia. Lo fundamental era confiar en que las historias, al cobrar vida en la Humanidad, devolverían la esperanza y la promesa de un futuro mejor.

Así, con el coraje de los antiguos héroes y el amor por lo olvidado, los últimos jóvenes regresaron al siglo XX portando consigo el legado del Reino de los Cuentos Perdidos.

Sin Fin
Hansel, Gretel y el Fantasma
Muñecos de Rose Art Studios

Parte 1
Todo comenzó unos 9 años después de la aventura original: Hansel y Gretel habían crecido, y como buenos hijos, ayudaban a su padre en las labores de la casa. Un día de primavera estaban ordenando la bodega cuando el padre de los adolescentes encontró un viejo cofrecito de hierro.
— ¡Vaya! —exclamó— ¿Qué tenemos aquí?
El hombre intentó abrir el cofre, pero sus intentos fueron infructuosos. Como no recordara poseer tal artilugio, llamó a sus hijos para dilucidar el misterio de la caja y su contenido.
— Hansel, Gretel... ¿De dónde ha venido este cofre?
— ¿Es una adivinanza? —preguntó Hansel.
— ¿O un nuevo cuento? —complementó Gretel.
— No, chicos —respondió su padre— Me refería a que si acaso tenéis alguna idea de cómo ha llegado a parar este pequeño cofre a nuestra bodega.
— ¡Aaaah! —exclamaron— Pues no —admitieron.
Desconcertado, el hombre agitó la pequeña caja junto a su oído, procurando no forzarla para no dañar su contenido, ya pudiera ser valioso.
— No suena nada —observó— ¿Será que está vacío?
— ¡Seguro contiene algo! —curioseó Hansel.
— ¿Quizá haya sido de mamá? —propuso Gretel.
Esas últimas palabras tocaron el corazón de todos, que le tomaron aprecio a la caja, hasta que Hansel dijo:
— Pero... ¿Y si hubiera sido de nuestra madrastra?
La idea no gustó a nadie y el cofre ya no era tan estimado, hasta que Gretel observó:
— O peor... ¡Podría haber sido de la bruja del bosque!
La nueva sugerencia puso a todos helados de espanto. Tanto así que al padre de los chicos se le resbaló el cofre, dejándolo caer.
— ¡Cuidado! —exclamaron Hansel y Gretel.
¡¡Slamdunk!!
Impactó pesadamente la caja.
— ¡Corran niños! —gritó el padre.
— ¡Guaaaa! —gritaron todos, huyendo hacia el bosque y con los brazos en alto.
La familia vigiló la bodega desde lejos durante varios minutos, pero como éstos pasaran y no se oyeran ruidos, supusieron que el cofre era inofensivo. Regresaron con cautela y comprobaron que todo seguía tan desordenado como cuando salieron.
— Parece que todo está bien, después de todo —dijo el padre, y ordenó— Hansel: lleva el cofre a casa del cerrajero para que lo abra y entonces conoceremos su contenido. Si acaso hay algo de valor en su interior decidiremos si vale la pena conservarlo o venderlo.
— ¿Yo? Pero... ¿Porqué yo? —preguntó Hansel, que siempre había sido muy servicial, pero consideraba que el asunto del cofre era algo fuera de lo habitual.
— Eres mayor que tu hermana —le dijo su papá.
— ¡Vale! Pero tú eres mayor que yo —observó Hansel, y agregó— Además, no hay evidencia que asegure que la caja no perteneció a la bruja espanta-niños.
— Ya, pero sólo esta mañana me pediste que no te tratara como niño, porque ya te sentías mayor...
El adolescente se llevó la mano a la cara.
— Yo llevaré el cofre al cerrajero —afirmó Gretel— que había llegado a conocer a la bruja "un poco más" que Hansel.
El padre de los chicos palideció.
— ¡No... tu eres mi niña, mi linda hija Gretel!
— Papá, los tiempos han cambiado: las chicas también podemos hacer el "trabajo sucio", y a esta edad ya no le temo a las brujas —reclamó Gretel.
— ¡Un momento! —refutó Hansel, que había ganado valor con la conversación— Lo lógico es que lo lleve yo: soy mayor que Gretel.
— De ninguna manera —argumentó Gretel— ¡Las chicas somos tan valientes como los chicos!
— Niños, niños... no es competencia —reafirmó su autoridad el papá— Yo soy vuestro padre y es mi deber protegerlos: me haré cargo del cofre.
— Está bien, papá —acataron los hijos.
— ¿Y porqué mejor no llevo yo misma mi cofre a casa del cerrajero? —propuso el fantasma de la bruja, que había seguido atentamente la conversación °-°
Un escalofrío recorrió las espaldas de nuestros protagonistas, quienes —calados de pavor hasta los huesos— reconocieron al espíritu de la bruja, parada detrás de ellos.
— ¡¡Guaaaaa!!
El griterío debió escucharse desde lejos, pues la familia corrió por sus vidas, buscando protección en la espesura del bosque.
— ¡Guajajajaja! —rió el fantasma de la bruja— Que bueno que os quedasteis con mis tesoros, porque habéis liberado mi espíritu de la prisión al dejar caer tan estrepitosamente ese cofre, que para que lo sepáis: era una puerta al inframundo. ¡Y vosotros acabáis de romper el sello! Y aunque ahora estoy debilitada pronto me recuperaré, y estaré penando en vuestra casa... ¡Guajajajaja!
Desde lejos, la familia respondió:
— ¡Esperpento, no te tememos! —le gritó Hansel, arribado a un árbol.
— ¡Bruja fea y sinvergüenza, recuerda quién te echó al horno! —le gritó Gretel, tras una roca.
— ¡Al cabo que nos íbamos a cambiar de casa! —le gritó el papá de los chicos, que en el repentino escape se había empapado en un charco de lodo.
El fantasma de la bruja sólo reía de las afrentas, imaginando una pronta venganza. La familia se reunió en el bosque:
— ¡Y ahora qué haremos, papá! —exclamó Gretel.
— ¡No podemos dejar que la bruja se apodere de la casa! —lamentó Hansel.
— ¡Tranquilos, niños! —les infundió valor el papá— Ya la haremos salir de una u otra forma.
La aparición salió de la bodega y empezó a rondar los alrededores de la casa, buscando una forma de incrementar su poder. La familia tomó, entonces, la decisión unánime de buscar apoyo en el pueblo más cercano —al otro lado del bosque—, y antes de que el espíritu del inframundo se recuperara por completo, partieron de camino; llevando una bolsa con emparedados y botellas de leche para el largo trayecto que les esperaba.


Parte 2
Era Julio de 1994 y el cometa Shoemaker-Levy 9 impactaba al planeta Júpiter, formando una serie de destellos anillados que perdurarían durante horas en la superficie de aquel mundo gaseoso. Los astrónomos estaban fascinados.

— ¡Guau! —exclamó Yar Ztnats— ¡Las composiciones creadas por la Sección de Diseño de Misiones del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, usando cálculos orbitales de la Sección de Navegación, son sencillamente espectaculares!
— Es verdad, aunque esto del espacio está un poco fuera de nuestra "jurisdicción" —espetó Retep Namkcnev.
El Dr. Namkcnev, junto a su equipo de científicos, habían sido invitados de honor para presenciar el evento astronómico en las dependencias de la NASA.
— No deja de ser un fenómeno fascinante —analizó otro colega, el Dr. Noge Relgneps.
— Lo que aún no entiendo es porqué las credenciales que nos dieron están escritas al revés —observó el 4º integrante: el especialista Notsniw Eromeddez.
— Carl Sagan me dijo que fue error del diseñador gráfico —le explicó Noge.
Finalizado el evento y las tertulias, el grupo dejó las dependencias de la NASA para regresar a sus labores habituales, al interior de un enigmático edificio del casco antiguo de la ciudad de Nueva York. La secretaria, Eninaj, les tenía un nuevo trabajo:
— Mientras ustedes veían la Luna, un cliente llamó a la central.
— No era la Luna: era un Supercometa estrellándose en un Superplaneta.
— Lo que sea. El cliente pedía ayuda urgente debido a extraños incidentes en su fábrica de chocolates.
— ¡Iremos de inmediato! °-°
Los expertos se quitaron sus corbatas y cambiaron sus elegantes trajes por una sofisticada indumentaria de fumigación. Abordaron su vehículo para emergencias, y haciendo sonar la sirena, salieron disparados hacia la dirección proporcionada por la atractiva Eninaj. Llegados a la fábrica, comprobaron que estaba deshabitada, pues habían evacuado a todo el personal.
Los expertos activaron sus instrumentos:
— ¿Hay alguna señal? —preguntó Notsniw.
— Aparte de nuestra verde y nauseabunda mascota: tenemos actividad espectral tipo 10.
— Una fábrica de chocolates... ¡Menudo lugar para una actividad espectral tipo 10!
Un ruido a sus espaldas llamó la atención de Notsniw, quien con su "fumigador" disparó accidentalmente un rayo de energía hacia un contenedor de acero inoxidable: el contenido explotó en un achocolatado tsunami de dulzura que escurrió en dirección del grupo, manchando a los expertos. Un mapache se escabulló por un tubo que daba al exterior.
— ¡Lo siento, chicos! —se disculpó— Creo que hoy no es mi día.
Estaba por ser elogiado cuando inesperadamente se apareció en medio del grupo la actividad espectral tipo 10. Los expertos saltaron ante la impresión, pero inmediatamente activaron cada uno sus fumigadores, lanzando ingentes rayos de energía que fueron a parar a diferentes maquinarias de la fábrica, dejando literalmente "la crema".
La mascota del equipo aprovechó de ingerir la mayor cantidad de chocolate posible. No obstante —antes de que la fábrica quedara inutilizable— el Dr. Namkcnev lanzó una caja conectada a un largo cable, debajo de la actividad espectral, que yacía apresada entre los rayos. Presionó un botón rojo que terminó activando la trampa: finalmente el fantasma estaba atrapado en el contenedor.
— ¡Bien hecho, Noge!
— Otro trabajo bien terminado para los "Samsatnafazac".
— Déjalo ya, Egon: olvida las credenciales.
— Lo siento... Otro trabajo bien terminado para los Cazafantasmas.
— ¡¡Siiii!! —exclamaron todos.
Los Auténticos Cazafantasmas volvían a usar sus nombres.
Inesperadamente la trampa que contenía al recién atrapado fantasma comenzó a agitarse con fuerza, hasta que logró soltarse de la mano de Egon Spengler, liberando al espectro tipo 10.
— ¡Recórcholis, muchachos! —exclamó Peter Venckman— ¡Es más fuerte de lo que suponemos: cuidado con él!
— ¡No puede ser! —gritó Ray Stantz.
— ¡Maldición! —profirió Winston Zeddemore.
El fantasma les enfrentó:
— ¡Un momento, Cazafantasmas! —les dijo— He venido en son de paz.
— ¿Acaso hablas? ¿Pretendes aparentar ser amable?
— Si y no —dijo el fantasma— Verán: estoy aquí con una misión.
— Claro, todos dicen lo mismo. ¡No te creemos!
Egon Interrumpió:
— Un momento, Peter, el indicador muestra energía benigna; es como un detector de mentiras que está diciéndonos que la actividad espectral tipo 10 nos está diciendo la verdad. Me parece que deberíamos escucharlo.
— Está bien —Peter se dirigió al espectro— ¡Pero sólo porque lo pide Egon! Dinos... ¿Qué misión es esa? Y te advierto que si tramas algo te aniquilaremos con nuestros rayos de protones.
El espíritu se apresuró a contestar, después de todo, la fama de los Cazafantasmas había trascendido las barreras del tiempo y el espacio.
— Veran señores —comenzó a explicar amablemente la aparición— Yo soy el "espíritu de la Navidad futura"... de hecho, ya nos conocemos: ustedes me atraparon una vez y luego me liberaron, y esta es la segunda vez que lo hacen.
— ¡Ah, ya veo, eras tú! Perdónanos: no nos acordábamos... puedes irte cuando quieras. —le respondió Peter, recordando que hablaba con un espectro de los buenos.
— Gracias. Me alegra que me recuerden. Aún así no puedo irme sin antes explicarles que me han enviado por ustedes.
— ¿Por nosotros? ¿Quién?
— Verán señores: ¿Alguna vez han oído hablar de Hansel y Gretel?
— Si, claro... es un cuento clásico. A todos nos han contado la historia cuando niños. —dijo Peter.
— De hecho, leí el cuento la semana pasada en CuentosClasicos.org —reconoció Ray.
El fantasma de la Navidad futura asintió sonriendo, y prosiguió:
— Bien. Lo que ocurre es que ese cuento está basado en una historia de la vida real.
— ¿Quieres decir que Hansel y Gretel de verdad existieron?
— Así es, pero la leyenda que todos conocemos ha sufrido un vuelco: la bruja ha regresado en forma de espíritu y está recuperando su poder. Ya se hizo con el control de la casa de los niños, y el padre de éstos ha pedido ayuda al Alcalde del pueblo para expulsar a la "ocupa", pero como se trata de un caso paranormal el Municipio les envió a consultar al mago Merlín, pero el hechicero ya tenía demasiado trabajo luchando con Morgana, así que le "tiró la pelota" a Santa Claus y éste último me contactó para saber cómo lidiar con el problema... y claro: me acordé de ustedes.
— ¡Vaya Odisea! —exclamó Peter Venckman— Pero estás hablando de algo que sucedió hace mucho... ¿Cómo se supone que podamos ayudar?
— No hay problema: recuerden que soy el fantasma de la Navidad futura y tengo el poder de viajar en el tiempo. Puedo regresar al pasado y llevarles conmigo.
Los Auténticos cazafantasmas se reunieron en círculo para resolver:
— ¡Bien, muchachos! Este caso sí es un trabajo a nuestra medida profesional.
— ¡Viajar por el tiempo suena cool!
— Estoy de acuerdo, además Hansel y Gretel son de los buenos.
— Merecen todo nuestro apoyo.
— También sería bueno para el currículum.
— ¡Está decidido!
Peter Venckman se dirigió al fantasma de la Navidad futura:
— ¡Aceptamos el encargo!
— Muy bien —dijo la aparición— entonces les trasladaré al siglo XV.
— ¡Un momento, fantasma! Antes de que partamos debes saber que podríamos necesitar de todos nuestros recursos...
En tanto esa conversación se daba en la Nueva York de 1994, en el siglo XV los niños y su padre habían llegado al pueblo a pedir auxilio al Alcalde, quien les envió a una choza en el bosque encantado para consultar con el mago Merlín, y éste —que padecía exceso de trabajo— usó una bola de cristal para comunicarse con Papá Noel (en el Polo Norte), quien a su vez invocó al espíritu de la Navidad futura pidiéndole consejo, y claro: éste se acordó que en el futuro existían los Cazafantasmas, dedicados al negocio de atrapar y almacenar fantasmas.


Parte Final
El espítiru de la bruja se había hecho tan poderoso que además de la bodega y la casa, toda la parcela y parte del bosque estaban bajo su influjo de poder. El Ecto-1 arribó al pequeño pueblo del siglo XV a través de un "vortex" inter-temporal.
— ¡Uuu uuu uuu! —Sonaba la sirena del carro.
Las gentes del pueblo huían despavoridas ya que nunca antes habían visto un automóvil, que era —por lo demás— ruidoso.
— ¡Con vuestro permiso, amables pobladores! —exclamaba Peter Venckman a través de la ventana— ¡Estamos en misión especial!
— ¡Santos protones! Juraría que estuvimos a punto de chocar con un DeLorean volador que viajaba en sentido contrario por ese vortex —aseguró el Dr. Spengler.
— ¡Naaaah! —respondieron al unísono sus compañeros.
El Ecto-1 esquivó hábilmente una carreta llena de heno, en su loco recorrido hacia el bosque por el que vivían Hansel y Gretel. Temerosas, curiosas y fascinadas, las gentes del pueblo les siguieron, pues el mago Merlín les había avisado que hechiceros poderosos, de tierras lejanas, llegarían al pueblo aquella tarde.
Atraídos por el escándalo de la bruja, otra muchedumbre se había aglomerado alrededor de la parcela cuando el Ecto-1 llegó a escena. La sirena se detuvo y Los Auténticos Cazafantasmas descendieron del vehículo, seguidos del fantasma de la Navidad futura, el mago Merlín, Santa Claus, Hansel, Gretel, el padre de dichos adolescentes... y Pegajoso.
— ¡Ningún hechicero me detendrá! —gritó el poderoso espíritu de la bruja, lanzando un rayo hacia los recién llegados. Merlín lo detuvo en el acto.
— ¡No soy yo de quien debas cuidarte, bruja! —le respondió el mago.
— Okey, chicos... ¡Es hora de mostrarle al siglo XV lo que puede hacer el buen Rock & Roll de los '80s! —exclamó Peter Venkman.
— Pero si acabamos de llegar de los '90s —observó Winston Zeddemore.
— ¿Y eso qué? ¡Lo clásico nunca pasa de moda!
Pegajoso extrajo un enorme Stereo que había llevado oculto en su ecto-estómago y apretó un botón. El tema musical de los Cazafantasmas comenzó a tocar en el preciso momento en que los rayos de protones se alzaron al cielo, colisionando con el campo de fuerza que mantenía el espíritu de la bruja. Las explosiones de energía contrapuestas fueron espectaculares. Los habitantes del siglo XV desconcertados ante la tecnología ochentosa gritaban entusiasmados...

— ¡¡Pero qué clase de magia tan poderosa es ésta!! —gemía la bruja.
— No es magia: es energía de punto espectral de protones "alfa" conducida por un campo magnético de positrones ionizados de frecuencia elevada —respondió Egon Spengler.
— ¡Atrapemos a esa bruja espanta-niños! —propueso Ray.
— ¡A por ella, chicos! —exclamó Winston.
— Hansel y Gretel... ¡Es ahora o nunca! —gritó Peter Venckman.
Aprovechando un agujero en el campo de fuerza mágica, Hansel lanzó la trampa caza-espectros hacia el centro del recinto. Un largo cable conectaba el artefacto con un botón rojo a los píes de Gretel, quien de un pisotón accionó la trampa, proyectando un haz de luz amarilla hacia el cielo. La caja comenzó a tragarse al espíritu de la bruja, quién se resistía a ser absorbida.
—¡No puede ser! ¿¿Quién demonios son uste... aaaargh... Gretel: tú otra vez, noooo!! —fue el último grito desesperado de la malvada, antes de desaparecer por completo al interior de la caja, que se cerró automáticamente... echando humito.
♪ ♫
Un grito multitudinario y jubiloso, además de un aplauso interminable y vigoroso, recorrió las filas de curiosos. Los habitantes del pueblo estaban encantados de haber presenciado una batalla épica entre "hechiceros" y como nunca antes se había contado en los cuentos de hadas.
Esa noche todos los presentes celebraron una gran fiesta junto a la casita del bosque, a la que también fueron invitados los Ewoks.

Fin
Los 3 Cerditos y la Lámpara Maravillosa
Ethan J. Connery

Será cierto lo que se cuenta, que este cuento ni pretende ni aparenta, pero a mí me lo narraron de forma que se entienda, que aunque ni rima ni resalta: es la verdad científica exacta. La historia es sobre tres cerditos que vivían en el campo. Todos hermanables y unidos. Mutuamente apoyaban sus labores camperas. Su casita siempre limpia y ordenada los enorgullecía completamente y debiera. Pues muy bien complementaban.

Un puerquito era inventor y construía lo que necesitaban; desde zapatitos para pezuñas hasta camisas llevaban. Otro cochinito era cocinero y por tanto, cocinaba; esas cosas ricas que a todos gustaban. Y por último, un cerdito escritor, quién redactaba; de inventos y recetas, pero de vez en cuando, algún cuento en su momento de poeta.

Y así durante años crecieron a la par, hasta que ya grandes decidieron marchar. Tiraron una moneda, y como no saliera cara, cada cual tendría su propia morada. Un día simplemente partieron: fila india por el bosque a construir sus casitas, porque así lo quisieron.

Pero —y aquí es donde la rima se acaba— los senderos del bosque se enrevesaban, y sucedió que en un momento de la travesía tomaron —sin quererlo— diferentes caminos, llegando cada uno a lugares muy distantes. Para cuando se dieron cuenta, se encontraban solos, aislados y con hambre: se habían perdido.

De esta suerte, Puerquito inventor llegó a una campiña; con muchas frutas, verduras y setas. Todas muy grandes que crecían en el área. Pero como no era cocinero, no pudo hacer más rica cena que lo dejara dormir y soñar feliz y contento. Por su parte, cochinito cocinero llegó a una montaña; llena de árboles, piedras y lianas. Muy útil y convenientemente estaban dispuestas. Pero como no era inventor, no pudo hacer una choza que le protegiera del frío para dormir y soñar feliz y contento.

Pasó —entonces— que el cerdito escritor llegó a un paraje muy diferente. Más allá del bosque, la campiña y la montaña. Una hermosa playa se extendía, sinuosa y sugerente, limitando al mar con sus arenas doradas. El océano brillante y azulado se perdía en la distancia. Poco le importaba a este cerdito la comida o el techo; así que llegada la noche se echó a dormir bajo una inspiradora morada.

Al día siguiente el sol brilló nuevamente en lo alto cuando el cerdito escritor despertó en la arena. Una duna tibia lo cubría, pero él bien lo sabía: su viaje apenas comenzaba. Un largo trayecto le esperaba para encontrar a sus hermanos perdidos. Estaba con ese pensamiento en mente, cuando una gran ola se acercó justo a donde reposaba.

¡¡Fussssh!!

Rompió la ola en la playa. Sorprendido el cerdito alcanzó a saltar hacia atrás, antes de que el agua lo empapara, y para cuando el maretazo se retiró, en la arena quedó depositada una lámpara de aceite... como esas doradas y curvas que venden en los mercados de Oriente.
— ¡Una lámpara maravillosa! —exclamó— ¡Como en los cuentos de Aladino!
El cerdito tomó el tesoro entre sus pezuñas, apreciando su agraciada y exótica forma ondulante: se sentía con suerte.
— ¡Que elegante diseño: ha sido bien elaborada. Sin duda sorprenderé a mis hermanos cuando los encuentre!
De pronto se le ocurrió que de verdad sería mágica, así que la frotó esperando que un genio apareciera. Aunque mucho intentó no pasó nada. Así que cansado se echó nuevamente en la arena a tomar otra siesta, porque sí: era dormilón. Ya había empezado a roncar otra vez, cuando una palmadita en la cara lo despertó.
— ¡Pssst! Amigo... ¡Despierta! —dijo una vocecita chillona.
Cerdito escritor se levantó sobre su colita resortera. Frente a él un genio de Oriente flotaba en el aire, como omnipresente. Pero a diferencia de los genios comunes, que son muy grandes, éste era chiquito... incluso más pequeño que el cerdito.
— ¿Quién eres tú? —preguntó, despistado.
— ¿Cómo quién? ¡Soy el mago de la lámpara! ¿No me acabas de llamar?
— ¡Oh, ya veo! —respondió asombrado el cerdito— Pero harto rato pasó, y como no aparecieras en tiempo prudente, supuse que la lámpara era de aceite, común y corriente.
— Es verdad —reconoció el mago— Es que yo también estaba durmiendo dentro de la lámpara y me costó despertar.
— ¿Tenías mucho sueño?
— No sabría decirte: llevo cincuenta años durmiendo allí, así que estoy un poco fuera de práctica —se disculpó el geniecillo.
Que la respuesta causó gracia al cerdito, no hay duda, pues preguntó entusiasmado:
— ¿Y me concederás un deseo?
— En realidad tres puedo concederte —le explicó el mago— Pero antes presentémonos, ya que no he conversado con nadie en mucho tiempo, y el trato es más educado si nos dirigimos por nuestros nombres verdaderos.
— Me llamo "Cerdito". ¡Mucho gusto, Sr. genio!
— Eso me vale. ¡Un placer conocerte, Cerdito! Mi nombre es "Genio".
Ambos se dieron la mano (o más bien: la pezuña y el humo), e inmediatamente se voltearon a mirar hacia afuera de este cuento... hacia la cara del lector que los iba imaginando... lo miraron con sus ojos saltones: harto rato y directo a la cara °-° como si supieran que el lector sabía que de ellos y de él mismo se trataba. Luego los personajes volvieron a lo suyo.

Cerdito explicó a Genio que si bien su nombre era Cerdito, sus hermanos se llamaban correspondientemente "Puerquito" y "Cochinito", y de esa forma todos eran perfectos marranos. Ni uno más ni menos gorrino que el otro. El mago escuchó atentamente esta descripción y su posterior relato, así se enteró de sus motivaciones viajeras y de porqué el chanchito estaba tan solitario en esa playa desierta.
— ¿Qué me sugerirías en mi situación? —Preguntó el cerdito escritor, que deseaba reencontrarse con sus hermanos.
— Mi sugerencia es que nunca le pidas una sugerencia a un genio, o perderás un deseo en forma de sugerencia... por lo demás: te quedan sólo dos deseos.
A Cerdito le sorprendió la respuesta, y atinó que debía pensar bien lo que decía de ahora en adelante, así que se puso a pensar. Y así pensó y pensó... largo rato pensó, hasta que finalmente dijo:
— Okey.
El mago puso cara de espanto.
— ¡Acabas de perder tu segundo deseo! —le reprochó.
— ¡Espera, espera! —reclamó Cerdito— ¡Eso es injusto: si sólo dije "okey"!
— Sí —respondió el genio, agachando la cabeza como quién no quiere la cosa— Pero eso significa que estás conforme con tu segundo deseo... ¡Así que sólo te queda uno!
Estaba por ponerse rojo, Cerdito, cuando notó que el genio lo miraba de reojo:
— ¡Era broma, era broma! —rió el pícaro geniecillo.
Era evidente que el mago de la lámpara tenía un sentido del humor poco común para los de su especie; por lo corriente más formales y matemáticos en sus tratos.
— ¡¡Ufff!! —suspiró aliviado el cerdito, y replicó— ¡No hagas eso de nuevo!
Genio se llevó la mano a la cara.
— ¡Noooooo! ¡Ahora si que perdiste tu segundo deseo! —exclamó afligido— ¡Y ésta vez no puedo hacer nada para remediarlo! Lo que sí, puedes estar seguro que no volveré a hacer eso de nuevo.
Contento no estaba Cerdito, pues se dio cuenta que al pedirle eso había perdido su segundo deseo. Se dio una palmadita en la cara por ingenuo.
— ¡Pero si no estaba deseándolo! —reclamó de nuevo.
— ¿Entonces no deseas que bromee en cuanto a la cantidad de tus deseos?
— ¡Mejor hablemos de otra cosa o perderé mi último deseo! —exclamó Cerdito.
— "Otra cosa" —dijo el genio que fue desvaneciéndose en el aire junto con la lámpara, al tiempo que se despedía, sonriendo— ¡Ha sido un placer hacer tratos contigo!
Cerdito escritor no lo podía creer: había perdido su último deseo, y lo peor de todo es que seguía perdido, al igual que sus hermanos.
— ¡Oye, autor! —gritó enojado Cerdito hacia el cielo— ¿Qué clase de cuento tan ridículo es éste? ¡¡Acabas de quitarme tres deseos que bien me los había ganado!!
 El Autor de esta historia quedó pasmado: su personaje le estaba reprochando sin su consentimiento.
— ¡Ya déjate de juegos semánticos y escribe algo cuerdo! ¿Cómo se supone que terminará este cuento? —reclamó de nuevo Cerdito a su autor— ¡Te exijo que te hagas presente!
Porque no podía ser de otra manera, el autor se dio cuenta de que estaba jugando con su personaje. Así que el escritor humano se puso más serio y luego de pensarlo detenidamente, decidió abrir un Vórtex hacia el reino de los cuentos perdidos, donde naturalmente vive Cerdito y su cuento. Bien merecía el personaje una explicación coherente, por lo que este autor se fue a disculpar.
*

Un Vórtex —también llamado "vórtice" o "portal"— es un remolino de magia por el que uno puede pasar (como a través de un túnel o espejo) hacia El Reino de los Cuentos Perdidos: un universo paralelo donde el tiempo no existe y la imaginación no tiene fronteras. Ahí habitan nuestros personajes más queridos. Las personas que conservan y cultivan a su "niño interior" —sin importar su edad— tienen el poder de abrir aquel pasaje extraordinario, ya que todos hemos estado ahí alguna vez... en nuestros propios sueños. Más adelante les redactaré un manual detallado sobre cómo abrir un Vórtex desde el planeta Tierra ☺ — El autor.

*
Conoció a su autor —pues— nuestro protagonista, pues el hombre atravesó el Vórtex desde la Tierra de los humanos al universo de la fantasía, llegando justo a la playa donde se encontraba Cerdito, que ya sabemos: también era escritor.
— ¡Hola Cerdito! —saludó amablemente, Ethan J. Connery, que acababa de convertirse en personaje de su propio cuento.
— ¡Que tal! —correspondió el cerdito, curioso— ¿Tú eres mi creador?
— En este cuento, sí —respondió Ethan— De verdad, lamento haber desperdiciado tus deseos... ¿Me perdonarás?
— ¡Claro! Tú me creaste y es lo menos que podría hacer yo. Pero a falta de ese mago tramposo que me enviaste, requiero de tu ayuda.
— No hay problema, Cerdito. Aunque no puedo intervenir directamente en este mundo, sí puedo imaginar lo que te hace falta para que completes cabalmente tu aventura.
— Entiendo —asintió el cerdito... ¡Dame esos cinco!
Y personaje y autor chocaron las palmas. En ese momento una segunda gran ola se estrelló en la playa, dejando a los píes de nuestros personajes una nueva lámpara maravillosa:
— ¿Otra vez? ¡Creí que harías algo diferente!
— Pues, ¿qué habrías hecho tú, Cerdito?
— No sé... quizás me hubieras enviado un globo aerostático para volar por encima de la playa, de la montaña y la campiña, de manera de buscar a mis hermanitos desde arriba.
— ¡Es una buena idea! Se nota que eres un colega escritor —observó Ethan— Eres muy imaginativo. Me pregunto a donde van a parar los cuentos que tú mismo imaginas.
— Algún día te contaré ese secreto —contestó Cerdito escritor, guiñando un ojo.
Ethan J. Connery hizo una reverencia a Cerdito antes de desaparecer, de regreso por el Vórtex hacia la Tierra de los humanos. El portal se cerró en el aire, y Cerdito quedó solo otra vez. Tomó entre sus pezuñas la nueva lámpara mágica y la frotó con su brazo, pero en lugar de salir un genio de la boquilla, comenzó a salir un globo rojo que se fue inflando hasta alcanzar el tamaño de una casa. Del globo colgaba un canasto lo suficientemente grande como para contener a varios cerditos a la vez. Cerdito no lo dudó un instante y saltó dentro de la canasta, llevándose su lámpara maravillosa: el globo comenzó a elevarse.
— ¡Estupendo! —se regocijó, y de algún lado sacó un telescopio para mirar hacia abajo.
Su ánimo bien alto estaba ahora, y así llegó hasta la montaña, donde encontró a su hermano "Cochinito" —el cocinero— que de tanto explorar el área había aprendido a inventar cosas. Se alegraron los chanchitos de encontrarse de nuevo, y entre los dos siguieron su camino aéreo hacia la campiña, donde encontraron a su otro hermanito, "Puerquito" —el inventor— que de tanto recorrer las hortalizas había aprendido a cocinar ricos platos que saborearon entre todos.

Creador y protagonistas quedaron contentos, pues los tres cerditos regresaron en globo aerostático a su casita en el campo. Pero al poco tiempo les volvió a parecer chiquita. Así que tiraron una moneda, y como no saliera cara, cada cual tendría su propia morada, decidieron... Pero un lobo que vagaba en el bosque se enteró de sus planes, y ahí comienza la clásica historia de los tres cochinitos y el lobo feroz ☺

Fin
Simbad y la Princesa Cautiva
Versión de Ethan J. Connery & Canción de José Goles Radnic

En tiempos de la antigua Persia...
I
Una soleada mañana de verano, en las cercanías del puerto de Manahlir, sus habitantes divisaron un hermoso buque mercante que navegaba apacible hacia el embarcadero. Construido en finas maderas y largas velas blancas, atrajo a los curiosos que acudieron en gran número para dar la bienvenida al recién llegado navío. Algunos rumoreaban que, dado su porte y estandarte, sin duda provenía de algún reino lejano; tal vez rico o exótico. La nave era conducida por un joven y desconocido capitán llamado Simbad... Simbad, el Marino.

Para cuando el barco finalmente atracó —con la suavidad y competencia de los viejos lobos de mar— un inspector algo inseguro subió a bordo para hacer el registro de control que, por oficio, tenía encomendado. Hecha la inspección, y maravillado ante tal calidad y número de riquezas, el fiscalizador se retiró rápidamente para dar aviso a sus municipales. Les dijo que un mercader rico —sino acaso un príncipe— había arribado a puerto para hacer sus extraordinarios negocios. Mientras tanto, un grupo de oficiales del barco, elegantemente uniformados, bajaban las velas y se daban a la tarea de descargar, con actitud decidida, las mercancías que habrían de comerciar en Manahlir.

Una vez que completaron su tarea en el puerto, con una velocidad y precisión ráramente vista o acostumbrada en la región, los oficiales se despidieron cortésmente de su capitán y se dirigieron a la ciudad junto con la carga que les habían encomendado. Una multitud emocionada los seguía de cerca, ansiosa por ver lo que el mar les había traído.

Las buenas condiciones de las mercancías, su abundancia e indudable buen gusto, hicieron de los negocios de aquel envidiable navío maravillas en Manahlir, logrando que el nombre de “Simbad el Marino" se regara como la lluvia que trae los monzones a las tierras de Oriente. Fue en este contexto  de fama y algarabía que Simbad llamó a Lebec, su lugarteniente, para darle sus últimas instrucciones:
— Amigo, preparad todo para mañana. Zarparemos tan pronto alcen vuelo las gaviotas. El Reino de los Dragones nos espera.
Lebec asintió de inmediato, pero sin poder esconder cierta decepción en su semblante.
— ¿Porqué esa cara, mi leal delegado?
— No es que me pese marchar, honorable Simbad, pero tengo sentimientos encontrados con esta ciudad.
— ¿Cómo así? —preguntó Simbad.
— En el mercado conversé con algunos locales. Comprobé que son gente buena y amistosa. Sin embargo, preguntando acerca de las costumbres provinciales, terminaron contándome la historia de la princesa Zobeida: una dama de la realeza a quien el Sultán Bakbarah hizo prisionera en su palacio... todo por negarse a contraer matrimonio con su hijo.
— Prosigue —animó Simbad, visiblemente interesado en las memorias reales.
— Sucede que el padre de la princesa, Soberano de un reino vecino, envió a valientes hidalgos a liberar a su heredera, pero todos encontraron la muerte: ninguno regresó de sus desventuradas misiones.
Simbad tomó el hombro de Lebec.
— Amigo mío, el oro suele triunfar ahí: donde las aventuras fracasan y las razones son desoídas. Hoy mismo iremos al palacio del Sultán para liberar a la princesa.

II

Simbad ordenó cuidar la nave a la mitad de sus oficiales, mientras él y Lebec —elegantemente vestidos y custodiados por su otra mitad de oficiales— se dirigieron a hacerle una visita de cortesía al Sultán. Para ello prepararon una buena parte de sus más espléndidos tesoros como regalo y muestra de sus buenas intenciones. Llegados al palacio los soldados reales les recibieron con pomposidad, dirigiéndoles a la sala del trono.

Ya en presencia del Sultán y su hijo, Simbad les saludó dignamente.
— ¿Con que vos sois el célebre marino de quien todo el mundo habla? —preguntó el príncipe.
— Simbad es mi nombre, si me lo permite, honorable príncipe. No he querido perder la oportunidad de visitaros para ofrecer mis respetos a vuestra noble familia. De paso, conoceros mejor antes de dejar vuestro hermoso Reino.
Con descarada codicia, Bakbarah no paraba de mirar los tesoros que Simbad traía consigo.
— Son para vos, Alteza: regalos por un valor de “innumerables" dracmas como señal de mi buena voluntad. Sólo aspiro a que me aceptéis de aliado.
— De acuerdo —se apresuró a responder el Sultán— te acepto, Simbad el Marino: “pídeme lo que quieras en agradecimiento"... que si no es magia, ni mi propio Reino (rió) te será concedido en el acto. ¡Mi poder no tiene límites en la Tierra! (alardeó sin disimulo).
Satisfecho ante la respuesta, Simbad inclinó una rodilla:
— ¡Oh, agradecido en el alma, su Majestad! Si bien la Tierra es muy grande, pero es en esta atmósfera de buena disposición que quisiera pediros, con sincera humildad, la libertad de la princesa Zobeida.
Al oír ese nombre la cólera se apoderó del Sultán. Como quién cambia de parecer en un abrir y cerrar de ojos, y sabiendo que tenía la riqueza del humilde Simbad a su custodia, le gritó:
— ¡Atrevido y embustero mercader! ¡Cómo osas pedir tal cosa en tu posición si no eres un noble como yo!
— Pero vos habéis dicho...
— ¡Silencio! —gritó el Sultán— Estos tesoros son ahora míos por derecho. Te serán confiscados por molestarme al entrar en mi palacio y hacerme perder mi tiempo. Zarparéis de inmediato fuera de mi reino, y agradeced que no os tomo vuestras vidas... ¡sucios insolentes!

III

En medio de risotadas y malos tratos de la guardia real, Simbad y su comitiva fueron expulsados del palacio. Se trató de un desalojamiento violento, humillante y deshonesto. Las gentes de la ciudad que presenciaron esto último se apiadaron de los invitados, pues se habían encariñado de la buena voluntad y gracia de los extranjeros. Sin esconder vergüenza, les ayudaron a incorporarse. Los lugareños ya estaban habituados, no sorprendidos: el monarca se había ganado la mala fama de ser un individuo quejumbroso y arrogante, además de injusto para con sus súbditos.
— No eres el primero que lo intenta de ese modo, mi joven Simbad. Deseabas liberar a Zobeida... ¿no es así? —se dirigió un anciano a Simbad, mientras le ayudaba a ponerse de píe.
Simbad sacudió el polvo de su traje:
— Gracias, buen cheikk —correspondió— pues... ¿qué es lo que no han intentado aun? (preguntó dolido, y acto seguido le indicó a Lebec de que se preparara a zarpar esa misma noche para aparentar, pues estaba decidido a liberar a la princesa... más aún después de aquel trato deshonroso).
Lebec y sus ofendidos oficiales se retiraron con cautela, pues los soldados aun los vigilaban desde la torres, gritándoles con evidente hostilidad. La multitud les siguió. El anciano y Simbad  tomaron otro rumbo, y se alejaron del palacio por una calle adyacente, lejos de la vista de los soldados y las gentes de Manahlir.
— Nada queda por hacer, joven Capitán —explicó el anciano— muchos ya han perdido la vida intentando. El único que entra al palacio, sin ser atropellado, es el aguador que suministra el líquido vital a las dependencias del Sultán. El viejo aguador lleva toda su vida en ese trabajo, así que los guardias le guardan un poco más de respeto.
— Llévame con él, por favor, buen cheikk —solicitó Simbad.
— Accedo gustoso... a cambio, claro, de un pasaje al Reino de los Dragones: a bordo de tu hermosa embarcación.
— Ese reino está muy lejos... ¿porqué querrías ir ahí? —preguntó curioso, Simbad.
— Porque el sultán pondrá precio a mi cabeza, pero nadie irá a buscarme a esas tierras legendarias.
— ¿Acaso eres fugitivo?
— No todavía, pero ambos estamos a punto de serlo —sonrió el viejo, quién en realidad era el propio aguador.
Así fue como Simbad y el aguador se conocieron, y juntos trazaron un plan para rescatar a Zobeida.  El viejo se había convertido en amigo de la princesa, pues cada semana llevaba una tinaja de agua fresca a sus aposentos reales, conociendo bien sus deseos. A pesar de que la princesa vivía rodeada de riquezas, sabía que su libertad era más valiosa que todo el oro y el poder que el hijo del Sultán o incluso Bakbarah pudieran ofrecerle.


IV

Simbad se disfrazó de aguador: cargó una gran tinaja a la espalda y, manteniendo un perfil bajo, se dirigió hacia una entrada secreta en la muralla que rodeaba el palacio.

Un hueco oculto hábilmente entre la vegetación —tal como el anciano le había señalado— le facilitó a Simbad el acceso a un extenso y oscuro túnel que lo llevó hasta unas catacumbas. Ahí tomó un pasadizo que daba hacia una galería, y finalmente: hacia un gran patio interior medio abandonado e iluminado por el cálido sol de Persia.

Parecía agradable y solitario, pues verdes palmeras y hierbas crecían en cada rincón. Se dirigió a una palmera en particular, y, buscando entre la arena de una raíz, dio con la llave que abriría el cerrojo de una puerta... al otro extremo del patio.

Hallada la puerta abrió el cerrojo, entrando luego en una pequeña sala polvorienta con salida a un segundo patio. La sala tenía una mesa y sobre la mesa: una lámpara de aceite que estaba permanentemente encendida... pues la lámpara era mágica, y aunque no contenía un genio, servía para iluminar los cambios de guardia nocturnos.

En el suelo de la sala yacía el esqueleto abandonado de algún pobre pirata o viajero cuya vida terminó de improviso; pues una cimitarra —todavía enterrada— le había roto los huesos desde el hombro hasta las costillas. El aguadero le había advertido a Simbad que no tocara al desafortunado, pues corría el rumor, entre los soldados, de que el esqueleto estaba maldecido. El propio sultán, que era supersticioso, había prohibido tocarlo.

Atraído por la curiosidad, Simbad se acercó. Sus prendas eran extrañas, y notó el emblema de algún reino lejano y desconocido... tal vez de Occidente: tierras míticas cuyos misterios nadie ha descubierto todavía. Ni siquiera el propio Simbad. Le pareció que al momento de morir, el hombre había intentado coger algo de entre su atuendo. Simbad tomó con cuidado la mano esquelética del bolsillo y extrajo el último objeto al que un extraño agonizante se aferró: era un anillo de oro pulido.

Simbad tomó el anillo, y aunque era un día soleado, su primer impulso fue acercarlo a la candela de la lámpara para apreciar mejor el reflejo dorado de su brillo. ¿Por qué una sortija le llamaría tanto la atención, habiendo una princesa por rescatar? Recordó a Zobeida e instintivamente se guardó el anillo entre sus propias túnicas, prosiguiendo su camino hacia las dependencias reales.

Tras el segundo patio encontró una nueva puerta; ésta vez sólo tiro de un aro de hierro clavado a ella y se halló a la entrada de una interminable escalera que parecía dar vueltas alrededor de una torre. Subió con la tinaja hasta llegar a un amplio corredor iluminado que tenía muchas puertas. La del fondo estaba custodiada por seis centinelas.

De traje pesado, y armado con elegante daga y filoso alfanje, se acercó uno de ellos.
— ¿Quién eres tú? ¿Donde está el viejo aguador?
— Mi pobre padre está muy enfermo —respondió Simbad— y me ha encomendado traer el agua a las dependencias del palacio.
— No me han informado, pero no puedes entrar a los aposentos de la prisionera; está prohibido que ella vea a cualquier hombre joven que no sea el príncipe. Deja el agua en la primera habitación y más tarde nosotros se la llevaremos.
— Entiendo —replicó Simbad, y agregó— descansaré un minuto, si no le molesta. La tinaja está pesada, ha sido un largo trayecto y el calor es agotador.
— Está bien —dijo el guardia— descansa y luego te vas.

V

Simbad entró a la otra habitación, llevando la tinaja, en cuyo interior escondía un simple garrote que había aprendido a usar —como arma defensiva— en el Reino de los Dragones. Así, cuando hubo pasado un tiempo prudente, el centinela entró en la habitación, pensando que el joven tardaba demasiado.
— ¡Perdón! Me he debido quedar dormido. —se disculpó Simbad.
— Esta bien, pero vete ya.
— ¿No tiene calor en esas prendas tan pesadas? ¿No gustaría beber un poco de agua?
— Si... tienes razón: probaré un poco.
El guardia se inclinó hacia la tinaja cuando... ¡ZOC! un golpe seco entre el cuello y la nuca le dejó dormido. Simbad le escondió detrás de unos cofres apilados. Al rato llegó otro centinela, preguntando por el primero, a lo que Simbad respondió:
— Bebió un poco de agua y sintió necesidad de... ya sabe...
— Mmm, ya me lo imaginaba —respondió el segundo guardia.
— ¿No gustaría, también, un poco de agua?
— Si, hace calor y tengo sed...
¡Zoc! otro guardia durmiendo junto al primero. Y así siguió con otros dos centinelas más, hasta que llegado el quinto —jefe de los otros— éste preguntó:
— ¡Oye, aguador! ¿Sigues aquí? ¿Donde están mis guardias?
— Tenían sed, debido al calor, y bebieron agua de la tinaja, pero parece que fue demasiada, porque sintieron necesidad de ir a... ya sabe....
— ¿Todos ellos?
— Si... ¿No quiere un poco de agua?
— No cuando estoy de guardia: soy soldado de asalto. —le aclaró el soldado, que tenía mayor rango que los otros.
Simbad pensó rápidamente y dejó caer el anillo que llevaba consigo.
— ¡Oh, disculpe, el anillo de mi padre! —exclamó.
Atraído por el brillo de la joya el centinela se inclinó a recogerlo, y en ese momento, ¡Zoc! golpe al cuello. Pero el guardia —más fuerte que los otros— ni se inmutó. En cambio, se irguió lentamente hacia Simbad, lanzándole una mirada furibunda a la vez que desenfundaba su daga.
— ¿Qué pretendes, aguad...
— ¡¡Hi - Aiyah!!
La reacción instintiva de Simbad fue tan rápida y fugaz como el rayo: de un primer golpe la daga saltó de la mano del guardia, a la vez que, con el extremo del garrote, recibía un segundo impacto en plena frente. El hombre cayó pesadamente en sus espaldas.

Aliviado de su suerte —o más bien, de su manejo del Bō— Simbad comprendió que la misma estrategia no funcionaría por sexta vez, así que se vistió con los atuendos del soldado; amarrándose su turbante, su daga y su alfanje, para engañar al último centinela. Recogió el anillo y se fue por el corredor, portando la tinaja. El turbante ocultaba su rostro.
— ¿Todo bien? —preguntó el último centinela, creyendo que hablaba a su jefe.
— ¡Perfecto! —exclamó Simbad, dándole una fuerte y sorpresiva trompada que terminó por derribarlo.
¡Por fin rescataría a Zobeida!


VI

Abrió
 entonces, Simbad, la puerta de la celda de la princesa, quién descansaba graciosamente, echada en su litera, dejando sin respiración a nuestro valeroso héroe, hechizado ante su dulce y fascinante belleza...
— ¿No eres un poco bajo para ser soldado de asalto? —preguntó la princesa.
— ¿Qué? ¡Ah... el uniforme! —se sacó el turbante— ¡Mi nombre es Simbad “el Marino", he venido a rescatarla!
— ¿Eres quién? —se incorporó la princesa.
— ¡Vine a rescatarla! ¡Tengo la tinaja, vengo con el aguadero!
— ¿El aguadero? ¿¿Donde está??
— ¡Sígame!
Simbad tomó la mano de la princesa y juntos corrieron pasillo abajo.
— ¡Espera, espera...! Eh... Simbad. ¿No sería mejor que me ocultaras en la tinaja y saliéramos del palacio como si fueras un simple aguadero?
— Ese era el plan, princesa, pero si miras por la ventana en este momento, notarás que uno de los guardias, a quién suponía dormido, ya despertó, y está dando la alarma. Es cosa de tiempo para que esto se llene de soldados.
En efecto, en uno de los patios se veía a un centinela, corriendo en paños menores, mientras se sobaba la frente y gritaba:
— ¡Intrusos! ¡Intrusos! ¡Intentan liberar a la prisionera!
Un grupo de veinte soldados subió corriendo por la espiralada escalinata.
( Sí, si existe la palabra “espiralada" °-° )

Cuando el primero estuvo a punto de llegar, Simbad y la princesa, agazapados al interior de la tinaja, rodaron escalera abajo, aplastando en su camino a los soldados, que —ya fuera de combate— quedaron regados por toda la torre. Pero la escalera era larga, y la tinaja tomó velocidad, saliendo disparada —con Simbad y princesa incluída— a través de una ventana de la fortificación. La tinaja cayó en un foso de agua que, a modo de defensa, rodeaba el recinto real.

Alertados por el alboroto, el resto de soldados se dirigió a la torre, ignorando por completo a la tinaja, que ya navegaba en dirección a un arrollo que desembocaba en un río cercano. Nuestros improvisados, navegantes destaparon la tinaja.
— No entiendo para qué necesitan a un aguador teniendo un río al lado —observó Simbad, mientras la tinaja aceleraba en la corriente.
— Es que el agua de este río no es potable —le respondió Zobeida.
— ¡Cuidado! —exclamó Simbad, a la vez que se agachaba con la princesa para esquivar una palmera que, a modo de puente, atravesaba el río.
El caudal los transportó río abajo hacia una cascada, que luego los condujo por un afluente secundario hasta llegar finalmente a mar abierto, donde los esperaba su preciado navío, comandado por Lebec, quién avisado por el aguador acerca del “plan B", había tomado la decisión de seguir su instinto, esperando que la suerte o el destino se inclinara a favor de su amigo.

VII

Los oficiales de Simbad no tardaron en rescatar la tinaja con sus aturdidos ocupantes, felicitándose mutuamente por tan imprudente pero a la vez, brillante rescate.
— ¡Le echamos de menos, mi estimado Capitán! —exclamó jubiloso el anciano aguador, que ya se sentía parte de la tripulación.
— Entonces... ¿rumbo al Reino de los Dragones? —preguntó sonriendo, Lebec.
— Espera, amigo mío —respondió Simbad, algo mareado— iremos primero a Bagdad, quizá haya alguna boda que celebrar...
El Capitán miró con ternura a Zobeida, que lo abrazaba extasiada. Antes de rodar por las escaleras de la torre (sumidos en la tinaja) ella lo había besado con delicadeza, solo “para la suerte". El corazón de Simbad latía, cautivado.
— Entiendo, Capitán; será un honor asistirles —dijo Lebec, al tiempo que los oficiales lanzaron un grito de júbilo victorioso— pero... ¿y luego?
— ¡Luego...! —prosiguió Simbad— Viajaremos a Poniente, a descubrir nuevas tierras y culturas; algo me dice que un reino perdido nos aguarda... en algún rincón olvidado del Océano.
Simbad levantó el anillo del “pirata", mientras lo analizaba con viva curiosidad. En ese momento, los últimos rayos del Sol abrasador de Persia tocaron el anillo, y éste reveló una inscripción brillante en su interior, que se descubrió ante los presentes como el fuego mismo del inframundo. El grupo quedó pasmado.
— ¡Por todas las Lunas de Oriente! —exclamó Lebec, visiblemente confundido.
— ¿Qué clase de sortija es esa? ¡Parece magia! —exclamo el aguadero.
— Si es así, no es de la nuestra. —respondió Simbad, absorto.
— ¿Qué significará esa extraña escritura? —preguntó Zobeida.
Simbad, el Marino, pensó un momento... parecía que le recordaba algo.
— Es un alfabeto antiguo, de tierras extrañas del Poniente; una lengua ya olvidada y desaparecida en las brumas del tiempo... reconozco algunos caracteres que he aprendido de mis muchos viajes y aventuras. Creo que dice:
“ Ash Nazg durbatulûk, ash Nazg gimba... "

El último rayo del Sol abrasador de Persia desapareció, y con ella la inscripción del anillo.
— No lo sé, podría estar equivocado —reconoció Simbad.
— Señor, ¿ha intentado frotar la sortija a ver si aparece un genio? —preguntó un oficial.
— Como en las leyendas de antaño... —asintió Simbad— ¡Probemos!
Con energía, Simbad frotó el anillo en su manga, pero nada pasó.
— ¡Ooooh! —exclamaron todos, decepcionados.
— Dicen que la magia de Occidente funciona de modo diferente —observó Lebec.
— Si... —agregó la princesa— Oriente tiene sus misterios milenarios, y Occidente los propios.
¡¡¡ Bbbrrruuummm !!!
De pronto, un trueno sonó en la lejanía, y una oscura nube se alzó en el horizonte, llamando la atención de nuestros queridos tripulantes.
— Se avecina una tormenta, Capitán.
— Preparémonos, Lebec —la princesa necesita un descanso; se lo ha ganado.

VIII

Finalmente, la hermosa Zobeida correspondió al amor de su salvador y, una vez en Bagdad, se celebró la boda a la que asistieron todos sus amigos, los padres de la princesa y los pobres de la ciudad, quiénes, emocionados, cantaron al unísono la famosa canción del legendario marino:

“ Simbad, Simbad, Simbad,
marino sin igual,
dotado por los vientos
que vuelan sobre el mar...

Y el pobre persa
cayó en las manos
de una princesa
de ultramar... ♫

Y se enamora
perdidamente,
ya no regresa,
jamás Simbad.

Simbad, Simbad, Simbad,
se marcha hacia el Catay,
en un barco velero,
Simbad a navegar... ♪ "


Fin
Hansel y Gretel
Hermanos Grimm · Adaptación Xennial de Ethan J. Connery


Ilustración de Rose Art Studios

Había una vez un hombre pobre que vivía junto a un bosque y se ganaba la vida como leñador. El hombre tenía dos hijos, llamados Hansel y Gretel —un niño y una niña— quiénes solían ayudar a su padre a recoger los leños que aquel trozaba y vendía en el pueblo cercano, para mantener a la familia.

Años antes, y debido a una larga enfermedad, la madre de los niños había muerto, y tras muchos meses de duelo, el hombre había terminado por casarse de nuevo. Pero a diferencia de su antigua mujer, la madrastra de los pequeños resultó ser una mujer más bien fría y egoísta, lo que había terminado por llevar a la familia a la ruina total, pues las gentes del pueblo rehuían a la nueva señora de la casa, alejando al hombre de sus antiguos clientes.

Una noche en la que no habían tenido nada con qué alimentarse, la madrastra persuadió a su marido para que abandone a los dos niños en lo profundo del bosque. El leñador quedó horrorizado de la sugerencia de su mujer, la que se excusaba diciendo que el plan era lo mejor para todos, dadas las dificultades financieras por las que atravesaban. El argumento de la mujer era que quizá alguien de buen corazón pudiera encontrar a los niños y adoptarlos, ya que ellos mismos no podían proveerles de alimento.

Ante la desesperación, el padre —que al principio no estaba de acuerdo— terminó cediendo a la presión de su mujer... no sin sufrir en el proceso.

El pequeño Hansel, que aun no se había quedado dormido a esa hora, oyó la conversación, y dada su edad suficiente entendió la gravedad del plan que tramaba su madrastra. De modo que —tras despertar a Gretel— le contó en secreto lo que sus padres habían conversado, y entre ambos idearon un plan para eludir el triste destino al que su madrastra pretendía llevarlos. De modo que esa noche, y sin que sus padres lo notaran, Hansel salió de la casa para recoger muchas piedrecitas blancas que brillaban a la luz de la luna.

Al día siguiente los niños acompañaron a su padre al bosque —como todos los días— para buscar leños. En esta ocasión también les acompañó la mujer, quien quería asegurarse que su marido no se arrepentiría en el último minuto. Fue así como, durante el viaje, Hansel fue arrojando —a lo largo del camino—, las pequeñas piedras blancas para marcar el sendero de regreso.

En un momento en que los niños se descuidaron, los mayores tendieron la huída y desaparecieron de la vista de los pequeños. No obstante y llegada la tarde, los niños regresaron a la casa, guiados por el camino de piedrecitas. El padre les recibió con cariño y dolor, pues sentía la culpa de haberlos abandonado. Pero la mujer, adivinando lo que había pasado, decidió encerrarlos aquella noche y hasta el día siguiente para que no pudieran recoger más piedras.

Al siguiente día la familia emprendió nuevamente el camino al bosque, y antes de salir el padre dió a los pequeños su porción de hogaza de pan, en caso de que su mujer insistiera nuevamente en abandonarles. En su ingenuidad, el hombre tenía la esperanza que ella desistiría de su intento si veía que los niños no pasaban hambre. Pero la mujer no estaba interesada en el bienestar de los niños, y se había decidido a renunciar a ellos a toda costa. El futuro de los niños se veía sombrío.

Una vez más —y a falta de piedrecitas blancas—, Hansel y Gretel fueron dejando un rastro en el camino... esta vez con migas de pan. De modo que en un momento en que los niños —que confiaban en su plan— se distrajeron, la mujer presionó nuevamente al hombre para abandonar a los hijos. Así, los adultos desaparecieron nuevamente y los niños se quedaron solos. Pero lo que los niños no pensaron fue que los pajaritos del bosque se habían comido las migas de pan. Y sucedió que por más que buscaron el rastro no lo pudieron encontrar... sólo encontraron a un pajarito blanco que los miraba, lleno de curiosidad, como pidiendo más miguitas.

Los niños se dieron cuenta que estaban perdidos de verdad, y estremecidos ante la realidad, se acurrucaron en sus pobres vestimentas de lana, bajo la mirada triste del pajarito que no entendía bien lo que estaba pasando. Sobre ellos, un añoso roble que crujía con el viento les protegía un poco de las inclemencias. Ahí se pusieron a llorar... recordando a su mamá; que tan amorosa había sido con ellos, antes de que la perdieran, y antes de que llegara aquella mujer mala que a nadie quería.

El sol comenzaba a ocultarse y en medio de sus recuerdos —y apoyándose entre ellos— terminaron por armarse de valor y decidieron salir a explorar el bosque a ver si encontraban el camino de vuelta a casa. O quizá sería mejor —pensaron— encontrarse con algún alma caritativa que se compadeciera de su situación.

Fue así como caminaron y caminaron... siempre seguidos por el pajarito, subiendo y bajando frondosos montes, pendientes y laderas, mientras se hacía la tarde y llegaba la noche. Estaban en eso cuando ya, en medio del bosque, se encontraron —de pronto— con una extraña casa que parecía estar hecha de pan de jengibre y chocolates; los niños estaban asombrados º-º

Las tejuelas de la casa eran de galletas y los muros de bizcochos; las ventanas eran de chocolate con almendras, y las puertas de un blandísimo queque de miel. Una valla, elaborada con galletas con formas de personitas, prolíjamente adornados en orden de ronda infantil, rodeaba la casita.

Los niños —que a esa hora ya estaban hambrientos— no pudieron resistir la tentación de probar un poco, y comenzaron a comer. Al rato una señora anciana, de roja capucha y torcido bastón, salió a su encuentro y los invitó a pasar.
— ¡Hola, hola, pequeños! Mejor vengan adentro: encontrarán muchas golosinas y postres más dulces y deliciosos... ¡Pasen, pasen! Pueden quedarse todo el tiempo que deseen... —les dijo la anciana, que tenía una misteriosa mirada, difícil de descifrar.
Maravillados en su inocencia, los niños aceptaron la invitación y entraron a la casa. Pero lo que no sabían era que esa señora, que aparentaba ser amable, era en realidad una bruja malvada, que había estado esperando muchísimo tiempo a que los niños perdidos llegaran a su casa del bosque para comérselos º-º

Una vez dentro, los niños empezaron a vivir con la bruja, y a ayudarle en sus tareas diarias, sin saber el destino que aquella arpía les estaba conjurando. A cambio del trabajo, los niños recibían galletas, panqueques, chocolates y golosinas... y fue así como, lentamente, los niños se fueron acostumbrando a la rutina. Al principio todo parecía normal, pero llegó un momento en que la bruja dejó de exigirle labores a Hansel, y en cambio comenzó a explotar a Gretel para que hiciera todas las labores de la casa, a lo que ella accedía amablemente, pues había heredado la cortesía de su madre.

Llegó entonces el día en que la bruja reveló su verdadera identidad, y, encerrando a Hansel en una jaula, les dijo así:
— ¡Ahora sóis míos! Gretel... ¡tú trabajaras día y noche sin descanso! Y tú, Hansel... ¡serás mi platillo especial! Te engordaré en tu jaula y cuando hayas engordado lo suficiente, ¡te cocinaré! ¡Ja ja ja! Y si alguno trata de huír, ¡los convertiré en feas ranas y los arrojaré a un mugroso oblivion, donde serán olvidados por toda la eternidad! —intimidaba y se mofaba la bruja infame.
Los niños no podían hacer otra cosa que obedecer a la malvada, quien tenía poderes misteriosos que les aterraban. Pero la bruja era un poco ciega, y cada vez que le pedía a Hansel que le enseñara un dedo para saber si había engordado lo suficiente, éste —astutamente— le mostraba un hueso de pollo. La bruja tocaba el hueso y pensaba que aun no era tiempo de cocinarlo.

Pero pasó el tiempo, y en vista que Hansel no engordaba, llegó un momento en que la bruja perdió la paciencia y se decidió a cocinarlo de todas formas:
— ¡Gretel, prepara el fuego, que hoy me comeré a tu hermano! —vociferó la bruja.
Gretel se opuso, pero la bruja le advirtió que si no obedecía la convertiría en rana para siempre. Gretel pensó que como rana no podría ayudar a su hermano, así que acató la orden de la bruja, con la esperanza de que se presentara alguna oportunidad de liberar a su hermano, y —con suerte— huír juntos de la despreciable hechicera. Fue entonces a buscar muchos leños, pues quería hacer tiempo mientras pensaba en alguna solución, pero el miedo le impidió pensar y nada se le ocurrió. Volvió entonces a la cocina y dispuso los leños bajo el horno... encendió el fuego y éste comenzó a arder con fuerza.
— ¡Gretel, abre la puerta del horno y comprueba si ya está lo suficientemente caliente como para cocinar! —ordenó la bruja.
Pero Gretel, presintiendo que la bruja la engañaba para cocinarla a ella también, le objetó:
— No sé como hacerlo.
Disgustada, la bruja, le respondió:
— ¡Niña tonta, que nunca haces nada bien! Yo misma la revisaré...
Y abrió la puerta del horno, mirando hacia su interior.

Fue en ese momento que Gretel le dió un fuerte empujón y la bruja cayó dentro del horno. Gretel cerró la puerta con un pestillo y la bruja empezó a gritar, ordenándole que abriera. Pero Gretel no le hizo caso y corrió inmediatamente a donde Hansel estaba encerrado. Mientras lo liberaba, la malvada bruja gritaba de terror porque el calor la estaba sofocando. Hansel y Gretel salieron corriendo de la casa y una vez afuera oyeron los últimos gritos de la arpía —que en vano maldecía a los niños— ...hasta que no se oyeron más.

Al morir la bruja, el encantamiento que rodeaba a la casa se deshizo, y las galletas con formas de personitas —que conformaban la valla de la casa—, comenzaron a tomar forma humana hasta convertirse en niñitos. Hansel y Gretel no lo podían creer: las galletas eran en realidad otros niños perdidos del pueblo, quienes habiéndose internado en lo profundo del bosque, nunca más se había vuelto a saber de ellos. Hansel y Gretel se aliviaron al recordar que —por cosa de suerte—, no habían alcanzado a comer ninguna galleta de la valla el día que la bruja les atrapó.

De pronto la casa comenzó desvanecerse hasta que desapareció por completo, y en su lugar creció un fuerte roble, rodeado de un hermoso jardín lleno de flores silvestres. La maldición había terminado.

Felices de estar libres, los niños perdidos agradecieron a Gretel y a Hansel por haberles liberado, y todos juntos volvieron al pueblo, guiados por un grupo de ardillas —de buena voluntad— que se apiadaron de los niños y les mostraron el camino al pueblo.

Hansel y Gretel, entanto y tras haberse despedido de sus nuevos amigos, regresaron por el bosque rumbo a su casa, siendo orientados por el pajarito blanco que se había hecho amigo de ellos cuando éstos —al ser abandonados— habían marcado el camino con migas de pan. Fue así como, poco antes de llegar a casa, se encontraron con su padre, el leñador, quién los había estado buscando día a día incansablemente. El padre —arrepentido de su acción— pidió perdón a los niños y se abrazaron ahí mismo, llorando de felicidad.

Les dijo a los niños que se había separado de la mala madrastra y que ella no volvería nunca más, porque se había ido a un lejano país y los rumores decían que un mago de esas tierras había visto la maldad en su corazón y la había convertido en sapo ._.

Ya en familia —y siempre junto al pajarito blanco— regresaron a su casa, a la salida del bosque.

Lo que nunca imaginaron fue que —al llegar— se encontrarían con un dragón bueno llamado Falkor, quien avisado de su aventura por los habitantes de La Comarca, había volado hasta la casa del leñador para llevarles a la plaza principal del pueblo, donde fueron recibidos por el Alcalde y los pobladores, quienes los homenajearon y agradecieron grandemente con cariño y regalos, dada la audacia y valentía de Hansel y Gretel, que devolvieron al pueblo su alegría original al liberar a tantos niños perdidos.

Así fue como —finalmente— todos fueron muy felices, y la familia nunca más pasó hambre o necesidades. La leyenda creció con el tiempo y llegado el Siglo XXI aun se les recuerda como a grandes héroes... Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas.


Fin
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