Aquella noche lluviosa la alarma resonó en todo el país. Fue una oleada de sirenas que despertaron a todo Chile a eso de la medianoche, y es que —extrañamente— justo ese día todo el mundo se había ido a dormir temprano, lo cual ya era raro. Por lo general, la gente se iba a dormir después de hacer la tarea o el trabajo atrasado que debían presentar al día siguiente... después de la fiesta, claro. Pero no era el caso esa noche, donde todos los canales de televisión transmitían la misma señal con una alarma persistente. Era casi como si algo o alguien hubiera preparado todo para que sucediera lo que estaba a punto de suceder y en la forma en que sucedió.
Al principio creyeron que se avecinaba un temblor, ya que en las noticias entrevistaban a un personaje de grandes lentes y barba descuidada en tenida oscura. Otros pensaron que era producto del cambio climático, y muchos comenzaron a guardar agua en sus teteras. Como era de esperar, saltaron los que dijeron que era una crisis energética, así que empezaron a encender las luces de sus casas para asegurarse de que les llegara suficiente corriente. Otros hablaban del colapso del sistema agrícola, así que los mercados se inundaron, a pesar de la hora.
Por ahí uno habló de una pandemia global, y las redes sociales se llenaron de expertos en fabricación de mascarillas caseras. Pero luego otro mencionó un ciberataque masivo, y todos se conectaron al unísono a sus cuentas bancarias y eso las colapsó. Y como colapsaron, un locutor de radio dijo que era un colapso económico mundial. Naturalmente que eso llevó a otros a hablar de un patatús institucional, y nadie entiende bien cómo es que saltaron de eso a la teoría de un deshielo polar inminente. El caso es que corrió el miedo a conectarse a Internet cuando alguien mencionó, por error, que una inteligencia artificial estaba fuera de control, y que cualquier interacción con ella podía desencadenar una guerra nuclear. Se hablaba pues del desplome global de Internet, pero entonces el experto barbudo mencionó un supervolcán, y todos miraron hacia la cordillera. Luego dijo que estaba sumergido, así que todos miraron al mar. Eso los tranquilizó un poco, ya que algunos hablaban de un océano “pacífico”.
Total que para cuando el mundo ya no daba más de la tensión y la curiosidad, surgió la revelación final... el experto hizo pasar a otro experto que era quién informaría al país del grave acontecimiento que se veía venir.
—Tenemos confirmación —dijo el nuevo experto frente a las cámaras, y mientras ajustaba sus lentes de lectura para ver un documento— de un inminente impacto extraterrestre... ¡ejem! —carraspeó.Se alzaron en tropel las voces de los periodistas. La gente estaba pasmada.
—¡Extraterrestres! —se oía en todos lados.La confusión envalentonó a los teóricos de la conspiración que habían advertido contra los reptiloides que estaban “entre nosotros”. No obstante, el experto se despejó la garganta con un vaso de agua y continuó:
—Hablamos de una colisión cósmica. Un evento exógeno por intrusión orbital de una amenaza astronómica.El científico le asintió con una sonrisa forzada y prosiguió:
—¡En español, por favor! —suplicó una bella periodista de piernas interminables.
—Se nos viene —respondió con voz temblorosa— un asteroide. Un cuerpo rocoso de níquel y fierro, de unos cincuenta metros de diámetro y velocidad cercana a los doscientos mil kilómetros por hora. Caerá directo en algún lugar de Chile... ¡esta misma noche! El observatorio de Cerro Tololo lo ha confirmado. La NASA no alcanzó a detectarlo a tiempo, y no hay mecanismos disponibles para frenarlo antes del impacto. ¡Lo siento!Y el experto se puso a llorar.
Como era de esperar, el país entero sintió un frío glacial recorriendo cada espina dorsal de pies a cabeza. O quizá, de la cabeza a los pies; nadie sabe exactamente qué parte del cuerpo se enfrió primero, pero una cosa era clara: chilito estaba condenado.
Entonces comenzaron a mostrar en televisión los gráficos del informe científico. “Evento inminente de impacto asteroidal”, se leía en titulares. Todo el mundo guardó silencio cuando, reponiéndose de la emoción, el científico continuó:
—No estamos seguros donde caerá exactamente, pero sabemos que será en Chile porque la trayectoria de entrada será norte-sur, coincidiendo con nuestra larga geografía chilena. Podría caer, básicamente, en cualquier parte: Arica, Iquique, Antofagasta, Copiapó, La Serena, Valparaíso, Rancagua, Talca, Chillán, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt, Coyhaique o Punta Arenas. Sólo el sur de Tierra del Fuego y la Antártica están descartados, pero aún así se verán afectados por las repercusiones geológicas y atmosféricas. Naturalmente que esto afectará a Argentina, también, pero debido a la cordillera, el impacto podría ser menos catastrófico para ellos. A no ser que caiga en Coyhaique, claro.Por primera vez en la historia, el país completo escuchaba atónito y en total silencio las palabras de un científico.
—Eso... —continuó el experto— puede darles una idea de lo que podemos esperar. —y rompió en llanto otra vez.El otro experto, mirando inmutable a su colega, acarició su propia barba, resignado.
—Tenemos menos de una hora. —advirtió finalmente.Para entonces, el clima social en Chile ya era de ensueño. En todas las ciudades, de Arica a Punta Arenas (y sí, también Puerto Williams), las calles se habían llenado de gente. No solo de chilenos y pueblos originarios, sino también de extranjeros, de todas las razas, nacionalidades, lenguas y creencias.
Nadie quería estar solo. Nadie quería pasar sus últimos minutos sin contacto humano. Todo el mundo quería conocer a su vecino. Así, compatriotas que nunca se habían visto en su vida, se encontraban en las plazas y alamedas...
Los transportistas saludaban a los ciclistas. Los sindicalistas fraternizaban con los empresarios. Los estudiantes congeniaban con las autoridades del gobierno. Los ambientalistas cantaban con los mineros. Los cazadores intimaban con los animalistas. Los de derecha socializaban con los de izquierda. Las iglesias rezaban con los feministas. Los antivacunas lloraban con los enfermeros. Y los encapuchados se abrazaban con los carabineros. Si ese iba a ser el final de chilito, tenía que valer la pena.
Los argentinos, por su parte, también estaban asustados; especialmente en la Patagonia, dado el aviso. Así que hicieron sus propias reuniones de despedida, celebrando el fin de sus humanidades con mate amargo y cerveza sin alcohol. Así, el tiempo transcurrió en ese ambiente, y eran muy pocos los incrédulos dispuestos a negar la realidad. Si alguno menos informado se distanciaba, era inmediatamente invitado a recapacitar para compartir el fin de los tiempos con la gran familia chilena.
Estaban en eso cuando unos destellos en el cielo comenzaron a aparecer. Unas hermosas estelas doradas comenzaron a pintar los cielos, de norte a sur. Eran pequeños meteoritos que presagiaban la llegada del asteroide del fin de la era.
Por supuesto que el resto del mundo también estaba pasmado. La información ya había circulado a través de las redes sociales, copando titulares en todo el planeta:
¡Impacto mundial! Chile resignado
¡Chile se despide de Chile!
Fraternidad chilena: ¡el último adiós!
Asteroide arrasará Chile en menos de una hora
NASA informa: ¡Es demasiado tarde para Chile!
Chile y el sur de Argentina se preparan para el impacto
El peso chileno se derrumba ante el dólar
Chile en la mira de la Humanidad
Tal era el tinte de los medios de comunicación masivos. El planeta en su conjunto clamaba por un eventual milagro que desviara a Chile de su fatal destino. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, el mundo se unía ante el desamparo de nuestro país.
Entonces... sucedió.
Un resplandor deslumbrante incendió la alta atmósfera a la altura de Arica, seguido de un velo naranjo aterciopelado que habría sido hermoso de no ser por su fatal motivo. Fue atravesando el cielo de las regiones, una por una. Sobrevoló Santiago, y en su paso se llevó todo el esmog hasta Concepción. Finalmente eligió lo que los argentinos tanto temían: caería cerca de Coyhaique. Así que los coyhaiquinos, abrigados en sus parcas de chiporro y gorros de lana, se tomaron de las manos, elevando sus voces al cielo.
Casi parecía que el asteroide hubiera calculado la trayectoria directa a la plaza pentagonal de su ciudad, donde grandes rondas de personas se habían reunido para despedirse. El resto del país y el mundo entero miraban expectantes el desarrollo de estos acontecimientos por televisión. De vez en cuando habían estado mostrando la cara estupefacta del presidente, que observaba espantado desde Santiago, pero había dejado de ser noticia. Ahora todo el planeta veía en vivo el despacho de un periodista en el centro de la plaza de Coyhaique, junto a una pileta.
El asteroide avanzó a toda velocidad y justo antes del impacto... se detuvo. Miró alrededor, vio que toda la gente cantaba y lloraba con penita, así que también le dio penita; se dio media vuelta y escapó piola de vuelta al espacio profundo.
Nota aclaratoria:
Este relato, inspirado en el acontecer nacional cotidiano chileno, obtuvo una mención de honor en la categoría de cuentos infantiles de “Cuenta tu Cuento” 2026, IIª edición del Concurso Literario Viva Leer Copec. Presentado a concurso el jueves 18 de junio de 2026. Su contenido responde estrictamente al contexto y la fecha de su redacción original. Reconocido el 21 de Octubre de 2026.
“Se acerca una tormenta."“Lo sé."
—¿Quién eres? —preguntó él, intrigado.
—Soy Paula —respondió ella con amargura—. La última. Después de mí, no habrá más historias.
Erick la miró desconcertado.
—¿Quieres decir que no queda nadie más en todo el planeta?
—¿Qué parte de “soy la última" no has entendido? —exclamó ella, exasperada—. ¡No hay nadie más!
—¡Vale, de acuerdo! —replicó Erick, intentando asimilar el peso de sus palabras.
Una melodía conocida acudió a su mente: un viejo éxito de Tiffany de 1987 que parecía encajar perfectamente con ese momento de soledad.
—Dices que no habrá más historias después de ti... —murmuró Erick, con una mezcla de asombro y tristeza—. ¿Por qué desaparecieron los demás? ¿Cómo se consumieron sus relatos?
—Las historias eran el alma de la Humanidad —respondió ella—, pero acabaron desplazadas por el engaño y el estrépito de máquinas nacidas de la ambición. La codicia de unos pocos desafió al pasado, y el mundo decidió dejar de recordar. Sin memoria, las historias perecieron, y nosotros con ellas. Yo soy...
—La última —concluyó Erick. Guardó silencio y asintió, aceptando finalmente el peso de sus palabras.
—¡Ya viene! —susurró con angustia.—Cuando te diga, apunta a su hombro izquierdo y presiona el botón rojo —ordenó Paula, entregándole un rudimentario dispositivo de defensa.
—¡Ahora!
Erick apuntó y activó el aturdidor.
—¡Corre! Tenemos 30 segundos antes de que se reactive —gritó Paula—. ¡Y ni pienses en destruirlo, es imposible!
—¿Seguiremos por el desierto? —preguntó el chico de los '80.—No es lo ideal. Los “eliminadores" acechan por aquí, aunque evitan las rutas de los “devastadores" para no caer bajo sus mecanismos —explicó Paula—. Conozco un camino más seguro por las montañas. Hay unas minas que podrían llevarnos hasta el último refugio. Nunca he estado ahí... es casi una leyenda.
—Suena prometedor. —asintió Erick.
Sin perder tiempo, emprendieron el viaje hacia las alturas.
El frío en las cumbres era distinto al del desierto; olía a metal oxidado y a tiempos remotos. Entre colosos de granito envueltos en hielo, Erick reconoció formas familiares: las montañas no eran accidentes naturales, sino monumentos titánicos devastados por una guerra antigua. Cualquier maravilla del siglo XX palidecía frente a la escala de aquella tragedia que el futuro, paradójicamente, parecía haber dejado atrás.
A mitad del ascenso, las minas surgieron como gargantas oscuras entre las rocas. Al internarse los jóvenes, el eco de sus pasos se perdió en la inmensidad de los túneles y la oscuridad los obligó a detenerse. Paula encendió una lámpara de plasma, revelando inscripciones que hablaban de un pueblo desaparecido y sus secretos olvidados.
De pronto, un rugido metálico sacudió el suelo. No era un androide, sino un “devastador": una colosal excavadora autónoma que patrullaba las galerías. Los jóvenes se ocultaron tras un muro derruido, conteniendo el aliento mientras la mole mecánica pasaba con sus sensores encendidos, barriendo la penumbra.
—¡Escondámonos aquí! —susurró Erick, guiando a Paula hacia una veta lateral de grafito.
Paula detectó un brillo al fondo de la grieta.
—¡Por aquí! —señaló, indicando un pasadizo estrecho.
Avanzaron a gatas hasta desembocar en una cámara iluminada por cuarzos fosforescentes. En el centro, un altar de piedra lucía un círculo de runas. Al tocarlo, Erick sintió una vibración que parecía alterar el tiempo mismo. Paula, mientras tanto, descubrió en un panel cercano un pergamino de fibra sintética que mezclaba código binario con grafía nórdica.
Erick recordó una vieja historia: “Las minas no solo guardan minerales; sino puertas a otros mundos". En ese instante, las runas se encendieron y un láser proyectó un mapa tridimensional que señalaba una fuente de energía desconocida.
—¡El portal! —exclamaron al unísono.
Con renovada esperanza, siguieron el túnel indicado esquivando trampas automáticas. Al final del camino, un panel de control bloqueaba el paso.
—Ingrese coordenadas —sentenció una voz electrónica.
—¿Coordenadas? No había números, solo un punto en el mapa —objetó Paula, nerviosa.
—Es otra trampa —intervino Erick, acariciando el teclado mientras los golpes del devastador resonaban cada vez más cerca— No es solo una ubicación; es una llave... o una invitación.
—¡Ni siquiera sabemos si esto funciona! —exclamó ella.
—¡Quedan 30 segundos! —advirtió la voz.
Paula, decidida, ingresó una serie de números: 36°37'8.89''S y presionó Enter. Erick, comprendiendo el juego, completó la secuencia: 72°57'46.17''O. La respuesta de la máquina fue inesperada:
—“Gracias por jugar. Inserte otra moneda".
—¡Es un arcade! —exclamó Erick, reconociendo el sistema, aunque no pertenecía a su época.
—¿Qué es un arcade? —preguntó Paula, confundida.
—ARCADE: contraseña aceptada —anunció la voz.
Un tubo mecánico descendió del techo, abriendo una compuerta que revelaba una escalera interior. Sin dudarlo, ambos ascendieron por lo que resultó ser un conducto de ventilación. Al salir al otro extremo, el aire había cambiado. El polvo del desierto y el frío de las minas eran ahora parte del pasado; frente a ellos, una bruma eléctrica señalaba, por fin, el destino final de su viaje.
—“Hér ferr Herlicii... Fórum drengja Frábærheimur; ég skipa þér með töfrum Óðins: opnaðu mér leið Bifröst!" ♪ ♫
—¡Wow! —exclamó Erick, maravillado—. Algún día, todos estos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia.
—¡Ni lo menciones! —le recriminó Paula.
—La profecía se ha cumplido; según la cual un día vendrían los elegidos.
—Nuestra existencia está ligada a la vuestra; existimos solo mientras la esperanza persiste en la Humanidad. Si vosotros perecéis, moriríamos para siempre. Porque, sois los últimos.
—Hubo un tiempo en que nos creímos inmortales, pues hemos coexistido con ustedes desde el alba de la Humanidad. Estamos hechos del mismo material que sus sueños: somos el poder de la imaginación y de los ideales. No solo les permitimos escapar de la realidad, sino que les damos la fuerza para transformarla. Por eso, vivan con valentía y perseverancia; confíen en su espíritu y en su mente para superar cualquier obstáculo que impida salvar nuestros mundos.—Entonces, somos uno. —reflexionó Paula.—Uno y lo mismo. —complementó Erick.
—Por favor, llevadnos con vosotros al mundo humano —pidieron—. Llevadnos a un tiempo donde aún podamos salvaros. Allí renaceremos para respirar a vuestro lado y devolver la esperanza a los vuestros.
Una luz dorada envolvió el encuentro mientras una voz añadía:
—En ambos mundos cada uno tiene un papel vital. Nuestras acciones, por pequeñas que sean, abren portales hacia infinitas posibilidades. Ese es el propósito de todo cuanto existe; incluso nosotros, los cuentos, tenemos nuestros propios sueños... y vosotros formáis parte de ellos. También quienes nos leen y escuchan en este preciso momento, en algún lugar del tiempo.
Paula y Erick aclamaron con entusiasmo, agradeciendo a los lectores de este cuento por hacer posible su misión.
—¡Viviréis con nosotros! —exclamaron Los Últimos, fascinados por la noble tarea que acababan de recibir.
— ¡Vaya! —exclamó— ¿Qué tenemos aquí?El hombre intentó abrir el cofre, pero sus intentos fueron infructuosos. Como no recordara poseer tal artilugio, llamó a sus hijos para dilucidar el misterio de la caja y su contenido.
— Hansel, Gretel... ¿De dónde ha venido este cofre?Desconcertado, el hombre agitó la pequeña caja junto a su oído, procurando no forzarla para no dañar su contenido, ya pudiera ser valioso.
— ¿Es una adivinanza? —preguntó Hansel.
— ¿O un nuevo cuento? —complementó Gretel.
— No, chicos —respondió su padre— Me refería a que si acaso tenéis alguna idea de cómo ha llegado a parar este pequeño cofre a nuestra bodega.
— ¡Aaaah! —exclamaron— Pues no —admitieron.
— No suena nada —observó— ¿Será que está vacío?Esas últimas palabras tocaron el corazón de todos, que le tomaron aprecio a la caja, hasta que Hansel dijo:
— ¡Seguro contiene algo! —curioseó Hansel.
— ¿Quizá haya sido de mamá? —propuso Gretel.
— Pero... ¿Y si hubiera sido de nuestra madrastra?La idea no gustó a nadie y el cofre ya no era tan estimado, hasta que Gretel observó:
— O peor... ¡Podría haber sido de la bruja del bosque!La nueva sugerencia puso a todos helados de espanto. Tanto así que al padre de los chicos se le resbaló el cofre, dejándolo caer.
— ¡Cuidado! —exclamaron Hansel y Gretel.
— ¡Corran niños! —gritó el padre.La familia vigiló la bodega desde lejos durante varios minutos, pero como éstos pasaran y no se oyeran ruidos, supusieron que el cofre era inofensivo. Regresaron con cautela y comprobaron que todo seguía tan desordenado como cuando salieron.
— ¡Guaaaa! —gritaron todos, huyendo hacia el bosque y con los brazos en alto.
— Parece que todo está bien, después de todo —dijo el padre, y ordenó— Hansel: lleva el cofre a casa del cerrajero para que lo abra y entonces conoceremos su contenido. Si acaso hay algo de valor en su interior decidiremos si vale la pena conservarlo o venderlo.El adolescente se llevó la mano a la cara.
— ¿Yo? Pero... ¿Porqué yo? —preguntó Hansel, que siempre había sido muy servicial, pero consideraba que el asunto del cofre era algo fuera de lo habitual.
— Eres mayor que tu hermana —le dijo su papá.
— ¡Vale! Pero tú eres mayor que yo —observó Hansel, y agregó— Además, no hay evidencia que asegure que la caja no perteneció a la bruja espanta-niños.
— Ya, pero sólo esta mañana me pediste que no te tratara como niño, porque ya te sentías mayor...
— Yo llevaré el cofre al cerrajero —afirmó Gretel— que había llegado a conocer a la bruja "un poco más" que Hansel.El padre de los chicos palideció.
— ¡No... tu eres mi niña, mi linda hija Gretel!Un escalofrío recorrió las espaldas de nuestros protagonistas, quienes —calados de pavor hasta los huesos— reconocieron al espíritu de la bruja, parada detrás de ellos.
— Papá, los tiempos han cambiado: las chicas también podemos hacer el "trabajo sucio", y a esta edad ya no le temo a las brujas —reclamó Gretel.
— ¡Un momento! —refutó Hansel, que había ganado valor con la conversación— Lo lógico es que lo lleve yo: soy mayor que Gretel.
— De ninguna manera —argumentó Gretel— ¡Las chicas somos tan valientes como los chicos!
— Niños, niños... no es competencia —reafirmó su autoridad el papá— Yo soy vuestro padre y es mi deber protegerlos: me haré cargo del cofre.
— Está bien, papá —acataron los hijos.
— ¿Y porqué mejor no llevo yo misma mi cofre a casa del cerrajero? —propuso el fantasma de la bruja, que había seguido atentamente la conversación °-°
— ¡¡Guaaaaa!!El griterío debió escucharse desde lejos, pues la familia corrió por sus vidas, buscando protección en la espesura del bosque.
— ¡Guajajajaja! —rió el fantasma de la bruja— Que bueno que os quedasteis con mis tesoros, porque habéis liberado mi espíritu de la prisión al dejar caer tan estrepitosamente ese cofre, que para que lo sepáis: era una puerta al inframundo. ¡Y vosotros acabáis de romper el sello! Y aunque ahora estoy debilitada pronto me recuperaré, y estaré penando en vuestra casa... ¡Guajajajaja!Desde lejos, la familia respondió:
— ¡Esperpento, no te tememos! —le gritó Hansel, arribado a un árbol.El fantasma de la bruja sólo reía de las afrentas, imaginando una pronta venganza. La familia se reunió en el bosque:
— ¡Bruja fea y sinvergüenza, recuerda quién te echó al horno! —le gritó Gretel, tras una roca.
— ¡Al cabo que nos íbamos a cambiar de casa! —le gritó el papá de los chicos, que en el repentino escape se había empapado en un charco de lodo.
— ¡Y ahora qué haremos, papá! —exclamó Gretel.La aparición salió de la bodega y empezó a rondar los alrededores de la casa, buscando una forma de incrementar su poder. La familia tomó, entonces, la decisión unánime de buscar apoyo en el pueblo más cercano —al otro lado del bosque—, y antes de que el espíritu del inframundo se recuperara por completo, partieron de camino; llevando una bolsa con emparedados y botellas de leche para el largo trayecto que les esperaba.
— ¡No podemos dejar que la bruja se apodere de la casa! —lamentó Hansel.
— ¡Tranquilos, niños! —les infundió valor el papá— Ya la haremos salir de una u otra forma.


— ¡Guau! —exclamó Yar Ztnats— ¡Las composiciones creadas por la Sección de Diseño de Misiones del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, usando cálculos orbitales de la Sección de Navegación, son sencillamente espectaculares!El Dr. Namkcnev, junto a su equipo de científicos, habían sido invitados de honor para presenciar el evento astronómico en las dependencias de la NASA.
— Es verdad, aunque esto del espacio está un poco fuera de nuestra "jurisdicción" —espetó Retep Namkcnev.
— No deja de ser un fenómeno fascinante —analizó otro colega, el Dr. Noge Relgneps.Finalizado el evento y las tertulias, el grupo dejó las dependencias de la NASA para regresar a sus labores habituales, al interior de un enigmático edificio del casco antiguo de la ciudad de Nueva York. La secretaria, Eninaj, les tenía un nuevo trabajo:
— Lo que aún no entiendo es porqué las credenciales que nos dieron están escritas al revés —observó el 4º integrante: el especialista Notsniw Eromeddez.
— Carl Sagan me dijo que fue error del diseñador gráfico —le explicó Noge.
— Mientras ustedes veían la Luna, un cliente llamó a la central.
— No era la Luna: era un Supercometa estrellándose en un Superplaneta.
— Lo que sea. El cliente pedía ayuda urgente debido a extraños incidentes en su fábrica de chocolates.
— ¡Iremos de inmediato! °-°
— ¿Hay alguna señal? —preguntó Notsniw.Un ruido a sus espaldas llamó la atención de Notsniw, quien con su "fumigador" disparó accidentalmente un rayo de energía hacia un contenedor de acero inoxidable: el contenido explotó en un achocolatado tsunami de dulzura que escurrió en dirección del grupo, manchando a los expertos. Un mapache se escabulló por un tubo que daba al exterior.
— Aparte de nuestra verde y nauseabunda mascota: tenemos actividad espectral tipo 10.
— Una fábrica de chocolates... ¡Menudo lugar para una actividad espectral tipo 10!
— ¡Lo siento, chicos! —se disculpó— Creo que hoy no es mi día.
— ¡Bien hecho, Noge!
— Otro trabajo bien terminado para los "Samsatnafazac".
— Déjalo ya, Egon: olvida las credenciales.
— Lo siento... Otro trabajo bien terminado para los Cazafantasmas.
— ¡¡Siiii!! —exclamaron todos.

— ¡Recórcholis, muchachos! —exclamó Peter Venckman— ¡Es más fuerte de lo que suponemos: cuidado con él!El fantasma les enfrentó:
— ¡No puede ser! —gritó Ray Stantz.
— ¡Maldición! —profirió Winston Zeddemore.
— ¡Un momento, Cazafantasmas! —les dijo— He venido en son de paz.Egon Interrumpió:
— ¿Acaso hablas? ¿Pretendes aparentar ser amable?
— Si y no —dijo el fantasma— Verán: estoy aquí con una misión.
— Claro, todos dicen lo mismo. ¡No te creemos!
— Un momento, Peter, el indicador muestra energía benigna; es como un detector de mentiras que está diciéndonos que la actividad espectral tipo 10 nos está diciendo la verdad. Me parece que deberíamos escucharlo.El espíritu se apresuró a contestar, después de todo, la fama de los Cazafantasmas había trascendido las barreras del tiempo y el espacio.
— Está bien —Peter se dirigió al espectro— ¡Pero sólo porque lo pide Egon! Dinos... ¿Qué misión es esa? Y te advierto que si tramas algo te aniquilaremos con nuestros rayos de protones.
— Veran señores —comenzó a explicar amablemente la aparición— Yo soy el "espíritu de la Navidad futura"... de hecho, ya nos conocemos: ustedes me atraparon una vez y luego me liberaron, y esta es la segunda vez que lo hacen.El fantasma de la Navidad futura asintió sonriendo, y prosiguió:
— ¡Ah, ya veo, eras tú! Perdónanos: no nos acordábamos... puedes irte cuando quieras. —le respondió Peter, recordando que hablaba con un espectro de los buenos.
— Gracias. Me alegra que me recuerden. Aún así no puedo irme sin antes explicarles que me han enviado por ustedes.
— ¿Por nosotros? ¿Quién?
— Verán señores: ¿Alguna vez han oído hablar de Hansel y Gretel?
— Si, claro... es un cuento clásico. A todos nos han contado la historia cuando niños. —dijo Peter.
— De hecho, leí el cuento la semana pasada en CuentosClasicos.org —reconoció Ray.
— Bien. Lo que ocurre es que ese cuento está basado en una historia de la vida real.Los Auténticos cazafantasmas se reunieron en círculo para resolver:
— ¿Quieres decir que Hansel y Gretel de verdad existieron?
— Así es, pero la leyenda que todos conocemos ha sufrido un vuelco: la bruja ha regresado en forma de espíritu y está recuperando su poder. Ya se hizo con el control de la casa de los niños, y el padre de éstos ha pedido ayuda al Alcalde del pueblo para expulsar a la "ocupa", pero como se trata de un caso paranormal el Municipio les envió a consultar al mago Merlín, pero el hechicero ya tenía demasiado trabajo luchando con Morgana, así que le "tiró la pelota" a Santa Claus y éste último me contactó para saber cómo lidiar con el problema... y claro: me acordé de ustedes.
— ¡Vaya Odisea! —exclamó Peter Venckman— Pero estás hablando de algo que sucedió hace mucho... ¿Cómo se supone que podamos ayudar?
— No hay problema: recuerden que soy el fantasma de la Navidad futura y tengo el poder de viajar en el tiempo. Puedo regresar al pasado y llevarles conmigo.
— ¡Bien, muchachos! Este caso sí es un trabajo a nuestra medida profesional.Peter Venckman se dirigió al fantasma de la Navidad futura:
— ¡Viajar por el tiempo suena cool!
— Estoy de acuerdo, además Hansel y Gretel son de los buenos.
— Merecen todo nuestro apoyo.
— También sería bueno para el currículum.
— ¡Está decidido!
— ¡Aceptamos el encargo!En tanto esa conversación se daba en la Nueva York de 1994, en el siglo XV los niños y su padre habían llegado al pueblo a pedir auxilio al Alcalde, quien les envió a una choza en el bosque encantado para consultar con el mago Merlín, y éste —que padecía exceso de trabajo— usó una bola de cristal para comunicarse con Papá Noel (en el Polo Norte), quien a su vez invocó al espíritu de la Navidad futura pidiéndole consejo, y claro: éste se acordó que en el futuro existían los Cazafantasmas, dedicados al negocio de atrapar y almacenar fantasmas.
— Muy bien —dijo la aparición— entonces les trasladaré al siglo XV.
— ¡Un momento, fantasma! Antes de que partamos debes saber que podríamos necesitar de todos nuestros recursos...

— ¡Uuu uuu uuu! —Sonaba la sirena del carro.Las gentes del pueblo huían despavoridas ya que nunca antes habían visto un automóvil, que era —por lo demás— ruidoso.
— ¡Con vuestro permiso, amables pobladores! —exclamaba Peter Venckman a través de la ventana— ¡Estamos en misión especial!El Ecto-1 esquivó hábilmente una carreta llena de heno, en su loco recorrido hacia el bosque por el que vivían Hansel y Gretel. Temerosas, curiosas y fascinadas, las gentes del pueblo les siguieron, pues el mago Merlín les había avisado que hechiceros poderosos, de tierras lejanas, llegarían al pueblo aquella tarde.
— ¡Santos protones! Juraría que estuvimos a punto de chocar con un DeLorean volador que viajaba en sentido contrario por ese vortex —aseguró el Dr. Spengler.
— ¡Naaaah! —respondieron al unísono sus compañeros.
— ¡Ningún hechicero me detendrá! —gritó el poderoso espíritu de la bruja, lanzando un rayo hacia los recién llegados. Merlín lo detuvo en el acto.Pegajoso extrajo un enorme Stereo que había llevado oculto en su ecto-estómago y apretó un botón. El tema musical de los Cazafantasmas comenzó a tocar en el preciso momento en que los rayos de protones se alzaron al cielo, colisionando con el campo de fuerza que mantenía el espíritu de la bruja. Las explosiones de energía contrapuestas fueron espectaculares. Los habitantes del siglo XV desconcertados ante la tecnología ochentosa gritaban entusiasmados...
— ¡No soy yo de quien debas cuidarte, bruja! —le respondió el mago.
— Okey, chicos... ¡Es hora de mostrarle al siglo XV lo que puede hacer el buen Rock & Roll de los '80s! —exclamó Peter Venkman.
— Pero si acabamos de llegar de los '90s —observó Winston Zeddemore.
— ¿Y eso qué? ¡Lo clásico nunca pasa de moda!

— ¡¡Pero qué clase de magia tan poderosa es ésta!! —gemía la bruja.Aprovechando un agujero en el campo de fuerza mágica, Hansel lanzó la trampa caza-espectros hacia el centro del recinto. Un largo cable conectaba el artefacto con un botón rojo a los píes de Gretel, quien de un pisotón accionó la trampa, proyectando un haz de luz amarilla hacia el cielo. La caja comenzó a tragarse al espíritu de la bruja, quién se resistía a ser absorbida.
— No es magia: es energía de punto espectral de protones "alfa" conducida por un campo magnético de positrones ionizados de frecuencia elevada —respondió Egon Spengler.
— ¡Atrapemos a esa bruja espanta-niños! —propueso Ray.
— ¡A por ella, chicos! —exclamó Winston.
— Hansel y Gretel... ¡Es ahora o nunca! —gritó Peter Venckman.
—¡No puede ser! ¿¿Quién demonios son uste... aaaargh... Gretel: tú otra vez, noooo!! —fue el último grito desesperado de la malvada, antes de desaparecer por completo al interior de la caja, que se cerró automáticamente... echando humito.








