El último día de Chile

Aquella noche lluviosa la alarma resonó en todo el país. Fue una oleada de sirenas que despertaron a todo Chile a eso de la medianoche, y es que —extrañamente— justo ese día todo el mundo se había ido a dormir temprano, lo cual ya era raro. Por lo general, la gente se iba a dormir después de hacer la tarea o el trabajo atrasado que debían presentar al día siguiente... después de la fiesta, claro. Pero no era el caso esa noche, donde todos los canales de televisión transmitían la misma señal con una alarma persistente. Era casi como si algo o alguien hubiera preparado todo para que sucediera lo que estaba a punto de suceder y en la forma en que sucedió.

Al principio creyeron que se avecinaba un temblor, ya que en las noticias entrevistaban a un personaje de grandes lentes y barba descuidada en tenida oscura. Otros pensaron que era producto del cambio climático, y muchos comenzaron a guardar agua en sus teteras. Como era de esperar, saltaron los que dijeron que era una crisis energética, así que empezaron a encender las luces de sus casas para asegurarse de que les llegara suficiente corriente. Otros hablaban del colapso del sistema agrícola, así que los mercados se inundaron, a pesar de la hora.

Por ahí uno habló de una pandemia global, y las redes sociales se llenaron de expertos en fabricación de mascarillas caseras. Pero luego otro mencionó un ciberataque masivo, y todos se conectaron al unísono a sus cuentas bancarias y eso las colapsó. Y como colapsaron, un locutor de radio dijo que era un colapso económico mundial. Naturalmente que eso llevó a otros a hablar de un patatús institucional, y nadie entiende bien cómo es que saltaron de eso a la teoría de un deshielo polar inminente. El caso es que corrió el miedo a conectarse a Internet cuando alguien mencionó, por error, que una inteligencia artificial estaba fuera de control, y que cualquier interacción con ella podía desencadenar una guerra nuclear. Se hablaba pues del desplome global de Internet, pero entonces el experto barbudo mencionó un supervolcán, y todos miraron hacia la cordillera. Luego dijo que estaba sumergido, así que todos miraron al mar. Eso los tranquilizó un poco, ya que algunos hablaban de un océano “pacífico”.

Total que para cuando el mundo ya no daba más de la tensión y la curiosidad, surgió la revelación final... el experto hizo pasar a otro experto que era quién informaría al país del grave acontecimiento que se veía venir.

—Tenemos confirmación —dijo el nuevo experto frente a las cámaras, y mientras ajustaba sus lentes de lectura para ver un documento— de un inminente impacto extraterrestre... ¡ejem! —carraspeó.
Se alzaron en tropel las voces de los periodistas. La gente estaba pasmada.
—¡Extraterrestres! —se oía en todos lados.
La confusión envalentonó a los teóricos de la conspiración que habían advertido contra los reptiloides que estaban “entre nosotros”. No obstante, el experto se despejó la garganta con un vaso de agua y continuó:
—Hablamos de una colisión cósmica. Un evento exógeno por intrusión orbital de una amenaza astronómica.
—¡En español, por favor! —suplicó una bella periodista de piernas interminables.
El científico le asintió con una sonrisa forzada y prosiguió:
—Se nos viene —respondió con voz temblorosa— un asteroide. Un cuerpo rocoso de níquel y fierro, de unos cincuenta metros de diámetro y velocidad cercana a los doscientos mil kilómetros por hora. Caerá directo en algún lugar de Chile... ¡esta misma noche! El observatorio de Cerro Tololo lo ha confirmado. La NASA no alcanzó a detectarlo a tiempo, y no hay mecanismos disponibles para frenarlo antes del impacto. ¡Lo siento!
Y el experto se puso a llorar.

Como era de esperar, el país entero sintió un frío glacial recorriendo cada espina dorsal de pies a cabeza. O quizá, de la cabeza a los pies; nadie sabe exactamente qué parte del cuerpo se enfrió primero, pero una cosa era clara: chilito estaba condenado.

Entonces comenzaron a mostrar en televisión los gráficos del informe científico. “Evento inminente de impacto asteroidal”, se leía en titulares. Todo el mundo guardó silencio cuando, reponiéndose de la emoción, el científico continuó:
—No estamos seguros donde caerá exactamente, pero sabemos que será en Chile porque la trayectoria de entrada será norte-sur, coincidiendo con nuestra larga geografía chilena. Podría caer, básicamente, en cualquier parte: Arica, Iquique, Antofagasta, Copiapó, La Serena, Valparaíso, Rancagua, Talca, Chillán, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt, Coyhaique o Punta Arenas. Sólo el sur de Tierra del Fuego y la Antártica están descartados, pero aún así se verán afectados por las repercusiones geológicas y atmosféricas. Naturalmente que esto afectará a Argentina, también, pero debido a la cordillera, el impacto podría ser menos catastrófico para ellos. A no ser que caiga en Coyhaique, claro.
Por primera vez en la historia, el país completo escuchaba atónito y en total silencio las palabras de un científico.
—Eso... —continuó el experto— puede darles una idea de lo que podemos esperar. —y rompió en llanto otra vez.
El otro experto, mirando inmutable a su colega, acarició su propia barba, resignado.
—Tenemos menos de una hora. —advirtió finalmente.
Para entonces, el clima social en Chile ya era de ensueño. En todas las ciudades, de Arica a Punta Arenas (y sí, también Puerto Williams), las calles se habían llenado de gente. No solo de chilenos y pueblos originarios, sino también de extranjeros, de todas las razas, nacionalidades, lenguas y creencias.

Nadie quería estar solo. Nadie quería pasar sus últimos minutos sin contacto humano. Todo el mundo quería conocer a su vecino. Así, compatriotas que nunca se habían visto en su vida, se encontraban en las plazas y alamedas...

Los transportistas saludaban a los ciclistas. Los sindicalistas fraternizaban con los empresarios. Los estudiantes congeniaban con las autoridades del gobierno. Los ambientalistas cantaban con los mineros. Los cazadores intimaban con los animalistas. Los de derecha socializaban con los de izquierda. Las iglesias rezaban con los feministas. Los antivacunas lloraban con los enfermeros. Y los encapuchados se abrazaban con los carabineros. Si ese iba a ser el final de chilito, tenía que valer la pena.

Los argentinos, por su parte, también estaban asustados; especialmente en la Patagonia, dado el aviso. Así que hicieron sus propias reuniones de despedida, celebrando el fin de sus humanidades con mate amargo y cerveza sin alcohol. Así, el tiempo transcurrió en ese ambiente, y eran muy pocos los incrédulos dispuestos a negar la realidad. Si alguno menos informado se distanciaba, era inmediatamente invitado a recapacitar para compartir el fin de los tiempos con la gran familia chilena.

Estaban en eso cuando unos destellos en el cielo comenzaron a aparecer. Unas hermosas estelas doradas comenzaron a pintar los cielos, de norte a sur. Eran pequeños meteoritos que presagiaban la llegada del asteroide del fin de la era.

Por supuesto que el resto del mundo también estaba pasmado. La información ya había circulado a través de las redes sociales, copando titulares en todo el planeta:

¡Impacto mundial! Chile resignado
¡Chile se despide de Chile!
Fraternidad chilena: ¡el último adiós!
Asteroide arrasará Chile en menos de una hora
NASA informa: ¡Es demasiado tarde para Chile!
Chile y el sur de Argentina se preparan para el impacto
El peso chileno se derrumba ante el dólar
Chile en la mira de la Humanidad

Tal era el tinte de los medios de comunicación masivos. El planeta en su conjunto clamaba por un eventual milagro que desviara a Chile de su fatal destino. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, el mundo se unía ante el desamparo de nuestro país.

Entonces... sucedió.

Un resplandor deslumbrante incendió la alta atmósfera a la altura de Arica, seguido de un velo naranjo aterciopelado que habría sido hermoso de no ser por su fatal motivo. Fue atravesando el cielo de las regiones, una por una. Sobrevoló Santiago, y en su paso se llevó todo el esmog hasta Concepción. Finalmente eligió lo que los argentinos tanto temían: caería cerca de Coyhaique. Así que los coyhaiquinos, abrigados en sus parcas de chiporro y gorros de lana, se tomaron de las manos, elevando sus voces al cielo.

Casi parecía que el asteroide hubiera calculado la trayectoria directa a la plaza pentagonal de su ciudad, donde grandes rondas de personas se habían reunido para despedirse. El resto del país y el mundo entero miraban expectantes el desarrollo de estos acontecimientos por televisión. De vez en cuando habían estado mostrando la cara estupefacta del presidente, que observaba espantado desde Santiago, pero había dejado de ser noticia. Ahora todo el planeta veía en vivo el despacho de un periodista en el centro de la plaza de Coyhaique, junto a una pileta.

El asteroide avanzó a toda velocidad y justo antes del impacto... se detuvo. Miró alrededor, vio que toda la gente cantaba y lloraba con penita, así que también le dio penita; se dio media vuelta y escapó piola de vuelta al espacio profundo.

Fin

Nota aclaratoria:

Este relato, inspirado en el acontecer nacional cotidiano chileno, obtuvo una mención de honor en la categoría de cuentos infantiles de “Cuenta tu Cuento” 2026, IIª edición del Concurso Literario Viva Leer Copec. Presentado a concurso el jueves 18 de junio de 2026. Su contenido responde estrictamente al contexto y la fecha de su redacción original. Reconocido el 21 de Octubre de 2026.
El Río de Siempre Reirás

Anónimo / Editorial Susaeta (Adaptación de Valkyrja)

El destino pende del hilo más frágil.

Hace mucho tiempo, en una tierra antigua y lejana, un niño vivía cautivo en la habitación más alta de una torre de piedra. Sin que nadie conociera jamás la razón de aquel encierro, un gigante oscuro, que solía dormir junto a la torre, lo custodiaba en silencio.

Desde el alféizar de su única ventana, el niño observaba una pradera infinita donde apenas tres árboles interrumpían la monotonía del horizonte: dos chopos erguidos como centinelas y un pino cuyas ramas se mecían al viento. Conocía de memoria el paisaje y cada sendero marcado por los animales que huían ante la presencia del gigante.

Sus ojos, sin embargo, siempre buscaban algo más lejano. Imaginaba un bosque rodeado de montañas enormes que se alzaban mucho más allá del horizonte, anhelando una libertad que sólo le prometían sus sueños.

Su único compañero era un estante con viejos papiros que el gigante había olvidado. En todo su tiempo cautivo, el niño los había leído con esmero. En ellos viejas historias hablaban del río de Siempre Reirás: un cauce lejano cuyas aguas devolvían la alegría a quien bebiera de ellas y borraban para siempre toda tristeza del alma. Pensando en ese río, el niño miraba a las aves cruzando el cielo y suspiraba, recordando a su madre.

Una mañana, cuando el primer destello de luz tocaba las almenas, una paloma blanca se posó en su ventana. Tenía la mirada serena de quien ha recorrido un largo camino. El niño, despacio para no asustarla, la acarició, le dio de beber un poco de agua de lluvia que recolectaba en un cántaro, y le habló con suavidad:

—¿Acaso vienes del río de Siempre Reirás?
El ave respondió con un suave gorgorito. El niño desató una fina cadena de su cuello y la sujetó a la pata de la paloma.
—Busca donde nace el río. Si lo encuentras, moja esta cadenita en sus aguas y regresa, por favor.
La paloma alzó el vuelo hacia el oeste. Pasó el tiempo y el ave regresó, pero la cadena seguía tan seca y brillante como al principio. Sin dejar caer su ánimo, el niño ató esta vez un pequeño anillo de papiro a su pata y la envió hacia el sur. Nuevamente, el ave retornó sin ninguna novedad.

A punto de rendirse, el niño sintió al ave mordisqueando juguetónamente su mano, como si lo animara a no perder la fe.
—Lo intentaremos otra vez, amiga —susurró a la paloma, y la soltó al viento.
La espera fue más larga que las anteriores. Cuando a la penumbra del quinto día amenazaba con cubrir la pradera, el batir de unas alas anunció el regreso de la paloma. Esta vez traía atado un fino hilo de seda verde junto a una pequeña y misteriosa nota:
“Besa este hilo y se convertirá en una cuerda que te dará tu libertad.”

El niño desconocía al remitente, pero pensó que no tenía nada que perder, así que acercó la seda a sus labios. Al besarlo, el hilo creció entre sus manos, volviéndose una gruesa maroma. La amarró con firmeza al pilar de la ventana e hizo otros tantos nudos a lo largo para bajar con seguridad. Luego arrojó el otro extremo hacia el vacío, procurando no despertar al gigante que yacía dormido. Así comenzó a descender, lentamente, afirmado de nudo en nudo. Las ásperas piedras de la torre le hicieron algunas magulladuras, pero, soportando el dolor, el anhelo de libertad le daba espíritu para seguir.

Al llegar abajo, caminó sigilosamente hacia uno de los senderos que había visto desde la ventana, y una vez en la pradera y más lejos del gigante, echó a correr.

Sentía, por fin, la tierra húmeda bajo sus pies y los tres árboles parecían recibirlo con compasión. Junto al pino aguardaba un caballo solitario. El niño montó sobre su lomo y, al sentir su peso, el animal rompió a galopar sin vacilar y con la certeza de quien conoce el destino.


Galoparon y galoparon lejos... muy lejos. Más allá del horizonte y entre colinas y senderos, hasta que la luz de la tarde comenzó a dorar el paisaje. Al fondo de un valle tranquilo, junto a un arroyo de aguas transparentes, se alzaban un viejo molino y una casa de piedra que al niño le pareció familiar.

—¡Hola! —gritó el niño— ¿Vive alguien aquí?
La puerta del molino se abrió y una mujer salió a recibirlo. Pero al ver descender al muchacho de su caballo, lo reconoció. Corrió hacia él con todas sus fuerzas y lo estrechó en un abrazo interminable, bañando su rostro con lágrimas contenidas durante años.
—¡Mamita, mamita! —sollozaba el niño, abrazando finalmente a su madre.
—¡Mi niño, sí eres tú! ¡Estás en casa! —repetía su madre, empapada de emoción.

Más tarde, sentados juntos a la orilla del agua, contemplaban el curso del río que fluía sin prisa entre juncos y flores silvestres. El niño miró la luz reflejada en la corriente, y supo que había encontrado el río de Siempre Reirás.

Fin
El Zorro y la Barca de Juncos

Adaptación de una antigua fábula sumeria de Nippur

El río cuenta una historia que la corriente oculta...

Hubo una época en la que los juncales crecían profusamente en una sola ribera de un caudaloso río que cruzaba el desierto. Ante tal abundancia, todo el mundo se volcó al negocio de transportar juncos hacia la orilla opuesta. Cuentan que fue entonces cuando el zorro le pidió a Enlil —antiguo dios del viento y las tormentas— una barca propia para unirse al oficio.

Esa misma historia le contó, luego, al encargado del puerto, a quien fue remitido con un salvoconducto. Y el mismo relato repitió ante los escribas que registraban minuciosamente cada préstamo, carga y tablón que abandonaba el embarcadero.

—Necesito trabajar —explicaba con humildad—. Llevaré juncos de una orilla a la otra. No tardaré mucho.

La petición era razonable. Los juncos eran vitales: servían para construir techos, cestas, esteras, paredes y, a veces, hasta las propias barcas. Así que le asignaron una embarcación pequeña pero robusta. Al recibirla, recién calafateada y lista para zarpar, el zorro no podía sentirse más dichoso. Lo que nadie imaginaba era que no planeaba cargar un solo haz.

En lugar de enfilar hacia los cañaverales, soltó amarras y dejó que la corriente lo llevara río abajo. Descubrió así aldeas que no figuraban en los mapas de los escribas y atracó en islas donde nadie preguntaba su nombre ni para quién trabajaba. Aprendió palabras en lenguas de acentos extraños, compartió pescado con las nutrias, intercambió historias con las garzas y hasta guardó un silencio contemplativo con una vieja tortuga que recordaba un mundo anterior a los dioses. Porque, según dicen, las tortugas son más antiguas que el mismísimo Enlil.

Así, durante meses, el zorro trazó una ruta que jamás cabría en un informe oficial. Al principio, es cierto, sintió una punzada de culpa; pero pronto se convenció de que no había robado la barca por codicia. Llegó a considerarlo un simple “préstamo”, pues no la usaba para enriquecerse, sino para alimentar la dicha de su espíritu explorador.

El zorro se sentía satisfecho.

Sin embargo, también había burlado el destino que el más imponente de los dioses antiguos había escrito para él.

—Nadie le concede un barco a quien confiesa que solo quiere marcharse —reflexionaba—. Los puertos rebosan de permisos para comerciar, transportar, construir o servir, pero no existe un formulario para quien simplemente anhela descubrir qué aguarda tras el próximo recodo del río.

Por eso, el zorro hizo lo que, desde que el mundo es mundo, hacen quienes sueñan con una vida distinta: dijo únicamente lo que los guardianes necesitaban escuchar y se guardó para sí la única verdad que importaba.

En su travesía aprendió cosas que ningún escriba le habría enseñado: supo reparar remos rotos, leer el capricho de las corrientes, dormir bajo el manto de las estrellas y presentir el olor de la lluvia mucho antes de que las nubes de Enlil asomaran tras las dunas.

Hasta que un día, mucho tiempo después, decidió regresar. La barca lucía ya curtida por el sol y el agua. Cuando los escribas del puerto, perplejos, le preguntaron dónde estaba el cargamento de juncos con el que debía pagar su barca, el zorro esbozó una sonrisa:

—No encontré los que buscaba.

Nadie podía desmentirlo, pues ignoraban si se había internado en los pantanos buscando las cañas más perfectas. Algunos lo tomaron por un artesano exigente, pero él conocía la verdad: nunca había perseguido juncos, sino el horizonte, en busca de una vida de aventuras.

Sin comprenderlo del todo, los escribas anotaron su respuesta en el informe, y el administrador lamentó el préstamo infructuoso. Hubo quienes llamaron al zorro embustero y quienes lo tacharon de ingrato. Solo los viejos barqueros sonrieron al verlo alejarse, tiempo después, bajo la misma excusa. Ellos sabían bien que hay quienes usan los barcos para mover mercancías, y hay quienes los usan para descubrirse a sí mismos.

No está muy claro si Enlil lo castigó por acaparar un recurso tan valioso; la mayoría de estos cuentos sumerios, grabados en tablillas de arcilla hace más de cuatro milenios, son hoy polvo en el desierto. Lo único certero es que hay verdades tan difíciles de explicar que, a veces, la única opción es guardarlas intactas hasta alcanzar la otra orilla.

Fin

Moraleja

“Toda verdad puede expresarse o fragmentarse. La sabiduría reside en reconocer cuándo se comparte íntegra y cuándo solo en parte.”
Las 2 Ranas y el Pozo

Adaptación de una fábula de Esopo

Pensar primero, actuar después.

Érase un hermoso pantano donde vivían muchas clases de animales. Entre ellos había dos ranas que eran grandes amigas. Cada mañana se saludaban al despertar y pasaban el día nadando entre los juncos, cazando insectos y descansando sobre las hojas de lirio que flotaban en el agua. Durante mucho tiempo todo fue perfecto. Pero un verano llegó una gran sequía que parecía no tener fin. Día tras día, el nivel del agua bajó. El pantano comenzó a secarse y los animales, uno tras otro, tuvieron que marcharse en busca de un mejor lugar donde vivir.

Las dos ranas, algo más perezosas, esperaron hasta el último momento. Así que, para cuando el barro reemplazó al agua y ya no quedaba nada de su antiguo hogar, comprendieron que ya era tiempo de marcharse y emprendieron el viaje.

Caminaron durante días bajo un sol abrasador, con muy pocos rincones con sombra para descansar. Estaban ya cansadas y la sed apenas las dejaba avanzar. Entonces —por una de esas casualidades de la vida— encontraron un pozo antiguo. Era estrecho, muy profundo y, en el fondo, brillaba el agua.

—¡Lo logramos! —exclamó una de las ranas—. ¡Mira cuánta agua hay! Saltemos antes de que otro la encuentre.

Y dio un paso hacia el borde, lista para lanzarse.

—Espera un momento —dijo la otra rana.
—¿Esperar para qué? Justo esto era lo que buscábamos.
—Buscábamos agua, sí. Pero también un lugar donde pudiéramos vivir.

La primera rana frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de malo este lugar?

La otra señaló el fondo del pozo.

—Es muy profundo. Entrar será fácil, pero ¿has pensado cómo saldríamos si el pozo también se llegara a secar? Lo sensato no es solo calmar la sed de hoy; también debe servirnos el resto del verano.

La rana, que estaba muy sedienta, permaneció en silencio. Miró el pozo una vez más... esta vez con tristeza, pero comprendió que su amiga tenía razón. Así que, sin discutir, las dos retomaron el camino.

Se dice que tardaron otro par de días en encontrar un nuevo hogar, junto a un riachuelo abundante en plantas y sombras, pero con la certeza de que nunca necesitarían escapar.

Fin

Moraleja

“La prudencia vale más que la prisa.”

La Maga de los Enanos
Adaptación de Svanhildr MacLeod
Inspirado en un cuento de la colección “Tus Amigos” (1973)

Al borde de un bosque antiguo se alzaba una cabaña donde vivían una madre y sus dos hijos, Elisa y Federico.

Algunas madrugadas, el bosque despertaba cubierto por una fina niebla que hacía parecer las cosas más lejanas de lo habitual. Y, mientras las hojas de los árboles se mecían con la primera brisa, los gruesos troncos permanecían inmóviles, como si escucharan una voz misteriosa en las profundidades de sus raíces.

Por temor, los aldeanos hablaban poco de aquel lugar. Decían que, en su corazón, vivía una anciana conocida como la Maga de los Enanos. Nadie sabía con certeza si era bondadosa o cruel; solo afirmaban que el bosque cambiaba para siempre a quienes se adentraban en él sin respeto.

Una mañana, Federico preguntó:
—Madre, ¿podemos recorrer el sendero? No iremos lejos.
La mujer detuvo por un instante el trabajo de sus manos y clavó la mirada en la línea oscura de los árboles.
—El bosque es hermoso y tiene muchas flores este año, pero no siempre muestra el mismo rostro. Si entráis en él, caminad con prudencia. No os alejéis del sendero ni vayáis más allá del gran roble cuya copa se aprecia desde mi ventana.
—Sí, madre —respondió Federico—. Volveremos antes del atardecer.
Elisa sonrió en silencio, y así fue como se aventuraron por el camino. Al principio todo era luz. Las flores nacían entre el musgo y los pájaros se cruzaban a su paso como pensamientos felices. El viento jugaba con los cabellos de los niños y una canción, o tal vez una voz extraña, parecía viajar sugerente en el aire.
—Escucha... —susurró Elisa.
—¿Qué oyes?
—No lo sé. Es como si el bosque respirara.
Federico guardó silencio. También él comenzaba a sentir que cada paso los llevaba hacia un lugar donde el tiempo fluía de otra manera. Caminando sin rumbo, hechizados por el entorno y sus misterios, perdieron la noción de las horas. Sin darse cuenta, dejaron muy atrás el gran roble.
—¿Dónde estamos? —preguntó de pronto Elisa, confundida.
Federico miró hacia atrás y solo entonces comprendió que el sendero había desaparecido.
—¡Estamos perdidos! —exclamó la niña, asustada.
—No estamos perdidos —respondió Federico, intentando hacerse el valiente—. ¡Mira! Por allá se eleva una columna de humo. ¿Ves? Seguramente mamá está preparando algo en casa.
Creyendo que desandaban el camino, se dirigieron hacia el humo que despuntaba detrás de la arboleda. Pero al llegar descubrieron que, en realidad, se habían internado en lo más espeso del bosque. Aquel humo no provenía de su hogar, sino de una pequeña y extraña casa.

La cabaña se apoyaba contra una roca cubierta de líquenes, como si hubiera brotado de la tierra al igual que las raíces que la rodeaban. De su techo ascendía la delgada estela gris que se perdía entre las ramas.
—Parece que vive alguien aquí —dijo Elisa en voz baja.
Curioso, Federico se acercó a investigar. Una cortina verde ocultaba el interior de la ventana. En la penumbra de un arbusto cercano, un búho inmóvil los observaba; sus ojos brillaban con una luz amarillenta y atemorizante.
—Vámonos... —suplicó la niña, temblando.
Pero Federico, dominado por la imprudencia, recordó las historias que se contaban sobre la vieja del bosque. Sin medir las consecuencias, recitó en voz alta una rima burlona que los muchachos repetían en la aldea:

“¡Óyeme, Maga,
Maga de los Enanos,
enséñanos la cara,
muéstranos las manos!”
♪

Avergonzada y temerosa, Elisa se cubrió el rostro. El silencio se hizo profundo. De pronto, la cortina verde se corrió y unos ojos chispeantes escrutaron a los niños. Se oyeron pasos arrastrados, se abrió una mirilla corrediza en la puerta de madera y se asomó una mujer encorvada. Era tan anciana que sus arrugas parecían cortezas del mismo bosque.

La bruja clavó su mirada en ellos y sentenció:

“¡Mi nombre el viento os oyó decir,
ahora otro cuerpo habréis de lucir.
Si Maga de los Enanos me llamáis,
que en enanillos os convirtáis!” 
♪

La anciana inclinó apenas la cabeza y sonrió con malicia. El búho abrió lentamente las alas y graznó. El viento cambió de golpe. Los niños sintieron que la tierra se alejaba de ellos como en un sueño. Cuando volvieron a mirarse, habían dejado de ser quienes eran: dos pequeños enanos ocupaban ahora su lugar.

Elisa rompió a llorar.
—¡Federico... mira lo que nos ha ocurrido!
Él quiso responder, pero las palabras le parecieron demasiado pequeñas para explicar tanto miedo.

Muy lejos de allí, la madre esperaba. Las sombras crecieron y cayó la noche. Al ver que los niños no regresaban, el amor de madre venció al miedo y salió al bosque a buscarlos, llevando consigo un candil de cristal para iluminar el sendero.
—¡Federico! ¡Elisa! —clamaba en la oscuridad.
Como un eco, las hojas repetían su voz y los arroyos parecían responderle. Pero nadie acudía. Cuando la esperanza comenzaba a apagarse, una claridad misteriosa descendió entre los árboles. No tenía forma precisa; era como la luz de la luna reflejada sobre el agua en calma. De aquella visión brotó una voz apacible:
—No temas, buena mujer. Soy el hada de este reino.
La madre levantó la mirada, bañada en lágrimas.
—He perdido a mis hijos en el bosque.
—Nadie se pierde del todo mientras alguien continúe buscándolo —le aseguró el hada—. Pero la bruja del bosque los ha convertido en enanos. Ahora viven ocultos en una cueva custodiada por una serpiente.
El hada señaló hacia la espesura.
—Una paloma blanca caminará delante de ti; síguela. Antes del amanecer encontrarás dos lirios, uno rojo y otro blanco. Esas flores recordarán a tus hijos quiénes fueron antes del hechizo. Cuando llegues a la cueva, no temas a la víbora y entra. Te aseguro que ellos estarán ahí.
El hada se desvaneció en el aire. La mujer avanzó con su candil, iluminando el sendero sinuoso. Pronto encontró a la paloma blanca. El ave la condujo hasta un prado escondido donde halló flores de todos los colores. Tomó un lirio rojo y otro blanco, y continuó siguiendo al ave hasta la boca de una cueva abierta en la roca.

Una enorme serpiente descansaba junto a la entrada. La mujer sintió cómo el pánico le cortaba la respiración, pero recordó las palabras del hada, e invocando valor, dio un paso. Luego otro. La serpiente permaneció completamente inmóvil.

—“¡Que se haga tu voluntad, buen hada!” —confió para sí, la mujer, y saltó sobre la víbora.

Ya dentro de la cueva y con su candil, caminó hasta el fondo. Allí encontró a dos pequeños enanos sentados junto a una fogata. Parecían haber olvidado su humanidad, pues actuaban como criaturas del bosque y se asustaron tanto con la presencia de la mujer que ni siquiera levantaron la cabeza.

Sin embargo, una madre reconoce incluso el silencio de sus hijos.

Se arrodilló suavemente. Con el lirio rojo tocó la frente de Federico, y con el blanco, la de Elisa. Al instante, la cueva se llenó de un perfume semejante al de la primavera después de la lluvia. La vieja apariencia comenzó a desvanecerse como una sombra que el alba disuelve. Los dos niños volvieron a ser ellos mismos y, al verse en brazos de su madre, rompieron a llorar de emoción.
—¡Mamita, mamita! —clamaban, aferrándose a ella.
La madre los abrazó enternecida, agradeciendo con todo su corazón los designios del hada. Así pasaron el resto de esa noche en la cueva, cobijados al calor de la fogata.

Cuando por fin salieron, ya era de día. El sol bañaba los árboles y los pájaros cantaban otra vez. Juntos, desandaron el camino de vuelta a su cabaña, sabiendo que jamás olvidarían la lección del bosque.

Fin
El Príncipe Rana
Hermanos Grimm

En algún lugar de Hesse, Alemania...

En aquellos lejanos tiempos, cuando los deseos aún se cumplían por voluntad de la magia, vivía un rey con varias hijas, todas muy hermosas. La más pequeña, sin embargo, era tan bella que parecía brillar más que el sol a mediodía.

Cerca del palacio había un bosque espeso, y en él, una fuente de agua... o más exactamente, un pozo. En los días calurosos, la princesa solía ir allí, sentarse junto al pozo y jugar con su pelota de oro, lanzándola al aire y atrapándola de nuevo. Ese era su pasatiempo favorito.

Un día, la pelota no cayó en sus manos, sino que sobre un haya, rodo a lo largo de una de sus ramas, y terminó desapareciendo en las profundidades del pozo. La princesa, incapaz de recuperar su pelota dado el peligroso agujero, comenzó a llorar desconsoladamente. Entonces escuchó una voz que le preguntó:
—¿Por qué lloras, hija del rey?
Al mirar alrededor, vio una rana que asomaba la cabeza desde el agua.
—Lloro porque mi pelota de oro cayó en el pozo —respondió ella.
—No llores —dijo la rana—. Puedo devolvértela, pero... ¿Qué me darás a cambio?
—Lo que quieras: mis vestidos, perlas y piedras preciosas, incluso mi corona de oro.
La rana replicó:
—Nada de eso me sirve. Pero si prometes ser mi amiga, dejarme sentar contigo a la mesa, beber de tu vaso, comer de tu plato y dormir en tu cama, entonces bajaré al fondo y traeré tu pelota.
La princesa aceptó, aunque pensó para sí:
*¡Pero qué rana más tonta, creer que puede vivir como persona!*
La rana se sumergió y al poco tiempo regresó con la pelota en la boca. La arrojó a tierra y la princesa, feliz, la recogió y corrió hacia el palacio, olvidándose del animalito que la había ayudado.
—¡Espera! ¡Llévame contigo! —gritó la rana, pero ella hizo caso omiso a sus súplicas.
Al día siguiente, mientras comía en su plato de oro junto al rey y los cortesanos, escuchó un ruido en la escalera de mármol. Alguien llamó a la puerta y dijo:
—Princesa, ábreme.
Ella abrió y vio a la rana. Horrorizada, cerró la puerta de golpe y volvió contrariada a la mesa. El rey, al notar su expresión, preguntó:
—¿Qué ocurre, hija mía? ¿Hay algún gigante molestando en la puerta?
—No, padre, es un rana. Ayer me devolvió mi pelota cuando cayó al pozo, pero me hizo prometer que sería su amiga. Nunca pensé que pudiera salir del agua, y ahora quiere entrar.
El rey le respondió con firmeza:
—¡Pero debes cumplir tu promesa, entonces! Ve y ábrele.
Entristecida, la princesa obedeció. La rana entró y pidió:
—Súbeme a tu silla, por favor.
Ella dudó y miró de reojo a su padre, pero el rey la miró con seriedad e insistió con un gesto para que ella respetara a la rana. Luego la rana dijo:
—Ponme sobre la mesa y acércame tu plato y vaso, por favor.
La rana, que estaba hambrienta, comió y bebió con ella, y una vez terminado el almuerzo, añadió:
—Ahora llévame a tu cuarto y déjame tomar una siesta en tu cama, por favor.
La princesa lloró al imaginar la rana en su lecho, pero el rey fue firme:
—No debes despreciar a quien te ayudó en tu necesidad.
Ella llevó a la rana a su habitación y la dejó en un rincón. Sin embargo, la rana saltó hasta la cama y exigió:
—Estoy cansado... ¡Súbeme contigo o se lo diré a tu padre!
Furiosa la princesa, tomó a la rana y la arrojó contra la pared con todas sus fuerzas:
—¡Descansa ahí, rana asquerosa! —¡PLAFFF! 
Pero al chocar la rana contra la pared, se transformó en un apuesto príncipe. Explicó que una bruja lo había maldecido y que solo podía romper el hechizo si una princesa lo aceptaba como compañero en su mesa y en su cama.

La princesa, arrepentida, le pidió perdón y pronto se enamoró de él. Rogó a su padre que los casara, y así vivieron felices para siempre.

Fin

¡Un momento! ¿No que la princesa besaba al sapo para que se convirtiera en príncipe? 🤔 Pues no: ese es un mito. 😘 Como que también es mito que se tratara de un sapo... ¡era una rana! 🐸 — croac, croac.
Claus y Anya
Adaptación de S. MacLeod

Inspirada en el film “Santa Claus" (1985)

Hace mucho tiempo, en un profundo bosque encantado, y bajo titilantes estrellas que transportaban luces tan antiguas como el mundo mismo, vivía un hombre llamado Claus. No era rey ni guerrero, sino un humilde tallador de madera que vivía con su esposa, Anya, en los valles nevados del norte.

Claus y Anya tenían corazones tan grandes como los robles que el hombre trabajaba, y cada invierno recorrían los pueblos vecinos entregando pequeños juguetes tallados a los niños que se portaban bien.

Una de esas noches, tras haber visitado la última casa que quedaba, a las afueras de una pequeña aldea, la Gran Ventisca descendió sobre ellos. El viento aullaba como un lobo de hielo, y Claus y Anya, en su trineo tirado por dos fieles renos, Donner y Blitzen, se perdieron en la blancura infinita. Así anduvieron kilómetros, y cuando el frío se intensificó, un torbellino de nieve envolvió el remoto paraje.
—Claus —susurró Anya, temblando—, ¡el camino se ha borrado!
—No temas, querida —respondió él, buscando tranquilizarla, aunque sus manos estaban entumecidas—. Los renos conocen el aroma del hogar. Llegaremos a salvo.
Pero no volvieron a casa. En lugar de eso, cuando el sueño debido al frío estaba a punto de vencerlos para llevarse sus vidas, una luz esmeralda rasgó las nubes. No era el sol, sino las auroras boreales que descendían hasta tocar la nieve. La ventisca comenzó a amainar, y de entre las sombras de los abetos nevados, aparecieron pequeñas figuras envueltas en pieles de colores vivos, y portando cálidos faroles con velas encendidas en su interior. Eran los Vendegum, los elfos de las leyendas.
—¡Es él! —gritó un elfo llamado Dooley—. ¡El que ha sido prometido!
Los elfos los llevaron más allá del borde del mapa, hasta una montaña de cristal donde el tiempo parecía detenerse. Allí, en un salón de madera tallada que olía a resina fresca y canela, conocieron al más anciano de todos: Balthazar.

Balthazar tenía una barba blanca que llegaba hasta sus pies, y ojos tan sabios que habían visto el nacimiento mismo de las montañas. Se acercó a Claus y, con una voz que sonaba como el crujir de la nieve ante sus pasos, dijo:
—Claus, artesano y tallador de madera, durante toda tu vida has traído alegría sin pedir nada a cambio. En este lugar, el tiempo es como un río que no corre. Tú y Anya seréis bienvenidos aquí, en el reino de la magia. El Universo os ha elegido para ser los guardianes de la infancia... para los niños del mundo entero.
Claus miró sus manos callosas, confundido.
—Señor, solo soy un hombre común, y mi esposa, tan humana como yo. ¿Cómo podríamos nosotros llegar a todos los niños del mundo?
Balthazar sonrió y señaló hacia una ventana que mostraba el firmamento.
—¡Ah! El deseo de un niño es una estrella guía. Tú no viajarás únicamente por el mundo, Claus, también lo harás a través de los sueños, ya que desde este momento y para siempre, serás el Padre de la Navidad.
Durante siglos, el taller de los elfos se fue convirtiendo en el corazón del mundo. Claus y Anya no envejecían; su amor y su propósito los mantenían jóvenes de cuerpo y espíritu. Así vieron pasar el tiempo como si fueran las hojas de un libro:

En el siglo XVI, Claus aprendió a usar los vientos del norte para acelerar su trineo. En el siglo XVIII, los elfos perfeccionaron el arte de los juguetes mecánicos, creando maravillas que funcionaban con las magia de los engranes. En el siglo XIX, Claus comenzó a vestir de rojo, el color de la calidez en el invierno, y su risa —ese "¡Ho, ho, hooo!" que nacía desde lo más profundo de su alma— se escuchaba en los tejados desde Londres hasta las estepas lejanas.

Un día, mientras observaban el mapa del mundo, Claus notó que las ciudades había crecido mucho. Había notado que el humo de las chimeneas de la era industrial empezaba a oscurecer los cielos. Un elfo ingenioso y algo impaciente llamado Patch se acercó con un invento lleno de resortes.
—¡Mire, Santa! —dijo Patch con entusiasmo—. El siglo XX está a la puerta. Necesitamos máquinas, velocidad, eficiencia. ¡El mundo está cambiando muy rápido y deberíamos adaptarnos! ¿Quién sabe si algún día las personas de esas ciudades inventen una red de comunicaciones instantánea que los conecte a todos, y alguno de ellos escriba, en esa red, un libro de historias para niños, donde alguna de ellas hable sobre nosotros?
Claus lo miró sonriendo y, tomando un pequeño caballo de madera que acababa de tallar a mano, dijo con ternura:
—El mundo puede cambiar mucho, querido Patch, pero el corazón de un niño sigue siendo el mismo. No importa cuántas máquinas construyan las personas; la magia no está en el juguete, sino en el amor de quien lo da.
Cuando las campanas anunciaron el inicio del año 1900, el Polo Norte brillaba especialmente hermoso. Las auroras, alegres ante la llegada del nuevo siglo, fluían cuan ríos celestiales por el firmamento helado. Aquella noche, Claus subió a su trineo, ahora tirado por una manada completa de renos mágicos. Ahí estaban: Donner y Blitzen, Cometa y Cupido, Brillante y Danzante, Zentella y Zorro.

Con alegría, Claus miró a Anya, que le entregaba una bufanda tejida con hilos de luna.
—El nuevo siglo será un reto —dijo Claus, acariciando la nariz roja de Rudolph, su más reciente reno quién aún no había aprendido a volar—. Pero mientras haya una chimenea y un niño esperando, nosotros estaremos allí.
Y así, con un chasquido de las riendas junto al grito "¡Jóu!", el trineo se elevó hacia las nubes, volando hacia un futuro donde la magia, aunque a veces escondida, nunca dejaría de existir.

Y tú... ¿Crees en la magia? 😉
¡Ho, ho, hooooo!

Sin Fin
San Antonio y el Fuego
Cuento popular italiano
Ilustrado en Gemini

Hubo un tiempo en el que no había fuego en el mundo. Los hombres se morían de frío y fueron a pedir ayuda a San Antonio. Le dijeron que no aguantaban más; si no se ponía remedio acabarían congelados.

San Antonio se compadeció y a pesar de que el fuego estaba en el infierno, decidió ir a buscarlo. Se presentó ante las puertas del infierno con su bastón y su cerdito, pues antes de ser santo, San Antonio había sido porquero.
—¡Habran la puerta! —gritó golpeando con su bastón— ¡Tengo frío y me quiero calentar!
Los diablillos abrieron un poquito la puerta, pero sólo dejaron pasar al cerdo, que entró de un salto en el infierno. El travieso animal se puso a corretear y a meter el hocico en todos los rincones. Cansados de perseguirlo, los diablillos acabaron por ir a hablar con el santo.
—¡Ese maldito cerdo no nos deja tranquilos! ¡Ven a buscarlo y llévatelo!
San Antonio entró en el infierno, tocó al cerdo con su bastón y éste se quedó quieto.
—Ya que me han hecho entrar, me sentaré un ratito para calentarme —dijo San Antonio.
Se sentó en una bolsa de corcho, acercando sus manos al fuego. De vez en cuando pasaba cerca de él un diablo a toda carrera que iba a contarle a Lucifer los pecados que en el mundo cometían las almas. Y San Antonio, ¡pum!, le daba un golpe con su bastón.
—No nos gustan ese tipo de bromas —advirtieron los diablos—. Ten cuidado con el bastón.
San Antonio  inclinó el bastón, clavando la punta en el suelo, y un diablillo que pasaba corriendo en ese instante tropezó y cayó rodando.
—¡Ya está bien! ¡Nos tienes hartos con el maldito bastón! —gritaron los diablos.
Y le quitaron el bastón para tirarlo al fuego. Pero en cuanto la punta tocó las llamas, el cerdo comenzó de nuevo a revolverlo todo levantando nubes y nubes de polvo.
—Si queréis que se esté quieto —dijo San Antonio—, devuélvanme el bastón.
Los diablos se lo devolvieron sin darse cuenta de que la punta ya había comenzado a arder. San Antonio no dijo nada y, tomando su bastón por el mango, se fue.


Apenas salió al aire libre, San Antonio levantó su bastón con la punta encendida y, agitándolo como en una bendición, hizo que el viento esparciera las chispas que salían disparadas. Mientras tanto se puso a cantar:
 
¡Fuego y fuego, ahora y siempre,
para todo el mundo
fuego alegre!

Y desde entonces, para la felicidad de los hombres, hubo fuego en el mundo.

Fin
El Zurrón Maravilloso
Una vez era una viuda, cuya sola adoración y cuyo solo contento se cifraban en una hijita que tenía. Una hijita tan bonita y tan blanca como un rayo de luna sobre nieve; de ojos negros, dientes menudos, color rosado. Y todas las tristezas de la viuda se convertían en felicidad al calor de los besos de su hijita.

Una vez, con sus ahorros la viuda compró a su hijita unos aretes; prendidos de sus orejas y resaltando sobre sus cabellos, eran como dos estrellas en una noche obscura. La viuda estaba loca de satisfacción. ¡Era tan linda su hijita, tan buena y tan adorable! Y tenía una voz tan fina como el cantar de un jilguero.

Una tarde se presentó en su casa con otras amiguitas de su barrio y le suplicó a su madre que la dejara ir al río. El tiempo calentaba como hoguera; el sol achicharraba la campiña; el agua, plácida y mansa, era como tentación. Las amiguitas dijeron para apoyar la súplica:
—¡Ande, sí! Déjela usted... Ya nosotras la cuidaremos.
Y la madre la dejó; y llegaron al río y se bañaron; y la hijita de la viuda temió que se le perdieran los aretes, y antes de entrar en el río se los quitó y los puso en una piedra. ¡Lo que se divirtieron en el agua! ¡Lo que gozaron las niñas chapuzándose, nadando, arrojándose el agua unas a otras! Tanto, tanto, que salieron, se vistieron, se alejaron, riéndose todavía, y ninguna se acordó de los aretes.

La hijita de la viuda se acordó a la mitad del camino, cuando iban ya desapareciendo las luces del crepúsculo; cuando ya se quedaban solitarios los senderos de la aldea.
— ¡Ay, Dios mío, que se me olvidaron los aretes!
Las niñas que la acompañaban tuvieron miedo de volverse, y la hijita de la viuda se fue sola por la campiña lejana. Llegó a la orilla del río, y en vez de con los aretes, se encontró con un hombrón. Un hombrón de cara muy roja, de pelo muy largo, de ojos muy brillantes, sucio, borracho, roto; un hombrón que le dijo así, mostrándole los dientes y las uñas:
—¡Vaya, muchacha, que te agradezco la visita!
Y la metió en un zurrón y se echó el zurrón al hombro.

Y anda que te andarás... que te andarás por esos mundos de Dios, llegaron a una posada. El hombrón buscó asilo en el pajar y colocó el zurrón a su derecha; y la pobrecita niña, pensando que había llegado el momento de su muerte, volvió el alma hacia su madre y cantó así:
—Por los areticos, madre, que en la peña los dejé; que por ellos moriré, que por ellos moriré.
¡Amigos, qué voz la de la hijita de la viuda! Lo mismo que una rosa que se convirtiera en voz. Fina, dulce, blanda, parecía penetrar en el corazón como una luz e irse deshaciendo en copos. Y cuando la oyó el hombrón, que había pensado efectivamente asesinar a la niña, desistió de su propósito y se puso a calcular:
—Haciéndola cantar en todas partes ganaré lo que me dé la gana, y al cabo de unos años de trabajo la haré desaparecer y podré vivir tranquilo gozando del sosiego y la fortuna.
E iba desde aquella noche recorriendo aldeas, villas y ciudades, parándose en los mesones, visitando las tabernas, penetrando en los ventorros y enseñando en todas partes el zurrón. Para obligar a la niña cuando no tenía ganas de cantar, compró una lanza y la pinchaba con ella. Reunía a la gente y decía así:
—Este es el zurrón que canta, ¡el zurrón maravilloso que llama la atención de todo el mundo!
Y le mandaba al zurrón:
—Canta zurrón, canta; ¡si no, te pincho con la lanza!
Y con vocecita de oro, el zurrón cantaba siempre:
—¡Por los areticos, madre, que en la peña los dejé; que por ellos moriré, que por ellos moriré!
Pero —¡ved lo que son las cosas!—, andando..., andando, llegó el hombre del zurrón a la aldea de la madre de la niña; y —¡ved lo que son las cosas!— el hombre le pidió posada y la madre se la dio. Entró él en la cocina, se arrellanó junto al fuego, posó el zurrón a su lado, y dijo así:
—Yo, buena mujer, soy pobre. Pero tengo un zurrón que canta maravillosamente. Y os voy a pagar este favor haciéndole cantar...
Y en el momento díjole al zurrón:
—Canta, zurrón, canta; ¡si no, te pincho con la lanza!
En cuanto la madre oyó la voz y entendió lo que decía, creyó volverse loca de gozo... ¡Era la voz de su hijita la que se le entraba en el corazón como una flecha; aquella voz tan querida, tan armoniosa, tan inconfundible! La de la hijita del alma que ella no se cansaba de llorar desde la tarde en que volviera al río a buscar los areticos. ¡Qué alegría tan grande la de la viuda! Pero supo disimularlo y aguardó con paciencia a que se durmiera el hombre. Entonces abrió el zurrón, sacó a su hijita del alma (demás está decir que se abrazaron como nunca de felicidad), y metió en su lugar un gato terrible.
 
A la mañana siguiente, el hombre cogió el zurrón y fue a presentar la maravilla al público. Se reunió mucho público, y el hombre mandó al zurrón que principiara el cantar. El zurrón como si no... El hombre le dijo así:
—Canta, zurrón, canta; ¡si no, te pincho con la lanza!
Y el zurrón, como si no. Desesperóse el hombre y dio un pinchazo. Del zurrón salió un bufido. Y el hombre con la lanza abrió un jirón y el gato terrible le saltó a la cara y le clavó las uñas en los ojos. En tanto, la hijita de la viuda refirió lo sucedido en el lugar, y en cuanto lo supo el público que rodeaba al hombre, se echó sobre él, le arrastró y le mató a pedradas.

Fin

Nota
Esta historia y desenlace refleja una forma de “justicia popular" característica del imaginario oral tradicional. Si bien puede resultar extremo desde una mirada contemporánea, es representativo de los valores narrativos de la época que dio forma a este cuento de edición de 1921, fiel a esas narrativas orales mucho más antiguas y donde el castigo colectivo simbolizaba la restauración del orden moral. Se presenta aquí en su forma original como testimonio de su legado cultural.
La Leyenda de Gou Nian

Cuenta una historia de tiempos antiguos, que la luna solía tejer una vasta red, tan delgada como la seda, a través de los mares inexplorados de la Tierra. Aquella era hilada de luz plateada y guiaba a los navegantes perdidos hacia destinos inciertos, donde hallaban gran fortuna o su perdición eterna. Pero también atraía a las costas a feroces y desconocidas criaturas del mar, y hasta servía de puente a los mismísimos dioses que caminaban entre los mortales.

Por aquel entonces y a orillas del Gran Océano, hubo un pueblo del lejano Oriente que vivía bajo la sombra acechante de una bestia carnívora e inmortal; su nombre era Nian, el dragón de los mares, y su venida anual —al inicio de la primavera— era presagio de ruina y desesperanza.

Nian era un coloso nacido en las profundidades del abismo. Tenía cuerpo de buey, un pelaje escamado de color semejante al bronce bruñido, y su cabeza con melena de león estaba coronada por un cuerno con protuberancias afiladas, como las lanzas de un dios guerrero. Dormía en su escondite acuático durante el ciclo del sol, pero cuando el invierno cedía y los vientos cambiaban, emergía con su hambre insaciable, arrasando cuanto encontraba a su paso. Hombres y bestias desaparecían al interior de sus fauces, y el terror vestía la aldea de sufrimiento, dolor y silencio.

Los aldeanos, conocedores de la inexorable amenaza, huían en cada ocasión a lo alto de las montañas para refugiarse en unas cuevas profundas. Así, cada año dejaban atrás sus hogares y a merced de la fiera, acostumbrada ya a su embestida voraz.

Sucedió entonces, durante un borrascoso atardecer y en una de esas vísperas fatídicas —y con la sombra del Nian cerniéndose en el horizonte— que un venerable aunque foráneo anciano llegó al pueblo. Era un completo desconocido. Tenía una barba larga y delgada, y su canoso cabello era casi metálico, como la plata del alba en su azul más tenue. En sus ojos brillaba la sabia luz de un fuego olvidado por las eras.

Los aldeanos, preocupados por la llegada del Nian y preparando su huida, miraban de reojo y con cautela al anciano. Aquel llevaba un hanfu mezclado de tonos ricos y sobrios. Su túnica exterior, de un profundo carmesí, caía en elegantes pliegues hasta sus pies, contrastando con el grisáceo de los cielos que anunciaban el peligro de la bestia. El borde de su túnica iba adornado con intrincados diseños y bordados elegantes y dorados que representaban dragones y nubes. Una prenda de color marfil asomaba en el cuello y sus mangas, aportando un toque de luz y pureza a su figura.

El viejo “sin nombre" traía ceñido un cinturón ancho de seda, de un tono oscuro y ceremonioso. Éste sostenía un pequeño bolso de tela en cuyo interior guardaba algo misterioso. Un sombrero de cono de paja, sencillo pero digno, cubría sus largas canas protegiéndole de la lluvia. Y pese a su avanzada edad, su postura era erguida y su mirada, serena y determinada como los mares en tiempos tranquilos. Así pues, quienes alcanzaron a ver su rostro de cerca, contaron que su mera presencia les infundía tranquilidad y respeto en medio de sus desgracias.

Finalmente, unas sandalias de madera resonaban suavemente a su andar.

Ya en medio del pueblo, el anciano se presentó ante los temerosos pobladores y con voz firme proclamó:
—¡Amigos, no huyáis más! Es verdad que el Nian es temible, pero no es invencible. Concededme el favor, esta noche, de enfrentar a la bestia... ¡y yo os libraré de su yugo!
Algunos pocos jóvenes con menos memoria se mofaron, y hasta los ancianos de la aldea, ya curtidos en años de pesar, dudaron de sus palabras. ¿Cómo podría un solo hombre —y de tan avanzada edad— enfrentarse a una criatura de los abismos como el poderoso Nian? Mas ante su propuesta no pudieron sino asentir, pues el anciano se mostraba decidido, aunque el miedo les robaba toda esperanza.

Llegó entonces la noche, cayendo oscura y fría, y con ella, el Nian. Surgiendo desde el mar oscuro hundió sus pezuñas en la arena de la playa. Sus patas parecían transformarse en garras cuando su ojos se encendieron, relampagueando con el fulgor de la tormenta. Su rugido se elevó por los cuatro vientos, y era como el bramido del océano enfurecido. La tierra tembló bajo su paso, y el aire se llenó con el hedor del azufre y el humo de sus entrañas. La gente huyó despavorida.

Conforme con el terror que su presencia provocaba en los humildes, la bestia se preparó para devorar cuanto hallara en su camino... cuando, de pronto, el anciano le salió al paso.
—¡GROOOAARR! —bramó el Nian, con toda su fuerza y poder, como pretendiendo acobardar al insolente humano que se atrevía a desafiarle.
El anciano ni se inmutó.

Vacilante el Nian por la actitud del viejo, se alzó con su tamaño imponente y sus ojos llameantes, acercándose lentamente al anciano como estudiándole desde una posición ventajosa.
—¡GROOOAAARRR! —volvió a rugir, en un tono todavía más amenazante, pero el anciano no se movió.
Perplejo el animal, asumió que el viejo era un loco inofensivo y decidió atacarlo. Su rugido volvió a resonar por todo el pueblo y sus montañas como el viento encolerizado. Los aldeanos que no habían alcanzado a huir, se escondieron en sus casas, aterrados, mientras el anciano de cabello cano seguía fijo en su puesto con su mirada serena. Su túnica roja ondeaba al viento cuan mítico héroe de leyenda enfrentando a la maldad. El Nian abrió sus enormes fauces, decidido a devorar a su adversario...

Pero en ese instante, un estallido rasgó la penumbra.
—¡BOOM!
El Nian se detuvo en seco a centímetros del anciano.
—¡BANG!
—¡CRACK!
—¡FSSSSSS... K-BOOM!
—¡POP! ¡WHIZZ!
Comenzaron a tronar una serie de fogonazos y explosiones frente al rostro de la bestia.

Sorprendido el Nian, sintió que el anciano ya no parecía tan inofensivo. Una línea de petardos que colgaban de su bastón comenzaron a explotar en serie en ese momento.
—¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM! 
Con voz firme, el venerable entonó un cántico místico mientras encendía uno a uno los petardos, cuyos estallidos y chispas llenaron el aire de estruendo y brillantes luces multicolores. El Nian, estupefacto y aturdido por los destellos y el ruido, retrocedió con un rugido de terror que sacudió las chozas y los árboles a su alrededor. El anciano dio un paso adelante y la bestia mítica retrocedió otro más.

A partir de ese momento, llamas danzaron en la oscuridad, y lenguas rojas y doradas chisporroteaban como estrellas caídas del cielo. Estruendos ensordecedores rompieron la noche, y Nian, por primera vez en su existencia, sintió el amargo aguijón del miedo en toda su gloria. Retrocedió, gruñendo y tambaleándose, mientras su mirada erraba de un lado a otro en busca de su atormentador. Entonces lo vio: el anciano, de pie en el centro del poblado, vestido con un manto rojo como la sangre del crepúsculo, sostenía en sus manos un haz de fuego y estruendo.
—¡Huye ahora, bestia de la sombra! —bramó el viejo— ¡Pues la gente ha visto tu miedo, no volverás a asolar estas tierras nunca más!
Nian, ciego de terror, lanzó un último rugido antes de huir, perdiéndose en la vasta negrura de los mares.

Al despuntar el alba, los aldeanos regresaron, asombrados de hallar sus hogares intactos. El anciano ya no estaba, pero en su lugar, había dejado tres regalos: papel rojo para darles valentía; fuego para darles el poder de la luz sobre la oscuridad; y el secreto de la pólvora para que con fuegos artificiales proclamaran su victoria sobre el Nian.

Desde aquel día y en honor a su victoria, las gentes celebraron la hazaña del venerable sin nombre. Así, año tras año, al llegar la “Víspera de Nian" —con la llegada de la primavera— cuelgan en las aldeas decoraciones carmesí y encienden chispas que estallan en pirotecnia para recordarle al monstruo que la gente ya no le teme.

Siglos pasaron y la celebración incorporó el Wu Shi (舞狮) —la danza del león— y el Wu Long (舞龙) —la danza del dragón—, para traer buena suerte y fortuna, ahuyentando también a los malos espíritus del mundo terrenal.

Así nació la tradición que dio origen al Festival de la Primavera, y que como las leyendas de tiempos primordiales, jamás ha de morir mientras los hombres tengan memoria y enciendan luces en la oscuridad. 🔥✨🐉

Fin
El Escultor de Nubes

Cuando era niño, Nefelio solía tumbarse en el campo, sobre la hierba, para contemplar las nubes, pues sentía que el cielo era un enorme tapiz azul presto a ofrecer sorpresas. Lo veía como a un escenario vivo, mutable, donde las nubes jugaban al igual que los muchos niños de todas las épocas. Así pues, se divertía imaginando que sus caprichosas formas representaban objetos, animales o rostros familiares: aquella parecía un castillo, aquella otra un conejo, la de más allá un jefe indio con su penacho de plumas... Esas figuras efímeras, moldeadas por el capricho del viento, despertaban en él un especial asombro que guardaba en su corazón creativo.

Con el tiempo, Nefelio estudió arte y se fue aficionando cada vez más a la escultura. En su taller, rodeado de virutas de madera y bloques de barro, tallaba o moldeaba distintas figuras. Nefelio intentaba capturar la belleza de aquellas formas imposibles. Pero sobre todo le gustaba experimentar con materiales nuevos e inventarse las formas más insólitas. Sin embargo, aunque por más que intentara nuevos conceptos e ideas, siempre sentía que le faltaba algo.
“¿Cómo replicar la ligereza de una nube o la gracia con la que se disuelve en el horizonte?" —solía pensar.
Su arte, aunque admirable, parecía pequeño comparado con las obras maestras del cielo.

Vivía en una época donde la ciencia avanzaba con la misma rapidez que las nubes cruzaban el firmamento, así que la técnica marchaba muy deprisa. Y en cuanto sabía de un nuevo material o un nuevo sistema de trabajarlo, Nefelio experimentaba con ellos en busca de nuevas y asombrosas formas y posibilidades, absorbiendo así todo aquello que le llegara, como si fuese un escultor y un alquimista a partes iguales. 

El muchacho se fue convirtiendo en un escultor experto, para quien no tenían secreto las distintas técnicas; pero, a pesar de sus logros, seguía recordando las nubes que tanto le gustaba contemplar durante su niñez. Por eso su corazón siempre miraba hacia arriba, y a menudo pensaba que ningún escultor había logrado jamás nada que pudiera compararse a aquellas formas suaves e ingrávidas que cruzaban el cielo majestuosamente.

Sucedió durante una tarde en la que el cielo ardía en tonos anaranjados que una idea brillante lo golpeó con la fuerza de un relámpago: 
—¿Y si pudiese esculpir nubes? ——se preguntó, imaginando una máquina de ensueño.
Una nubecita con forma de pulpo que pasaba en ese momento terminó por completar su idea.
—¡Sí, sí... esculpiré nubes! —exclamó ilusionado, e inmediatamente puso manos a la obra.
La locura de la idea lo electrizó. ¿Por qué no? ¿Acaso no era el arte una forma de diálogo con la naturaleza? Durante meses trabajó con devoción, como si una fuerza superior lo guiara. Su taller se llenó de planos, motores y prototipos extraños. Al fin, nació su máquina: "La Esculpenubes". Un aparato volador provisto de una serie de artefactos especiales: tubos por los que salían chorros de aire, otros por los que salía vapor de agua, refrigeradores para enfriar el vapor, y dispositivos que lo teñían con colores nunca antes vistos en los cielos añiles.
—“El viento y los cambios de temperatura y presión del aire dan forma a las nubes." —pensaba Nefelio— “¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo?"
Ante su primer vuelo, le pareció que temblaban sus manos y que su corazón saldría volando como otra nubecita más. Así pues, armado de valor activó su máquina, confiando en que sus sistemas responderían adecuadamente y tal como lo había contemplado. Elevándose con su máquina entre las corrientes de aire, llegó placenteramente hasta los nimbos, y ahí comenzó a moldear su primera nubecita. En las alturas, soplos de aire refinaban los bordes; vapor añadido aumentaba su volumen; sutiles variaciones de temperatura daban cuerpo a su creación. Una vez satisfecho, retrocedió con La Esculpenubes para admirar su trabajo. Allí, suspendida en el cielo, flotaba una hermosa figura que parecía viva: un colibrí con alas extendidas.

Y así continuó, en su aparato volador, Nefelio se dedicaba a dar formas variadas a las nubes, puliéndolas con chorros de aire, añadiendo masas de vapor donde le parecía oportuno, enfriando o calentando para variar la consistencia, añadiendo vistosos colorantes en algunos casos, que en pleno día daban a los nimbos los tonos del crepúsculo...

Desde aquel día, el cielo dejó de ser un lienzo sujeto solo al capricho de la naturaleza. Nefelio lo convirtió en un museo de arte; esculpiendo formas que transformaban el paisaje: dragones dormidos sobre montañas de aire, árboles cuyas ramas se extendían como promesas en el horizonte, incluso ciudades efímeras que se desvanecían cuando el viento era muy fuerte.

El mundo —abajo— miraba con asombro sus creaciones, pero él solo pensaba en hacer felices a los niños y a las personas con alma de niños. Pues como el propio Nefelio había hecho de pequeño, los niños también solían contemplar, en los días soleados, las escasas nubes blancas que surcaban el cielo. Así, pequeños ojos comenzaron a mirar hacia arriba, y cada vez más pequeñas voces reían con alegría:
—¡Mira, aquella nube tiene forma de manzana!
—¡Y aquella otra parece un perro!
—¡Y hay una pequeña de color verde que parece ranita!
Gritaban entusiasmados.

Y, en efecto, era totalmente cierto, pues Nefelio estaba esculpiendo las nubes, como de niño había hecho con su imaginación.

Sonreía feliz el escultor piloteando La Esculpenubes, su asombrosa máquina voladora. Sonreía tomando la magia de los cuentos leídos en su infancia para plasmarla en el cielo y que éstos nunca se extinguieran. Quizá las nubes no eran perpetuas, pero mientras flotasen en el aire, sabía que su arte viviría para siempre a través de aquellos corazones cuyos ojos las descubriesen con asombro.

Así, Nefelio convirtió el cielo en su galería de arte para el mundo entero: un museo sin paredes ni tejado, donde las ideas danzaban entre los vientos, libres y eternas.

Fin
La Vida de los Átomos
Pío Baroja

Ilustrado en Dream

Una noche de invierno estaba solo en mi cuarto leyendo. No se oía en la casa ni un ruido ni un murmullo; sólo dos relojes, el uno en mi despacho, el otro desde el pasillo, rompían con su tic-tac el silencio de la noche.

El más pequeño, el de mi cuarto, introducía entre el tic-tac habitual de un reloj respetable, otros dos golpes intermedios y parecía decir:
—“Vámonos ya... Vámonos ya."
El grande, el del pasillo, despreciando estas fantasías impropias de un reloj serio que se estima, murmuraba por lo bajo:
—“Bien va... Bien va..."
Yo les oía correr a los dos relojes y perseguirse con sus ruidos, y desdeñaba profundamente en el fondo de mi alma el estéril trabajo que se tomaban en alcanzarse el uno al otro.

Había leído en una obra moderna de Química el desarrollo de la teoría atómica, y estaba preocupado, hasta sentía indignación.
—No me convencen los átomos. —murmuré— Creo que tengo derecho a que no me convenzan los átomos. ¿Somos positivistas o no? Pues, entonces... ¿Quién ha visto el átomo? ¿Quién ha pesado el átomo? ¿Por qué se atreve a decir nadie que es indivisible? ¿Por qué? Sobre todo, lo que más me molesta, esto lo digo en secreto, es que digan que el átomo es insecable.
Mi gato negro (creo que también tenga derecho a decir que tengo un gato negro), estaba subido a la mesa colocado sobre la “Psicología celular de Haeckel", y me miraba accionar, con sus ojos amarillos, con una indiferencia mortificante. Creí descubrir en su expresión cierto asomo de ironía, que me parecía impropia de un subordinado y de un ser que, al fin y al cabo, vive a mis expensas.

Me levanté de la mesa y me senté en un sillón junto a la chimenea, encendí la pipa y me puse a mirar las llamas. Mi perro gruñó porque le molestaba, apartándole del fuego. No podía alejar mi pensamiento de la teoría atómica ni del átomo.
—“¡Lo insecable! ¿Hay cosa más imbécil que lo insecable?" —pensé.
—El átomo es una antigualla —dije— una hipótesis que hay que destruir inmediatamente. No existe más que la materia única. Cuando salga cualquiera con sentido científico y filosófico negará el átomo.
Mi perro, medio dormido, me miraba de cuando en cuando de reojo con cierto respeto.
—Sí. —le dije yo— Hay que dejar esa vejez del átomo; tenemos que remontarnos más allá, al subátomo, si se me permite la expresión.
Mi perro cerró los ojos, como aceptando la frase.
—Ya no estamos en aquellos tiempos —seguí diciendo— en los cuales llamar al oro “Au" y a la plata “Ag" y al azufre “S", significaba algo. Ya no estamos en esos tiempos. No. No estamos en esos tiempos.
Como no me contradecía nadie, para entretenerme me puse a contemplar el fuego, que hacía chisporrotear a las leñas sostenidas por los morillos, que representaban dos negras egipcias, y a mirar la brasa de mi pipa. Estaba mirando ésta cuando una chispa escapada de allá se levantó en el aire y se quedó inmóvil.

Yo, escandalizado ante aquella sustracción a la ley de la gravedad, cogí las tenazas y traté de tirar la chispa al suelo; pero ella, sin hacer caso de leyes, permaneció en su sitio y comenzó a dar vueltas, formando círculos en el aire, hasta que... ¡paf!, reventó como un cohete en mil lucecitas de todos colores, mates y con brillo. Aquello me pareció ya faltar. Lentamente en aquellas chispitas se fueron dibujando formas vagas, y, al concretarse, aparecieron figuras de hombres, mujeres, moscas, perros, cínifes y lagartos, y empezaron todos a revolotear y a danzar vertiginosamente alrededor de mi cabeza.
—“¡Au! ¡Au!" —ladraba un perrillo de color de oro en mis oídos.
—“¡Hache! ¡Hache!" —estornudaba un señor idiota, inodoro, incoloro e insípido.
—“¡Br! ¡Br!" —zumbaba el cínife, que exhalaba un olor acre y fuerte.
—¿Qué gentuza es ésta? —murmuré yo, indignado— ¿Quién sois?
Entonces uno de aquellos bichos que semejaba una luciérnaga por la clase de luz que despedía, y que silbaba como una máquina de vapor haciendo “¡Ph! ¡Ph!", se paró delante de mí descaradamente, y me dijo:
—Somos átomos.
—¡Mentira! —grité yo— Los átomos no existen.
—¡Ag..., ag..., ag...! —exclamó una señora vestida de blanco, con una risa argentina.
—¿Conque no existimos, imbécil? —me replicó el átomo fosforescente, con desprecio— ¡Vosotros los hombres sí que no existís! No sois más que nuestra casa, nos servís para nuestra alimentación, para nuestra vida; nada más.
—¡Vosotros!... Vosotros no tenéis vida —les dije yo— ¡Qué vais a tener!
—¡Oh Humanidad, Humanidad! Siempre serás idiota —gritó el átomo fosforescente— Ves que nos movemos, que nos enamoramos como los hombres; eres testigo de nuestra sensibilidad y de nuestra voluntad, y niegas que tenemos vida.
—¿Voluntad? —salté yo— ¿No comprendes, mequetrefe, que sobre todas tus acciones pesa un determinismo inexorable; que yo puedo hacer que contraigas matrimonio, y que te divorcies cuando me dé la gana?
—¡Oh! ¡Oh! —dijo un átomo de oxígeno— Eso es demasiado.
—S... S... —murmuró el átomo de azufre con un dedo sobre los labios, y añadió— Dejarle hablar al átomo inteligente.
—Eso que dices del divorcio —repuso la luciérnaga—, no prueba más sino que estamos más adelantados que vosotros. ¿Qué átomo que tenga dos átomos de sentido común soporta una mujer para toda la vida?
—Sí, eso estaría bien dicho —le repliqué yo— si os divorciarais por gusto; pero vosotros, desdichados, no tenéis voluntad como los hombres.
—¡Bah! —arguyó él— Vosotros os creéis libres porque no podéis comprender el mecanismo del trabajo atómico en vuestro cerebro, pero si nuestros actos son fatales, los vuestros lo son también del mismo modo; somos factores de vosotros, y de fatalismos atómicos no se pueden obtener libres albedríos humanos.
—¿Y el alma? —dije yo, recordando que en Psicología, Lógica y Ética había aprendido una porción de martingalas para demostrar su existencia.
—¡El alma! ¡Pchs! Esté yo en el cerebro de un hombre, y verás inteligencia; que falte este cura, y verás estupidez.
—Pues ¿quién eres, que te das tanto tono?
—Soy un átomo de fósforo. Mira.
Y el átomo se retorció, se puso los pies en la cabeza, se convirtió en un anillo luminoso y brillante y subió por el aire; bajó luego, y dijo:
—¿Ves? Esto es una idea.
Yo estaba atónito. El átomo fosforescente, aprovechándose de mi estupefacción, siguió haciendo fantasías un tanto chocarreras. Se puso formando un aspa, y dijo:
—Ahí tienes una idea geométrica.
Luego se torció hasta trazar un ángulo agudo, y murmuró:
—Esto es una idea de odio.
Después se despatarró, abrió los brazos, y dijo:
—Esto es un pensamiento de amor.
Yo, como he dicho, estaba atónito; los átomos danzaban a mi alrededor, chillando, gritando todos a coro:
—¡Somos la materia única, la indivisible, lo insecable!
Al darme cuenta de estas palabras, me estremecí en mi asiento, y exclamé:
—¡Falso! ¡Falso! Estáis formados de partes.
Entonces, hombres, mujeres, perros, cínifes y lagartos estallaron; una sustancia tenue, de color de ceniza flotó en el espacio... Me sonreí con una sonrisa alegre y triunfante... Veía la materia única, mi X primitiva, la materia eterna y eternamente divisible... Pero, demonio. Se me había apagado la pipa.

Fin