Hansel y Gretel


"Los Cazabrujas"


Basado en el cuento de los Hermanos Grimm
Versión de Siegfried Herlitz


Había una vez un hombre pobre que vivía junto a un bosque y se ganaba la vida como leñador. El hombre tenía dos hijos, llamados Hansel y Gretel —un niño y una niña— quiénes solían ayudar a su padre a recoger los leños que aquel trozaba y vendía en el pueblo cercano, para mantener a la familia.

Años antes, y debido a una larga enfermedad, la madre de los niños había muerto, y tras muchos meses de duelo, el hombre había terminado por casarse de nuevo. Pero a diferencia de su antigua mujer, la madrastra de los pequeños resultó ser una mujer más bien fría y egoísta, lo que había terminado por llevar a la familia a la ruina total, pues las gentes del pueblo rehuían a la nueva señora de la casa, alejando al hombre de sus antiguos clientes.

Una noche en la que no habían tenido nada con qué alimentarse, la madrastra persuadió a su marido para que abandone a los dos niños en lo profundo del bosque. El leñador quedó horrorizado de la sugerencia de su mujer, la que se excusaba diciendo que el plan era lo mejor para todos, dadas las dificultades financieras por las que atravesaban. El argumento de la mujer era que quizá alguien de buen corazón pudiera encontrar a los niños y adoptarlos, ya que ellos mismos no podían proveerles de alimento.

Ante la desesperación, el padre —que al principio no estaba de acuerdo— terminó cediendo a la presión de su mujer... no sin sufrir en el proceso.

El pequeño Hansel, que aun no se había quedado dormido a esa hora, oyó la conversación, y dada su edad suficiente entendió la gravedad del plan que tramaba su madrastra. De modo que —tras despertar a Gretel— le contó en secreto lo que sus padres habían conversado, y entre ambos idearon un plan para eludir el triste destino al que su madrastra pretendía llevarlos. De modo que esa noche, y sin que sus padres lo notaran, Hansel salió de la casa para recoger muchas piedrecitas blancas que brillaban a la luz de la luna.

Al día siguiente los niños acompañaron a su padre al bosque —como todos los días— para buscar leños. En esta ocasión también les acompañó la mujer, quien quería asegurarse que su marido no se arrepentiría en el último minuto. Fue así como, durante el viaje, Hansel fue arrojando —a lo largo del camino—, las pequeñas piedras blancas para marcar el sendero de regreso.

En un momento en que los niños se descuidaron, los mayores tendieron la huída y desaparecieron de la vista de los pequeños. No obstante y llegada la tarde, los niños regresaron a la casa, guiados por el camino de piedrecitas. El padre les recibió con cariño y dolor, pues sentía la culpa de haberlos abandonado. Pero la mujer, adivinando lo que había pasado, decidió encerrarlos aquella noche y hasta el día siguiente para que no pudieran recoger más piedras.

Al siguiente día la familia emprendió nuevamente el camino al bosque, y antes de salir el padre dió a los pequeños su porción de hogaza de pan, en caso de que su mujer insistiera nuevamente en abandonarles. En su ingenuidad, el hombre tenía la esperanza que ella desistiría de su intento si veía que los niños no pasaban hambre. Pero la mujer no estaba interesada en el bienestar de los niños, y se había decidido a renunciar a ellos a toda costa. El futuro de los niños se veía sombrío.

Una vez más —y a falta de piedrecitas blancas—, Hansel y Gretel fueron dejando un rastro en el camino... esta vez con migas de pan. De modo que en un momento en que los niños —que confiaban en su plan— se distrajeron, la mujer presionó nuevamente al hombre para abandonar a los hijos. Así, los adultos desaparecieron nuevamente y los niños se quedaron solos. Pero lo que los niños no pensaron fue que los pajaritos del bosque se habían comido las migas de pan. Y sucedió que por más que buscaron el rastro no lo pudieron encontrar... sólo encontraron a un pajarito blanco que los miraba, lleno de curiosidad, como pidiendo más miguitas.

Los niños se dieron cuenta que estaban perdidos de verdad, y estremecidos ante la realidad, se acurrucaron en sus pobres vestimentas de lana, bajo la mirada triste del pajarito que no entendía bien lo que estaba pasando. Sobre ellos, un añoso roble que crujía con el viento les protegía un poco de las inclemencias. Ahí se pusieron a llorar... recordando a su mamá; que tan amorosa había sido con ellos, antes de que la perdieran, y antes de que llegara aquella mujer mala que a nadie quería.

El sol comenzaba a ocultarse y en medio de sus recuerdos —y apoyándose entre ellos— terminaron por armarse de valor y decidieron salir a explorar el bosque a ver si encontraban el camino de vuelta a casa. O quizá sería mejor —pensaron— encontrarse con algún alma caritativa que se compadeciera de su situación.

Fue así como caminaron y caminaron... siempre seguidos por el pajarito, subiendo y bajando frondosos montes, pendientes y laderas, mientras se hacía la tarde y llegaba la noche. Estaban en eso cuando ya, en medio del bosque, se encontraron —de pronto— con una extraña casa que parecía estar hecha de pan de jengibre y chocolates; los niños estaban asombrados º-º

Las tejuelas de la casa eran de galletas y los muros de bizcochos; las ventanas eran de chocolate con almendras, y las puertas de un blandísimo queque de miel. Una valla, elaborada con galletas con formas de personitas, prolíjamente adornados en orden de ronda infantil, rodeaba la casita.

Los niños —que a esa hora ya estaban hambrientos— no pudieron resistir la tentación de probar un poco, y comenzaron a comer. Al rato una señora anciana, de roja capucha y torcido bastón, salió a su encuentro y los invitó a pasar.
— ¡Hola, hola, pequeños! Mejor vengan adentro: encontrarán muchas golosinas y postres más dulces y deliciosos... ¡Pasen, pasen! Pueden quedarse todo el tiempo que deseen... —les dijo la anciana, que tenía una misteriosa mirada, difícil de descifrar.
Maravillados en su inocencia, los niños aceptaron la invitación y entraron a la casa. Pero lo que no sabían era que esa señora, que aparentaba ser amable, era en realidad una bruja malvada, que había estado esperando muchísimo tiempo a que los niños perdidos llegaran a su casa del bosque para comérselos º-º

Una vez dentro, los niños empezaron a vivir con la bruja, y a ayudarle en sus tareas diarias, sin saber el destino que aquella arpía les estaba conjurando. A cambio del trabajo, los niños recibían galletas, panqueques, chocolates y golosinas... y fue así como, lentamente, los niños se fueron acostumbrando a la rutina. Al principio todo parecía normal, pero llegó un momento en que la bruja dejó de exigirle labores a Hansel, y en cambio comenzó a explotar a Gretel para que hiciera todas las labores de la casa, a lo que ella accedía amablemente, pues había heredado la cortesía de su madre.

Llegó entonces el día en que la bruja reveló su verdadera identidad, y, encerrando a Hansel en una jaula, les dijo así:
— ¡Ahora sóis míos! Gretel... ¡tú trabajaras día y noche sin descanso! Y tú, Hansel... ¡serás mi platillo especial! Te engordaré en tu jaula y cuando hayas engordado lo suficiente, ¡te cocinaré! ¡Ja ja ja! Y si alguno trata de huír, ¡los convertiré en feas ranas y los arrojaré a un mugroso oblivion, donde serán olvidados por toda la eternidad! —intimidaba y se mofaba la bruja infame.
Los niños no podían hacer otra cosa que obedecer a la malvada, quien tenía poderes misteriosos que les aterraban. Pero la bruja era un poco ciega, y cada vez que le pedía a Hansel que le enseñara un dedo para saber si había engordado lo suficiente, éste —astutamente— le mostraba un hueso de pollo. La bruja tocaba el hueso y pensaba que aun no era tiempo de cocinarlo.

Pero pasó el tiempo, y en vista que Hansel no engordaba, llegó un momento en que la bruja perdió la paciencia y se decidió a cocinarlo de todas formas:
— ¡Gretel, prepara el fuego, que hoy me comeré a tu hermano! —vociferó la bruja.
Gretel se opuso, pero la bruja le advirtió que si no obedecía la convertiría en rana para siempre.  Gretel pensó que como rana no podría ayudar a su hermano, así que acató la orden de la bruja, con la esperanza de que se presentara alguna oportunidad de liberar a su hermano, y —con suerte— huír juntos de la despreciable hechicera. Fue entonces a buscar muchos leños, pues quería hacer tiempo mientras pensaba en alguna solución, pero el miedo le impidió pensar y nada se le ocurrió. Volvió entonces a la cocina y dispuso los leños bajo el horno... encendió el fuego y éste comenzó a arder con fuerza.
— ¡Gretel, abre la puerta del horno y comprueba si ya está lo suficientemente caliente como para cocinar! —ordenó la bruja.
Pero Gretel, presintiendo que la bruja la engañaba para cocinarla a ella también, le objetó:
— No sé como hacerlo.
Disgustada, la bruja, le respondió:
— ¡Niña tonta, que nunca haces nada bien! Yo misma la revisaré...
Y abrió la puerta del horno, mirando hacia su interior.

Fue en ese momento que Gretel le dió un fuerte empujón y la bruja cayó dentro del horno. Gretel cerró la puerta con un pestillo y la bruja empezó a gritar, ordenándole que abriera. Pero Gretel no le hizo caso y corrió inmediatamente a donde Hansel estaba encerrado. Mientras lo liberaba, la malvada bruja gritaba de terror porque el calor la estaba sofocando. Hansel y Gretel salieron corriendo de la casa y una vez afuera oyeron los últimos gritos de la arpía —que en vano maldecía a los niños— ...hasta que no se oyeron más.

Al morir la bruja, el encantamiento que rodeaba a la casa se deshizo, y las galletas con formas de personitas —que conformaban la valla de la casa—, comenzaron a tomar forma humana hasta convertirse en niñitos. Hansel y Gretel no lo podían creer: las galletas eran en realidad otros niños perdidos del pueblo, quienes habiéndose internado en lo profundo del bosque, nunca más se había vuelto a saber de ellos. Hansel y Gretel se aliviaron al recordar que —por cosa de suerte—, no habían alcanzado a comer ninguna galleta de la valla el día que la bruja les atrapó.

De pronto la casa comenzó desvanecerse hasta que desapareció por completo, y en su lugar creció un fuerte roble, rodeado de un hermoso jardín lleno de flores silvestres. La maldición había terminado.

Felices de estar libres, los niños perdidos agradecieron a Gretel y a Hansel por haberles liberado, y todos juntos volvieron al pueblo, guiados por un grupo de ardillas —de buena voluntad— que se apiadaron de los niños y les mostraron el camino al pueblo.

Hansel y Gretel, entanto y tras haberse despedido de sus nuevos amigos, regresaron por el bosque rumbo a su casa, siendo orientados por el pajarito blanco que se había hecho amigo de ellos cuando éstos —al ser abandonados— habían marcado el camino con migas de pan. Fue así como, poco antes de llegar a casa, se encontraron con su padre, el leñador, quién los había estado buscando día a día incansablemente. El padre —arrepentido de su acción— pidió perdón a los niños y se abrazaron ahí mismo, llorando de felicidad.

Les dijo a los niños que se había separado de la mala madrastra y que ella no volvería nunca más, porque se había ido a un lejano país y los rumores decían que un mago de esas tierras había visto la maldad en su corazón y la había convertido en sapo ._.

Ya en familia —y siempre junto al pajarito blanco— regresaron a su casa, a la salida del bosque.

Lo que nunca imaginaron fue que —al llegar— se encontrarían con un dragón bueno llamado Falkor, quien avisado de su aventura por los habitantes de La Comarca, había volado hasta la casa del leñador para llevarles a la plaza principal del pueblo, donde fueron recibidos por el Alcalde y los pobladores, quienes los homenajearon y agradecieron grandemente con cariño y regalos, dada la audacia y valentía de Hansel y Gretel, que devolvieron al pueblo su alegría original al liberar a tantos niños perdidos.

Así fue como —finalmente— todos fueron muy felices, y la familia nunca más pasó hambre o necesidades. La leyenda creció con el tiempo y llegado el Siglo XXI aun se les recuerda como a grandes héroes... Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas.


Fin