Cuentos Ciencia Ficción
Cuentos Ciencia Ficción
El último día de Chile

Aquella noche lluviosa la alarma resonó en todo el país. Fue una oleada de sirenas que despertaron a todo Chile a eso de la medianoche, y es que —extrañamente— justo ese día todo el mundo se había ido a dormir temprano, lo cual ya era raro. Por lo general, la gente se iba a dormir después de hacer la tarea o el trabajo atrasado que debían presentar al día siguiente... después de la fiesta, claro. Pero no era el caso esa noche, donde todos los canales de televisión transmitían la misma señal con una alarma persistente. Era casi como si algo o alguien hubiera preparado todo para que sucediera lo que estaba a punto de suceder y en la forma en que sucedió.

Al principio creyeron que se avecinaba un temblor, ya que en las noticias entrevistaban a un personaje de grandes lentes y barba descuidada en tenida oscura. Otros pensaron que era producto del cambio climático, y muchos comenzaron a guardar agua en sus teteras. Como era de esperar, saltaron los que dijeron que era una crisis energética, así que empezaron a encender las luces de sus casas para asegurarse de que les llegara suficiente corriente. Otros hablaban del colapso del sistema agrícola, así que los mercados se inundaron, a pesar de la hora.

Por ahí uno habló de una pandemia global, y las redes sociales se llenaron de expertos en fabricación de mascarillas caseras. Pero luego otro mencionó un ciberataque masivo, y todos se conectaron al unísono a sus cuentas bancarias y eso las colapsó. Y como colapsaron, un locutor de radio dijo que era un colapso económico mundial. Naturalmente que eso llevó a otros a hablar de un patatús institucional, y nadie entiende bien cómo es que saltaron de eso a la teoría de un deshielo polar inminente. El caso es que corrió el miedo a conectarse a Internet cuando alguien mencionó, por error, que una inteligencia artificial estaba fuera de control, y que cualquier interacción con ella podía desencadenar una guerra nuclear. Se hablaba pues del desplome global de Internet, pero entonces el experto barbudo mencionó un supervolcán, y todos miraron hacia la cordillera. Luego dijo que estaba sumergido, así que todos miraron al mar. Eso los tranquilizó un poco, ya que algunos hablaban de un océano “pacífico”.

Total que para cuando el mundo ya no daba más de la tensión y la curiosidad, surgió la revelación final... el experto hizo pasar a otro experto que era quién informaría al país del grave acontecimiento que se veía venir.

—Tenemos confirmación —dijo el nuevo experto frente a las cámaras, y mientras ajustaba sus lentes de lectura para ver un documento— de un inminente impacto extraterrestre... ¡ejem! —carraspeó.
Se alzaron en tropel las voces de los periodistas. La gente estaba pasmada.
—¡Extraterrestres! —se oía en todos lados.
La confusión envalentonó a los teóricos de la conspiración que habían advertido contra los reptiloides que estaban “entre nosotros”. No obstante, el experto se despejó la garganta con un vaso de agua y continuó:
—Hablamos de una colisión cósmica. Un evento exógeno por intrusión orbital de una amenaza astronómica.
—¡En español, por favor! —suplicó una bella periodista de piernas interminables.
El científico le asintió con una sonrisa forzada y prosiguió:
—Se nos viene —respondió con voz temblorosa— un asteroide. Un cuerpo rocoso de níquel y fierro, de unos cincuenta metros de diámetro y velocidad cercana a los doscientos mil kilómetros por hora. Caerá directo en algún lugar de Chile... ¡esta misma noche! El observatorio de Cerro Tololo lo ha confirmado. La NASA no alcanzó a detectarlo a tiempo, y no hay mecanismos disponibles para frenarlo antes del impacto. ¡Lo siento!
Y el experto se puso a llorar.

Como era de esperar, el país entero sintió un frío glacial recorriendo cada espina dorsal de pies a cabeza. O quizá, de la cabeza a los pies; nadie sabe exactamente qué parte del cuerpo se enfrió primero, pero una cosa era clara: chilito estaba condenado.

Entonces comenzaron a mostrar en televisión los gráficos del informe científico. “Evento inminente de impacto asteroidal”, se leía en titulares. Todo el mundo guardó silencio cuando, reponiéndose de la emoción, el científico continuó:
—No estamos seguros donde caerá exactamente, pero sabemos que será en Chile porque la trayectoria de entrada será norte-sur, coincidiendo con nuestra larga geografía chilena. Podría caer, básicamente, en cualquier parte: Arica, Iquique, Antofagasta, Copiapó, La Serena, Valparaíso, Rancagua, Talca, Chillán, Concepción, Temuco, Valdivia, Puerto Montt, Coyhaique o Punta Arenas. Sólo el sur de Tierra del Fuego y la Antártica están descartados, pero aún así se verán afectados por las repercusiones geológicas y atmosféricas. Naturalmente que esto afectará a Argentina, también, pero debido a la cordillera, el impacto podría ser menos catastrófico para ellos. A no ser que caiga en Coyhaique, claro.
Por primera vez en la historia, el país completo escuchaba atónito y en total silencio las palabras de un científico.
—Eso... —continuó el experto— puede darles una idea de lo que podemos esperar. —y rompió en llanto otra vez.
El otro experto, mirando inmutable a su colega, acarició su propia barba, resignado.
—Tenemos menos de una hora. —advirtió finalmente.
Para entonces, el clima social en Chile ya era de ensueño. En todas las ciudades, de Arica a Punta Arenas (y sí, también Puerto Williams), las calles se habían llenado de gente. No solo de chilenos y pueblos originarios, sino también de extranjeros, de todas las razas, nacionalidades, lenguas y creencias.

Nadie quería estar solo. Nadie quería pasar sus últimos minutos sin contacto humano. Todo el mundo quería conocer a su vecino. Así, compatriotas que nunca se habían visto en su vida, se encontraban en las plazas y alamedas...

Los transportistas saludaban a los ciclistas. Los sindicalistas fraternizaban con los empresarios. Los estudiantes congeniaban con las autoridades del gobierno. Los ambientalistas cantaban con los mineros. Los cazadores intimaban con los animalistas. Los de derecha socializaban con los de izquierda. Las iglesias rezaban con los feministas. Los antivacunas lloraban con los enfermeros. Y los encapuchados se abrazaban con los carabineros. Si ese iba a ser el final de chilito, tenía que valer la pena.

Los argentinos, por su parte, también estaban asustados; especialmente en la Patagonia, dado el aviso. Así que hicieron sus propias reuniones de despedida, celebrando el fin de sus humanidades con mate amargo y cerveza sin alcohol. Así, el tiempo transcurrió en ese ambiente, y eran muy pocos los incrédulos dispuestos a negar la realidad. Si alguno menos informado se distanciaba, era inmediatamente invitado a recapacitar para compartir el fin de los tiempos con la gran familia chilena.

Estaban en eso cuando unos destellos en el cielo comenzaron a aparecer. Unas hermosas estelas doradas comenzaron a pintar los cielos, de norte a sur. Eran pequeños meteoritos que presagiaban la llegada del asteroide del fin de la era.

Por supuesto que el resto del mundo también estaba pasmado. La información ya había circulado a través de las redes sociales, copando titulares en todo el planeta:

¡Impacto mundial! Chile resignado
¡Chile se despide de Chile!
Fraternidad chilena: ¡el último adiós!
Asteroide arrasará Chile en menos de una hora
NASA informa: ¡Es demasiado tarde para Chile!
Chile y el sur de Argentina se preparan para el impacto
El peso chileno se derrumba ante el dólar
Chile en la mira de la Humanidad

Tal era el tinte de los medios de comunicación masivos. El planeta en su conjunto clamaba por un eventual milagro que desviara a Chile de su fatal destino. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, el mundo se unía ante el desamparo de nuestro país.

Entonces... sucedió.

Un resplandor deslumbrante incendió la alta atmósfera a la altura de Arica, seguido de un velo naranjo aterciopelado que habría sido hermoso de no ser por su fatal motivo. Fue atravesando el cielo de las regiones, una por una. Sobrevoló Santiago, y en su paso se llevó todo el esmog hasta Concepción. Finalmente eligió lo que los argentinos tanto temían: caería cerca de Coyhaique. Así que los coyhaiquinos, abrigados en sus parcas de chiporro y gorros de lana, se tomaron de las manos, elevando sus voces al cielo.

Casi parecía que el asteroide hubiera calculado la trayectoria directa a la plaza pentagonal de su ciudad, donde grandes rondas de personas se habían reunido para despedirse. El resto del país y el mundo entero miraban expectantes el desarrollo de estos acontecimientos por televisión. De vez en cuando habían estado mostrando la cara estupefacta del presidente, que observaba espantado desde Santiago, pero había dejado de ser noticia. Ahora todo el planeta veía en vivo el despacho de un periodista en el centro de la plaza de Coyhaique, junto a una pileta.

El asteroide avanzó a toda velocidad y justo antes del impacto... se detuvo. Miró alrededor, vio que toda la gente cantaba y lloraba con penita, así que también le dio penita; se dio media vuelta y escapó piola de vuelta al espacio profundo.

Fin

Nota aclaratoria:

Este relato, inspirado en el acontecer nacional cotidiano chileno, obtuvo una mención de honor en la categoría de cuentos infantiles de “Cuenta tu Cuento” 2026, IIª edición del Concurso Literario Viva Leer Copec. Presentado a concurso el jueves 18 de junio de 2026. Su contenido responde estrictamente al contexto y la fecha de su redacción original. Reconocido el 21 de Octubre de 2026.
El Escultor de Nubes

Cuando era niño, Nefelio solía tumbarse en el campo, sobre la hierba, para contemplar las nubes, pues sentía que el cielo era un enorme tapiz azul presto a ofrecer sorpresas. Lo veía como a un escenario vivo, mutable, donde las nubes jugaban al igual que los muchos niños de todas las épocas. Así pues, se divertía imaginando que sus caprichosas formas representaban objetos, animales o rostros familiares: aquella parecía un castillo, aquella otra un conejo, la de más allá un jefe indio con su penacho de plumas... Esas figuras efímeras, moldeadas por el capricho del viento, despertaban en él un especial asombro que guardaba en su corazón creativo.

Con el tiempo, Nefelio estudió arte y se fue aficionando cada vez más a la escultura. En su taller, rodeado de virutas de madera y bloques de barro, tallaba o moldeaba distintas figuras. Nefelio intentaba capturar la belleza de aquellas formas imposibles. Pero sobre todo le gustaba experimentar con materiales nuevos e inventarse las formas más insólitas. Sin embargo, aunque por más que intentara nuevos conceptos e ideas, siempre sentía que le faltaba algo.
“¿Cómo replicar la ligereza de una nube o la gracia con la que se disuelve en el horizonte?" —solía pensar.
Su arte, aunque admirable, parecía pequeño comparado con las obras maestras del cielo.

Vivía en una época donde la ciencia avanzaba con la misma rapidez que las nubes cruzaban el firmamento, así que la técnica marchaba muy deprisa. Y en cuanto sabía de un nuevo material o un nuevo sistema de trabajarlo, Nefelio experimentaba con ellos en busca de nuevas y asombrosas formas y posibilidades, absorbiendo así todo aquello que le llegara, como si fuese un escultor y un alquimista a partes iguales. 

El muchacho se fue convirtiendo en un escultor experto, para quien no tenían secreto las distintas técnicas; pero, a pesar de sus logros, seguía recordando las nubes que tanto le gustaba contemplar durante su niñez. Por eso su corazón siempre miraba hacia arriba, y a menudo pensaba que ningún escultor había logrado jamás nada que pudiera compararse a aquellas formas suaves e ingrávidas que cruzaban el cielo majestuosamente.

Sucedió durante una tarde en la que el cielo ardía en tonos anaranjados que una idea brillante lo golpeó con la fuerza de un relámpago: 
—¿Y si pudiese esculpir nubes? ——se preguntó, imaginando una máquina de ensueño.
Una nubecita con forma de pulpo que pasaba en ese momento terminó por completar su idea.
—¡Sí, sí... esculpiré nubes! —exclamó ilusionado, e inmediatamente puso manos a la obra.
La locura de la idea lo electrizó. ¿Por qué no? ¿Acaso no era el arte una forma de diálogo con la naturaleza? Durante meses trabajó con devoción, como si una fuerza superior lo guiara. Su taller se llenó de planos, motores y prototipos extraños. Al fin, nació su máquina: "La Esculpenubes". Un aparato volador provisto de una serie de artefactos especiales: tubos por los que salían chorros de aire, otros por los que salía vapor de agua, refrigeradores para enfriar el vapor, y dispositivos que lo teñían con colores nunca antes vistos en los cielos añiles.
—“El viento y los cambios de temperatura y presión del aire dan forma a las nubes." —pensaba Nefelio— “¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo?"
Ante su primer vuelo, le pareció que temblaban sus manos y que su corazón saldría volando como otra nubecita más. Así pues, armado de valor activó su máquina, confiando en que sus sistemas responderían adecuadamente y tal como lo había contemplado. Elevándose con su máquina entre las corrientes de aire, llegó placenteramente hasta los nimbos, y ahí comenzó a moldear su primera nubecita. En las alturas, soplos de aire refinaban los bordes; vapor añadido aumentaba su volumen; sutiles variaciones de temperatura daban cuerpo a su creación. Una vez satisfecho, retrocedió con La Esculpenubes para admirar su trabajo. Allí, suspendida en el cielo, flotaba una hermosa figura que parecía viva: un colibrí con alas extendidas.

Y así continuó, en su aparato volador, Nefelio se dedicaba a dar formas variadas a las nubes, puliéndolas con chorros de aire, añadiendo masas de vapor donde le parecía oportuno, enfriando o calentando para variar la consistencia, añadiendo vistosos colorantes en algunos casos, que en pleno día daban a los nimbos los tonos del crepúsculo...

Desde aquel día, el cielo dejó de ser un lienzo sujeto solo al capricho de la naturaleza. Nefelio lo convirtió en un museo de arte; esculpiendo formas que transformaban el paisaje: dragones dormidos sobre montañas de aire, árboles cuyas ramas se extendían como promesas en el horizonte, incluso ciudades efímeras que se desvanecían cuando el viento era muy fuerte.

El mundo —abajo— miraba con asombro sus creaciones, pero él solo pensaba en hacer felices a los niños y a las personas con alma de niños. Pues como el propio Nefelio había hecho de pequeño, los niños también solían contemplar, en los días soleados, las escasas nubes blancas que surcaban el cielo. Así, pequeños ojos comenzaron a mirar hacia arriba, y cada vez más pequeñas voces reían con alegría:
—¡Mira, aquella nube tiene forma de manzana!
—¡Y aquella otra parece un perro!
—¡Y hay una pequeña de color verde que parece ranita!
Gritaban entusiasmados.

Y, en efecto, era totalmente cierto, pues Nefelio estaba esculpiendo las nubes, como de niño había hecho con su imaginación.

Sonreía feliz el escultor piloteando La Esculpenubes, su asombrosa máquina voladora. Sonreía tomando la magia de los cuentos leídos en su infancia para plasmarla en el cielo y que éstos nunca se extinguieran. Quizá las nubes no eran perpetuas, pero mientras flotasen en el aire, sabía que su arte viviría para siempre a través de aquellos corazones cuyos ojos las descubriesen con asombro.

Así, Nefelio convirtió el cielo en su galería de arte para el mundo entero: un museo sin paredes ni tejado, donde las ideas danzaban entre los vientos, libres y eternas.

Fin
La Vida de los Átomos
Pío Baroja

Ilustrado en Dream

Una noche de invierno estaba solo en mi cuarto leyendo. No se oía en la casa ni un ruido ni un murmullo; sólo dos relojes, el uno en mi despacho, el otro desde el pasillo, rompían con su tic-tac el silencio de la noche.

El más pequeño, el de mi cuarto, introducía entre el tic-tac habitual de un reloj respetable, otros dos golpes intermedios y parecía decir:
—“Vámonos ya... Vámonos ya."
El grande, el del pasillo, despreciando estas fantasías impropias de un reloj serio que se estima, murmuraba por lo bajo:
—“Bien va... Bien va..."
Yo les oía correr a los dos relojes y perseguirse con sus ruidos, y desdeñaba profundamente en el fondo de mi alma el estéril trabajo que se tomaban en alcanzarse el uno al otro.

Había leído en una obra moderna de Química el desarrollo de la teoría atómica, y estaba preocupado, hasta sentía indignación.
—No me convencen los átomos. —murmuré— Creo que tengo derecho a que no me convenzan los átomos. ¿Somos positivistas o no? Pues, entonces... ¿Quién ha visto el átomo? ¿Quién ha pesado el átomo? ¿Por qué se atreve a decir nadie que es indivisible? ¿Por qué? Sobre todo, lo que más me molesta, esto lo digo en secreto, es que digan que el átomo es insecable.
Mi gato negro (creo que también tenga derecho a decir que tengo un gato negro), estaba subido a la mesa colocado sobre la “Psicología celular de Haeckel", y me miraba accionar, con sus ojos amarillos, con una indiferencia mortificante. Creí descubrir en su expresión cierto asomo de ironía, que me parecía impropia de un subordinado y de un ser que, al fin y al cabo, vive a mis expensas.

Me levanté de la mesa y me senté en un sillón junto a la chimenea, encendí la pipa y me puse a mirar las llamas. Mi perro gruñó porque le molestaba, apartándole del fuego. No podía alejar mi pensamiento de la teoría atómica ni del átomo.
—“¡Lo insecable! ¿Hay cosa más imbécil que lo insecable?" —pensé.
—El átomo es una antigualla —dije— una hipótesis que hay que destruir inmediatamente. No existe más que la materia única. Cuando salga cualquiera con sentido científico y filosófico negará el átomo.
Mi perro, medio dormido, me miraba de cuando en cuando de reojo con cierto respeto.
—Sí. —le dije yo— Hay que dejar esa vejez del átomo; tenemos que remontarnos más allá, al subátomo, si se me permite la expresión.
Mi perro cerró los ojos, como aceptando la frase.
—Ya no estamos en aquellos tiempos —seguí diciendo— en los cuales llamar al oro “Au" y a la plata “Ag" y al azufre “S", significaba algo. Ya no estamos en esos tiempos. No. No estamos en esos tiempos.
Como no me contradecía nadie, para entretenerme me puse a contemplar el fuego, que hacía chisporrotear a las leñas sostenidas por los morillos, que representaban dos negras egipcias, y a mirar la brasa de mi pipa. Estaba mirando ésta cuando una chispa escapada de allá se levantó en el aire y se quedó inmóvil.

Yo, escandalizado ante aquella sustracción a la ley de la gravedad, cogí las tenazas y traté de tirar la chispa al suelo; pero ella, sin hacer caso de leyes, permaneció en su sitio y comenzó a dar vueltas, formando círculos en el aire, hasta que... ¡paf!, reventó como un cohete en mil lucecitas de todos colores, mates y con brillo. Aquello me pareció ya faltar. Lentamente en aquellas chispitas se fueron dibujando formas vagas, y, al concretarse, aparecieron figuras de hombres, mujeres, moscas, perros, cínifes y lagartos, y empezaron todos a revolotear y a danzar vertiginosamente alrededor de mi cabeza.
—“¡Au! ¡Au!" —ladraba un perrillo de color de oro en mis oídos.
—“¡Hache! ¡Hache!" —estornudaba un señor idiota, inodoro, incoloro e insípido.
—“¡Br! ¡Br!" —zumbaba el cínife, que exhalaba un olor acre y fuerte.
—¿Qué gentuza es ésta? —murmuré yo, indignado— ¿Quién sois?
Entonces uno de aquellos bichos que semejaba una luciérnaga por la clase de luz que despedía, y que silbaba como una máquina de vapor haciendo “¡Ph! ¡Ph!", se paró delante de mí descaradamente, y me dijo:
—Somos átomos.
—¡Mentira! —grité yo— Los átomos no existen.
—¡Ag..., ag..., ag...! —exclamó una señora vestida de blanco, con una risa argentina.
—¿Conque no existimos, imbécil? —me replicó el átomo fosforescente, con desprecio— ¡Vosotros los hombres sí que no existís! No sois más que nuestra casa, nos servís para nuestra alimentación, para nuestra vida; nada más.
—¡Vosotros!... Vosotros no tenéis vida —les dije yo— ¡Qué vais a tener!
—¡Oh Humanidad, Humanidad! Siempre serás idiota —gritó el átomo fosforescente— Ves que nos movemos, que nos enamoramos como los hombres; eres testigo de nuestra sensibilidad y de nuestra voluntad, y niegas que tenemos vida.
—¿Voluntad? —salté yo— ¿No comprendes, mequetrefe, que sobre todas tus acciones pesa un determinismo inexorable; que yo puedo hacer que contraigas matrimonio, y que te divorcies cuando me dé la gana?
—¡Oh! ¡Oh! —dijo un átomo de oxígeno— Eso es demasiado.
—S... S... —murmuró el átomo de azufre con un dedo sobre los labios, y añadió— Dejarle hablar al átomo inteligente.
—Eso que dices del divorcio —repuso la luciérnaga—, no prueba más sino que estamos más adelantados que vosotros. ¿Qué átomo que tenga dos átomos de sentido común soporta una mujer para toda la vida?
—Sí, eso estaría bien dicho —le repliqué yo— si os divorciarais por gusto; pero vosotros, desdichados, no tenéis voluntad como los hombres.
—¡Bah! —arguyó él— Vosotros os creéis libres porque no podéis comprender el mecanismo del trabajo atómico en vuestro cerebro, pero si nuestros actos son fatales, los vuestros lo son también del mismo modo; somos factores de vosotros, y de fatalismos atómicos no se pueden obtener libres albedríos humanos.
—¿Y el alma? —dije yo, recordando que en Psicología, Lógica y Ética había aprendido una porción de martingalas para demostrar su existencia.
—¡El alma! ¡Pchs! Esté yo en el cerebro de un hombre, y verás inteligencia; que falte este cura, y verás estupidez.
—Pues ¿quién eres, que te das tanto tono?
—Soy un átomo de fósforo. Mira.
Y el átomo se retorció, se puso los pies en la cabeza, se convirtió en un anillo luminoso y brillante y subió por el aire; bajó luego, y dijo:
—¿Ves? Esto es una idea.
Yo estaba atónito. El átomo fosforescente, aprovechándose de mi estupefacción, siguió haciendo fantasías un tanto chocarreras. Se puso formando un aspa, y dijo:
—Ahí tienes una idea geométrica.
Luego se torció hasta trazar un ángulo agudo, y murmuró:
—Esto es una idea de odio.
Después se despatarró, abrió los brazos, y dijo:
—Esto es un pensamiento de amor.
Yo, como he dicho, estaba atónito; los átomos danzaban a mi alrededor, chillando, gritando todos a coro:
—¡Somos la materia única, la indivisible, lo insecable!
Al darme cuenta de estas palabras, me estremecí en mi asiento, y exclamé:
—¡Falso! ¡Falso! Estáis formados de partes.
Entonces, hombres, mujeres, perros, cínifes y lagartos estallaron; una sustancia tenue, de color de ceniza flotó en el espacio... Me sonreí con una sonrisa alegre y triunfante... Veía la materia única, mi X primitiva, la materia eterna y eternamente divisible... Pero, demonio. Se me había apagado la pipa.

Fin
El Mensaje de Los Últimos
Un relato juvenil de Ethan J. Connery

Ilustrado en Dream

Antaño, en los albores de la modernidad, cuando los prados eran vastos y el futuro se vislumbraba con esperanza, vivía un joven llamado Erick, apodado “el intrépido". Hijo de los '70 y criado en los '80, Erick creció rodeado de patines, peinados voluminosos, globos de chicle rosa, música pop y estéreos. Pero especialmente, en la efervescencia de una época marcada por grandes cambios sociales y científicos que dieron forma al mundo conocido.

Como muchos jóvenes de su generación, solía perderse en mundos imaginarios, ya fuera frente a las pantallas de los salones de arcade o explorando las repisas de un viejo videoclub. Fue en esos refugios de fantasía donde nació su verdadera pasión: una curiosidad inagotable por el destino de la civilización y todo aquello que estaba por venir.

Cierto día, el destino llevó a Erick a explorar más allá de sus sueños preadolescentes. En la biblioteca pública, tras resolver su cubo de Rubik, encontró un fajo de cartografías estelares oculto en un viejo libro polvoriento.

Una de las cartas, repleta de constelaciones y leyendas, prometía una aventura real: un secreto que unía un pasado remoto con un futuro incierto. Al reverso, Erick descubrió un misterioso diálogo escrito a mano con distintos colores y caligrafías, junto a una lista de estrellas del hemisferio sur. El acertijo concluía con una advertencia:
“Se acerca una tormenta."
“Lo sé."
Intrigado por el enigma oculto en aquel papel, Erick pasó días descifrándolo. Utilizando conceptos de geometría y matemáticas de su clase de BASIC, obtuvo unas coordenadas que lo guiaron hacia lo profundo de las montañas patagónicas.

En un rincón olvidado del bosque, donde el viento parece cantar historias antiguas, halló una cueva oculta por los siglos. Allí descubrió un artefacto extraño: un objeto de tecnología desconocida con inscripciones doradas en una lengua ignota. Parecía una mezcla entre reloj y brújula, con un armazón esférico que recordaba a un cubo de Rubik.

Al girar el mecanismo, su entorno se transformó. Un torbellino de luz y sombra lo proyectó violentamente hacia un futuro inimaginable: septiembre del año 3.881, en un mundo donde las estaciones habían dejado de existir.

Erick se encontró con un mundo desolado, donde la humanidad había caído y las máquinas dictaban las reglas. En aquel paisaje yermo, descubrió un último rastro de civilización: una chica que vivía oculta, custodiando las cenizas de un pasado vibrante.
—¿Quién eres? —preguntó él, intrigado.
—Soy Paula —respondió ella con amargura—. La última. Después de mí, no habrá más historias.

Erick la miró desconcertado.

—¿Quieres decir que no queda nadie más en todo el planeta?
—¿Qué parte de “soy la última" no has entendido? —exclamó ella, exasperada—. ¡No hay nadie más!
—¡Vale, de acuerdo! —replicó Erick, intentando asimilar el peso de sus palabras.

Una melodía conocida acudió a su mente: un viejo éxito de Tiffany de 1987 que parecía encajar perfectamente con ese momento de soledad. 

Paula se cruzó de brazos.
—Dices que no habrá más historias después de ti... —murmuró Erick, con una mezcla de asombro y tristeza—. ¿Por qué desaparecieron los demás? ¿Cómo se consumieron sus relatos?
Paula, la última joven sobre la faz de la Tierra, lo observó con una mirada tan profunda como un mar olvidado.
—Las historias eran el alma de la Humanidad —respondió ella—, pero acabaron desplazadas por el engaño y el estrépito de máquinas nacidas de la ambición. La codicia de unos pocos desafió al pasado, y el mundo decidió dejar de recordar. Sin memoria, las historias perecieron, y nosotros con ellas. Yo soy...
—La última —concluyó Erick. Guardó silencio y asintió, aceptando finalmente el peso de sus palabras.
La tragedia parecía absoluta; no todos los días se es testigo del fin de los tiempos. Sin embargo, pese al desconsuelo, Erick intuyó que no todo estaba perdido. Después de todo, “la última" hablaba de un mito final: un relato capaz de encender la imaginación humana para recuperar el Reino de los Cuentos Perdidos.

En aquel refugio, las leyendas olvidadas aguardaban su renacer, ansiando ser rescatadas por los más valientes. Se decía que este lugar permanecía protegido por un portal que solo el valor, la lealtad y la esperanza podrían abrir.

Decididos a devolverle el sentido a la Humanidad, Paula guio a Erick en una peligrosa travesía a través de paisajes crepusculares. Caminaron sobre las ruinas de una civilización antaño avanzada, siempre bajo acecho de las máquinas, cuyas existencias sintéticas buscaban extinguir cualquier vestigio de resistencia.

De pronto, un androide bloqueó el camino. Antes de que pudieran reaccionar, una ráfaga de láseres impactó contra los restos de un viejo satélite caído durante la guerra. Protegidos tras la mole de chatarra, la pareja se arrastró hasta un escondite; por un agujero de metralla, Erick divisó a la máquina humanoide aproximándose mientras rastreaba señales de vida.
—¡Ya viene! —susurró con angustia.
—Cuando te diga, apunta a su hombro izquierdo y presiona el botón rojo —ordenó Paula, entregándole un rudimentario dispositivo de defensa.
Paula, la última chica sobre la faz de la Tierra, lanzó entonces una tuerca con todas sus fuerzas. El metal trazó un amplio arco en el aire y cayó escandalosamente a espaldas del robot. En cuanto el “eliminador" se giró para disparar al señuelo, ella dio la orden:
—¡Ahora!

Erick apuntó y activó el aturdidor.

El androide se detuvo en seco.
—¡Corre! Tenemos 30 segundos antes de que se reactive —gritó Paula—. ¡Y ni pienses en destruirlo, es imposible!
Los jóvenes huyeron a todo pulmón hasta que las fuerzas les fallaron. Tras ocultarse de nuevo, observaron cómo la máquina despertaba; el androide rastreó la zona, pero al no detectar rastro de ellos, retomó su marcha.
—¿Seguiremos por el desierto? —preguntó el chico de los '80.
—No es lo ideal. Los “eliminadores" acechan por aquí, aunque evitan las rutas de los “devastadores" para no caer bajo sus mecanismos —explicó Paula—. Conozco un camino más seguro por las montañas. Hay unas minas que podrían llevarnos hasta el último refugio. Nunca he estado ahí... es casi una leyenda.
—Suena prometedor. —asintió Erick.

Sin perder tiempo, emprendieron el viaje hacia las alturas.

El frío en las cumbres era distinto al del desierto; olía a metal oxidado y a tiempos remotos. Entre colosos de granito envueltos en hielo, Erick reconoció formas familiares: las montañas no eran accidentes naturales, sino monumentos titánicos devastados por una guerra antigua. Cualquier maravilla del siglo XX palidecía frente a la escala de aquella tragedia que el futuro, paradójicamente, parecía haber dejado atrás.

A mitad del ascenso, las minas surgieron como gargantas oscuras entre las rocas. Al internarse los jóvenes, el eco de sus pasos se perdió en la inmensidad de los túneles y la oscuridad los obligó a detenerse. Paula encendió una lámpara de plasma, revelando inscripciones que hablaban de un pueblo desaparecido y sus secretos olvidados.

De pronto, un rugido metálico sacudió el suelo. No era un androide, sino un “devastador": una colosal excavadora autónoma que patrullaba las galerías. Los jóvenes se ocultaron tras un muro derruido, conteniendo el aliento mientras la mole mecánica pasaba con sus sensores encendidos, barriendo la penumbra.

—¡Escondámonos aquí! —susurró Erick, guiando a Paula hacia una veta lateral de grafito.

Paula detectó un brillo al fondo de la grieta.

—¡Por aquí! —señaló, indicando un pasadizo estrecho.

Avanzaron a gatas hasta desembocar en una cámara iluminada por cuarzos fosforescentes. En el centro, un altar de piedra lucía un círculo de runas. Al tocarlo, Erick sintió una vibración que parecía alterar el tiempo mismo. Paula, mientras tanto, descubrió en un panel cercano un pergamino de fibra sintética que mezclaba código binario con grafía nórdica.

Erick recordó una vieja historia: “Las minas no solo guardan minerales; sino puertas a otros mundos". En ese instante, las runas se encendieron y un láser proyectó un mapa tridimensional que señalaba una fuente de energía desconocida.

—¡El portal! —exclamaron al unísono.

Con renovada esperanza, siguieron el túnel indicado esquivando trampas automáticas. Al final del camino, un panel de control bloqueaba el paso.

—Ingrese coordenadas —sentenció una voz electrónica.
—¿Coordenadas? No había números, solo un punto en el mapa —objetó Paula, nerviosa.
—Es otra trampa —intervino Erick, acariciando el teclado mientras los golpes del devastador resonaban cada vez más cerca— No es solo una ubicación; es una llave... o una invitación.
—¡Ni siquiera sabemos si esto funciona! —exclamó ella.
—¡Quedan 30 segundos! —advirtió la voz.

Paula, decidida, ingresó una serie de números: 36°37'8.89''S y presionó Enter. Erick, comprendiendo el juego, completó la secuencia: 72°57'46.17''O. La respuesta de la máquina fue inesperada:

—“Gracias por jugar. Inserte otra moneda".
—¡Es un arcade! —exclamó Erick, reconociendo el sistema, aunque no pertenecía a su época.
—¿Qué es un arcade? —preguntó Paula, confundida.
—ARCADE: contraseña aceptada —anunció la voz.

Un tubo mecánico descendió del techo, abriendo una compuerta que revelaba una escalera interior. Sin dudarlo, ambos ascendieron por lo que resultó ser un conducto de ventilación. Al salir al otro extremo, el aire había cambiado. El polvo del desierto y el frío de las minas eran ahora parte del pasado; frente a ellos, una bruma eléctrica señalaba, por fin, el destino final de su viaje.

Tras la dura travesía plagada de peligros, los jóvenes aventureros alcanzaron finalmente el portal. Allí los aguardaba un umbral de luz, tan brillante como un amanecer en medio de la ventisca. Aquella calidez despertó en sus corazones un sentimiento ancestral.

Recordando las historias que habían evocado durante el viaje, pronunciaron las palabras secretas mientras trazaban un círculo en el aire:
—“Hér ferr Herlicii... Fórum drengja Frábærheimur; ég skipa þér með töfrum Óðins: opnaðu mér leið Bifröst!" ♪ ♫
El portal cedió, revelando el reino mágico que se ocultaba más allá de la Puerta de Tannhäuser.
—¡Wow! —exclamó Erick, maravillado—. Algún día, todos estos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia.
—¡Ni lo menciones! —le recriminó Paula.
Armados de valor y unidos de la mano, los jóvenes cruzaron el portal. Al otro lado, las historias no eran palabras escritas, sino entidades luminosas que palpitaban con propósito. En aquel plano superior, cada relato olvidado, leyenda perdida y cuento postergado, aguardaba el momento de volver a ser contado a los niños del mundo.

Los seres etéreos se deslizaron cuan espectros de luz y sentenciaron:
—La profecía se ha cumplido; según la cual un día vendrían los elegidos.
Los jóvenes dieron un paso al frente mientras las criaturas se acercaban:
—Nuestra existencia está ligada a la vuestra; existimos solo mientras la esperanza persiste en la Humanidad. Si vosotros perecéis, moriríamos para siempre. Porque, sois los últimos.
Paula y Erick escuchaban con atención mientras los relatos vivientes narraban su odisea:
—Hubo un tiempo en que nos creímos inmortales, pues hemos coexistido con ustedes desde el alba de la Humanidad. Estamos hechos del mismo material que sus sueños: somos el poder de la imaginación y de los ideales. No solo les permitimos escapar de la realidad, sino que les damos la fuerza para transformarla. Por eso, vivan con valentía y perseverancia; confíen en su espíritu y en su mente para superar cualquier obstáculo que impida salvar nuestros mundos.
—Entonces, somos uno. —reflexionó Paula.
—Uno y lo mismo. —complementó Erick.
Los relatos vivientes sonrieron por primera vez en mucho tiempo.
—Por favor, llevadnos con vosotros al mundo humano —pidieron—. Llevadnos a un tiempo donde aún podamos salvaros. Allí renaceremos para respirar a vuestro lado y devolver la esperanza a los vuestros.

Una luz dorada envolvió el encuentro mientras una voz añadía:

—En ambos mundos cada uno tiene un papel vital. Nuestras acciones, por pequeñas que sean, abren portales hacia infinitas posibilidades. Ese es el propósito de todo cuanto existe; incluso nosotros, los cuentos, tenemos nuestros propios sueños... y vosotros formáis parte de ellos. También quienes nos leen y escuchan en este preciso momento, en algún lugar del tiempo.

Paula y Erick aclamaron con entusiasmo, agradeciendo a los lectores de este cuento por hacer posible su misión.

—¡Viviréis con nosotros! —exclamaron Los Últimos, fascinados por la noble tarea que acababan de recibir.
Los jóvenes aceptaron la misión, conscientes de que su deber era llevar esos relatos al corazón de quienes buscan rescatar a su niño interior. Su propósito era transformar el presente para construir un mañana donde nunca se olvide la importancia de soñar, ni las verdades esenciales que esconden las viejas historias.

Sabían que el camino sería difícil: las fuerzas que intentaron extinguir los relatos siempre existirían como parte del equilibrio del Universo. Sin embargo, los intrépidos surgieron precisamente para proteger la justicia frente a la indiferencia y la codicia. Lo fundamental era confiar en que las historias, al cobrar vida en la Humanidad, devolverían la esperanza y la promesa de un futuro mejor.

Así, con el coraje de los antiguos héroes y el amor por lo olvidado, los últimos jóvenes regresaron al siglo XX portando consigo el legado del Reino de los Cuentos Perdidos.

Sin Fin
Atlántida

Una leyenda de los antiguos griegos, cuenta que Atlántida era una isla enorme y poderosa. Tan o más grande que Libia y Asia Menor reunidas. Se dice que existió hace miles de años en medio del brumoso y agitado océano Atlántico.

Lejos... muy lejos... más allá de las Columnas de Hércules*. Sus habitantes —los atlantes— adelantadísimos en tecnología y cultura, forjaron una sociedad extraordinariamente organizada, erudita y próspera.

En definitiva: se trataba de una civilización vigoroza y adelantada para su tiempo, ya que el resto del mundo parecía vivir en una era precaria; mucho más propia de los tiempos arcaicos a los que nos referimos.

Atlántida era una cultura sin igual y como nunca ha presenciado nuestra humanidad moderna. Alcanzaron un dominio tecnológico tan sofisticado y sublime que les permitió, incluso, construir gigantescos templos conectados por estupendos canales de agua, maravillosos palacios rodeados de bellos jardines, y formidables pirámides... tan o más magníficas que las de Egipto. Así, también, gozaban de la protección de una poderosa y entrenada fuerza naval que navegaba alrededor de la prodigiosa isla y sus anillos.

O así es, más o menos, cómo la retratan los diálogos de Platón —Timeo y Critias— escritos en el siglo IV de la era pre-cristiana. Platón dijo que esa historia se le contó su mentor, Sócrates; quién a su vez la escuchó de Solón, quién la habría aprendido de su padre. Y quién sabe de dónde la sacó este último.

Sea como fuere, sus orígenes verdaderos tal vez se pierden en la insondable memoria del tiempo antiguo... o puede que todo no sea más que un gran cuento fantasioso con el que Platón divertía a sus ingenuos amigos, ya que los auténticos arqueólogos —esos que enseñan en universidades, usan sombreros de los años '20 y temen a las serpientes— no han encontrado pruebas concretas de que Atlántida haya existido alguna vez.

Los pocos hallazgos que parecen provenir de Atlántida suelen, por lo corriente, ser vestigios de otras viejas culturas pre-cristianas, o quizá precolombinas, ya conocidas:
  1. Una teoría dice que Atlántida sucumbió en la isla de Thera, en el mar Egeo.
  2. Otra dice que está hundida en la cadena de islas de Bimini, en las Bahamas.
  3. Otra dice que frente a la costa de Portugal.
  4. Otra más, que se encuentra congelada bajo los hielos de la Antártida.
  5. Alguna teoría exótica sugiere la costa de las islas Ryukyuen, en Japón.
  6. No falta quién cree que Sudamérica era Atlántida.
  7. Están los que sospechan que era Isla de Pascua o por ahí.
  8. Y hasta algún despistadillo afirma que está bajo las aguas del archipiélago chilote, en Chile.
En fin... fuera cuento o realidad, el rumor creció como la levadura en el pan durante miles de años. Así es como su leyenda inspiró a muchos aventureros a buscar la famosa civilización perdida. Y digo “perdida” porque yo también la busqué y no la encontré (al menos, no del todo 🤔). Desapareció cuando los atlantes —por entonces ciudadanos honorables y conscientes de sus deberes— abandonaron sus viejas filosofías científico-humanistas para volverse arrogantes y codiciosos.

Fue así como sus habitantes quisieron ser dioses... y habiendo alcanzado el esplendor de su cultura y progreso, comenzaron a usar ese poder para oprimir a otros pueblos más pequeños, quitándole sus derechos y posesiones.

Sucedió, entonces, que los verdaderos dioses —si acaso existen— molestos por la arrogancia de los atlantes, decidieron castigarlos de la peor forma: destruyendo la isla extraordinaria por medio de un desastre natural que terminó por hundir a Atlántida bajo las oscuras olas del océano... para no ser vista nunca jamás por ojos humanos.

Bueno, en realidad la idea era que no fuera vista nunca más por ningún ojo, pero si digo “ojos humanos” suena más dramático, y naturalmente que esto hace más espeluznante mi versión del relato.

Como sea, fue una gran inundación lo que destruyó todo. Algunos dicen que la provocó un terremoto. Otros dicen que fue un tsunami. Hay quiénes dicen que la isla simplemente se desmoronó. E incluso algún soñador afirma que la isla era una gran nave espacial que salió volando hacia las estrellas de una galaxia lejana... muy... muy lejana. Pero esa idea la descarté por descabellada. 😏

Lo más seguro es que alguien olvidó ponerle el tapón a alguna pileta de alguna plaza y el agua del mar se coló por ahí; y es que los antiguos griegos ya conocían las tuberías, así que los atlantes con mayor razón.

La culpa fue de un fontanero.

Fin

* Las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar)
Hansel, Gretel y el Fantasma
Muñecos de Rose Art Studios

Parte 1
Todo comenzó unos 9 años después de la aventura original: Hansel y Gretel habían crecido, y como buenos hijos, ayudaban a su padre en las labores de la casa. Un día de primavera estaban ordenando la bodega cuando el padre de los adolescentes encontró un viejo cofrecito de hierro.
— ¡Vaya! —exclamó— ¿Qué tenemos aquí?
El hombre intentó abrir el cofre, pero sus intentos fueron infructuosos. Como no recordara poseer tal artilugio, llamó a sus hijos para dilucidar el misterio de la caja y su contenido.
— Hansel, Gretel... ¿De dónde ha venido este cofre?
— ¿Es una adivinanza? —preguntó Hansel.
— ¿O un nuevo cuento? —complementó Gretel.
— No, chicos —respondió su padre— Me refería a que si acaso tenéis alguna idea de cómo ha llegado a parar este pequeño cofre a nuestra bodega.
— ¡Aaaah! —exclamaron— Pues no —admitieron.
Desconcertado, el hombre agitó la pequeña caja junto a su oído, procurando no forzarla para no dañar su contenido, ya pudiera ser valioso.
— No suena nada —observó— ¿Será que está vacío?
— ¡Seguro contiene algo! —curioseó Hansel.
— ¿Quizá haya sido de mamá? —propuso Gretel.
Esas últimas palabras tocaron el corazón de todos, que le tomaron aprecio a la caja, hasta que Hansel dijo:
— Pero... ¿Y si hubiera sido de nuestra madrastra?
La idea no gustó a nadie y el cofre ya no era tan estimado, hasta que Gretel observó:
— O peor... ¡Podría haber sido de la bruja del bosque!
La nueva sugerencia puso a todos helados de espanto. Tanto así que al padre de los chicos se le resbaló el cofre, dejándolo caer.
— ¡Cuidado! —exclamaron Hansel y Gretel.
¡¡Slamdunk!!
Impactó pesadamente la caja.
— ¡Corran niños! —gritó el padre.
— ¡Guaaaa! —gritaron todos, huyendo hacia el bosque y con los brazos en alto.
La familia vigiló la bodega desde lejos durante varios minutos, pero como éstos pasaran y no se oyeran ruidos, supusieron que el cofre era inofensivo. Regresaron con cautela y comprobaron que todo seguía tan desordenado como cuando salieron.
— Parece que todo está bien, después de todo —dijo el padre, y ordenó— Hansel: lleva el cofre a casa del cerrajero para que lo abra y entonces conoceremos su contenido. Si acaso hay algo de valor en su interior decidiremos si vale la pena conservarlo o venderlo.
— ¿Yo? Pero... ¿Porqué yo? —preguntó Hansel, que siempre había sido muy servicial, pero consideraba que el asunto del cofre era algo fuera de lo habitual.
— Eres mayor que tu hermana —le dijo su papá.
— ¡Vale! Pero tú eres mayor que yo —observó Hansel, y agregó— Además, no hay evidencia que asegure que la caja no perteneció a la bruja espanta-niños.
— Ya, pero sólo esta mañana me pediste que no te tratara como niño, porque ya te sentías mayor...
El adolescente se llevó la mano a la cara.
— Yo llevaré el cofre al cerrajero —afirmó Gretel— que había llegado a conocer a la bruja "un poco más" que Hansel.
El padre de los chicos palideció.
— ¡No... tu eres mi niña, mi linda hija Gretel!
— Papá, los tiempos han cambiado: las chicas también podemos hacer el "trabajo sucio", y a esta edad ya no le temo a las brujas —reclamó Gretel.
— ¡Un momento! —refutó Hansel, que había ganado valor con la conversación— Lo lógico es que lo lleve yo: soy mayor que Gretel.
— De ninguna manera —argumentó Gretel— ¡Las chicas somos tan valientes como los chicos!
— Niños, niños... no es competencia —reafirmó su autoridad el papá— Yo soy vuestro padre y es mi deber protegerlos: me haré cargo del cofre.
— Está bien, papá —acataron los hijos.
— ¿Y porqué mejor no llevo yo misma mi cofre a casa del cerrajero? —propuso el fantasma de la bruja, que había seguido atentamente la conversación °-°
Un escalofrío recorrió las espaldas de nuestros protagonistas, quienes —calados de pavor hasta los huesos— reconocieron al espíritu de la bruja, parada detrás de ellos.
— ¡¡Guaaaaa!!
El griterío debió escucharse desde lejos, pues la familia corrió por sus vidas, buscando protección en la espesura del bosque.
— ¡Guajajajaja! —rió el fantasma de la bruja— Que bueno que os quedasteis con mis tesoros, porque habéis liberado mi espíritu de la prisión al dejar caer tan estrepitosamente ese cofre, que para que lo sepáis: era una puerta al inframundo. ¡Y vosotros acabáis de romper el sello! Y aunque ahora estoy debilitada pronto me recuperaré, y estaré penando en vuestra casa... ¡Guajajajaja!
Desde lejos, la familia respondió:
— ¡Esperpento, no te tememos! —le gritó Hansel, arribado a un árbol.
— ¡Bruja fea y sinvergüenza, recuerda quién te echó al horno! —le gritó Gretel, tras una roca.
— ¡Al cabo que nos íbamos a cambiar de casa! —le gritó el papá de los chicos, que en el repentino escape se había empapado en un charco de lodo.
El fantasma de la bruja sólo reía de las afrentas, imaginando una pronta venganza. La familia se reunió en el bosque:
— ¡Y ahora qué haremos, papá! —exclamó Gretel.
— ¡No podemos dejar que la bruja se apodere de la casa! —lamentó Hansel.
— ¡Tranquilos, niños! —les infundió valor el papá— Ya la haremos salir de una u otra forma.
La aparición salió de la bodega y empezó a rondar los alrededores de la casa, buscando una forma de incrementar su poder. La familia tomó, entonces, la decisión unánime de buscar apoyo en el pueblo más cercano —al otro lado del bosque—, y antes de que el espíritu del inframundo se recuperara por completo, partieron de camino; llevando una bolsa con emparedados y botellas de leche para el largo trayecto que les esperaba.


Parte 2
Era Julio de 1994 y el cometa Shoemaker-Levy 9 impactaba al planeta Júpiter, formando una serie de destellos anillados que perdurarían durante horas en la superficie de aquel mundo gaseoso. Los astrónomos estaban fascinados.

— ¡Guau! —exclamó Yar Ztnats— ¡Las composiciones creadas por la Sección de Diseño de Misiones del Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA, usando cálculos orbitales de la Sección de Navegación, son sencillamente espectaculares!
— Es verdad, aunque esto del espacio está un poco fuera de nuestra "jurisdicción" —espetó Retep Namkcnev.
El Dr. Namkcnev, junto a su equipo de científicos, habían sido invitados de honor para presenciar el evento astronómico en las dependencias de la NASA.
— No deja de ser un fenómeno fascinante —analizó otro colega, el Dr. Noge Relgneps.
— Lo que aún no entiendo es porqué las credenciales que nos dieron están escritas al revés —observó el 4º integrante: el especialista Notsniw Eromeddez.
— Carl Sagan me dijo que fue error del diseñador gráfico —le explicó Noge.
Finalizado el evento y las tertulias, el grupo dejó las dependencias de la NASA para regresar a sus labores habituales, al interior de un enigmático edificio del casco antiguo de la ciudad de Nueva York. La secretaria, Eninaj, les tenía un nuevo trabajo:
— Mientras ustedes veían la Luna, un cliente llamó a la central.
— No era la Luna: era un Supercometa estrellándose en un Superplaneta.
— Lo que sea. El cliente pedía ayuda urgente debido a extraños incidentes en su fábrica de chocolates.
— ¡Iremos de inmediato! °-°
Los expertos se quitaron sus corbatas y cambiaron sus elegantes trajes por una sofisticada indumentaria de fumigación. Abordaron su vehículo para emergencias, y haciendo sonar la sirena, salieron disparados hacia la dirección proporcionada por la atractiva Eninaj. Llegados a la fábrica, comprobaron que estaba deshabitada, pues habían evacuado a todo el personal.
Los expertos activaron sus instrumentos:
— ¿Hay alguna señal? —preguntó Notsniw.
— Aparte de nuestra verde y nauseabunda mascota: tenemos actividad espectral tipo 10.
— Una fábrica de chocolates... ¡Menudo lugar para una actividad espectral tipo 10!
Un ruido a sus espaldas llamó la atención de Notsniw, quien con su "fumigador" disparó accidentalmente un rayo de energía hacia un contenedor de acero inoxidable: el contenido explotó en un achocolatado tsunami de dulzura que escurrió en dirección del grupo, manchando a los expertos. Un mapache se escabulló por un tubo que daba al exterior.
— ¡Lo siento, chicos! —se disculpó— Creo que hoy no es mi día.
Estaba por ser elogiado cuando inesperadamente se apareció en medio del grupo la actividad espectral tipo 10. Los expertos saltaron ante la impresión, pero inmediatamente activaron cada uno sus fumigadores, lanzando ingentes rayos de energía que fueron a parar a diferentes maquinarias de la fábrica, dejando literalmente "la crema".
La mascota del equipo aprovechó de ingerir la mayor cantidad de chocolate posible. No obstante —antes de que la fábrica quedara inutilizable— el Dr. Namkcnev lanzó una caja conectada a un largo cable, debajo de la actividad espectral, que yacía apresada entre los rayos. Presionó un botón rojo que terminó activando la trampa: finalmente el fantasma estaba atrapado en el contenedor.
— ¡Bien hecho, Noge!
— Otro trabajo bien terminado para los "Samsatnafazac".
— Déjalo ya, Egon: olvida las credenciales.
— Lo siento... Otro trabajo bien terminado para los Cazafantasmas.
— ¡¡Siiii!! —exclamaron todos.
Los Auténticos Cazafantasmas volvían a usar sus nombres.
Inesperadamente la trampa que contenía al recién atrapado fantasma comenzó a agitarse con fuerza, hasta que logró soltarse de la mano de Egon Spengler, liberando al espectro tipo 10.
— ¡Recórcholis, muchachos! —exclamó Peter Venckman— ¡Es más fuerte de lo que suponemos: cuidado con él!
— ¡No puede ser! —gritó Ray Stantz.
— ¡Maldición! —profirió Winston Zeddemore.
El fantasma les enfrentó:
— ¡Un momento, Cazafantasmas! —les dijo— He venido en son de paz.
— ¿Acaso hablas? ¿Pretendes aparentar ser amable?
— Si y no —dijo el fantasma— Verán: estoy aquí con una misión.
— Claro, todos dicen lo mismo. ¡No te creemos!
Egon Interrumpió:
— Un momento, Peter, el indicador muestra energía benigna; es como un detector de mentiras que está diciéndonos que la actividad espectral tipo 10 nos está diciendo la verdad. Me parece que deberíamos escucharlo.
— Está bien —Peter se dirigió al espectro— ¡Pero sólo porque lo pide Egon! Dinos... ¿Qué misión es esa? Y te advierto que si tramas algo te aniquilaremos con nuestros rayos de protones.
El espíritu se apresuró a contestar, después de todo, la fama de los Cazafantasmas había trascendido las barreras del tiempo y el espacio.
— Veran señores —comenzó a explicar amablemente la aparición— Yo soy el "espíritu de la Navidad futura"... de hecho, ya nos conocemos: ustedes me atraparon una vez y luego me liberaron, y esta es la segunda vez que lo hacen.
— ¡Ah, ya veo, eras tú! Perdónanos: no nos acordábamos... puedes irte cuando quieras. —le respondió Peter, recordando que hablaba con un espectro de los buenos.
— Gracias. Me alegra que me recuerden. Aún así no puedo irme sin antes explicarles que me han enviado por ustedes.
— ¿Por nosotros? ¿Quién?
— Verán señores: ¿Alguna vez han oído hablar de Hansel y Gretel?
— Si, claro... es un cuento clásico. A todos nos han contado la historia cuando niños. —dijo Peter.
— De hecho, leí el cuento la semana pasada en CuentosClasicos.org —reconoció Ray.
El fantasma de la Navidad futura asintió sonriendo, y prosiguió:
— Bien. Lo que ocurre es que ese cuento está basado en una historia de la vida real.
— ¿Quieres decir que Hansel y Gretel de verdad existieron?
— Así es, pero la leyenda que todos conocemos ha sufrido un vuelco: la bruja ha regresado en forma de espíritu y está recuperando su poder. Ya se hizo con el control de la casa de los niños, y el padre de éstos ha pedido ayuda al Alcalde del pueblo para expulsar a la "ocupa", pero como se trata de un caso paranormal el Municipio les envió a consultar al mago Merlín, pero el hechicero ya tenía demasiado trabajo luchando con Morgana, así que le "tiró la pelota" a Santa Claus y éste último me contactó para saber cómo lidiar con el problema... y claro: me acordé de ustedes.
— ¡Vaya Odisea! —exclamó Peter Venckman— Pero estás hablando de algo que sucedió hace mucho... ¿Cómo se supone que podamos ayudar?
— No hay problema: recuerden que soy el fantasma de la Navidad futura y tengo el poder de viajar en el tiempo. Puedo regresar al pasado y llevarles conmigo.
Los Auténticos cazafantasmas se reunieron en círculo para resolver:
— ¡Bien, muchachos! Este caso sí es un trabajo a nuestra medida profesional.
— ¡Viajar por el tiempo suena cool!
— Estoy de acuerdo, además Hansel y Gretel son de los buenos.
— Merecen todo nuestro apoyo.
— También sería bueno para el currículum.
— ¡Está decidido!
Peter Venckman se dirigió al fantasma de la Navidad futura:
— ¡Aceptamos el encargo!
— Muy bien —dijo la aparición— entonces les trasladaré al siglo XV.
— ¡Un momento, fantasma! Antes de que partamos debes saber que podríamos necesitar de todos nuestros recursos...
En tanto esa conversación se daba en la Nueva York de 1994, en el siglo XV los niños y su padre habían llegado al pueblo a pedir auxilio al Alcalde, quien les envió a una choza en el bosque encantado para consultar con el mago Merlín, y éste —que padecía exceso de trabajo— usó una bola de cristal para comunicarse con Papá Noel (en el Polo Norte), quien a su vez invocó al espíritu de la Navidad futura pidiéndole consejo, y claro: éste se acordó que en el futuro existían los Cazafantasmas, dedicados al negocio de atrapar y almacenar fantasmas.


Parte Final
El espítiru de la bruja se había hecho tan poderoso que además de la bodega y la casa, toda la parcela y parte del bosque estaban bajo su influjo de poder. El Ecto-1 arribó al pequeño pueblo del siglo XV a través de un "vortex" inter-temporal.
— ¡Uuu uuu uuu! —Sonaba la sirena del carro.
Las gentes del pueblo huían despavoridas ya que nunca antes habían visto un automóvil, que era —por lo demás— ruidoso.
— ¡Con vuestro permiso, amables pobladores! —exclamaba Peter Venckman a través de la ventana— ¡Estamos en misión especial!
— ¡Santos protones! Juraría que estuvimos a punto de chocar con un DeLorean volador que viajaba en sentido contrario por ese vortex —aseguró el Dr. Spengler.
— ¡Naaaah! —respondieron al unísono sus compañeros.
El Ecto-1 esquivó hábilmente una carreta llena de heno, en su loco recorrido hacia el bosque por el que vivían Hansel y Gretel. Temerosas, curiosas y fascinadas, las gentes del pueblo les siguieron, pues el mago Merlín les había avisado que hechiceros poderosos, de tierras lejanas, llegarían al pueblo aquella tarde.
Atraídos por el escándalo de la bruja, otra muchedumbre se había aglomerado alrededor de la parcela cuando el Ecto-1 llegó a escena. La sirena se detuvo y Los Auténticos Cazafantasmas descendieron del vehículo, seguidos del fantasma de la Navidad futura, el mago Merlín, Santa Claus, Hansel, Gretel, el padre de dichos adolescentes... y Pegajoso.
— ¡Ningún hechicero me detendrá! —gritó el poderoso espíritu de la bruja, lanzando un rayo hacia los recién llegados. Merlín lo detuvo en el acto.
— ¡No soy yo de quien debas cuidarte, bruja! —le respondió el mago.
— Okey, chicos... ¡Es hora de mostrarle al siglo XV lo que puede hacer el buen Rock & Roll de los '80s! —exclamó Peter Venkman.
— Pero si acabamos de llegar de los '90s —observó Winston Zeddemore.
— ¿Y eso qué? ¡Lo clásico nunca pasa de moda!
Pegajoso extrajo un enorme Stereo que había llevado oculto en su ecto-estómago y apretó un botón. El tema musical de los Cazafantasmas comenzó a tocar en el preciso momento en que los rayos de protones se alzaron al cielo, colisionando con el campo de fuerza que mantenía el espíritu de la bruja. Las explosiones de energía contrapuestas fueron espectaculares. Los habitantes del siglo XV desconcertados ante la tecnología ochentosa gritaban entusiasmados...

— ¡¡Pero qué clase de magia tan poderosa es ésta!! —gemía la bruja.
— No es magia: es energía de punto espectral de protones "alfa" conducida por un campo magnético de positrones ionizados de frecuencia elevada —respondió Egon Spengler.
— ¡Atrapemos a esa bruja espanta-niños! —propueso Ray.
— ¡A por ella, chicos! —exclamó Winston.
— Hansel y Gretel... ¡Es ahora o nunca! —gritó Peter Venckman.
Aprovechando un agujero en el campo de fuerza mágica, Hansel lanzó la trampa caza-espectros hacia el centro del recinto. Un largo cable conectaba el artefacto con un botón rojo a los píes de Gretel, quien de un pisotón accionó la trampa, proyectando un haz de luz amarilla hacia el cielo. La caja comenzó a tragarse al espíritu de la bruja, quién se resistía a ser absorbida.
—¡No puede ser! ¿¿Quién demonios son uste... aaaargh... Gretel: tú otra vez, noooo!! —fue el último grito desesperado de la malvada, antes de desaparecer por completo al interior de la caja, que se cerró automáticamente... echando humito.
♪ ♫
Un grito multitudinario y jubiloso, además de un aplauso interminable y vigoroso, recorrió las filas de curiosos. Los habitantes del pueblo estaban encantados de haber presenciado una batalla épica entre "hechiceros" y como nunca antes se había contado en los cuentos de hadas.
Esa noche todos los presentes celebraron una gran fiesta junto a la casita del bosque, a la que también fueron invitados los Ewoks.

Fin
El último expreso de la noche

El reloj de péndulo de la biblioteca tocaba la medianoche, cuando el profesor Herrera despertó.

— ¡Cielos! ¿me habré dormido? —se preguntó.

Ante él, la sala de clases yacía solitaria y sus luces apagadas. ¡Que interminable día le había tocado!

— ¡Oh! —pensó— sólo Morfeo sabe cuántas horas han pasado.

La luz de luna que entraba por el largo ventanal a su derecha, inundaba el ambiente con fuerza seductora.

— Querida Sofi... —murmuró.

Había soñado con su amada Sofía, a quien conoció durante unas vacaciones a bordo de una barcaza con destino a Puyuhuapi. Tan solita y delicada estaba ella en una esquina, apreciando los bosques que se extienden hasta la costa. El paisaje era insuperable y la embarcación flotaba placentera, cual hoja de lirio en un estanque. Amor a primera vista.

— Si tan sólo pudiera dormir otro poco —pensó el profesor, quien deseaba continuar aquel sueño encantador.

Todo el mundo había partido en el expreso de la tarde. Eso incluía al director, dos profesoras, el cocinero y sus queridos alumnos, ninguno de los cuales vivía en “Cerrito Olvidado”, que tal era el pintoresco nombre del sector.

“El profe”, como lo llamaban cariñosamente sus estudiantes, se había quedado revisando los exámenes hasta que el sueño lo venció. Un cerro de papeles aguardaba impasible su escrutinio.

— ¡Snorrrr...! —ya había comenzado a roncar de nuevo, pero un sonido no tan lejano lo despertó de improviso.
— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó a la distancia— ¡chuku chuku chuku!

El profe se levantó de su sillón, sobresaltado. Miró por el ventanal y divisó un foco de luz redondo y amarillo que se acercaba vertiginosamente a la estación.

— ¡Recórcholis! —exclamó— ¡se me ha hecho tarde otra vez!

El pobre profesor, seguro de haber oído sólo once campanadas del reloj, guardó en su maletín su libro y los exámenes restantes.

— ¡Terminaré el trabajo en casa!

Abrió la puerta de la sala y corrió por el pasillo rumbo a la salida. Parecía una centella. —¡Qué son 75 años para un espíritu joven! —solía decir.

Por alguna razón el profesor Herrera siempre era la última persona en irse de la escuela. El portero lo sabía y por eso le dejaba la copia de las llaves debajo del pisapapeles con forma de hidroavión, sobre el escritorio.

— ¡La llave! —se acordó nada más llegar a la puerta de salida, y acto seguido volvió “volando” a la sala. Levantó el pequeño hidroavión y descubrió con horror que la llave que abría la única puerta funcional del recinto, no estaba.
— ¡Por Plutón! —imprecó el profesor de matemáticas— ¡no es posible!

Efectivamente, el portero había olvidado el encargo, y no era la primera vez. Para ese entonces el tren ya había arribado a la pequeña estación, iluminada con un par de focos a trescientos metros de la escuela. Cerrito Olvidado era un pueblo pequeño. Tan pequeño que sólo lo conforma la escuela, la estación, la cabaña de Eric (el portero), y un galpón que guardaba una vieja locomotora Pacific un tanto oxidada y en la que los niños jugaban durante los recreos. Todo ello al atento resguardo de los tres profesores de la escuela “Christa McAuliffe”.

El profesor sabía que aparte de él, nadie más abordaría el último expreso de la noche. La estación estaba vacía, y en la distancia le pareció ver a Eric durmiendo en la oficina de boletos. De su maletín extrajo unos prismáticos que usaba para buscar planetas cuando viajaba de noche a bordo del expreso. Dirigió los lentes hacia la oficina de boletos y enfocó...

¡En efecto! Ahí estaba el bueno de Eric, sentado, con el asiento echado hacia atrás contra el mesón, y su ridículo sombrero de “cowboy” en la cara.

— ¡Roncando de lo lindo y yo aquí atrapado! —se quejó el profesor.

El pobre Eric además de guardia y portero, era el gásfiter, el mecánico, el nochero, el vendedor de boletos de tren, y el ahuyentador de pumas ocasionales. Incluso ayudaba en la cocina y su salsa de champiñones era mundialmente famosa entre los habitantes del Cerrito Olvidado.

— ¿A quién se le ocurriría levantar una escuela en un lugar tan apartado?

Los niños venían desde “Cerrito Alejado”, a unos 6 o 7 kilómetros. Nadie en Chile recuerda a Cerrito Alejado, ¿qué más le queda a Cerrito Olvidado?

El maquinista sabía que el profesor salía tarde del trabajo, pero todos tenían un horario que cumplir: si el Sr. Herrera no llegaba a las 00:15 horas a la estación, se entendería no había pasajeros y el tren partiría según el itinerario.

— ¡Eric, me quedaré encerrado! —gritó el profesor— ¡Ah, bribonzuelo!

De nuevo se acordó de Sofía. Si no llegaba a casa ella esperaría en vano, preocupada. Recordó el bello autorretrato que su esposa pintó para su cumpleaños, exactamente un año atrás. Era el regalo más bonito: la dulzura que infundía aquella mirada era miel para su corazón, enamorado del recuerdo.

— Es mi cumpleaños y Sofi me espera. —pensó. ¿Qué podía hacer?

Miró el pestillo de la ventana, pero él no iba a salir por ahí como un vulgar ladrón. El profesor era caballero de la vieja escuela, y ellos salen por la puerta.

— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó por vez segunda la bocina del tren.

Sofía era más importante que el ego caballeresco, así que el profe saltó sobre el pupitre más elegante, giró el pestillo de la ventana y lo rompió.

— ¡No puede ser, que mala suerte! —exclamó incrédulo.

Con la mirada perdida unos segundos, intentó buscar una solución matemática al problema, pero no la encontró. En aquel efímero instante, un pequeño punto de luz en el suelo de la sala, llamó su atención. Bajó del pupitre y recogió el objeto: era un clip metálico que brillaba a la luz de la luna. No lo pensó dos veces: tomó el clip, se hizo un ganchito y corrió una vez más por el pasillo, de regreso a la salida. ¡Tenía que funcionar!, introdujo el gancho a la cerradura mientras giraba la manilla. Lo hizo varias veces pero no abría.

— ¡Vamos! —se animó— ¡si a MacGyver le funcionaba en la tele!

Su afición a los clásicos en VHS no había pasado de moda para él.

— ¡Tuuut Tuuuuuut! —sonó por vez tercera la bocina del tren.

El profesor sabía que cinco minutos después el tren partiría sin más. Era ahora o nunca, pero pasaron los minutos y la improvisada llave no giraba.

De haber hecho Eric su trabajo, él no se encontraría en esa situación.

— ¿Olvidarse la llave, quedarse dormido y no despertar con la bocina del tren, dejándome aquí encerrado? ¡Ni que hubiera conspirado contra mí! —se quejó.
— ¡Chuuf chuuf chuuf! —se oía en la estación— ¡chuuuku chuuku chuuku...!
— ¡Chuku...! —repitió el profesor, conjurando a la cerradura para que entendiera la difícil situación.

Era claro que el tren había partido, y a medida que se alejaba, el profesor dejó de insistir... hasta que se detuvo finalmente. Aun abriendo la puerta sabía que no podía darle alcance a un moderno ferrocarril. El profe soltó su maletín.

— ¡Lo perdí! —se dijo en voz alta y acongojado, revelando a un ser humano capaz de cometer errores, como cualquiera.

Metió una mano en el bolsillo interior de su abrigo y extrajo su boleto de tren, pero casi al instante se le cayó. ¿De qué le servía hora?

— Sofía... —murmuró impotente.

Los ojos del profe humedecieron, y una lágrima se liberó cayendo sobre el boleto que yacía en el suelo. Rendido, se sentó en el frío piso de madera y ahí permaneció, observando el boleto con tristeza. A lo lejos las ruedas del último expreso de la noche resonaban sobre sus rieles sinuosos, adentrándose en lo profundo del bosque que cubría los parajes de Cerrito Olvidado.

El crepúsculo llegó con fuerza cuando el generador a diésel se detuvo y las luces de la estación se apagaron, dando lugar al profundo y solitario silencio de la noche. El profesor se cubrió con su abrigo ahí mismo donde estaba, pensando en Sofía. De alguna manera creía oír en la distancia al “Ángel", de Sarah McLachlan, aquel tema musical que tanto gustó a Sofía en sus últimos años. La noche se tornó fría y desolada. De vez en cuando el profe despertaba incómodo.

— Si al menos hubiera traído mi saquito de dormir... —pensó de repente.

Parecía que iba a dormirse de nuevo, cuando entreabrió un ojo y le pareció ver un destello de luz sobre el boleto de tren. De pronto el billete se vio succionado a través de la rendija de la puerta, como tragado por una aspiradora. El profesor se reincorporó de un plumazo.

— ¡Vaya! —exclamó estupefacto— acaba de volar mi pase.

Dirigió instintivamente la mano a la manilla de la puerta y casi al instante se detuvo al recordar que estaba cerrado. Sin embargo, el ganchito que había construido giró sólo y se abrió la cerradura. Una luz entró por los bordes de la puerta y una bocanada de aire tibio se coló al interior. La puerta se abría. 

— ¿Eric? —preguntó en voz alta el profesor.

Se acomodaba el cuello del abrigo cuando su atención quedó hechizada al observar que, tras la puerta y en lugar del sendero que da a la estación, la salida se hallaba por encima de unos rieles de ferrocarril, que estrepitosamente y a gran velocidad se alejaban... hacia un horizonte indescifrable. Como si fuera la puerta de salida del último vagón de un tren corriendo lo largo de una extensa pradera de infinitos pastizales. En lo alto, la luz de una luna bañaba de azul el impresionante paisaje, así como la copa de los árboles que cada cierto tramo aparecían junto a la vía. El profesor Herrera no salía de su asombro.

— ¡Cielo santísimo! —exclamó finalmente— ¿estaré soñando?

El viento se arremolinó a su alrededor, enmarañando su cabello. Podía sentir el vaivén del vagón en el piso de la escuela. Las paredes se movían.

— ¡Chuku chuku chuku! —la atmósfera era inconfundible. Si hasta podía oler la caldera de una vieja locomotora a vapor funcionando al rojo vivo. No tenía sentido. No en el mundo humano. El era hombre de ciencia, y donde la ciencia gobierna no hay lugar para lo que está más allá de lo extraordinario.

Embobado ante la visión fantástica, se dio una pequeña bofetada para despertar, pero definitivamente no soñaba: la escuela avanzaba sobre rieles, ahora plagados de luceros refulgentes y hermosos planetas que giraban. El profesor Herrera, giró a sus espaldas buscando una explicación. Todo estaba en su lugar: la biblioteca, la oficina del director, las fotografías en sepia de viejos ferroviarios rescatadas de la Pacific que yacía en el galpón. Las había enmarcado él mismo con ayuda de Eric. La escuela oscilaba al vaivén del último vagón de un expreso que viajaba cuan cometa errante a través de las estrellas. Si había alguien en el mundo para quiénes una locomotora o una escuela podía ser lo mismo que una nave espacial, aquellos eran los niños de la prestigiosa Escuela Christa McAuliffe, de Cerrito Olvidado. Una escuela humilde, con un historia enigmática que contar.

Los papeles del maletín volaron por los aires, pero el profesor ya no estaba ahí. Caminaba hacia la puerta de su sala, al final del pasillo. Estaba abierta y una cálida luz le llamaba. Un aroma delicioso llegó hasta él.

— El vagón cafetería está abierto, profesor. —se asomó un inspector de boletos que nunca había visto— tienen un delicioso sándwich de queso y tocino preparado para usted... ¡tal como le gustan!

Envuelto en una brisa de noche verano, el profe se vio transportado a un universo donde el tiempo no existe y el espacio no tiene fronteras. Ahí se quedó, magnetizado ante la belleza del encanto propio de los antiguos viajeros del siglo XIX que le acompañaban. Caminó al interior del vagón cafetería, al son fascinante y misterioso del último expreso de la noche, que avanzaba con energía y decisión a través del firmamento inmaculado. Un deslumbrante aerolito despertó al “cowboy" en la oficina de boletos.

— ¡Profesor! —exclamó Eric, pero la estrella fugaz ya se había desvanecido.

“Ya sea en cacharrito, en tren, en avión, barco, globo o nave espacial... nuestros viajes nos hacen lo que somos. Cada experiencia nos abre las puertas a un universo nuevo. Viajamos por el mundo buscando respuestas que nunca encontraremos, porque el viaje en sí es la respuesta que buscamos. A veces el mejor camino está en los insondables abismos del amor humano. La vida siempre será el primer medio de transporte, el primer vehículo que conduce nuestras voluntades hacia un cruce de posibilidades infinitas."

— ¡¡Sofía!! —exclamó entre sollozos el profe Herrera, corriendo a los brazos de su amada, que había ido a buscarle...

 Fin

El misterio de la momia chinchorro
Este hecho sucedió en el museo regional Ica en Nazca, Perú a 1.430,8 kilómetros del centro de Arica. La momia chinchorro desapareció inexplicablemente. Nadie aún tiene una respuesta a este gran misterio, pero como el museo esta igual que antes de la desaparición de la momia, dicen que debe haber sido una teletransportación con algún aparato de un ser no identificado de otro lugar del universo.

Coincidentemente la momia desapareció el 10 de octubre, mismo día en que personas de diferentes lugares del mundo cuentan haber visto extrañas luces en el cielo que no pudieron ser identificadas. La momia venía de la cultura chinchorro, un pueblo que vivió en Sudamérica entre Tacna y Tarapacá.

Unos investigadores a cargo de este caso cuentan que salieron a investigar a las reservas del norte de Chile y que cuando iban a descansar y a hacer sus carpas, se pusieron a cavar para prender fuego, y en eso, encontraron bajo un montón de tierra, un libro con una misteriosa nota que decía :

"Cuando la momia desaparezca en este sector, encontrarán la razón..."

El libro contaba sobre una mujer de la cultura chinchorro a la cual envenenaron por venganza ya que el padre de ésta mato al líder de otra tribu. El padre de la mujer confesaba que ella había podido contactarse con extraterrestres que le dijeron que volverían por ella. Con ese libro se afirma la teoría que dice que los extraterrestres se llevaron a la momia para guardarla como parte de su historia.

Después de una larga investigación, encontraron de vuelta a la momia enterrada en el mismo sitio donde encontraron aquel libro con la nota...

ô_ô Buuuu !!
Tía Babel
Para la tía Mabel · Por Ethan J. Connery

Era la tarde del Sábado, pero de todas maneras habría clases. Eso porque era una clase especial, por 2 razones: la primera y más importante es que la clase la haría la "Tía Babel", que es muy querida por todos los niños de la escuela. La segunda es que sería una clase de "astronomía", por lo que el pequeño Yab-yab podría vanagloriarse de opinar sobre el tema a la misma altura que la tía.
— Las clases de la tía Babel son entretenidas e interesantes. La tía es muy creativa y siempre se le ocurre cada idea loca... —se dijo el pequeño Yab-yab nada más llegar al colegio.
Entró a la sala de clases y ahí estaban todos los niños haciendo de las suyas. Caperucita comía una manzana sobre la mesa de la profe, Pulgarcito se había sacado los zapatos y caminaba entre los bancos, Hansel y Gretel habían capturado un gorrioncillo y lo enseñaban a los otros niños, y Rapunzel ...estaba haciéndose trenzas, para variar. Todo esto a vista y expectación del niño nuevo, recién llegado, que se hallaba sentado en un rincón.

En fin, la clase era un desorden y eso porque Tía Babel aun no llegaba.
— ¡Niños! ¡Todos al Patio! —Apareció Tía Babel en la puerta de la sala.
— ¡Eeeeh, Tía Babel! —exclamaban los niños, felices.
Nada más llegar Tía Babel y todos los niños eran un 6,8.

Pequeño Yab-yab se preguntaba cuando empezaría la tan esperada clase de Astronomía. En el patio se encontraba Tía Babel quien, al parecer, había instalado un pequeño telescopio para que los niños pudieran ver la Luna y las estrellas. Lástima que aun no anochecía.
— El Sol es una estrella, parecida a las que vemos en la noche, sólo que está tan cerca de la Tierra que hace que tengamos día —comenzó Tía Babel.
Los niños ya se habían reunido entorno de la tía más querida de la galaxia y escuchaban atentamente sus palabras.
— Alrededor del Sol giran varios planetas que son redondos y más chiquititos; como la Tierra, por ejemplo. El planeta dónde vivimos está en tercer lugar...
— Tía Babel, ¿Y qué planeta está en primer lugar? —preguntó Hansel.
— En primer lugar está Mercurio.
— ¡Mercurio le ganó a la Tierra! —gritó Hansel.
— ¡Ooooh! -exclamaron los niños.
— Bueno, podríamos decir que sí... —dijo Tía Babel. 
— Tía Babel, Tía Babel... ¿Y qué planeta está en segundo lugar? -preguntó Gretel.
— Bueno, Venus es el segundo planeta, pero...
— ¡Venus le ganó a la Tierra! —gritó Gretel.
— ¡Ooooh! —exclamaron los niños— Tiene razón Gretel, Tía Babel. Venus también le ganó a la Tierra.
Parecían maravillados los niños ante estas revelaciones, menos el niño nuevo y el pequeño Yab-yab, que se habían llevado una mano a la cara.
— A ver... preguntémosle al pequeño Yab-yab qué opina, parece que tiene algo que decir.
Todos los niños miraron con ojos preguntones a Yab-yab. Si Tía Babel decía que Yab-yab tenía algo que decir, era porque sin duda el pequeño tenía algo que decir.
— Yo creo —dijo Yab-yab— que Venus le ganó a la Tierra, pero perdió ante Mercurio.
— ¡Ooooh! —exclamaron los niños— ¡Tiene razón Yab-yab, Tía Babel, Yab-yab tiene razón!
— Pero la Tierra no perdió la carrera, ¿verdad Tía Babel? —preguntó el pequeño Yab-yab.
Los niños miraron a Tía Babel, esperando expectantes su muy sabia respuesta.
— Si Yab-yab, tienes razón: la Tierra le ganó a... Marte.
— ¡¡Eeeeh!! —gritaron entre aplausos y vítores los niños— ¡Le ganamos a Marte, le ganamos a Marte!
El niño nuevo se achunchó, pero los demás rebozaban de alegría.
— ¡Un momento! —intervino Pulgarcito— ¿Pero, y la Luna en qué lugar quedó?
— ¡Ooooh, la Luna... la Luna...! -comenzaron los niños.
Ya era casi de noche y la Luna se hallaba brillante sobre sus cabezas. La Tía Babel miró atentamente la Luna, como esperando una respuesta... ¿en qué Lugar de la carrera había llegado la Luna?
— Lo que pasa es que la Luna hizo trampa: se aprovechó de que la Tierra se iba adelantando y se quedó dando vueltas alrededor de ella mientras avanzaba.
— ¡Oh, entonces la Luna es una tramposa! —exclamó asombrada Caperucita.
Los niños miraron con ojos acusadores a la Luna, que parecía esconderse detrás de una nube para ocultar su vergüenza.
— Pero fíjense niños, que por hacer trampa, la Luna quedó atrapada alrededor de la Tierra, y si eso no hubiera pasado, ahora no tendríamos esta Luna tan bonita que nos cuida esta noche.
Los niños admiraron la Luna con nostalgia porque en sus corazones la habían perdonado. La Luna no se dejó esperar y salió detrás de la nube para alegrar con su brillo la fascinante clase de la Tía Babel.
— Tía Babel, ¿y vive gente en la Luna? —preguntó curiosa Rapunzel.
— No "trencitas", nadie vive en la Luna... pero si alguno de ustedes cuando grande llegara a ser astronauta, entonces si, existe la posibilidad que visiten la Luna. ¿A quién de ustedes les gustaría ser astronauta? —preguntó la adorable profesora.
— ¡Yo, yo, yo! —levantaban la mano, los niños. Pero el niño nuevo no dijo nada, sólo sonreía. Entanto Yab-yab aun seguía fascinado mirando la Luna. 
— ¡Tum-tum, tum tum! —el corazón del pequeño Yab-yab latía con fuerza cada vez que la Luna brillaba redondita en el firmamento.
— Me gustaría conocer un marciano —dijo Hansel, muy resuelto.
— ¡Ji-ji-ji! -se reían los niños, ya que nadie más creía en los marcianos.
— ¡Noooo: los marcianos no existen! —explicó Gretel— ¿Verdad que no existen los marcianos, Tía Babel?
— Bueno, ¡Nunca nadie ha visto uno, todavía! —explicó la Tía— pero de seguro que pueden haber otros niñitos como ustedes, allá en la estrellas... ¡Hay tanto que no conocemos!
La pregunta había cortado la inspiración del pequeño Yab-yab, quien nuevamente se había llevado la mano a la cara.
— Bueno Tïa, ¿Y cuando vamos a ver por el telescopio? —preguntó Yab-yab, finalmente.
— ¿Telescopio? ¿Cual telescopio? —preguntó Tía Babel, sorprendida.
— Aquel que instaló en el patio esta tarde, naturalmente —explicó agrandado, Yab-yab, señalando el objeto que se encontraba al otro lado del patio de recreo.
Los niños miraron hacia dónde Yab-yab señalaba, incluida la Tía Babel quién no recordaba haber instalado un telescopio. El pequeño Yab-yab levantó una ceja cuando vio la expresión de sorpresa en la cara de sus compañeros. Lo que había al otro lado del patio no era un telescopio, sino un pequeño platillo volador. ¡Tía Babel estaba desconcertada!
— ¡Me descubrieron, me descubrieron! —gritó el niño nuevo, quién hasta el momento había pasado casi desapercibido para sus compañeros, pero no para Tía Babel que había notado su extraño atuendo.
El niño nuevo corrió hacia el platillo volador y entonces todos lo notaron: tenía 2 grandes ojos oscuros, un par de antenas nacían de su cabeza, y además... era de color verde.
— ¡Pero si no es un niño! —exclamó Caperucita.
— ¡Es un marciano! —gritó Hansel.
— ¡Es un niño-marciano! —aclaró Gretel.
— ¡¡Guaaaa!! —gritaron los niños y comenzaron a correr alrededor de la Tía. Si hay una tía que podía salvarlos de un marciano, aquella sólo podía ser "Tía Babel". 
— ¿No será otra broma tuya, pequeño Yab-yab? —preguntó la Tía.
Yab-yab tenía sus ojos abiertos como platos ante el encuentro cercano, y sólo atinó a contestar que no, con un movimiento de cabeza.

El platillo volador se elevó a toda velocidad hacia el firmamento, llevando a su único ocupante...
— ¡¡FIIIUUUUMMMMM!!
La nave espacial se detuvo a la altura de las nubes y regresó a toda velocidad, deteniéndose en el centro del grupo de niños.
— Por cierto, Tía Babel... ¡Los marcianos le ganamos la carrera a los jupiterianos! ¡Marte le ganó la carrera al planeta más grande del Sistema Solar! ¡Ha-ha-ha-ha! -reía alegre el marciano mientras emprendía nuevamente vuelo hacia las estrellas.
El viento levantado por la potencia de la nave había hecho volar la capa de Caperucita, el gorrión de Hansel y Gretel había huído en la confusión, pulgarcito se hallaba aferrado a la rama de un árbol y Rapunzel tenía las trenzas enredadas. En cuanto a Tía Babel, se hallaba tan sorprendida que no alcanzó a ver cómo el pequeño Yab-yab se escapaba de la clase para contarles este cuento a todo el Mundo.
— ¡Olvidaste tu lonchera, pequeño marciano! —exclamó finalmente hacia las nubes, Tía Babel.

Fin
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